10 Dic 2008
Un pensador tranquilo y la física de la conciencia (III)
Sólo una persona mediocre está siempre
en su mejor momento.
William Somerset Maugham
III
MEDIOCRIDAD DIVINA
3.1
Por ahí le llegó de nuevo la hora a la joven burguesía emprendedora, formada en las nuevas técnicas empresariales. Les entró el prurito, algo así como la tentación del negosi y empezaron tímidamente a propiciar empresas relacionadas con el marketing; sobre todo en la venta de terrenos, parcelas y torres, en urbanizaciones fantasma, que casi siempre eran un timo y donde estafaban por igual al trabajador que cerraba la venta como al incauto que aparecía y soltaba los millones. No es ser mal pensado sino experiencia; resulta que también lo viví y sé que grandes fortunas, creadas en esos años revueltos salieron del ladronicio; como todas. Dejé pronto el mundo del marketing de altos vuelos y durante un tiempo dediqué mis esfuerzos a presentarme a las ofertas de trabajo productivo que salían publicadas en los periódicos y me parecían acordes con mi experiencia, formación y cualidades. Frente a las técnicas empresariales las nuestras: nos presentábamos en los centros demandantes de personal en perfecto estado de revista, pobres pero limpios; si podía ser con el pelo engominado y a ser posible oliendo un poquito a facistoide: en las entrevistas dejábamos caer comentarios contra la naciente democracia, poníamos cara de no haber roto nunca un plato y decíamos añorar la santa alianza del caudillo con la Iglesia. Los patronos venían de donde venían y ese tipo de actitudes regresivas les aflojaba los esfínters. De nuevo desempolvamos los trajes azul marino con chaqueta cruzada, las podridas corbatas de cuando la Acción Católica y las camisas blancas impolutas. Con esas trazas aparecíamos tranquilos y a ser posible con el periódico Mundo deportivo o Marca, bajo el brazo. Un modo simple de hacer pensar al empresario, al jefe de personal o al entrevistador, de que uno era buen tipo pero cortito de entendederas (manipulable-exprimible) y con muy poco seso bajo la pelambre. Ni que decir tiene que aquello sólo funcionaba en sociedades con poco futuro o de un exiguo calado económico. Engañar al tipejo explotador (el propio empresario o un administrativo de su confianza) no era tarea difícil y no había que ser un lince para dar el pego. Las cosas empero se complicaban bastante cuando el proceso de selección estaba financiado por una sociedad que podía permitirse gastar una pasta y llevarlo a cabo contratando los servicios de alguna empresa solvente y/o especializada.
Aunque hubiera de todo, lo bueno por principio escaseaba. Compañías para ese menester florecían como hongos en la gran Barcelona del momento y en muchas de ellas el tongo era poco menos que inevitable pues pocas disponían de un personal seriamente cualificado y experimentado para dar resultados finales aceptables. Lo frecuente es que hicieran una selección tan mala que la propuesta final fuera contratar al peor de los candidatos, o que como mucho, y al cabo de un esfuerzo ímprobo, aconsejaran a las empresas asumir esa mediocridad divina, está en todas partes, y que en la práctica diaria arroja tipejos más o menos aparentes, con estudios pero de mollera dura y vista cansada, que tienden a complicarlo todo y a meter a las compañías en callejones sin salida. Ahora no sabría decir en cuantos de estos procesos selectivos estuve incluido pero como no me doy por vencido con facilidad asumiré que acepté presentarme en muchos, tantos que llegué a tener chupados los psicotécnicos y esa fase, preliminar, la pasaba con holgura. Hubo casos en los que, sincerándose, el seleccionador descartó mi propuesta por ser poseedor de un perfil muy superior al puesto. Yo decía: hombre... a mi no me importa; un punto para la empresa, ¿no? Por lo visto al tipo no le parecía conveniente. Dijo: no es una buena idea; no te van a pagar lo que vales y generarás tal grado de frustración que pondrías a la empresa en peligro. ¡Joder! Si hubiera grabado la cantidad de chorradas que llegué a oír daría para una antología del disparate.
