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28 Ago 2009

Educando a Tarzán (1)

Escrito por: panchoflecha el 28 Ago 2009 - URL Permanente

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Versión narrada

Versión escrita

A QUIEN CORRESPONDA

Después de doce días de un llover torrencial sobre la jungla, salió el Sol y volvió el ajetreo de pájaros y monos.

Tarzán se enfrascó en una febril escalada de liana en liana como si fuera lo último que habría de hacer en esta vida.

Fue entonces cuando Chita, en su sufrido papel de entrenadora, dijo aquello que debería estar escrito en bronce a la puerta de ministerios y despachos:

-"No trepes tan deprisa, hijo, que la arboleda es breve".

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09 Nov 2008

La Pollera Colorá.

Escrito por: panchoflecha el 09 Nov 2008 - URL Permanente

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Yolandita Mercadal era puta, si señor, y a mucha honra, que su trabajo le costaba. Y gracias a aquellos trajines cotidianos había ido saliendo adelante en esta ciudad enorme y bulliciosa de México Distrito Federal, donde había abierto, incluso, un discreto saloncito (de nombre "La Pollera Colorá") en el número 23 de la calle La Soledad, en la trasera misma del Palacio Nacional.

Yolandita Mercadal era puta, si señor, ya le digo, pero piadosa y agradecida como una Hermanita del Señor Sacramentado.

Así lo demostró cuando después de mucho bamboleo consiguió este trabajo, a los pocos meses de llegar a La Merced desde su casa de allá en Palanca Hidalgo. Cuando aquello se hizo fijo mandó pintar un exvoto a un imaginero de la Puebla de los Ángeles para agradecerle a la Santa Virgen la gracia concedida:

Le doy grasias a la Virgencita de Guadalupe que ya encontré trabajo de puta aquí en La Merced, México. Cuídame mucho para poder mandarles unos sentavitos a mis padres, allá en Palanca Hidalgo. 12 didembre 1950.

Ahora ya, con un mayor desahogo, piso propio y los achaques de la edad le sigue pidiendo a la Virgen salud y clientela para que el negocio no decaiga, que la cosa se está poniendo medio mala.

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03 Nov 2008

Biblias en España

Escrito por: panchoflecha el 03 Nov 2008 - URL Permanente

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Don Jorgito el inglés, rubio como un querubín de los retablos, de cara repulida como una damisela, pero de un hablar recio y retorcido como de mozo de escuadra catalán, vino hace ya doscientos años, desde sus tierras de Irlanda, a vender de casa en casa por los pueblos de España nada menos que Biblias protestantes (que se dice bien y pronto lo que es equivocarse de cuajo y por entero: vender Biblias a paisanos ignorantes que sabían leer con la misma soltura que sus mulas y adoctrinados por curas aguerridos, carlistas, trabucaires, capaces de haber mandado al inglés a los infiernos, como cosa de obligado cumplimiento sin apenas dejar que soltara ni un resuello).

Se hacía acompañar (como antes lo hiciera Don Quijote y como corresponde a un caballero) de un criado griego, mozo de mulas y equipajes que, consciente de estar en tierra extraña, mezclaba las palabras de la tierra con lo que sabía de turco y de italiano.

En los caminos, los duros caminos de la España montaraz y montañosa se encontraron con huestes enteras de truhanes, peregrinos, arrieros, tratantes de la meseta camino de alguna feria y gallegos de vuelta a sus lugares después de haber segado a golpes de hoz, de sudor y de "saudade" los campos ardientes de Castilla.

Precisamente en una de esas charlas de camino, en conversación con Celestino, gallego de Ventosela, parroquia de Redondela, provincia de Pontevedra,encaminada la charla a la cosa de la fé, llegó don Jorgito a preguntarle al segador si creía en Dios nuestro Señor

- "Pues no sé qué le diría. Tal vez sí y tal vez no. Que eso de Dios es cosa de pueblos grandes. De Mondoñedo, por ejemplo, que allí tienen hasta obispo. En nuestro pueblo, mire usted, solamente tenemos la ermita de San Benito y en él creemos, mas que nada".

Sintió Don Jorge la firme tentación de contestarle con las palabras de Don Luis, aquel cura de Creciente que amonestaba a los feligreses con aquello de que, al lado de Dios, San Benito era una mierda, pero calló prudentemente.

