21 Jun 2009

La rubia del Cine Mary

Escrito por: panchoflecha el 21 Jun 2009 - URL Permanente

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Versión narrada

Versión escrita.

Al otro lado del teléfono, su voz sonaba clara y urgente:

-"Que van a tirar el Cine Mary".
- "Voy ahora mismo".

Haría por lo menos quince años que no habíamos coincidido, como suele pasar en las ciudades pequeñas de este reino en que parece necesario, pasado cierto tiempo, renovar las amistades para no sentirse agobiado saludando a todo el mundo.
Eran las ocho de una mañana de un día cualquiera de agosto y sólo necesite estas breves palabras para tirarme de la cama.
Mientras me vestía, a toda prisa, volvieron a mi memoria todos aquellos recuerdos que parecía que hacía años que habían quedado definitivamente sepultados.

Las tardes de noviembre vividas en la penumbra luminosa de aquel cine, huyendo de las clases de Don Beta y soñando, siempre en vano, con rozar levemente la rodilla de alguna chica que acertase a sentarse a nuestro lado, mientras el vaquero infatigable emprendía aquel galope loco para fundirse, al llegar al horizonte, con el Sol y las montañas.

Todas eran ahora, en el recuerdo, tardes lluviosas de noviembre con un lejano regusto de chicle y de tristeza.

Los habituales de aquellas tardes de fuga éramos Ramón, Gustavo y yo.

Ramón y yo habíamos sido amigos desde niños. Gustavo se unió después. Sin recordar muy bien cómo ni por qué.
Íbamos juntos a todas partes. Compartíamos secretos inviolables de cosas intranscendentes que, sin embargo, jurábamos no contar a nadie.

Aunque, para ser exactos, esto ocurría entre Ramón y yo. Gustavo fue siempre un misterio. Siempre a nuestro lado, siempre próximo y distante. Si lo pienso ahora, despacio, debo reconocer que apenas sabíamos nada de su mundo. Zanjaba cualquier pregunta con palabras escuetas o con gestos, como si le diera pereza contestar.

Recuerdo aquel día en la Plaza del Ganado que se vió metido en medio de una trifulca monumental. Cuando le preguntamos: "¿Qué pasó, Gustavo, qué pasó?" contestó con desgana, como haciendo un esfuerzo sobrehumano:

- "Nada. Se pegaban".

Por eso nos llamó tanto la atención que aquel viernes nos asaltara en el recreo para decirnos que tenía que contarnos un secreto.

El día anterior, Ramón y yo habíamos ido a jugar a los billares y Gustavo dijo que prefería ir al Cine, que ponían "El hombre que mató a Liberty Valance".

Al principio apenas entendíamos qué es lo que estaba contándonos. Parecía que en el cine una rubia se había sentado en la fila de delante y, al quitarse el abrigo, le había mirado y sonreído, que apenas se enteró de la película, pendiente como estaba de la rubia, y que al final le puso en la mano la entrada, en la que había escrito por detrás:

"Te espero aquí, los jueves, a las cinco".

Miramos con envidia aquella entrada, maldiciendo no haber sido nosotros los destinatarios de aquel lacónico mensaje.

Pero algo parecía ensombrecer aquello que, a todas luces, era una suerte inesperada:

-"¿Estas bobo, Gustavo, o qué te pasa?"

Nos contó que había salido detrás de ella y que le pareció que entraba en el portal del callejón.

Al Cine Mary se entraba desde Ordoño a través de un callejón que formaba una antigua casona abandonada con torreón, chimeneas y buhardillas, huerto de chopos a la calle y unos huecos que habían sido cubiertos con trozos de hule simulando puertas y ventanas.
Por eso mismo le dijimos que todo aquello era imposible. Incluso aquella tarde exploramos con él la casa del callejón. Al fondo del portal había una escalera de madera y todas las puertas de los pisos estaban clavadas con tablones.

No nos quiso escuchar. Se encerró cada día más en su secreto y acudía a la cita puntualmente cada jueves.

