02 Oct 2012

Mon petit jardin

Escrito por: gloriainfinita el 02 Oct 2012 - URL Permanente

Estaba pensando en los ‘palabros’ que terminan en ‘ad’. Si, si… como libertad, igualdad, equidad, más que nada porque desde ZP (la que está liando Zapatero) nos hemos acostumbrado a escuchar pronunciar en los medios de comunicación a gente, bien pagada, muy estudiada y preparada, que suele decir… libertazzz, igualdazzzz, equidadazzz…
Y no nos perdamos el cuadro cuando la palabra a pronunciar es alguna del tipo: actuación, accidente o similares, que se convierten automáticamente en azzztuación, azzzcidente, sin que la titulación o la cuenta bancaria del que nos cuenta la historia tenga nada que ver en el asunto.

Lo reconozco, me pone un tanto nerviosa el asunto, me paso el día repitiendo y pronunciando, ya ni el perro me hace caso y no levanta las orejas cuando me escucha. Hay que ver lo mal que hablan los que salen en la tele.
Y ello me recuerda a mi propia estupefacción cuando, en las primeras lecciones de francés, ‘me-se’ quedaban los ojos bizcos al ver las complicadas fórmulas que tenían los gabachos para escribir una simple vocal, pero que terminan en E, simplemente, nuestras importantes palabras terminadas en zeta de pronunciar. Listos son, los gabachos, digo.
Legalidazzzz es una de las palabras que ahora podemos escuchar, de forma repetida, en bocas que (ojo, nena, no pongas adjetivos, ni azjetivos siquiera) mejor se estaban calladitas. Justamente en las mismas bocas que cambian la legalidad según les viene en gana, porque, como se dice en los primeros párrafos del primer libro de Derecho: no hay nada más inútil que una biblioteca de libros de leyes por lo cambiantes que son. Un par de decretos o cinco y toda una biblioteca de libros de derecho queda inutilizada. El gran debate entre legalidad y legitimidad que, con el correr de los años, parece que baila la yenka: izquierda, izquierda, derecha, derecha, adelante, atrás y… un, dos tres.


Nada que ver. Absolutamente nada, con lo que rondaba por mi cabeza cuando tomaba estas fotos. Ellas, las plantitas, han sobrevivido a los fuertes calores veraniegos y a la gota fría, perviven a pesar de los pesares. Me importan más, bastante más que Más, incluso más que las zetas al final de una palabra o las ces que van delante de una consonante. Aunque me confieso, padre, creo que quien roba dinero público destinado a cooperación debería estar en la cárcel y quien no sabe pronunciar correctamente las palabras o palabros que le escriben los becarios, no debería abrir los telediarios en una cadena pública que pagamos entre todos.
¿No se me entiende? Seguramente, pero que conste que lo tengo muy claro.

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03 Sep 2012

La vuelta al cole

Escrito por: gloriainfinita el 03 Sep 2012 - URL Permanente

Atendiendo a las diversas peticiones, salgo por peteneras, para seguir con mi tónica habitual... por lo menos en algo.
Es que veo mucha tele, es mi deporte favorito en los últimos meses, el cambiar la cabeza de un lado a otro del sofá cuando se me carga el cuello de un lado y tragarme todas las pelis en blanco y negro que puedo digerir. Y en la tele hablan de la vuelta al cole, de la subida del iva, del precio del material y, como lo uno lleva a lo otro, recordé que en mi último viaje a Asturias fuimos a ver nuestra antigua escuela.


Nos gusta recordar aquella época a los hermanos cuando nos juntamos, que son mis hermanos, Mariano, no son mis compas de pupitre pero como el dinero no alcanzaba para foto individual nos hicieron esa vieja foto a los tres juntos aunque estábamos en diferentes clases. Creo que es la última de las fotos en la que todavía soy la más alta.


Aquellas vueltas al cole, que se llamaba escuela, no tenían tanto gasto, la enciclopedia Álvarez iba pasando de unos a otros. Primero se usaba una pizarra y un pizarrín, luego pasabas al uso de la libreta y el lápiz, la pluma y el plumín, la tinta la ponía el maestro y en el pupitre había un tintero con tinta roja y otro con tinta negra. ¡Menuda se armaba cuando se volcaba!

