29 Nov 2011

Sobre homenajes y funas ¿Cómo pudo ser?

Escrito por: Jorge Gómez Arismendi el 29 Nov 2011 - URL Permanente

En una interesante columna, Pablo Ortúzar plantea que en cuanto a la violación de Derechos Humanos durante la Dictadura en Chile, el paso que no nos hemos atrevido a dar seriamente es el de preguntarnos lo siguiente: si no debe ser, ¿cómo es que pudo ser?.

Cualquier sociedad que ha vivido hechos brutales, fratricidas y de alto costo humano, debiera preguntarse ¿Cómo llegamos a que unos u otros, se vuelvan tan brutales?

Al menos así lo han intentado hacer en Alemania, desde la caída del régimen nazi y su estela de crimen, donde todavía muchos, como lo hizo Hannah Arendt se preguntan ¿Cómo llegamos a eso? ¿Cómo esa sociedad, cuna de grandes pensadores, llegó a ese nivel de barbarie?

¿Cómo pudo ser? Esa debería ser la primera pregunta que las generaciones más jóvenes, e incluso las más viejas, deberían hacerse en Chile. ¿Cómo pudo ser?

¿Nos hemos preguntado en Chile, cómo pudo ser? Claramente no.

La mayoría ni siquiera se hace esa pregunta, porque ya tienen su línea dramática construida, con los buenos y los malos ya preestablecidos; o cuando se la hacen, la evaden recurriendo a la respuesta más simplona y burda (habitual por ser la que requiere menos esfuerzo ético) de personificar el mal en algún sujeto o sector, y con ello dividir el mundo en buenos y malos, en víctimas y verdugos, en patriotas y terroristas.

Y listo, así la respuesta estándar de unos u otros es: los malos son ustedes, nosotros somos los buenos. Del por qué llegamos a tal brutalidad, no hay ninguna respuesta.

Hay algo más profundo que se requiere enfrentar al momento de decir ¿Cómo se llegó a ese nivel de banalidad humana? ¿Cómo pudieron ser posibles tales actos brutales de unos contra otros en una sociedad?

En esa pregunta sin tiempo verbal específico, se busca indagar cómo una sociedad, en su descomposición (paulatina), llega al punto de trivializar la existencia humana de manera colectiva e individual. ¿Cómo una sociedad llega a banalizar actos que a todas luces, son criminales y contrarios al más mínimo sentido de humanidad?

Y la pregunta no se debería limitar a responder cómo una democracia considerada modelo en relación a sus vecinos, termina en un nivel de polarización y violencia política tan alta; sino cómo una sociedad –que es algo que va más allá del Estado, el gobierno y las clases políticas y politizadas- termina por descomponerse de tal forma en cuanto a sus relaciones e interacciones, como para generar y validar conductas coercitivas, y validarlas como legítimas de manera colectiva.

Y entonces, no basta con sólo analizar los datos históricos, las acciones y las palabras de unos u otros de manera cronológica como se ha hecho en gran parte, con el fútil objetivo de establecer culpabilidades, determinando quién empezó primero. No es suficiente.

Porque intentar establecer quién hizo la primera amenaza o dio la primera bofetada, es finalmente la misma lógica de los buenos y malos. Pero no responde ¿Cómo pudo ser posible tal violencia?

Para entender cómo los seres humanos en una sociedad, llegan a ese nivel de inhumanidad, se requiere preguntarnos más. Ser valientes, aunque eso implique poner en duda nuestros paradigmas y actos. Porque tal como dice Fernando Mires “el mal es banal cuando es cometido por seres banales, y sobre todo, banalizados”.

Lo anterior es clave, puesto que la existencia de seres banales y banalizados implica una revuelta de la sociedad misma contra el ser humano en su sentido pleno. Es decir, contra el valor de cada individuo como un fin en sí.

¿En qué punto desvalorizamos al individuo, la persona, como fin único?

Cuando se desconoce o se desvaloriza al individuo, y se considera a unos u otros como simples medios, o como estorbos molestos para un fin superior, la banalidad del mal está a un paso de concretarse de manera material. Eso, sin importar quien finalmente se imponga por la fuerza, porque la sociedad ya ha banalizado al ser humano.

Y eso pasó en Chile. En ambos bandos –aún cuando hablar de bandos es otra forma de banalizar- el ser humano, como individuo fue banalizado y con ello fue banalizado el mal, y con éste el crimen. Todos tenían explicaciones, justificaciones y argumentos para explicar tal banalización y tal criminalidad.

Hay una frase de Albert Camus en su ensayo el Hombre Rebelde, que es muy decidora cuando dice en cuanto a los crímenes del siglo XX: “Nuestros criminales no son ya esos muchachos inocentes a los cuales uno perdonaba y tenía que amar. Por el contrario, son adultos, y su coartada es irrefutable: es la filosofía, que puede servir para todo, hasta para convertir a los asesinos en jueces.»

La frase anterior parece llevarnos irremediablemente a la pugna universal y jamás resuelta entre medios y fines. A preguntarnos sobre la idea del bien que cada uno tiene o tuvo. Porque quiéranlo o no, se consideraban buenos, entiéndase bien, en tanto todos, apelaban a la idea del bien –y siguen apelando a la idea del bien- de manera abstracta.

Pero el detalle es otro, todos tenían su noción del bien, pero además, consideraban legítimo imponerla sobre otros, por la fuerza. Y hoy parece no ser distinto.

Unos hablaban del bien de la patria, o del pueblo, de Chile, y un largo, etc. Y esto, no es más que una forma de no pensar, es decir, de ser banal y de banalizar. De banalizar el mal en base a una idea del bien.

En un espacio donde el mal es banalizado por muchos -incluso por aquellos que presumen desear el bien o tener un fin noble o elevado-, las mentes psicópatas tienen una peligrosa chance de legitimidad para sus acciones criminales.

¿Cómo se produjo en Chile, la banalización del ser humano, su desmoralización, en sentido genérico?

Creo que una aproximación a esa compleja respuesta, radica en tratar de explicar la paulatina y subrepticia supresión del pensar como acto político en los espacios sociales. Es decir, de lo que Fernando Mires llama las ruinas del pensamiento político, entendiendo al pensamiento como un elemento ligado de manera inseparable a lo político, como lo entendían los griegos. Es decir, como el instrumento para actuar en el ágora. Para resolver de manera dialogada y pacífica las diferencias entre los ciudadanos.

Así, la violencia y la coerción, como lo he dicho en otras ocasiones, no es una extensión de la Política como muchos vociferan, sino que es su supresión brutal, criminal. Así lo demostró nuestra historia reciente.

En palabras simples, deberíamos tratar de explicarnos cómo es que llegamos a un punto en que el pensamiento –que es la base del diálogo- fracaso ante la fuerza.

Preguntarnos cómo llegamos a un punto donde los individuos –de un lado u otro- parecían haber perdido todo juicio y razón, es decir, su capacidad de pensar y con ello distinguir el bien del mal. Es decir, un punto en que sin importar ninguna clase de distinción o consideración, todos se habían vuelto superfluos. Porque banalizar a otros seres humanos es perder la noción del bien y el mal, e implica ser superfluo y banal también.

Preguntarnos ¿Cómo pudo ser? no implica de ninguna manera excusar a los culpables morales o legales de hecho brutales, que pueden ser claramente singularizados, sino responder en cuanto a las responsabilidades como sociedad. Y esto no implica decir: “todos somos culpables”, que como diría Hannah Arendt, serviría para exculpar a quienes sí son culpables, pues “donde todos son culpables nadie lo es”.

Establecer la responsabilidad como sociedad, implica asumir una responsabilidad política con el pasado reciente, pero sobre todo con el futuro y el presente.

Dejo abierta la invitación a reflexionar.

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17 Oct 2011

40 AÑOS DE "TEORÍA DE LA JUSTICIA" DE JOHN RAWLS

Escrito por: Jorge Gómez Arismendi el 17 Oct 2011 - URL Permanente


Hablar de John Rawls no es sólo discutir acerca de uno de los filósofos políticos más importantes de los últimos años, que reanimó discusiones centrales de la Filosofía Política como lo es la Justicia, sino también de alguien que contribuyó a rescatar al Pensamiento Político de esa reclusión injusta en que fue cayendo frente al positivismo y el relativismo, pero sobre todo ante un pragmatismo político mal entendido.

