26 Dic 2008
Un pensador Tranquilo y la física de la conciencia (IX -9.4)
Las voluntades débiles se traducen en discursos; las fuertes, en actos.
Gustavo Le Bon
IX
SOY EL MEJOR
9.1
Los resultados médicos para cubrir aquel puesto: Adjunto a la dirección de personal, tardaron en llegar algunos días al cabo de los cuales recibí por correo ordinario la notificación de presentarme de nuevo para un tête-a-tête con el responsable de la selección de personal. El otoño se convertía en paja seca y el frío de 1978, traidor como siempre, entraba de noche en Barcelona y mataba a los mendigos que no habían podido guarecerse. Bellvitge se embarraba cada vez que caían cuatro gotas pero lo llevábamos bien porque mejor o peor aquel era nuestro mundo. Un lunes por la mañana, a las once en punto, debía estar presente en la recepción de una planta de aquel edificio en la Avenida de la Diagonal, con el objeto de ser entrevistado por una persona de la gerencia. Estábamos llegando al final y yo lo sabía Pensé que se trataría de la misma persona que me recibió al principio pero no fue así.
El sábado anterior, también a las once de la mañana, es decir del 17 de diciembre de 1978, nuestro grupo había llevado a cabo un recital de poesía en el Aula de Cultura de Santa Eulalia, en la calle Anselmo Clavé 24, para rendir homenaje a una conocida poetisa del barrio, Francisca Hernández, (Visi) y en él recité un poema sin título que no está en ningún libro mío: Ya nadie / tiene fama / de ser hombre. / Ahora / los pavos / hablan tanto / que es difícil / verlos como animales. / Yo conozco un gato / que enseña Teología / todas las noches / en los mismos tejados / donde sus padres / maullaban / no hace mucho; / y aquella salamanquesa / taciturna / asesinada en una noche / de verano, / ha dejado tan sabia / descendencia de abogados / que quieren procesar / al mundo / para dar escarmiento. / ¡Qué bárbaros! / Son otros tiempos. / --Me han dicho / un par de gallos / en el descanso / de un mitin político / por sus derechos--. / Ya nadie /quiere ser hombre, / no es la moda: / ahora / tiene más mérito / ladrarse fieramente / o rebuznar / con toda la seriedad / filosófica / de un rebuzno / bien hecho.
Y otro miembro del grupo, un hombre maduro que nos superaba a todos en edad, Francesc Font, recitó un poema escrito en octubre de ese mismo año: SALUT ELS REBELS! Salut els rebels! / Salut! Salut! Salut! / Els qui no heu vinclat la testa! / Els qui sota la por, la suor, i el crim / heu avançat en la direcció que assenyala la historia. / Salut els rebels! / germans, companys, camarades. / El rebels, / els qui saben / que la història segueix aturada / per lluentes, traidores, falses paraules, / els que sabeu que la història / segueix aturada / i recolzeu la vostra esquena : / carn contra ferro, / os contra inèrcia, / ràbia contra fre / i l’endegueu violents vers el futur ! / Endavant ! / Salut ! / Endavant ! / Salut ! / Salut els rebels. / Salut a la ràbia que es torna salvatge ! / Salut a l’odi esdevingut llamp ! / Al crit, al cop, a l’arrogant gest, / a la fúria inaccessible al cansament, / al futur que guayarem a quixalades si cal !
Me desvelé de madrugada y decidí levantarme. Desde la atalaya de nuestra casa, piso número doce, se veía en un primer plano la Gran Vía, en tránsito constante Barcelona, Plaza de España, Castelldefels, la gasolinera abierta a todas horas. Un poco más al fondo veía con claridad la Zona Franca, iluminada con profusión, las naves de SEAT al fondo a la izquierda, una gran zona industrial al centro y el Prat del Llobregat a la derecha, con el Aeropuerto de donde constantemente veíamos entrar y salir aeronaves. No sé si por entonces ya estaban iniciadas las obrar para levantar el Hospital Oncológico, que una vez terminada la estructura estuvo inhábil mucho tiempo. Llevábamos casados cinco años y seguíamos sin tener apenas muebles. Nos gastábamos el dinero en libros, en viajes, en temas que nos interesaban y que se detenían en asuntos relacionados o próximos a la cultura. El comedor pelado, la cristalera sin cortinas aún; en las paredes unos póster cogidos con chinchetas y un carrito con ruedas donde llevábamos, de una habitación a otra, una pequeña televisión de doce pulgadas en blanco y negro. En todo el piso el suelo era de cemento aunque la constructora había pegado un tipo de suelo plástico haciendo aguas, en realidad muy malo, y que en algunas esquinas ya empezaba a levantarse.
