15
Dic 2008

de los que se quedan pero ya no están o "I hate Christ+"

Escrito por: gocusina el 15 Dic 2008 - URL Permanente

Doce días sin ti. Ese es el plazo que marqué en mi calendario desde que te fuiste. Ahora ya no son doce, son muchos más. Los días se han ido multiplicando y ya no me caben en las manos. Sin querer se me escurren entre los dedos.


Las cosas cambian y las personas también. Tú y yo ya no somos los mismos. Y las excusas que utiliza el resto de la gente para perdonarse, como las navidades , a nosotros ya no nos sirven. Sé que el que camina dentro de tus zapatos ya no eres tú y también sé que no vas a volver. Porque aunque lo hicieses yo tampoco sería la misma que aquí dejaste. Se nos pasó el verano y el invierno tampoco habla de reencuentros inesperados. Soy justa, yo tampoco he salido a buscarte en esta tarde ni en muchas otras y sé a ciencia cierta cuantos milímetros nos separan exactamente. 

Y quizá el saber que cada día pisas los adoquines de esta maldita calle, envenenada de vecinas de lenguas viperinas, hace que todo sea más difícil. Porque es duro extrañar a quien se fue para siempre, pero, para mí, lo es más echar de menos a quien sigue aquí, pero hace mucho que no sientes cerca.

Por eso no me gusta la Navidad. No es navidad como es primavera o verano. No hay sol o flores para todos. Los que son felices lo son a cántaros, pero los que están solos o tristes no ven en estas celebraciones mas que un motivo para sentirse aún más desolados. 

No es que tenga complejo de "grinch", ni que pueda quejarme de no tener personas  que me quieren en estos días, pero no sé, la navidad y yo no nos llevamos muy bien. Cada año nos ponemos buena cara la una a la otra e intentamos coincidir solo en las fechas imprescindibles

                   .









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15
Dic 2008

La vigilia

Escrito por: gocusina el 15 Dic 2008 - URL Permanente

Cada noche sucede. Casi siempre hacia la misma hora. Intentó distraerme cuando noto que el momento se acerca...un vasito de leche, un par de capítulos más del libro, un garabato sin pretensiones, pero sin poder evitarlo se cuela. Allí está de nuevo. Con la llamada que me destierra de la rutina, con mis jefas bailando en plan musical o capítulo de Ally Macbeal encima de las mesas, con el concurso ganado de leche de Central Asturiana y un pastón para ir de viaje, con mi familia llevándose bien y con una gran aventura por delante. Cada noche surte efecto. Es verdad, suena estúpido, pero me embobo. Puede durar cosa de una hora, dos o...Creo que soy la persona más capaz de imaginar cosas inverosímiles con todo tipo de detalles insignificantes. Que si la solapa de lentejuelas morada del traje de mi jefa, que si el mega talón con letras en tipo arial del premio de la leche, todos los detalles sobre mi nuevo trabajo en Hungría...Capacidad, lo que se dice capacidad para soñar no me falta. Lo que sucede es que esta terrible costumbre cada vez me sale más cara. ¿Por qué?pues porque me desvelo y al día siguiente cuando suena la alarma del móvil solo pienso en 300 excusas por segundo para no tener que ir a trabajar. Pensar qué me voy a poner y dónde he dejado las llaves desde debajo del nórdico no me hace ser más rápida, al contrario, sólo consigue que llegue más tarde. Pero cuando ya estoy sentada en mi agujero particular, con las suelas de los zapatos de mis jefas sobrevolándome y veo que ellas con tranquilidad sorben poquito a poco su café, me doy cuenta que diez minutillos en mi mundo-nórdico no cambian nada. Como de costumbre ni bailan, ni me llaman de la tele para decirme que he pasado un casting, ni me toca ningún premio, ni mi familia se lleva mejor, ni surge ninguna expedición ávida de nuevos aventureros. Un día más, pero no me rindo... Y sigo recortando los cupones de los tetra bricks como las abuelitas, llamando al contestador de la tele para dejar mis datos, hablando a mis jefas para entablar una conversación más allá de mis meras funciones de becaria, encajando las particularidades de mi familia y fantaseando con una aventura increíble. Por eso creo que la visión no me abandona y me sigue visitando todas las noches. Mientras, yo la espero con un sentimiento difícil de explicar que sólo los que me quieren tal y como soy alcanzan a entender. Una vez más, gracias por creer y apoyarme en todos mis delirios. 