Se generó una auténtica fiebre en lo tocante a la selección de personal por encargo y ese tipo de pruebas empezaron a sonar, por lo general mal. Recuerdo un gabinete psicotécnico llamado Factotum, que se jactaban de sacar en los opositores algo que ellos llamaban pomposamente “el factor común”, como si fuéramos números primos; una estupidez más de un ejecutivo mierdecilla al que se le había encendido la luz en un cerebro turbio y abombado. En la mayoría de estas miniempresas ni sabían lo que querían ni sabían lo que buscar y gran parte de las cuñas de publicidad eran engañosas. “Buscamos para usted (el empresario) esas cualidades naturales del mejor operario”. O esta otra: “Encontraremos y analizaremos los factores humanos asociados al éxito competitivo, para detectar cualidades de liderazgo”. Pasé por el tubo de muchos de estos gabinetes y las pruebas psicotécnicas iniciales pertenecían a una batería Standard que cada uno adaptaba a las necesidades del cliente y en todos los casos era el mismo test o alguna de sus múltiples variantes. Una vez pasabas tres veces por la prueba no servía para nada y el resultado final en cuanto a las empresas solicitantes era desastroso pues los candidatos propuestos rara vez superaban los quince días primeros.
3.2
Aparte de toda esa chusma, muy de tarde en tarde aparecía un caso especial y uno daba con un proceso selectivo que mereciera la pena, que llevara dentro un puesto interesante, de los que te pueden cambiar la vida, y que estuviera dirigido por un equipo de expertos serio, meticuloso y muy ducho en la materia. Lo habitual es que perdieran el tiempo y te lo hicieran perder a ti de un modo burdo y miserable. Una vez contado todo lo anterior y bien situado el tiempo político, sociológico y económico en su realidad exacta (aunque sea desde mi punto de vista), algunas grandes empresas multinacionales, aprovecharon la oportunidad para introducirse en el país por la vía de los costes y sueldos baratos. Un tipo de corporaciones, potentes por lo general, echaban mano del mercado laboral disponible para encontrar encargados o mandos intermedios (cuando eran altos cargos los canales eran otros), y se lanzaban a la busca y captura de un tipo de personal muy cualificado en lo personal a todos los niveles posibles: moral profesional y de cualidades intrínsecas sobresalientes. Quizá ha llegado el momento de contarlo, no porque hayan pasado treinta años sino porque pertenece a uno de esos casos raros que se te quedan dentro por su intensidad y son ese tipo de experiencias que no se deben perder.
Podría ser hacia el otoño del 78 y los domingos yo leía la prensa además de por mantener mi cabeza informada, dispuesto a marcar con un aspa aquellas demandas de empleo que serían el pan de cada día para la semana siguiente. De pronto di con el anuncio: grande, serigrafía excepcional, enmarcado en una opulencia de medios que llamaba la atención. Adjunto a la dirección de personal de importante empresa multinacional... y luego incluía el perfil de la persona pensada para el puesto, el anagrama de una conocida e importante empresa encargada de la selección, por ejemlo ASP, y el teléfono donde llamar para concertar la primera entrevista. Lo volví a leer: Adjunto a la dirección de personal... me gustaba la idea y consulté mis notas; no era una de las empresas para las que ya hubiera hecho alguna selección con aquel u otro tipo de empleo. Me demoré en ver si cumplía los requisitos exigidos, luego recorté la demanda y la puse la primera para empezar el lunes a primera hora. En octubre las noches ya han crecido y a las 8 en punto de la mañana clarea débilmente. No fue una hora intempestiva, alguien me atendió y su voz sonaba como un bisturí: ¿Ha leído usted con atención los requisitos requeridos por nuestro cliente? Le recuerdo que son condiciones inexcusables para formar parte de la opción a ser uno de nuestros candidatos. Por supuesto, dije yo con seguridad. ¿Estaría usted dispuesto a presentarse dentro de una hora en nuestras oficinas y traernos toda la documentación necesaria? Tomé nota de la dirección y me hice una idea precisa de que aquello no tendría nada que ver con pruebas similares anteriores. La empresa estaba ubicada en una zona barcelonesa del más alto nivel y comprendí que debería presentarme con lo mejor de mi vestuario.
