06Oct, 2008

El milagro de los pollos

Escrito por: panchoflecha el 06 Oct 2008 - URL Permanente

La ciudad a la que Pedrín dice que Marga llamaba “La Capital del Invierno”,aquella a la que Marga dice que Pedrín llamaba “ciudad de sotas, caballos y reyes”, o sea, este viejo León encanecido que habitamos desde antiguo se resistió fieramente a dejarse engatusar por la Modernidad.

Hasta hace apenas nada se parecía mucho más a la ciudad del año mil de don Sánchez Albornoz que a Florencia o a Manhatan.

Desde los cuestos de Trobajo, algunas casas entre chopos rodeando un iglesión desproporcionado entre los prados.

Si hubiera que poner una fecha o un momento para fijar la entrada en lo Moderno, tal vez hubiera que elegir entre alguno de los hitos históricos siguientes:
− Uno: cuando lo que antes llamábamos “el barrio” comenzó a llamarse “el polígono”.
− O dos: cuando dejamos de ir a Madrid al Corte Inglés porque abrieron el de aquí.

Sin embargo, tengo oído que hay quien pone los orígenes en aquel alcalde que sembró de parques y fuentes la ciudad como si en ello le fuera la vida o la bolsa.

Pero, en mi opinión, aquello se integró perfectamente en la cultura tradicional, sin estridencias, hasta convertirse también ello en copla tan popular como la Jota de Boñar:


A la entrada de León

Morano ha puesto una fuente

Para que todos la vean

Al volver de Continente.

Para mí tengo, por tanto, que la Modernidad tuvo en estas tierras un primeratisbo que no por fracasado es menos digno de ser recordado por los siglos.

¡Dios, casi no puedo creer que me haya sido reservado el mérito deinmortalizarlo!

Corría por entonces el año del Señor de 1964. Ya sé que a estas alturas podría parecer intranscendente decir que fue aquel el año en que alguien se empeñó en pasarnos por detrás 25 años de paz o en el que Marcelino le encajó un gol a los rusos que importó más al honor patrio que todas las victorias del Cid Campeador.

En lo que importa a nuestra historia, para que todo encaje en su contexto, convendría decir que fueron tiempos especialmente predispuestos a la cosa de los planes de desarrollo.

Y al grito de “este león se nos muere” fueron fraguando los proyectos:

Las fuerzas vivas (o que vivían de serlo) decidieron que el futuro de esta ciudad tranquila y seria no pasaba por aumentar el obrerío que, al final enrojecen y hacen ruido, sino por dedicarla a los Congresos.

Y Congreso por congreso, el que nos venía naturalmente al pelo para abrirnos las puertas del futuro era, sin dudarlo lo más mínimo, un magno y devoto Congreso Eucarístico Nacional que nadie podría discutir a esta ciudad que gozaba del raro privilegio de tener permanentemente expuesto el Santísimo Sacramento del altar.

Se hicieron todas las diligencias necesarias, se compuso un himno solemne para tal celebración y se comprometió la presencia de un cardenal de la curia romana y del General superlativo que, por entonces gobernaba.

Pero como suele ocurrir en épocas fecundas, también la iniciativa privada jugaba en el tablero: un joven empresario pensó que el futuro estaba en replantear la hostelería: adiós a las bodeguillas del barrio húmedo, a sus tapas y raciones de sangre y asadurilla. Un local luminoso, con cristaleras hasta el suelo, en medio de la arboleda de un paseo, con terraza alrededor a la sombra de los árboles y una extensa carta de sándwiches y platos combinados.

Se llamaría “El Oasis” y el lugar, el centro de Papalaguinda.

Y por una ocurrencia del destino vinieron a confluir en el espacio y en el tiempo los dos grandes proyectos primigenios.

La clausura del Congreso se realizaría en una Misa solemne de campaña con un altar construido bajo enorme baldaquino en el centro mismo del Paseo de Papalaguinda con sitiales preferentes para el General, su señora y los dieciséis obispos concelebrantes.