Por ello, Rawls fue un revolucionario cuando hace 4 decenios atrás, publicó A Theory of Justice en un contexto marcado por la tensión entre dogmas de diversa índole autoritaria o conservadora, que pusieron contra las cuerdas a las ideas democráticas liberales.

Es en ese escenario adverso para el ideario liberal, donde Rawls plantea un enfoque teórico provocador, basado en la ética kantiana y una idea contractualista de la sociedad, que busca saldar una dicotomía prácticamente infranqueable entre Libertad e Igualdad.

No es raro entonces que a partir de Una Teoría de la Justicia, se hayan desarrollado diversas discusiones, en distintos niveles y ámbitos, concernientes no sólo a la Filosofía Política, sino también a otras áreas de la Filosofía en general, del Derecho[2], y la Economía Política.

El trabajo de Rawls no sólo parte de una defensa de la Libertad como principio esencial, sino que ha reavivado la discusión en cuanto a ésta en su relación con el principio de Igualdad.

Sin libertad no podría haber nada más. Ni igualdad ni fraternidad, Justicia, ni pluralismo, ni reciprocidad, ni tolerancia, ni debate. Y entonces, cuando Rawls nos invita a hablar de Justicia y de Igualdad, nos invita a hablar de la Libertad. A discutir sobre ella.

Rawls sustenta toda su argumentación en la necesidad de unificar la Libertad con la Igualdad. Dos valores esenciales que nadie podría negar su importancia, pero que han estado en constante tensión en la vida práctica.

Para ello, plantea la búsqueda de criterios justos mediante una conjetura de carácter contractual en base al imperativo categórico kantiano, en un ejercicio de abstracción, donde ninguno de nosotros –como individuos racionales- pero en una supuesta posición original (un estado de naturaleza) y un velo de ignorancia donde desconocemos nuestras posiciones sociales, capacidades y talentos, edad y sexo, establecemos de manera imparcial y equitativa, criterios justos de cooperación.

El contractualismo de Rawls se basa en el interés individual (elección racional), a partir del cual se construyen principios universales justos en una sociedad democrática. Su foco por tanto es la “justicia en tanto que aplicada a prácticas, puesto que este sentido es el básico”[3].

Rawls concluye que esos criterios justos de cooperación serían dos principios[4]esencialmente: El principio de igual libertad para todos; y el Principio de Diferencia, donde las desigualdades sólo son aceptables si implican mayor beneficio para los menos favorecidos; y los cargos se ocupan en base a una competencia en igualdad de condiciones.

Rawls, tanto en Una Teoría de la Justicia, como en sus trabajos posteriores, parece dar respuesta desde una clara normativa liberal, a la dicotomía entre Libertad e Igualdad.

No obstante, si analizamos los planteamientos de Rawls, podemos conjeturar que: laJusticia como Equidad o Imparcialidad de Rawls no logra saldar la tensión entre el concepto de Libertad y el de Igualdad[5].

Esto, porque el Principio de diferencia, aunque es una idea procedimental, irremediablemente parece contraponerse al primer Principio de igual Libertad para todos. En otras palabras, el segundo principio, sería contrario a la Libertad.


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40 AÑOS DE "TEORÍA DE LA JUSTICIA" DE JOHN RAWLS

Escrito por: Jorge Gómez Arismendi el 17 Oct 2011 - URL Permanente

PONENCIA: ANÁLISIS BREVE DE UNA TEORÍA DE LA JUSTICIA DESDE LA ÉTICA LIBERTARIANA PLANTEADA POR ROTHBARD


Hablar de John Rawls no es sólo discutir acerca de uno de los filósofos políticos más importantes de los últimos años, que reanimó discusiones centrales de la Filosofía Política como lo es la Justicia, sino también de alguien que contribuyó a rescatar al Pensamiento Político de esa reclusión injusta en que fue cayendo frente al positivismo y el relativismo, pero sobre todo ante un pragmatismo político mal entendido.

Por ello, Rawls fue un revolucionario cuando hace 4 decenios atrás, publicó A Theory of Justice en un contexto marcado por la tensión entre dogmas de diversa índole autoritaria o conservadora, que pusieron contra las cuerdas a las ideas democráticas liberales.

Es en ese escenario adverso para el ideario liberal, donde Rawls plantea un enfoque teórico provocador, basado en la ética kantiana y una idea contractualista de la sociedad, que busca saldar una dicotomía prácticamente infranqueable entre Libertad e Igualdad.

No es raro entonces que a partir de Una Teoría de la Justicia, se hayan desarrollado diversas discusiones, en distintos niveles y ámbitos, concernientes no sólo a la Filosofía Política, sino también a otras áreas de la Filosofía en general, del Derecho[2], y la Economía Política.

El trabajo de Rawls no sólo parte de una defensa de la Libertad como principio esencial, sino que ha reavivado la discusión en cuanto a ésta en su relación con el principio de Igualdad.

Sin libertad no podría haber nada más. Ni igualdad ni fraternidad, Justicia, ni pluralismo, ni reciprocidad, ni tolerancia, ni debate. Y entonces, cuando Rawls nos invita a hablar de Justicia y de Igualdad, nos invita a hablar de la Libertad. A discutir sobre ella.

Rawls sustenta toda su argumentación en la necesidad de unificar la Libertad con la Igualdad. Dos valores esenciales que nadie podría negar su importancia, pero que han estado en constante tensión en la vida práctica.

Para ello, plantea la búsqueda de criterios justos mediante una conjetura de carácter contractual en base al imperativo categórico kantiano, en un ejercicio de abstracción, donde ninguno de nosotros –como individuos racionales- pero en una supuesta posición original (un estado de naturaleza) y un velo de ignorancia donde desconocemos nuestras posiciones sociales, capacidades y talentos, edad y sexo, establecemos de manera imparcial y equitativa, criterios justos de cooperación.

El contractualismo de Rawls se basa en el interés individual (elección racional), a partir del cual se construyen principios universales justos en una sociedad democrática. Su foco por tanto es la “justicia en tanto que aplicada a prácticas, puesto que este sentido es el básico”[3].

Rawls concluye que esos criterios justos de cooperación serían dos principios[4]esencialmente: El principio de igual libertad para todos; y el Principio de Diferencia, donde las desigualdades sólo son aceptables si implican mayor beneficio para los menos favorecidos; y los cargos se ocupan en base a una competencia en igualdad de condiciones.

Rawls, tanto en Una Teoría de la Justicia, como en sus trabajos posteriores, parece dar respuesta desde una clara normativa liberal, a la dicotomía entre Libertad e Igualdad.

No obstante, si analizamos los planteamientos de Rawls, podemos conjeturar que: laJusticia como Equidad o Imparcialidad de Rawls no logra saldar la tensión entre el concepto de Libertad y el de Igualdad[5].

Esto, porque el Principio de diferencia, aunque es una idea procedimental, irremediablemente parece contraponerse al primer Principio de igual Libertad para todos. En otras palabras, el segundo principio, sería contrario a la Libertad.

Muchos dirán, pero ¿Qué Libertad? Entonces, primero debemos establecer que entiende Rawls por Libertad.

En Una Teoría de la Justicia, Rawls claramente antepone la Libertad como principio inalienable[6], indicando que el primer principio, de libertad igual para todos, es superior a su segundo principio[7] de diferencia.