Traje azul oscuro, el de mi boda, camisa blanca y la única corbata disponible que merecía la pena de tal nombre. Con todo eso, un portafolio de piel negro poco usado y un bolígrafo Parker que había sido un regalo de cumpleaños, me presenté en una dirección de la Avenida de la Diagonal. Di con el sitio y llegué a tiempo porque en Plaza de España tomé un taxis. Como es obvio ya en esa época no me quedaba ni el pelo largo ni la barba salvaje, que fuera mis señas de identidad. De aquella pelambrera rebelde, y como restos de un naufragio, lucía tan sólo un bigotillo recortado con vistas a dar un aire simpatizante con la Guardia Civil. Pensé con toda la razón: habrá que cuidar los detalles al máximo.
3.3
El edificio era extremadamente pijo: lujo descarado, mármoles por todas partes, apabullante ostentación de medios, tipos que controlaban tus movimientos desde que entrabas hasta que salías por la puerta circular, plantas ornamentales grandes como el Ficus lyrata, cuadros de artistas que salían en los periódicos y otros tipos de excesos. En el vestíbulo me mandaron a un piso alto, con una maravillosa vista a la Diagonal. La puerta del ascensor se abrió en el centro de un hall elegante y una joven de increíble belleza me esperaba con una sonrisa espectacular. Pronunció mi nombre con cierto deje catalán y yo dije, sí. ¿Tiene la bondad de seguirme, por favor? Ya sé que sólo era un módulo de cortesía pero me puse a pensar qué relación habría entre mi supuesta bondad y el placer de seguirla, viéndola contonear el cuerpecillo juncal. Me hice pocas ilusiones así que cuando me dejó al final de un pasillo decorado en tonos pastel, que me recordaba un balneario de película americana no me sentí defraudado. Se trataba de una salita de espera acristalada pero sin ventanas a la calle; de fondo sonaba el hilo musical y había en el mobiliario una frialdad excesiva, milimétrica, la rigidez cercana a las figuras geométricas básicas: aristas duras, superficies planas y circulares propias del acero inoxidable y el vidrio, combinados para hacer sentir que sólo estaba allí de paso. Esperé unos quince minutos y apareció otra joven que podía ser clónica de la anterior. Disculpe la espera, dijo con el mismo acento e igual tono de cortesía, debo rogarle que me entregue la documentación referente al proceso de selección al que opta. Lo hice, ella sonrió encantadora y desapareció tras comprobar que estaba todo lo solicitado en la prensa. Media hora después regresó y me hizo pasar al despacho de la persona encargada de los preliminares.
