Hay 2 artículos con el tag guerra en el blog EL REINO MENGUANTE. Otros artículos en La Comunidad clasificados con guerra

23 Oct 2008

Los días lejanos de la infamia

Escrito por: panchoflecha el 23 Oct 2008 - URL Permanente


¡Qué cosa la muerte, qué cosa! ¿Verdad? Si me paro a pensar, mi infancia estuvo poblada por el fantasma omnipresente de la muerte. Eran tiempos en los que en todas las casas había muertos familiares. Y el toque de difuntos era casi una costumbre de las tardes al sol puesto. pero, entre todas las muertes de la infancia, la que más me influyó (y aún hoy sigue extrañamente presente en mi conciencia) fue aquella, digamos, del pariente innombrado.

Al principio, era el gesto mínimo de tía Aurora que, el día de los Santos, en el rito ancestral de las flores a los muertos, dejaba un ramo de crisantemos en un lugar sin cruz ni tumba aparente en la tapia de atrás del cementerio al que acudíamos en familia. Era inútil preguntar. El pacto de silencio parecía responder a un viejo compromiso que, de cualquier modo, escondía alguna herida aún abierta y dolorida.

Como si fuera un nuevo rito de pasaje, tuve que esperar a hacerme hombre (o a que se me reconociera como tal) para que se me hiciera partícipe de aquel viejo secreto familiar.

Resultó que, cuando aquello, el tío Bernardino fue mandado al frente como el resto de los mozos. Por lo visto, el tío había sido un muchacho taciturno, poco amigo de juergas, de peleas y de aquellas cosas que parecía obligado que gustasen a un mozo de su edad.

El caso es que, según dijo, no resistió el sinsentido de tener que disparar a gente que era incapaz de distinguir de aquellos a los que debía reconocer y respetar como "los nuestros".

Aprovechando la noche sin luna, se echo a correr, huyendo de aquel sinsentido y de la furia por los montes que conocía palmo a palmo de andar con el ganado y, tras una semana de esconderse por los riscos como un lobo, llegó a casa y trajo consigo el peligro y el bochorno a la casa del abuelo.

Pero, al fin, un hijo es siempre un hijo y el abuelo lo escondió como pudo tras una falsa pared de la panera.

Fueron días de penumbars en la casa y de alertas ante el más mínimo rumor procedente de la calle. Días de desear el final, fuera el que fuese.

Cuando, al fin, entraron en el pueblo, con el gesto fanfarrón y las maneras prepotentes de quien se siente vencedor y vinieron en busca del abuelo, por traidor, el tío Bernardino, sintiendo que, por fin y ahora si, se enfrentaba al enemigo, salió a la plaza a descargar el cargador sobre aquellos invasores.

Fue sólo un gesto último e inútil antes de ser abatido como la alimaña en que, decían, se había convertido.

El abuelo lloraba y temblaba como un niño. Suplicó, como nunca lo había hecho. Les pidió, por favor, que le mataran.

Se rieron de verle en este estado. Le obligaron a tumbarse boca arriba y desde el camión, entre risas, le mearon encima. Y le perdonaron la vida, pero no por piedad, sino por hacerle más largo el sufrimiento. Y le obligaron a enterrar al traidor con sus manos, como a un perro, en la tapia de atrás del cementerio.

Y de allí nació el silencio. Durante los años de su vida, el abuelo jamás volvió a dejar que, en su presencia, se volviera a hablar de todo aquello.

17 May 2008

Los niños de la guerra

Escrito por: panchoflecha el 17 May 2008 - URL Permanente

.

LOS NIÑOS DE LA GUERRA DIBUJAN EL HORROR Y LA ESPERANZA

Texto para la presentación, en la Universidad de León, de la exposición de los dibujos de los niños recogidos en las colonias republicanas durante la Guerra Civil (1936-1939)

Hablar de la guerra en tiempos de paz y de bonanza podría parecer, incluso, indecoroso. Como hablar de la miseria en tiempos de lujo y bienestar.

Todo discurso parece hueco, hipócrita, ineficaz cuando decimos recordar para no olvidar, recordar para reafirmar la voluntad del “nunca más”.

Pues algo me dice que esta especie de recuerdo racional no impide que la barbarie vuelva por sus fueros. Cuando la guerra se explica y se comprende como una cuestión de enfrentamiento entre bloques o posiciones ideológicas igualmente responsables, defensora cada parte de territorios, intereses o ideales absolutamente irrenunciables, el recuerdo sólo sirve, en mi opinión, pera reafirmarse en los principios y creencias y prepararse interiormente para una nueva contienda a sangre y fuego, como una nueva demostración de heroico patriotismo.

Que ya lo advirtió el poeta, en su momento:

“A la tormenta
Jamás le ha seguido
La calma,
Sino otra tormenta
Más o menos
Lejana”.

El fin de siglo (tras lo que cabría esperar después del espanto de las dos guerras mundiales) ha sido testigo de las guerra fratricidas más rabiosas, desenterrando antiguas, primitivas rencillas entre etnias que parecían esconder viejos odios, mientras compartían el mismo territorio.