Era mi casa de todos modos y me gustaba mucho. Las personas que amaba estaban allí, aún dormidos; también estaban mis sueños, algunos despiertos pero la mayoría, los mejores, aún en el limbo. Era mi hogar, pletórico de vida y de los mundos con los que la imaginación levantaría sus impresionantes castillos... Todo cuanto de veras me importaba estaba entre aquellas paredes, y eso era algo así como una cota de malla con la que arrostrar los muchos peligros de la vida y el frío empuje del invierno que se avecinaba. De allí nacía toda la fuerza, el empeño, incluso la protección contra la frialdad del mundo-exterior. Aún la noche se estrellaba en todas direcciones y pensé que debía prepararme mentalmente para afrontar la entrevista. En el centro del comedor teníamos una mesita de bambú redonda y un par de mecedoras del mismo material, compradas baratas en los encantes. Aún en pijama, me senté y dejé que las horas se deslizaran silenciosas hacia el lento amanecer. Poco a poco fui comprendiendo que no había nada que preparar. Debía mostrarme accesible, como siempre, ser yo mismo, mostrar los campos roturados de mi personalidad, no evitar para nada que se describiera tan exquisita y deslumbrante como en realidad es, como siempre fue y será. Parecía lo más sencillo pero como suele ocurrir, lo sincero y raso es lo más difícil de alcanzar. Amaneció y preparé el desayuno; medio dormida mi mujer salió extrañada de que no hallarme en la cama al despertar. ¿Por qué te has levantado tan pronto? Preguntó bostezando y yo dije: por nada, me desvelé y me puse a pensar. Ella, sentada frente al café con leche y unas tostadas, dijo extrañada. Son unos “fachas”, ya lo sabes, ¿por qué te tomas tanto interés? ¿Por qué quieres trabajan para ellos? Yo dije con sencillez: no se trata de querer o no querer, se trata de supervivencia. He llegado al final de un proceso que ha sido largo y muy duro. El índice de probabilidad a mi favor antes de examen médico era de uno a diez... y me han vuelto a llamar. ¿Qué significa? Pues no lo sé y no me hago ilusiones. Ya sabes la frase: “estoy tan acostumbrado a perder que ganar me estorba”. Lo que tenga que ser será.
9.2
Era la tercera vez que me presentaba y el bedel ya me tenía visto. Un tipo bajo, recio con un mostacho mayor que él y un mandilón gris, sonrió al reconocerme: buenos días señor, dijo. Arriba. ¡Última Planta! Entré y el ascensor fue directo. Al marcar cualquier otra planta la máquina hacía paradetas para recoger o dejar gente pero si pulsabas el último botón se iba primero a esa planta y luego hacía lo demás. Al salir del ascensor entré en un hall amplio, cuadrado, las paredes bañadas con estucos distintos en colores cálidos, y distribuidas con el gusto más que bueno del decorador. Como siempre abundaban las plantas de hojas grandes –como las Fatsias– en maceteros idóneos a la planta y al lugar. Frente al ascensor, a unos diez metros se cruzaba un mostrador de madera que llenaba un pequeño fondo oval y del que partían a izquierda y derecha sendos pasillos hacia el interior de la planta donde se encontraban los despachos. Tras el mostrador una jovencita estándar manejaba la centralita y atendía inicialmente a los recién llegados. Tras ella, en un fondo serio se veía el logo de la empresa en relieve hecho de marquetería y un cartelito colgando del techo anunciando, RECEPCIÓN.
Eran las once en punto y como en las otras plantas la decoración se armaba sobre un conjunto de impresiones y exquisiteces pensadas para producir una delicada sensación de bienestar. Me sentí un poco incómodo pues la recepcionista-telefonista no paraba un segundo: sí dígame, un momento, por favor, le paso. Sí dígame, un momento por favor, le paso. Sí dígame... otra joven, también muy bonita y juncal apareció por mi izquierda y dijo mi nombre: ¿Don Felipe Gámez? Yo iba a decir, sí dígame, pero sólo dije, sí. Por favor, dijo la muñequita, sígame, don fulano le espera. A mi se me había pegado el sonsonete de la recepcionista: sígame, dígame, entiéndame, sosténgame, ¡ayúdeme!... Por un momento todo aquello me pareció cosa del teatro.
