05 Ene 2009
Spleen e ideal.
Me preguntaban el otro día por qué los médicos viven menos. Pues porque saben como matarse, dije impulsivamente. No sé si será cierto acerca de los médicos, pero que los demócratas estamos acabando con la democracia parece indudable. Una cierta tensión vital ayuda a vivir la vida, lo que no la pone en peligro paradójicamente la perjudica. Ahora nos dicen que si el mercado no funciona como regulador debe hacerlo el estado. Que sin medidas totalitarias no hay salida de este lío en el que estamos. Que si libertad para consumir quiere decir libertad para acabar con todo, que libertad de elección significa libertad de elegir representantes que nos digan lo que queremos oír, pues ha llegado la hora de buscar otro sistema de hacer las cosas. Entre lo que preferimos escuchar y lo que estamos dispuestos a hacer existe una brecha. Una buena gestión de la distancia entre teoría y práctica, es lo que entendemos como ser civilizados.
Hay proyectos neocons (bajar impuestos, abaratar despidos, devolver a los bancos crédito para que estos vuelvan a animar a los inversores...), proyectos marxistas (renta general básica, nacionalización de empresas, conseguir un puesto como funcionario...) proyectos verdes (fuentes de energía alternativas, consumo responsable, protección al medio ambiente...), pero no hay proyecto socialdemócrata que no parezca un más de lo mismo pero esta vez mejor, y la verdad, las cosas han cambiado para seguir con esta manera de hacer las cosas, de matar el tiempo. Hacen falta objetivos, sin ellos los juegos se degradan en pasatiempos, y los objetivos, el ponerse en juego, son vitales para apostar por vivir tal como debe hacerse.
Lukacs abandonando su partido cuando no puede convencer al partido de la bondad de sus ideas, Dolores Schmidt dejando su escaño en el parlamento alemán porque no representa a nadie; nadie pensaba en rojo ni en verde en Europa hace 50, 30 años... ni ahora tampoco. ¿Indiferencia política? Un buen oxímoron donde los haya. Mientras haya indiferencia no hay política que valga y en cuanto hay política es imposible permanecer indiferente. Como decía clásico: “Donde la moderación es un error la indiferencia es un delito”.
Mi querido Obama, querido porque mis queridos parientes y amigos sionistas ya lo postulaban como una realidad hace cinco años en mi misma casa, ha propiciado la barbaridad de la invasión de Gaza antes de empezar su mandato.
Estoy con su advenimiento inmaculado tan reticente como en el de Zapatero. Desde posiciones demócratas o socialistas se puede hacer una política mucho más de derechas; la gente rebulle menos sabiendo que con la oposición (con los de Bush o Aznar) sería peor. Las transnacionales, los bancos, los judíos y la clase burguesa lo saben. Nosotros, escépticos, comodones del vértigo, aprovechamos cualquier supuesta traición a lo que “dijeron que harían” para celebrar festivales purificadores y victimistas.
Mientras tanto, ¡que se mueran los pastores que se acaba la Navidad!, como cantábamos sacrílegamente en la Barcelona de los sesenta, que la decadencia, la dulzura de consentir en un sistema que se muere lentamente, es a veces lo que queda de humanidad. Spleen que se presenta como querido por nuestra poco razonable manera de vivir. Como merecido, Spleen e ideal, como decía el poeta.
Ni crisis, ni recesión, sino decadencia, eso es lo que hacen las civilizaciones y las personas, cuando su día se acaba. “Der Untergang des Abendlandes (la ida hacia abajo de la tierra de la tarde) la Decadencia de Occidente”. La decadencia misma no es cosa que se tenga que combatir; es absolutamente necesaria y propia de toda época, de todo pueblo. Lo que hay que combatir con todas nuestras fuerzas es la importancia del contagio a las partes sanas del organismo. Los estímulos motores sobre terminales sensitivos llevan a la melancolía, a que llegue hasta el alma la tristeza.
Los órganos de los sentidos reciben los datos del mundo exterior; el resto del cuerpo humano, aparte del destinado a la propia conservación, parece destinado principalmente a la espontaneidad. Así el cerebro, la voz, los brazos y las piernas, los órganos genitales. En la vida moderna, el estímulo se encuentra en neta preponderancia sobre la actividad espontánea. Ello es un grave signo de decadencia vital.
¿Pesimismo? Hay que ver qué tipo de pesimismo se guarda. Porque cabe entender el pesimismo como fuerza tiende a desarticular, a deshacer fibra a fibra, a descomponer lo que “es” y a mostrar las cosas como son. Con la intención de mostrar las razones por las cuales lo que es es como es. Que inventa caminos y resistencias, y nos hace levantarnos de la mesa, salir de casa y nos acerca a la cosa pública. Que nos lleva a orillar aquel otro pesimismo, el pesimismo como debilidad y decadencia, que no ve a su alrededor más que lo siniestro, el pesimismo de la debilidad que quiere “comprenderlo” todo, “explicarlo” todo.
Occidente ha terminado comprendiéndolo todo, explicándolo todo, pero ahora es ya demasiado tarde. Ya no queda nadie a quién traicionar. Nadie a quién engañar. Nadie a quién hacer daño. ¡Demasiado tarde, hermano! Que ya no pueda fastidiar a nadie, es lo que llama crisis, he aquí el grado de decadencia que ha alcanzado.
¿Cómo no consentir en ello?
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