La guerra, vista desde esta perspectiva, parece una cuestión terapéutica (traumática, como una operación quirúrgica) pero más o menos necesaria, como una exigencia (incluso moral) de resistencia activa ante la injusticia, la opresión o, simplemente, la presencia intolerable de “esos otros, tan distintos que no podemos soportar su existencia entre nosotros..

Y sólo adquiere su rostro descarnado, de auténtica locura, de terror innecesario y gratuito, de maldito y desbocado caballo apocalíptico, de crimen masivo, de desgracia colectiva cuando es vista desde la mirada impotente, resignada, dolorida de las víctimas.

Y (que nadie se engañe) todos en la guerra son víctimas, salvo, tal vez, los que hacen de ello su negocio.

Y, sobre todo, los niños. No creo que haya mayor representación del espanto de la guerra que los millones de niños asesinados, deportados, mutilados, solos, absolutamente solos, abandonados al frío, al hambre, al sueño, a la metralla y las sirenas.

Y solos. Mirando, sobrecogidos de miedo, el espectáculo feroz, el carrusel vertiginoso de la muerte.

Fijaos, si no, en estas imágenes de niños cazados como alondras por las bombas de aviones bombarderos. Niños dormidos como trapos, esperando un tren a alguna parte. O en camino, en mitad de ningún sitio, con la manta al hombro, como hombres.

Pues bien, en la guerra, la que ocurrió por estas tierras (que me resisto a decir que fue “la nuestra”), la que recuerdan con espanto los abuelos, más de 200.000 niños fueron evacuados, arrancados del fuego y de los tiros, para evitarles la muerte y la vergüenza.

Y, en las colonias, quizás por conjurar el espanto y los fantasmas, dibujaron.

Y nos dejaron la visión estremecida del conflicto con los ojos más puros, con la mirada más limpia, con el miedo todavía apretándoles las tripas, aunque (también es verdad) con el recuerdo de los días tranquilos del pasado, con la sensación de aseada protección de las colonias y la esparanza de la vuelta a los días soleados del campo y las cosechas tras la guerra.

En la exposición que hoy se presenta sobre los dibujos de los niños de las Colonias Republicanas durante la Guerra Civil, procedentes de la Biblioteca Avery de la Universidad de Columbia, que nos ha llegado de la mano de Anthony Geist, profesor de la Universidad de Washington en Seattle y miembro de la Asociación de Veteranos de la Brigada Lincoln, los dibujos se presentan estructurados en cinco bloques:

• Memoria de la pérdida
• La guerra
• La evacuación
• La vida en las colonias
• La vida después de la guerra.

1.Memoria de la pérdida.

Son dibujos de cielos limpios, con pájaros y nubes, de escenas campesinas, de gentes trabajando, de huertos, de animales y de flores. De ciudades transparentes, con niños que juegan en las plazas, de casas con tiestos en las ventanas, de tabernas y de cines.

2.La guerra.

Aquí es donde vuelan, como vencejos, los fantasmas. Aquel campo con huertos, con nubes o con pájaros es ahora el paisaje desolado de aquellos labradores de Milet, que nos miraban desde los calendarios de la infancia, pero ahora transformado en la tragedia de un campesino muerto en medio de un enorme charco de sangre, como una llamarada. Sangre roja, mucha sangre.

Y aviones. Y aviones. Y aviones. Que ya no hay ni un solo pájaro. Sólo aviones descargando sus bombas. Y ambulancias. Y trincheras. Y aviones entre llamas y niños escapando. Y colas de gente buscando la comida. Y ambulancias, Y aviones disparando.

3.La evacuación.

Escenas de trenes, de niños, de maletas. Y aviones. Y trenes. Y túneles (como cosa freudiana de entrar en un mundo de sombras y de nada, en un agujero, como ratas) Y coches. Y autobuses y barcos atestados de gentes. Y niños diminutos (como aplastados contra el suelo en total desesperanza).

4.Las colonias.

Aquí el paisaje es más amable y vuelven los juegos, el teatro y las flores en el campo. La higiene cotidiana y la vida familiar de niños haciendo compañía a “una niña que está enferma”.

5.Y, por fin, la vida después de la guerra.

Y vuelve (así lo sueñan, lo desean) la vida a los campos y el sol y las gallinas y el trabajo. Y la bandera tricolor republicana en la barraca y, al fin, como el supremo deseo, el reencuentro tras la larga pesadilla.

En fin, ya os lo he dicho.

El verdadero rostro de la guerra. Sin miramiento. Sin disfraces, como sólo es capaz de presentarlo el que ha visto al viejo monstruo mirándole a la cara sin entender por qué aquí, por qué ahora, por qué a mí y qué sentido tiene tanto miedo, tanta ruina, tanta muerte gratuita.

.

Sobre este blog

Avatar de Francisco Flecha Andrés

EL REINO MENGUANTE

¿Quién digo ser?

Aparento ser (como se ve) un animal con caracteres secundarios de varón, de raza humana, sin rasgos ni marcas que me hagan muy diferente a otros individuos de la especie y con el deterioro propio de la edad.

ver perfil

Fans

  • www-hipotecasflexibles-com

Ídolos

Suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):