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09
Dic 2008

Punto y aparte.

Escrito por: gocusina el 09 Dic 2008 - URL Permanente

Sin más giros innecesarios, ni bucles, ni estrategias en las que no creo. Con mis dos pies y mis dos manos. Con la fuerza que lleva tanto dormida en mi. Se acabó el letargo. Hoy empieza el día; el día que tanto he retrasado en mis calendarios.

Y me lavo la cara y ésta se precipita en dos grandes churretes por encima de la camiseta del pijama. Quiero creer. Quiero creer en mi. Sin excusas, ni retrasos. Aquí y ahora. Perdón por la ausencia compañeros.

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08
Oct 2008

El último baile (III)

Escrito por: gocusina el 08 Oct 2008 - URL Permanente

La Sra. Adelaida se abrazaba con fuerza a la sombrerera, la besaba, la miraba por todos lados y luego la volvía a besar. 

Después la volvió a colocar sobre su edredón y, con el pudor de una niña que sabe que hace algo prohibido, comenzó a recorrer muy suavemente con su dedo índice las iniciales doradas. Tenía los ojos cerrados y una amplia sonrisa en su boca. Briggittta nunca la había visto sonreír así.

Tras finalizar su ritual mágico, la anciana había levantado lentamente la tapa de la sombrerera. Un gesto de suma felicidad había tomado su cara cuando vio el interior de ésta. De ella, había sacado un larguísimo vestido de color esmeralda y unos zapatitos dorados de bailarina de cajita de música. Por último, un pañuelo, un pañuelo de caballero blanquísimo con algo bordado.

Briggitta no alcanzaba a ver muy bien que era lo que había bordado en el pañuelo, pero su imaginación de muchacha aún joven y soñadora, le decía que allí también estaban las misteriosas iniciales.

De pronto, un toque firme y seco en la espalda sobresaltó a Briggitta.
-¿Qué hace espiando a mi madre?-la inquirió el Srto. Alfredo.

El Srto. Alfredo era afilado como un pincel y estiraba tanto la cabeza para mirar a los demás por encima de su hombro, que Briggitta siempre fantaseaba con la idea de que un día el cuello se le quebraría en dos.

-No, disculpe señor. La señora ha estado un poco más floja estos días y comprobaba si descansaba bien. No quería despertarla con el ruido de estas puertas viejas.

-Pues, vas a tener que despertarla porque su queridísimo hijo ha venido a verla.

-Claro, pero permítame que entre yo antes a avisarla. Ya sabe que la señora es muy presumida y quizá quiera retocarse el cabello antes de verle.

-Haz, haz, pero rapidito, que tengo muchas cosas que hacer.

Briggitta había pensado que aquel era un momento muy íntimo de su señora y tenía por seguro que ésta no querría compartirlo con su hijo. Golpeó suavemente la puerta.

-Señora, su hijo, el Srto. Alfredo, ha venido a verla.

La anciana refunfuñó e hizo entrar a Briggitta.

-Ahora, recoge esto y ni una palabra a mi hijo-le advirtió la Sra. Adelaida.

-Ni una palabra ¿de qué?-le contestó Briggitta con una sonrisa.

Luego, puso la misteriosa sombrerera bajo su brazo y la escondió bajo la cama de su señora.

-Ya puede pasar. Su madre le espera.