Pero empezó a barruntar, a partir de aquel encuentro, que tal vez fuera una locura o, al menos, un absurdo disparate, esta cosa tan sutil y desmedida de recorrer los caminos y querer vender Biblias por las casas como si fuera pimentón o chocolate.

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28 Oct 2008

El Especialista

Escrito por: panchoflecha el 28 Oct 2008 - URL Permanente

Supe que había llegado al final, que no había ninguna solución a los males que me aquejaban cuando el médico al que había acudido me aconsejó que pidiera consulta con el superespecialista mundial en cosas como la mía: el Dr. Belinchón.

Aquello que, en cualquier otra ocasión, hubiera sido una puerta a la esperanza, me llegó como un mazazo, como una especie de condena inapelable: el Dr. Belinchón era yo.

27 Oct 2008

División del trabajo

Escrito por: panchoflecha el 27 Oct 2008 - URL Permanente


Donaciano estaba realmente orgulloso de haber sacado adelante a sus cinco hijos con el sueldo (escaso, todo hay que decirlo) de peón caminero dependiente de la Diputación Provincial y con la encomienda de mantener límpias cunetas y alcantarillas entre Villamandos y Villaquejida.

Cuando alguien le preguntaba por el asunto, respondía orgulloso y satisfecho que los dos chicos mayores estaban en Barcelona y los otros dos, trabajando en las obras en León.

-¿Y la chica?
- No. A la chica la gastamos en casa.

Y es que así va la división del trabajo en este reino milenario.

23 Oct 2008

Los días lejanos de la infamia

Escrito por: panchoflecha el 23 Oct 2008 - URL Permanente


¡Qué cosa la muerte, qué cosa! ¿Verdad? Si me paro a pensar, mi infancia estuvo poblada por el fantasma omnipresente de la muerte. Eran tiempos en los que en todas las casas había muertos familiares. Y el toque de difuntos era casi una costumbre de las tardes al sol puesto. pero, entre todas las muertes de la infancia, la que más me influyó (y aún hoy sigue extrañamente presente en mi conciencia) fue aquella, digamos, del pariente innombrado.

Al principio, era el gesto mínimo de tía Aurora que, el día de los Santos, en el rito ancestral de las flores a los muertos, dejaba un ramo de crisantemos en un lugar sin cruz ni tumba aparente en la tapia de atrás del cementerio al que acudíamos en familia. Era inútil preguntar. El pacto de silencio parecía responder a un viejo compromiso que, de cualquier modo, escondía alguna herida aún abierta y dolorida.

Como si fuera un nuevo rito de pasaje, tuve que esperar a hacerme hombre (o a que se me reconociera como tal) para que se me hiciera partícipe de aquel viejo secreto familiar.

Resultó que, cuando aquello, el tío Bernardino fue mandado al frente como el resto de los mozos. Por lo visto, el tío había sido un muchacho taciturno, poco amigo de juergas, de peleas y de aquellas cosas que parecía obligado que gustasen a un mozo de su edad.

El caso es que, según dijo, no resistió el sinsentido de tener que disparar a gente que era incapaz de distinguir de aquellos a los que debía reconocer y respetar como "los nuestros".

Aprovechando la noche sin luna, se echo a correr, huyendo de aquel sinsentido y de la furia por los montes que conocía palmo a palmo de andar con el ganado y, tras una semana de esconderse por los riscos como un lobo, llegó a casa y trajo consigo el peligro y el bochorno a la casa del abuelo.

Pero, al fin, un hijo es siempre un hijo y el abuelo lo escondió como pudo tras una falsa pared de la panera.

Fueron días de penumbars en la casa y de alertas ante el más mínimo rumor procedente de la calle. Días de desear el final, fuera el que fuese.

Cuando, al fin, entraron en el pueblo, con el gesto fanfarrón y las maneras prepotentes de quien se siente vencedor y vinieron en busca del abuelo, por traidor, el tío Bernardino, sintiendo que, por fin y ahora si, se enfrentaba al enemigo, salió a la plaza a descargar el cargador sobre aquellos invasores.

Fue sólo un gesto último e inútil antes de ser abatido como la alimaña en que, decían, se había convertido.

El abuelo lloraba y temblaba como un niño. Suplicó, como nunca lo había hecho. Les pidió, por favor, que le mataran.

Se rieron de verle en este estado. Le obligaron a tumbarse boca arriba y desde el camión, entre risas, le mearon encima. Y le perdonaron la vida, pero no por piedad, sino por hacerle más largo el sufrimiento. Y le obligaron a enterrar al traidor con sus manos, como a un perro, en la tapia de atrás del cementerio.

