11 May 2012
El viaje de la memoria, de Eduardo Galeano
En 1781, Túpac Amaru fue descuartizado, a golpes de hacha, en el centro de la Plaza de Armas del Cuzco.
02 May 2012
Fragmento de Memorias del desierto, de Ariel Dorfman

Más o menos cada diez kilómetros, una pila de piedras, una cruz, un pequeño santuario que parece hecho de tiza, en algunos casos hasta un templo en miniatura, para registrar el lugar donde alguien murió de manera violenta y donde se presume que el alma (el alma pequeña, la animita) sigue rondando, dispuesta a interceder en nombre de los vivos con los dioses o
Formas en las que tratamos de marcar la tierra como nuestra.
Mensajes en el desierto. Viajeros que nos precedieron se detuvieron, recogieron piedras, de un color rojizo, incluso más rojo en contraste con las estériles dunas de arena de más atrás y que escribieron sus nombres a un costado del camino..., mensajes de amor, pequeños recuerdos de esperanza y desesperación, fechas, corazones. Siento que surge una desusada ternura en mi interior cuando pasamos por esas palabras escritas sobre la piel del desierto, que derrite la ira que los graffiti en los paisajes naturales suele causarme, experimento una camaradería con esas personas que tocaron este paisaje y dejaron algo, cualquier cosa, grabada en sus rasgos, escrita en el desierto como si fuera una página.
“Yo estuve aquí, dicen, léeme, he pasado por...” ¿No es eso lo que yo mismo he venido a hacer? Aunque pensé en penetrar sus secretos, ¿acaso no estoy rozando la superficie de esta tierra con el objeto de dejar alguna especie de marca? ¿No está este desierto lleno de pictografías y petroglifos y jeroglíficos gigantescos que dejaron sus primeros habitantes, los antepasados de los hombres y mujeres de Monte Verde, acaso no intentaron ellos también enviar mensajes que todavía intentamos descifrar, escribiendo a su manera sobre el desierto con los elementos que ofrece ese mismo desierto, sus piedras como palabras, sus piedras como ideas?
Y esa es la razón por la que ahora me dispongo a parar, cuando nos acercamos a la intersección en la que debemos salir de
Allá adelante, a un costado de la carretera, se levanta una gigantesca mano de granito sobre un suave terraplén en el desierto. Sí, dije una mano de granito y dije gigantesca; tiene unos veinte o treinta metros de altura... Una estatua de roca lisa, esta Mano, erigida aquí en 1992 por el escultor chileno Mario Irrarrázaval para conmemorar la presencia de humanos en esta tierra, tanto la de los europeos que llegaron en 1492 como la de aquellos que habían hecho el viaje tantos milenios antes de Colón.
Nuestra respuesta al desierto, esa mano.
Lo que nos hace humanos. Que no podemos aceptar el vacío, la nada. Que todos queremos dejar algo, una huella, un rastro, pero no por accidente y no en el barro, no sólo el resbalón casual de un pie de camino a otra parte, sino deliberadamente, a veces incluso con brutalidad, adueñándonos de lo que encontramos.
Tiene que haber una razón para que la escritura haya nacido en el borde del desierto. ¿Los habitantes de las grandes civilizaciones originales que se generaron en los valles fluviales no estarían demasiado conscientes de las peligrosas inmensidades que los rodeaban? ¿La escritura no se inventó como una forma de apropiarse de un pedazo de tierra, una escritura que en sus comienzos plantó los cimientos de la ley pero también estableció los derechos de propiedad, diciendo esta tierra es mía y no tuya, y menos aún de la naturaleza, la naturaleza que escribe su propiedad de esta Tierra de manera distinta que las letras de los hombres? ¿No fue el temor al vacío lo que impulsó a esos primeros habitantes de las primeras civilizaciones? ¿El mismo miedo nos estaban transmitiendo las rocas huecas de aquellas arenas en las afueras de Caldera esta mañana?
Tratar de establecer alguna forma de permanencia, eso es lo que hacemos, nuestra especie.
Todos nosotros, viviendo en pueblos fantasma, aunque no lo sepamos.
Con la ilusión de que lo que dejamos no sea barrido por el viento, de que algo quede a pesar de la corrosión del tiempo.
Una mano junto a la otra, una mano en la otra.
Fingiendo gloriosamente que perduraremos más que el desierto.
13 Mar 2012
Fragmento de Kryptonita, de Leonardo Oyola

Cuando la ambulancia de la casa velatoria fue a buscar el cuerpo de Pinino a la morgue no lo encontró. También faltaba el del Cabeza de Tortuga. No sabe el escándalo que armamos. Pensamos que lo habían cremado o descuartizado para que la tumba del Pini no se convirtiera en santuario. Para que ahora que lo habían matado no se armara una religión nueva en torno a él.
06 Mar 2012
Fragmento de Un asunto de honor, de Arturo Pérez-Reverte

- Me parece que estoy enamorada de ti -dijo, sin apartar la vista del mar.
- No jodas- dije yo, por decir algo.
Pero tenía la boca seca y ganas de echarme a llorar, de hundirle la cara en el cuello tibio y olvidarme del mundo y de mi sombra. Pensé en lo que había sido hasta entonces mi vida. Recordé, como si pasaran de golpe ante mis ojos, la carretera solitaria, los cafés solos dobles en las gasolineras, las mili a solas a Ceuta, los colegas del Puerto de Santa María y su soledad, que durante un año y medio había sido mía. Si hubiera tenido más estudios, me habría gustado saber de qué maneras se conjuga la palabra soledad, aunque igual resulta que sólo se conjugan los verbos y no las palabras, y ni soledad ni vida pueden conjugarse con nada. Puta vida y puta soledad, pensé. Y sentí de nuevo aquello que me ponía como blandito por dentro, igual que cuando era un crío y me besaba mi madre, uno estaba a salvo de todo sin sospechar que sólo era una tregua antes de que hiciera mucho frío.