Había algunos compas, algo más pudientes, que tenían el aparato para afilar los lápices, que ni siquiera ahora sé cómo se llama, lo llamábamos tajador, pero no está en el diccionario.

No había en mi casa y los lápices se afilaban directamente con la navaja. Tampoco había goma de borrar y había que apañarse borrando ‘a dedo’: se mojaba un poco el dedo con saliva y se pasaba por el papel. Había que tener mucha maña porque se corría el riesgo de hacer un agujero y luego te las tenías que ingeniar para incluir en la redacción o problema de matemáticas un dibujito que lo disimulara.
Tres maestros y tres maestras atendían a todos los críos de la parroquia, más de treinta por clase seguro, aunque no tengo los datos. Nuestro patio para los juegos del recreo era la mismísima carretera para los juegos tranquilos, para las burradas teníamos el reguero que corría y sigue corriendo por abajo. Allí se podía jugar a Tarzán hasta terminar en el agua.

Ese viejo edificio de piedra ha sido testigo de nuestra infancia llena de aventuras y desventuras. Sentimos lástima al verlo ahora, abandonado a su suerte, solo, con la hierba creciendo en la puerta por la que entraban los pequeños, por la que yo misma entré para asistir a mi primera clase con Doña Beatriz.

Medimos y volvemos a medir las distancias que ahora nos parecen minúsculas y antes eran todo un mundo. Recordamos la leche en polvo que nos daban por las mañanas (cosas de los americanos, creo, que nos querían alimentar mejor), recordamos el cucurucho con castañas que llevábamos en otoño. Podemos pasar horas hablando de la escuela. Nos reímos porque Maxi, el pequeño, se resistía a utilizar la bolsa de tela que mi madre nos hacía para llevar lo que ahora se llamaría material escolar y la rompía un día tras otro.


Y ya me he perdido, amigos, porque la idea que tenía en la cabeza era el hablar de tanto cachivache innecesario, de tantas necesidades que nos ha creado esta sociedad de mercado, de lo absurdo de dejar que los edificios se mueran solos, gastando tontamente en hacer otros de plástico, como la nueva escuela que ni la fotografié de lo fea que es y lo vieja que está, pero me he ido por los cerros como suelo hacer y ello sin nombrar la época en la que nos trajeron la tele y los más relistos teníamos la oportunidad de ver los programas del Félix de la Fuente, niños y niñas juntos para luego lucirnos con la consabida redacción sobre el águila o lo que se hubiera terciado. Así que, corto y cierro con la ‘afoto’ de los tres mosqueteros cuarenta y tantos años después para que se vea que no todo empeora con los años, porque mis chicos están cada año más guapos.

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06 Ago 2012

Sin palabras

Escrito por: gloriainfinita el 06 Ago 2012 - URL Permanente

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20 May 2012

Mitología y otros cantares

Escrito por: gloriainfinita el 20 May 2012 - URL Permanente

Hay una gran cantidad de personajes en la mitología astur y no era difícil ir recordándolos a medida que paseabas por aquel bosque, más aún si llevabas a tu lado al cabrito que te recordaba los cuentos sobre ‘el busgosu’, del que se cuenta que es el amo del bosque, que guía a los pastores cuando se pierden, dicen por el oriente, que despeña por los acantilados a los cazadores, dicen por el occidente. Con su parte de mal y su parte de bien, como la vida misma, mitad hombre y mitad cabrito.

Aunque, a decir verdad, este amigo se asemeja más a un perro fiel y un tanto presumido que, en cuanto te ve preparar la cámara, te acerca la cara y hace posturitas. Fue criado con biberón por sus dueños y llamarle macho cabrío parece todo un despropósito cuando se te acerca para que lo acaricies.

El gallo, la oca, las ovejas, el perro, el cabrito y nosotros, unos chavales, porque chaval es por Asturias, hoy, quien aún no ha cumplido los sesenta, en esa tierra envejecida, cansada, recorremos el bosque encantado.

Verde, si, muy verde, que dicen que es el color de la esperanza pero no es suficiente con el color para esperanzar a un pueblo que, desde los ochenta, ha visto cómo se destruían los puestos de trabajo, el futuro y que sabe, porque lo vive en sus huesos, que no se puede vivir de ‘tirar’ o ‘escanciar’ sidra a los turistas en agosto.