3.4
Me pareció un despacho grande, espectacular y con un toque natural exótico proporcionado por un macetero de acero inoxidable de casi un metro de altura y del que colgaba una planta vistosa llamada Thunbergia alata, conocida como ojo del poeta. Pensé que todo estaba diseñado para impresionar al pardillo de turno; alguien como yo que entraba por primera vez y en realidad tan sólo buscaba un empleo digno. Al fondo, tras la mesa del ejecutivo, unos ventanales amplios con marcos de Embero daban sus vistas a la Diagonal y a la zona entre Vía Augusta y Travesera de Gracia. En la calle el día era oscuro, el cielo de plomo, sólido y blando a la vez. Quizá la poca luz exterior obligaba a tener la iluminación cenital encendida. Tal vez fuera un despacho medio que a mí se me antojó mayor. Entrando a la izquierda unas librerías de roble lucían rimeros de libros encuadernados en una piel clara, con rotulaciones sobre una franja roja, que vistos sin prestar atención me parecieron la típica colección anual de libros de jurisprudencia. Plantada a un metro del ventanal, casi en el centro geográfico de la sala, estaba la mesa de trabajo, un modelo neoclásico del mobiliario inglés para oficinas de alta dirección, que podía ser estilo Sheraton o similar. Ordenada, amplia, recargada en cuanto a carpetas de colores, un flexo modernista focalizando la luz en la zona del escritorio; tres, cuatro teléfonos repartidos pero al alcance de la mano y objetos diversos, quizá ornamentales, que no supe catalogar. Sentado tras ella el ejecutivo con gafas redondas de carey lucía en mangas de camisa, pantalón de traje oscuro y corbata a juego; por supuesto todo de muy buena pinta. Un hombre de mediana edad, cabello abundante peinado hacia atrás, que encajaba en el ambiente como si hubiera nacido allí mismo, como si el peso de las cosas que le rodeaban y su peso como persona estuvieran en un equilibrio incomprensible al tratarse de dimensiones incomparables. Un director de personal o de una línea de negocio, daba igual, que parecía cortado según un patrón preconcebido. En el momento en que la joven me hacía pasar él escribía con rapidez sobre la carpeta crema que a partir de ese punto contendría mi expediente. Tome asiento por favor, indicó distraído señalando una de las dos butacas frente a él. Hizo la señal para que me sentara con la misma mano que escribía, de modo que mostró durante un instante la pluma estilográfica que usaba para escribir.
3.5
No sé si lo hizo a propósito porque cuando hubo terminado y puesta la pluma en el bolsillo de la camisa dijo: sólo es una pregunta retórica pero ¿me podría usted decir qué clase de pluma he empleado? Naturalmente no es un examen, tan sólo quiero tener una idea de su capacidad de observación. Yo dije: Es una conocida estilográfica Montblanc, plumín y carcasa de oro, estilo clásico, y personalizada con su nombre. Sólo parpadeó y se mantuvo impasible. A mí una respuesta así me habría impresionado pero en su caso sólo estimuló su curiosidad: Aventure, por favor, si no tiene inconveniente, un precio. ¡Más o menos! No le importe si no se aproxima. Yo dije, esa pluma podría estar entre cuarenta y cincuenta mil pesetas. El tipo se retrepó en el gran sillón de piel oscura y por primera vez me miró con interés. ¿Trabaja usted, o ha trabajado para la Montblanc? Preguntó. Su precio está justo entre esa franja y es de hace dos años... un regalo de mi hermana al cumplir los cuarenta. Al tipo no le importaba porqué sabía yo aquello y sólo di una coartada verosímil. Estoy buscando algo similar para uso propio, dije, hace unos días pasé por la calle Fontanella 17 y consulté precios.
Aquel gesto acerado del rostro se distendió. Noté que el juego de la estilográfica le había divertido; el punto casual del tema le pareció agradable, rompía el hielo, generaba cordialidad y tanto las formas como el estilo de la conversación le resultaban gratos. Tiene usted treinta y un años, dijo tras una revisión somera a mi apariencia, una edad perfecta para nuestro cliente y como habrá podido deducir, por la cuidada redacción de las condiciones para la demanda, no sólo pretendemos satisfacer su demanda, es nuestra obligación ir más allá, sorprenderle, buscar y encontrar, para su dirección de personal en España, un hombre joven, muy brillante, con capacidades excepcionales y dotes por encima de la media. La pregunta es sencilla: ¿Es usted uno de esos hombres?