03 Nov 2011
Se escriben obituarios, de Julio Vilianueva Chang
Hace dos mil años, Plutarco advertía que los actos más destacados de una persona no siempre develan su bondad o maldad. ¿Qué posibilidades de ser justo puede tener alguien que sentencia a la gente por sus hechos más públicos y notables? Las necrologías de celebridades siempre están listas antes de que esta gente se muera. Pero este oficio, en apariencia lúgubre, no se trata de escribir de
23 Sep 2011
Fragmento de La Cuesta de las Comadres, de Juan Rulfo

(...) Y no sé por qué, pero de pronto comencé a tener una fe muy grande en aquella aguja. Por eso, al pasar Remigio Torrico por mi lado, desensarté la aguja y sin esperar otra cosa se la hundí a él cerquita del ombligo. Se la hundí hasta donde le cupo. Y allí la dejé.
Luego luego se engarruñó como cuando da el cólico y comenzó a acalambrarse hasta doblarse poco a poco sobre las corvas y quedar sentado en el suelo, todo entelerido y con el susto asomándosele por el ojo.
Por un momento pareció como que se iba a enderezar para darme un machetazo con el guango; pero seguro se arrepintió o no supo ya qué hacer, soltó el guango y volvió a engarruñarse. Nada más eso hizo.
Entonces vi que se le iba entristeciendo la mirada como si comenzara a sentirse enfermo. Hacía mucho que no me tocaba ver una mirada así de triste y me entró
Ya debía haber estado muerto cuando le dije:
—Mira, Remigio, me has de dispensar, pero yo no maté a Odilón. Fueron los Alcaraces. Yo andaba por allí cuando él se murió, pero me acuerdo bien de que yo no lo maté. Fueron ellos, toda la familia entera de los Alcaraces. Se le dejaron ir encima, y cuando yo me di cuenta, Odilón estaba agonizando. Y sabes por qué? Comenzando porque Odilón no debía haber ido a Zapotlán. Eso tú lo sabes. Tarde o temprano tenía que pasarle algo en ese pueblo, donde había tantos que se acordaban mucho de él. Y tampoco los Alcaraces lo querían. Ni tú ni yo podemos saber qué fue a hacer él a meterse con ellos.
«Fue cosa de un de repente. Yo acababa de comprar mi sarape y ya iba de salida cuando tu hermano le escupió un trago de mezcal en la cara a uno de los Alcaraces. El lo hizo por jugar. Se veía que lo había hecho por divertirse, porque los hizo reír a todos. Pero todos estaban borrachos. Odilón y los Alcaraces y todos. Y de pronto se le echaron encima. Sacaron sus cuchillos y se le apeñuscaron y lo aporrearon hasta no dejar de Odilón cosa que sirviera. De eso murió.
»Como ves, no fui yo el que lo mató. Quisiera que te dieras cabal cuenta de que yo no me entrometí para nada.»
Eso le dije al difunto Remigio.
Ya la luna se había metido del otro lado de los encinos cuando yo regresé a la Cuesta de las Comadres con la canasta pizcadora vacía. Antes de volverla a guardar, le di unas cuantas zambullidas en el arroyo para que se le enjuagara
10 Jun 2011
Fragmento de La tercera mañana, de Edgardo Cozarinsky
Recuerdo esa derrota.
11 Feb 2011
Jonás, de Guillermo Saccomano
Para Anselmo
I
Todos los 2 de mayo nos encontramos. Cuando es la fecha dejamos todo de lado, se trate de trabajo o de familia, y nos encontramos. Una vez al año. Nos gusta, al emborracharnos, evocar los que éramos, parte de aquella tripulación. Y no los que somos ahora. Porque ya no somos los mismos. Ya no somos los marinos que fuimos. Kevin ahora es chofer de taxi. Tiene cuatro hijos y una mujer diabética. Michael es vigilante de un supermercado. Es viudo. Tiene una hija heroinómana. Y yo. Yo. Mejor me callo. A mí tampoco me fue mejor. Yo no importo. No es de mí que voy a hablarles. De los tres es Michael quien se encarga siempre de organizar el encuentro, y lo hace con la misma pasión que colecciona películas, fotos, insignias y banderines de barcos de guerra y submarinos. En especial, de submarinos. Los submarinistas somos tipos especiales. Vemos el mundo desde abajo.
Esa noche, Kevin, Michael y yo, al salir del bar y entrar en la niebla del Támesis, tropezamos con Johnny. Estaba solo, una sombra hablándole al río. No lo habíamos vuelto a ver desde entonces. Que se nos apareciera justo en esa noche de aniversario le confería un sentido misterioso a nuestra reunión anual. Kevin fue el primero en reconocerlo. Johnny tenía, como nosotros, no más de cincuenta, pero era un viejo esquelético. Apestaba, como todos los que duermen en la calle. Sabemos reconocer a los derrotados. Y los derrotados somos, a pesar de la victoria, los que estuvimos allí. Allí es las Falklands. Y nosotros, basura bajo la alfombra. Pudimos ver en Johnny al tipo vencido que alguna vez, como nosotros, fue joven y, siendo marino, creyó pertenecer a una estirpe. Uno de los nuestros. Pero el mar, también lo sabemos, se las ingenia para ahogar nuestras pretensiones. Los que fuimos del mar, sin barco, somos homeless.