Deduje pronto que la planta estaba dedicada exactamente a lo que parecía: Las altas esferas. La recepción no era como la de abajo sino un filtro para conectar a los ejecutivos de la alta dirección con el mundo exterior y el cuidado de los detalles, de todo lo visible e invisible, era superlativo. ¡Un pez gordo! Pensé mientras la joven seguía el protocolo para hacerme pasar al despacho del gerente al que encontré de pie en una sala grande bien iluminada y mejor decorada que parecía invitar a pensar: ¡Relájese, está “arriba”, en la cima del mundo! No era un anciano pero estaba próximo a serlo. Alto, delgado, con perilla y cabellos blancos tirados hacia atrás y formando en el cogote una media melena un poco amarillenta pero muy vistosa. Me dio buena impresión aunque capté algo en su rostro y en sus ojos que permanecía al acecho. Lo imaginé como el tipo de persona que juega al tiro al plato y su postura prevenida daba la sensación de que en cualquier momento gritaría: ¡plato!.
Me sorprendió encontrarlo vestido informal aunque con un prêt-a-porter de inmejorable factura. Sus movimientos y gestos eran lentos, pausados, como si diera a entender que nada se hacía en el edificio sin su permiso. Un hombre de violencia contenida, es decir educada. Próxima a un ventanal, bien vestido con cortinajes de un color marfil, se veía la mesa de trabajo a juego con el tono general del mobiliario; a izquierda y derecha armarios de maderas nobles con puertas acristaladas dejaban ver un rico contenido en volúmenes bellamente encuadernados. Pero no era una sala cuadrada pese a su amplitud sino que a un lado de la puerta se abría un nuevo espacio que podía recordar una salita de reuniones consistente en unos sofás tapizados de seda en torno a una mesa baja donde descansaba un impresionante conjunto floral, que sin lugar a dudas cambiaban a diario. La misma joven empleada hizo las presentaciones de rigor y ya hubo en aquel trato ese respeto distante con el que se distingue a quienes han “ascendido” en el escalafón social. No era extraño respecto al tipo que me recibía, porque jugaba en casa, pero me sonó raro que la chica nos presentara como de igual a igual, como si ya reconociera en mi un aire de grandeza que nunca tuve.
A mi entender, yo obviamente daba “él cante”. No sé por qué esa mañana se me ocurrió dejar el traje en casa y vestir limpio pero de sport. Lógicamente aseado, correcto, con la mejor ropa disponible pero nada que me hiciera parecer un vendedor. Por su parte, él algo mayor, yo joven, en realidad coincidíamos en una facha independiente, cómoda y muy personal. Sentí su mano fuerte y fría, una mano larga, no grande, que tras un saludo enérgico se retiró para ofrecer una dirección de paso: por aquí don Felipe. Dijo y no me llevó al despacho sino al saloncito.
Nos sentamos en un ángulo de noventa grados. A su espalda quedaba un ventanal grande con visillos y vistas a la calle y a la mía un cuadro enorme, quizás dos por dos, probablemente de Joaquín Sorolla. Ambos teníamos el centro de flores enfrente pero sin interrumpir la visión que uno tenía del otro. Como es lógico y natural se movía con la soltura de quien está en sus dominios y yo, algo más cortado, procuraba economizar movimientos que habrían delatado mi descolocación.
Le seré muy franco don Felipe, dijo enseguida; le reconozco un poder: dejó usted profundamente admirado, ¡impresionado!, a mi director de personal, en su primera entrevista... y desde ese momento, digamos que ha defendido con vehemencia que nuestro mejor candidato es usted. ¡Oh, muchas gracias! Dije yo. Me abruma y me deja fuera de juego. Ese día su director quizá había visto a mucha gente... y... el cansancio... ¡Para nada! No, él no tiene función alguna en los preliminares pero como es un poco “obsesivo”, digámoslo así y con la mejor intención, quiso meter baza y le hizo pasar. A mi juicio lo dejó noqueado y ya no pudo ver a nadie más. Usted comprende que ese trabajo lo hace un tipo de empleado a otro nivel. Entiendo, dije yo por seguir la corriente y decir algo. El hombre ya estaba embalado y se puso a contar: Dada la importancia de nuestro cliente este caso ha merecido su atención de un modo especial. Es un reto para nuestra empresa que nos distingue de la media en Barcelona y como es comprensible estamos comprometidos a prestar un servicio riguroso, perfecto, impecable. Según mi director usted es el hombre que vendrá como anillo al dedo al puesto. Tiene la formación, el carácter y la capacidad necesaria para ser nuestro “candidato recomendado” en la terna que se ofrecerá al cliente, quien, en última instancia, decidirá. Nuestro trabajo en verdad ha terminado ya y me consta que fuimos concienzudos y minuciosos durante todo el proceso. Como usted sabe muchos jóvenes, con importantes currículos, se han quedado por el camino hasta llegar aquí. Hemos trabajado duro pero estoy satisfecho. En este momento ya está seleccionada la terna y en mi opinión todos ustedes son perfectos. Candidatos idóneos cien por cien. Sólo les quedaba un trámite: llegar a este despacho.
