01 Abr 2010

Las cartillas de racionamiento

Escrito por: Fernando Solís el 01 Abr 2010 - URL Permanente

En el 2002 se cumplieron 50 años del principio del fin de las cartillas de racionamiento, que casi marcaron el fin de la posguerra, pero qué eran las cartillas de racionamiento?

Se trataba de aquellos cupones de papel con los que se intentaba conseguir en el ultramarinos del barrio pan negro, azúcar amarillo, boniatos y lentejas con chinches. Se sufría el aislacionismo al que quedó condenado un país en ruinas tras la Guerra Civil. Se comía poco y mal. En mayo de 1939, el salvoconducto del hambre adoptó la forma de las cartillas de racionamiento, un impreso dolorosamente familiar para varias generaciones de consumidores.

Claro que llamar consumidores a los titulares de las cartillas –una por familia– no deja de resultar un eufemismo. El azúcar, el aceite, el bacalao, el tocino y los garbanzos se exponían en los colmados como piezas de museo. El racionamiento era la acción del gobierno destinada a controlar la distribución de las mercancías, asignando a cada español determinada cantidad –una ración– de los artículos que más escaseaban. Ese control férreo de la producción no impidió la aparición del mercado negro: el estraperlo. Mientras el régimen franquista pretendía poner coto a la escasez con inventos tales como la tarjeta del fumador, algunos hicieron fortuna con la miseria; otros fueron a prisión por dar de comer a su familia.

El 22 de marzo de 1952 –«decimotercer aniversario de la Victoria», en la jerga oficialista–, el Consejo de Ministros anunciaba que, a partir del 1 de abril, se suprimía el racionamiento de pan. La fecha marca el final de la posguerra y el abandono de una política autárquica que dará paso a una tímida apertura al exterior. «Todas las personas incluidas en el régimen de racionamiento podrán adquirir libremente y sin necesidad de corte de cupón la cantidad de pan que deseen. El Gobierno da muestras así, una vez más, de la clara orientación de su política hacia la normalidad de los mercados y confirma con hechos positivos la base real de las perspectivas optimistas de la economía española», aleccionaban los diarios de la época. El racionamiento de combustible y materias primas permanecerá unos cuantos años más.

Los de abastos

La cartilla era en realidad un talonario formado por varios cupones, en la que se hacía constar la cantidad y el tipo de mercancía. Las había de primera, segunda y tercera categoría, en función del nivel social, el estado de salud y el tipo de trabajo del cabeza de familia. Los alimentos se podían adquirir durante un determinado período de tiempo en establecimientos sujetos al control de la Administración. Los funcionarios adscritos a esta tarea eran bautizados popularmente como «los de abastos». Cuando «los de abastos» llegaban a las aldeas, los campesinos escondían los sacos de legumbres en los tejados, conducían los cerdos al monte y no faltó quien construyó una doble pared en su casa para ocultar fardos de trigo y harina.

Los primeros años del racionamiento, fueron tiempos de un hambre y una miseria terribles. La lista de la compra en el año 42 incluía viandas improvisadas: Cáscaras de cacahuete, mondas de plátano y naranja, arroz flotando en agua sucia, café hecho con pepitas de algarroba… Presos políticos que iban de la Estación del Norte, en Bilbao, a la cárcel de Larrinaga. Aquellos hombres hechos y derechos bajaban del tren con sus macutos y se tiraban al suelo a devorar las peladuras y las mondas. En la prisión de Orduña la situación era todavía peor. Los familiares les mandaban comida. Y recibían piedras. El beriberi hacía que murieran como chinches. Y si les daban grasa, como no estaban acostumbrados, se iban para el otro barrio mucho más rápido».

Pan y bacalao

La hambruna que intentó combatir el racionamiento no sólo afectó a las cárceles. Las cartillas deberían haber asegurado el abastecimiento de lo más imprescindible; sin embargo, no fue así. Gracias a ellas, surgió un mercado negro controlado por grandes jerarcas afectos al regimen y por ese tipo de delincuentes que nacen y se enriquecen al rebufo de la miseria general.