Entendí que a partir de ahí no se andaría por las ramas y me invitaba a que hiciera lo propio. Decidí seguirle la corriente. Mi sillón no era tan confortable como el suyo pero sí permitía un leve movimiento de balanceo y lo aproveché. Hice como él, me retrepé tranquilo y traté de escoger las palabras exactas de mi respuesta. Estoy aquí, dije porque he captado un claro mensaje sobre la excelencia. Ustedes no buscan mando intermedio sino un number one y, le voy a ser franco: por ese motivo y sólo por él les llamé esta mañana. Soy la persona que buscan, el hombre que necesita su cliente. Pero decirlo aquí, sentados amablemente, como dos personas correctas que acaban de conocerse, no tiene merito alguno. El mérito, que lo habrá, será de ustedes y sólo de ustedes. No importa el natural proceso selectivo, ¡da igual las pruebas que tengan previstas hacer! Acepto el reto porque antes o después verán que tengo razón. ¡Soy yo! Me han encontrado y estoy dispuesto a demostrarlo por dos razones: primera, que su cliente pague con gusto lo que será un trabajo empresarial de primera magnitud, por no decir excelente; y segunda porque mi interés y el suyo coinciden en un punto: ¡al cliente hay que darle lo mejor... es decir y sin falsa modestia: a la persona que tiene delante.
3.6
“¡Baja modestia que sube el Felipe!” O una frase por el estilo, había dicho más de una vez mi padre, para el que yo era nada menos que, ¡el marqués! Desde niño, desde siempre tuve un alto concepto de mí mismo, pero lo que dije al director de lo que fuera no respondía a una autoestima inflada sobre sus valores reales, tan común por otra parte, sino la respuesta natural de alguien que se conoce, que sabe de sus límites reales y que se respeta porque jamás se permitió un paso hacia atrás, ni para tomar aliento, o peor que eso, hacia lo deshonesto e inmoral. Acepto que di un inconfundible tufo ególatra, el delirio falaz de un perturbado, repito, tan frecuente. Pero no. La lógica de aquella conducta medio facistoide fue la de responder al entorno mimetizando con él de un modo tal vez excesivo y descarado. Como ya he tenido ocasión de contar, por entonces mi conciencia de clase estaba bien asentada y había comprendido que las barreras sociales existen y que las clases, entre los seres humanos aborrecen mezclarse. Mientras subía en el ascensor hasta la planta indicada abajo por el de seguridad, me hice una composición de lugar y llegué a la conclusión de que aquel sitio desbordaba mi status; que todo aquello estaba fuera de lugar, y que sin ningún género de dudas el empleo y la selección se me escapaban por completo. Mi padre habría dicho: “hijo, meas fuera de tiesto”. El ascensor subía y yo pensaba a toda velocidad: mi padre tiene razón pero... si ya lo tengo perdido da igual lo que ocurra, ¡de perdidos al río! Me embargó una profunda tranquilidad, perder aquella mañana, como tantas otras, no era en verdad un gran problema para mí. Por aquel entonces participaba en una obra de teatro en el Instituto del Prat de Llobregat donde mi mujer cursaba el COU. Era en realidad un trabajo de clase para el alumnado pero como iba mucho por allí y mi natural es abierto, el profesor de la asignatura me propuso integrarme en el grupo escénico y encarnar el papel del poeta Miguel Hernández, con cuya vida y obra sintonizaba.
La obra empezaba y en escena yo recitaba: Me tiraste un limón, y tan amargo, / con mano rápida, y tan pura / que no menoscabó su arquitectura / y probé su amargura sin embargo. El ascensor zumbaba hacia arriba y yo me sentí el poeta que busca trabajo y sueña con un mundo mejor y a la vez con hacer una actuación de Óscar.
