25Sep, 2008

El homenaje

Escrito por: panchoflecha el 25 Sep 2008 - URL Permanente

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Estaban todos, la verdad: Joaquín, rodeado de todos sus becarios, orondo como un pavo real, diciendo las mismas estupideces de siempre y riendo, él solo, como siempre, de sus propias tonterías, que siempre había sido el público más agradecido de sus chistes de marquesas; Encarna, al lado de Cipriano, mirándole con aquella forma de embeleso que podría parecerle sinceramente pasional a quien no supiera, como él, que detrás de aquella entrega admirativa, se escondía el propósito interesado de sacarle, también, de la bragueta su apoyo en la próxima RPT para el puesto de Jefa de Sección; Pérez Sotomayor, que se aplicaba al lechazo con el mismo entusiasmo que había puesto en ir trepando a fuerza de codazos; Mari Paz, que nunca se sentaba al lado de Enrique, su marido, en los Consejos, diciendo en voz alta, como venganza o amenaza, aquello de que " del amo y el mulo, mientras más lejos más seguro"; Nati, que, ya ves, a pesar de los años, seguía estando resultona y ella lo sabía. Y el tonto de Bernardo.

Estaban todos, la verdad, que no faltaba nadie. Y él, Herminio Torices Villafañe, que había llegado a este momento después de 45 años detrás de la ciclostil (cuando existía) y de la fotocopiadora cuando pusieron la Rank Xerox. Cuarenta y cinco años, que se dicen bien y pronto.

- Herminio, 20 copias. Me las encuadernas y las subes rapidito que tienen que salir esta mañana.

Cuarenta y cinco años de verles a todos pasar hablando entre ellos sin fijarse en su presencia, como si fuera transparente. Ni un solo "¿Cómo estás, Herminio?, ni siquiera "Buenos días", ni "¿Qué tal las vacaciones?" o simplemente "joder, que frío hace esta mañana".

Nada, ya te digo, como si fuera transparente. Las penas, las alegrías y hasta esas cosas tontorronas de la puta rutina cotidiana, se las tragaba a solas, día tras día.

Sólo órdenes concretas:

- Te dije que en A3 y por las dos caras.  Joder, Herminio y para esto toda la mañana.


Pero hoy estaban todos, la verdad, que no faltaba nadie.  Hablando de sus cosas, como siempre.  Y él, sentado allí en la presidencia, al lado de Don Emilio, pero como si fuera transparente.

El caso es que el tarjetón lo decía claramente:

Restaurante El Racimo de Oro

Especialidad en Asados

Comida Homenaje a

Herminio Torices Villafañe

con motivo de su jubilación

Dirección Provincial de Educación

A los postres, cuando empezaban a servir ya los cafés, tomó la palabra, por su cuenta, Don Emilio.  Habló un poco de sí mismo, otro poco de la Dirección Provincial, que era, para él, una auténtica familia, bastante de sus éxitos de gestión y, sólo al final, como para justificar la presencia de Herminio aquí a su lado:

-Y ya veis.  Después de todo esto, el bueno de Herminio, que se nos va. Hubo unos aplausos rutinarios, mientras Encarna  seguía su charla acaramelada con Cipriano, Joaquín contaba, por milésima vez el chiste de la Marquesa y Pérez Sotomayor chupeteaba las chuletillas con la misma fruición que hubiera empleado en chuparle cualquier cosa al Consejero. Y, de repente, como había estado temiendo desde que le anunciaron la comida, Porfirio, el conserje, con la autoridad que le daba el ser Guardia Civil en la reserva, lo dijo como una órden:

- ¡Que hable Herminio!