Creo haberlo dicho: Johnny venía hablando solo. Frases sueltas, algunas más acentuadas. Sonaba a rezo lo suyo. De pronto se calló, mirándonos. A los ojos. Pero no era a nosotros que miraba. Tardamos en darnos cuenta de que pronunciaba nombres. En español. Argies. De memoria los decía. Preguntando a la oscuridad decía cada nombre. Pero nadie le contestaba.
La ballena, le escuchamos decir.
Johnny no estaba borracho.
Y esta es su historia.
II
Mi padre, un párroco de Manchester, nos había contado Johnny. Cuando lo mandaron a Manchester se convenció de que él era Jonás y Manchester, su Nínive. Un enviado del Señor. Con una misión especial: irradiar la fe. Y yo, cuando no trabajaba en un taller mecánico, era el portero en ese templo con goteras. Me reventaba atender los menesteres del culto. La fe era su problema. No el mío. Pobre, mi viejo. Terminó abandonado por el resentimiento de sus feligreses, los obreros en la calle. Cómo convencerlos de que había un Dios si no había un pan. Las fábricas cerraban, aumentaba la desocupación y, en tanto, los irlandeses morían en sus huelgas de hambre. Mi madre, celadora de un colegio que era un reformatorio. Nuestra casa, angosta, de dos plantas: el olor a frito, los pasos en la escalera de madera que suenan como martillo clavando un ataúd, las risas de la tele, un foxterrier viejo y su hedor en los almohadones, una novia escuálida teñida de azul y con granos. Nos mudamos a Londres.
Mi madre limpió las letrinas de un asilo de idiotas en Bayswater. Era mejor que nada. Para mi padre esta mudanza era otra señal de Dios: Londres, su nueva Nínive. Dios no paraba de mandarle señales. Dios y la ginebra también. Porque a esta altura se había vuelto devoto de la ginebra. Se emborrachaba hasta que los renacuajos, las iguanas y las culebras imaginarias le trepaban por el cuerpo. Mi madre movía su culo gordo calentando a los idiotas del asilo.
No tuve suerte como mecánico. Conseguí trabajo en el lavadero de un hindú. Me quedaba una chance más digna: enrolarme. Un sueldo fijo. De acuerdo: te preparaban para matar. Pero no había nadie a quien matar. El imperio tenía cada vez menos colonias. Y nadie ya se acordaba de la última guerra. Me pagaban por lo que nunca haría.
Mi padre cayó en un hospital de mala muerte. Lo visité una tarde. Qué sabía de la ramera babilónica, me preguntó. No le contesté. Tampoco insistió. Lo último que un hombre debe perder es la fe, me dijo. No clamo por tu perdón, Señor. Y agradezco tu castigo. Aun en la desgracia, conservo mi fe. Le conté que me había enganchado en la Marina. Que me habían asignado a un submarino. Antes de marcharme, me agarró la mano. Puro hueso era. Alambres sus dedos. Si Dios nos somete a una prueba, no podemos huirle, me dijo. Dios es el dueño de todo y todo lo gobierna: los cielos, la tierra, el mar. La tempestad y la calma. El mal le desagrada y pide su castigo. Pero es misericordioso y perdona, aprecia el arrepentimiento. No te enojes, Jonás. Tu misión es terminar la que yo no pude. Nínive, me dijo. Puedo verte llevando el mensaje de la fe. Alucinaba: Jonás, me llamaba. Nunca antes me había llamado por mi verdadero nombre. Que me resistía a ver la señal, me dijo. Para él estaba clara la señal, mi señal: la ballena, dijo. Lo único que me faltaba: continuar su misión de fe. No le quise llevar la contra. No correspondía.
Quedé en visitarlo. Cuando volví al hospital, mi padre ya no estaba. Terminó su última botella y su vida en un rincón de Park Lane.
Londres era otra vez Dickens, si es que alguna vez dejó de serlo.
III
A Johnny, al principio, le costaba creer no sólo que lo habían admitido en la Royal Navy. También su destino. Y si el padre había entrevisto lo que él se resistía a aceptar, se preguntó. Y si el submarino no era sólo la señal que Dios, padre todopoderoso, le había enviado. Y si el Conqueror era una prueba para que el hijo, convenciéndose de la existencia de Dios, cumpliera la misión que el padre había dejado inconclusa. Y si todo esto era así, entonces qué. Prefirió no pensar en esa dirección. Además, antes, convenía meditar que Dios, de haber existido, le habría concedido a su padre el último voucher de la fe.
A la mierda con Nínive, decidió.
Pero el impulso le duró poco. Nos tocaron misiones de rutina: vigilar a los soviéticos en el Mar del Norte. Johnny ahora estaba metido en sí mismo. A veces su silencio era un sigilo. Aunque ahora formaba parte de un equipo, un seleccionado épico, uno de los nuestros, la Royal Navy, no podía olvidar la profecía paterna. A menudo lo ganaba la ansiedad: no aguantaba la espera, el suspenso. Cierre de escotillas. Una presión en el pecho.