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20 Ago 2011

QUÉ DIRÍA RUDOLF ROCKER SOBRE NUESTRA DEMOCRACIA

Escrito por: Jorge Gómez Arismendi el 20 Ago 2011 - URL Permanente

La obra del escritor e historiador, Rudolf Rocker (1873-1958), no es muy conocida por la generalidad del público. Como libre pensador, se opuso -siempre con argumentos sólidos- a todo tipo de dogmatismo y absolutismo. Así, fue uno de los primeros ácratas en criticar de manera contundente las ideas de Marx. No por nada, una de sus obras más importantes Nacionalismo y Cultura, ha sido elogiada por intelectuales como Einstein, Thomas Mann, Bertrand Russell y Octavio Paz. En el capitulo décimo de dicha obra, titulado Liberalismo y Democracia, no sólo hace una notable distinción entre ambos conceptos, sino que plantea una tesis central de profunda importancia, basada en una paradoja: que la lucha por la libertad y la democracia, llevada a cabo inicialmente por los jacobinos bajo las consignas revolucionarias –libertad, igualdad y fraternidad- contra el Antiguo Régimen, dio paso a un nuevo dogma religioso de carácter secular, la religión del Estado Nación. En los últimos días, los planteamientos de Rocker se vuelven bastante útiles para entender las disputas subterráneas que existen en torno a ciertos temas candentes como la Educación, sobre todo en base a los discursos y proclamas que se extienden en el debate público. Según Rocker, con el surgimiento del Estado Democrático, sólo se produjo el reemplazo de un absolutismo por otro, manteniendo el principio de la gracia divina de los gobernantes, que primaba en la monarquía. Se reemplaza de manera abstracta, la soberanía del rey por la soberanía del pueblo. Pero hay algo más interesante en esa idea, que tiene relación con que ese reemplazo se basa en una noción religiosa de la política, que atribuye una cierta divinidad o santidad, ya no al monarca absoluto, sino que a un nuevo ente abstracto –la voluntad general- y también al legislador que la representa. Esa idea está muy arraigada aún en estos tiempos. Lo interesante es que se ve reflejada en los debates políticos actuales, donde la mayoría de los actores, tradicionales y no tradicionales se disputan la posesión de tal providencia política. Las élites políticas en conjunto, y la ciudadanía de manera relativamente organizada –aunque no en su totalidad en partidos o grupos- se disputan esa supuesta omniperfección. Nada más riesgoso para el ideal democrático y la libertad que ese engaño, que es un claro artificio. Porque dice Rocker “la voluntad general de Rousseau no es algo así como la voluntad de todos, que se produce adicionando a cada voluntad individual con las otras y llegando, de esa manera, a la concepción abstracta de una voluntad social”…y agrega: “la idea de Rousseau nace de una imaginación religiosa que tiene su raíz en la noción de providencia política, y como tal está provista del don de la omnisapiencia y de la omniperfección, y por eso no puede apartarse nunca del verdadero camino. Toda objeción personal contra la intromisión de semejante providencia equivale a una blasfemia política”. Nada más contrario a la democracia y la libertad que una democracia sustentada en un dogma de fe que considera cualquier opinión contraria a la “voluntad general” como una herejía. Ya sea de las mayorías silenciosas o las mayorías protestando. Algo similar parece haber sufrido Sócrates, no por antidemócrata como algunos lo muestran, sino por exigir más libertad a la democracia y cuestionar el pensamiento monopólico. La supuesta infalibilidad de la voluntad general es muy similar a la idea marxista –distorsionada por sus cultores- de la conciencia de clases, donde supuestamente, por sus condiciones materiales, los proletarios, se librarían en algún momento de la ideología –falsa idea- quedando libres de cualquier mala interpretación de la realidad. Así, la apelación a las mayorías, sin cuestionamiento alguno, parte del supuesto de que la voluntad general no se equivoca nunca. No es extraño entonces que Rousseau rechace cualquier asociación particular dentro del Estado, pues sería contraria a la voluntad general. Esto claramente se opone a los planteamientos liberales que valoran la libre asociatividad en la sociedad civil como contraposición al poder político del Estado. Rocker es claro en decir que: “Los jacobinos, siguiendo esas huellas, amenazaron con la pena de muerte ante los primeros ensayos de los obreros franceses para agruparse en asociaciones profesionales, y declararon que la representación nacional no podía soportar un Estado dentro del Estado, pues, con esas alianzas, sería perturbada la expresión pura de la voluntad general”. Rocker dice: “Así nació de la idea de la voluntad general una nueva tiranía, cuyas cadenas son tanto más consistentes cuanto que se han adornado con los oropeles de una libertad imaginaria, la libertad roussoniana, tan inerte y esquemática como su famosa concepción de la voluntad general” y agrega: “Frente a la soberanía ilimitada de una voluntad general imaginaria, toda independencia del pensamiento se convirtió en crimen”. Esa fórmula la han repetido moros y cristianos por varios siglos dependiendo de su control del Estado. Así, Rocker plantea sin tapujos que “el autor intelectual” de este (auto) engaño democrático, de esta nueva religión política, no es otro que Rousseau y su idea de la voluntad general. Quién no sólo se muestra contrario a la máxima de Protágoras, de que el ser humano es la medida de todas las cosas, sino que pretende moldearlo a medida del Estado. “La democracia en el sentido de Rousseau, no puede marchar sin los hombres, los ata primero en un lecho de Procusto, para que adquieran el formato espiritual que requiere el Estado”. Y entonces, la libertad se concibe como el sometimiento irrestricto del ser humano a las leyes y al Estado según el molde que éste le impone, en base a quienes lo controlan. La ley se vuelve el hacha de Procusto, mediante la cual, el legislador pretende moldear al ser humano, según su moral personal. La ley se eleva a instrumento sagrado, mediante el cual “Se creía poder curar todos los males de la humanidad mediante leyes y fueron echados así los cimientos de una nueva creencia milagrosa en la infalibilidad de la autoridad”. Esa supuesta infalibilidad expresada en la ley, se disputan quienes ejercen o quieren ejercer el poder político. Aún se impone lo que Rocker planteaba: “La creencia nefasta en la omnipotencia de las leyes y en la misión poco menos que sobrehumana del legislador”. Detrás de eso, se esconde un riesgo claramente autoritario porque “se confío el bien y el mal de millones a la intervención superior de una corporación central, cuyos representantes se consideraban como maquinistas de la máquina” y porque en base a aquello el legislador se concibe omnipotente, asumiendo “el papel de un supremo sacerdote político, investido con la santidad de su ministerio”. Por eso Rocker dice: “el que no ve en la libertad otra cosa que el deber de obedecer a las leyes y de someterse a la voluntad general, no puede ver nada aterrador en el pensamiento de la dictadura; ha sacrificado interiormente hace mucho el hombre a un fantasma y carece de comprensión para la libertad del individuo”. Paradojalmente, no sólo el legislador, sino también el ciudadano común ha asumido esa omnipotencia sin cuestionamiento alguno en cuanto al legislador y sus propias limitaciones humanas. Por eso Rocker decía: “Así como el creyente no reconoce en el sacerdote al hombre y lo ve rodeado del nimbo de la divinidad, del mismo modo aparece también el legislador al simple ciudadano con la aureola de la providencia terrestre, que tiene la misión de resolver sobre el destino de todos”. La religión política se impone entonces en las mentes de todos, y como dice Rocker: “Así como la voluntad de Dios ha sido siempre la voluntad de los sacerdotes que la transmitían y la interpretaban para los hombres, así también la voluntad de la nación sólo podía ser la voluntad de los que tenían en sus manos las riendas del poder público y estaban, por eso, en condiciones de interpretarla a su manera”. “Surgió un nuevo sacerdocio: la moderna representación popular, con la misión de transmitir al pueblo la voluntad de la nación, como el cura le había transmitido la voluntad de Dios”. ¿No es acaso así como opera nuestra democracia, al arbitrio de quienes ejercen poder político –o lo buscan- como si fueran semidioses guiando a un grupo de ovejas?