Cruzó las piernas y se puso cómodo. Su postura y expresión eran elocuentes: ¡El listón estaba muy alto y sólo han pasado tres! Dijo con evidente satisfacción. Hoy debía verles uno por uno: a las nueve el primero, a las diez el segundo y a las once usted. Con sinceridad, don Felipe; ¡siento una gran curiosidad! La situación es nueva; nunca se había dado aquí una cosa igual... y de veras que estoy intrigado. ¿Qué quiere que le diga? Por una parte conozco de sobra a mi director y sé que no se moja por cualquiera. Hemos hablado muchas veces, el tema de su candidatura ha salido en numerosas reuniones de trabajo y siempre lo dio como caballo ganador. No creo que pensara que la comparación equina podía serme ofensiva y siguió a lo suyo: ¿Qué diablos pasó en esa entrevista? No voy a engañarle a estas alturas, buscamos un número uno, un hombre especial que se desmarque con rotunda claridad del resto. Según mi director de personal esa persona es usted. ¿Qué tiene que decir? Que está en lo cierto, dije yo con sencillez.
9.3
Bueno, la cosa pintaba muy bien para mí. El tipo se deshacía en elogios para su director y estaba seguro que si él apostaba con empecinamiento por mi persona sus razones tendría. Claro que lo intrigaba una seguridad que no podía medirse ni evaluarse científicamente, cuando todos los procesos de selección en la empresa se realizaban bajo criterios que buscaban ser lo más fiables y ecuánimes posibles.
Usted, sencillamente lo dejó KO y eso me preocupa. Dijo, para que yo entendiera la situación, puesto que en última instancia el responsable, el que trataría y daría la cara al cliente sería él.
Decidí dar un paso al frente, destaparme un poco, y dije: No se extrañe, al final todo se reduce a una cuestión de confianza. Usted conoce bien a su director y confía en su juicio. No es el proceso habitual y lo entiendo pero lo considero dentro del marco en el que se hacen los negocios... aquí y en cualquier parte. Alguien nos organiza una cita, –es sólo un ejemplo–. Usted y yo almorzamos juntos hoy y si todo va bien mañana decidimos construir un puente gigantesco en Estambul. La diferencia entre ejecutivos es que algunos, –los mejores– si me lo permite, “huelen el negocio” allí donde se encuentra. ¿Se trata de una cuestión de olfato? No. Se trata de una cuestión de... “olfato”. La diferencia es sutil pero estoy seguro que usted sabe a lo que me refiero. Él se apresuró a decir, ¡por supuesto!
Tiene razón dijo tras pensarlo unos segundos. Me asombra y quería entrevistarle porque deseo comprender a mi director. Es usted muy joven para representar un pensamiento tan maduro y complejo... la universidad, supongo. Yo dije: sí pero no “esa” universidad, que también habrá jugado su papel, no digo que no. La universidad a la que me refiero se llama, la universidad de la vida. Oh, claro. ¡La universidad de la vida! Lo dice de un modo que convence... y resulta clarificador.
