24Jul, 2008
Accidente doméstico
Ya lo dijo, por entonces, si recuerdas, Melquiades, el gitano de barba montaraz y manos de gorrión, cuando vino a Macondo con sus fierros imantados:
"las cosas tienen vida propia. Todo es cuestión de despertarles el ánima"
También en esto tuvo razon, como siempre; y ahora lo atestigua lo ocurrido con Antonio.
Antonio Valladares, soltero, de 42 años, apareció muerto por asfixia esta mañana, a causa, al parecer, del humo producido en su apartamento por un cortocircuito.
El enchufe del televisor, con un chispazo, produjo el fuego en las cortinas.
Un accidente casual, como otros tantos, a no ser por el inquietante mensaje que parpadeaba todavía en la página inicial del teletexto de la tele de plasma de la sala:
"Tuve que hacerlo. Hacía quince días, por lo menos que, con la excusa de que quería desintoxicarse, el muy cabrón, ni siquiera me encendía".
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18Jul, 2008
Cuestión de detalles
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Ya no quedan caballeros, sobrino, ya no quedan. Hoy, seguramente, ya nadie comprendería la refinada elegancia, la caballerosidad y el buen gusto de Narcís Castelló, el Sr. Casttelló.
O sea:
como le gustaba presentarse cuando estaba en visita por provincias.
Todo contribuía a aquella aureola lánguida que parecía volver locas a las dependientas de "Calzados la Imperial": su pelo ensortijado y radiante de brillantina, su bigotillo "mosca" de galán portorriqueño, el aroma persistente y levemente pegajoso del Lucky Strike mezclado con Varón Dandy y aquel mirar cansado, aprendido de un porteño que cantaba tangos como nadie cada noche en el "Lion d'Or".
Y te cuento todo esto porque entiendas, en su justa medida, lo ocurrido aquella noche en el Shangai (el tren expreso que hacía cada día el recorrido entre Coruña y Barcelona).
Estaba ya entrando el tren en la estación de Barcelona. Había sido una noche entera compartida en el mismo departamento, en solitario, con una bella señorita.
Al recoger el equipaje, el Sr. Castelló se vió obligado a ofrecer a la bella una disculpa de lo que le parecía un proceder descortés e imperdonable:
-Perdone, señorita, que no le haya metido mano, pero es que tengo un dolor de muelas del carajo.
Que ya te digo, sobrino, ya te digo que no quedan, hoy en día, caballeros como aquellos.
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09Jul, 2008
Hombre mínimo.
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Los años, tal vez, y algo de experiencia en el oficio, me han llevado al convencimiento de que no se consigue un buen relato narrando detalladamente las sucesivas e interminables desgracias del protagonista, que va languideciendo lentamente a lo largo de la historia. Y si, además, soporta las desgracias con una sonrisa bobalicona, peor aún.
Que yo sepa, eso sólo ha funcionado cuando Voltaire escribió "Cándido". Pero Voltaire era Voltaire y, además, la cosa tenía, al parecer, segundas intenciones.
Por eso sólo diré que Afrodisio Buenaventura (que, mira tú, que también acertaron con el nombre) fue, desde el mismo instante en que fue arrojado prematuramente en este mundo, un auténtico desgraciado. Sin paliativos. Fue caminando de desgracia en desgracia, de desdicha en desdicha, de fracaso en fracaso.
Más que crecer, como el resto de la gente, parecía ir consumiéndose por dentro, mermando y encogiendo. Quedándose en nada. Ni siquiera en la apariencia.
Y esto explica ( o me parece) que, cuando, por poner fin a todo aquello, en el único acto voluntaria y libremente decidido, se arrojó al vacío desde el alto viaducto, carente como estaba de peso y envergadura, se desvaneció, como pompa de jabón, en el aire pesado y bochornoso de Madrid.
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03Jul, 2008
Educando a Tarzán (15)
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Cuando Chita tuvo ante sí el dibujo a la acuarela de Harold Foster, el "fotógrafo" oficial de Tarzán ( o el "Tarzan's uncle", como le gustaba llamarse), sufrió una especie de sofoco involuntario al observar la ambigua apariencia del pupilo, con aquel tanga ajustado de leopardo y las piernas sabiamente cruzadas cual si fuera una modelo posando para el VOGUE.
Pero se sobrepuso de inmediato:
-Tarzán, hijo, por lo visto han sido superados los rígidos vientos victorianos: ¡Puedes ya salir, sin miedo, del armario!
