08 Feb 2010

Martín Favelis

Escrito por: panchoflecha el 08 Feb 2010 - URL Permanente

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Hay personas a las que, cualquier clasificación en la que queramos enmarcarlas, se quedan siempre estrechas.
Algo así pasa con Martín Favelis, el maestro Favelis, miembro tantas veces destacado en esta comunidad, cuyas viñetas me sirven con frecuencia como inspiradoras de alguno de estos "textículos" con que castigo en este blog.  Decir de él que es "humorista gráfico" es decir tan poca cosa que parece una injusticia.
Pues bien, el amigo Favelis acaba de publicar un nuevo libro con parte de su producción inagotable.
Si quereis ver ( y no lo habéis hecho todavía) podéis visitar su blog  Favelis a cuadros   http://lacomunidad.elpais.com/martinfavelis/posts.   Recorredlo despacio, de atras hacia adelante ( o viceversa) que son muchas sorpresas, reflexiones y sonrisas las que caben dentro.
Y como el autor no vive de los aplausos (que es mentira) sino de su poquito de sopa, sus patatas con costilla, su filete de ternera (cuando hay suerte), os recomiendo que compréis este nuevo libro.  No os arrepentiréis
Para contactos y pedidos, podéis dirigiros a
granada@martinfavelis.com

Lo dicho, Maestro Favelis: felicidades y que haya suerte con el bautizo de la nueva criatura

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30 Ene 2010

Los restos del naufragio

Escrito por: panchoflecha el 30 Ene 2010 - URL Permanente

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Con permiso de Favelis  


Polvoredo, o sea, Pepín el de Polvoredo colgó la sotana y, con ella, aquella vocación de salvar almas que venía sosteniendo, con orgullo de su madre, desde que supo decir las primeras palabras. Tomó tan heroica decisión la víspera de volver al seminario, la última tarde de septiembre del verano en que descubrió la flojera de rodillas y el sofoco repentino al cruzarse en la calle con Cristina, la vecina que, de pronto, se había hecho mujer sin darse cuenta.  


Después resultó que a Cristina le gustaba mucho más Miguel, el mancebo de farmacia. 


Después de unos meses lamiendo sus heridas como un tigre, por salvar a los obreros, se apuntó a algo de Jóvenes Obreros, que era cosa de reunirse los jueves en los salones de la iglesia y tomar unos vinos en pandilla a la salida. Lo dejó el día que Mercedes, que tenía aquellos ojos y otras cosas, le dijo, después de algunos escarceos, que sólo le quería como amigo. 


En pleno desengaño, por salvar a las ballenas, se apuntó a una ONG que recaudaba fondos vendiendo chapas y folletos los domingos en el rastro. 


Hasta que descubrió que las ballenas no daban acuse de recibo de los fondos recaudados los domingos. 


Hoy le he vuelto a ver. 


Después de tanto tiempo. Le he encontrado mayor. Como él a mí, seguramente. Me dijo, sin tristeza ni entusiasmo, que ahora, acostumbrado ya a la desventura, se ha apuntado a la legión dispersa y sin bandera del "sálvese quien pueda".


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21 Ene 2010

No te equivoques, amor.

Escrito por: panchoflecha el 21 Ene 2010 - URL Permanente

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No te equivoques, amor,
no te equivoques.

Que la naturaleza
no es la fuerza desalmada
que lanza furia y terror
contra los pobres.

No te equivoques.

Los pobres ya estaban ahí
viviendo en casas de lata,
sufriendo en sus propias carnes
la injusticia
y el hambre centenaria
causada
por vecinos de aquí al lado,
testigos de la desgracia
desde sus teles
de plasma.

Que no te equivoques, amor,
que no es la Tierra
quien mata.

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03 Ene 2010

Luisa, la zarata

Escrito por: panchoflecha el 03 Ene 2010 - URL Permanente

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Se llamaba Luisa. La llamaban "la zarata" y forma parte del paisaje de mi infancia en Palazuelo como el resto de cosas y lugares con que pueblo los recuerdos: el molino de Carancha, la casa del señorito, el reguero bajo o las negrillas centenarias a la puerta de la iglesia.