Brotan los acebos, los robles, los castaños, alrededor de los troncos de los árboles viejos que algún día decidieron morirse. Los miras y crees ver en ellos, escondidos, a trasgus, cuélebres, curuxas, diañus, güestias, ventolines…. Jugándoles malas pasadas a los humanos que aún persisten en vivir allí, en sacarle partido al monte, a la vida que se escapa, recordando lo que era, aferrándose a ello porque no se le ve color al mañana.

Es hermosa mi tierra, tiene aún un sabor salvaje, algo de indomable en sus montañas, en sus valles estrechos, en sus acantilados. Ya sé…ya sé que es sociología barata, y corro el riesgo de que algún asturiano me corra a gorrazos, pero se me ocurrió pensar que la industrialización hizo con ella lo mismo que mi amigo con el cabrito: criarla con biberón y, ahora, sufre las consecuencias, el síndrome de la institucionalización.

Apartarse y sobrevivir al cierre de empresas estatales, volver a la tierra desde las fábricas, ya fueran siderurgias, navales, empresas mineras, parece, a simple vista un trabajo de titanes. En tierra de osos y de lobos tiene que ser difícil sobrevivir si te han criado con biberón.

El ‘puxa Asturies’ de mis años mozos suena hoy tan aflautado (perdón... perdón) que, casi… casi… me dan ganas de volver para apoyar en el grito.

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03 Abr 2012

¿Dónde estás?

Escrito por: gloriainfinita el 03 Abr 2012 - URL Permanente

Esta mañana mi imaginación quería salir de viaje y lo hizo, como ella puede hacerlo, recordando antiguos paseos. Estaba un tanto dispersa en principio y se iba de un lugar a otro sin detenerse mucho en ninguno.

Seguramente sentía añoranza de tiempos mejores en los que era el cuerpo entero el que se marchaba, se instalaba en una ciudad y se quedaba allí diez o doce días, sin prisa. Después de algún que otro tira y afloja conseguí convencerla de que nos fuéramos a Roma, la que llaman la ciudad eterna, de la que tanto conocemos aunque no la hubiéramos pisado, porque el cine y la escuela nos han plagado la memoria con sus monumentos.

Instalada en un hotel barato pero céntrico, cada mañana, con el café, ante mis ojos se mostraba el ‘pastelito’ diseñado por Giuseppe Saconi en memoria de Vittorio Emanuele II, tan enorme, tan resplandeciente, tan imposible de eludir a pesar de la gran vitalidad de la plaza.

A pocos pasos de allí, la famosa Piazza di Spagna, con su fuente, sus escaleras, muy lejana la visión de la que nos enseñó Willyam Wyler ni aunque fueras por allí a las tres de la madrugada y cuyo aspecto, siempre atiborrado de turistas sentados en las escaleras, invitaba a salir corriendo hacia otra parte.


Caminar de plaza en plaza hasta que los pies pedían descanso, normalmente en alguna otra, bien afamada ella, como la de Campo de’ Fiori donde tampoco podías encontrar los retratos de Mario Bonnard, ni a la gran Anna Magnani como en la película que lleva su título, pero donde se alzaba, imponente, la estatua de Giordano Bruno, quemado allí, en la hoguera, por pensar y decir lo que pensaba.

Y, como en todas las plazas, la gente, los turistas, los visitantes, los pintores de calle. Los vecinos asomándose a las ventanas para entretenerse con el paisanaje.

Alguna vez, en el callejeo, escuchas músicas de otros lugares, sonidos diferentes a los que suenan en los restaurantes para amenizar la velada del turista, los músicos parecen esconderse, son músicos rumanos que intentan sobrevivir como pueden.


Al atardecer, pasear a orillas del Tíber, atravesarlo por cualquiera de sus hermosos puentes y buscar en ese barrio del Oeste, el Trastévere, algún lugar para cenar, también bien llenito de gente pero en el que aún puedes encontrar algún que otro rincón solitario.

Cambiar la vista de piedras y más piedras, cargadas de historia, pero piedras, por una pintada (que no la hice yo, pero me habría gustado hacer). Por vehículos que parecen traídos de años atrás y a los que escuchas decir: yo también quiero una foto.

La pedían tan bien pedida, que casi me traje de aquel paseo más fotos de vehículos que de piedras e iglesias. Con motor o a pedales, de antes...

o de ahora y es que, moverse por Roma ha de ser muy difícil si eres romano.