                          *           *                *             *


















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07
Oct 2008

el último baile (II)

Escrito por: gocusina el 07 Oct 2008 - URL Permanente

Briggitta se coló en la gran cómoda de la Sra. Adelaida y descubrió que en aquellos estantes tapizados en terciopelo verde vivían objetos de los más exóticos lugares. Había perfumes con etiquetas antiguas escritas a mano, kimonos de la China, zapatillas de casa con grades pompones, vestidos lujosísimos salpicados de lentejuelas, tocados con flores y tul y hasta una figurita de porcelana muy escandalosa. La figurita era de dos amantes desnudos enroscados el uno con el otro. Briggitta la observó con atención. ¿Habría la Sra. Adelaida vivido una gran pasión en su juventud?


A menudo, le hablaba a Briggitta sobre su difunto marido. "Un hombre bueno"-solía decir "pero muy soso"-añadía siempre a continuación. Hablaba de su historia de amor como un paseo tranquilo, sin emociones, ni encuentros fortuitos. La verdad, Briggitta no podía creer que aquella figurita la hubiese regalado el difunto señor de la casa.

Tras un rápido repaso por las curiosidades de la Sra. Adelaida, Briggitta se apresuró a buscar la sombrerera. Sabía que su señora la estaría vigilando y que si tardaba más de la cuenta, no podría evitar la reprimenda. Así, que sin perder un segundo, aproximó la banqueta a la cómoda y se subió para alcanzar la gran sombrerera que asomaba por el estante más alto.

                    *                 *                   *                   *


La sombrerera estaba cubierta por una gruesa capa de polvo. Parecía de un color azul intenso, pero Briggitta no se atrevió a limpiarla.


-No quiero que la andes manoseando. Tal como la encuentres, la traes y ya la miraré yo. ¿Entendido?-había dicho la Sra. Adelaida de forma tajante.


Briggitta preparó un paño limpio, ligeramente humedecido, y lo guardó en el bolsillo de su delantal. Luego, se dirigió hacia el dormitorio.


-Tú, ¡qué! de paseo...¿Dónde te habías metido? ¿No habrás estado fisgando entre mis cosas?


-No, Sra. Adelaida, pero tuve que ir a buscar la banqueta porque no alcanzaba a coger la sombrerera- se disculpó Briggitta.

-Bueno, da igual. Trae, veamos qué tenemos por aquí.

Con delicadeza, Briggitta colocó la sombrerera sobre la colcha.

-¡Uy, pero si esto está sucísimo! Por favor, pásale un trapo o algo que me pondré las manos perdidas.

-Claro, señora.
Y la atenta Briggita  sacó el paño del bolsillo de su delantal y lo pasó por toda la sombrerera. Cuando ésta estuvo limpia pudo ver que era de un color azul intenso bellísimo y que sobre la parte superior lucían dos grandes iniciales doradas. "B L".
¿De quién serían aquellas iniciales? De la señora no, del señor tampoco, quizá fueran tan sólo las iniciales del nombre del vendedor de sombreros. Briggitta se quedó pensativa.

-Y ¿a qué esperas? ¿Qué no tienes nada que hacer tú?- la regañó la Sra. Adelaida.

Briggitta entendió que la señora quería estar sola y que el secreto del interior de la caja, como muchos otros secretos que escondía aquella casa, también le estaba vetado.

Se despidió de la señora con un gesto de aserción y cerró la puerta del dormitorio con cuidado. Sabía que no debía, pero tras bajar dos escalones hacia el salón, desandó su camino muy suavemente, y, con miedo pero con mucha curiosidad, miró a través del agujerito de la cerradura. 

Lo que vio, la dejo perpleja.





























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23
Sep 2008

El último baile (I)

Escrito por: gocusina el 23 Sep 2008 - URL Permanente

-Señora, levántase ya. Hace frío y se va a resfriar. Y luego le dolerá todo y se quejará y ya estaremos como siempre.

-Déjame en paz, Briggitta. Te pago para que me cuides no para que me sermonees.
-Bueno, usted haga lo que quiera, pero si luego la señorita Claudia se disgusta, yo no quiero tener nada que ver.
-Entendido, ahora calla un rato que parece que te den cuerda.

