27 Sep 2008

dos estilos diferentes

Escrito por: folaguena el 27 Sep 2008 - URL Permanente

A este paso, monto un circo y me crecen los enanos.

Con el sombrero rojo podemos decir : “Me pongo el sombrero rojo y digo que me parece que esta idea no va ha dar resultado”.... ante esta expresión no tenemos porque pedir el “¿por qué?”, pues el sombrero rojo nos protege de esta pregunta: ¡Es nuestra opinión! El sombrero rojo cubre dos amplios tipos de sentimiento. En primer lugar, las emociones comunes, que varían desde las fuertes, tales como el miedo y disgusto, hasta las más sutiles como la sospecha. En segundo lugar, los juicios complejos, clasificables en tipos como presentimientos, intuiciones, sensaciones, preferencias y otros tipos no justificables de modo perceptible Hemos visto dos sombreros con características opuestas, ahora pasamos a ver otros dos también opuestos: He aquí un principio reducido a una fórmula. Todo naturalismo en la moral, esto es, toda moral sana, se rige por un instinto vital; algún requisito de la vida es cumplido mediante un determinado canon de “debes” y “no debes”, removiéndose así algunos obstáculos del camino de la vida. A la inversa, la moral antinatural, esto es, poco menos que toda moral enseñada, exaltada y predicada hasta ahora, se vuelve precisamente contra los instintos de la vida, implica un repudio, ya solapado o abierto e insolente, de estos instintos. Diciendo “Dios mira el corazón”, dice no a las apetencias más bajas y más elevadas de la vida y concibe a Dios como enemigo de la vida... El santo grato a Dios es el castrado ideal... Termina la vida donde empieza el “reino de Dios” ... Quien comprende el ultraje que supone esta sublevación contra la vida, tal como ha llegado a ser casi sacrosanta en la moral cristiana, comprende por fortuna también lo inútil, ficticio, absurdo y falaz de tal sublevación. Todo repudio de la vida de parte de los vivos se reduce, en definitiva, a síntomas de una determinada clase de vida, independientemente que este repudio esté o no justificado. Habría que estar situado fuera de la vida y, por otra parte, conocerla tan bien como cualquiera, como muchos, como todos los que la han vivido, para tener derecho a abordar siquiera el problema del valor de la vida: razones de sobra para comprender que este problema no nos es accesible. Cuando hablamos de valores hablamos bajo la inspiración, la óptica, de la vida; la vida misma nos obliga a fijar valores, valora a través de nosotros, cuando los fijamos... De lo cual se infiere que también esa moral antinatural que concibe a Dios como antítesis y repudio de la vida no es sino un juicio de valor de la vida; ¿de qué vida?, ¿de qué clase de vida? Ya he dado la respuesta: de la vida decadente, debilitada, cansada, condenada. La moral, tal como hasta ahora se la ha entendido, tal como la ha formulado por último también Schopenhauer, como “negación de la voluntad de vida”, es el instinto de la décadence que se presenta como imperativo. Dice ella: “¡Sucumbe!”; es el juicio de condenados... Pocos libros han sido leído con tanto afán; todavía ahóra se imprimen en Inglaterra todos los años muchos miles de ejemplares. Dudo de que libro alguno (excepción hecha de la Biblia) haya causado tanto estrago, acortado tantas vidas como este curiosum bien intencionado. Todo por haber confundido su autor el efecto con la causa. Ese buen italiano consideraba su dieta como la causa de su longevidad; cuando lo que pasaba era que la lentitud extraordinaria del metabolismo, el desgaste reducido, resultaba la causa de su dieta frugal. No estaba en libertad de comer poco o mucho; su frugalidad no era un “libre albedrío”; el hombre enfermaba si comía más. Mas a todo el que no es un pez de sangre fría no sólo le conviene, sino que le hace falta comer bien. El erudito de nuestro tiempo, con su rápido desgaste de energía nerviosa, se arruinaría si adoptase el régimen de Cornaro. Crede experto. ¿Cuál es el resultado si se procede de un modo diferente? ¿Si, por ejemplo, se practica sicología reporteril sobre el modelo de los romanciers parisienses, grandes y pequeños? Esa gente dijérase que acecha la realidad y todas las noches vuelve a casa con un puñado de curiosidades... Pero el resultado está a la vista: un montón de páginas pintarrajeadas, un mosaico en el mejor de los casos; de todos modos, una cosa compuesta, inquieta, estridente. En este aspecto, lo peor corresponde a los Goncourt, los cuales no juntan tres frases que no hieran la vista, la vista del sicólogo. La Naturaleza, artísticamente apreciada, no es un modelo. Exagera, deforma y crea lagunas. La Naturaleza es el azar. El estudio “del natural” se me antoja un mal síntoma; denota sumisión, debilidad y fatalismo. Esta postración ante los petits faits no es digna del artista cabal. Ver lo que es-he aquí algo que corresponde a un tipo diferente de espíritus, a los espíritus anti-artísticos, fácticos-. Hay que saber quién se es... A propósito de la sicología del artista. Para que haya arte, cualquier hacer y mirar estético, es imprescindible un requisito fisiológico: la embriaguez. Hasta que la embriaguez no haya acrecentado la excitabilidad de todo el mecanismo no aparece el arte. Todas las clases de embriaguez, por diferentemente determinadas que estén, tienen este poder; lo tiene, sobre todo, la embriaguez de la excitación sexual, forma antigua y primaria de la embriaguez. Como también la embriaguez que deriva de todos los grandes apetitos, de todos los fuertes afectos; la embriaguez de la fiesta, de la rivalidad, de la hazaña, del triunfo, de todo movimiento extremo; la embriaguez de la crueldad; la embriaguez de la destrucción; la embriaguez derivada de determinados factores meteorológicos, por ejemplo, la embriaguez de la primavera o de la acción de los narcóticos. Por último, la embriaguez de la voluntad, de una voluntad cargada y henchida. Lo esencial de la embriaguez es la sensación de fuerza acrecentada y plena. Esta sensación impulsa al individuo a obsequiar a las cosas, a participar en ellas, a violentarlas; a esto es a lo que se le llama idealizar. Emancipémonos en este punto de un prejuicio: el idealizar no consiste, como se cree comúnmente, en una deducción o abstracción de lo pequeño y secundario, lo decisivo es una tremenda acentuación de los rasgos principales, al punto que desaparecen los demás. Embargado por este estado, uno enriquece todo con su propia plenitud; todo lo que ve y apetece lo ve