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27 May 2011

DEMOCRACIA SIN SABER QUÉ ES

Escrito por: Jorge Gómez Arismendi el 27 May 2011 - URL Permanente

Hace meses la palabra democracia se ha convertido en un concepto recurrente, en redes sociales, prensa nacional e internacional, y en manifestaciones públicas en todo el mundo. No obstante surge la duda ¿De qué habla cada uno cuando dice democracia?
La palabra democracia es un concepto polisémico, que a lo largo de la historia ha tenido diversas lecturas. Muchos pensadores han hablado sobre democracia -a favor como en contra- desde diversos enfoques, descriptivos, prescriptivos e históricos.
La palabra -que pertenece a un sistema de conceptos relativos a las formas de ejercer el poder político- ha sido usada para designar un régimen de gobierno en base al número de titulares del poder –en su uso clásico-; como régimen contrario a la autocracia, a partir de las revoluciones liberales y republicanas contra del absolutismo monárquico; como contraposición a las dictaduras totalitarias, en su revaloración positiva en el siglo XX.
En la actualidad, se podría decir que todos hablan de democracia, la exigen, la claman, la cuestionan, proponen mejorarla, reconstruirla, instaurarla. Todos somos demócratas. Pero como plantea Sartori, para debatir sobre democracia hay que tener presente que hay un ideal democrático y una democracia real que están en constante tensión, y que hacen de ésta un elemento perfectible.
No obstante, el concepto de democracia se ha convertido en un significante vacío. Aunque muchos hablan de democracia, la mayoría tiene un concepto más bien abstracto y no concreto de ésta. Eso incide en que hay juicio de valor sin juicio analítico. Eso lleva a errores conceptuales sobre la democracia, y sobre todo en cuanto a su defensa. Algunos de estos supuestos falsos son:
1. La democracia es el simple gobierno de la mayoría: Esta idea se relaciona con lo que Popper llama la teoría clásica de la democracia, que relaciona democracia con el concepto de soberanía del pueblo (demos), en cuanto su derecho a gobernar, que luego Rousseau llamó la Voluntad General.
Tal uso clásico surgiría en opción a la tiranía de uno o varios, y no basado en una especie de infalibilidad de la mayoría o en el supuesto derecho de la mayoría de imponer lo que se le ocurra, como muchas veces se cree.
Contrario a lo que muchos consideran -incluidos los liberales utilitaristas- la mayoría también se puede equivocar o puede actuar de manera despótica. Como decía Stuart Mill: “El mejor gobierno no puede ejercer más derechos que el peor; es tan perjudicial, o aun más, la coacción impuesta de acuerdo con la opinión pública que la que se ejerce contra ella”.
Entonces, se hace necesaria la idea de contrapesos y controles institucionales, la politéia de Aristóteles (quien usaba el término democracia en sentido negativo) para evitar la tiranía de las mayorías, que según Stuart Mill, sería “un gobierno de privilegio en favor de una mayoría numérica”.
La democracia entonces no se define sólo por el simple número -que conlleva el riesgo del colectivismo o la oclocracia, la mala forma de democracia según Polibio- sino que por el nivel de libertad política e individual que se permite a los individuos en un régimen dado. Esto es clave para defender la idea de igualdad intrínseca (Dahl), es decir, que los seres humanos son esencialmente iguales en lo fundamental, son fines en sí mismos y tienen derecho a la libertad (Kant), y un sentido de la justicia (Rawls).
2. La democracia es simplemente un sistema de elección basado en partidos políticos: Muchos consideran sólo la variable procedimental –el acto de votar- como razón suficiente para hablar de democracia, y no otras variables como las libertades civiles y políticas –de opinión, expresión, asociación, movimiento- que se deben ejercer en un estado y sociedad democrática.
La visión procedimental tiende a ser funcional a quienes sobrevaloran el rol de los partidos políticos (Kelsen), dentro de un mero sistema de competencia donde los ciudadanos sólo deben elegir ofertas entre caudillos (Schumpeter). No obstante, esto conlleva el riesgo de convertir la democracia en unapartitocracia, donde parafraseando a Bobbio, el diputado se vuelve un mandatario, no de los ciudadanos que lo eligen, sino del partido que lo castiga quitándole confianza cuando no representa la disciplina partidaria.
“Todo ello desacredita seriamente la idea en que se fundamenta la representación proporcional: la idea de que la influencia ejercida por un partido cualquiera es forzosamente proporcional al número de votos que ese partido se ha ganado” Popper.
Porque no hay que olvidar que la representación es un elemento simbólico. Por tanto, la mera creencia en la delegación sin promover mecanismos de control sobre los representantes una vez electos, deriva en falta de representación. Stuart Mill planteaba: “Lo que agrava considerablemente estos males es la falta de igualdad en las democracias que hoy existen; véase en ellas hasta una desigualdad sistemática en favor de la clase dominante”. La clase política.
Se hace necesaria entonces mayor competencia a nivel electoral, para abrir espacios a representantes netamente ciudadanos y no sólo partidarios. Incluso considerar el sorteo como parte de los mecanismos democráticos, pues "Lo único que justifica gobernar a hombres libres e iguales es que cada uno gobierne por turno" Aristóteles, Libro III de la Política.
3. La democracia equivale a omnipotencia del Estado: Frecuentemente se presume que Democracia equivale a la existencia de un Estado como una entidad totalizante que absorbe a la sociedad, y desde la cual se impone –por ley o coacción- un modus vivendi, que sería el que la mayoría establece.
En el siglo XX, cuando el concepto de democracia estuvo en el fragor de la disputa ideológica, y se ligó con la idea marxista de dictadura proletaria, que implicaba que la democracia liberal como parte del dominio burgués, debía ser reemplazada una vez establecido el control “revolucionario” del Estado, para instaurar un orden totalmente nuevo, el dominio proletario.
La dictadura ya no sería provisional -ejecutiva- como en el uso clásico sino soberana -ejecutiva, legislativa- (Carl Schmitt).
Pero es errado confundir democracia con estatismo o monopolio del poder, porque la democracia implica, según Tocqueville la necesaria existencia de un pluralismo asociativo, es decir, una sociedad civil activa, plural y tolerante, donde mayorías y minorías puedan expresarse pacíficamente y con libertad sin temor al Estado.
Para ello es importante establecer límites al poder político y estatal. Se hace necesaria la separación de poderes que planteaba Montesquieu, quien decía: “Para que no se pueda abusar del poder es preciso que el poder frene al poder”.
Y aquí surge un principio clave de la democracia, el Estado de derecho, entendido esencialmente como el gobierno de las leyes -igualdad ante la ley (ya desde Pericles)- y “la subordinación de todo poder al derecho” (Bobbio). Es decir, ningún gobierno tiene el derecho -a través del Estado- a disponer de nosotros como se le antoje, aunque diga hacerlo a nombre del pueblo, la patria o lo que sea.
Hay derechos que permanecen en cada individuo, como la autoposesión. Eso es esencial para separar democracia, entendida como poliarquía (instituciones políticas democráticas) de la autocracia –el imperio de los hombres o el capricho personal-.
Alain Touraine, entre sus requisitos para una democracia considera necesaria la separación entre Sociedad Civil y Estado, y la existencia de diversos grupos de interés. Ergo, la existencia de un espacio político reconocido e independiente del Estado, la ciudadanía.
Como se ve, el error sería creer que la democracia implica una racionalidad absoluta del Estado. Esa creencia no desarrolló más democracia en la URSS, sino un Estado burocrático monopólico y luego totalitario, sobre la vida de los individuos.
Como decía Rudolf Rocker “La dictadura puede suprimir una vieja clase, pero siempre se vera obligada a acudir a una casta gobernante formada por sus propios partidarios, otorgándoles privilegios que el pueblo no posee”. Una minoría privilegiada que controlaba el poder y una masa empobrecida (Trostky).
4. La democracia como el dominio de una clase o la autocracia de un líder: Muy ligado con el error conceptual anterior, está el de ligar democracia con caudillismo (algún tipo de dominación carismática) o dominio de una clase, basado en el mito de que el líder o un clase en específico, captan o representan mejor que el resto, la voluntad popular.
La democracia es contraria al culto a la personalidad. Esta confusión se acentúa sobre todo en momentos de cambio o transformación donde se cuestiona el orden y poder imperantes, y proliferan diversos líderes que buscan monopolizar las demandas y con ello los liderazgos y el poder, ya sea mediante formas pacíficas o violentas.
En ese sentido, la lucha por la democracia -ya sea para instaurarla, ampliarla o defenderla- siempre conlleva el riesgo de derivar en una nueva tiranía, sobre todo si no existen ciudadanos celosos de sus espacios de libertad individual, como para evitar su desarrollo.
Porque esos líderes “revolucionarios, demócratas, liberales o progresistas” tampoco son inmunes a la ley de hierro de la oligarquía, es decir, tienen igual peligro de convertirse en los nuevos opresores (aunque digan que su poder es provisional) mediante auto investiduras y un creciente culto a la personalidad, donde nadie puede cuestionar las decisiones del líder porque es supuestamente el más sabio, moral, intelectual, técnico, iluminado, etc.
Bajo esa lógica, las democracias tienen el riesgo de convertirse en democracias cesaristas (Weber), donde los ciudadanos prácticamente no pueden cuestionar a los gobernantes, que a la vez buscan mediante diversos mecanismos y subterfugios perpetuarse en el poder porque se consideran los únicos capaces de ejercerlo. Ejemplos de ellos son el despotismo ilustrado y las vanguardias revolucionarias.
Contrario a lo anterior, la democracia implica un derecho esencial, que Dahl plantea en su poliarquía: el de oponerse a los gobernantes y sacarlos de sus cargos con el voto. Por tanto, como plantea Sartori, no son legítimos las auto investiduras ni el poder que derive de la fuerza.
Implica el traspaso constante y pacífico del poder. Ergo, obliga a un sistema electoral competitivo, abierto, donde todos los ciudadanos pueden acceder a cargos de representación y nadie es dueño de un cargo de representación o decisión. De lo contrario, se produce nepotismo, plutocracia o partitocracia.
“Todo dictador, por benévolo que pudiera ser, usurpa las responsabilidades y, con ellas, los derechos y los deberes de todos los demás hombres. Esta es una razón suficiente para decidirnos por la democracia -vale decir, por un gobierno cuyas leyes nos permiten incluso destituirlo. Ninguna mayoría, por amplia que sea, puede sentirse calificada para deshacerse de esas leyes.” Karl Popper.
Reflexión final La sustitución de la democracia representativa por la directa es difícil en las grandes organizaciones, pero se pueden establecer formas mixtas, que permitan mayor ejercicio de la última a nivel local, como el sorteo de cargos y un mayor federalismo.
En ese sentido, la democracia liberal y la democracia participativa son complementarias (Held). Estamos en una fase esencial, ya no basta exigir un Estado democrático, se debe promover siempre pacíficamente, una sociedad democrática, abierta. Es clave tener presente qué es democracia y qué no.

