03 Nov 2011

Se escriben obituarios, de Julio Vilianueva Chang

Escrito por: Gabriel Tuñez el 03 Nov 2011 - URL Permanente

A la señora Selma Koch, que en paz descanse, se le recuerda por la licencia que tenía para mirar los pechos de las mujeres. Días después de su muerte, THE NEW YORK TIMES le dedicó un obituario. Su primer párrafo decía: «Selma Koch, la dueña de una tienda de lencería en Manhattan, que ganó reputación nacional por ayudar a las mujeres a encontrar la talla correcta de brassier, la mayoría de veces por un vistazo y nunca con una cinta métrica, murió el jueves en el Centro Médico Mount Sinai. Tenía noventa y cinco años, y era 346». Los obituarios, un gran invento anglosajón, pueden hacernos sonreír ante la muerte. Son un higiénico ejercicio de memoria colectiva y una elegante posibilidad de juicio popular. Cuando Yasser Arafat murió, THE TIMES de Londres, cuyos especialistas en necrologías escriben desde el anonimato, dijo en la primera línea: «Un incansable político, administrador, y, en opinión de algunos, un exhibicionista y oportunista». De Juan Pablo II escribieron: «Fue, se decía, un progresista social pero un reaccionario eclesiástico». De la Madre Teresa de Calcuta: «Por su compasión, humildad, y también, hay que decirlo, su ojo perspicaz para la publicidad, provocó la inquietud pública para el indigente». De Lady Di: «No era una buena pasadora de exámenes ni una lectora notable, pero poseía una forma franca y astuta del sentido común». Nada más ajeno de un espíritu hagiográfico. La muerte, una certeza indiscutible, es tal vez el único acontecimiento redundante y natural que siempre nos sorprende. El obituario, al exigir el examen crítico de una vida en una sola página, es el género más intenso y concentrado de la autoayuda.

Hace dos mil años, Plutarco advertía que los actos más destacados de una persona no siempre develan su bondad o maldad. ¿Qué posibilidades de ser justo puede tener alguien que sentencia a la gente por sus hechos más públicos y notables? Las necrologías de celebridades siempre están listas antes de que esta gente se muera. Pero este oficio, en apariencia lúgubre, no se trata de escribir de la muerte. Contra lo que se cree, los escritores de obituarios no suelen ser necrófilos sino amantes de la vida. En América Latina, no tenemos escritores de obituarios porque aún estamos demasiado ocupados en la muerte. Traducir en palabras justas toda una experiencia vital es parte de un expediente para la posteridad. «Los redactores de necrologías nunca mueren», decía Gay Tálese en «El señor malas noticias», un retrato sobre Alden Whitman, el escritor de obituarios del THE NEW YORK TIMES. Los devotos del género se las arreglan para conservarlo: cada año se reúnen en la Conferencia de Grandes Escritores de Obituarios [www.obitpage.com). Allí, por ejemplo, se citan especialistas en necrologías que coleccionan eufemismos para el pretérito «murió», tales como: «Fue presentado a los ángeles/ se graduó de la segunda fase del eterno plan de Dios/ fue escoltado hacia su hogar celestial/o se fue a pescar el viernes con Jesucristo». Uno de los obituaristas más innovadores es Steve Miller, el ex empleado de un banco japonés en Wall Street quien creció cerca de un cementerio y sobrevivió el atentado contra las Torres Gemelas. Con esa hoja de vida, sus colegas ya deberían tener listo su obituario. Un invierno, Miller fundó una revista de obituarios cuyo primer número tenía una sola cosa en común: que sus personajes fueran muertos frescos y extraordinarios. Eran difuntos muy singulares en su anonimato, entre ellos el señor Nube Roja de Truenos, el último de los indígenas hablantes de la lengua catawba. Uno se muere sólo una vez y la memoria sobre el muerto, los homenajes póstumos, suelen ser injustos en el elogio, la indiferencia o el insulto. Sería aburrido inaugurar una página dedicada a los recién nacidos. A pesar de su inminencia y repetición, la tarea de escribir sobre un muerto reciente resultará siempre más contradictoria y menos previsible. El único credo de Steve Miller es, en ese sentido, buscar a la mejor gente muerta que pueda encontrar. Su revista se llama GOODBYE! »

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