henchido, pletórico, vigoroso, cargado de fuerza. El hombre ebrio transmuta las cosas, hasta que reflejan su propio poder, hasta que son reflejos de su propia perfección. Este no poder por menos de transmutar las cosas en algo perfecto es a lo que llamamos arte. Incluso todo lo que él no es, se convierte en goce propio; en el arte, el hombre goza de sí mismo como de algo perfecto. Es dable concebir un estado contrario, una específica esencia anti-artística del instinto, un modo de ser que empobrece, diluye y atrofia todas las cosas. Y, en efecto, abundan en la historia tales antiartistas, tales famélicos de la vida que por fuerza toman las cosas, las agotan y desnutren. Tal es, verbigracia, el caso del cristianismo genuino de Pascal. No se da un cristiano que al mismo tiempo sea artista..., y no se incurra en la puerilidad de alegar el caso de Rafael o de cualquier cristiano homeopático del siglo XIX; Rafael dijo sí e hizo sí, luego no fue un cristiano... Cuando se coloca el centro de gravedad de la vida no en la vida, sino en el “más allá” - en la nada, - se le ha quitado a la vida como tal el centro de gravedad. La gran mentira de la inmortalidad personal destruye toda razón, toda naturaleza existente en el instinto, - a partir de ahora todo lo que en los instintos es beneficioso, favorecedor a la vida, garantizador del futuro, suscita desconfianza. Vivir de tal modo que ya no tenga sentido vivir, eso es lo que ahora se convierte en el “sentido” de la vida... ¿Para qué ya el sentido de comunidad, para que la gratitud a la ascendencia y a los antepasados, para qué colaborar, confiar, para qué favorecer y tener en cuenta algún bien general?... Todas esas cosas son “tentaciones”, todas esas cosas son desviaciones del “camino recto” - “una sola cosa es necesaria”... En cuanto “alma inmortal”, cada uno tiene idéntico rango que cualquier otro, en el conjunto de todos los seres la “salvación” de cada individuo tiene derecho a reclamar una importancia eterna, pequeños santurrones, y locos en sus tres cuartas partes, tienen derecho a imaginarse que, en razón de ellos, las leyes de la naturaleza son transgredidas, de modo constante - nunca se estigmatizará con bastante desprecio semejante intensificación hasta lo infinito, hasta lo impúdico, de toda especie de egoísmo. Y, sin embargo, el cristianismo debe su victoria a esa deplorable adulación de la vanidad personal -con ella es con la que ha persuadido a seguirle cabalmente a todos los malogrados, a todos los hombres de sentimientos rebeldes, a los fracasados, a todos los desechos y escorias de la humanidad. La “salvación del alma” - dicho claramente: “el mundo gira alrededor de mí”... El veneno de la doctrina “idénticos derechos para todos” - es el cristianismo el que lo ha diseminado de modo más radical: desde los más escondidos rincones de los instintos malos el cristianismo ha hecho una guerra a muerte a todo sentimiento de respeto y de distancia entre los hombres, es decir, al presupuesto de toda elevación, de todo crecimiento de la cultura, - con el resentimiento de las masas ha forjado su arma capital contra nosotros, contra todos los seres aristocráticos, joviales, generosos, que hay en la tierra, contra nuestra felicidad en la tierra... [...] - El aristocratismo de los sentimientos ha sido socavado de la manera más subterránea por la mentira de la igualdad de las almas; y si la creencia en el “privilegio de los más” hace y hará revoluciones, ¡es el cristianismo no se dude de ello, son los juicios cristianos de valor los que toda revolución no hace más que traducir en sangre y crímenes! El cristianismo es una rebelión de todo lo que se-arrastra-por-el-suelo contra todo lo que tiene altura: el evangelio de los “viles” envilece... El viejo Dios, todo él “espíritu”, todo él sumo sacerdote, todo él perfección, se pasea por su jardín placenteramente: sólo que se aburre. Contra el aburrimiento luchan en vano incluso los dioses. ¿Qué hace? Inventa al hombre, - el hombre es algo entretenido... Pero he aquí que también el hombre se aburre. El apiadamiento de Dios por la única molestia que en sí tienen todos los paraísos no conoce límites: pronto creó también otros animales. Primer fallo de Dios: el hombre no encontró entretenidos a los animales, - los dominaba, no quería siquiera ser un “animal”. - Por consiguiente, Dios creó a la mujer. Y de hecho, ahora el aburrimiento se terminó - ¡pero también se terminaron otras cosas! La mujer fue el segundo fallo de Dios. - “La mujer es, por su esencia, serpiente, Eva”- esto lo sabe todo sacerdote; “de la mujer viene todo el infortunio al mundo” - esto lo sabe asimismo todo sacerdote. “Por consiguiente también la ciencia viene de ella”... Sólo a través de la mujer llegó el hombre a gustar del árbol del conocimiento. - ¿Qué había ocurrido? Al viejo Dios lo invadió una angustia infernal. El hombre mismo había sido su máximo fallo. Dios se había creado un rival, la ciencia hace iguales a Dios. - ¡se han terminado los sacerdotes y los dioses si el hombre se vuelve científico! - Moraleja: la ciencia es lo prohibido en sí, - ella es lo único prohibido. La ciencia es el primer pecado, el germen de todo pecado, el pecado original. La moral no es más que esto. - “No conocerás”: - el resto se sigue de ahí. - La angustia infernal de Dios no le impidió ser listo. ¿Cómo defenderse de la ciencia?, ése fue durante largo tiempo su principal problema. Respuesta: ¡fuera del Paraíso el hombre! La felicidad, la ociosidad inducen a tener pensamientos, - todos los pensamientos son pensamientos malos... El hombre no debe pensar. - Y el “sacerdote en sí” inventa la indigencia, la muerte, el peligro mortal del embarazo, toda especie de miseria, vejez, fatiga, sobre todo la enfermedad, - simples medios en la lucha con la ciencia! La indigencia no le permite al hombre pensar... Y, ¡pese a todo!, ¡algo espantoso! La obra del conocimiento se alza cual una torre, asaltando el cielo, trayendo el crepúsculo de los dioses, - ¡qué hacer! - El viejo Dios inventa la guerra, separa los pueblos, hace que los hombres se aniquilen mutuamente (los sacerdotes han tenido siempre necesidad de la guerra...). La guerra . ¡entre todas las cosa una gran perturbadora de la paz de la ciencia! - ¡Increíble! Pese a las guerras, el conocimiento, la emancipación con respecto al sacerdote, aumenta. - Y al viejo Dios se le ocurre una última decisión: “el hombre se ha vuelto científico - no queda otro remedio, ¡hay que ahogarlo!”...

Estar más buena que el pan.

