12 Nov 2008
Fragmento de Memorias del calabozo, de Mauricio Rosencof y Eleuterio Fernández Huidobro
Fernández Huidobro: Allí, en Santa Clara, iniciamos nuestras comunicaciones a través de la pared.
Mauricio Rosencof: Golpe a golpe nos abrimos una ventanita clandestina a la vida.
FH: Llegamos el 8 de septiembre de 1973 y vamos a vivir nuestras primeras fiestas, Nochebuena, Navidad, en el cuartel. Yo había vivido unas cuantas en distintas cárceles y en otros cuarteles, pero no en estas condiciones. Me acuerdo de que la Nochebuena fue un día especialmente angustiante, para mí, por lo menos. Hasta ese momento no teníamos comunicación ninguna. Cada cual vivía en su calabozo, metido en el marco de sus propias especulaciones. Todavía seguíamos esperando ser trasladados de vuelta a la cárcel de Libertad, cuando cumpliéramos la sanción que entendíamos estábamos cumpliendo. En Nochebuena le dieron licencia al personal, más o menos alrededor de las 2 de la tarde. Hubo un asado, para todos, a mediodía. Cuando aquella “licencia” se fue, el cuartel quedó vacío. Quedamos en él la guardia estricta y nosotros. Se hizo un silencio sepulcral, que a mí, por la fecha, me oprimió el alma. Y por la sensación grande de soledad. Porque uno al final se acostumbra a los ruidos del cuartel y, cuando el cuartel se vacía, siente más la soledad. Ese día hacía calor. Mucho calor.
MR: Esa noche hubo un sonido que acentuó aun más la sensación que describías, y que compartimos, y es que empezamos a oír a lo lejos una batucada, que duró horas.
FH: A lo lejos. Un festejo, sí, a lo lejos, oí también un acordeón. Me había hecho el propósito de no desmoralizarme. Son esos momentos de depresión que vienen en ciertas circunstancias. Quise fijarme la idea de que ése era un día como cualquier otro. Pero esa noche la batucada nos golpeó emotivamente de la misma manera a los dos, y llegué a la amarga conclusión de que no, de que, a pesar de todas mis fuerzas y mis propósitos, no era una noche más, era una noche especial, era Nochebuena. Comimos temprano.
MR: Esa noche, yo aguardaba ansioso e impaciente que entregaran comida: había cordero. Me consta que era cordero porque reconocí los huesos. Comimos peor que otros días.
FH: Nos entregaron los huesos. Los restos de la comida de la guardia. De manera que nos acostamos a dormir temprano. (Con los años, nos acostumbramos, porque pasamos tantas fiestas en los cuarteles...). Ya llevábamos varias horas de sueño cuando nos despertaron los cohetes...
MR: ¿Vos te das cuenta de lo que dijiste? Pasamos tantas “fiestas” en los cuarteles...
FH: ¡Pasamos tantas nochebuenas y navidades y años nuevos en los cuarteles!
MR: Un año oímos menos cohetes que en otras oportunidades y barajamos que se había venido la crisis, que la cosa no daba ni para cohetes. No dejaba de ser un mensaje popular, aquél...
FH: Por aquel entonces los días para nosotros eran tan inhóspitos (por todas las agresiones que vivíamos), que empecé a desear que llegara el momento de poder dormir. Para evadirme, por la vía del sueño, del mundo en el cual estaba viviendo. Es una experiencia que me asombró mucho, en el calabozo, porque pensé que nunca podía ser posible algo así, durante años. Que un ser humano deseara desaparecer para no vivir la crudeza de lo que estaba viviendo. Cada mañana, cada despertar, era un nudo tenaz en la boca del estómago.
MR: El sueño era reintegrarse a la vida y el despertar, la pesadilla.
FH: Cada amanecer era esperar y calcular qué cosas nefastas nos iban a pasar ese día.
MR: Los sueños son tan cretinos, que a veces ni en sueños –a mí por lo menos– me aflojaban; soñaba que la puerta se abría, que entraban, me embolsaban. Restos diurnos, Ñato.