Brigitta se quedó callada, con la mirada perdida en los baldosines polvorientos de aquella antigua sala de baile.

                                     *           *           *

 La Sra. Adelaida era una mujer difícil, estricta y poco amiga de gestos amables. Sin embargo, el día que ella llegó a su casa, desamparada y muy triste, con una maleta de cartón como único equipaje, la anciana no dudó en acogerla.

-¿Qué sabes hacer?-le había dicho muy seria.
-Hombre, pues cocinar, fregar, planchar, un poco de todo...-había dicho Briggitta un poco asustada.
-Saber un poco de todo es lo mismo que saber mucho de nada. Si eres lista, aprenderás en silencio. Ver, oír y callar, como decía mi padre. Tú hazme caso y la cosa irá bien. Así, los perros de mis hijos me dejarán de una vez en paz. Tú escucha a esta vieja que sabe mucho de la vida.

Briggitta había asentido en silencio y así el trato había quedado zanjado. De aquello, hacía ya cinco años. La salud de la Sra. Adelaida había empeorado con el tiempo, y, como consecuencia, su carácter también se había agriado. Las visitas de sus hijos brillaban por su ausencia y cuando se producían sólo parecían desanimarla.

-Pero, ¿cómo la ve usted, Briggitta? ¿Está mal, verdad? Yo la veo muy decaída. Cualquier día, nos levantamos y ya...-solía decirle la Srta. Claudia a Briggitta.

Briggitta tenía la secreta impresión de que los hijos de su señora no eran más que una pandilla de comadrejas. Sabía que la Sra. Adelaida era consciente de ello y por eso, a veces, le perdonaba sus gritos  y sus malas contestaciones.

  
                                 *            *            *

Desde hacía una semana, la señora no había querido levantarse de la cama. Eso era algo muy raro en ella porque aunque se encontrase muy mal nunca descuidaba su aseo personal. Briggitta andaba preocupada. Pensaba que quizá la anciana hubiera perdido definitivamente su ímpetu.

-Señora, ¿se encuentra bien? ¿Quiere que avise a la Srta. Claudia o al Srto. Alfredo?- le había preguntado Briggitta esa misma mañana.
-Ni se te ocurra. Tenemos planes.-había contestado ella casi al instante.

Después la había enviado hasta su gran cómoda y le había dicho que le trajera una gran sombrerera de color verde que estaba guardada en el estante de arriba.

-Señora, pero la cómoda...

Y, por primera vez, la Sra. Adelaida se había quitado la llave dorada, sujeta por una finísima cadena de oro, que pendía de su cuello y se la había entregado a Briggitta.
-No toques nada más que la sombrerera. Mira, que lo tengo todo estudiadísimo y cómo falte algo...-le había advertido la Sra. Adelaida.
-Descuide, señora. Sólo traeré la sombrerera.-había contestado la diligente Briggitta.

                         *             *             *
 

 
















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15
Sep 2008

Cigarros a media luz.

Escrito por: gocusina el 15 Sep 2008 - URL Permanente


Eran las tres de la mañana, un martes cualquiera, en un lugar incierto. Tú andabas solo, con la cabeza mojada y un libro en la mano. Yo vagaba aburrida, en busca de inspiración, por aquel cementerio de viejos trenes.

Te acercaste con sigilo, como hacen los gatos con vocación frustrada de equilibristas, y me pediste un pitillo.

-Lo siento, no fumo.
-Tranquila, yo tampoco. Era por decirte algo.
Eran las tres de la mañana, un martes cualquiera, en un lugar incierto. Yo andaba prendida de tu mano. Tú ,confiado, caminabas a mi lado.

-¿Tienes un trago?
- Lo siento, olvidé la petaca en el trabajo- dices con una sonrisa pícara.