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23Jun, 2008
La Divisa en la Torre
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Presentación del libro
LA DIVISA EN LA TORRE
De Antonio Pereira
En la cosa del ritual universitario o de la presentación de libros suele ocurrir, a veces, lo contrario de lo que ocurre en la vida ordinaria: parece que cuando uno va a dar una conferencia o a presentar un libro tiene que ser presentado por otro. Hasta aquí, aparatoso, pero normal. Pero lo que marca la diferencia con el resto de la vida social es que en ésta, un desconocido es presentado por alguien a quien conocemos o estimamos. Justamente lo contrario de lo que ocurre en este acto. Veo por sus caras que se están preguntando con inquietud ¿Quién es ese que está al lado de Pereira? ¿Y qué pinta en todo esto? Será, seguramente, parte de los adornos de Navidad del Corte Inglés.
No me queda, por tanto, más remedio que romper el ritual y, en vez de presentar a Don Antonio, presentarme a mí mismo e intentar justificarme ante Uds. con las tres excusas a las que me he agarrado como a un clavo ardiendo para tener el privilegio de ocupar un sitio en esta mesa y un momento de su atención.
EXCUSA PRIMERA o es que, de momento, soy Vicerrector de la Universidad de León y, como tal, he venido a acompañar a uno de los doctores (el Dr. Pereira) que hemos querido unir a nuestro nombre para engalanarnos con plumas ajenas. Pero esto que, en muchos casos, se reduce a la relación efímera del puro acto de concesión, con Don Antonio (y por su expresa voluntad) se ha convertido en relación estable y permanente porque no sé si saben Uds. que últimamente ha donado una parte importante de su biblioteca y sus archivos a la Universidad como base para la creación de una Sala, una Fundación y una Cátedra de Narrativa. Y esto que, sin duda, es un gesto que debe agradecerse, se convierte en algo extraordinario e inusual si se tiene en cuenta que es la primera vez que un autor hace una donación así de desinteresada, acostumbrados como estamos a frases del estilo de “tengo intención de haceros un regalo que os va a salir a muy buen precio”.
EXCUSA SEGUNDA. Me gusta decir y confesar abiertamente que Pereira es, para mí, el maestro supremo e indiscutible en el que he aprendido todo lo que sé y defiendo en el ejercicio del oficio más viejo del mundo que me gusta practicar gratis y pagando, si es preciso, hasta la cama: me refiero (aunque sea inútil, por obvio, aclarar a qué demonios me refiero) al viejo oficio de contar cuentos.
Este es un oficio que ejerzo a ratos, con descaro, sin necesidad para ello, por puro vicio, pues que la vida me la gano, increíblemente, en ese otro oficio que a Pereira le parece, con razón, propio de inocentones y que lo fundó aquel que, para asombro del maestro, todo lo que dijo fue aquella verdad redonda y sin esquinas “Lo que es, es y lo que no es, no es ¡Qué tío!”.
Pues bien, del maestro he aprendido que el cuento no es breve porque así lo impongan las modas más o menos oportunas, sino por su misma naturaleza: que debe dirigirse hacia el final como una flecha. Fijado el objetivo desde la frase inicial que meta al lector directamente dentro de la historia, sin rodeos:
“Era un hombre como cualquier otro de los que ves por la calle, sólo que éste iba encogido en ropas reverendas que parecían pesarle”.
Eligiendo las palabras por su peso, su tono, su color y su sonido, como haría un buen poeta (que nadie entre en los cuentos si antes no ha martillado las palabras, una a una, en la poesía).
Manteniendo el ritmo hasta el final. Sin prisas, sin atropellos ni divagaciones, pero si con algún quiebro necesario, una pausa cuando ocurra, la descripción minuciosa o sugerida de un sombrero, por ejemplo..
Saliéndose del marco narrativo, para hablar de la escritura misma en eso que los modernos llaman “meta relato”:
“Y el coche oficial entra puntual y solemne en la plaza Mayor, pon que lleva banderín, qué trabajo te cuesta”.
Con un tierno erotismo, apenas sugerido, ingenuamente picarón, siempre que venga al caso.
Y un final sorprendente, que explique y cierre el cuento en un círculo completo y desde el que entonces, y sólo entonces, se comprenda perfectamente el título del cuento.
Pues bien, si aplicas todos estos condimentos, te llamas Pereira y has vivido saboreando la vida como un vino fresco y afrutado, entonces, y sólo entonces, serás un maestro, hijo mío.
Y porque no parezca que todo esto es invención mía, permítanme leer un modelo acabado que el maestro resuelve en apenas 20 líneas
EXCUSA TERCERA. Que he tenido la suerte de haber leído ya, con embeleso, esta “Divisa en la Torre”, esta colección de cuentos memoriosos en los que el narrador, testigo o protagonista, parece hacer un recorrido autobiográfico por sucesos, personajes o anécdotas de una vida en plena madurez. Y digo autobiográfico no tanto por lo que se nos advierte en la entradilla de que
“todo lo que el cuentista vive o imagina tiene vocación de cuento”
sino, más bien, al revés: todo lo que el cuentista sueña o imagina se convierte, a la larga, en su auténtica biografía.