Treinta mil fieles se esperaba que acudiesen.

El joven empresario se preparó con el mismo fervor para atender las necesidades de tan nutrida y segura clientela. Treinta mil feligreses podrían consumir seguramente once mil pollos al ast y otro tanto en refrescos o en café.

Y llegó por fin el día. Un 10 de Junio soleado y sanjuanero. Un paseo adornado con guirnaldas y altavoces como sólo se había visto en los desfiles militares.Y gente, mucha gente de todas las riberas y montañas. Mucho más que en San Froilan, que ya es decir.

Y después, las emociones de un acto jamás imaginado: El General saludando en su Rolls Royce escoltado por su guardia de moros a caballo, recibidos y subidos bajo palio hasta el estrado, la homilía enardecida del cardenal en un español con acento a la italiana, mismamente como un papa, la ordenación sacerdotal de 20 curas, la apoteosis final del himno del congreso que los fieles entonaban brazo en alto, saludando a la romana.

Y el olor de pollo asado mezclado al del incienso como anunciando un tiempo nuevo.

Y el acto terminó y estaban ya los pollos preparados y creció el nerviosismo en las terrazas y los camareros dispuestos a acomodar a la gente sin follones ni atropellos.

Y nada. No hubo nada. Esperaron en balde. Los fieles, como siempre, se acomodaron en los bancos del paseo y dieron cuenta, como siempre de las tarteras que traían desde casa.

Dicen que aquella noche el joven empresario la pasó enterrando como pudo once mil pollos al ast recién asados.

Advertencia:

Me dolería que pensaran que lo que acabo de contarles es un nuevo chascarrillo inverosímil, un nuevo truco narrativo de mi pasado fantasioso. Una nueva recaída. Nada sería más injusto y traigo para ello el testimonio insobornable de los hechos:

Años más tarde, cuando en el mismo solar se instaló una franquicia del McDonald, al excavar para cimientos, los obreros encontraron once mil restos de pollos asados e incorruptos.

03Oct, 2008

El mercadillo de san Froilán

Escrito por: panchoflecha el 03 Oct 2008 - URL Permanente

.

Todo comenzó, un año más, la víspera de San Froilán. Desde hacía cuatro años se había venido imponiendo la moda del mercado medieval en las calles y plazas que rodean la Colegiata.

Una atracción agradable, con sus puestos de hierbas, de perfumes, de juguetes de madera y hojalata, echadoras de cartas, buhoneros, escribanos que te ponen tu nombre en letras árabes, pastelillos de almendras y piñones, malabares, zampoñeros y una recua de borricos para que los niños recorran el mercado.

Ya te digo: una atracción agradable por lo que tiene de novedoso y pasajero.

Al menos, eso es a lo que estábamos acostumbrados.

Pero este año no fue así. Y así os lo cuento.

Lo cierto es que las cosas fueron pasando poco a poco y apenas sin notarlo: desapareció primero "El Fornos" (el bar que hacía sólo unos meses que habían reabierto, restaurado), después fueron los semáforos, el asfalto de las calles, las aceras, las farolas, los coches, los anuncios de neón, el edificio de la Audiencia, el convento de las Siervas, el instituto de la plaza, el Colegio Leonés...

Sólo quedaron algunas casas bajitas, con huertos y con carros a la puerta, siguiendo un trazado irregular en este recinto cerrado de murallas y gentes, andando o a caballo, vestidos con jubones y con calzas, disfrutando de esta mañana soleada del otoño de este año del Señor de 1200 y contemplando, divertidos, el curioso espectáculo de este efímero "Mercado del Futuro" en el que algunos de nosotros, vestidos con disfraces de camisetas y vaqueros, ofrecemos a la venta juguetes de los chinos, novedades del "Top Manta", polos falsos de Lacoste y bolsos (casí auténticos) de Carolina Herrera.

.

02Oct, 2008

Casi un sueño

Escrito por: panchoflecha el 02 Oct 2008 - URL Permanente

.