Nunca más nos volvió a hablar de todo ello.

Cuando llegó el verano nos dijo misterioso:

- "A lo mejor tardamos en vernos. Me voy lejos.

No le dimos importancia. Desde hacía algún tiempo disfrutaba dejando caer esas frases misteriosas. Sabíamos que se iría, como todos los años, con su tía, a una fonda de Perlora.

Pero al curso siguiente no volvió y, sin atrevernos a comentarlo abiertamente, buscábamos la excusa para pasar por delante de la casa al volver del instituto, mirando desde la otra acera las ventanas de hule por si podíamos descubrir algún indicio que aclarara aquel misterio.

Por eso, al oír a Ramón a otro lado del teléfono anunciando con voz plana y urgente "que van a tirar el Cine Mary", me levanté con la conciencia de que, al fin, el misterio podría desvelarse.

Cuando llegué encontré a Ramón apostado donde siempre, siguiendo las maniobras de excavadoras y camiones.

-"Parece que van a empezar ahora por la casa".

Entre nubes de polvo vimos caer la escalera, las puertas de los pisos, los hules que ocultaban cascotes de ladrillos. Nada. Polvo y ruina. Y unas cajas de papeles entre los que Ramón quiso ver, por un instante, el cuaderno de griego de Gustavo.

-"No te esfuerces, Ramón, que no era nada; que, a veces, los ojos nos hacen ver lo que esperamos".

Nos despedimos con un confuso "te llamo un día de estos y comemos".

Han pasado otros diez años y, seguramente, lo habría ya olvidado si no fuera porque ayer, en un bingo que han puesto donde el cine, una rubia, al pasar junto a mi mesa, mirándome a los ojos, me dejó un cartón donde había escrito: "Te espero aquí, los jueves, a las cinco".

Publicado en FRANCISCO FLECHA, El vuelo del milano, León, Celarayn, 2006

17 Jun 2009

Doce leoneses en Madrid

Escrito por: panchoflecha el 17 Jun 2009 - URL Permanente

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Félix de la Concha ha realizado un experimento entrañable: pintar "alla prima", en una única sesión, a doce leoneses mientras charlaba con ellos (maestros, amigos, y alguno que comparte los propios apellidos).

Aquí se ofrece el resultado (en dos partes) de lo que se ha llamado "Doce leoneses en Madrid"

También esto es una crónica de este Reino Menguante

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14 Jun 2009

Los primos de la Argentina

Escrito por: panchoflecha el 14 Jun 2009 - URL Permanente

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Versión narrada

Versión escrita

No se le ocurría otra razón para explicar el moderno despego de la gente como no fuera echarles la culpa a los americanos, que así como algunos pensaban que todo lo bueno nos ha venido de América, otros, los rojos, mayormente, les atribuían, con igual saña y candor, la enciclopedia completa de todos los males.

La cosa es que aquí nunca se vio que alguien, llegado a la mocedad, se fuera a mil kilómetros de distancia (ellos dicen millas, que lo cantan: "Five hundred miles, five hundred miles..."), de Cleveland, Ohio a Denver, Colorado, un suponer, y no volviera a ver jamás a la familia, por mucho que le entrara la murria pensando en la cinta amarilla que colgó en el viejo roble con la promesa de volver y traerle a la llorosa Mary Jo lo que allí llaman un "wedding ring", que a saber lo que será.

Pues no señor, no, dónde vas a parar. Que cuando aquí la gente, empujada por la hambruna y la avaricia de la tierra, se marchaba al fin del mundo, pon que a Cuba o la Argentina, seguían unidos (ellos, los hijos y sus nietos) al pueblín y a los parientes que habían dejado por aquí.

Al menos, él hablaba por los suyos, porque yo, la verdad, no podía decir lo mismo, que el tío Felicísimo, el hermano del abuelo, se fue para Argentina y hasta hoy, que no hemos vuelto a saber si vive o pena.