Y tenía perfecta razón para entenderlo así; tanto más cuanto que, según me consta positivamente, Marx ignoró toda la obra literaria de Rodbertus hasta el año 1859 aproximadamente, en que su propia crítica de la economía política estaba ya perfilada, no sólo en líneas generales, sino incluso en cuanto a sus más importantes pormenores. Marx comenzó sus estudios económicos en París, en 1843, por los grandes ingleses; de los alemanes, sólo conocía a Rau y a List, y con ellos tenía de sobra. Ni Marx ni yo supimos una palabra de la existencia de Rodbertus hasta que en 1848 nos vimos en la necesidad de criticar, en la Neue Rheinische Zeitung, sus discursos como diputado renano y sus actos como ministro. Tan ignorantes estábamos de su persona, que hubimos de preguntar a los diputados renanos quién era aquel señor Rodbertus que aparecía convertido en ministro de la noche a la mañana. Pero tampoco ellos supieron revelarnos nada de sus trabajos económicos. En cambio, la Misére de la Philosophie, 1847, y las conferencias sobre Trabajo asalariado y capital pronunciadas en Bruselas en 1847 y publicadas en 1849 en los números 264–69 de la Neue Rheinische Zeitung, demuestran que Marx sabía ya perfectamente, por aquel entonces, sin necesidad de la ayuda de Rodbertus, no sólo de dónde proviene, sino también cómo "nace la plusvalía del capitalista". Fue allá por el año 1859 cuando Marx se enteró, por Lassalle, de que existía también un Rodbertus economista y cuando descubrió en el Museo Británico su "Tercera carta social". Barcelona Chicas Sin embargo, es indudable que, desde el punto de vista de la producción capitalista, existe la apariencia de un problema especial. Aquí, es el capitalista, en efecto, el que aparece como punto de partida, como el que lanza el dinero a la circulación. El dinero que los obreros invierten en comprar y pagar sus medios de subsistencia existe previamente bajo la forma de dinero del capital variable y, por tanto, es puesto primitivamente en circulación por el capitalista, como medio de compra o de pago de la fuerza de trabajo. Además. el capitalista lanza a la circulación el dinero que primitivamente asume en sus manos la forma–dinero de su capital constante, circulante y fijo, que invierte como medio de compra y de pago de medios de trabajo y materiales de producción. Fuera de esto, el capitalista ya no actúa como punto de partida de la masa de dinero circulante. A partir de ahora, sólo existen dos puntos de partida: el capitalista y el obrero. Todas las demás categorías de personas tienen que obtener el dinero para los servicios que presten de estas dos clases o son, en la medida en que lo perciban sin contraprestación alguna, coposeedores de plusvalía en forma de renta, de interés etc. Pero el hecho de que la plusvalía no se quede íntegramente en el bolsillo del capitalista industrial, sino que deba repartirla con otras personas, nada tiene que ver con el problema de que estamos tratando. Lo que interesa es saber cómo convierte en dinero su plusvalía y no cómo se distribuye luego el dinero así obtenido. Por consiguiente, para nuestro caso es como sí el capitalista fuese poseedor único y exclusivo de la plusvalía. En cuanto al obrero, ya hemos dicho que es simplemente un punto de partida secundario, pues el punto primario de partida del dinero que aquél lanza a la circulación es el capitalista. El dinero desembolsado primeramente como capital variable se halla ya describiendo su segunda rotación cuando el obrero lo emplea en comprar y pagar sus medios de subsistencia. BCNGirls Según el supuesto de que aquí partimos, la producción anual de oro de 500 libras esterlinas sólo alcanza exactamente para reponer el dinero desgastado anualmente. Sí nos fijamos, por tanto, solamente en estas 500 libras esterlinas y prescindimos de la parte de la masa de mercancías producida anualmente y que circula por medio del dinero anteriormente acumulado, vernos que la plusvalía producida en forma de mercancías se encuentra en la circulación con el dinero necesario para realizarse en moneda precisamente porque de otra parte se produce en el año la plusvalía necesaria en forma de oro. Y lo mismo puede decirse de las otras partes del producto oro de 500 libras esterlinas que reponen el capital–dinero desembolsado. Pisos relax Por tanto, a medida que se desarrolla el régimen capitalista de producción y se desarrollan con él el volumen de valor y la duración de vida del capital fijo empleado, se desarrolla también la vida de la industria y del capital industrial en cada inversión especial hasta abarcar un período de varios años, digamos diez, por término medio. Si, por una parte, el desarrollo del capital fijo alarga esta vida, por otra parte viene a acortarla la transformación constante de los medios de producción, que aumenta continuamente, asimismo, al desarrollarse el régimen de producción capitalista. Con ella aumentan también, como es natural, el cambio de los medios de producción y la necesidad de reponerlos constantemente, a consecuencia de su desgaste moral, mucho antes de que se agoten físicamente. Puede suponerse que en las ramas decisivas de la gran industria este ciclo de vida es hoy, por término medio, de diez años. Sin embargo, lo que aquí interesa no es la cifra concreta. La conclusión a que llegamos es que este ciclo de rotaciones encadenadas que abarca una serie de años y que el capital se halla obligado a recorrer por sus elementos fijos, sienta las bases materiales para las crisis periódicas, en que los negocios recorren las fases sucesivas de la depresión, la animación media, la exaltación y la crisis. Los períodos en que se invierte capital son, en realidad, muy distintos y dispares. Sin em­bargo, la crisis constituye siempre el punto de partida de una nueva gran inversión. Y también, por tanto –desde el punto de vista de la sociedad en conjunto– brinda siempre, más o menos, una nueva base material para el siguiente ciclo de rotaciones.1 Girls Barcelona