Vendimia de miradas. Muerte por asfixia de toda palabra.
Recorres una a una las baldosas de la estación, compruebas la farola de luz mortecina y, por último, posas, con delicadeza y cierto pudor, tu mirada sobre mis pestañas. Ésta se acomoda, intranquila y temerosa, y me hace cosquillas en los párpados. Apoyo mi cabeza sobre tu hombro y susurro en tu oído una vieja canción. Es curioso, la recuerdas, pero estás seguro de que es la primera vez que la tarareas. Tus pupilas, aún de niño, buscan respuestas. Las mías no saben qué contarles. Ya no tienes frío. Un fulgor anaranjado cubre nuestros cuerpos. Te desenredo el pelo con las yemas de mis dedos. Tú desabrochas mi camisa y dibujas árboles en mi pecho. La noche se nos echa encima y nosotros no nos damos cuenta. Nos pasamos horas descubriendo rincones nuevos. Es una expedición emocionante la de surcar tu cuerpo, la de anclar mis besos en el mar de tu pelo húmedo. Tú dices beber los licores más dulces de Oriente de mi lengua y descansar resguardado en la hendidura de mi ombligo el final de la jornada. Yo sigo la escarpada ruta de lunares de tu cuello y me refresco en tu nuca. Estiro los brazos y las piernas y aleteo como un pez extranjero en un mar de nubes. Comienza a despuntar el alba y nos descubre en cueros, sin cigarros a media luz y sin un buen trago. 

Yo ajusto la cremallera de mi falda y tú abotonas tus vaqueros. El fulgor ha desaparecido y la luz violácea del alba siembra melancolía en tus ojos locuaces. Nos despedimos con un beso sencillo, tímido, sincero. 

Poco a poco, nuestras huellas se alejan. Sólo el viejo cementerio recuerda nuestra aventura. Él y las baldosas gastadas que aún conservan los surcos de nuestros cuerpos.













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13
Sep 2008

La otra Barcelona

Escrito por: gocusina el 13 Sep 2008 - URL Permanente

La otra Barcelona. La Barcelona que no sale en las guías de viaje para turistas. La Barcelona de la que no se habla. La Barcelona a la que muchos desviamos la mirada. La Barcelona incómoda, grotesca, que da miedo. La Barcelona compuesta por otros como nosotros a los que no tratamos como nuestros semejantes. Esa Barcelona que tanto nos esforzamos por evitar porque nos muestra nuestra peor cara. La Barcelona que duerme entre cartones y saluda la mañana con un trago de vino barato. Esa, también es Barcelona. Una ciudad bañada en la sombra donde todos los invisibles se dan cita.

Benji o Kenji, no sé bien, es un niño gitano de unos tres años. Aparece de pronto de detrás de una esquina. Lleva el pelito muy largo, aunque algo rapado por delante.  Entra alborotado y muy contento, dando pasitos ágiles a la plaza del Tripi. Persigue una brillante pelota del Barça tamaño mini. Parece absorto en la trayectoria de la pelota cuando, de repente, empieza a oír  una decena de voces que le gritan:
¡Benji (o Kenji), bonico ven pa cá!

El niño olvida por completo su meteórica carrera futbolística y esboza una sonrisa de oreja a oreja. Un equipo de dientes pequeñitos muy blancos asoman. Benji no duda y corre hace un grupo de personas que están sentadas en las escaleras de la plaza.
Uno a uno saludan al pequeño con abrazos, besos y caricias en el pelo. Todos parecen muy contentos de verle.

Entonces, les miro. En realidad, les miro de nuevo porque ya llevo rato observándoles. Ellos  también me han mirado de reojo. Son un grupo curioso, un grupo de invisibles, quiero decir un conjunto de esas personas  a las que tratamos de no ver todos los días. Bien, porque  nos es molesto, bien, porque ya estamos insensibilizados a su tragedia o ,simplemente, porque sabemos que no son tan diferentes de nosotros y eso nos asusta.