3.7
Con franqueza aquel era un círculo de muy alto copete y en modo alguno daría el pego alguien como yo. A partir de ese conocimiento de la realidad me despreocupé y me importó un rábano lo que el tipo pensara; decidí jugar el juego violento de las apariencias, que venía impuesto desde la misma decoración, desde la pinta fachosa del ejecutivo que, fuera de su ambiente, sacado de la cáscara protectora del despacho ni se atrevería a respirar. Recuerdo que pensé: ¿queréis jugar, eh? ¡Pues juguemos, cabrones! Me propuse ser, ¡el marqués!, que decía mi padre y el primer parlamento me salió bordado. Quería que aquel siervo hijo de puta hiciera palmas con las orejas. No lo hizo con las orejas sino con las manos. ¡Aplaudió entusiasmado! Una actuación maravillosa, soberbia, digna del Liceo de Barcelona, parecía decir con la expresión. Pero sentí su ambivalencia: por un lado comprendía y aceptaba mi actitud chulesca que era la suya y por el otro le fastidiaba encontrar un índice de competencia tan fuerte. Quedó un instante fuera de juego y reaccionó ojeando el dossier que le había llevado. No había tenido tiempo de hacer una lectura en profundidad pero sí le habían llamado la atención algunos detalles. Va para cinco años casado, dijo. El concepto pretendido por nuestro cliente es el de un hombre joven que ha creado su propia familia y que se mueve en un entorno estable. ¡Vaya palo! El año pasado su empresa cerró. ¿Qué tal lo lleva? ¡Mal! Dije yo ¿Sólo mal? Preguntó. Cualquiera lo llevaría ¡muy mal! Prefiero no exagerar, insistí: lo llevo mal, sólo eso y no es poco. ¿Y cómo lo hace? Quiso saber él. Tengo una razonable confianza en el sistema y en que las oportunidades para los mejores siempre están ahí... al alcance de la mano. Soy optimista por naturaleza. La situación no es buena, tiene razón, pero no para perder los nervios, ni la confianza en que el sistema funciona. No para dejar de creer en mis potencialidades. Reconocerá sin embargo que la crisis se ceba en las empresas, metió el dedo en la yaga, y yo dije: bueno, el sistema se autodepura y sólo se ceba en las empresas debilitadas por una dirección equivocada e inoperante. Los fuertes se afirman en las crisis y los débiles desaparecen; ¡qué podemos hacer! Es una ley natural. Sopesó aquellas palabras que por otra parte estaban bien fijadas en su formación como directivo. Habla como si para usted viviéramos en el mejor de los mundos posibles, dijo él hurgando con la pezuña en el fondo de mi discurso. Yo dije: Si prefiere verlo así... pero no se trata de fe, es confianza, seguridad en que no podemos cambiar la naturaleza de las cosas. Estados Unidos, Europa, lo que llamamos Occidente está a la cabeza del mundo. Usted lo sabe, sonreí irónico, quizá cínico, yo lo sé. Sabemos que el sistema tiene sus contradicciones, ¡no es perfecto! ¡Pues claro! Las personas de más valor lo irán puliendo, estoy convencido. Se apoltronó un poco como dándome cuerda, como si quisiera que me explayara. Yo continué: Frente a nosotros el marxismo introdujo una nueva teoría económica y la revolución bolchevique, con Lenin y Estalin a la cabeza, crearon una nueva ideología capaz de transformar el mundo hacia mejor... o esa fue al menos la intención. Lo estudiamos en la universidad, ¿no es así? Él hizo un leve asentimiento con la cabeza, como si se extrañara de que yo también hubiera tenido esa oportunidad. El comunismo tenía que crear, si no un mundo perfecto, sí una vida mejor. ¡Pero no lo hizo! Estallé y el convencimiento me salió de dentro. ¡El comunismo no lo ha hecho y ya no lo hará! Por favor, seamos realistas: nada hay, hoy por hoy que haga sombra al viejo y fértil capitalismo. Concluí.