A mis ojos de niño, al encontrarla en la iglesia, en el caño de la plaza, en la tienda de "la guapa", era una mujer como otras tantas, de esa edad imprecisa que tienen las abuelas.

Pero, al nombrarla, se notaba un silencio que hacía pensar que algún misterio se ocultaba. Era parte, parecía, de ese tabú innombrable que, a veces, ocultan las aldeas.

Solamente, ya de mozo, años más tarde, cuando se suponía que había superado, sin saberlo, algún rito de pasaje, llegué a enterarme del secreto.

En estos pueblos de ribera, una mujer sin hombre en casa, viviendo sola, estaba condenada a la pobreza.

Y Luisa quedó viuda cuando entonces, cuando, de recién casada, le arrancaron al marido para el frente de Teruel. Y allí quedó. Con otros muchos.

Después del zafarrancho, volvieron los hombres que quedaron. Volvió la vida a su rutina, a la dura tarea de seguir vivos como fuera.

Luisa hizo frente a la desgracia como pudo: pagando las patatas y el tocino con la vieja moneda del alivio de los mozos que llegaban por la noche, como sombras, por los huertos.

Se hizo un pacto de silencio: nadie en el pueblo quiso saber nunca de qué forma conseguía, sin tierras y sin hijos, ir viviendo.

Con el tiempo, los mozos se hicieron hombres pero fueron manteniendo, por un tiempo, la costumbre.

Luego, la edad y la rutina fueron haciendo más escasas las visitas y las cuotas que aportaban. A partir de entonces, las mujeres, como si tuvieran la sensación inconsciente de tener que agradecer el que su matrimonio hubiera aguantado los envites, siguieron ayudando con un cesto de huevos, manzana, uvas o patatas, por su tiempo.

Pero Luisa tenía inculcada en las entrañas la vieja moral de que el pan ha de ganarse con esfuerzo, poniendo algo de la parte del que come. Por eso salía cada tarde a la puerta de la calle, al sol de la abrigada, a esperar la posible clientela, disimulando la inquietud con la calceta.

Por eso, cuando vió venir a aquel mocetón, que acababan de contratar como pastor, volviendo con sus ovejas al sol puesto, le renació la esperanza. Y cuando el mozo, al pasar, le preguntó: "¿Qué hora es?" se puso en pie como por obra de un resorte y contestó:

-¿Qué hora es? ¡Ay ladrón, ladrón qué pronto me has convencido!.

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02 Ene 2010

La paz

Escrito por: panchoflecha el 02 Ene 2010 - URL Permanente

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Con permiso de Favelis

Cuando era joven
gritaba:
¡Libertad!

De hombre
luché por la justicia

Ahora os pido
amigos,
ya lo veis,
sólo la paz

(Construida,
eso sí,
con justicia
y libertad).

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26 Dic 2009

24 de diciembre, por la noche

Escrito por: panchoflecha el 26 Dic 2009 - URL Permanente

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En el Hogar del Transeunte ha terminado la cena que los alojados han consumido en silencio, como siempre.
Hoy tenía pretensiones de gran lujo: Consomé al Jerez, langostinos con salsa mayonesa, muslo de pollo con patatas, melocotón en almibar, polvorones y sidra achampanada.
Es Nochebuena también en esta casa. Se han apagado las luces a las once. Media hora más tarde que los días de diario.
A la doce, María la portuguesa, de origen caboverdiano, se ha puesto de parto y, en veinte minutos, acurrucada y sin ayuda, como las viejas hembras de esta raza milenaria, ha echado al mundo una niña morena y pequeñita que nace ya con el destino prefijado de ir de aquí para allá dando tumbos como han hecho, antes que ella, su madre, su abuela, la abuela de su madre y la abuela de su abuela.
Qué se le va a hacer, no a todos los que nacen en Nochebuena les vienen a adorar Reyes Magos, obispos y pastores
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04 Dic 2009

Te recuerdo, Víctor.

Escrito por: panchoflecha el 04 Dic 2009 - URL Permanente

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Te recuerdo, Víctor,
compañero Víctor Jara
que hoy vuelves a la conciencia
como entonces,
como siempre,
abrazado a tu guitarra
como un arma de combate
(guitarra trabajadora
con el corazón de tierra
y con olor a primavera).