Sintió, de pronto, unas ganas casi irresistibles de decir aquello que tantas veces había rumiado, sacarse aquella espina emponzoñada, compensar tantos años  de silencios displicentes.
Se puso en pie, abotonándose lentamente la chaqueta como para darse tiempo de poner en orden palabras y pensamientos.
Pero, al verles allí a todos (porque estaban todos, la verdad) le dió cierta cosa, como pena, porque, si vas a ver, ésta era la primera vez que parecían pedirle que dijera algo.
Y mintió
- Sabeis que soy corto de palabras, así que ¿qué voy a decir?, que muchas gracias por venir, que os echaré mucho de menos y que, como siempre, a vuestras órdenes.

Hubo unos aplausos rutinarios, mientras Encarna  seguía su charla acaramelada con Cipriano, Joaquín contaba, por milésima vez el chiste de la Marquesa y Pérez Sotomayor chupeteaba las chuletillas con la misma fruición que hubiera empleado en chuparle cualquier cosa al Consejero.
Y mintió.  Y se sorprendió por igual de lo fácil que resultaba mentir y de lo poco que a los demás les importaba.
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21Sep, 2008

Barrio Chino

Escrito por: panchoflecha el 21 Sep 2008 - URL Permanente

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Lo cierto es que Juan Antonio, natural de Zambroncinos y conductor de autobuses de "La Paramesa, SL", que hacía a diario la línea León-Valcabado, con domicilio en la calle Tres Mitras de la capital, casado con Celestina y padre feliz de tres hijos (dos niñas y un niño) y que los domingos y festivos, cuando libraba, solía completar sueldo y jornada con alguna excursión del Inserso a Portugal, El Escorial, Salamanca o Santiago, era, dicho sea con todo el respeto para él y sus deudos, un poco corto de luces y ligeramente gangoso, por añadidura.

Estas dos circunstancias, que tampoco es para tanto, le hacían el blanco de rechiflas y cuchufletas en los corrillos de conductores a la espera de la vuelta después de que la tropa de chavales hubiera ganado el jubileo y trotado por las rúas y los bares.

En una de éstas, contaba Juan Antonio su último viaje a Barcelona cuando, buscando un sitio para tomar un bocadillo, se encontró, de pronto, en pleno fragor del Barrio Chino

- Y ¿qué había, Juan Antonio?
- Putas, muchas putas.
- ¿Putas?, ¿Qué es eso, Juan Antonio. Pero, ¿qué es una puta?.
- Hombre, hombre, no me jodas ¿Qué va a ser? Pues una mujer como la tuya.

Y es que, como suele ocurrir, a veces, también él, soltaba verdades como puños.

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17Sep, 2008

La Dinamita

Escrito por: panchoflecha el 17 Sep 2008 - URL Permanente

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Cuando la Diputación Provincial se decidió, por fin, a abrir la carretera nueva que nos permitiera acabar con el largo aislamiento del invierno, que veníamos sufriendo desde Adán los habitantes de aquel pueblo de los Picos de Europa al que dieron en ponerle de nombre, como una maldición, el de "Caín", el valle se llenó del estrépito que producía la dinamita en su intento de terminar con aquellas angosturas de los riscos.

Volaban los cascotes, en medio de una espesa polvareda, y el eco arrastraba por las peñas, repetido como una letanía, aquel estruendo, ronco y redondo como los cantos pulidos del Río Cares.

Alipio, el de la Venta, con la vista clavada en los desmontes, repetía sentencioso, como quien ha llegado a un radical descubrimiento:

- Está visto que, para hacer daño, después de Dios no hay nada como la dinamita.

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11Sep, 2008

Tere Chacón

Escrito por: panchoflecha el 11 Sep 2008 - URL Permanente

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Cuando se veía reflejada en el espejo en el ritual cotidiano del Rimmel y el maquillaje, Tere Chacón sentía una confortable sensación de "sentirse a gusto en su piel".

Había superado ampliamente aquella edad tonta en que una hace locuras por amores y había entrado en esa etapa de la vida en la que todavía no son escandalosos los desperfectos de la chapa y la pintura y el proceso de restauración sólo exige pequeños retoques: un maquillaje generoso, un rifirrafe de laca y algún brochazo aquí y allá.