La cosa fue derivando como si se tratara de una charla entre colegas y de ese modo supe que la empresa demandante era, ni más ni menos que CocaCola España y que me incorporaría a su plantilla de Barcelona, aunque debería viajar por toda España, Madrid por supuesto, el Norte, el Sur... Me convertiría en algo así como el HC lo que ellos llamaban en argot Hombre de Confianza del director de personal de la firma en nuestro país. Nos reíamos, la cosa se relajaba y ya no se hablaba de trabajo sino de cuestiones personales: ¿Juega usted al golf? Y yo respondía con otra pregunta, ¿debería? Y él decía entusiasmado: a su edad le conviene a la mía es super necesario. Todo era bastante distendido y superficial. En el fondo el tipo pensaba que se jugaba las pelotas por creer en el “olfato” de un simple director de personal, y esa sensación de riesgo, más que incomodarle, le jodía por dentro. De pronto regresó al tema del trabajo y presentó una situación: imagine que CocaCola le acepta, se fía de nuestro criterio, y su jefe tiene que volar a Boston poco después. Lleva poco tiempo en la empresa y tal vez lo lógico sería consultar con él todos sus movimientos... llamarle tantas veces como fuera necesario. ¡Para nada! Dije yo convencido. No soy el tipo de persona que en una reunión con otros directores defendería expresiones como: “¡Lo ha dicho el jefe! O, el jefe ha dicho que todo el mundo camine a la pata coja. Pues mire, no. ¡ No! Primero, el jefe ni hace ni dice gilipolleces... y será mi responsabilidad evitar que al menos lo parezca. Segundo, el sitio natural del jefe será los Estados Unidos. Los jefes a ese nivel sólo son útiles en “las altas esferas”, algo así como: ¡en los campos de golf! Por decirlo claro. Mi trabajo será evitarle preocupaciones y que la brega diaria sea productiva. Que todo vaya como la seda según la filosofía de la empresa. ¡La filosofía de la empresa, eso es lo fundamental! Entiendo que un buen adjunto a la dirección de personal ha de anticiparse a los problemas y tener las soluciones mucho antes de que los tengamos encima de la mesa... que es cuando las cosas ya se han puesto feas. Al jefe no se le puede molestar, o se le debe molestar lo menos posible. Así es como pienso. Uno tiene que haberse mamado a conciencia la filosofía de la empresa. ¡Eso es esencial! Luego hay que aplicarla con decisión... porque eso es al final lo que el jefe haría si estuviera presente.
9.4
Entendí que el tipo disfrazaba la entrevista para que la tensión del trabajo derivase en una simple tertulia entre buenos amigos. Quería que la franqueza y el lance espontáneo se adelantaran a la impostura con elegancia y naturalidad. Las trampas se iban sucediendo una tras otra, como en una cacería o en el teatro, sólo que el guión se escribía sobre la marcha. Una hora después unos golpecitos sobre la puerta del despacho nos hicieron salir de una hipotética partida de ajedrez donde las negras (las mías) se adelantaban débilmente a las blancas (las suyas) y luego perdían con un jaque mate brutal. Es mi director, dijo el gerente anticipándose a los acontecimientos. ¡Adelante Robert! (No recuerdo que se llamara Robert pero es igual). Robert entró con una postura sumisa; muy sumisa. Con tu permiso... la impaciencia me puede. ¡Estoy como un flan! Nos saludamos con una gran cordialidad, casi como si comiéramos juntos todos los días. ¡Don Felipe es un placer para mí volver a saludarle! Lo mismo digo, dije y nos estrechamos las manos con una gran efusión de gestos como palmaditas en la espalda y cosas así. Después se encaró con el gerente y preguntó directo: ¿Qué? Dime, qué te parece. ¡Por favor! Estoy que me subo por las paredes. El gerente sonrió, movió la cabeza, enarcó las cejas... todas eran las típicas posturas del gallo dominante. Al final de una serie de pantomimas dijo: Una vez más reconozco que tienes razón. Nada que ver con el resto. ¡Te lo dije, aquí don Felipe es el mejor! No es que esté por encima de nadie, no es eso. Es... otra cosa. ¡Es un crak! Tiene un magnífico futuro por delante y sinceramente, no sé hasta donde llegará. El gerente se dirigió a mí: Lo ve, está como un niño con zapatos nuevos. Él, que va siempre de tipo duro, el día de su entrevista se quedó listo. Su personalidad lo dejó anonadado. Es como si no fuera él, como si no lo conociera. Es como si hubiera cambiado. ¿Qué demonios le hizo? ¿Su poder de convicción es tan fuerte?