Mientras que en la mayoría de las ramas estrictamente indus­triales y en las de la minería, el transporte, etc., la marcha de la explotación es uniforme, se emplea un año con otro la misma can­tidad de trabajo y, prescindiendo de las oscilaciones de los precios, las perturbaciones de los negocios, etc., que deben considerarse como interrupciones anormales, las inversiones. de capital incorporadas al proceso diario de circulación se distribuyen por igual; mientras que, asimismo, en igualdad de condiciones de mercado, el reflujo del ca­pital circulante o su renovación se distribuye a lo largo del año en periodos uniformes, en las inversiones de capital en que el tiempo de trabajo sólo es una parte del tiempo de producción, se advierten las mayores diferencias, a lo largo de los distintos períodos del año, en la inversión del capital circulante, y el reflujo sólo se efectúa de una vez, en la época impuesta por las condiciones naturales. Por tanto, a igual escala de negocios, es decir, a igual magnitud del capital circulante desembolsado, deberá desembolsarse el capital de una vez y a largo plazo, en masas mayores que cuando se trate de ne­gocios a base de períodos de trabajo continuos. El plazo de vida del capital fijo se distingue también aquí considerablemente del tiempo durante el cual funciona de un modo realmente productivo. Con la diferencia entre el tiempo de trabajo y el tiempo de producción se interrumpe también constantemente, como es natural, el tiempo de uso del capital fijo empleado a largo o a corto plazo, como ocurre por ejemplo en la agricultura con el ganado de labor, los aperos y las máquinas. Cuando este capital fijo se halla for­mado por bestias de labor, exige constantemente los mismos o casi los mismos gastos en forraje, pienso, etc., que durante el tiempo en que trabaja. En los medios de trabajo muertos la inmovilidad se traduce también en cierta depreciación. Por tanto, el producto, en general, se encarece, ya que la transferencia de valor al producto se calcula, no por el tiempo durante el cual funciona el capital fijo, sino por el tiempo durante el cual pierde valor. En estas ramas de producción, la inmovilidad del capital fijo, lleve o no aparejados gastos corrientes, constituye una condición de su empleo normal, ni más ni menos que, por ejemplo, el desperdicio de cierta cantidad de algodón en las fábricas de hilados; y en todo proceso de trabajo la fuerza de trabajo aplicada, bajo ciertas condiciones técnicas, de un modo improductivo, pero inevitable, cuenta exactamente lo mismo que la empleada productivamente. Toda innovación que disminuya el empleo improductivo de medios de trabajo. materias primas y fuerza de trabajo, disminuye también el valor del producto. girlsmadrid.com Los medios del sacerdote ascético que hemos conocido has­ta el momento ––la sofocación global del sentimiento de vida, la actividad maquinal, la pequeña alegría, sobre todo la del «amor al prójimo», la organización gregaria, el des­pertamiento del sentimiento de poder de la comunidad, a consecuencia del cual el hastío del individuo con respeto a sí queda acallado por el placer que experimenta en el flore­cimiento de la comunidad ––estos medios son, medidos con el metro moderno, sus medios no––culpables en la lucha con­tra el desplacer: volvámonos ahora hacia los medios más interesantes, los «culpables». En todos ellos se trata de una sola cosa: de algún desenfreno de los sentimientos, –– utiliza­do, como eficacísimo medio de amortiguación, contra la sorda, paralizante, prolongada condición dolorosa; por lo cual la inventiva sacerdotal en el estudio a fondo de esta única cuestión ha sido realmente inagotable: «¿con qué me­dios se alcanza un desenfreno de los sentimientos?»... Suena esto duro: es claro que sonaría más agradable y llegaría tal vez mejor a los oídos si yo dijese, por ejemplo, «el sacerdo­te ascético se ha aprovechado siempre del entusiasmo exis­tente en todos los afectos fuertes». Mas ¿para qué seguir acariciando los reblandecidos oídos de nuestros modernos afeminados. ¿Para qué ceder, ni siquiera un paso, por nues­tra parte, a su tartufería de las palabras? Para nosotros los psicólogos habría ya en ello una tartufería de la acción; prescindiendo de que nos causaría náusea. Un psicólogo, en efecto, tiene hoy su buen gusto (–– otros preferirán decir: su honestidad), si en alguna parte, en el hecho de oponerse al vocabulario vergonzosamente moralizado de que está viscosamente impregnado todo enjuiciamiento moderno del hombre y de las cosas. Pues no nos engañemos sobre esto: lo que constituye el distintivo más propio de las almas modernas, de los libros modernos, no es la mentira, sino su inveterada inocencia dentro de su mendacidad moralista. Tener que descubrir de nuevo esa «inocencia» en todas par­tes –– esto es lo que constituye quizá la parte más repugnan­te de nuestro trabajo, de todo el trabajo, no poco problemá­tico en sí, a que hoy tiene que someterse un psicólogo; es una parte de nuestro gran peligro, –– es un camino que tal vez nos lleve derechamente a la gran náusea... Yo no abrigo nin­guna duda acerca de cuál es la única cosa para la que servi­rían, para la que podrían servir los libros modernos (supo­niendo que duren, lo cual, desde luego, no es de temer, y su­poniendo asimismo que haya alguna vez una posteridad dotada de un gusto más severo, más duro, más sano), –– la única cosa para la que le serviría, para la que podría servir­le a esa posteridad todo lo moderno: para hacer de vomiti­vos, –– y ello en virtud de su edulcoramiento y de su falsedad morales, de su intimísimo feminismo, al que le gusta califi­carse de «idealismo» y que se cree, en todo caso, idealismo. Nuestros doctos de hoy, nuestros «buenos», no mienten ––esto es verdad; ¡pero ello no les honra! La auténtica menti­ra, la mentira genuina, resuelta, «honesta» (sobre cuyo va­lor puede oírse a Platón) 103, sería para ellos algo demasiado riguroso, demasiado fuerte; exigiría algo que no es lícito exigirles a ellos, a saber, que abriesen los ojos contra sí mis­mos, que supiesen distinguir entre «verdadero» y «falso» en ellos mismos. Lo único que a ellos les va bien es la mentira deshonesta: todo el que hoy se siente a sí mismo «hombre bueno» es totalmente incapaz de enfrentarse a algo a no ser con deshonesta mendacidad, con abismal mendacidad, pero con inocente, candorosa, cándida, virtuosa mendacidad. Esos «hombres buenos», –– todos ellos están ahora moraliza­dos de los pies a la cabeza, y, en lo que respecta a la honesti­dad, han quedado malogrados y estropeados para toda la eternidad: ¡quién de ellos soportaría aún una verdad «sobre el hombre!...» O, para concretar más la pregunta: ¿quién de ellos soportaría una biografía verdadera?... Unos cuantos indicios: Lord Byron ha dejado escritas algunas cosas perso­nalísimas sobre sí. Pero Thomas Moore era «demasiado bueno» para ellas: echó al fuego los papeles de su amigo 104. Lo mismo parece que ha hecho el doctor Gwinner, ejecutor testamentario de Schopenhauer: pues también Schopen­hauer había dejado escritas algunas cosas sobre sí y tal vez también contra sí («είςέαυτόν») 105. El infatigable america­no Thayer, el biógrafo de Beethoven, se detuvo de pronto en su trabajo: llegado a cierto punto de esa vida honorable e in­genua, ya no la soportó más .... 