Y de allí nació el silencio. Durante los años de su vida, el abuelo jamás volvió a dejar que, en su presencia, se volviera a hablar de todo aquello.

21 Oct 2008

El académico

Escrito por: panchoflecha el 21 Oct 2008 - URL Permanente

A veces me desanimo. No sé qué aspecto de la vanidad queremos satisfacer con la cosa esta de escribir, si lo que hacemos sólo llegan a apreciarlo los más próximos (y no todos).

Se dice que Camilo José Cela, con ser Camilo José Cela, pasó por uno de esos momentos de embarazo un día que, casualmente, se había ido de putas con unos amigos.
Y metidos en tal trance, la maestra
del oficio, por entrar en conversación y no ir directa al “pim, pam, pum” le preguntó a Don Camilo:
-Y tú ¿a qué te dedicas, chato?
-Soy Académico de la Lengua.
¿Anda, quita p’allá, cacho guarro!

20 Oct 2008

Educando a Tarzán

Escrito por: panchoflecha el 20 Oct 2008 - URL Permanente

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Involución.

Chita se enteró, por pura casualidad, de que, en la aldea de los hombres, enfrascada como era su costumbre en una larga y penosa guerra fratricida, un general(del bando que luego resultó ser el vencedor) había dicho aquella cosa atroz, que abochornaba solamente al escucharla:

"Nuestros heroicos legionarios les han enseñado a las mujeres de los rojos lo que es realmente un hombre y no un castrado miliciano".

Y, con el mismo horror, se enteró de que semejante bestia sanguinaria no había sido, por lo menos, degradado, sino que figuraba en la nómina de los Padres de la Patria y le habían sido dedicadas plazas, calles y avenidas.

Se le erizó a Chita, de puro furor, el pelo de la espalda y comentó al pupilo, realmente impresionada:
-" Mira, Tarzán, hijo. Si por algún designio oscuro, que no alcanzo a comprender, el Gran Mono Celestial hubiera castigado a una parte de nosotros convirtiéndoles en hombres, no debería hablarse jamás de evolución, sino de fatal degeneración. Sólo así podría explicarse la existencia de esos monos asesinos, salvajes y enloquecidos.
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19 Oct 2008

La cuenca

Escrito por: panchoflecha el 19 Oct 2008 - URL Permanente

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La cuenca era, y sigue siendo, en este reino bravío y montañoso un lugar mágico, misterioso y primigenio donde convivían, y siguen conviviendo en perfecto maridaje, los mineros, las mujeres, los viejos, los curas, los guardias, los lobos y los guajes con los trasgos, boscosus, xanas, cuélebres y güestias.

Todo ocurría en la cuenca siguiendo un ritmo cósmico apenas perceptible. Pasaban los veranos, los inviernos, los días y las noches con la misma lentitud de la nieve y las miserias.

Ni siquiera en la mina se notaba gran diferencia en las labores con las que hacían los romanos excavando las montañas en busca del oro y de la muerte.

Y eso a pesar del ingeniero y los peritos.

Podría decirse, como muestra, que, desde siempre, para hablar en la mina (desde la bocamina al pozo o de una a otra galería) sobraba con un par de cojones y unas voces bien templadas al calor del orujo y los barrenos.

Pero vino el ingeniero nuevo cuando las minas las compraron los de HUNOSA y decidió que había que modernizarse y poner telefonillos.

Para probar el artilugio, llamó Antonino desde arriba apretando a la oreja el aparato:

- ¿Óyesme, Lín?


Y Lín contestó desde el pozo con las mismas voces de costumbre:
- Sí, Nino, sí; pero por fuera.

Estaba visto que la cuenca no estaba preparada para tanta sutileza.