Él tomó el tren en Oviedo con destino a Madrid. Ella se subió en León y ocupó el asiento de enfrente. Era joven y rubia. Parecía cansada. Se acurrucó con la sabiduría de una gata casera, subiéndose en cuello del chaquetón para sentirse arropada. Él la miraba dormir imaginando su nombre, sus gustos, los motivos de su viaje. Fantaseando que era él quien la esperaba en la estación de destino y que ella, confiada y risueña, se arrojaba en sus brazos. Tomarían un café en el bar de la Plaza de Oriente y después, tal vez la llevara hasta casa paseando despacio, besándola cada vez que, mimosa, le acercara la cara.

Por eso, cuando la vio desperezarse despacio y apearse al llegar a Medina del Campo, sintió, de repente, el dolor de quien rompe, de golpe, un largo noviazgo, media vida de amor y promesas que se van para siempre.

.

01Oct, 2008

El Paraiso Perdido

Escrito por: panchoflecha el 01 Oct 2008 - URL Permanente

.

A veces, cuando Adán vuelve del trabajo con sus cien mil penalidades, recuerda vagamente aquellos días del Sol y de la holganza en los que la mayor ocupación (mira por dónde) era hacer el amor con la parienta y poner nombre a los bichos y a las plantas.

No puede remediarlo. Le sube una especie de rabia que nubla, incluso, la nostalgía y dice, como le sale del alma:

¡Y todo por una puta manzana!.

.

30Sep, 2008

Noche de amor en el Hotel Monterrey

Escrito por: panchoflecha el 30 Sep 2008 - URL Permanente

El Sr. Castelló, viajante de material de corsetería de la prestigiosa firma "Hilaturas de la Viuda de Don Jacinto Montaner y Calvó", llegó a la jubilación con su pelo engominado, su traje gris marengo, su olor a "Varón Dandy", su maletín con las muestras del oficio (raso, satén y piel de ángel, aceros y ballenas, ojeteros y elásticos blancos, negros y salmón para ligueros), aquel aire lánguido y cansado que tanto gustaba a las mujeres y que había ensayado durante años, copiando a Humphrey Bogart y un montón de anécdotas recopiladas tras cuarenta años de hoteles y clientelas.

Aunque, de todas ellas, sin duda, la más celebrada era la que contaba que le había ocurrido en el Hotel Monterrey de Salamanca.

El Monterrey era ya un poco como su casa. Después de todos aquellos años de absoluta fidelidad como cliente, no necesitaba ni siquiera reservar:

-"Sr. Castelló, bienvenido a esta su casa. ¿Qué tal por Barcelona?. Por aquí, ya ve usted: resistiendo, como siempre. Tenga, la 225. ¿Le despertamos a las siete?".

Pero esta vez notó como un cierto nerviosismo en el conserje.

-"Ya ve usted, Don Javier, tendrá que disculpar. Tenemos un jaleo inmenso. La cosa de una Cumbre Extraordinaria de las Academias de la Lengua de todos los países de habla hispana. No se puede usted imaginar: esto es un Babel, hablando todos a gritos y a la vez. Siento tener que decirle que, ya ve usted, por primera vez no vamos a poder darle la 225, que la ocupa el Embajador de Costa Rica. Pero no se preocupe, ¡Estaría bueno!, que para usted siempre habrá un hueco, aunque alguien tenga que dormir en la escalera. Mire usted. Está libre la 418. Es pequeña, al lado del torreón. Recogida y silenciosa, aunque hoy, no sé qué decirle, porque la torre la tenemos reservada para una pareja de recién casados y ya sabe usted que aquí los muros no son todo lo discretos que debieran".

-"Bueno, bueno, no me importa. Comprenderá, Fermín, que después de todo un día conduciendo no creo que me enterara de nada aunque les diera por rebrincar junto encima de mi cama".