Eran tiempos en los que los asientos de los tranvías se reservaban para los caballeros mutilados y la conversación con el tendero adquiría aires de secretismo dignos de una película de espionaje. El racionamiento no sirvió para nada, porque en las tiendas vendían de todo. pero a precios imposibles. Con la cartilla comprabas anchoas, arroz o remolacha. Pero, en el mismo sitio, las familias con dinero seguían comiendo bien.

Viudas marginadas

Hubo parroquias de Asturias en las que no se daban las cartillas a las viudas de fusilados del bando republicano. En Madrid, no quedaron perros ni gatos. Y en un pueblo de Extremadura, vieron a una mujer robarle con una escobilla a las hormigas los granos que apilaban en torno al hormiguero. La posguerra no terminó con el adiós a las cartillas, sino con la muerte de Franco.

ABILIO FERREIRO, ESTRAPERLISTA

Ciengramitos. Así llamaban a los gobernadores civiles, encargados de sellar las cartillas de racionamiento con la leyenda «cien gramos de…». Abilio Ferreiro, 82 años, todavía conserva la suya, sellada en 1945. Cuando no esquivaba «a los carabineros» en su Lugo natal, acudía con los cupones al tendero de confianza en Madrid. «Entonces podías comprar simpatía, la gente era muy amable; ahora nadie te sonríe ni te habla en los transportes públicos». A Abilio, el hambre pronto le aguzó el ingenio. «Te agujereaban la tarjeta con un punzón cada vez que comprabas un pan como el serrín. Irónicamente, era el pan integral de hoy, que es casi un producto de lujo. Si conocías a un panadero, le llevabas la libreta. Te pasaba el punzón de nuevo y conseguías otra barra». A la muy perseguida falsificación de cartillas pronto se sumó la venta de tarjetas de fumador, que se entregaban a los mayores de dieciocho años.

Fotografía de una cartilla del fumador:

Los economatos de ministerios y grandes empresas recibían más suministros que los comercios. «Allí tenías la posibilidad de comprar carne. Las amistades podían proporcionarte la tarjeta de algún economato y comprar así sin hacer colas». Abilio apuró su paciencia hasta que encontró en el estraperlo un modo de vida. «No fue algo tan traumático. El que tenía medios iba a los pueblos de los alrededores de Madrid a por pan blanco. Yo viajaba a Andalucía con unas maletas grandes y cargaba con latas de aceite de cinco litros. Pasando Despeñaperros, todos los pueblos donde paraba el tren vendían aceite». El fin del racionamiento no llenó los anaqueles de alimentos. «La supresión no causó un gran impacto, porque uno acaba acostumbrándose a los problemas».

JUANA DUEÑA, MILITANTE COMUNISTA
Juana Dueña vio suprimida la cartilla de racionamiento cinco años antes que el resto de los españoles. «Viví con ella hasta el 47. Después me detuvieron y estuve quince años en la cárcel». De la burguesa calle Menéndez Pelayo pasó a vivir con sus abuelos al atestado barrio de Lavapiés. A sus 84 años, esta veterana militante del PC reniega de los tiempos del racionamiento con crudeza: «Una porquería, tanto en calidad como en cantidad». Y especifica: «200 gramos de azúcar por familia, medio kilo de arroz, un cuartillo de aceite, dos kilos de patatas… Y así cada quince días o un mes. Éramos ocho en casa: cinco hermanos, los padres y una tía. Casi todo mujeres, por cierto».«En las calles se ofrecía sobre todo pan y tabaco. Es igual que los negros que venden hoy discos». Juana rememora las mil formas que adoptaba el mercado clandestino. «Había hornos de pan ilegales. En cada portería, en cada esquina, una mujer mayor vendía con una bolsa exponiéndose a 15 días de cárcel –las tristemente célebres quincenas–. Los hombres fumaban guarrerías, así, cuando iban a trabajar a las cinco de la mañana, ya había mujeres vendiéndoles tabaco». Las falsas embarazadas erán legión: «Su vientre ocultaba aceite –carísimo–, harina, judías, carbón…».

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