Pero en su caso, no, que los tíos Porfirio y Adelaida se fueron para la Pampa en 1924 y, a pesar de los apuros (que pasarlos, los pasaron), la distancia y los años transcurridos, nunca faltaron por Navidad, según decía, los paquetes en ambas direcciones con cartas, las fotos de los niños y los dulces de la tierra: capias, alfajores, pellizcos de Quequén, garrapiñadas venían de la Argentina y para allá, en igual correspondencia, se mandaban turrones, polvorones, peladillas, tarta de trucha y nicanores de Boñar.

Y así, año tras año, como un encargo religioso que pasó fielmente de los padres a los hijos.

El contenido sólo cambió el año aquel en que, a las golosinas de los años anteriores, les acompañó una cosa como ánfora de lata, llena de un polvillo ceniciento que, después de mucho suponer, los parientes de esta parte de la historia interpretaron que sería, seguramente, eso que los argentinos llaman "mate" y que lo toman con la misma devoción y el entusiasmo con el que en el pueblo se toma el carajillo.

Pero bien se ve que las cosas, muchas veces, sólo gustan si te has criado con ellas desde niño, que rara vez se aficiona uno, de grande, a novedades. Pues (dicho sea sin ánimo de ofender), aquello era un brebaje un poco insípido y, la verdad, algo dificil de tragar. Pero, por no desairar y hacer desprecio del regalo, a trancas y a barrancas, lo fueron terminando.

Y, justo al terminar con aquel sufrido ritual de la amistad agradecida, llegó de la Argentina aquella carta que decía:

- Queridos primos: como habeis podido ver, os enviamos, en un ánfora, las cenizas de la tía que siempre quiso volver y decansar en los praos de La Mesona donde pasó, según decía, las tardes más felices de su infancia

06 Jun 2009

El tranvía de Avilés

Escrito por: panchoflecha el 06 Jun 2009 - URL Permanente

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Versión narrada

Versión escrita

Los habitantes (menguantes, también ellos) de este reino cuyas crónicas escribo han sentido, desde siempre, por algún atavismo que no alcanzo a comprender, una especial simpatía hacia la gente que viene a secarse desde Asturias.

Asturias es ese otro reino primigenio donde fuimos lo que somos cuando, como dije, los osos andaban por los montes acechando y dejándose acechar por reyes y señores.

De Asturias nos vino el Roxu Xoan de Cova (Juan Campal, quiero decir, para qué andar con más rodeos), con alma de niño y hechuras de Conde de Bocamar, recién estrenado el traje y la apariencia que quería vestir de grande. Desde entonces, que ya hace, ha ido sembrando en estos praos la vida, la esperanza y algunas historias de mujeres y magnolios. Y en momentos de murria y confianza le habló al cronista de Cova y de esta historia jugosa de mozas y tranvías.

Pues la cosa es que, por entonces, cuando Avilés era todavía una ciudad tranquila y señorial, cuando aún no se habían ennegrecido pulmones y placentas con los humos de ENSIDESA, cuando sólo la habitaban “los de siempre”, pues que aún no había “coreanos”, cuando los indianos construyeron sus villas con palmeras en la Calle de la Cámara, en la Plaza de las Aceñas, en la Calle de San Francisco, en la “colonia” de Villalegre; por entonces, cuando empezó en aquellas tierras “lo moderno”, la “Compañía del Tranvía Eléctrico de Avilés” abrió la línea de “Avilés a Salinas y viceversa”.

Aquello alivió enormemente las largas tardes de domingos en Agosto, repartidas entre siestas silenciosas, aguantando la calora y paseos rutinarios por las calles de Galiana y de Rivero.

Era un viaje pausado, flanqueando la carretera de la ría, los pinares, la línea de la costa y algunas casas de indianos. Suficiente. Hasta los confines de aquello tan cercano.