3.8
El tipo se despepitaba de gusto; los ojos le bailaban de puro entusiasmo, le daba justo por donde más le apetecía y él estaba allí para despiojarme y sacar todas las venalidades posibles. Comprendo, decía empujando la espalda hacia el ventanal, es usted joven y vehemente; quizá aún no tiene las grandes verdades pero las que tiene (apretó el puño), las que tiene parecen sólidas. Hago de abogado del diablo, ya lo sé. La pregunta es: ¿tiene que ser todo tan duro y costoso? Usted deberá pagar un alto precio por dar a su familia un hogar, un buen nivel de vida, el futuro que todos deseamos para los nuestros. ¿No podría ser todo más fácil? Hice como si pensara a fondo en sus preguntas pero no me demoré en responder. ¡Nada importante puede ser fácil! ¡Nada fácil me interesa! Amo los retos de las cosas que cuentan porque son las que darán sentido a la satisfacción de alcanzarlas. ¿Fácil dice? ¿Qué es fácil? ¿Lo que se hace sin esfuerzo? ¿Lo que cualquiera haría sin prestar atención? No soy cualquiera, ¿recuerda? Soy de los que sudan la camiseta, de los que prefieren el sacrificio inteligente y ponderado del que al final quedan los frutos aleccionadores del trabajo bien hecho. Me sorprende. Habla usted como un viejo, dijo él con sutileza y yo respondí. Sí es cierto, hablo como he oído hablar a mis mayores. Concretamente a mi abuelo, a mi padre. ¡Que suerte! Dijo, es muy edificante, es maravilloso oír hablar de ese modo a un hijo... a estas alturas también usted es padre. Tiene un hijo de cuatro años. ¡Un lujo, una maravilla, verdad! Y también una gran responsabilidad, dije serio, habrá que proveer cuanto necesite: medios materiales, educación... ya me entiende. Lo entiendo y veo, intuyo que será usted un buen padre católico. ¡Por supuesto! Dije yo eludiendo la trampa. Seré como mi padre: Católico, apostólico y español.
La satisfacción le chorreaba por las comisuras de los labios y por entre los brotes de pelos negros de las orejas. Parecía exultante y los ojos le bailaban a ritmo de conga. La boca apretada al principio de la entrevista se tornó humana, risueña. No quería ocultar que extendía el plácet a cuanto le exponía y que mis ideas, mis palabras daban en el clavo sobre el que debíamos golpear y golpear y golpear... Si no hubiera estado mal visto se habría corrido de gusto. Por su postura noté que la entrevista concluía y que su visto bueno se decantaba por darme paso hacia el proceso selectivo. Bien decía animoso, ¡muy bien don Felipe! No sé si será usted la persona que buscamos; desde luego sí le diré que a mi entender da la talla sobrada para ser uno de nuestros candidatos. En hora buena pues, estoy autorizado a comunicarle que pasará a la fase de selección y que le deseo toda la suerte del mundo. ¡Suerte para demostrar todo lo que vale! La necesitará pues todos ¡absolutamente todos nuestros candidatos! están plenamente convencidos, tanto como usted mismo, que son números uno, los mejores y que serán seleccionados por ese motivo. Son más de quinientos así que, con sinceridad, no creo que haya tantos jóvenes a ese nivel en Barcelona. Entre otras cosas porque la excelencia es un bien caso. Pero sí quiero decirle que sin esa fe absoluta, diría más, ¡ciega!, no habría pasado esta entrevista conmigo.
3.9
Se levantó tendiéndome una de esas manos blandas y húmedas que tanto asco dan y en ese instante supe que seríamos amigos-enemigos encarnizados y que, vencido el prurito de la entrevista, no merecía la pena esforzarse en mantener una dirección sin futuro. Esto no es para mí, pensé, ¿para qué perder más el tiempo? No me presentaré a las pruebas. Sus dedos entre los míos eran como peces muertos y apreté con fuerza, como si quisiera destriparlos, hacer daño, decir, ¡te he vencido cabrón! Tus tejemanejes no te han servido conmigo. Por el gesto que hizo le dolió, imagino, y aliviado se dirigió hacia la puerta acristalada mostrándome la salida con un gesto displicente. Ambos nos quedamos detenidos en el umbral y antes de darme el paso definitivo para despedirme se detuvo en seco y vi que en su cabeza algo pesado y duro se movía de repente, como si saliese de un letargo o de un escondite. Dijo: Perdone don Felipe pero me ha quedado algo en el tintero... la curiosidad... ya sabe. Dicen que es un defecto femenino pero... bueno, sin ser gay ni nada parecido a mí también me pasa. Si no le importa me gustaría hacerle una última pregunta. Sólo una. ¡Por supuesto sin importancia! No se preocupe. Aclaró. Me alarmé o me alarmó tanto circunloquio; tanta divagación. Sólo es curiosidad, disculpe. Claro, claro, dije yo, no problem, está en su casa, lo que sea, ¡faltaría más! No le importe preguntar. Gracias, dijo él, se lo agradezco aunque ya no sea relevante. Tragó saliva, los labios se apretaron hasta convertirse en una línea y los ojos quedaron fijos en un punto, clavados como alfileres. Dígame algo don Felipe: Usted vive en Bellvitge... le aclaro que no conozco el barrio más que de pasar por la Gran Vía... y me parece espantoso, un auténtico engendro. Se trata de un barrio obrero, ya sé. ¡Pero muy obrero! En mi opinión, podríamos acotarlo como del lumpen barriobajero. No sé si me explico y no se ofenda por favor. Quizá le hago una pregunta impertinente, pero... desde un barrio tan soberanamente cutre como ese... usted ve el mundo como el mejor de los mundos posibles. Calló un segundo e hizo un gesto negativo con la cabeza. No. No, amigo mío. Me vende la moto... o eso creo; me cuesta entenderlo, no me entra; se lo digo muy en serio.