IV
Hay tipos que al volver de la guerra no hablan más del asunto. Otros, para quienes fue lo más importante que les pasó en la vida, no dejan de exagerar su participación, agrandar anécdotas y juntar souvenirs. Michael es uno. Le entusiasman los documentales y los libros sobre Falklands. No se pierde ningún artículo al respecto. Se sabe de memoria la guerra de las Falklands. Como los detalles de nuestro submarino. Y cada vez que puede filtrarse en la conversación, sin pedir permiso, se descarga. Michael le dio precisión al recuerdo:
Con casi noventa metros de eslora, diez de manga y nueve de calado, el submarino nuclear Conqueror provenía del astillero Cammel Laird, en Birkenhead. Lo botaron a fines de los sesenta. Disponía de seis tubos para disparar torpedos Mark 8, Mark 24 y Misiles Arpón. Sumergido podía alcanzar una velocidad de veintiocho nudos. Su tripulación: cien marinos. Nosotros entre ellos. El objetivo, espiar los movimientos de la fuerza naval soviética. En abril del ‘82 anclaba en la Base Naval Faslane. Hasta que un día nos ordenaron entrar en acción. El objetivo ahora era vigilar la flota argentina y en especial un buque que navegaba al sudoeste de Falklands.
Unos militares argies buscaban salvarse y conservar el poder persiguiendo la unidad nacional con una guerra. Alguien dijo que esa guerrita representaba lo mismo para la Dama de Hierro. Johnny no prestó atención. La política no le importaba. Apenas el comandante informó el destino, nos preguntamos qué hacían los argies invadiendo las Shetlands. Creíamos que esas islas estaban cerca de las Shetlands. Shit-lands, bromeó alguno. Por qué no invadieron las Barbados, tan soleadas. Un oficial nos informó que del alto mando pedían que tuviéramos cuidado con las ballenas. Una especie en extinción. Una cosa es la guerra. Y otra la ecología. Que no confundiéramos al enemigo con un cetáceo. Eso les preocupaba.
Johnny sentía el vértigo. Se preguntaba si estaría a la altura de la situación. Kevin era el encargado del sonar y Johnny, el torpedista. Fueron los primeros en advertir el objetivo. El Belgrano se reabastecía de combustible en altamar. Un satélite había detectado al petrolero Rosales, fácil de captar por sus motores diésel. Michael identificó el objetivo en su pantalla. Nos acercamos.
Subimos lo mínimo como para usar el periscopio. Además del Belgrano y el Rosales estaba cerca el destructor Piedrabuena. Informamos a Londres, nos ordenaron perseguir al Belgrano. Que no jodiéramos a las ballenas, recordaron. Ya recibiríamos más órdenes. Dos días después, el 2 de mayo, una tarde de domingo, antes del anochecer, el submarino, a casi dos kilómetros de distancia, disparó sus torpedos.
Johnny los disparó.
V
Michael, el maniático de los datos, con su obsesión de filatelista, busca completar la historia. Con su detallismo, se acuerda de Pearl Harbor: el Phoenix provenía del astillero New York Shipbuilding. Ciento ochenta y cinco metros de eslora, veintiún metros de manga, siete metros de calado. Quince cañones, tres en cada una de sus cinco torres. Ocho cañones antiaéreos. Veintiocho cañones Bofors. Veinticuatro cañones de veinte milímetros. Hangar para cuatro aviones. Dos montajes cuádruples de misiles Sea Cat. Fue botado un domingo de 1938 y por entonces, en un viaje diplomático, ancló en aguas argentinas. Más tarde, en el Pacífico, sobrevivió el ataque japonés en Pearl Harbor. Superstición, se dirá, pero fue domingo el desastre de Pearl Harbor y también sería domingo el día de su muerte. En Pearl Harbor respondió al ataque, pero no fue alcanzado por las bombas japonesas. Le ordenaron que se lanzara tras los portaaviones enemigos. Más tarde, en los años de la guerra, participó en diferentes misiones. Tuvo su gloria en Filipinas. Le causó bajas importantes a la Marina japonesa. Terminada la guerra, retornó a la Argentina. Lo compró Perón. Habrán oído hablar de aquel Mussolini. Trae mala suerte cambiarle el nombre a un barco. Debieron saberlo los argies. Una fecha folklórica le pusieron: 17 de octubre. Pero no fue por mucho tiempo. Unos militares rebeldes decidieron voltear al tipo. Y emplearon el ahora 17 de octubre para desembarcar en Buenos Aires. No tuvieron mejor idea que bautizarlo por tercera vez: el nombre de un prócer. Esos países bananeros.
Si es verdad que no conviene cambiarle el nombre a un barco, los argies desafiaron demasiado la suerte. El Phoenix sufrió dos nuevos bautismos. Dos domingos, dos bautismos, dos torpedos. Un 2 mayo. El Phoenix estuvo maldito desde el mismo día en que cambió de bandera. Y su destino estaba sellado en esa tarde del’82, cuando dos torpedos del Conqueror lo hundieron en menos de cuarenta minutos. El viento soplaba a ciento veinte kilómetros, las olas medían más de doce metros, la temperatura era de diez grados bajo cero. El Phoenix se encontraba al este de la Isla de los Estados y al Sur de las Falklands. De sus mil tripulantes, perdieron la vida más de trescientos.