Cova y Leo tomaron el tranvía alguno de aquellos domingos del Agosto y se enfrascaron en una larga y cómplice retahíla de susurros y sonrisas amagadas. Pequeñas confidencias y secretos de dos mozas casaderas, que parece que se hacen más abiertas cuando cambia el paisaje y se evitan las miradas más cercanas.
Y así llegaron a Salinas y el tranviario, tocando la campana las avisó que debían apearse, que aquello era el final del viaje.

Y fue entonces cuando Cova le dijo solemnemente aquello que quedó como herencia familiar:

- “No, no, perdone. Nosotras vamos a viceversa”.

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30 May 2009

Si esto fuera Macondo o, al menos, un pueblo con palmeras...

Escrito por: panchoflecha el 30 May 2009 - URL Permanente

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Versión narrada

Versión escrita

No nos conoció o no quiso conocernos ¿Quién lo sabe? Estaba allí sentada en un banco del jardín, mirando fijamente las palmeras que adornaban aquella casa del indiano que la Diputación había convertido en Sanatorio Psiquiátrico (Aunque alguien había decidido llamarla con el nombre , pretendidamente más piadoso, de "Casa de reposo El Nuevo Mundo").

Habíamos ido a verla, por encargo, Valladares, Aparicio, la mujer de Juan Antonio y yo mismo. De todas formas, no podíamos decir que no nos lo habían advertido:

-"No habla con nadie. Está tan ausente como si estuviera en otro mundo. Sólo fuma y escribe historias inconexas de palmeras"..

A la vuelta, en el coche, se fueron reavivando los recuerdos de aquellos años primeros de Interinos en el nuevo Instituto Femenino de esa pequeña ciudad que se ve desde la Nava.
Por entonces, ella lo decía lentamente, como si fuera un reproche, una enorme injusticia que le cerraba de golpe y sin razón las puertas de la gloria:

-"Si esto fuera Macondo o, al menos un pueblo con palmeras sería muy fácil escribir historias redondas de cualquier familia, porque, después de todo ¿Qué tenían de especial esos Buendía?"
Pero esto era sólo una pequeña y pueblerina ciudad de provincias donde todo era anodino: los compañeros de Instituto, que vivían en las casas de los pueblos como si fueran labradores o albañiles y que ocupaban la mesa de la Sala de Profesores con cestos de mimbre con letreros tan groseros como era de esperar, advirtiendo "No me toqueis los huevos". Como eran anodinas las horas de las guardias o el tiempo que esperaba a que Juan Antonio se decidiera a salir de clase o advirtiera, cosa que dudaba, que ella llevaba esperando diez minutos. Le exasperaba hasta la nausea la impuntualidad y esa manía profesional de llamar a la gente por sus apellidos:

-"Buenos días, Aparicio, que me ha dicho Santamarta que Flórez está enfermo"

Aunque, a decir verdad, no sabría decir si no odiaba aún más que la llamaran con la familiaridad que nunca les había dispensado:

-"¿Qué pasa, Menchu ?, ¿También tienes Nocturno?"

Como era anodina la gente de la calle y, sobre todo, aquella librería de allí enfrente, regentada por un padre y una hija que el tiempo parecía haber hecho coetáneos y hombrunos por igual, encerrados incluso los domingos en aquel viejo local en el que sólo vendían mapas mudos pero que, a veces, parecía que no querían vender ni siquiera aquellas cosas, que lo querían solamente para ellos, para tener la excusa de acudir cada mañana. Tal parecía la ambición de soledad, que habían empapelado la puerta y las vitrinas interiores del escaparate con carteles defendiendo a los perros y al idioma de la tierra. Con todo ello, era difícil saber si había alguien dentro y ver, incluso, el letrero tallado en el cristal que decía, desde hacía, al menos, treinta años "Sastrería Ordás", en recuerdo, tal vez de un antiguo negocio de otros tiempos.

Eran gentes y vidas anodinas que no aguantaban siquiera el ejercicio de una redacción de los de COU.

-Si esto fuera Macondo, otro gallo cantaría.