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26 Mar 2012

Trasteando... que es gerundio

Escrito por: gloriainfinita el 26 Mar 2012 - URL Permanente

¡Anda que…! Irte hasta Teherán y, una vez a la puerta del museo más importante de la ciudad, sentarte en las escaleras a ver a la gente pasar…

Entré, palabra que entré, pero estaba atiborrado de gente y todo eran vitrinas y más vitrinas con objetos del año en el que reinaba Ciro, por lo menos. Mi tiempo, escaso, no quería perderse el hoy contemplando los restos, aunque fueran joyas, del ayer.

Hay días que son para museos y días que no lo son, lo mismo que hay tiempos para viajar hay otros, tristes tiempos, en los que has de conformarte con recordar y mirar las fotos que trajiste del paseo y que, ahora, con lo de las digitales, suelen ser tantos cientos, que hay algunas que pasas por alto en la primera revisión.

Andan estos días con lo de las armas nucleares: ‘que tenemos más de las necesarias’ he leído que decía el emperador de las Américas del Norte. Seguramente tiene razón, si él lo dice, será verdad. Pero el que en Irán también estén trasteando con ellas preocupa mucho y no seré yo quien diga que no hay razón para preocuparse. Una sola que hubiera, en cualquier parte, ya sería mucha preocupación.

Y recordé aquella mañana, sentada en las escaleras del museo, con su cenicero y todo, hasta con extintores que ¡hay que ver lo que es la vida! Los extintores del museo llevaban mi nombre. Ya me gustaría ya, convertirme en extintor.

Entre la gente que entraba y salía pude ver al único negro que encontré durante todo el viaje, un chiquito encantador que no dudó un momento en posar para la foto y hacer lo propio con la fotógrafa aficionada. Venía con un grupo de americanos que hacían turismo por Irán y pertenecían a una iglesia, de algún santo, de algún día, de algún estado de los mismísimos Estados Unidos de Norteamérica. Me dijo de cuál, pero se me olvidó.

Y recordé el paseo por el parque, con Gara Alá, siempre dándole vueltas a su rosario y tratando de indagar en las razones por las que una mujer, esta mujer, va por la vida sin marido, mientras yo le cantaba la de ‘yo tuve tres maridos y a los tres envenené’ y luego, con sorna, mucha sorna… 'no me cuentes cuentos, majo, que sé que fuiste marino mercante en tus tiempos jóvenes y has visto más mundo que yo'.

En el parque, como en cualquier parque, parejitas van y parejitas vienen y también, como en todos los parques, hombres que se hacen la siesta, quizás porque les gusta hacerse la siesta en lugares más privilegiados que su casa, quizás porque no tienen casa.

Desde luego, ningún enemigo a la vista, nadie, en ningún momento me hizo sentirme ante algún tipo de peligro.

Que tienen peligro los políticos, que lo tienen las religiones, todas, pero… la gente, la gente de a pie, la que sufre los peligros de lo uno y de lo otro, esos no, no son mis enemigos.

Son iguales que nosotros, las mismas necesidades, los mismos deseos, los mismos miedos, la misma impotencia. Aquí o allá, te sientas a charlar con cualquiera y le dices: ¡Llámame guapísima! Y van y te lo llaman. Angelicoooosssss....

Enciendo una vela para que nadie toque ninguna vitrina de aquel museo que alguna vez visitaré, que siga intacto hasta que pueda volver y para que los’ nadies’ del mundo puedan seguir dormitando tranquilamente en los parques, rodeados de flores.

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18 Mar 2012

Todo un clásico

Escrito por: gloriainfinita el 18 Mar 2012 - URL Permanente

Cada pueblo tiene sus fiestas pero en mi casa solía decirse ‘de una fiesta, faise un santu’, aprovechando la más pequeña ocasión en la que algo iba mejor que el día anterior. Así que, a edad bien temprana, aprendí a hacerme mis fiestas y a tener mis propios santos, hechos a gusto propio, con todo lo que, de tanto en tanto, la vida me regala.

Y así fue como el santo ‘voy a pillar naranjas a Carcaixent’ se ha ido convirtiendo en un clásico.