Están fumándose un porro mientras se ponen al día. Es sábado, hace sol y en la plaza del Tripi la policía no molesta. Se aprecia cierta cercanía entre todos ellos a pesar de que sus acentos me indican que vienen de lugares muy diversos. Supongo, que la calle y la necesidad apremian los vínculos. Parecen un buen grupo de amigos, casi una familia me aventuraría  a decir. No les importa para nada, al menos en ese momento, que la gente arrastre la mirada por sus cuerpos y luego continúe su camino como aquel que mira, pero en realidad está perdido en sus pensamientos y no ve nada.

Por un momento, sólo por un escaso minuto, me parece una estampa feliz.  Una secuencia cargada de vida. Pero luego prosigo con mi paseo y la ilusión se desvanece. Un hombre de unos sesenta años, sucio y borracho, gimotea y balbucea cosas sin sentido en la terraza de un bar. Después, veo a unas niñas jovencísimas y demacradas que  se rifan el sitio en la calle para conseguir un cliente. Sí, son tan sólo unas crías y son putas. Y no putas de las que están de moda ahora en la tele, sino chicas de verdad a las que ningún millonario va a venir a rescatar. Y la reunión en la plaza se me aparece distinta y pienso en el Benji sonriente que es feliz y un escalofrío me recorre el cuerpo.

Una hora más tarde, vuelvo a mi barrio con la cabeza en otras cosas. Un hombre me asalta en medio de la calle. Lleva muletas y ,aunque no parece muy necesitado por su aspecto, me pide que le de algo para comer.

-Lo siento, no llevo nada.-pronuncia mi boca en una respuesta automática.

Me siento a tomar un café en el bar de siempre. Y entonces le veo. Desde la esquina, el hombre al que no he querido dar nada me mira con disgusto. Y entonces me reconozco. Yo que pienso que siempre trato de ayudar a los demás soy una más de la otra Barcelona, de esa Barcelona que olvida que todos en el fondo somos iguales. Y me siento mal y sorbo mi café con la culpabilidad de saber que aquello que tanto me duele ver sí tiene que ver conmigo.









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12
Sep 2008

Aclaraciones y copas en el kentucky.

Escrito por: gocusina el 12 Sep 2008 - URL Permanente

Lo primero, aclarar que en mis relatos ficción literaria y realidad se confunden continuamente. Lo explico porque no me gustaría que nadie se hiciera una idea equivocada de mis palabras, aunque supongo que los que me conocen saben que lo que se dice comprar, compro poco en el Caprabo y que actualmente tengo un jefe del que no tengo queja. Bueno, queda dicho.

Mi post de hoy lo dedico a mi querido Kentucky.

No me refiero al Kentucky de bidón de alitas de pollo, sino al Kentucky que está en el Raval al lado del Moog. El Kentucky, mítico bar, donde se mezcla lo más peculiar de toda Barcelona. Todo un clásico, donde los gatos pasean por la barra a su antojo y las parejas improvisadas se agolpan en las puertas del diminuto lavabo. Cuántas noches hemos pasado allí, al borde de la barra,frente a una absenta de dudosa procedencia. El Kentucky vendría a ser un viaje "al país de las maravillas", pero en su versión menos disney y más surrealista.

Desde cowboys, vendedores ambulantes de rosas, rastafaris y ancianos medio yonkis hasta pijas, lesbianas, músicos y guiris. Todo es posible una vez cruzas el umbral del Kentucky, sobre todo, si son pasadas las tres y tienes que golpear la persiana metálica. Porque el kentucky cierra a las tres de la mañana para los muggles, pero abre a esa misma hora para la clientela secreta y selecta, que encuentra allí su Valhalla particular.

Solo o acompañado, el Kentucky es una opción que no deja indiferente. Todo el mundo habla con todo el mundo y hay quien llega a más. Eso depende de los gustos y de la exigencias de la noche. Lo que está claro, es que es un bar en el que los límites y los valores de juicio escapan y donde es fácil conocer a gente nueva y curiosa. Por supuesto, también tiene freaks y algún que otro colgado entre sus filas, pero, la gran mayoría, son divertidos y bastante amigables.