Hubo un tiempo en que albergó alguna esperanza de encontrar historias o personas observando a las gentes de la calle y, siguiendo el ejemplo de aquel otro compañero que escribía historias de trenes y pasiones, se atrincheró con su tabaco y sus cuadernos en una mesita colocada al pie de la ventana de un bar con nombre inglés. Pasaba por allí la gente que espera el autobús del cementerio, abrazados a sus ramos de dalias y al recuerdo. Pasaba la vieja que habla bajito con perros y palomas y que se queda dormida mientras come, siempre sola, en el bar y que asusta a los clientes porque creen que se ha muerto, de repente.

Pero todo seguían siendo historias anodinas de una ciudad pueblerina de provincias.

Probó con los periódicos y llenó su cuaderno de recortes. Alguno llegó incluso a llamarle la atención. Era aquel que contaba que los contertulios de un viejo casino provinciano pasaron las tardes de cinco o seis inviernos discutiendo como rugen los eones. Era un historia digna de escribirse, pero para hacer de ella una historia literaria le faltaba lo importante. Nadie podría dudar que la historia sería totalmente diferente comenzando, por ejemplo:

"La Bañeza había tenido desde principios de este siglo un casino que servía de refugio a pensionistas y tenderos. En las largas tardes del otoño se formaban allí tertulias variopintas en las que se discutían los temas más diversos: en una ocasión, alguien vino a plantear, no se por qué razón, cómo se producía el rugido del león"

Por más esfuerzos que se hicieran no dejaba de ser una historia pueblerina de ignorancias de tenderos.

Otra cosa bien distinta sería si la historia comenzase:

"Había dejado de llover, por fin, sobre Macondo. El viento se cuajó por el olor dulzón de los mangos ya maduros y por la tórrida humedad que subía del manglar, a ras de suelo, como un viejo caimán. Se fueron poblando las hamacas en los porches y creció, perezosa como el río, la plática amable y vespertina. El Coronel, por decir algo, se empeñó en explicar la impresión que sintió, una noche como ésta, en su primera expedición, cuando oyó, por vez primera, el rugido del león".

-¡Dios, que fácil sería todo si esto fuera Macondo o, al menos, un pueblo con palmeras!.

Aquello que, al principio, había sido la imprecisa ilusión de un posible recurso literario, se convirtió con el tiempo en una auténtica obsesión.

Cambió los recortes de periódico y hasta los libros de Celia, que releía cada año como si fuera una inevitable obligación por mapas y libros de América Central, convencida de que, en alguna parte, debería existir otro Macondo rodeado de manglares y de frutos tropicales, donde existiera, sin duda, algún viejo coronel anclado en los recuerdos y tal vez en la miseria, con un mundo que girara en torno a la hamaca y al aroma del café.

Pero no podía entender qué mentes descarnadas escribían en los libros las descripciones de regiones y países:

"Región de Colombia, al Norte del departamento de Santander, constituida por terrazas sujetas a una enorme erosión debida en gran parte a la constitución geológica del suelo. Se trata de una serie de terrazas escalonadas superpuestas sobre estratos notablemente inclinados. A este hecho hay que añadir el cultivo intensivo e irracional que se realiza sobre la escasa cubierta vegetal. A pesar de estos inconvenientes, la zona está densamente poblada".

Esto era todo. Ni una sola palabra referente al coronel, ni al hombre caimán que baja llorando sus amores por el río en las noches de tormenta. Nada.

Y después de todo ¿para que quería seguir buscando?. Lo único necesario era encontrar un nombre sonoro e inconcreto cerca de un río grande y poderoso. Después de dos tardes de "Ducados" y café se decidió, al fin, y eligió Bucaramanga, que no estaba lejos del Río Magdalena (prefería un rió que no pasara por el pueblo, pero que estuviera suficientemente cerca como para arrasar historias de ahogados y desastres que pudieran contarse con el tono apagadamente trágico de los sucesos que ocurren más allá de los límites del pueblo).