FH: Lo cierto es que al otro día nos levantamos y era Navidad. El cuartel permanecía quieto, inalterable. Hubo que luchar mucho para poder ir al baño. Se repitió la anécdota de la comida. Había comida especial, ese día, como la hay en todos los cuarteles en Navidad y Nochebuena, y nosotros recibimos los restos. En la tardecita, ya avanzada bastante en soledad, se me ocurrió, por primera vez, tratar de comunicarme contigo.
MR: Era un asunto que me danzaba en la cabeza, porque teníamos un régimen escaso de comunicación, con sólo dos tipos de señal. Ta, ta, tara, ta, ta, ta, que significaba “estoy bien”. Y el golpe seco, que quería decir “alarma” o “peligro”.
FH: Hasta ese momento teníamos nada más que esas dos señales. Una: estoy bien. Y otra: peligro. No necesitábamos más, porque cada uno especulaba que iba a volver a una cárcel. Por lo tanto no sentimos, durante meses (aunque estábamos bastante agredidos por el mundo externo), la necesidad de comunicarnos. Por un lado la soledad y la fecha, y por otro el pasaje del tiempo (ya llevábamos más de tres meses en esas condiciones), fueron los motivos para tratar de golpear la pared. Esta vez no para dar una señal de “bien” o de “peligro”, sino para tratar de comunicar una palabra.
MR: Había que inventar un idioma, no teníamos claves previas.
FH: Partí de la base de que, si comprendías que te estaba trasladando una palabra y, si la comprendías, ibas a desentrañar el código. Por eso la primera que se me ocurrió trasmitirte, dado que era Navidad, fue la palabra obvia. Pensé: si no me entiende, va a deducir que lo que cualquiera dice en Navidad a otra persona es eso. Entonces, el primer código que se me ocurrió inventar fue simplemente tomar el alfabeto, contar las letras y: a la “a” un golpe, a la “b” dos golpes, a la “c” tres golpes.
MR: ¡La “t” 17!
FH: Cuando me sentaba en el rincón que daba a tu calabozo, sentía el roce de tu cuerpo. Entonces comencé a rascar con la uña la pared. Vos comprendiste inmediatamente y comenzaste a rascar desde el otro lado como diciendo: “Acá estoy”.
MR: Me senté contra tu ruido, espalda contra espalda, muro por medio, con mi perfil izquierdo hacia la mirilla, porque teníamos centinela a la vista. Con la mirada perdida hacia el rincón opuesto, doblaba mi brazo derecho tras la espalda, primero con las uñas, como tú recordarás y después con el nudillo del dedo medio.
FH: Donde desarrollamos un callo,
MR: Que te trajo aquella complicación el día de la visita.
FH: Porque mi hija se dio cuenta y me preguntó por qué lo tenía.
MR: Lo que nos produjo una alarma enorme, porque el oficial que asistía a la visita podía deducir lo que estabas haciendo.
FH: Luego, durante más de una década, hablamos así. No teníamos otro sistema y llegamos a desarrollar una gran velocidad. Pero aquella primera vez la cosa fue lenta y trabajosa. Me acuerdo de que te trasmití de la siguiente manera: 6 - 5 - 10 - 8 - 3 - 8 - 4 - 1 - 4 y luego te hice la señal de “bien”: 1 - 4 - 2.
MR: Alfabeto que después logramos simplificar.
FH: Pero éste fue el primero. Muy lento, además, en el ritmo. Tu respuesta fue un profundo silencio. Me quedó la duda. Cuando comencé a golpear de nuevo, por si no habías entendido, vos me hiciste entender un “Callate la boca”; golpeando desordenadamente pero de un modo muy elocuente. “No me interrumpas”, me querías decir.
MR: Aún no asociaba las letras a los golpes, así que arranqué un pedazo de revoque y, como si estuviera jugando, a un costado, marcaba en el piso el número de golpes, para después traducirlo a letras.
FH: Entonces, de pronto, después de un rato de angustioso silencio, me contestaste de una manera muy nerviosa: “bien”. ¡Habías entendido! Luego me comenzaste a trasmitir, también lentamente, la misma palabra, con los mismos golpes. Y yo te contesté, de la misma manera, que estaba todo “bien”, que también había entendido 6 - 5 - 10 - 8 - 3 - 8 - 4 - 1 - 4: felicidad.
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dAISY dijo
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