Un municipio de la comarca de la Ribera Alta (tirando de Valencia para el Sur), en el valle del Júcar que se nos muere por más que los de la plataforma "Xúquer víu" se desgañiten pidiendo soluciones.

Una ciudad que no puede negar aún hoy sus orígenes árabes y donde el monocultivo de la naranja no está pasando ahora por su mejor momento pero que sigue siendo el lugar ideal para celebrar la fiesta del pillar naranjas.

Fastidiado lo teníamos este año, caray, con lo hermosas que estábamos ambas, correteando por Sierra Maestra y espantando moscones por doquier. Pero, mientras el cuerpo aguante ¡que siga la fiesta! Que se encapoten los cielos cuanto se quieran encapotar que, nosotras, no nos quedamos sin naranjas de pillaje este año.

Una estupenda comida casera, un buen vino y a pasear por los caminos entre naranjos. Ya se ha hecho la ‘collita’ y no hay ningún problema en aprovechar alguna que otra que ha quedado sin recoger, la ley de lal huerta nos protege. Saben mejor, mucho mejor, saben a fiesta, a campo, a historia, a buenos momentos que recordar, a momentos mejores que esperar.

Todavía me quedan unas pocas, los restos de la fiesta, así que, quizás, este año, me decida a hacer fiesta doble, que aún es tiempo de naranjas aunque no lo sea de cerezas.

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12 Mar 2012

Dos veces, dos...

Escrito por: gloriainfinita el 12 Mar 2012 - URL Permanente

Dos veces, dos, has tenido ocasión para jugarte la vida en una partida y las dos ¡te la jugaste!. Así canta uno de Mieres a mi Asturias querida. Y ello me recuerda que fueron dos veces, dos, las que me sucedió que hube de citarme con un desconocido, por esas cosas del politiqueo en las que andaba metida con ‘toa-toa-toa’ el alma, ‘toa-toa’.

Por cosas diferentes al politiqueo me cité alguna vez más, pero eso es otra historia, como diría el del bar de "Irma la dulce".

Como la clandestinidad ya estaba un tanto desnatada por entonces, había una llamada previa, no como en tiempos anteriores. Aquellos tiempos en los que una se iba a un lugar rarísimo, a otra ciudad, con la revista que le habían mandado que llevara bajo el brazo y, a la hora acordada, se encontraba allí… ¡con su vecino! Con lo que la dichosa contraseña solía reducirse a una carcajada.

No, esas dos veces, ya no hacía falta tanta parafernalia. Escuchabas al otro lado del teléfono a un tipo que te decía, cosa curiosa, ambos dijeron lo mismo: soy alto, soy rubio, tengo los ojos azules… y, para tus adentros, pensabas: ¡emoción!… Me voy a citar con el Paul Newman….

Dos veces, dos, les contesté lo mismo, soy bajita (cierto) soy morena y llevo el pelo corto (mentira) peso unos ochenta kilos (no me caben) pero no doy susto, no te preocupes. Y dos veces, dos, noté el cambio en la voz de ellos que traduje por un ‘vaya, se me fastidió el plan, las prefiero más finitas’.

Bueno, el caso es que las dos veces nos reímos en los encuentros y de ambas ocasiones salieron colaboraciones varias y amistades interesantes. Ninguno de ellos era el Newman, ni de lejos, pero es que Newman solamente hubo uno y se lo quedó otra.

Uno de ellos dos anda por los madriles, de vez en cuando hablamos y reconozco que me produce mucho placer el comprobar que aún sigue allí donde estaba, porque el tiempo y lo de las telefonías múltiples hace que pierdas la pista a algunas gentes, pero, para suerte mía, que alguna tenía que tener, el CNSN no ha cambiado su número de teléfono.

El otro está aquí, cerquita, y sigue siendo mi amigo aunque yo ya no politiquee, me quiere y me mima en cuanto tiene un poco de ocasión y algo de tiempo. Ahora, como ando pachuchilla, entre botellón y botellón, procura hacer hueco entre sus quehaceres, me viene a buscar a la puerta con su coche y me lleva a su casa para degustar alguno de sus estupendos arroces.

El otro día, yendo de camino a su casa, se acordó de que le faltaban acelgas (bledes, les dicen por aquí) y aprovechó la falta para llevarme a ver a la Miguela. Aquí al lado, en la misma Valencia que veíamos desde un terrado, en un pedacito de casco histórico que queda del barrio de Benimamet, saliendo hacia el norte, pero aún dentro del término municipal dominio de ‘doña-rita’.