Siguieron a este descubrimiento primigenio días y días de una actividad enfebrecida, llenando cuadernos y cuadernos de "Historias de Bucaramanga, un pueblo con palmeras".

Todo adquiría una luz nueva, una tensión insospechada: los profesores del Liceo, que bajaban cada día de sus ranchitos en el monte a dar clase, confundidos con el resto de mestizos y de indios que abarrotaban el tren, trayendo como ellos canastillos de huevos y palomas; la lentitud casi asfixiante de las horas de guardia cuando azotaban durante días y días los cristales las lluvias torrenciales y corrían los arroyos turbios de barro y ramas como si estuvieran ansiosos de llegar al Magdalena.

Se iban amontonando las historias con viejecitas del poblado que habían perdido ya la cuenta de sus años de soledad y que hablaban bajito con los perros y palomas, con gentes solitarias que se agrupaban cada una con su pena y su silencio para ir en comitiva al camposanto donde duermen entre mangos y palmeras los muertos que aún que aún pueblan sus recuerdos.

Parecía que la tarea era tan grande e inaplazable que no quedaba tiempo para nada que no fuera plasmar en los cuadernos aquel nuevo mundo descubierto.

Se encerró, por todo ello, con su tabaco y sus cuadernos, en el cuarto de arriba de su casa y no hubo nadie ni nada que la hiciera salir de aquel encierro obsesionado.

Y para traerla, por fin, a esta Casa de Reposo fue necesario alquilar una avioneta y decirla que por qué no se iba a pasar una larga temporada a Bucaramanga, un pueblo con palmeras, muy cerca del Río Magdalena.

Publicado originalmente en Francisco Flecha, El Vuelo del Milano, León, Celarayn, 2006.

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23 May 2009

My Tenderly Loved Wife

Escrito por: panchoflecha el 23 May 2009 - URL Permanente

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El arzobispo anglicano quedó perplejo un momento, realmente confuso, sin saber cómo interpretar el lacónico telegrama remitido por un humilde pastor de una pequeña comunidad rural en plena campiña inglesa

"Mi tiernamente amada esposa murió ayer por la tarde. Ruego a Vuestra Excelencia me busque sustitución para el fin de semana"

Seguramente, el pastor hubiera quedado igualmente perplejo y confuso de haber conocido la primera interpretación, sobresaltada, del arzobispo.

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16 May 2009

Calla, mi niño, calla

Escrito por: panchoflecha el 16 May 2009 - URL Permanente

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Hoy me pide el cuerpo, ya ven, poner el poema de Martin Niemöller. Siempre actual en tiempos de desentenderse de lo que ocurre alrededor.
Más que nada, como aviso a navegantes

Primero
vinieron por los comunistas
y no alcé mi voz
porque yo no era comunista

Luego
vinieron por los judíos
y no alcé mi voz
porque yo no era judío

Luego
vinieron por los católicos
y no alcé mi voz
porque yo era protestante

Luego
vinieron por mí
y para entonces
ya no quedaba nadie
que alzara su voz por mí.

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10 May 2009

La venganza de san Bernardino

Escrito por: panchoflecha el 10 May 2009 - URL Permanente

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Fotografía tomada, como homenaje, de MAG CASTAÑON El cazurro ilustrado

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Versión narrada

(Si quieres, te lo cuento de viva voz)

Versión escrita

Fue el único que no quiso intervenir. Lo dijo claramente en los portales de la plaza cuando entonces y lo repitió todavía hoy cuando los hombres que aún pueblan Las Barreras de la Nava decidieron en concejo emparedar al santo, tapada la cabeza con un saco de nitrato.

- ¡No seas burro, Graciliano, no seas burro, que con las cosas del cielo no se juega.

Pero todo fue inútil . Ni entonces ni ahora parecieron hacerle ningún caso.

Lo cierto es que en todos los pueblos de La Nava, según decían los más viejos por haberlo oído a sus abuelos, jamás había habido otras fiestas que las de San Bernardino, por cuando encaña el centeno, y las del Cristo, por cuando empiezan las vendimias.