Bueno, sin olvidar los masajes, la sauna y el Pilates donde Aitana, el cafetito de la tarde en los salones del Quindós, las partiditas del Bridge y la Canasta los jueves del Aero y, eso sí, los viajecitos que no falten: en otoño al balneario, en primavera, algún circuito corto por esas ciudades tan monas europeas (Viena-Praga-Budapest, un suponer) y en verano, como siempre, al Sardinero (en Julio o en Septiembre, que en Agosto se llena de paletos).

Con todo esto, apenas recordaba que allá, cuando era joven, había estado casada. Fue una tontuna, la verdad: ella recién terminados los estudios de Contabilidad en la Escuela Pericial y él un guapo mozo que conoció una tarde de jueves en el baile del Club Radio y que la encandiló con su planta agitanada y su presentación como industrial hostelero. Después resultó que era un bar lo que tenía en el barrio San Esteban.

En fin, se veía venir desde el principio. Aquello duró lo que dura un desengaño. Pongamos que año y medio que, la verdad, ya casi ni me acuerdo.

Por eso, cuendo en aquellas tertulias femeninas de la tarde, alguien comenzaba a quejarse de las cosas de los hombres, de la esclavitud de la casa, de la cadena perpetua que venía a ser el matrimonio, ella se mantenía como ausente y sólo acertaba a decir, como una excusa:
-Yo, hijas, del matrimonio no puedo hablar, porque como me salió mal...

Y después de un momento de silencio, como quien hace un balance improvisado y como en una consideración para ella sola, entre dientes, remataba:

-¡Aunque si me sale bien, me amuela!.

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31Ago, 2008

La visita del obispo

Escrito por: panchoflecha el 31 Ago 2008 - URL Permanente

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Nadie supo romper aquel silencio torvo y denso, enmarañado de rencores centenarios, conocidos por todos aunque nadie hubiera dicho nunca nada.

Nadie quiso empañar el dulce sabor de la venganza de aquel minuto interminable que compensaba, de golpe, veinte años de desdenes.

Sólo el obispo, sólo él parecía, al mismo tiempo, ajeno y necesario, en aquel cuadro intemporal de miserias orgullosas.

Y lo cierto es que todo ocurrió en un instante imprevisible, como llegan las tormentas a los pueblos de La Nava.

Desde hacía treinta años no se había visto por el pueblo ningún cura forastero, si se quitaba el fraile capuchino que vino una vez por la fiesta de San Blas y el hijo de Evaristo, que estuvo un verano de hace tiempo a curarse de unas fiebres que había cogido con los indios. Pero aquello, como es lógico, no tenía nada que ver. Aunque alguien había dicho que al hijo de Evaristo, en el convento, le llamaban Fray Pedro de la Nava , en el pueblo seguía siendo Doro el de Evaristo o, si me obligan, Doro "El Calentín", como habían llamado a su abuelo, a su padre y sus hermanos.
Pero un obispo, lo que se dice un obispo, nadie había oído que hubiera pasado ninguno jamás por la comarca.

Don Raimundo había anunciado su visita en la misa del domingo. Era lo único nuevo y sorprendente que había dicho en quince años. Por eso, tal vez, tardaron un momento en comprenderlo, distraídos, como siempre, en un sermón de milagros y reproches.
Parecía que el obispo quería hacer un recorrido por los pueblos de La Nava: Quintanilla y San Adrián, por la mañana; Pobladura y Las Barreras, por la tarde. Por eso, les pedía que estuvieran reunidos el jueves, a las cinco, en los portales de la iglesia.

Y el jueves, a las cinco, fueron llegando, silenciosos como tordos, los nueve vecinos que aún poblaban, por entonces, Las Barreras de La Nava.