Llegas allí y tienes la impresión de haber viajado lejos, muy lejos de la ciudad, de haber ido hacia atrás, también, en el tiempo, por lo menos hasta los años 50-60. Lo del tiempo dura menos porque las losetas de la plaza y los grafiteros te ponen rápidamente en el tiempo que marca el calendario. Casas bajas, pequeña plaza en la que unas abuelas pasean sus perritos con la bata de andar por casa, bien calentitas ellas, aprovechando el sol del mediodía. Silencio.

La puerta de la casa de la Miguela siempre está abierta y allí puedes encontrar todo tipo de productos de la huerta, de la escasa huerta que aún queda en esta Valencia, reconcomida de asfalto y autopistas. No tendrán la etiqueta de ‘ecológicas’ sus verduras (aunque no da la impresión de que lo sean menos que las que cuestan tan caras que yo no puedo pagar) pero tienen muy buena pinta. Además, ella, prepara sus conservas cuando ve que le van a quedar sin vender tomates, pimientos o habas. A esa forma de vida le llamo yo ser autosuficiente e ir sobrada, cincuenta céntimos esto, cuarenta y cinco aquello, recién sacado del huerto y unas perrillas para 'la butxaca'.

¿Puedo hacer fotos? Le pregunté. Y ella, coquetuela, me dijo: por supuesto que sí, pero espérate un poco que me voy a peinar.

Bueno, no tenía intención de fotografiarla a ella (y no la saco aquí porque no tengo su permiso, aunque, igual me lo daría, pero se me olvidó pedírselo). Que sí, que fue a peinarse y posó como una artista delante de sus tomates y os aseguro que quedó estupenda con sus ochenta y tantos y su delantalito.

Me enseñó su casa, su huerto, su lugar de vivir y trabajar, su pasión cotidiana. Tenía todo aquello un sabor que me parecía tan venido de lejos, como si nada se hubiera movido en años, que le dije: ¿Has vivido aquí toda la vida?

No. No toda la vida, llegamos con mis padres, de niños, desde La Puebla de San Miguel, me dijo, allá por Ademuz, pero no sabrás del lugar.

¡Vaya que no! Que no sé yo nada de la ‘rasca’ que hace allí en invierno, que no me he hecho partiditas de tute en el bar, que no he pillado por allí nueces ni nada, que no he paseado por el bosque, que no me he extasiado con aquellos montes y el tenebroso valle.

-Pues el bar es de mi prima y… ¿conoces a ‘fulanitos’ los pastores?

-Claro, los filósofos que tienen cuartos a porrón y viven como en la edad media…. Los que se compraron un tractor y lo tienen guardado en la cuadra sin usar desde hace años por no ponerle gasóleo.

-Esos te digo…

Un placer, una gozada. Y su perrita, la Cati… que quería colarse en todas las fotos y mi amigo, que había ido nada más que a comprar las acelgas, diciendo… es que no sé cómo te las apañas, siempre tengo la impresión de que conoces a todo el mundo.

No, hombre, no, son casualidades. Que tengo un amigo artista y se compró un establo en ese pueblo y, algunas veces, cuando he tenido ganas de gritar muy fuerte me he subido con él a ese lugar que parece el fin del mundo. De hecho, la primera vez que estuve en el bar de la prima de la Miguela, subimos en auto-stop, eran las fiestas del pueblo y... Vale, vale… es otra historia… que ya queda muy largo el cuento que cuento para no contar nada.

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02 Mar 2012

A falta de pan...

Escrito por: gloriainfinita el 02 Mar 2012 - URL Permanente

Dicen que buenas son tortas. Y a falta de poder irse lejos, tampoco es nada malo irse aquí cerca, subirse a una terraza en pleno casco histórico valenciano, sí señor, código postal 46001, a dos pasos del palacio de la Generalitat, de la Catedral, de las Torres de Serranos. A ver quién es el guapo-guapa que divisa esas torres centenarias entre tanta antena y tanto tinglado o solamente es capaz de fijarse en el arte del tenderete de calcetines.