Se había puesto a opinar, a juzgar y a condenar una cosa detrás de otra, como dándose tiempo; y mientras discurría observaba mis reacciones. Por último se destapó: La pregunta es: ¿Cómo alguien como usted vive en Bellvitge y es tan optimista? Sostuve su mirada fija en mis pupilas y sentí que eran como estiletes de acero inoxidable diseñados para diseccionar mi mente. Entendí que allí estaba el nudo gordiano de la cuestión y que en él se dirimía su decisión final respecto a mí. Todo el bonito teatro anterior habían sido simples preliminares, prolegómenos insustanciales para conducirme a lo que de veras le importaba. ¿Cómo un joven valor de 31 años, que pensaba comprarse una Montblanc de cincuenta mil pesetas de la época, no había tenido tiempo de salir del horripilante Bellvitge? Ambos de pie, a punto de concluir la conversación y despedirnos, las cartas por fin al descubierto... Por un segundo me dije: éste ha calado el guión. Una mínima flaqueza, un paso en falso y me echaría en cara haber jugado con cartas marcadas. Pon fin callado no me quitaba ojo de encima traspasándome con fiera intensidad, los estiletes removiéndose en mi interior. Creo que hubo un momento, quizá unos segundos en que estuvo a punto de pensar: ¡Te cacé bribonzuelo de los suburbios!
Vista desde la distancia entiendo que llegamos a una situación crítica; esos puntos clave donde el lazo se desenlaza. Yo pensaba a la velocidad de la luz y entendí que en situaciones así no se sale triunfante más que con la verdad; esa verdad final que desata lo que fuera atado minuciosa y sistemáticamente. En realidad la trampa la ponía él; su pregunta era una pregunta trampa y comprendí que la única salida era llamar a las cosas por su nombre; ese tipo de verdad que abre con sencillez todas las puertas. Si me daba por sorprendido ganaba él; si tartamudeaba lo más mínimo o permitía que concibiera la sensación de haber descubierto un posible doble juego sucio ¡se ciscaría en mis muertos! No podía permitirme acabar tan jodido y humillado sino que debía darle la vuelta a su propia trampa y revertirla a mi favor. Por primera vez en toda la entrevista fui un joven sumiso, dócil, y él lo captó. Usted ha leído mi currículum, dije, y sabe por lo tanto que soy de origen humilde. No cuento con otra verdad que la de mi honradez; remaché con toda la calma posible. Pero hay dos cosas de las que no hablé en el currículum, aunque sean verdades incuestionables y fundamentales: la primera es lo honrado que me siento de ser quien soy, de venir de donde vengo; y la segunda trata de la ambición de superar cualquier obstáculo que se anteponga a mis legítimas y naturales aspiraciones.
Pasó de verme con recelo a dedicarme una inequívoca mirada admirativa. Se relajó, era la única respuesta que hubiera aceptado sin darme una bulla a su gusto y dijo con una media sonrisa cínica: ¡Demuéstremelo!
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