Que sepas
que está tardando en caer
aquella lluvia del Sur,
que las tierras despojadas
de Juan y María,
de Pedro y José
siguen sin desalambrar,
que Amanda
sigue yendo
a encontrarse con Manuel
cada mañana.

Que sepas todo esto,
compañero Víctor Jara,
pero que sepas también
que el recuerdo de tu voz
alimenta,
como entonces,
la esperanza.

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12 Sep 2009

Amnesia histórica

Escrito por: panchoflecha el 12 Sep 2009 - URL Permanente

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Versión narrada

Versión escrita

Las cosas cambiaron de repente cuando murió el viejo general que, a fuerza de sangre, de miedo y de silencio, había sometido a cien años de teror y dictadura a aquellas lejanas tierras desoladas por la ira contenida tras la última guerra fratricida.

Hasta el arrogante coronel que había actuado, con orgullo y libremente, como perro de presa en aquella orgía despiadada de la sangre, se recicló, de repente,en entusiasta defensor de libertades y derechos.

Y, cuando se vio obligado a declarar en un juicio sobre aquello, sosteniendo la calma y la mirada, dijo eso que todavía recordamos con tristeza:

- "Puedo jurarles a ustedes que jamás puse las manos encima de ningún detenido y que jamás volveré a hacerlo".

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06 Sep 2009

Duda Teológica

Escrito por: panchoflecha el 06 Sep 2009 - URL Permanente

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Versión narrada

Versión escrita

Don Silverio Berzosa, obispo de Mondoñedo, murió como un santo, una fría mañana de marzo.

Como perfecto gallego, había repartido su vida y su corazón entre una fe a toda prueba y unas dudas que le hacían preguntarse constantemente sobre cualquiera de aquellas afirmaciones por las que habría dado la vida sin pensarlo.

Por eso, al llegar ese día a la Gloria Celestial, se negó a entrar hasta que San Pablo le contestase a una cuestión fundamental:

-Oígame, señor San Pablo. Y digo yo: ¿Los Corintios? ¿Contestárosle o qué?.

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30 Ago 2009

Antonio el de Utrera, o la grandeza del cante

Escrito por: panchoflecha el 30 Ago 2009 - URL Permanente

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A FERNANDO QUIÑONES, Maestro del cante y Tusitala. En homenaje y recuerdo

-Déjalo ya, Damián, déjalo ya, que el maestro no te ve!

Pero él seguía allí, al borde del andén, levantando la mano y el clavel, en un gesto que recordaba de lejos el saludo de un mozo de estoques después de la tarde de gloria de un viejo torero, con los ojos nublados por las lágrimas, clavados en algún punto inconcreto de ese enorme boquete ardoroso y vibrante que deja el tren cuando se ha ido.

- Déjalo ya, Damián, déjalo ya!.

Pero ¿cómo romper el embrujo de aquella tarde de gloria? Nunca más podría olvidar el gesto, las palabras y hasta los silencios del maestro. Habían sido más de diez horas de cante y vino con Antonio el de Utrera. Casi nada. Y seguía vivo.

Y es que Damián, aunque nacido en Pobladura, había sentido desde niño, por no se sabe qué oscuras influencias, la suave y cruel mordida amorosa del flamenco.

Y aunque no deba decirlo, no lo hacía mal del todo. Dominaba dignamente algunos palos y, alguna tarde, cuando estaba entre amigos, había estado cerca de mirarle a los ojos al misterio y le salía de abajo ese cante valiente y desgarrado que te deja la boca temblona y fogosa, llagada por dentro, de puro sufrir.

Pero él lo sabía desde siempre. Nadie le podría engañar. Nunca estaría entre los grandes. El cante, como la leche, se mama a dentelladas. El cante es como la jara y las hierbas de Sierra Morena: no crecen por los cuetos de La Nava.