106. Moraleja: ¿qué hombre inteligente escribiría hoy todavía una palabra honesta sobre sí? ––tendría que pertenecer a la orden de la Santa Temeri­dad. Se nos promete una autobiografía de Richard Wagner: ¿quién duda de que será una autobiografía prudente?....107 Recordemos aun el cómico espanto que el sacerdote católi­co Janssen suscitó en Alemania con su imagen, tan increí­blemente cuadriculada e inofensiva, del movimiento de la Reforma protestante alemana 108; ¿qué no ocurriría si al­guien nos narrase alguna vez ese movimiento de otra ma­nera, si alguna vez un verdadero psicólogo nos narrase al verdadero Lutero, no ya con la simplicidad moralista de un clérigo de aldea, no ya con la dulzona y considerada vere­cundia de los historiadores protestantes, sino, por ejemplo, con una impavidez a la manera de un Taine, partiendo de una fortaleza del alma y no de una sabia indulgencia para con la fortaleza?... (Los alemanes, dicho sea de paso, han producido últimamente bastante bien el tipo clásico de esta última, –– pueden atribuírselo ya, reivindicarlo para bien: lo han producido en su Leopold Ranke 109, ese nato y clásico advocatus [abogado] de toda causa fortior [causa más fuer­te], el más inteligente de todos los inteligentes «hombres objetivos».) Scorts valencia La forma del tesoro es, simplemente, la forma de dinero que no se halla en circulación, de dinero cuya circulación se ha interrumpido y que, por tanto, se guarda en su forma de dinero. El proceso de atesoramiento es común a toda la producción de mercancías y como fin último sólo desempeña un papel en sus formas precapitalistas rudimentarias. Pero aquí, el tesoro se presenta como forma del capital–dinero y el atesoramiento como un proceso que acompaña transitoriamente a la acumulación del capital puesto que y en cuanto que el dinero figura aquí como dinero en capital latente; puesto que el atesoramiento, el estado de tesoro de la plusvalía existente en forma de dinero, representa una fase preparatoria para la transformación de la plusvalía en capital verdaderamente operante, fase funcionalmente determinada y que se desarrolla al margen del ciclo del capital. Es, pues, por este su destino, capital en dinero latente, razón por la cual la cuantía que deba alcanzar para poder entrar en el proceso se hallará determinada por la composición de valor que presente en cada caso el capital productivo. Pero, mientras permanece en estado de tesoro, no funciona aún como capital–dinero, es todavía capital en dinero–inmóvil; no, como antes, un capital–dinero cuya función ha quedado interrumpida, sino un capital–dinero que no es aún apto para su función. scort Madrid Hablan los “impersonales”. “Nada nos es tan fácil como ser sabios, pacientes, superiores y serenos. Cho­rreamos aceite de indulgencia y simpatía; somos de una manera absurda justos; perdonamos todo. Por eso mismo debiéramos desarrollar en nosotros de tan­to en tanto un pequeño afecto, un pequeño vicio de afecto. Tal vez nos cueste; tal vez nos riamos, entre nosotros, de la figura que encarnamos. Pero no tene­mos más remedio. No nos queda ya ninguna otra for­ma de autodisciplina; tal es nuestro ascetismo, nues­tra penitencia”... Volverse personal, he aquí la virtud del “impersonal”... Escorts Bilbao Error del libre albedrío.-Hoy día ya no tenemos contemplaciones con el concepto “libre albedrío”; sa­bemos demasiado bien lo que es: el más cuestionable truco de los teólogos con miras a hacer a la huma­nidad “responsable” en su criterio, o lo que es lo mis­mo, con el propósito de dominarla... Acompañantes Tarragona En el libro I sólo se trató de la primera fase y de la tercera en la medida en que ello era necesario para la comprensión de la segunda fase del proceso de producción del capital. No se examinaron, por tanto, las diversas formas que reviste el capital en sus distintas fases y que unas veces asume y otras abandona en sus repetidos ciclos. Estas formas son las que constituyen aquí el objeto inmediato de nuestra investigación. prostituta Madrid
El problema no estriba, por consiguiente, en saber de dónde proviene la plusvalía, sino de dónde proviene el dinero en que la plusvalía se convierte. beso negro barcelona Después de 1870, sobrevino una nueva pausa, debida principalmente a enfermedades. Como de costumbre, Marx ocupó este tiempo en estudios: agronomía, el régimen rural norteamericano y principalmente ruso, el mercado de dinero y el sistema bancario, y por último las ciencias naturales, la geología y la fisiología, y sobre todo ciertos trabajos matemáticos emprendidos por cuenta propia, forman el contenido de los numerosos cuadernos de extractos de esta época. A comienzos de 1877, Marx sintióse ya lo suficientemente repuesto para acometer de nuevo su trabajo más importante. Algunas referencias y notas de los cuatro manuscritos ya mencionados como base para una refundición del libro II, cuyo comienzo se contiene en el manuscrito V (56 páginas en folio), datan de fines de marzo de 1877. Este manuscrito contiene los primeros cuatro capítulos y aparece todavía poco desarrollado; algunos puntos esenciales se tratan en notas al pie del texto; la materia está reunida más bien que ordenada, pero es la última exposición completa de esta parte, la más importante de la sección primera. Un primer intento de sacar de aquí una redacción apta para ser entregada a la imprenta lo tenemos en el manuscrito VI (posterior a octubre de 1877 y anterior a julio del 78); solamente 17 páginas en cuarto, que abarcan la mayor parte del primer capítulo, y un segundo ensayo –el último– en el manuscrito VII, "2 de julio de l878", 7 páginas en folio solamente. masajes barcelona

No cortarse [ni] un pelo.