VI
El mar estaba encrespado y los torpedos iban a cinco metros de profundidad. Los argies no pudieron verlos. Podíamos imaginar lo que pasaba en el Belgrano. Un marino que camina por un pasillo siente una explosión. Todo se mueve. Tiembla el piso. Se corta la luz. La oscuridad más negra. El silencio que aturde. Alguien grita: “¡Tranquilos, que no pasa nada!”. Entre una y otra explosión hay treinta segundos. El primer torpedo impactó en la sala de máquinas de popa, cerca del comedor y los dormitorios. Los muertos, los heridos. El olor a petróleo intoxica. La onda expansiva provoca una chimenea de quince metros y atraviesa las cinco cubiertas. Treinta segundos. El segundo torpedo acierta en la proa. Se eleva una columna de agua y hierros. Desaparecen quince metros de buque. Más tarde se dirá que de los trescientos muertos del Belgrano la mayoría murió con el primer impacto. Mientras se arrojan al mar las primeras balsas, la tripulación todavía no escucha la orden de abandonar el barco. Marinos desnudos, envueltos en llamas, se retuercen aullando. Los compañeros quieren arroparlos, pero es tarde. El Belgrano se inclina, las balsas siguen cayendo al agua, los marinos saltan. El Belgrano se hunde. Una humareda densa se recorta en el cielo gris. Los náufragos buscan poner distancia del barco. Al hundirse, puede tragarlos. A las cinco de la tarde, cuando los náufragos se alejan del Belgrano, lo ven hundirse. En menos de cuarenta minutos sólo flotan en el océano los cuerpos de los sobrevivientes y las balsas. Es casi de noche.
Divisan unos buques escolta. Pero los buques se esfuman temiendo otro ataque. Unas horas después, un temporal sacude las balsas. Las olas amenazan darlas vuelta, impiden la atención de los heridos. Los marinos vomitan. Les cuesta cerrar los techos de lona. El termómetro baja. En la noche de tormenta, las olas, cada vez más altas. Las balsas se inundan. Los hombres usan su calzado para desagotar. El frío mortal. Los náufragos mean las bolsas recolectoras volviéndolas bolsas de agua caliente. El viento arrastra las balsas hacia la Antártida.
En tanto, el Conqueror, aplicando la lógica de cualquier submarino después de un ataque, se alejaba de la zona evitando ser localizado por las fuerzas enemigas que pudieran acudir en ayuda.
Cuando el submarino ya se encontraba fuera de peligro, algunos nos preguntamos dónde estaba Johnny. Lo encontramos. En su camastro, agarrándose las orejas, tapándose los oídos, en posición fetal, temblando, murmuraba. La ballena, murmuraba. Perdón, Señor, murmuraba. Se agarraba la cabeza, se tapaba los oídos.
VII
Ahora, esta noche, Johnny terminaba de contarnos su versión. Su suerte siempre estuvo escrita, dijo. Una maldición, dijo. Dios lo había traicionado, dijo. Estuve por decirle que la salvación del alma no puede depender de un libro. Menos de uno de fábulas. Qué otra cosa es la Biblia. Pero me callé. Michael también se calló. Con todo su coleccionismo de batallas navales no supo qué decir. Kevin, siguiéndole la corriente a Johnny, lo quiso consolar: al fin de cuentas, sus torpedos habían librado a Nínive de los militares. La historia avanza sobre cadáveres.
Johnny nos miró como perdonándonos.
Se perdió en la niebla balbuceando más nombres.
05 Ene 2011
Fragmento de Victorcito, el hombre oblicuo, de Isidoro Blaisten
De chico yo ya pintaba que iba a ser oblicuo. Mi madre, al ver que en vez de mamadera le chupaba siempre el dedo pulgar, decía:
-Este chico va a ser oblicuo.
Y mi madre tenía razón. El pulgar se le había ido desgastando hasta ser una cosa monda y amorfa, el anillo de casamiento, que en aquel entonces se usaba grueso, se fue haciendo cada vez más fino y desbastado, a causa de mis mordiscones o el golpeteo constante de mis labios.
Cuando ya mi madre se quedó sin anillo, tuvieron que poner a la sirvienta para que me corriera el plato de sopa. Primero le pegaba a mi hermanito y alargaron la mesa. No la embocaba nunca en el plato, y la gran mesa de cedro quedó orlada de muescas oblongas, porque la sirvienta tenía que caminar detrás de mí corriéndome el plato, mientras que un hijo natural de la sirvienta, un muchacho de catorce años llamado Manuel, se encargaba de levantarme con la silla para que yo estuviera paralelo a la sopa. Cuando la sirvienta llegó al límite de la mesa, tuvieron que contratar nuevo personal: un enano que con guantes de box paraba mis cucharazos y evitaba que me cayese, y un señor a quien llamaban "el volvedor", que era el encargado de volverme al extremo de la mesa.
Suplantaron a la sirvienta por una cinta sin fin que arrastraba el plato de sopa. Pero yo me debilitaba.
Por fin, un ingeniero italiano, de apellido Martelli, a la sazón amigo de mi padre, inventó para mí el plato imantado, y así pude crecer bastante lozano.
Entré en la adolescencia. La edad del dolor. Porque adolescencia viene del latín "adolescere" que quiere decir dolor. Trato, ex profeso, de evitar mi infancia porque mi infancia era más dolorosa todavía.
Cómo envidiaba a los chicos del arroyo que podían jugar al balero o ir a la calesita. Yo recuerdo que tenía que jugar al balero sin bola. Con el palo únicamente y Manuel a mi lado para dar vuelta la bola, pero con la mano izquierda. La única vez que fui a la calesita, al intentar sacar la sortija, le desprendí un ojo al calesitero. Por suerte, mi padre era amigo del extinto presidente Alvear.
