28 Oct 2008
Educando a Tarzán (6)
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Desde que habían llegado los Misioneros Combonianos a la selva y se habían tomado con un fervor y una perseverancia envidiables la árdua tarea de convertir a la verdadera fe a Tarzán, cosa que, al parecer, y con la gracia de Dios, ya casi habían logrado, el pequeño mono pelón se veía atacado con frecuencia por repentinos escrúpulos de conciencia y, aunque últimamente parecía haber olvidado las enseñanzas y consejos de su vieja maestra, la mona Chita, le preguntó esta tarde mientras buscaban fresas salvajes:
-Dime, Chita, para tí ¿qué es mayor pecado: la ignorancia o la indiferencia?.
Y Chita, displicente, como despreciando toda esta nueva morralla moralista, contestó, mientras seguía en la rebusca:
- Mira, Tarzán: ni lo sé ni me importa.
20 Oct 2008
Educando a Tarzán
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Involución.
Chita se enteró, por pura casualidad, de que, en la aldea de los hombres, enfrascada como era su costumbre en una larga y penosa guerra fratricida, un general(del bando que luego resultó ser el vencedor) había dicho aquella cosa atroz, que abochornaba solamente al escucharla:
"Nuestros heroicos legionarios les han enseñado a las mujeres de los rojos lo que es realmente un hombre y no un castrado miliciano".
Y, con el mismo horror, se enteró de que semejante bestia sanguinaria no había sido, por lo menos, degradado, sino que figuraba en la nómina de los Padres de la Patria y le habían sido dedicadas plazas, calles y avenidas.
03 Jul 2008
Educando a Tarzán (15)
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Cuando Chita tuvo ante sí el dibujo a la acuarela de Harold Foster, el "fotógrafo" oficial de Tarzán ( o el "Tarzan's uncle", como le gustaba llamarse), sufrió una especie de sofoco involuntario al observar la ambigua apariencia del pupilo, con aquel tanga ajustado de leopardo y las piernas sabiamente cruzadas cual si fuera una modelo posando para el VOGUE.
Pero se sobrepuso de inmediato:
-Tarzán, hijo, por lo visto han sido superados los rígidos vientos victorianos: ¡Puedes ya salir, sin miedo, del armario!
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16 Jun 2008
Educando a Tarzán (13)
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Quién lo iba a decir. La selva, es bien sabido, siempre había sido un lugar deliciosamente animal y bien estructurado, sometido únicamente a la ley inexorable, original e indiscutible del instinto primitivo.
Los papeles estaban perfectamente diseñados y no cabían discusiones: el león se comía tranquilamente a las gacelas sin ningún remordimiento, la mantis religiosa se zampaba al compañero de jolgorio, después del refocile, del modo en que los humanos, después de consumado el ejercicio, se fuman un cigarro.
Y así sucesivamente. Los ejemplos podrían ser infinitos.
Pero después vinieron misioneros y políticos y la cosa se fue amariconando. Y se hizo popular la odiosa frase "todas las opiniones son igualmente rfespetables".
Cuando Chita escuchaba la sentencia se le subía la sangre a la cabeza y advertía a Tarzán, para que no cayera, también él, en el engaño:
-"Mira, Tarzán, hijo: lo que debe respetarse es el derecho a opinar, pero jamás por igual el resultado. Hay opiniones, como esa que defiende la sentencia, que resultan ingenuas o mal intencionadas".
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01 Jun 2008
Educando a Tarzán (14)
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La jungla, la verdad, había dejado de ser aquel espacio salvaje y primigenio desde que la empresa de safaris fotográficos "The Sleeping Lion" había comenzado a traer grupos y grupos de turistas domingueros que dejaban por todas partes rastros inequívocos de su paso: bolsas de palomitas, latas de Coca Cola, cajetillas vacías de tabaco y periódicos atrasados.
Pues bien, era un lunes y, a la hora de la siesta, Tarzán hojeaba distraído una revista del National Geografic que había quedado abandonada en la terraza del "Namibian Paradise".
Le llamó especialmente la atención una foto de un grupo de mujeres, sentadas en corro, a la sombra de un inmenso baobab, a las afueras de un poblado cualquiera y desnudas, todas ellas, de cintura para arriba. Bueno, a decir verdad, no todas ellas, puesto que una, ligeramente más anciana, aparecía encorsetada con un enorme y horroroso sujetador que parecía como cosa de ortopedia.