b) Contabilidad tantra barcelona A. Smith, al considerar el concepto del capital circulante corno lo decisivo con respecto al valor–capital invertido en fuerza de tra­bajo –es decir, el concepto fisiocrático, sin la premisa de que parten los fisiócratas–, consigue cerrar el horizonte a sus sucesores y les impide llegar a comprender lo que significa, como capital variable, la parte del capital invertida en fuerza de trabajo. No fueron los razonamientos profundos y exactos que él mismo desarrolla en otra parte de su obra los que triunfaron, sino este otro punto de vista. Algunos economistas posteriores van incluso más allá que él: no sólo convierten en criterio decisivo el concepto de la parte de capital invertida en fuerza de trabajo como capital circulante –por oposición al capital fijo–, sino que, dando un paso más, erigen en característica esencial del capital circulante su inversión en medios de vida para los obreros. Con esto se engarza, de un modo muy natu­ral, la teoría del fondo de trabajo. formado por los medios de vida necesarios, como una magnitud dada, que de una parte traza los límites físicos de la participación de los obreros en el producto social y que de otra parte debe invertirse Integramente en la compra de fuerza de trabajo. call girl barcelona "Se tiene poco en cuenta, y la mayoría de la gente ni siquiera lo sospecha, cuán extraordinariamente pequeña, lo mismo en cuanto a la masa que en cuanto a la fuerza de acción, es la proporción existente entre las acumulaciones efectivas de la sociedad y las fuerzas humanas productivas, e incluso entre aquéllas y el consumo ordinario de una sola generación de hombres en el espacio de pocos años. La razón de esto salta a la vista, pero el efecto es bastante perjudicial. La riqueza que se consume anualmente desaparece al usarse; sólo permanece de manifiesto durante un instante y produce impresión solamente mientras se la disfruta o se la consume. En cambio, la parte de la riqueza que se va consumiendo lentamente, los muebles, las máquinas, los edificios, permanecen ante nuestra vista desde la infancia hasta la vejez, como monumentos perdurables del esfuerzo humano. La posesión de esta parte fija, permanente de la riqueza pública, que se va consumiendo poco a poco –de la tierra y de las materias primas contenidas en ella, de las herramientas con que se trabaja, de los edificios que albergan al hombre durante su trabajo–, permite a los propietarios de estos objetos dominar en provecho propio las fuerzas anuales de producción de todos los obreros verdaderamente productivos de la sociedad, por insignificantes que aquellos objetos puedan ser, comparados con los productos constantemente reiterados de este trabajo. La población de la Gran Bretaña e Irlanda es de 20 millones; el consumo medio de cada individuo, hombres, mujeres y niños, oscila probablemente alrededor de 20 libras esterlinas, lo que hace en conjunto una riqueza de unos 400 millones de libras esterlinas, que es el producto del trabajo consumido anualmente. El importe total del capital acumulado de estos países no excede, según el censo, de 1,200 millones, o sea, el triple del producto anual del trabajo. Si se dividiese por partes iguales, los habitantes tocarían a 120 libras esterlinas por cabeza. Aquí, nos interesa más la proporción que los resultados absolutos más o menos exactos de este cálculo. Los intereses de este capital en su conjunto bastarían para mantener a la población total, en su nivel actual de vida, durante dos meses del año aproximadamente y el capital global acumulado (si se encontrasen compradores para él) la sustentaría sin trabajar durante tres años enteros. Al final de los cuales, encontrándose sin casas, sin vestido y sin alimento, los habitantes de estos países tendrían que echarse a morir de hambre o convertirse en esclavos de quienes los estuvieran sustentando durante todo este tiempo. La proporción que existe entre tres años y el tiempo normal de la vida de una generación sana, digamos 40 años, es la que guardan la magnitud y la importancia de la riqueza real, el capital acumulado aun del país más rico, con su fuerza productiva, con las fuerzas productivas de una sola generación de hombres; no con lo que podrían producir bajo normas racionales de seguridad igual y sobre todo en un régimen de trabajo cooperativo, sino con lo que realmente y en términos absolutos producen bajo las normas evasivas, defectuosas y decepcionantes, de la inseguridad ... Y para conservar y perpetuar en su estado actual esta masa aparentemente gigantesca del capital existente o mejor dicho, el mando y el monopolio que permite ejercer sobre los productos del trabajo anual, se pretende eternizar toda esa maquinaria espantosa, el vicio, el crimen y los sufrimientos de la inseguridad. Nada puede acumularse sin satisfacer ante todo las verdaderas necesidades y el gran torrente de las inclinaciones humanas fluye hacia el goce; de aquí el volumen relativamente insignificante de la riqueza real de la sociedad en cada momento dado. Es un ciclo eterno de producción y consumo. En esta masa inmensa de producción y consumo anuales puede desaparecer, sin apenas notarse, la acumulación real; y sin embargo, la atención. recae, no sobre aquella masa de fuerza productiva, sino sobre esta mínima acumulación. Pero ella se halla acaparada por unos cuantos y se ha convertido en el instrumento de apropiación de los productos anuales constantemente reiterados del trabajo de la gran masa. De aquí la importancia decisiva que el tal instrumento tiene para estos pocos... Una tercera parte aproximadamente del producto anual de la nación te es arrebatada hoy a los productores, bajo el nombre de cargas públicas, para ser consumido improductivamente por quienes no entregan a cambio de ello equivalente alguno, es decir, ningún equivalente que tenga carácter de tal para los productores ... La vista de la multitud se fija, asombrada, en las masas acumuladas, sobre todo cuando aparecen concentradas en manos de unos cuantos. Pero las masas producidas anualmente ruedan y pasan como las olas eternas e innumerables de una corriente poderosa y se pierden en el océano olvidado del consumo. Y. sin embargo, este consumo eterno condiciona, no sólo todo los goces, sino la misma existencia de todo el género humano. Sobre la cantidad y la distribución de este producto anual debieran recaer sobre todo nuestras reflexiones. La verdadera acumulación tiene una importancia absolutamente secundaria, que además se debe casi exclusivamente a la influencia que ejerce en la distribución del producto anual...Aquí (en la obra de Thompson), "la verdadera acumulación y distribución se consideran siempre con referencia a la fuerza productiva y en función de ella. Los demás sistemas proceden casi todos a la inversa: consideran la fuerza productiva con referencia a la acumulación y en función de ella y con vistas a la perpetuación del sistema de distribución existente. Comparados con la conservación de este sistema de distribución imperante, no se reputan dignos ni siquiera de una mirada la miseria o el bienestar continuamente reiterados de todo el género humano. Se da el nombre de seguridad a la perpetuación de lo que es obra de la violencia, del fraude y del azar, y para conservar esta mentida seguridad se sacrifican implacablemente todas las fuerzas productivas del género humano” (obra cit., pp. 440–443). scort en madrid Y si de una parte la vigencia general de la legislación fabril, como protección física y espiritual de la clase obrera, se va haciendo inevitable, de otra parte generaliza y acelera, como ya hemos apuntado, la transformación de toda una serie de procesos de trabajo dispersos y organizados de una escala diminuta en procesos de trabajo combinados de una escala social grande: es decir, la concentración del capital y la