Volviendo a mi adolescencia, mi problema mayúsculo consistía en que escribía en el aire. Un rabino, con esa mentalidad judía propia de la raza, le dijo a mi padre que por más oblicuo que yo fuera, siempre me iba a resultar más fácil aprender a escribir en hebreo o en árabe que de izquierda a derecha. El ingeniero Martelli estuvo de acuerdo y aducía que "mastro" Leonardo (como decía él, me acuerdo perfectamente) era ambidextro y hacía lo que se ha dado en llamar escritura de espejo. De manera que yo escribía únicamente en árabe, pero sólo la mitad. Mi madre (eminentemente práctica) hizo un gran donativo y contrató a un hermano terciario para que completase la parte en blanco.
Para esa época los demonios de la carne me perseguían. Yo había adquirido el feo vicio solitario y me encerraba en el baño. Pero siempre terminaba golpeando la puerta y mi madre gritando desde abajo:
-Victorcito, ¿qué te pasa?
Y corría a salvarme porque creía que me había quedado encerrado.
Más tarde, por ser oblicuo, no pude tener ninguna experiencia amorosa. Si quería besar, o siquiera saludar a una muchacha, siempre, invariablemente, besaba a un viejo que venía atrás, o me golpeaba contra la corteza de los árboles. Mi miembro viril se deshizo contra mil paredes en los lupanares de San Fernando. Una madama me apodó el "rompeveladores" porque en la animalidad carnal, y al tomar impulso en mi frenético deseo, destruía esos artefactos. Mi padre gastó una fortuna en reponerlos.
Pero el sexo me perseguía. Aparte de que en el equipo intercolegial me usaban únicamente para tirar al córner, aparte de que cuando intentaba oprimir el botón de un ascensor prendía las luces, o tocaba los timbres de los departamentos, yo necesitaba casarme.
Mi madre, mediante los hermanos terciarios, consiguió una mujer oblicua como yo. Pero era oblicua para el otro lado. Mi padre tenía sus dudas.
-No importa -dijo mi madre-, Victorcito tiene que casarse.
Y hete aquí cómo me casé con Amelia. A la sazón yo estaba muy excitado y cuando me pongo nervioso me vuelvo más oblicuo aún, razón por la cual no me podía colocar las medias para trasladarme a la iglesia. Ya tenía los talones doloridos de tanto golpeármelos contra el suelo, pese a que hacía harto tiempo que mi madre, aconsejada por los hermanos terciarios, había optado por mandar a fabricarme las medias al revés, y que sólo podía calzármelas en el rincón del dormitorio y que de la casa de al lado (la casa colindante a la nuestra) los vecinos hacía tiempo que se venían quejando de los golpes. Prácticamente me había quedado sin codos, pero la noche de mi casamiento ha quedado grabada en mi retina con caracteres indelebles.
Para ponerme los pantalones del jaquet, rompí el espejo. La camisa fue un drama, puesto que no lograba introducir la mano en la manga y en cambio les daba furibundos golpes a los caireles de la araña. Decidí entonces ubicarme en un ángulo. Forré las dos paredes con los almohadones del living, y por fin pude vestirme la camisa.
Amelita, pues así llamaba mi madre a mi prometida, habrá tenido también sus múltiples problemas, según colegí, pero para el otro lado, pues según ya dije, era también oblicua, pero del lado contrario al mío.
Durante la ceremonia religiosa todo fue plausible aun considerando el grado de nuestra emotividad, pero llegado el momento de colocarnos los anillos y de besarle la mano al obispo, nuestros esponsales pasaron a convertirse en un espectáculo, que todavía se recuerda y se comenta en los anales de la iglesia de Nuestra Señora de
Amelita no lograba ensartar la sortija en mi dedo. Se rompió todas las uñas. Las postizas y las otras. Yo le clavaba la yema de mis dedos en el esternón al padrino, como si fuera un moderno golpe de karate.
Todos se levantaron de sus sitios y se arremolinaron alrededor del altar. El organista había cesado de tocar a Bach y bajó a presenciar la escena. Por fin mi madre, práctica como siempre, se acercó ella misma y nos colocó los anillos.
Pero el anillo del obispo no podía ser besado por Amelita. Ella sollozaba y de los nervios le mordía la puntilla de la manga al alto prelado mientras yo, del otro lado, le daba topetazos en el vientre con mi cabeza.
Un monaguillo pelirrojo, con cara de chico del arroyo, le dijo algo al oído al obispo, y éste ordenó quedarnos quietos y apoyó su anillo en nuestras bocas. Por fin la ceremonia terminó. El obispo se retiró dejando una larga cola de encaje y puntillas que le salían de la manga.
Los saludos en el atrio fueron para mí una cosa acostumbrada. Siempre le daba la mano a otro. Al que estaba atrás o al costado. Mucha gente que quedó sin saludar se fue enojada.
Amelita, mientras tanto, con los besos, mordió innumerables cuellos y paspó muchas orejas de señoras. Lo más triste fue que (como ya dejé acotado) Amelita, cuando le venía la desesperación, en vez de besar mordía, le desprendió a una señora un aro florentino del siglo XVI que jamás fue encontrado.
Durante la recepción, Amelita desparramó tres bandejas, a saber: una al darle la mano a mi tío Arnoldo Esteban que a la sazón le iba a tomar la mano para sacarla a bailar el vals. La segunda, cuando con un gesto delicado quiso hacer un arreglo floral en un bouquet de anémonas dispuesto en un potiche, y la tercera cuando quiso rodearle el talle a su amiga del alma Araceli Amarilis, que dos años después perdió la vida al desbarrancarse su landó.