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DEMOCRACIA SIN SABER QUÉ ES

Escrito por: Jorge Gómez Arismendi el 27 May 2011 - URL Permanente

Hace meses la palabra democracia se ha convertido en un concepto recurrente, en redes sociales, prensa nacional e internacional, y en manifestaciones públicas en todo el mundo. No obstante surge la duda ¿De qué habla cada uno cuando dice democracia?
La palabra democracia es un concepto polisémico, que a lo largo de la historia ha tenido diversas lecturas. Muchos pensadores han hablado sobre democracia -a favor como en contra- desde diversos enfoques, descriptivos, prescriptivos e históricos.
La palabra -que pertenece a un sistema de conceptos relativos a las formas de ejercer el poder político- ha sido usada para designar un régimen de gobierno en base al número de titulares del poder –en su uso clásico-; como régimen contrario a la autocracia, a partir de las revoluciones liberales y republicanas contra del absolutismo monárquico; como contraposición a las dictaduras totalitarias, en su revaloración positiva en el siglo XX.
En la actualidad, se podría decir que todos hablan de democracia, la exigen, la claman, la cuestionan, proponen mejorarla, reconstruirla, instaurarla. Todos somos demócratas. Pero como plantea Sartori, para debatir sobre democracia hay que tener presente que hay un ideal democrático y una democracia real que están en constante tensión, y que hacen de ésta un elemento perfectible.
No obstante, el concepto de democracia se ha convertido en un significante vacío. Aunque muchos hablan de democracia, la mayoría tiene un concepto más bien abstracto y no concreto de ésta. Eso incide en que hay juicio de valor sin juicio analítico. Eso lleva a errores conceptuales sobre la democracia, y sobre todo en cuanto a su defensa. Algunos de estos supuestos falsos son:
1. La democracia es el simple gobierno de la mayoría:
Esta idea se relaciona con lo que Popper llama la teoría clásica de la democracia, que relaciona democracia con el concepto de soberanía del pueblo (demos), en cuanto su derecho a gobernar, que luego Rousseau llamó la Voluntad General.
Tal uso clásico surgiría en opción a la tiranía de uno o varios, y no basado en una especie de infalibilidad de la mayoría o en el supuesto derecho de la mayoría de imponer lo que se le ocurra, como muchas veces se cree.
Contrario a lo que muchos consideran -incluidos los liberales utilitaristas- la mayoría también se puede equivocar o puede actuar de manera despótica. Como decía Stuart Mill: “El mejor gobierno no puede ejercer más derechos que el peor; es tan perjudicial, o aun más, la coacción impuesta de acuerdo con la opinión pública que la que se ejerce contra ella”.
Entonces, se hace necesaria la idea de contrapesos y controles institucionales, la politéia de Aristóteles (quien usaba el término democracia en sentido negativo) para evitar la tiranía de las mayorías, que según Stuart Mill, sería “un gobierno de privilegio en favor de una mayoría numérica”.
La democracia entonces no se define sólo por el simple número -que conlleva el riesgo del colectivismo o la oclocracia, la mala forma de democracia según Polibio- sino que por el nivel de libertad política e individual que se permite a los individuos en un régimen dado. Esto es clave para defender la idea de igualdad intrínseca (Dahl), es decir, que los seres humanos son esencialmente iguales en lo fundamental, son fines en sí mismos y tienen derecho a la libertad (Kant), y un sentido de la justicia (Rawls).
2. La democracia es simplemente un sistema de elección basado en partidos políticos:
Muchos consideran sólo la variable procedimental –el acto de votar- como razón suficiente para hablar de democracia, y no otras variables como las libertades civiles y políticas –de opinión, expresión, asociación, movimiento- que se deben ejercer en un estado y sociedad democrática.
La visión procedimental tiende a ser funcional a quienes sobrevaloran el rol de los partidos políticos (Kelsen), dentro de un mero sistema de competencia donde los ciudadanos sólo deben elegir ofertas entre caudillos (Schumpeter). No obstante, esto conlleva el riesgo de convertir la democracia en unapartitocracia, donde parafraseando a Bobbio, el diputado se vuelve un mandatario, no de los ciudadanos que lo eligen, sino del partido que lo castiga quitándole confianza cuando no representa la disciplina partidaria.
“Todo ello desacredita seriamente la idea en que se fundamenta la representación proporcional: la idea de que la influencia ejercida por un partido cualquiera es forzosamente proporcional al número de votos que ese partido se ha ganado” Popper.
Porque no hay que olvidar que la representación es un elemento simbólico. Por tanto, la mera creencia en la delegación sin promover mecanismos de control sobre los representantes una vez electos, deriva en falta de representación. Stuart Mill planteaba: “Lo que agrava considerablemente estos males es la falta de igualdad en las democracias que hoy existen; véase en ellas hasta una desigualdad sistemática en favor de la clase dominante”. La clase política.
Se hace necesaria entonces mayor competencia a nivel electoral, para abrir espacios a representantes netamente ciudadanos y no sólo partidarios. Incluso considerar el sorteo como parte de los mecanismos democráticos, pues "Lo único que justifica gobernar a hombres libres e iguales es que cada uno gobierne por turno" Aristóteles, Libro III de la Política.
3. La democracia equivale a omnipotencia del Estado:
Frecuentemente se presume que Democracia equivale a la existencia de un Estado como una entidad totalizante que absorbe a la sociedad, y desde la cual se impone –por ley o coacción- un modus vivendi, que sería el que la mayoría establece.
XX, cuando el concepto de democracia estuvo en el fragor de la disputa ideológica, y se ligó con la idea marxista de dictadura proletaria, que implicaba que la democracia liberal como parte del dominio burgués, debía ser reemplazada una vez establecido el control “revolucionario” del Estado, para instaurar un orden totalmente nuevo, el dominio proletario. La dictadura ya no sería provisional -ejecutiva- como en el uso clásico sino soberana -ejecutiva, legislativa- (Carl Schmitt).
Pero es errado confundir democracia con estatismo o monopolio del poder, porque la democracia implica, según Tocqueville la necesaria existencia de un pluralismo asociativo, es decir, una sociedad civil activa, plural y tolerante, donde mayorías y minorías puedan expresarse pacíficamente y con libertad sin temor al Estado. Para ello es importante establecer límites al poder político y estatal. Se hace necesaria la separación de poderes que planteaba Montesquieu, quien decía: “Para que no se pueda abusar del poder es preciso que el poder frene al poder”.
Y aquí surge un principio clave de la democracia, el Estado de derecho, entendido esencialmente como el gobierno de las leyes -igualdad ante la ley (ya desde Pericles)- y “la subordinación de todo poder al derecho” (Bobbio). Es decir, ningún gobierno tiene el derecho -a través del Estado- a disponer de nosotros como se le antoje, aunque diga hacerlo a nombre del pueblo, la patria o lo que sea. Hay derechos que permanecen en cada individuo, como la autoposesión.
Eso es esencial para separar democracia, entendida como poliarquía (instituciones políticas democráticas) de la autocracia –el imperio de los hombres o el capricho personal-.
Alain Touraine, entre sus requisitos para una democracia considera necesaria la separación entre Sociedad Civil y Estado, y la existencia de diversos grupos de interés. Ergo, la existencia de un espacio político reconocido e independiente del Estado, la ciudadanía. Como se ve, el error sería creer que la democracia implica una racionalidad absoluta del Estado.
Esa creencia no desarrolló más democracia en la URSS, sino un Estado burocrático monopólico y luego totalitario, sobre la vida de los individuos.
Como decía Rudolf Rocker “La dictadura puede suprimir una vieja clase, pero siempre se vera obligada a acudir a una casta gobernante formada por sus propios partidarios, otorgándoles privilegios que el pueblo no posee”. Una minoría privilegiada que controlaba el poder y una masa empobrecida (Trostky).
4. La democracia como el dominio de una clase o la autocracia de un líder:
Muy ligado con el error conceptual anterior, está el de ligar democracia con caudillismo (algún tipo de dominación carismática) o dominio de una clase, basado en el mito de que el líder o un clase en específico, captan o representan mejor que el resto, la voluntad popular. La democracia es contraria al culto a la personalidad.
Esta confusión se acentúa sobre todo en momentos de cambio o transformación donde se cuestiona el orden y poder imperantes, y proliferan diversos líderes que buscan monopolizar las demandas y con ello los liderazgos y el poder, ya sea mediante formas pacíficas o violentas.
En ese sentido, la lucha por la democracia -ya sea para instaurarla, ampliarla o defenderla- siempre conlleva el riesgo de derivar en una nueva tiranía, sobre todo si no existen ciudadanos celosos de sus espacios de libertad individual, como para evitar su desarrollo.
Porque esos líderes “revolucionarios, demócratas, liberales o progresistas” tampoco son inmunes a la ley de hierro de la oligarquía, es decir, tienen igual peligro de convertirse en los nuevos opresores (aunque digan que su poder es provisional) mediante auto investiduras y un creciente culto a la personalidad, donde nadie puede cuestionar las decisiones del líder porque es supuestamente el más sabio, moral, intelectual, técnico, iluminado, etc.
Bajo esa lógica, las democracias tienen el riesgo de convertirse en democracias cesaristas (Weber), donde los ciudadanos prácticamente no pueden cuestionar a los gobernantes, que a la vez buscan mediante diversos mecanismos y subterfugios perpetuarse en el poder porque se consideran los únicos capaces de ejercerlo. Ejemplos de ellos son el despotismo ilustrado y las vanguardias revolucionarias.
Contrario a lo anterior, la democracia implica un derecho esencial, que Dahl plantea en su poliarquía: el de oponerse a los gobernantes y sacarlos de sus cargos con el voto. Por tanto, como plantea Sartori, no son legítimos las auto investiduras ni el poder que derive de la fuerza.
Implica el traspaso constante y pacífico del poder. Ergo, obliga a un sistema electoral competitivo, abierto, donde todos los ciudadanos pueden acceder a cargos de representación y nadie es dueño de un cargo de representación o decisión. De lo contrario, se produce nepotismo, plutocracia o partitocracia.
“Todo dictador, por benévolo que pudiera ser, usurpa las responsabilidades y, con ellas, los derechos y los deberes de todos los demás hombres. Esta es una razón suficiente para decidirnos por la democracia -vale decir, por un gobierno cuyas leyes nos permiten incluso destituirlo. Ninguna mayoría, por amplia que sea, puede sentirse calificada para deshacerse de esas leyes.” Karl Popper.