Pero allá por las tres de la mañana, aliviando la vejiga por la cosa de la próstata, le pareció escuchar los suspiros y quejidos de una moza, débiles y espaciados al principio, pero aumentando en el ritmo y en la urgencia.

Y quien lo iba a decir, después de tantos años, sólo, en medio de esta ciudad hermosa y mesetaria, sintió, como en la mili, la bravía llamada de la sangre entre las piernas.

Salió de aquello como pudo, imaginando las suertes eternas de la lidia entre los machos y las hembras. Y se durmió como un niño, rematada la faena.

Cuando cerraba la cuenta, con Fermín, por la mañana, como obligado a compartir con un amigo la experiencia, le dijo:

-"La habitación, bien, pero tenías razón, Fermín: ¡Qué poco discretos son los muros!. La pareja cumplió. Es más, puedes certificar, si es necesario, que el rito del matrimonio ha sido consumado".

-"No, Don Javier, que se equivoca: La pareja anuló por la noche la reserva. La habitación se la dimos, a última hora, a una pobre muchacha con un dolor de muelas y un flemón que daba pena.

.

29Sep, 2008

El mono enloquecido

Escrito por: panchoflecha el 29 Sep 2008 - URL Permanente

Según cuenta el Gran Libro de las Cosas, el primer acto humano, recién abandonado el jardín de las manzanas, fue el asesinato del primer hombre nacido, a manos de su hermano, por cuestiones de pastos y rebaños.

Hoy, apenas hace un rato, alguien, aquí cerca, ha degollado a su pareja sin razones aparentes, presa de un súbito arrebato

Después de tantos siglos, esta raza de simios asesinos apenas ha cambiado

28Sep, 2008

La milagrosa eficacia del Psicoanálisis

Escrito por: panchoflecha el 28 Sep 2008 - URL Permanente

Aquella "tristura" le acometió de repente. Fue una mezcla de flojera y de temor que le impedía enfrentase a la rutina cotidiana. Hasta levantarse de la cama se le presentaba como un acto de heroísmo insuperable. Le dijeron que era una especie de Depresión Endógena. Así lo llamaron. Pero no sé si los de casa llegaron a darle la consideración de enfermo o si lo tomaron como una ventolera caprichosa.

-"Flojera, puta flojera", decía su padre, orgulloso de haber sobrevivido a las miserias de posguerra.

-"Esta gente, que no ha tenido privaciones, que todo les ha venido antes de tiempo y a la mano no aguantan ni un estornudo. A la mina les mandaba yo a estos, con un cacho de hogaza y de tocino, a trabajar catorce horas y ya verías si acababan con todas estas mariconadas".

La madre lo tomó de otra manera: consideró que aquello, seguramente, era sólo que se le había apoderado la anemia por culpa de aquellos comistrajos que hacía últimamente y que esto lo curaba ella en un pis-pas con filetes de higado encebollado, vino quinado con dos yemas a eso del mediodía y buenos platos de lentejas con chorizo.

Pero pasó el tiempo y no fueron suficientes ni las arengas del padre ni los ponches de la madre.

Tuvieron que poner al chico en manos de un profesional. El Dr. Juan Augusto Rodríguez de Gualtari que. según les dijo con aquella voz profunda y melodiosa como un tango, casos mucho más desesperados había sacado él adelante en las lejanas tierras de su origen, aplicando el Psicoanálisis. Estaba en situación de asegurarles, por su honor, una rápida y total curación.

Y cumplió. Vaya si cumplió. Al menos en la parte sustancial, pues rápida, lo que se dice rápida, no fue. Fueron casi dos años de sesiones semanales, al principio, quincenales, después, a 100 Euros por sesión (que ya empezaban a pesar) sin notar ninguna mejoría.

Pero cuando ya casi habían perdido la esperanza, se produjo el milagro.

Una tarde, sería por abril, después de tres cuartos de hora tumbado en el diván, relatando los miedos y traumas de la infancia, cuando Ramiro se volvió a preguntar al Doctor si le entendía y descubrió que el experto dormía plácidamente recostado en su butaca, milagrosamente, se curó de inmediato.