En lo que a mí atañe, en la recepción mi proceder fue sobrio. Salvo que la concurrencia comprendió y nadie se ponía detrás de mí, pues a cada brindis, al intentar beber de una copa, indefectiblemente mojaba a alguien. Este hecho decidió a que en el magín del ingeniero Martelli se gestara la idea de inventar para mí, a posteriori, las botellas con rueditas provistas de un biombo de contención.
Nuestra noche de bodas fue una tragedia. El hecho sexual, en el tálamo nupcial, no se pudo consumar. Poseídos por los demonios de la carne los dos quisimos satisfacer la comunión de los cuerpos. Fue imposible: la suite de nuestro hotel quedó totalmente destrozada. Vuelvo a consignar aquí que Amelita era oblicua para el otro lado. A la postre resolví atar a Amelita. Tras múltiples esfuerzos sacamos el colchón, pusimos el elástico vertical y la até a Amelita con las cortinas de voile.
Conociendo mi lado oblicuo, paré el colchón del lado izquierdo al lado del elástico a guisa de elemento amortiguante. Tomé impulso (como siempre lo hago para ver si la velocidad disminuye mi oblicuidad), pero cuando estaba por llegar, Amelita se corrió por la ley de la inercia para su propio lado oblicuo. Me estrellé contra los listones del elástico. Todavía conservo la gruesa cruz cárdena incrustada en mi frente y de la cual, al mirarla, los hermanos terciarios no dejan de exclamar cada vez que me ven: "Santo, santo, santo".
Ensayamos otras posiciones. Algunas infernales, otras que escapan al pudor. Mas todas resultaron infructuosas. Amelita, desesperada y mordiendo más que nunca, se embarcó a los seis días para el Congo. Partía como misionera.
27 Dic 2010
La zanja, de Vicente Battista

Siempre fuiste un infeliz. Por eso ahora te quedás sentado en medio del patio, sobre el banquito bajo, con el sol pegándote en la espalda, mirando tu propia sombra que, aburrida, se pierde entre las baldosas. Germán esta en medio del patio y trata de no oír los ruidos que hace Norma al preparar la valija. Sabe que cuando termine de acomodar la ropa, Norma abrirá la puerta y se perderá por el corredor, camino a la calle. Germán quedará solo, con los malvones que hoy no fueron regados, los platos sucios amontonados en la pileta y esa terrible angustia, esa antigua impotencia, que hace que ahora siga así, encogido sobre el banquito, mientras Norma guarda prolijamente la ropa. Unos minutos antes le había dicho que no lo aguantaba más, y también “pobre cornudo”, pero lo de cornudo quizá lo imaginó él, porque se mezcló con el portazo que dio Norma al encerrarse en la pieza. Hubo un silencio y de nuevo los gritos, idénticos a los de aquella otra vez, cuando papá dejó el diario a un costado y lentamente se fue poniendo de pie: Germán llegaba de la calle todo sucio, con el trajecito blanco lleno de barro.
Esa tarde mamá había dicho que a la calle no, y menos con esos atorrantes. Papá hizo un gesto, y sólo dijo: “Que vaya”. Germán corrió hacia la calle. “No te muevas de la puerta “, fue el pedido de mamá, derrotada. Y ahí se quedó Germán, pulcro, con su trajecito blanco, la vista fija en la vereda y al final de la vereda el agua estancada. “Usted no se imagina lo perjudicial que es para los chicos, y en verano, sobre todo en verano. Aquí la firma”, había dicho el secretario de la Comisión de Protesta y Germán estuvo presente cuando su padre, después de una rápida ojeada, escribió Eduardo Averza y debajo de la ultima “a” hizo un raro firulete. A pesar de la firma de papá el agua seguía ahí, estancada por semanas, con ese olor corrompido y con manchones verdes flotando como camalotes. Pronto vendrían los barrenderos y entonces iba a ser la gran fiesta: los pibes a un costado del charco, revolviendo el barro hasta encontrar bolitas o monedas. Él no tenía permiso. “No te juntés con esos atorrantes”, había sido la orden de mamá. Ahora los atorrantes estaban en la esquina, pero cuando Germán se asomó a la puerta fueron caminando hacia él. Eran cuatro en total, y uno, señalándolo, dijo:
- Este es el mariconcito que juega con la prima.
El sol en la espalda y algo adentro que arde. Papá lo ha llamado. “Yo te voy a explicar”, le dijo. Germán espera en silencio. Frente a su padre, de trajecito blanco en la vereda o sentado en medio del patio. Espera la explicación de papá, el insulto de los atorrantes o que Norma termine de preparar las valijas. Abajo, el vestido azul, después el crema y ahora el negro. “Es el que te queda mejor”, decía Germán, al pie de la cama, y Norma se quitaba el vestido lentamente, sólo para él. Aquellas noches de sábado eran distintas: la sentía más cerca, el sol ya no estaba y el vestido esperaba hasta el próximo sábado o hasta que una tarde cualquiera, Norma lo doblase prolijamente para meterlo en la valija, con el crema y el azul. En este espacio del costado los zapatos, aquí el cinturón y una blusa, aquí cara y acá ceca, tatetí, suerte para mí, con el dedo señalando en el libro cerrado y antes de que la prima lo abra, la risa de los atorrantes y el grito:
- ¡Juega a las figuritas, como las pibas!