Robert enrojeció, su inclinación sexual había sido un tema conocido pero ajeno al trabajo. La empresa era la empresa, el trabajo era el trabajo y la vida particular de cada uno estaba en ese margen donde nadie entraba, ni siquiera el gerente. Bueno... dijo azorado. Sabes que no mezclo el placer con el negocio. ¡Discúlpame, por favor! Rogó el gerente. No es eso. Sé que tu competencia está fuera de toda duda. Me consta y no sé por qué me he metido donde no me llamaban. Te pido sinceras disculpas. Robert volvió a humillarse: No, no. Por favor no, tranquilo; estás en tu derecho sólo que te equivocas y perdona que te lo diga. Llevas una hora con él y si no responde a mi apreciación, punto por punto, tú eres quien manda. Por supuesto, dijo el gerente, la mía es la última palabra, como siempre y... bueno... tras esta productiva conversación con don Felipe reconozco que es, según tu criterio, un joven brillante.
Yo estaba en medio y la verdad, no sabía mucho de aquel juego de señales de poder y humillaciones flagrantes. Recuerdo que pensé: estos acaban pegándose un beso en los morros. Me sentía fuera de todo aquello, quizá curioso y expectante. Estuvieron tirándose florecitas un rato y simplemente aguardé a que todo terminara. De pronto el gerente dijo: debéis veros pronto, Mr. Jr. quiere resolver el tema antes de quince días. Sí, dijo Robert recuperando la compostura. He traído mi agenda y quedaré con don Felipe la próxima semana. Nos pusimos a mirar días y horas y al final quedamos un jueves, a las 9 am en su despacho. Le preocupaba que pese a sus recomendaciones Mr.Jr. optara por contratar a cualquier otro candidato. Se habían visto con él en un par de ocasiones y ambos pensaban que la cabeza de un americano de clase alta es una grillera. Creían que el director y yo deberíamos trabajar a fondo la entrevista para que al final, Mr. Jr. no tuviera otra opción que decidirse por mí.
Regresé a casa. En Metro hasta Plaza de España y luego a Bellvitge en autobús. Hacía frío, el cielo tenía color de panza de burra y empezó a dolerme la garganta. Me sentía peor que cuando hice la primera entrevista y no sabía qué rayos me pasaba. Me decía: a ver Felipe, ¡aclárate joder. Te van a dar el trabajo y deberías estar contento. ¡Satisfecho! Qué digo satisfecho, ¡feliz! Sabía que me lo merecía, que me lo había currado, y que aunque CocaCola es una empresa muy depredadora, con un régimen interior probablemente parafascista, era mejor estar dentro que en la puta miseria. Recordé lo que le había dicho a mi mujer esa misma mañana: “se trata de supervivencia”. Y me puse a felicitarme: ¡alégrate, alégrate de lo que ha pasado! De todos modos decidí mostrar normalidad y no decir nada en casa. Si uno se sienta frente al mar en un día ventoso verá formarse las olas a unos cien metros de la orilla. A veces son olas que crecen y en su avance suman fuerzas con otras de menor tamaño. En su recorrido engordan y se encrespan, creando un penacho de espuma antes de reventar contra la orilla... Es bonito y uno puede llegar a creer que así es el proceso de formación y destrucción de las olas. Pero no es verdad: si uno observa el oleaje con tiempo y va apuntado lo que sucede, descubre que de tanto en tanto hay olas que se forman donde todas pero algo las disuelve; las que antes sumaban de pronto restan y esas nunca llegan a romper en la playa. No sé si es un buen símil pero mientras volvía a casa pensaba que aquella ola que Robert había levantado contra todo pronóstico era una de esas que no van a ningún sitio. Pero decidí considerarlo como un miedo natural al fracaso. Podía suceder que el tipo aquel, el americano llamado Jr. no hiciera caso a los dos cantamañanas de la ASP y se emperrara en otro cualquiera de la terna. Tenía motivos sobrados para sentirme exultante, gritar en medio de la calle: ¡soy el mejor! ¡El mejor! Pero conforme pasaba el tiempo el globo se desinflaba sin remedio. ¡Maldita sea! Decía algo dentro de mí ¡Maldita, maldita sea! Y se despertó como una lucha interior. Mientras “el marqués” decía: ¡disfruta gilipollas, eres el mejor! La cordura, creo, repetía: baja modestia que sube el Felipe.
Últimos Comentarios
- Moribundos 1 comentario aránzazu
- Nada 1 comentario cubanaye
- La paz sea contigo (1) 1 comentario Pato Blanco
- Mar de haiku (61-65) 1 comentario la-montsehv
- Mar de kaiku (51-55) 2 comentarios anasb54 rusbe22222
Categorías
Ídolos
Buscar
Suscríbete
Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):


Escribe tu comentario