26Sep, 2008

Educando a Tarzán

Escrito por: panchoflecha el 26 Sep 2008 - URL Permanente

.

EL FURIOSO TRAJÍN DEL PEREZOSO.

Todo el misterioso encanto de la jungla se hace especialmente intenso en los minutos previos a que estalle la tormenta.

Se para, de repente, el ruidoso gorjeo de los pájaros, el chillido nervioso de los monos, el viento en las copas de los árboles y un bochorno espeso y silencioso avanza reptando como el vaho enredado en el manglar.

Todo cesa de repente. El ir y venir, el revoloteo incesante de mosquitos y de insectos.

Sólo los bichos perezosos parecen despertar de repente y enfrascarse en empresas y trajines como si estuviera por llegar, de improviso, el fin del mundo.

Chita, con gesto de desprecio, observa con desdén el ajetreo:

-"Tarzán, hijo, no te dejes impresionar: el que tiene mucho que hacer es que, todavía, no lo ha hecho".

.

25Sep, 2008

El homenaje

Escrito por: panchoflecha el 25 Sep 2008 - URL Permanente

.

Estaban todos, la verdad: Joaquín, rodeado de todos sus becarios, orondo como un pavo real, diciendo las mismas estupideces de siempre y riendo, él solo, como siempre, de sus propias tonterías, que siempre había sido el público más agradecido de sus chistes de marquesas; Encarna, al lado de Cipriano, mirándole con aquella forma de embeleso que podría parecerle sinceramente pasional a quien no supiera, como él, que detrás de aquella entrega admirativa, se escondía el propósito interesado de sacarle, también, de la bragueta su apoyo en la próxima RPT para el puesto de Jefa de Sección; Pérez Sotomayor, que se aplicaba al lechazo con el mismo entusiasmo que había puesto en ir trepando a fuerza de codazos; Mari Paz, que nunca se sentaba al lado de Enrique, su marido, en los Consejos, diciendo en voz alta, como venganza o amenaza, aquello de que " del amo y el mulo, mientras más lejos más seguro"; Nati, que, ya ves, a pesar de los años, seguía estando resultona y ella lo sabía. Y el tonto de Bernardo.

Estaban todos, la verdad, que no faltaba nadie. Y él, Herminio Torices Villafañe, que había llegado a este momento después de 45 años detrás de la ciclostil (cuando existía) y de la fotocopiadora cuando pusieron la Rank Xerox. Cuarenta y cinco años, que se dicen bien y pronto.

- Herminio, 20 copias. Me las encuadernas y las subes rapidito que tienen que salir esta mañana.

Cuarenta y cinco años de verles a todos pasar hablando entre ellos sin fijarse en su presencia, como si fuera transparente. Ni un solo "¿Cómo estás, Herminio?, ni siquiera "Buenos días", ni "¿Qué tal las vacaciones?" o simplemente "joder, que frío hace esta mañana".

Nada, ya te digo, como si fuera transparente. Las penas, las alegrías y hasta esas cosas tontorronas de la puta rutina cotidiana, se las tragaba a solas, día tras día.

Sólo órdenes concretas:

- Te dije que en A3 y por las dos caras.  Joder, Herminio y para esto toda la mañana.


Pero hoy estaban todos, la verdad, que no faltaba nadie.  Hablando de sus cosas, como siempre.  Y él, sentado allí en la presidencia, al lado de Don Emilio, pero como si fuera transparente.

