02 Sep 2007
Lecciones de cosas
Es difícil romper, a voluntad, el manto agridulce del olvido y no podría asegurar,después de tanto tiempo, si aquella había sido una tarde parda y fría de invierno, como otra del poeta.
Pero al mirar hoy a través de la ventana de aquello que había sido la escuela de su infancia y ver de nuevo los pupitres (¿eran entonces tan pequeños?) y el mapa amarillento, la larga regla de madera y el compás, los cuerpos geométricos encima del armario, el gancho de la estufa y los tinteros, renacieron de pronto en su memoria los miles de olores cotidianos que componían el áspero mundo dela escuela y aquella tarde insustancial de la época del trompo, del tacón o las canicas en que todo cambió súbitamente y Don Pruden comenzó a llamarles de"usted" y por el número.
-A ver, el 27, lea Ud., Sr. Valbuena, en la página 50, donde dice "Respeto debido a padres, sacerdotes y maestros".
Fue aquella, sin duda, la primera señal de la tormenta y recorrió la clase un pasmo ensimismado de silencios y temores.
-"Póngase en pie, por favor, Sr. Valbuena".
Aquello era lo terrible. La altiva dignidad de Don Prudencio que, enlazadas las manos a la espalda y mirando fijamente algún punto inconcreto colocado a tres palmos por encima de la puerta, iba dejando caer lentamente el tratamiento, exageradamente cortés, tristemente distante y dolorido.
Todo resultaba, de pronto, incomprensible.
Porque,además, el número 27, Genaro Valbuena, había sido siempre el ojo derecho del maestro. Nunca supieron la última razón de aquel afecto paternal que le hacía distinguir a Genarín con mil pequeñas prerrogativas envidiables. Era siempre Genaro el que daba vueltas a los polvos de la leche americana, el que repartía los libros de lectura, el que tiraba la ceniza de la estufa, el que iba a la cantina a comprar el cuarterón de Don Prudencio. Algunos decían que ta lpredilección se debía a que el padre de Genaro, muerto hacía ya tiempo (aunque presente todavía su recuerdo en el negro brazalete del abrigo del colegio), había sido compañero del maestro.
Y, sin embargo, daba la impresión de que la causa del problema tenía algo que ver con todo ello. Pero era inexplicable. Genaro había sido cariñoso, como siempre. O más aún, pues no podía olvidar que, cuando antes del recreo había venido una señora a hablar con el maestro, fue él, precisamente, el que se acercó para avisarle:
-"Don Pruden, que tiene Usted abierta la bragueta!".
Aunque,recordando ahora todo aquello, quizá se explicara una cierta zozobra en el maestro, el hecho de que aquel día no salieran al recreo y las enormes cuentas que les puso de tarea.
-"¡Siéntese,Sr. Valbuena!".
Y cayó, de pronto, sobre todos, durante ocho interminables días, la gris monotonía de la lluvia tras los cristales, la lenta letanía del recuento("mil veces ciento, cien mil; mil veces mil, un millón") y el confuso sentimiento de la última y cruel derrota de Don Pruden, natural de la villa de Prioro y Maestro Nacional de Villaornate.
Publicado en FRANCISCO FLECHA, El vuelo del milano, León, Celarayn, 2006.
21 Ago 2007
La vuelta al cole o aquella interminable guerra de los 30 años.
"A los seis años tuve que interrumpir mi educación para ir a la escuela"
García Márquez
Lo oí hace ya años en una tertulia intrascendente y, desde el principio, me pareció algo más que una frase ingeniosa. Pocas veces había oído algo que definiera mejor ese largo proceso educativo:
"El primer día que los niños van al colegio, lloran; y eso que no saben que empieza, para ellos, la guerra de los treinta años"
Ciertamente es, y parece, una guerra interminable en la que la soldadesca se recluta entre gentes que recuerdan todavía los pañales y se licencian cuando pesan por igual en el zurrón los paquetes de fracasos y proyectos.
Ciertamente es, y parece, una guerra interminable para aprender algunas cosas de moros y cristianos, de la lengua que hablaban, cuando Cristo, los romanos o aquella frase que dicen que decía por las plazas un barbudo al que, seguramente, nadie escuchaba, por pesado.
Por todo ello, uno llega a sospechar que el interés de todo el mundo por tenernos a todos encerrados treinta años en la escuela debe ser para que aprendamos, lentamente, sin apenas darnos cuenta, durante casi media vida, algo que parece importarle, más que nada, a quien paga y a quien manda.
Y puestos ya a sospechar, en toda regla, uno llega a pensar que lo que se intenta trasmitir no es otra cosa que aquel eterno juego del poder y sumisión en que parece haberse basado desde siempre cualquier sociedad humana, civil o religiosa y que parece importarle, más que nada, a quien paga y a quien manda.
Por eso no se pide tanto al maestro (o al sacerdote, al torero, al cantaor, con quienes comparte, curiosamente, el nombre de maestro) que sea sabio, sino que transmita y enseñe la esencia misteriosa de las cosas que fundamenta el orden, la obediencia y el respeto.
Pero ¿y todo esto no podría aprenderse en casa, entre los nuestros, ante la vista amorosa de los padres?. Pues no (o, al menos, no parece) porque no se trata de enseñar "la ley del padre" sino los secretos de la ley abstracta y dura, independiente del afecto, que a todos obliga y sobrecoge.
No es, por tanto, de extrañar que el niño llore. Lo que me extraña es que no lloren, también, los profesores, obligados a cargar con tanta herencia.
Y si no lloramos, también, los profesores, de vuelta al colegio cada año es porque, alguna vez, también soñamos en cambiar este viejo ritual de la obediencia por otro en que se aprenda, lentamente, durante casi media vida, dándose perfectamente cuenta, el juego gozoso y creador de hacer, unido a otros, un mundo en el que las leyes del poder y sumisión sean un recuerdo tan confuso como la lengua que hablaban, cuando Cristo, los romanos.
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EL REINO MENGUANTE
Francisco Flecha Andrés
¿Quién digo ser?
Aparento ser (como se ve) un animal con caracteres secundarios de varón, de raza humana, sin rasgos ni marcas que me hagan muy diferente a otros individuos de la especie y con el deterioro propio de la edad.
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