Y así es: en este relato biográficamente literario, el maestro recorre los paisajes próximos del pueblo, la capital de la provincia, el Madrid de su vivencia o lugares exóticos (El Cairo, Palermo, Caracas, Helsinki, Praga o Buenos Aires) revividos con la misma proximidad emocional de quien, en todos estos lugares ha encontrado personajes, situaciones y vivencias que se recuerdan sin nostalgia sino como episodios que enriquecen un presente que se disfruta con el gusto y la fruición sentida en el pasado.
Por este ramillete de 58 cuentos, independientes pero aunados por el hilo invisible del relato continuado de una vida, van pasando los personajes que pueblan el rico territorio de Pereira: curas provincianos (Don Antonio G. de Lama, Don Filemón de la Cuesta, el frailón Pérez de Urbel), amigos poetas y escritores (Cremer, Camilo José Cela, Mestre, Gamoneda), muchachas gozadoras de largos muslos y delgadeces apetecibles, Hippies ibicencas de “un follar laborioso y callado”, algún obispo (porque ya lo advierte el maestro: “cuando me pongo a contar, me gusta sacar alguna historia de obispo, mejor de una diócesis recogida”) y personajes comunes y corrientes como Ricardo Matalavilla, que de pequeño se embelesaba con las estrellas y las cosas de San Juan de la Cruz y que, de grande, dio en hacer teoría a lo Eugenio D’Ors sobre el modo mejor de conseguir una obra bien hecha al evacuar el vientre.
O el morito de Xauén, un mozarrón fornido que, por efecto del calor o del abundante y especiado Cuscús de la comida, se despertó de la siesta bendecido con una envidiable e indómita erección y llamó a voces a su hermana para advertirla, como corresponde a un buen creyente:
-Mira, Aixa, mira lo que te pierdes por ser mi hermana.
Y que el maestro presenta como una auténtica fábula moral, cosa que cuenta con el más profundo acuerdo por mi parte porque, ya se sabe, “cuando las leyes de los dioses se impusieron a los deseos salvajes de la bestia, nació el hombre y ese universo moral que nos distingue de las fieras”.
En fin, no hay sorpresas: sólo el placer conocido y renovado de entrar de nuevo en el universo personal del maestro, poblado de personajes conocidos y anónimos, pero tratados siempre con la ternura y la retranca del experto narrador que se convierte a sí mismo en un personaje más del cuento que descubre en cada cosa.
Pues eso. Que lo sepan. Y, como en la pancarta que le esperaba a su llegada al Aeropuerto de Tenerife, me permito también recomendarles:
“Lea Ud. a Pereira. Si no, se arrepentirá. Y el que avisa, no es traidor”.
Y digo más: la lectura de su obra es un halago al escritor. Pero el escritor, como todos, se alimenta con su platito de sopa, su rajita de pescado, su trocito de queso y, si hay suerte, su copita de buen vino.
Todo esto no le viene del aplauso del lector, sino de esa cosa mercantil de los derechos de autor.
Cambiaré, por eso, mi pancarta personal:
“La Divisa en la Torre: No sea “usmia”, ¡cómprela!
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20Jun, 2008
¿Contra el plagio?
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Dicen que, en las culturas primitivas, existía un personaje casi brujo, casi loco, casi mendigo, casi maestro o sacerdote que tenía por función exclusiva y necesaria el contar cuentos por las plazas, recorriendo las aldeas.
A partir de entonces, las historias no eran de nadie y eran de todos. Las llevaba el viento.
Dicen, incluso, que los vates de la Grecia antigua, que contaban epopeyas para adoctrinar en la moral aristocrática y olímpica, renunciaron a dejarnos un nombre y una cara. Pasaron a la historia con un nombre común que, seguramente, oculta muchos nombres. Se hicieron llamar Homero (que, mira tú por donde, quiere decir "el ciego").
Dicen que La Biblia (el mejor libro de cuentos, no lo dudes), como no se sabe quién lo hizo, fue dictada por los dioses.
Después, la cosa de los cuentos (como todo) se ha convertido en mercancía.
Y la gente guarda, defiende como si fueran perlas, obras maestras del ingenio y de la pluma, hasta la esquela de la abuela. Y prohiben que nadie las copie y las guardan con el cerrojo del cpopyright y el anatema y las campañas conta el plagio.
Que se han muerto los artistas. Que sólo quedan mercachifles. Que dónde ha quedado el "tusitala" y los vates vagabundos.
Quizá, pensando en todo esto, he renunciado a entrar en este gremio interesado y, siguiendo el viejo estilo, me he pasado a este "top manta" callejero de internet y cuento, a viva voz, las historias que os cuento.
Y os pido, por favor, que me plagieis, que conteis con voz propia y a la manera que querais los cuentos que os cuento.