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25 Sep 2008

El homenaje

Escrito por: panchoflecha el 25 Sep 2008 - URL Permanente

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Estaban todos, la verdad: Joaquín, rodeado de todos sus becarios, orondo como un pavo real, diciendo las mismas estupideces de siempre y riendo, él solo, como siempre, de sus propias tonterías, que siempre había sido el público más agradecido de sus chistes de marquesas; Encarna, al lado de Cipriano, mirándole con aquella forma de embeleso que podría parecerle sinceramente pasional a quien no supiera, como él, que detrás de aquella entrega admirativa, se escondía el propósito interesado de sacarle, también, de la bragueta su apoyo en la próxima RPT para el puesto de Jefa de Sección; Pérez Sotomayor, que se aplicaba al lechazo con el mismo entusiasmo que había puesto en ir trepando a fuerza de codazos; Mari Paz, que nunca se sentaba al lado de Enrique, su marido, en los Consejos, diciendo en voz alta, como venganza o amenaza, aquello de que " del amo y el mulo, mientras más lejos más seguro"; Nati, que, ya ves, a pesar de los años, seguía estando resultona y ella lo sabía. Y el tonto de Bernardo.

Estaban todos, la verdad, que no faltaba nadie. Y él, Herminio Torices Villafañe, que había llegado a este momento después de 45 años detrás de la ciclostil (cuando existía) y de la fotocopiadora cuando pusieron la Rank Xerox. Cuarenta y cinco años, que se dicen bien y pronto.

- Herminio, 20 copias. Me las encuadernas y las subes rapidito que tienen que salir esta mañana.

Cuarenta y cinco años de verles a todos pasar hablando entre ellos sin fijarse en su presencia, como si fuera transparente. Ni un solo "¿Cómo estás, Herminio?, ni siquiera "Buenos días", ni "¿Qué tal las vacaciones?" o simplemente "joder, que frío hace esta mañana".

Nada, ya te digo, como si fuera transparente. Las penas, las alegrías y hasta esas cosas tontorronas de la puta rutina cotidiana, se las tragaba a solas, día tras día.

Sólo órdenes concretas:

- Te dije que en A3 y por las dos caras.  Joder, Herminio y para esto toda la mañana.


Pero hoy estaban todos, la verdad, que no faltaba nadie.  Hablando de sus cosas, como siempre.  Y él, sentado allí en la presidencia, al lado de Don Emilio, pero como si fuera transparente.

El caso es que el tarjetón lo decía claramente:

Restaurante El Racimo de Oro

Especialidad en Asados

Comida Homenaje a

Herminio Torices Villafañe

con motivo de su jubilación

Dirección Provincial de Educación

A los postres, cuando empezaban a servir ya los cafés, tomó la palabra, por su cuenta, Don Emilio.  Habló un poco de sí mismo, otro poco de la Dirección Provincial, que era, para él, una auténtica familia, bastante de sus éxitos de gestión y, sólo al final, como para justificar la presencia de Herminio aquí a su lado:

-Y ya veis.  Después de todo esto, el bueno de Herminio, que se nos va. Hubo unos aplausos rutinarios, mientras Encarna  seguía su charla acaramelada con Cipriano, Joaquín contaba, por milésima vez el chiste de la Marquesa y Pérez Sotomayor chupeteaba las chuletillas con la misma fruición que hubiera empleado en chuparle cualquier cosa al Consejero. Y, de repente, como había estado temiendo desde que le anunciaron la comida, Porfirio, el conserje, con la autoridad que le daba el ser Guardia Civil en la reserva, lo dijo como una órden:

- ¡Que hable Herminio!

Sintió, de pronto, unas ganas casi irresistibles de decir aquello que tantas veces había rumiado, sacarse aquella espina emponzoñada, compensar tantos años  de silencios displicentes.
Se puso en pie, abotonándose lentamente la chaqueta como para darse tiempo de poner en orden palabras y pensamientos.
Pero, al verles allí a todos (porque estaban todos, la verdad) le dió cierta cosa, como pena, porque, si vas a ver, ésta era la primera vez que parecían pedirle que dijera algo.
Y mintió
- Sabeis que soy corto de palabras, así que ¿qué voy a decir?, que muchas gracias por venir, que os echaré mucho de menos y que, como siempre, a vuestras órdenes.

Hubo unos aplausos rutinarios, mientras Encarna  seguía su charla acaramelada con Cipriano, Joaquín contaba, por milésima vez el chiste de la Marquesa y Pérez Sotomayor chupeteaba las chuletillas con la misma fruición que hubiera empleado en chuparle cualquier cosa al Consejero.
Y mintió.  Y se sorprendió por igual de lo fácil que resultaba mentir y de lo poco que a los demás les importaba.
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EL REINO MENGUANTE

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Aparento ser (como se ve) un animal con caracteres secundarios de varón, de raza humana, sin rasgos ni marcas que me hagan muy diferente a otros individuos de la especie y con el deterioro propio de la edad.

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