La de San Bernardino era la fiesta de los campos. Venían, a veces, los danzantes de Laguna y se armaba una larga procesión: iban los niños y niñas de Primera Comunión, embobados con el baile de los palos de aquellos danzantes vestidos con enaguas de mujer mientras el guirrio daba saltos y rebrincos como un potro sin domar; después venían las mujeres y los hombres y los curas de todos los pueblos de La Nava convocados, tal vez, por la añoranza del tresillo, del Anís y del arroz.

Pasadas las últimas tapias de los huertos, si lo mirabas desde lejos, parecía el santo flotar como un barco, por encima de los campos del centeno.

Acompasaban la marcha el sonido mezclado de las ranas, el tamboril, las campanas y el contrapunto de una larga letanía:

- Sancta Maria
- Ora pro nobis.

Era, en fin, un festivo paseo por los campos en épocas de verdor y de promesas.

Parecía como si el santo, complacido, multiplicara la mies y las cosechas.

Pero todo cambió, de pronto, hace ahora siete años, cuando vino a La Nava, como cura, Don Genaro, que movido, tal vez, por el recuerdo de sus años en los pueblos del Torío, se empeñó en convencer a todos cuantos quisieron escucharle de que no había en todo el coro de los cielos ningún santo más bonancible y milagrero que San Blas.

Se celebró aquel año por vez primera en estos pueblos la fiesta de San Blas con misa cantada y con sermón enardecido de un fraile capuchino, primo del mismo Don Genaro, que tocaba el armonium los domingos en la iglesia que tiene la orden en El Pardo.

Siguieron a la fiesta los días y las noches transparentes y frías de febrero, las claras mañanas de marzo, las tardes crecientes de abril, los primeros brotes y las lilas de mayo.

Todo fue normal como siempre lo había sido, hasta la misma mañana del Señor San Bernardino: la helada había abrasado todos los manzanos de los huertos.

Aquel año ni los danzantes causaron sensación. El pueblo entero miraba pensativo los manzanos.

Desde entonces, año tras año, puntualmente, les fue tocando el turno de la helada al cebollino, a los nogales, a las viñas y ciruelos.

Y fue este año, antes de anoche, por más señas, cuando los hombres, reunidos en los portales de la plaza, decidieron darle al santo un escarmiento. Graciliano, el paramés, lo dijo a boca llena, como si fuera una amenaza:

-¡Este año, que no salga ni Dios con el santo en procesión!.

Sólo él, Nicasio, el aguadillas, al que nunca le habían gustado ni amenazas ni follones, se atrevió a replicar, como advirtiendo:

-¡No seas burro, Graciliano, no seas burro, que con las cosas del cielo no se juega!

Aquel mismo día amaneció encapotado pero, al menos, la helada no se había presentado. Como si el santo hubiera entendido la advertencia. Había que seguir con la protesta. Que no se diga que en el pueblo no hay reaños.

Salió de la iglesia, a su hora, Don Genaro con el paso templado de quien abre un cortejo interminable. Y detrás, nadie. Ni niños, ni mujeres, ni hombres, ni danzantes. Sólo Nicasio, pujando a puro brazo, como un saco, las cuatro arrobas de santo.

Era un silencio tenso, ensimismado, que sólo rompía. con los rezos, Don Genaro:

- A fame, peste et bello
- Liberanos. Domine.

Cruzaron la Calleja La Peral y entraron solemnes en la plaza:


- A subitanea et improvisa morte
- Liberanos, Domine

Y al pasar por delante de la cantina de Atilano, donde estaban los hombres atisbando, como si fuera la señal, la cabeza del santo giró, en redondo, chirriando dentro del tronco de cerezo que cubrían su ropón de capuchino.

Se abrieron, de pronto, las compuertas de los cielos y cayó sobre La Nava todo el pedrisco almacenado desde Adán, seguramente, arrasando de golpe el cebollino, los manzanos, los nogales, las viñas, los ciruelos y los pollos y gallinas que encontró por los corrales.