Infeliz. Todavía sigue sentado en mitad del patio: no se atreve a esperarla de pie. Norma aún no se fue, pero ya siente la soledad; sabe que está ahí: en los malvones o sobre las baldosas blancas y negras. Está dentro y fuera de él. Puede ser la espalda caliente por el sol, o ese jazmín del aire que cuelga de la pared y que nunca florecerá. Norma sigue en la pieza, oye sus pasos: va del placard a la cama, donde seguramente habrá puesto la valija. Germán sabe que para detener esos pasos sólo debe acercarse a la puerta, abrirla de un empujón. Sabe que debe darle una patada a la valija y gritar: “¡Vos no te vas un carajo!”, pero no hace nada. Sigue sentado en el banquito bajo, con los brazos apoyados en las piernas y las manos colgando, mudas. Quiere creer que Norma abrirá la puerta. “Perdoname, fue un momento de nervios”, le va a decir, y él la perdonará, un momento de nervios lo tiene cualquiera. Se van a abrazar y otra vez será como antes, los sábados y la ceremonia del vestido. Pero la puerta sigue cerrada y siguen los pasos de Norma.
Abrió la puerta, consiguió abrirla, pero ya era tarde: dos tenazas fuertes le apretaban los brazos. Se sintió empujado hacia atrás y de nuevo estuvo sobre la vereda. Dos, de los cuatro, lo tenían agarrado de las muñecas. Los otros dos lo empujaban, insultándolo. Con los brazos estirados, como un ridículo espantapájaros, Germán siente que lo hacen girar. Ahora cantan:
“Yo no soy buena moza,
ni lo quiero ser…
ni lo quiero ser…”
Siente vértigo y ve caras, muchas caras, cada vez mas caras y gritos: “¡Maricón!” y es como si flotara, la vereda ya no está bajo sus pies, ya no hay caras, sólo quedan los gritos, hasta que se escucha la orden. No gira más: se siente arrastrado hasta el borde de la vereda. Los soldados empujan porque el general ha gritado: “¡A la zanja!”.
Fue un golpe viscoso. Primero el ardor en las manos y las rodillas raspadas por los adoquines, después el asco. Ese inmundo olor que crece, barro en la cara y agua por todo el cuerpo. Trata de levantarse. La sangre de las rodillas empieza a chorrearle hacia los tobillos. Cuando por fin logra ponerse de pie, puede verse: su traje blanco con pedazos de moho por todas partes, es triste y grotesco. Siente una sensación pegajosa en el cuerpo. El agua se le ha metido en los zapatos, dos esponjas por pies: plof al dar un paso, plof al otro. No llega a salir. Ellos están ahí, y se ríen. Carcajadas cada vez más fuertes que se le van metiendo en el cuerpo, junto al agua podrida, el dolor y el asco.
Pisar la cabeza, había dicho una tarde papá, pisar antes de que te la pisen. ¿Entendés?, había dicho. No, papá. Que no te pasen, ¿entendés? No, papá. Elegir, Germán, joder para que no te jodan, ¿entendés? No, papá. Ser de los fuertes, Germán, para que un día Norma no pueda preparar la valija. Se va a ir, papá.
Germán sale de la zanja. La ridícula figura no alcanza a dar lástima. Después de unas palabras, Germán quedará de espaldas a las risas y entrará en la casa. Cuando la madre lo vea se llevará las manos a la boca, habrá sorpresa y un grito: “¡Te dije que no lo dejaras salir!”, gritará mamá, y el padre, que hasta ese momento estaba leyendo, dejará el diario a un costado, se va a levantar despacio y sus manos aflojarán la hebilla del cinturón; así va a caminar hasta donde esté Germán y cuando llegue a su lado el cinturón volará en el aire: “¡Por pelotudo!”, dirá papá y el chasquido del cuero contra el cuerpo de Germán se va a confundir con los gritos de mamá y los de Norma, al cerrar la puerta. “Cornudo”, claro que dijo cornudo; consiguió oírla antes de que cerrara. Después miró alrededor: había quedado solo en el patio, y, en medio del patio, como esperándolo, el banquito bajo. Allí se sentó. Tenía nauseas, ganas de vomitar.
Cuatro muchachos que vagaban en una esquina terminaron la explicación de Eduardo Averza. Fuerte, pisar, joder, fueron saliendo de los labios de papá. Labios húmedos, con partículas de tabaco, que estaban explicando algo, que, mientras dejaban escapar humo, preguntaban: “¿entendés?” Cuatro caras sonrientes que de pronto se acercan a uno y lo insultan, lo humillan haciéndolo girar como un trompo, y después, cumpliendo un antiguo ritual, lo arrojan al agua podrida. Mamá cose en el hall, papá esta leyendo el diario, es Germán quien empieza a sentir los gritos, es el quien está de boca en la zanja, y los gritos, junto con el asco y el ardor de las rodillas, se meten muy adentro; en uno. Es la prueba. Todo se mezcla y llega el momento de elegir. Esa tarde había elegido. Me fui levantando despacio, empapado, con mi trajecito blanco lleno de moho y con arcadas por el gusto horrible y dulzón del agua podrida en mi boca. Estaba frente a ellos y elegí:
- Basta, por favor.
Lo dije entre lágrimas y mis pies mojados corrieron por el pasillo hacia el cinturón de mi padre.
Ahora nuevamente siento arcadas. Norma ya no se oye. Terminó su valija y pronto abrirá la puerta. Pasará por mi lado y sé que no voy a ser capaz de levantarme, mirarla fijo y cruzarle la cara de una bofetada. Voy a seguir así, encogido sobre el banquito, mientras ella, inexorablemente, se perderá por el corredor, camino a la calle; después oiré un portazo.
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