Lo que me queda claro es que el paisaje combina poco con el Vuittón que, con tan poca gracia, se cuelga la alcaldesa del brazo, al más puro estilo de la Margarita Thatcher y, menos aún, con esas formas y maneras que se gasta, balanceándose mientras nos hiere con esa voz… ¡Ay, esa voz! Esa voz no viene de fábrica, hace falta mucho ejercicio para conseguirla, brazo arriba, brazo abajo. No puedo olvidar, mientras escribo, aquella frase que casi me mata de la carcajada que me produjo: con esta sentencia, queda demostrada la hombría de Camps y me tengo que aguantar las ganas de poner ‘hombría’ con mayúsculas y en negrita. Si es que el disparate que a ésa no se le ocurra soltar. Si, digo yo, y la hombría de Cotino también está más que demostrada, en el club Tebas saben algo de ella. Pero, vale ya, que no venía yo a hablar aquí de hombrías, que me importan un carajo las hombrías de nadie y menos aún de los hipócritas de la Obra que se pasan el día rezando a un dios que no les permitiría entrar en el cielo por ser como son.

Entre tanta calatravada que ha dejado las arcas de estas “valencias del cid” sin una perra, tanto apuro por derribar barrios históricos y construir rascacielos que lleguen hasta el mar cargándose las casitas del Cabañal, tanto sembrar la huerta de la Punta con contenedores que a saber lo que traerán dentro, tanta Fórmula irritando nuestros oídos y nuestras pituitarias, tanto palacio de congresos por aquí y por allá, tanta feria de muestras renovada para no tener nada que feriar, tanto levantar los suelos de los jardines para ponerles piedrecitas nuevas y bancos de madera y hierro forjado que vale cada uno un potosí, ahí tenemos una torre de origen árabe, que estaba casi enterita cuando me vine a vivir a estas tierras y ahora apenas le quedan cuatro piedras, perdida entre casuchas sin remodelar, nido de ratas.

El corazón de Valencia necesita pasar por quirófano y, a ser posible, por las manos de un cirujano que supiera algo de perspectiva, vamos, que hubiera leído a Le Corbusier, aunque no fuera más que de refilón.

Algo bueno tiene la cosa, una se sube a un ‘terrao’ y tiene la impresión de haberse ido a uno de esos países de los que solemos decir al ver las fotos: pobres, hay que ver lo roto que lo tienen todo.

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20 Feb 2012

Bandas sonoras

Escrito por: gloriainfinita el 20 Feb 2012 - URL Permanente

Estaba pensando que… Más que pensar, creo, sería más correcto decir ‘se me metió entre ceja y ceja’ que hoy es un buen momento para dejar a buen recaudo las fotos del viaje a Camerún, pasarlas al disco duro externo y decirle adiós a aquel paseo.

Pero que también sería buena cosa ponerle un cierre, un broche final, un ‘hasta aquí’ y ¿qué mejor que hacerlo con música?

Cada viaje tiene su banda sonora, inolvidable el chan-chan que sonaba durante el viaje a Cuba:de Alto Cedro voy para Marcané, llego a Cueto, voy para Mayarí.


Esta canción de la película Cleopatra, vista hace ya algunos unos años, (vuela el tiempo, vuela) fue la banda sonora del recorrido por la Ring-Road del noroeste camerunés. Se me metió en la cabeza y aún no ha salido de ella. Entró pisando fuerte y continúa siendo la banda sonora de estos días raros. Seguramente lo seguirá siendo hasta que, alguna otra, me suene por dentro y sienta que combina bien con el color de mis ojos.

La música, como los olores, casi siempre tienen, para mí, la capacidad de sintetizar momentos, historias o aventuras a más velocidad y mejor que las palabras.

Si escucho el ‘eres tú, como el agua de mi fuente’ veo mi primer tropiezo con esa extraña sensación que solemos llamar amor. Si es ‘La gallineta’ siento el frío de aquel piso de estudiantes en el que viví mi primer año de universitaria.

Me despedí de Camerún, en Douala, palmeando ésta y con ella continúo, cantándola cada mañana… Buscando una salida, buscando mi destino, buscando a tientas, soñando un bosque abierto y un cielo inmenso que me sorprendan… Toda la vida… sin darme cuenta.

¡Vaya momento!

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Pequeñas historias de esos movimientos, de esa vida, algunas veces elegida, otras no, pero siempre disfrutada.

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