Esta tarde, al sol puesto, los hombres decidieron en concejo emparedar al Santo en las tapias de atrás del cementerio tapada la cabeza con un saco de nitrato.

Nicasio, mientras tanto, recuenta en voz baja en la cocina el poco cebollino que aún le queda para venderlo, Dios mediante, mañana, en la Plaza del Mercado.

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26 Abr 2009

Antonio Pereira, para siempre

Escrito por: panchoflecha el 26 Abr 2009 - URL Permanente

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Que calle todo un momento,
que guarde luto y silencio
el cuento,
el verso y la palabra,
que se ha muerto
de repente
y para siempre
Pereira,
don Antonio,
esta mañana;
o que ha ido
¿quien lo sabe?
a alguna de aquellas casonas
con solana
de una de sus ciudades del Poniente
a contarle a las mocitas
forasteras
algún cuento berciano
de las peras
(las peras de Dios,
naturalmente)

Que lo sepas, Don Antonio,
amigo, maestro y compañero
que quedamos guardando tu memoria
...por si vuelves.

13 Abr 2009

Evaristo y el mar

Escrito por: panchoflecha el 13 Abr 2009 - URL Permanente

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Versión narrada

Si quieres, te lo cuento de viva voz


Versión escrita

Evaristo murió una mañana de marzo sin haber visto el mar. Al menos, eso decía la gente del barrio al verle pasar cada día (la boina calada, la chaqueta de pana, el colegial y el paraguas terciado a la espalda), camino de Carbajal.

Eran ya quince años los que Evaristo había gastado oteando el mar de centenos y barbechos de las Eras de Renueva, apostado en Cantamilanos, vigilando, por si acaso volvían algún día.

- Pero ¿quién quieres que venga, Evaristo, hombre?
- Pues ellos, coño, Lucio, los de entonces, no seas bobo.

Algunos decían que había empezado con eso cuando vino de hacer el Servicio en Zamora; otros, que eran cosas de amores; y algún otro, que era el miedo pegado a las tripas de cuando la guerra.

Pero eran ya quince años, cumplidos como un rito cotidiano, con sol o con nieve. oteando los mares de trigo de la vega del Bernesga, cobijado, los días de viento, a la abrigada de las tapias del polvorín, contemplando impasible la tranquila deriva del viejo vapor renqueante que parecía la fábrica de botellas en su eterno viaje hacia Asturias.

Las lecheras, si acaso le encontraban al paso, le decían, aguantando las risas:

- ¡Vigila, Evaristo, vigila, que vienen dos barcos de arriba!

Y Evaristo callaba y miraba, clavados los ojos en un punto lejano, como viendo crecer las paleras de la vieja Granja-Escuela de Don Nicóstrato Vela.

Y por la tarde, al sol puesto, volvía Evaristo despacio, cansados los ojos de tanto mirar y entraba a sentarse un momento al fielato, con Lucio.

Y Lucio sacaba del cesto el pan, el chorizo, el queso y aquella botella de vino con la paja en el corcho. Comían despacio, en silencio. Y Evaristo, al calor de la estufa, se quedaba dormido. Al despertar, se ajustaba la boina, levantaba la mano en un incierto saludo y se iba, fundido en la noche.

Los últimos días de aquel mes de febrero, su pecho rugía como un viejo vapor; apenas comía y se despertaba asustado, sorprendido por alguna presencia invisible.

- Me voy, Lucio, que vienen por mí.

No volvieron a verle ya más. Y aquella mañana de marzo, las lecheras bajaron diciendo que habían visto subir por el río, despacio, dos barcos, camino de Carbajal.

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EL REINO MENGUANTE

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Aparento ser (como se ve) un animal con caracteres secundarios de varón, de raza humana, sin rasgos ni marcas que me hagan muy diferente a otros individuos de la especie y con el deterioro propio de la edad.

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