Así, que si no formáis parte de la élite privilegiada que está de puente, no lo dudéis. El kentucky os acogerá con los brazos abiertos y, si sois listos, con la persiana metálica bajada.

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11
Sep 2008

Esperanza

Escrito por: gocusina el 11 Sep 2008 - URL Permanente

Hoy, quiero dedicar mi primer post a una persona muy especial. No es ni de mi familia, ni un amigo, ni un gran ídolo de masas. Quiero hablar de Esperanza, mi vecina.


Esperanza es una mujer de unos setenta y muchos que vive en mi barrio. No sé exactamente donde, pero suelo cruzármela casi cada semana por la calle.
Ella siempre pasea acompañada de una perrita maltrecha a la que adora.
Cuando te ve, aunque esté lejos, la sonrisa inunda su boca y los ojos amenazan con salírsele de las cuencas de la emoción. Con premura, pero discreción intenta alcanzarte. Su debilidad:los dueños de perros.

-Hola. qué bonito. ¿puedo tocarlo?-es la frase con la que suele romper el hielo.

-Claro- contestas con educación-pero cuidado porque es grande y le gusta saltar para saludar.

-Sabes,yo tenía uno así. Era guapísimo y se portaba de maravilla. Me acompañaba a todos lados y obedecía sin rechistar. Mi pobrecito era un santo. Pero se me puso muy malo y al final, lo tuve que sacrificar-dice con tristeza.

Noto como se le han empañado sus ojillos cansados y trato de animarla. Me agacho y empiezo a jugar con su perrita.

-Lo siento-le digo-pero ahora tiene a esta perrita tan mona.
 
Intento darle la vuelta al asunto porque me sabe mal verla tan triste. Todos los que tenemos animales sabemos que perder a una de nuestras mascotas es un golpe duro.

-Uy, pero ésta es muy vieja. La recogí cuando se me murió el otro, pero tiene asma y se pone mala cada dos por tres.-me cuenta Esperanza algo más tranquila.

-Es muy simpática-le digo. Ella, mientras se desvive por acariciar a mi perro.

-Bueno, es tarde- introduzco yo un poco apurada. Me sabe mal interrumpir el momento.-Encantada de conocerlas- añado.

Esperanza me mira y me sonríe. Luego, me alarga su mano y dice con tono seguro:

-Me llamo Esperanza y tengo la esperanza de volver a verte.

No sé como reaccionar. Se la ve tan sincera y tan ilusionada. No acierto a encontrar las palabras adecuadas y me zafo con un torpe "claro...".

Después cruzo la calle aún turbada. Cosas así, en estos días que corren, son por lo menos curiosas. No puedo mentir, Esperanza me ha emocionado.

Sin embargo, su historia no acaba aquí. Y es que la historia de Esperanza, por suerte o por desgracia, nunca termina. Ella nunca ve su esperanza cumplida de reencontrarme, pero tampoco pierde su esperanza porque me encuentra cada semana por primera vez.

Esperanza nunca recuerda a los que saluda. Como muchos de sus recuerdos, nos diluimos en su cabeza. Por eso, cada vez que te la encuentras, te cuenta sus mismas historias y tú la escuchas con cariño y respeto porque sabes que es buena persona y que, seguramente, está muy sola. Después, ella se despide con la ilusión de una niña con ganas de conocer el mundo.

 Entonces, por unos minutos, olvidas quién eres y al capullo de tu jefe. Olvidas que no llegas a fin de mes y que te has olvidado el aceite en el caprabo. Lo olvidas todo y te dejes sorprender ante una sonrisa, tímida y nueva, que endulza tus labios. 

El conjuro de Esperanza, una vez más, ha vuelto a surtir efecto. Y es que Esperanza es una de esas personas que te roba el corazón sin querer y casi sin que te des cuenta.





























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