Reflexión final
La sustitución de la democracia representativa por la directa es difícil en las grandes organizaciones, pero se pueden establecer formas mixtas, que permitan mayor ejercicio de la última a nivel local, como el sorteo de cargos y un mayor federalismo. En ese sentido, la democracia liberal y la democracia participativa son complementarias (Held).
Estamos en una fase esencial, ya no basta exigir un Estado democrático, se debe promover siempre pacíficamente, una sociedad democrática, abierta. Es clave tener presente qué es democracia y qué no.

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02 Nov 2010

LEGALIZACIÓN DE LA MARIHUANA: UNA DEFENSA DE LA LIBERTAD INDIVIDUAL

Escrito por: Jorge Gómez Arismendi el 02 Nov 2010 - URL Permanente

El referéndum acerca de la marihuana en el estado de California (donde el consumo de cannabis bajo prescripción médica ya es legal) para dirimir la si se autoriza (Proposición 19) o no su cultivo, posesión, consumo y compra a mayores de 21 años, nuevamente ha incitado el debate entre prohibicionistas y liberalizadores de las drogas.

Un detalle. En las discusiones entre ambos “bandos”, pocas veces se incluyen como argumento y eje principal de la discusión la defensa de la libertad individual, aquella idea de que “cada hombre debe necesariamente juzgar y determinar por sí mismo qué le es necesario y le produce bienestar y qué lo destruye”. Lysander Spooner en Los vicios no son delitos.

Los prohibicionistas basan sus argumentos en dos ideas esenciales conjuntas:
  1. Que la liberalización dará paso a un aumento de la criminalidad.
  2. Que el gobierno o el Estado deben prevenir el vicio, y castigarlo como un delito, para evitar otros delitos.

1. En cuanto a que la liberalización dará paso a un aumento de la criminalidad
El fracaso de la prohibición de las drogas para evitar el crimen es un hecho -ya sea el surgimiento de carteles y mafias que controlan o más bien evitan la competencia con violencia; o la comisión de delitos bajo la influencia de sustancias-. Como explica Gary Becker, los costos de su aplicación exceden en mucho los beneficios.
2. En cuanto a la idea de que el Estado debe prevenir el vicio para evitar otros delitos
Es la idea que enarbolan casi todos los gobiernos y prohibicionistas, del color que sean, bajo una autopercepción de superioridad moral.
En contra de este punto, hay un argumento libertario a favor de la legalización, más potente aún que el fracaso mismo de la prohibición*, que como decía Spooner, tiene relación con que del hecho de que un hombre se vuelva pendenciero y peligroso después de beber alcohol y de que sea un delito darle o venderle licor a ese hombre, no se sigue que sea un delito vender licores a los cientos y miles de otras personas que no se vuelven pendencieros y peligrosos al beberlos”.
Si es como plantean los prohibicionistas, que la legalización de las drogas aumentaría el vicio (el número de drogadictos) y con ello el crimen, entonces también deberían ser ilegales otros “vicios”, y por tanto la venta y consumo de alcohol pues muchos manejan borrachos y matan gente, o golpean a sus esposas y las matan.
Ilógico, dirán algunos que rechazan legalizar la marihuana pero disfrutan de unos buenos tragos de whisky o cerveza cada fin de semana y manejan igual. No es lo mismo dirán. Que son “vicios” distintos. ¿Pero cuál es la diferencia? ¿Quién o cómo se establece esa diferencia entre “vicios”? ¿Por qué en unos casos el Estado debe entrometerse y en otros no?
Quizás dirán que los efectos son distintos. Pero ¿Es distinto acaso matar a alguien drogado que borracho con alcohol? ¿Cuál es la diferencia de tal fatalidad?
Probablemente dirán que uno es más adictivo que el otro, y que uno es más destructivo que el otro. Pero ¿Acaso los grupos de AA son ficciones? ¿El alcohol no es un vicio potencialmente adictivo y destructivo también?
Que el Estado tenga la facultad de prevenir “el vicio” prohibiéndolo (y con ello la pretensión de suprimirlo), para garantizar nuestra seguridad o para evitar el delito, nos trae algunos problemas prácticos, pero sobre todo conlleva un fuerte atentado a nuestra libertad individual.
Porque ¿Aquellos que practican deportes extremos, o cualquier otro acto que implique riesgo, no rayan en la línea de la autodestrucción, exponiendo la vida por un poco de adrenalina o placer, su vicio? ¿Les prohibimos entonces practicar su vicio para protegerles? ¿Puede hacer eso un gobierno? ¿Difícil responder?
* Nota aparte: El fracaso de la prohibición es la base del argumento de algunos a favor de la liberalización. No obstante, al ser meramente utilitario surge la duda ¿Si no hubieran mafias y crimen, apoyarían la legalización?
Links interesantes para profundizar sobre el tema:

http://www.guardian.co.uk/commentisfree/2009/sep/13/legalise-drugs-john-gray

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06 Oct 2010

POR UN MUNDO PACÍFICO

Escrito por: Jorge Gómez Arismendi el 06 Oct 2010 - URL Permanente

Diariamente y leyendo la prensa, uno puede constatar que la violencia sigue siendo el problema principal en los asuntos humanos. Ningún otro asunto puede encontrar solución mientras la lógica arraigada de la agresión siga siendo la regla base de las relaciones humanas.