El caso es que el tarjetón lo decía claramente:

Restaurante El Racimo de Oro

Especialidad en Asados

Comida Homenaje a

Herminio Torices Villafañe

con motivo de su jubilación

Dirección Provincial de Educación

A los postres, cuando empezaban a servir ya los cafés, tomó la palabra, por su cuenta, Don Emilio.  Habló un poco de sí mismo, otro poco de la Dirección Provincial, que era, para él, una auténtica familia, bastante de sus éxitos de gestión y, sólo al final, como para justificar la presencia de Herminio aquí a su lado:

-Y ya veis.  Después de todo esto, el bueno de Herminio, que se nos va. Hubo unos aplausos rutinarios, mientras Encarna  seguía su charla acaramelada con Cipriano, Joaquín contaba, por milésima vez el chiste de la Marquesa y Pérez Sotomayor chupeteaba las chuletillas con la misma fruición que hubiera empleado en chuparle cualquier cosa al Consejero. Y, de repente, como había estado temiendo desde que le anunciaron la comida, Porfirio, el conserje, con la autoridad que le daba el ser Guardia Civil en la reserva, lo dijo como una órden:

- ¡Que hable Herminio!

Sintió, de pronto, unas ganas casi irresistibles de decir aquello que tantas veces había rumiado, sacarse aquella espina emponzoñada, compensar tantos años  de silencios displicentes.
Se puso en pie, abotonándose lentamente la chaqueta como para darse tiempo de poner en orden palabras y pensamientos.
Pero, al verles allí a todos (porque estaban todos, la verdad) le dió cierta cosa, como pena, porque, si vas a ver, ésta era la primera vez que parecían pedirle que dijera algo.
Y mintió
- Sabeis que soy corto de palabras, así que ¿qué voy a decir?, que muchas gracias por venir, que os echaré mucho de menos y que, como siempre, a vuestras órdenes.

Hubo unos aplausos rutinarios, mientras Encarna  seguía su charla acaramelada con Cipriano, Joaquín contaba, por milésima vez el chiste de la Marquesa y Pérez Sotomayor chupeteaba las chuletillas con la misma fruición que hubiera empleado en chuparle cualquier cosa al Consejero.
Y mintió.  Y se sorprendió por igual de lo fácil que resultaba mentir y de lo poco que a los demás les importaba.
.

24Sep, 2008

La rubia del Cine Mary

Escrito por: panchoflecha el 24 Sep 2008 - URL Permanente

Al otro lado del teléfono, su voz sonaba clara y urgente: 

-"Que van a tirar el Cine Mary". 
- "Voy ahora mismo". 

Haría por lo menos quince años que no habíamos coincidido, como suele pasar en las ciudades pequeñas de este reino en que parece necesario, pasado cierto tiempo, renovar las amistades para no sentirse agobiado saludando a todo el mundo. 
Eran las ocho de una mañana de agosto y sólo necesite estas breves palabras para tirarme de la cama. 
Mientras me vestía, a toda prisa, volvieron a mi memoria todos aquellos recuerdos que parecía que hacía años que habían quedado definitivamente sepultados. 

Las tardes de noviembre vividas en la penumbra luminosa de aquel cine, huyendo de las clases de Don Beta y soñando, siempre en vano, con rozar levemente la rodilla de alguna chica que acertase a sentarse a nuestro lado, mientras el vaquero infatigable emprendía aquel galope loco para fundirse, al llegar al horizonte, con el Sol y las montañas. 

Todas eran ahora, en el recuerdo, tardes lluviosas de noviembre con un lejano regusto de chicle y de tristeza. 

Los habituales de aquellas tardes de fuga éramos Ramón, Gustavo y yo. 

Ramón y yo habíamos sido amigos desde niños. Gustavo se unió después. Sin recordar muy bien cómo ni por qué. 
Íbamos juntos a todas partes. Compartíamos secretos inviolables de cosas intranscendentes que, sin embargo, jurábamos no contar a nadie. 

Aunque, para ser exactos, esto ocurría entre Ramón y yo. Gustavo fue siempre un misterio. Siempre a nuestro lado, siempre próximo y distante. Si lo pienso ahora, despacio, debo reconocer que apenas sabíamos nada de su mundo. Zanjaba cualquier pregunta con palabras escuetas o con gestos, como si le diera pereza contestar. 