hegemonía del régimen fabril. Destruye todas las formas tradicionales y de transición tras las cuales se esconde todavía en parte el poder del capital, y las sustituye por la hegemonía directa y franca de éste. Con ello, generaliza también, al mismo tiempo, la lucha directa contra el régimen del capital. Al imponer en los talleres individuales la uniformidad, la regularidad, el orden y la economía, aumenta, por el franco estimulo que imprimen a la técnica los límites y la reglamentación de la jornada de trabajo, la anarquía y las catástrofes de la producción capitalista en general, la intensidad del trabajo y la competencia entre la maquinaria y el obrero. Con las órbitas de la pequeña industria y del trabajo domiciliario, destruye los últimos refugios de la “población sobrante” y, por tanto, la válvula de seguridad de todo el mecanismo social anterior. Y, al fomentar las condiciones materiales y la combinación social del proceso de producción, fomenta las contradicciones y antagonismos de su forma capitalista, fomentando por tanto, al mismo tiempo, los elementos creadores de una sociedad nueva y los factores revolucionarios de la sociedad antigua.238 GirlsBCN Si prescindimos del contenido material de la circulación de mer­cancías, del intercambio de diversos valores de uso, y nos limitamos a analizar las formas económicas que este proceso engendra, veremos que su resultado final es el dinero. Pues bien; este resultado final de la circulación de mercancías es la forma inicial en que se presenta el capital. videos de chicas Por eso los que mantienen consecuentemente la ilusión de que la plusvalía brota de un recargo nominal de precios, o sea de un pri­vilegio que permite al vendedor vender la mercancía por más de lo que vale, parten de la existencia de una clase que compra sin vender, o, lo que es lo mismo, que consume sin producir. Ateniéndonos al punto de vista en que estamos colocados, al punto de vista de la cir­culación simple, la existencia de esa clase es, para nosotros, por el momento, un hecho inexplicable. Pero, adelantemos un poco lo que habrá de exponerse en su lugar. El dinero de que se sirva esa clase para sus continuas compras deberá afluir a ella directamente y de un modo constante desde los poseedores de mercancías, sin cambio, gratuitamente, en virtud de determinados títulos jurídicos o por obra de la violencia. Vender esta clase las mercancías por más de lo que valen equivale sencillamente a reembolsarse por el engaño de una parte del dinero arrebatado sin dar nada a cambio.30 Así por ejem­plo, las ciudades del Asia Menor pagaban a Roma todos los años un tributo en dinero. Con este dinero, Roma les compraba mercancías, pagándolas por más de su valor. Los habitantes de las ciudades con­quistadas engañaban a los romanos, arrancando a sus conquistado­res, por medio del comercio, una parte del tributo. A pesar de esto, los engañados seguían siendo ellos, los vendedores, puesto que los romanos les pagaban sus mercancías con su propio dinero. No es éste, evidentemente, un método para enriquecerse ni para crear plusvalía. señoritas compañía Madrid La utilidad de un objeto lo convierte en valor de uso.4 Pero esta utilidad de los objetos no flota en el aire. Es algo que está condicio­nado por las cualidades materiales de la mercancía y que no puede existir sin ellas. Lo que constituye un valor de uso o un bien es, por tanto, la materialidad de la mercancía misma, el hierro, el trigo, el diamante, etc. Y este carácter de la mercancía no depende de que la apropiación de sus cualidades útiles cueste al hombre mucho o poco trabajo. Al apreciar un valor de uso, se le supone siempre concretado en una cantidad, v. gr. una docena de relojes, una vara de lienzo, una tonelada de hierro, etc. Los valores de uso suministran los materiales para una disciplina especial: la del conocimiento pericial de las mer­cancías.5 El valor de uso sólo toma cuerpo en el uso o consumo de los objetos. Los valores de uso forman el contenido material de la riqueza, cualquiera que sea la forma social de ésta. En el tipo de sociedad que nos proponemos estudiar, los valores de uso son, además, el soporte material del valor de cambio.

La expropiación y el desahucio de la población campesina, realizados por ráfagas y constantemente renovados, hacía afluir a la industria de las ciudades, como hemos visto, masas cada vez más numerosas de proletarios desligados en absoluto del régimen feudal, sabia circunstancia que hace creer al viejo A. Anderson (autor a quien no debe confundirse con James Anderson), en su Historia del Comercio, en una intervención directa de la providencia. Hemos de detenernos unos instantes a analizar este elemento de la acumulación originaria. Al enrarecimiento de la población rural independiente que trabaja sus propias tierras no sólo corresponde una condensación del proletariado industrial, como al enrarecimiento de la materia del universo en unos sitios, corresponde, según Geoffroy Saint–Hilaire,48 su condensación en otros. A pesar de haber disminuido el número de brazos que la cultivaban, la tierra seguía dando el mismo producto o aún más, pues la revolución operada en el régimen de la propiedad inmueble lleva aparejados métodos más perfeccionados de cultivo, una mayor cooperación, la concentración de los medios de producción, etc., y los jornaleros del campo no sólo son explotados más intensivamente,49 sino que, además, va reduciéndose en proporciones cada vez mayores el campo de producción en que trabajan para ellos mismos. Con la parte de la población rural que queda disponible quedan también disponibles, por tanto, sus antiguos medios de subsistencia, que ahora se convierten en elemento material del capital variable. El campesino lanzado al arroyo, si quiere vivir, tiene que comprar el valor de sus medios de vida a su nuevo señor, el capitalista industrial, en forma de salario. Y lo que ocurre con los medios de vida, ocurre también con las primeras materias agrícolas suministradas a la industria de producción local. Estas se convierten en elemento del capital constante. masajes bilbao Como vemos, el carácter místico de la mercancía no brota de su valor de uso. Pero tampoco brota del contenido de sus determinaciones de valor. En primer lugar, porque por mucho que di­fieran los trabajos útiles o actividades productivas, es una verdad fisiológica incontrovertible que todas esas actividades son funciones del organismo humano y que cada una de ellas, cualesquiera que sean su contenido y su forma, representa un gasto esencial de cerebro humano, de nervios, músculos, sentidos, etc. En segundo lugar, por lo que se refiere a la magnitud de valor y a lo que sirve para determinarla, o sea, la duración en el tiempo de aquel gasto o la cantidad de trabajo invertido, es evidente que la cantidad se distingue incluso mediante los sentidos de la calidad del trabajo. El tiempo de trabajo necesario para producir sus medios de vida tuvo que interesar por fuerza al hombre en todas las épocas, aunque no le interesase por igual en las diversas fases de su evolución.29 Finalmente, tan pronto como los hombres trabajan los unos para los otros, de cualquier modo que lo hagan, su trabajo cobra una forma social. Barcelona acompañantes En sus Principios de Economía política, dice John Stuart Mill: "Cabría preguntarse si todos los inventos mecánicos aplicados hasta el presente han facilitado en algo los esfuerzos cotidianos de algún hombre."1 Pero la maquinaria empleada por el capitalismo no persigue ni mucho menos, semejante objetivo. Su finalidad, como la de todo otro desarrollo de la fuerza productiva del trabajo, es simplemente rasar las mercancías y acortar la parte de la jornada en que el obrero necesita trabajar para sí, y, de ese modo, alargar la parte de la jornada que entrega gratis al capitalista. Es, sencillamente, un