Actualmente, hablar de una sociedad pacífica como ideal, para algunos parece una idea añeja de hippie; para otros suena a utopía y fantasía; y para otros tantos a algo ya existente -claro mientras la violencia no se hace patente directamente-.

Lo cierto es que la agresión como método de interacción parece estar aún muy presente en esferas diversas de la vida cotidiana, en las escuelas, en los deportes, en la política, en las relaciones interpersonales, en las calles, los medios de transporte, en la prensa rosa, en todo.

En este sentido, la disposición a la violencia es más latente de lo que uno piensa a veces y entonces surge la pregunta ¿Hemos avanzado realmente hacia un mundo más pacífico o no?

Algunos dirán sí, porque las guerras han disminuido -aunque los datos dicen lo contrario, porque la guerra cambia como camaleón pero es violencia igual- o porque la violencia política es menor, o la delincuencia baja, etc.

Pero ¿Podemos decir lo mismo si miramos al interior de las escuelas, las familias o en los medios de transporte? Algunos podrán decir que en realidad la violencia en esos ámbitos es similar al pasado -y que por tanto no hay aumento significativo-.

No obstante, con o sin estadísticas, números más o menos, la violencia está aún presente, y nuestra pregunta inicial sigue sin respuesta.

Por siglos, muchos pensadores han planteado que el hombre es violento y pacífico a la vez -también lo creo- no obstante, por lo mismo planteaban la necesidad de anteponer o desarrollar la razón -no en su sentido constructivista- como el medio para equilibrar tal dualidad, con el fin de establecer principios éticos para establecer una sociedad pacífica. Uno de esos axiomas es el de no agresión.

Basado en el reconocimiento de la autoposesión de los individuos, el axioma de no agresión plantea que toda persona tiene el derecho a estar libre de agresión, y que ninguna persona o grupo de personas tiene el derecho a agredir a otro –excepto en legítima defensa-.

La agresión en este sentido se define como uso o amenaza de la violencia física contra otra persona y por tanto, es significa invasión. Algunos dirán que el axioma es casi una obviedad, no obstante, la mayoría de los individuos desconoce el principio de no agresión en su base fundamental –su justificación filosófica-.

¿Y dónde aplican constantemente ese descriterio estos individuos? En sus interacciones más directas y habituales, en sus relaciones de pareja y en sus familias. Es decir, inculcan la violencia como base de la interacción entre pares, a sus hijos y nietos, que luego lo reproducen en las escuelas y en su vida adulta.

Por tanto, en ciertos casos consideran válido el ataque contra otros por diversas razones o justificaciones, no sólo ideológicas –políticas o religiosas- sino también morales, raciales, étnicas, nacionalistas, e incluso más cotidianas como el fanatismo deportivo o la cuestión amorosa, por ejemplo.

Por eso no es raro que cada cierto tiempo algunos energúmenos maten a otro por el simple hecho de vestir la camiseta del equipo contrario; o que algún tipo mate a su pareja o novia porque en el fondo considera que ella es su posesión. Peripatético.

Es decir, tenemos un gran número de individuos, miembros de nuestra sociedad, que consideran agredir a otros por diversos motivos o diferencias -más allá de la legítima defensa- como algo lógico, válido y razonable. Entonces surge otra pregunta ¿Cuánto de no violencia se enseña o promueve? Me atrevo a decir que nada.

Entonces ¿No parece irrisorio establecer leyes contra la violencia escolar o intra familiar, mientras los individuos insertos en esa legalidad desconocen principios éticos básicos y generales para establecer una convivencia pacífica, y sobre los cuales deberían descansar tales leyes?

Lo difícil es que para ser coherentes, el axioma de no agresión no debemos imponerlo por ley, sino convenciendo al resto de sus virtudes.

Esa es la primera tarea del credo libertario.

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14 Sep 2010

HUELGAS DE HAMBRE Y DILEMAS ÉTICOS

Escrito por: Jorge Gómez Arismendi el 14 Sep 2010 - URL Permanente

¿Cuándo es legítima y cuándo no una huelga de hambre? Muchos dirán en tal o cual caso. Pero si defendemos principios universales para todos los seres humanos, el panorama se vuelve complejo, si somos honestos.

Hace algún tiempo atrás, en Cuba había una huelga de hambre. Para los defensores del régimen, esa acción era ilegítima y sólo correspondía a una triquiñuela barata de un “delincuente común” en contra del modelo cubano. Para los opositores a Castro, la huelga era legítima en cuanto representaba un justo reclamo por la libertad política en la isla.

Tiempo después, en Chile, comuneros mapuches también llevan a cabo una huelga de hambre. Algunos, que quizás consideraron una simple triquiñuela la huelga en Cuba, ahora consideran legítima la acción de los comuneros, pues ven que ésta representa una posición contra el modelo chileno. Por otro lado, otros que apoyaban la huelga en Cuba, rechazan la huelga mapuche, pues consideran ilegítimo tal acto en Chile.

¿En qué se basan unos y otros para establecer tales distinciones en torno a un mismo acto?

El argumento más básico y menos notorio de todos, se hace en base al ethos que representan los sujetos en huelga. Es decir, para unos y otros, la huelga es válida sólo si la hacen personas afines a sus ideas y sobre todo si tal acto se muestra en contra de las autoridades del Estado o régimen opositor.

Otros, elaboran un poco más y argumentan en base al el tipo de régimen donde se desarrolla la huelga. Es decir, si se hace en una dictadura sería más legítima que en una democracia. Eso marcaría la diferencia. Aún así, el ethos que representa el huelguista sigue siendo la base del argumento.

De ambas explicaciones -y en base a si se está a favor o no de la huelga en cierto contexto- surge otro argumento nuevo que tiene relación con el cómo debería actuar el Estado en cuestión. Es decir, lo que deberían hacer los gobernantes o el Estado con “sus huelguistas”, según sea el caso. Y otra vez hay ambigüedades.

Los que están a favor del Estado o régimen –según sea el caso- consideran que éste no debe dejarse chantajear por el huelguista, y por tanto, no está obligado a responder a sus demandas. Si muere, no es culpa del régimen, sino del propio huelguista.

Para los que están en contra del Estado o régimen –según sea el caso- consideran que si el Estado y los gobernantes dejan morir al huelguista, demuestran su autoritarismo, su falta de humanidad y poco compromiso con la vida, cometiendo un acto inhumano y criminal por omisión.

Surge la pregunta ¿Tiene responsabilidad Chávez en la muerte de un huelguista de hambre opositor en Venezuela? ¿Y Piñera, si muere uno de los comuneros? ¿Sí o no, y por qué?

Entonces ¿Cuándo es legítima y cuándo no una huelga de hambre? Muchos dirán en tal o cual caso. Pero si defendemos principios universales para todos los seres humanos, el panorama se vuelve complejo, si somos honestos.

En todos los casos, y sean cuales sean las explicaciones, no se aplica un criterio universal sobre los individuos, sino que depende del ethos que representan éstos.