Fueron llegando poco a poco. Ocuparon su puesto en el poyo de la entrada y esperaron, resignados, sin pasión y sin temor, como se espera el verano o las desgracias.

Y llegó el obispo al fin, como llega el verano, tarde y seco, sin mirar a los ojos, repartiendo bendiciones, pretendiendo derretir, con su presencia, las últimas heladas del invierno.

Y dijo no se qué de la paz en las aldeas, del trabajo, las cosechas y la pureza del aire y las costumbres.

Pero nada parecía suficiente para romper el silencio de los fieles.

Y fue entonces cuando dijo, inconsciente, aquello que, sin duda, se habrá reprochado, desde entonces, tantas veces:

-"Siendo ustedes tan pocos, se querrán como una auténtica familia"

Fue aquella la primera señal de la tormenta, el primer trueno que estremece las majadas en las tardes de septiembre.

Y después ya todo fue imparable, imprevisible como el odio y el granizo.

-"Dígaselo a este, que ha movido los mojones de las tierras"
-"¿Y tú?, que te has quedado con la herencia de tu hermana..."

Se levantó el vendaval de los rencores, la sorda acusación de las injurias, el turbio manantial de las envidias, la venganza primitiva del insulto, el desprecio y el silencio.

Creció y creció la espiral, como crecen al deshielo, las aguas desbordadas de la presa hasta que sonó, como un bálsamo, la voz de Atilano, el cantinero:

- ¡"Callaros, hostia, que está aquí el Señor Obispo"

Y estalló, como dije, el estruendoso silencio de un minuto interminable y cuando el coche del obispo se perdió entre el polvo tras la vuelta del camino de la ermita, quise ver una sonrisa en algún rostro impenetrable.

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24Jul, 2008

Accidente doméstico

Escrito por: panchoflecha el 24 Jul 2008 - URL Permanente

Ya lo dijo, por entonces, si recuerdas, Melquiades, el gitano de barba montaraz y manos de gorrión, cuando vino a Macondo con sus fierros imantados:
"las cosas tienen vida propia. Todo es cuestión de despertarles el ánima"
También en esto tuvo razon, como siempre; y ahora lo atestigua lo ocurrido con Antonio.

Antonio Valladares, soltero, de 42 años, apareció muerto por asfixia esta mañana, a causa, al parecer, del humo producido en su apartamento por un cortocircuito.

El enchufe del televisor, con un chispazo, produjo el fuego en las cortinas.

Un accidente casual, como otros tantos, a no ser por el inquietante mensaje que parpadeaba todavía en la página inicial del teletexto de la tele de plasma de la sala:

"Tuve que hacerlo. Hacía quince días, por lo menos que, con la excusa de que quería desintoxicarse, el muy cabrón, ni siquiera me encendía".

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09Jul, 2008

Hombre mínimo.

Escrito por: panchoflecha el 09 Jul 2008 - URL Permanente

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Los años, tal vez, y algo de experiencia en el oficio, me han llevado al convencimiento de que no se consigue un buen relato narrando detalladamente las sucesivas e interminables desgracias del protagonista, que va languideciendo lentamente a lo largo de la historia. Y si, además, soporta las desgracias con una sonrisa bobalicona, peor aún.

Que yo sepa, eso sólo ha funcionado cuando Voltaire escribió "Cándido". Pero Voltaire era Voltaire y, además, la cosa tenía, al parecer, segundas intenciones.

Por eso sólo diré que Afrodisio Buenaventura (que, mira tú, que también acertaron con el nombre) fue, desde el mismo instante en que fue arrojado prematuramente en este mundo, un auténtico desgraciado. Sin paliativos. Fue caminando de desgracia en desgracia, de desdicha en desdicha, de fracaso en fracaso.

Más que crecer, como el resto de la gente, parecía ir consumiéndose por dentro, mermando y encogiendo. Quedándose en nada. Ni siquiera en la apariencia.