Tarzán, como siempre, comentó, perplejo, la cuestión con Chita:
- ¿Quién será esa pobre mujer, que da pena con semejante indumentaria?
- De pobre, nada, Tarzán. Es la mujer del jefe. Y eso que lleva es el ÚNICO sujetador, posiblemente, en toda África. Que ya lo decían los clásicos, Tarzán, y no lo olvides:
"las cosas no son lo que son, sino lo que representan"
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29 Abr 2008
Educando a Tarzán (11)
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Habían pasado ya diez días de un llover continuo y torrencial sobre la selva. Días y días de una lluvia feroz y primitiva. Del ambiente fresco y perfumado de la primera llovizna se había pasado a la pesada sensación de la penumbra permanente y el martilleo constante del agua sobre las hojas.
Tal vez todo ello, o la obligada inactividad en el refugio, habían provocado en Tarzán un estado de febril melancolía que le empujaba a escribir larguísimos y lánguidos poemas de penas y de ausencias, excesivos en la forma y escasos en el fondo.
Chita leía, indulgente, los poemas del pupilo y, escogiendo las palabras para no herir sus sentimientos, aunque sin renunciar, al mismo tempo, a la tarea educativa que se había impuesto, le advirtió, doctrinal y cariñosa:
- Convéncete, Tarzán, hijo: en la literatura, como en el sexo, el exceso y el tamaño no mejoran, necesariamente, el resultado.
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16 Abr 2008
Educando a Tarzán (12)
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Los cambios de estación producían en Tarzán, año tras año, un efecto realmente devastador: al menos, los primeros quince días, iba arrastrando por cada rincón de la selva una feroz melancolía.
Buscando cobijo frente las lluvias tropicales o el calor pegajoso de las horas del bochorno, se explayaba contando, a cualquier bicho que le hiciera compañía, la terrible sensación de soledad que le producía el verse tan distinto y tan poco preparado para la lucha, la caza o las rutinas cotidianas.
Chita presenciaba aquellos desahogos con cierta incomodidad y desaprobación en la mirada y, después, ya solos, en las horas frescas del crepúsculo, amonestaba al pupilo:
-Tarzán, hijo: no cuentes las penas a los amigos. ¡Que los distraiga su santa madre!
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28 Sep 2007
Educando a Tarzán
EL FURIOSO TRAJÍN DEL PEREZOSO.
Todo el misterioso encanto de la jungla se hace especialmente intenso en los minutos previos a que estalle la tormenta.
Se para, de repente, el ruidoso gorjeo de los pájaros, el chillido nervioso de los monos, el viento en las copas de los árboles y un bochorno espeso y silencioso avanza reptando como el vaho enredado en el manglar.
Todo cesa de repente. El ir y venir, el revoloteo incesante de mosquitos y de insectos.
Sólo los bichos perezosos parecen despertar de repente y enfrascarse en empresas y trajines como si estuviera por llegar, de improviso, el fin del mundo.
Chita, con gesto de desprecio, observa con desdé en ajetreo:
-"Tarzán, hijo, no te dejes impresionar: el que tiene mucho que hacer es que, todavía, no lo ha hecho".
24 Jun 2007
Educando a Tarzán (3)
Extraños efectos psíquicos
Eran las cuatro de la tarde de un domingo de Junio aquí en la Jungla.
La lluvia torrencial de la mañana había dado paso a un tarde fesquita y soleada y a una brisa limpia y traspasada de olores y sonidos como de un mundo recién estrenado.
Chita, indolente, leía reclinada en las raíces casi humanas de aquella secuoya milenaria junto al lago.
De pronto, como el que tiene la impresión del "dejà vu", de estar leyendo de nuevo algo visto en algún sueño del pasado, cerró el libro suspirando:
-Tarzán, hijo, no te dejes engañar por la apariencia: aunque dos libros te parezcan exactamente iguales, a veces, inexplicablemente, en uno de ellos cambia el nombre del autor
12 Jun 2007
Chita educando a Tarzán (2)
Convéncete Tarzán, hijo: se cazan más moscas con miel que a garrotazos.
Pero a la que aciertes con el garrote...
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EL REINO MENGUANTE
Francisco Flecha Andrés
¿Quién digo ser?
Aparento ser (como se ve) un animal con caracteres secundarios de varón, de raza humana, sin rasgos ni marcas que me hagan muy diferente a otros individuos de la especie y con el deterioro propio de la edad.
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