Y lo demás, poco o nada le ayudaba. Ni el nombre, más propio de fraile o de maestro, ni el trabajo y la rutina insoportable del mancebo de farmacia. ¡Cuántas noches, estando de guardia, había ensayado otros nombres y cantes! Pero algo tenían de raro ( "Gallito de la Nava", "El niño de la botica", "Farolito de Pobladura")

Por eso, cuando supo que Antonio el de Utrera venía a la ciudad a cantar para una peña, cambió el turno de tarde por tres guardias, se engomó el pelo a la gitana, se puso su traje color hueso, la camisa bordada y los botines marrones de las zambras.
No podía creerlo, pero allí estaba el maestro, tan cerca y tan enorme, concentrado y altivo, como el que sirve a una diosa misteriosa y esquiva, desgranando los cantes, reinventando las coplas, como un fogoso adolescente que habitara de pronto sus carnes cincuentonas y enjutas.

Y fue como si volviese a cruzar de pronto la estancia aquel aleteo que dicen de ángeles machos y heridos de muerte. Y al oírlo, lloró. Sin vergüenza, como lloran los hombres, sintiendo que aquel había sido el momento que siempre había estado esperando.

-"¡Qué grande es el cante, maestro!, ¡Si no cabe en el cuerpo!"

Y Antonio decía entre dientes:

-"Muy grande, chiquillo, muy grande. Tan grande que, a veces, da miedo
Lo decía el maestro distraído y distante, paladeando despacio aquel clarete de las Bodegas La Seca que, según dijo, mirando al trasluz ," este es un vino que templa los cantes".

Y después ya la gente cabal (Antonio, Damián y otros dos) se fueron mezclando el vino y las coplas en un viejo mesón de la Plaza las Tiendas.

Y, de pronto, ocurrió como ocurren las cosas. Apareció "la Alemana", sin saber muy bien cómo. El maestro la miró con mirar de torero, indagando la casta y la querencia y ella devolvió la mirada en un juego intencionado sin palabras. Se le abrió al cantaor la herida de donde dicen que manan los cantes legales y fueron saliendo, tiritando de rabia o de pena, las coplas de amor y de muerte.

-"¡Qué grande es el cante, maestro, qué grande"

Pero el maestro, en pleno arrebato, ni siquiera le oía, entregado a la lidia amorosa, atacando con tiento las suertes del beso, dejando alumbrar en sus carnes la fiera ternura dormida de antiguo, llevando a la hembra a los medios, templando a su hora, citando de lejos, mandando. Y la tarde se puso de fiesta. Y hasta Damián, contagiado, reventó las entrañas del cante con un Martinete que cuajaba los pulsos.

Y entre el cante, el vino y los besos se hizo de noche y, esperando la llegada del tren, el maestro, en voz baja, apurando con ansia el momento, le pedía a la bella que viniera con él hacia el sur si quería ver , en silencio y bañada en jazmines y besos, como las diosas de antaño y las diez mil mocitas de Cádiz, la agonía salina del sol que se ahoga en un pasmo silencioso y redondo cada tarde en La Caleta.

Y Damián, cada vez más cargado de vino, de euforia o de pena, repetía temblón y confuso:

-"¡Qué grande es el cante, maestro, qué grande es el cante!

Y el maestro, chasqueando los dedos y molesto, tal vez, de que no se respetara el silencio torero en aquellos momentos cruciales del rito, contestaba con una desgana infinita:

-"No me jodas, Damián, que en la vida hay más cosas que el cante!

Cuando el tren ya anunciaba su marcha, el maestro, al subir, en un último gesto torero, besó el clavel que llevaba al ojal y lo lanzó como un brindis a aquel amor imposible y eterno que duraba tan solo un instante. Damián lo tomó como el último don gratuito de un Dios viajero.

Mientras el tren taladraba la noche renqueando hacia el Sur, Damián, levantando la mano y la flor, repetía incansable:

-"Qué grande es el cante! ¡Si no cabe dentro!

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Publicado en FRANCISCO FLECHA, El Vuelo del Milano, León, Celarayn, 2006

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EL REINO MENGUANTE

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Aparento ser (como se ve) un animal con caracteres secundarios de varón, de raza humana, sin rasgos ni marcas que me hagan muy diferente a otros individuos de la especie y con el deterioro propio de la edad.

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