08 Ene 2009
Colocatil.
Han pasado las fiestas, llevo a la tía Conchi, al convento. “Soy la Hermana Concepción”. “La Hermana Concepción no está”. “Claro que no está, soy yo”. “¿De parte de quién?”. El diálogo para besugos sigue durante un rato, finalmente la hermana a cargo del locutorio es sustituida y me despido de la tía Conchi. Llego a casa, mi sobrina vuelve de haber estado toda la noche de guardia en la farmacia. “¿Qué es lo que más has piden?”: Colocatil. “¡Déme un Colocatil, jefa!”. Efectivamente, estas fiestas nos descolocan un poco a todos
Hace poco asistimos a la primera ceremonia real del año, era el día del consumidor católico, cuando los monarcas de este mundo nos recuerdan con un mito y muchos regalos quién manda aquí. Ya quisiéramos que otra noche nos llegara un soplo mágico y resucitara la república, para poder decirles a los adultos de este país que los reyes son los papás. Decía Proust que en cada aunque yacía un porque envenenado. Temo a los griegos aunque traigan regalos. Pues eso, tengo miedo de la letra pequeña de los que me hacen regalos. Aunque vengan siguiendo rutas de rey mago.
Sólo los niños que todavía no han olvidado que los hombres somos hermanos no desconfían de los que traen regalos. Sólo a los niños malos, a los niños que no comen, los reyes magos no les traen regalos. Sólo cuando dejamos de intercambiar buenas vibraciones empezamos a intercambiar dinero, cosas y servicios. Luego llega el miedo abyecto a carecer, nos sobrecoge el fantasma de la miseria y vamos a buscar algo para reyes para alguien. ¿Que los buenos tiempos se están acabando? Razón de más.
La cultura del don es la cultura de la vergüenza, su clave el sentirse obligado a devolver. La cultura de la culpa es la cultura de la rapiña, la suya el no haber pillado lo suficiente cuando pudimos. Unos quieren tener tan poco como puedan porque quieren cuidar bien sus cosas, y otros tener tanto como alcancemos porque vivimos rodeados de ladrones. En el país de los envidiosos nos llaman a consumir que si no el chollo de poder seguir afanando se acaba, en el de nuestros hijos seremos llamados a la sostenibilidad y el equilibrio por las mismas razones. Y además para que no se les caiga la cara de vergüenza.
Y por mucho que se siga oyendo la maldición bíblica de que estamos condenados a heredar los pecados de nuestros padres, hoy conviene recordar además que no hemos heredado todos estos bienes de “los papás” sino que los hemos tomado prestados de nuestros hijos. Aunque en una cultura tan propensa a conceder crédito a quién no puede devolver eso sea mucho desear.
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