medio para la producción de plusvalía. En la manufactura, la revolución operada en el régimen de producción tiene como punto de partida la fuerza de trabajo; en la gran industria, el instrumento de trabajo. Hemos de investigar, por tanto, qué es lo que convierte al instrumento de trabajo de herramienta en máquina y en qué se distingue ésta del instrumento que maneja el artesano. Se trata de encontrar los grandes rasgos, las características generales, pues en la historia de la sociedad ocurre como en la historia de la tierra, donde las épocas no se hallan separadas las unas de las otras por fronteras abstractas y rigurosas. BCN Box En efecto, el movimiento que convierte a los pequeños labradores en obreros asalariados y a sus medios de vida y de trabajo en elementos materiales del capital, crea a éste, paralelamente, su mercado interior. Antes, la familia campesina producía y elaboraba los medios de vida y las materias primas, que luego eran consumidas, en su mayor parte, por ella misma. Pues bien, estas materias primas y estos medios de vida se convierten ahora en mercancías, vendidas por los grandes arrendatarios, que encuentran su mercado en las manufacturas. El hilo, el lienzo, los artículos bastos de lana, objetos todos de cuya materia prima disponía cualquier familia campesina y que ella hilaba y tejía para su uso, se convierten ahora en artículos manufacturados, que tienen su mercado precisamente en los distritos rurales. La numerosa clientela diseminada y controlada hasta aquí por una muchedumbre de pequeños productores que trabajan por cuenta propia se concentra ahora en un gran mercado atendido por el capital industrial.52 De este modo, a la par con la expropiación de los antiguos labradores independientes y su divorcio de los medios de producción, avanza la destrucción de las industrias rurales secundarias, el proceso de diferenciación de la industria y la agricultura. Sólo la destrucción de la industria doméstica rural puede dar al mercado interior de un país las proporciones y la firmeza que necesita el régimen capitalista de producción. barcelona imprentas Desde el momento mismo de nacer, los grandes bancos, adornados con títulos nacionales, no fueron nunca más que sociedades de especuladores privados que cooperaban con los gobiernos y que, gracias a los privilegios que éstos les otorgaban, estaban en condiciones de adelantarles dinero. Por eso, la acumulación de la deuda pública no tiene barómetro más infalible que el alza progresiva de las acciones de estos bancos, cuyo pleno desarrollo data de la fundación del Banco de Inglaterra (en 1694). El Banco de Inglaterra comenzó prestando su dinero al gobierno a un 8 por 100 de interés; al mismo tiempo, quedaba autorizado por el parlamento para acuñar dinero del mismo capital, volviendo a prestarlo al público en forma de billetes de banco. Con estos billetes podía descontar letras, abrir créditos sobre mercancías y comprar metales preciosos. No transcurrió mucho tiempo antes de que este mismo dinero fiduciario fabricado por él le sirviese de moneda para saldar los empréstitos, hechos al estado y para pagar por cuenta de éste, los intereses de la deuda pública. No contento con dar con una mano para recibir con la otra más de lo que daba, seguía siendo, a pesar de lo que se embolsaba, acreedor perpetuo de la nación hasta el último céntimo entregado. Poco a poco, fue convirtiéndose en depositario insustituible de los tesoros metálicos del país y en centro de gravitación de todo el crédito comercial. Por los años en que Inglaterra dejaba de quemar brujas, comenzaba a colgar falsificadores de billetes de banco. Qué impresión producía a las gentes de la época la súbita aparición de este monstruo de bancócratas, financieros, rentistas, corredores, agentes y lobos de bolsa, lo atestiguan las obras de aquellos años, como por ejemplo las de Bolingbroke.64 discotecas en girona Cuando, a poco de morir el autor, en el año 1883, se comprendió claramente cuán necesaria era la edición inglesa de la obra, Mr. Sa­muel Moore, viejo amigo de Marx y del autor de estas líneas y per­sona seguramente más familiarizada que nadie con el libro, se mostró dispuesto a emprender la traducción, que los testamentarios de la obra literaria de Marx deseaban dar cuanto antes a la publicidad. Se acordó que yo me encargase de confrontar la traducción con el ori­ginal y de proponer todas aquellas modificaciones que juzgare opor­tunas. Pero a poco, se fue revelando, sin embargo, que sus ocupaciones profesionales impedían a Mr. S. Moore dar cima a la traducción con la premura por todos deseada, en vista de lo cual hubimos de aceptar con gusto el ofrecimiento del doctor Aveling, quien prometió hacerse cargo de una parte del trabajo; al mismo tiempo, la hija menor de Marx, casada con él, se ofreció a compulsar las citas y restablecer el texto original de los numerosos pasajes de diversos autores y Libros azules ingleses citados por Marx en alemán. Así se ha hecho con todos, salvo en unos cuantos casos en que ha resultado de todo punto imposible. Oscus violant hongria Adición a la 21 ed. Mr. A. Sturrock, superintendente del departamento de máquinas del "Great Nortern Railway", declara, con referencia a la construcción de máquinas (locomotoras, etc.): "En Inglaterra, los obreros costosos (expensive) son cada vez menos necesarios. La producción aumenta mediante el empleo de instrumentos perfeccionados, instrumentos que, a su vez, son servidos por una clase baja de trabajo (a low class of labour)... Antes, era el trabajo experto el que producía, forzosamente, todas las piezas de la máquina de vapor. Ahora, estas mismas piezas se producen mediante un trabajo menos hábil, pero con buenos instrumentos...Al decir instrumentos, me refiero a las máquinas empleadas para la construcción de maquinaria." (Royal Commision on Railways. Minutes of Evidence, Londres, 1867, núms. 17862 y 17863.) Pisos Barcelona 25 (Nota a la 3ª ed. Un "caballo de fuerza" equivale a la fuerza de 33,000 libras–pie por minuto, es decir, a la fuerza necesaria para levantar a un pie (inglés) de altura un peso de 33,000 libras, o bien una libra a 33,000 pies de altura, en el espacio de un minuto. En este sentido se emplea aquí el término de caballo de fuerza. Sin embargo, en el lenguaje corriente de la vida industrial, y también en alguna que otra cita de este libro, se distingue entre los caballos de fuerza "nominales" y "comerciales" o "registrados" de una misma máquina. Los caballos de fuerza antiguos o nominales se calculan exclusivamente por el juego de émbolo y por el diámetro del cilindro, sin tener en cuenta para nada la presión del vapor ni la velocidad del pistón. Es, por tanto, de hecho, como si se dijese: esta máquina de vapor tiene, por ejemplo, 50 caballos de fuerza, siempre y cuando que trabaje con la misma baja presión y la misma amortiguada velocidad del émbolo que en tiempos de Boulton y Watt. Pero, desde entonces, estos dos factores han hecho enormes progresos. Para medir la fuerza mecánica real que despliega hoy una máquina, se ha inventado el indicador, que marca la presión del vapor. La velocidad del embolo es fácil de fijar. La medida de los caballos de fuerza "comerciales" o "registrados" de una máquina es una fórmula matemática en la que se tienen en cuenta conjuntamente el diámetro del cilindro, la altura del pistón, la velocidad de éste y la presión del vapor, y que indica, por tanto, la potencia real de la máquina: es decir, el número de veces que levanta 33,000 libras a un pie de altura por minuto. Por consiguiente, un caballo de fuerza nominal puede suponer tres, cuatro y hasta cinco caballos de fuerza registrados o reales. Con esto, el lector podrá ya orientarse en las citas que se hagan en lo sucesivo – F.E.)

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