¡Que corra la voz, que se lleve el viento las historias y los cuentos que el viento trajo!
Que me gustaría decir, plagiando a algún poeta:
Que la copla y el cuento
son sólo letra muerta
mientras no las lleve el viento.
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18Jun, 2008
Desengaño en la charca.
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No se por qué, la verdad, aquella tarde de agosto sentí de pronto el irrefrenable deseo de besar al sapo de mirada lánguida, amorosa, tierna y pasional que cada tarde seguía ensimismado cada uno de mis movimientos cuando bajaba al estanque a leer aquellos cuentos de princesas mientras me refrescaba chapoteando con los pies en el agua.
El caso es que cuando se me posó en el brazo, como digo, con aquella mirada lángida, amorosa, tierna y pasional, sin saber porqué ni cómo, le bese. Y por el eterno sortilegio de los cuentos, me convertí de inmediato en una rana oronda y regordeta. El sapo sorprendido, tal vez, y enamorado, al parecer, me ofreció amor eterno y compartir con él el trono de la charca.
Promesas no cumplidas, desde luego, que después de haberme seducido (y con la excusa torpemente urdida de que el Frente de Liberación de las Ranas había declarado la república) decidió poner tierra por medio y esconderse para siempre en otra charca.
Y ahora, ya lo veis, aquí estoy seducida y abandonada, sola para siempre y para siempre rana, maldiciendo los cuentos de princesas, los estanques del jardín y los sapos mentirosos de mirada tierna y lánguida.
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16Jun, 2008
Educando a Tarzán (13)
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Quién lo iba a decir. La selva, es bien sabido, siempre había sido un lugar deliciosamente animal y bien estructurado, sometido únicamente a la ley inexorable, original e indiscutible del instinto primitivo.
Los papeles estaban perfectamente diseñados y no cabían discusiones: el león se comía tranquilamente a las gacelas sin ningún remordimiento, la mantis religiosa se zampaba al compañero de jolgorio, después del refocile, del modo en que los humanos, después de consumado el ejercicio, se fuman un cigarro.
Y así sucesivamente. Los ejemplos podrían ser infinitos.
Pero después vinieron misioneros y políticos y la cosa se fue amariconando. Y se hizo popular la odiosa frase "todas las opiniones son igualmente rfespetables".
Cuando Chita escuchaba la sentencia se le subía la sangre a la cabeza y advertía a Tarzán, para que no cayera, también él, en el engaño:
-"Mira, Tarzán, hijo: lo que debe respetarse es el derecho a opinar, pero jamás por igual el resultado. Hay opiniones, como esa que defiende la sentencia, que resultan ingenuas o mal intencionadas".
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15Jun, 2008
Una tarde fresquita de Mayo
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con permiso de Favelis
Siempre, hasta ahora, la verdad, me habían producido los cementerios una cierta inquietud.
No sabría decir, a ciencia cierta, qué era lo que desencadenaba en mí esa especie de necesidad agobiante de salir, de nuevo, a la carretera principal, abandonando, a toda prisa, la larga hilera de cipreses que flanqueba desde allí el camino hasta llegar a la misma puerta principal.
Tal vez fuera el abigarramiento de las tumbas de granito antiguo y soledad, acumulada desde años; tal vez el ácido olor de las flores pudriéndose bajo las frías lluvias de noviembre o aquellos soportales cuajados de nichos en los que descansaban los restos de la gente, almacenados como en la nave de una gran ferretería.
Pero desde que han abierto calles, paseos y jardines y han colocado, incluso, una glorieta con fuente de ángeles en bronce y bancos y macizos de santolina y pensamientos y suena por los altavoces esta música clásica que acaricia los sentidos y sosiega el alma, se está aquí como en la gloria.
Sobre todo en estas largas y fresquitas tardes de mayo.
Lástima que cada día me cueste más trabajo levantarme de esta tumba.
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08Jun, 2008
Play Boy, por confusión
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El viejo Play Boy que había dedicado, prácticamente, la vida entera, desaforadamente, a los lances del sexo y la conquista, cambió radicalmente de vida y de actitud al darse cuenta de que había interpretado mal los mandamientos y que, en ningún caso, debía leerse (como siempre había hecho, por pura confusión) "sexo mandamiento", sino "sexto mandamiento".
Para remediar tal desvarío, lleva tres años haciendo penitencia en el Monasterio de la Trapa, en Venta de Baños, donde ya empieza a tener fama de santo y milagrero entre las mujeres de la zona que acuden al convento en busca del consejo o consuelo que a ninguna, hasta ahora, le ha faltado.
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¿Quién digo ser?
Aparento ser (como se ve) un animal con caracteres secundarios de varón, de raza humana, sin rasgos ni marcas que me hagan muy diferente a otros individuos de la especie y con el deterioro propio de la edad.
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