Recuerdo aquel día en la Plaza del Ganado que se vió metido en medio de una trifulca monumental. Cuando le preguntamos: "¿Qué pasó, Gustavo, qué pasó?" contestó con desgana, como haciendo un esfuerzo sobrehumano: 

- "Nada. Se pegaban". 

Por eso nos llamó tanto la atención que aquel viernes nos asaltara en el recreo para decirnos que tenía que contarnos un secreto. 

El día anterior, Ramón y yo habíamos ido a jugar a los billares y Gustavo dijo que prefería ir al Cine, que ponían "¿Quién mató a Liberty Wallace?".

Al principio apenas entendíamos qué es lo que estaba contándonos. Parecía que en el cine una rubia se había sentado en la fila de delante y, al quitarse el abrigo, le había mirado y sonreído, que apenas se enteró de la película, pendiente como estaba de la rubia, y que al final le puso en la mano la entrada, en la que había escrito por detrás: 

"Te espero aquí, los jueves, a las cinco". 

Miramos con envidia aquella entrada, maldiciendo no haber sido nosotros los destinatarios de aquel lacónico mensaje. 

Pero algo parecía ensombrecer aquello que, a todas luces, era una suerte inesperada:

-"¿Estas bobo, Gustavo, o qué te pasa?" 

Nos contó que había salido detrás de ella y que le pareció que entraba en el portal del callejón. 

Al Cine Mary se entraba desde Ordoño a través de un callejón que formaba una antigua casona abandonada con huerto de chopos a la calle y unos huecos que habían sido cubiertos con trozos de hule simulando puertas y ventanas. 
Por eso mismo le dijimos que todo aquello era imposible. Incluso aquella tarde exploramos con él la casa del callejón. Al fondo del portal había una escalera de madera y todas las puertas de los pisos estaban clavadas con tablones.

No nos quiso escuchar. Se encerró cada día más en su secreto y acudía a la cita puntualmente cada jueves. 

Nunca más nos volvió a hablar de todo ello. 

Cuando llegó el verano nos dijo misterioso: 

- "A lo mejor tardamos en vernos. Me voy lejos. 

No le dimos importancia. Desde hacía algún tiempo disfrutaba dejando caer esas frases misteriosas. Sabíamos que se iría, como todos los años, con su tía, a una fonda de Perlora.

Pero al curso siguiente no volvió y, sin atrevernos a comentarlo abiertamente, buscábamos la excusa para pasar por delante de la casa al volver del instituto, mirando desde la otra acera las ventanas de hule por si podíamos descubrir algún indicio que aclarara aquel misterio. 

Por eso, al oír a Ramón a otro lado del teléfono anunciando con voz plana y urgente "que van a tirar el Cine Mary", me levanté con la conciencia de que, al fin, el misterio podría desvelarse. 

Cuando llegué encontré a Ramón apostado donde siempre, siguiendo las maniobras de excavadoras y camiones. 

-"Parece que van a empezar ahora por la casa". 

Entre nubes de polvo vimos caer la escalera, las puertas de los pisos, los hules que ocultaban cascotes de ladrillos. Nada. Polvo y ruina. Y unas cajas de papeles entre los que Ramón quiso ver, por un instante, el cuaderno de griego de Gustavo.

-"No te esfuerces, Ramón, que no era nada; que, a veces, los ojos nos hacen ver lo que esperamos". 

Nos despedimos con un confuso "te llamo un día de estos y comemos".

Han pasado otros diez años y, seguramente, lo habría ya olvidado si no fuera porque ayer, en un bingo que han puesto donde el cine, una rubia, al pasar junto a mi mesa, mirándome a los ojos, me dejó un cartón donde había escrito: "Te espero aquí, los jueves, a las cinco". 

¿Quién digo ser?

Aparento ser (como se ve) un animal con caracteres secundarios de varón, de raza humana, sin rasgos ni marcas que me hagan muy diferente a otros individuos de la especie y con el deterioro propio de la edad.

Tags

Fans

  • Servando Pérez Domínguez

Ídolos

Suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):