Y esto explica ( o me parece) que, cuando, por poner fin a todo aquello, en el único acto voluntaria y libremente decidido, se arrojó al vacío desde el alto viaducto, carente como estaba de peso y envergadura, se desvaneció, como pompa de jabón, en el aire pesado y bochornoso de Madrid.

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03Jul, 2008

Educando a Tarzán (15)

Escrito por: panchoflecha el 03 Jul 2008 - URL Permanente

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Cuando Chita tuvo ante sí el dibujo a la acuarela de Harold Foster, el "fotógrafo" oficial de Tarzán ( o el "Tarzan's uncle", como le gustaba llamarse), sufrió una especie de sofoco involuntario al observar la ambigua apariencia del pupilo, con aquel tanga ajustado de leopardo y las piernas sabiamente cruzadas cual si fuera una modelo posando para el VOGUE.

Pero se sobrepuso de inmediato:

-Tarzán, hijo, por lo visto han sido superados los rígidos vientos victorianos: ¡Puedes ya salir, sin miedo, del armario!

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18Jun, 2008

Desengaño en la charca.

Escrito por: panchoflecha el 18 Jun 2008 - URL Permanente

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boomp3.com

No se por qué, la verdad, aquella tarde de agosto sentí de pronto el irrefrenable deseo de besar al sapo de mirada lánguida, amorosa, tierna y pasional que cada tarde seguía ensimismado cada uno de mis movimientos cuando bajaba al estanque a leer aquellos cuentos de princesas mientras me refrescaba chapoteando con los pies en el agua.

El caso es que cuando se me posó en el brazo, como digo, con aquella mirada lángida, amorosa, tierna y pasional, sin saber porqué ni cómo, le bese. Y por el eterno sortilegio de los cuentos, me convertí de inmediato en una rana oronda y regordeta. El sapo sorprendido, tal vez, y enamorado, al parecer, me ofreció amor eterno y compartir con él el trono de la charca.

Promesas no cumplidas, desde luego, que después de haberme seducido (y con la excusa torpemente urdida de que el Frente de Liberación de las Ranas había declarado la república) decidió poner tierra por medio y esconderse para siempre en otra charca.

Y ahora, ya lo veis, aquí estoy seducida y abandonada, sola para siempre y para siempre rana, maldiciendo los cuentos de princesas, los estanques del jardín y los sapos mentirosos de mirada tierna y lánguida.

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16Jun, 2008

Educando a Tarzán (13)

Escrito por: panchoflecha el 16 Jun 2008 - URL Permanente

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boomp3.com

Quién lo iba a decir. La selva, es bien sabido, siempre había sido un lugar deliciosamente animal y bien estructurado, sometido únicamente a la ley inexorable, original e indiscutible del instinto primitivo.

Los papeles estaban perfectamente diseñados y no cabían discusiones: el león se comía tranquilamente a las gacelas sin ningún remordimiento, la mantis religiosa se zampaba al compañero de jolgorio, después del refocile, del modo en que los humanos, después de consumado el ejercicio, se fuman un cigarro.

Y así sucesivamente. Los ejemplos podrían ser infinitos.

Pero después vinieron misioneros y políticos y la cosa se fue amariconando. Y se hizo popular la odiosa frase "todas las opiniones son igualmente rfespetables".

Cuando Chita escuchaba la sentencia se le subía la sangre a la cabeza y advertía a Tarzán, para que no cayera, también él, en el engaño:

-"Mira, Tarzán, hijo: lo que debe respetarse es el derecho a opinar, pero jamás por igual el resultado. Hay opiniones, como esa que defiende la sentencia, que resultan ingenuas o mal intencionadas".

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¿Quién digo ser?

Aparento ser (como se ve) un animal con caracteres secundarios de varón, de raza humana, sin rasgos ni marcas que me hagan muy diferente a otros individuos de la especie y con el deterioro propio de la edad.

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