Lo anterior nos genera un dilema ético profundo, puesto que la dignidad del individuo –ya no hablamos ni siquiera de otros beneficios legales- dependería de la valoración que hacen algunos del régimen político donde el sujeto está inserto.

Pero entonces ¿La valoración de la vida –puede ser la nuestra incluso- depende del régimen o las ideas que defendemos, y de las que tienen los que tienen el poder? ¿Ya no seríamos fines en sí mismos? ¿Y quién y con qué derecho puede discernir eso?

El panorama se vuelve más complejo si los huelguistas provienen de ambos lados del espectro político en una democracia.

¿A quiénes debe salvar el Estado y a cuáles no? ¿Con qué derecho puede discernir eso?

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02 Jul 2010

AUTORITARIOS DE DERECHAS E IZQUIERDAS

Escrito por: Jorge Gómez Arismendi el 02 Jul 2010 - URL Permanente

La comparación entre Hitler y Allende, hecha por José Piñera, ha hecho surgir el viejo debate en torno a si el fascismo es una ideología de extrema derecha o extrema izquierda. En general, desde ambos lados del espectro se lanzan el muerto, desconociendo que el fascismo tiene una impronta autoritaria heredada del conservadurismo de derecha.

Actualmente, muchas personas tienden a posicionarse en el espectro político, en base a la dupla izquierda-derecha, pero sin tener claro que implica ésto. Más aún si analizamos históricamente dichos conceptos.

Según Sheldom Richman “Los términos al parecer se utilizaron por primera vez en la Asamblea Legislativa Francesa después de la revolución de 1789. En ese contexto los que se sentaron en la parte derecha de la asamblea eran firmes partidarios de la destronada monarquía y de la aristocracia - el Antiguo Régimen - (y, por tanto,conservadores), mientras que aquellos que se sentaron a la izquierda se oponían a su reincorporación (y, por tanto, eran los radicales). Debería deducirse de esto que los libertarios, o liberales clásicos, se sentarían a la izquierda”.

Es decir, los izquierdistas en su sentido original, se oponían al Antiguo Régimen y todo lo que éste significaba: concentración del poder y la riqueza, además de nepotismo basado en una estructura de privilegios sustentados en el Estado monárquico.

Por eso, contrario a lo que hoy se piensa, los izquierdistas no eran todos colectivistas, ni estatistas, autoritarios y menos aún marxistas (el marxismo de hecho aún no surgía como tal), sino también individualistas, libre mercadistas dellaissez-faire, socialistas y mutualistas. Entre ellos, estaban Bastiat y Proudhon.

Como el mismo Richman dice: “no importa como se mire, el libertarismo era de izquierda”.

Karl Hess también explicaba que la política consta de una “línea recta se extiende desde el extremo derecho donde (históricamente) encontramos la monarquía, las dictaduras absolutas, y otras formas de gobierno autoritario. En el extremo derecho, la ley y el orden significan la ley del gobernante y el orden que sirve a los intereses del gobernante…La extrema izquierda, mientras más alejada esté de la derecha, representa, lógicamente, la tendencia opuesta y, de hecho, así ha sido a todo lo largo de la historia. La izquierda es el lado de la política y de la economía que se opone a la concentración del poder y de la riqueza y, por el contrario, aboga y trabaja por distribuir el poder en el máximo número de manos”.

Como se puede apreciar, el eje central entre los izquierdistas era su oposición a la estructura de privilegios que sustentaba el viejo orden y posteriormente comenzó acimentarse en el naciente Capitalismo de Estado, mediante subsidios, aranceles, licencias y política de tierras para los terratenientes. Tal como explicaba MurrayRothbard, la asociación entre el aparato estatal y sus beneficiarios privados ya era un tema familiar para los libertarios del siglo XIX como Fredéric Bastiat y Gustavede Molinari.

En este sentido, como explica Richmanla izquierda históricamente ha entendido que el Estado es el más poderoso motor de explotación, a pesar de que las diversas facciones estaban en desacuerdo sobre la naturaleza exacta de la explotación y/o qué hacer sobre la materia”. En esa diferencia radica la posterior escisión entreMarx y Proudhon.

Como explica Rothbard, “mientras libertarios y marxistas se quejaban del poder de las elites ricas, no estaban de acuerdo en el remedio, porque no estaban de acuerdo sobre el origen del problema. Para los marxistas, la plutocracia era un producto del mercado, la clase dominante surgió a través del comercio, y sólo posteriormente tomó el control del Estado. (El propio Marx fue ambivalente sobre esta cuestión, pero Engels solidificó la posición marxista ortodoxa.)”.

Por lo mismo, aún considerando esas importantes diferencias, Sheldom Richmanagrega que históricamente: “la izquierda se identificó con la liberación de lostrabajadores (en sentido amplio). Hoy no asociamos a los libertarios con esta idea, pero fue en esa época el meollo de la visión libertaria. Puede verse en Bastiat,Richard Cobden, John Bright, Thomas Hodgskin, Herbert Spencer, Lysander Spooner,Tucker, y el resto de los liberales iniciales quienes nunca dejaron de hacer énfasis en el papel del trabajo en la producción”.

Esa liberación que promovía el liberalismo radical, claramente actuaba en contra la estructura de intereses y privilegios del Antiguo Régimen, que los conservadores -la derecha- defendían fuertemente.

No obstante, el paso desde el Antiguo Régimen al nuevo orden liberal –que en parte mantuvo parte de esa vetusta estructura de privilegios- implicó que el liberalismo radical perdiera fuerza y dejara de ser de izquierda, de luchar contra el Estado, y los restos del Antiguo Régimen, como el mismo Rothbard plantea.

Ese debilitamiento produjo también la cooptación por parte de los viejosconservadores de la derecha, de ciertos principios liberales, y que como explica Rudolf Rocker "bajo la influencia cada vez más acentuada, de la monopolización de todas las riquezas, tanto de las naturales como de las creadas por el trabajo social, se desarrolló un nuevo sistema de servidumbre económica. Este sistema ejerció un influjo cada vez más funesto sobre todas las aspiraciones primitivas del liberalismo y sobre los principios auténticos de la democracia política y social".Todo eso causó un vacío en el movimiento libertario.

Rothbard explica algo similar: “en este vacío creado por el agotamiento del liberalismo radical, se acomodó un nuevo movimiento: el socialismo. Los libertarios de hoy están acostumbrados a pensar que el socialismo es el polo opuesto del credo libertario. Pero esto es un grave error, responsable de una severadesorientación ideológica de los libertarios del mundo actual. Como hemos visto, elconservatismo fue el polo opuesto a la libertad y el socialismo…”. Lo mismo dice Rudolf Rocker: "El socialismo moderno no es, en el fondo, sino la continuación natural de las grandes corrientes liberales de los siglos XVII y XVIII".

Entonces, la mayoría de los libertarios radicales que quedaban, comenzaron a oponerse al nuevo Capitalismo de Estado (identificado con privilegios para los dueños del capital, en detrimento de los trabajadores) promoviendo el Socialismo en sentido amplio. El mismo Benjamín Tucker, un defensor del individualismo y el libre mercado, se llamaba a si mismo un socialista, distinguiendo eso sí, entre el socialismo libertario que el defendía, del socialismo de Estado defendido por los marxistas.

Posteriormente, y sobre todo debido a la imposición de la vía marxistas de Socialismo de Estado y el posterior surgimiento de la revolución bolchevique, se tendió a relacionar erróneamente socialismo con marxismo como una única y sola idea. Y como indica Rocker: "la gran mayoría de socialistas, con increíble ceguera, combatieron estas ideas de libertad basadas en la concepción liberal de la sociedad".

Rothbard es claro en decir que “el socialismo, como el liberalismo y contra elconservadurismo, aceptó el sistema productivo y en los objetivos liberales de la libertad, la razón, la movilidad, el progreso, mejores niveles de vida de las masas, y el fin de la teocracia y la guerra, pero se trató de lograr estos fines mediante el uso de medios conservadores incompatibles: el estatismo, la planificación central”.

Es decir, el socialismo perdió su posición izquierdista libertaria original, y se volvió a la derecha en el sentido autoritario, puesto que a diferencia de losizquierdistas como Tucker, los marxistas vieron en el autoritarismo y la dictadura la fórmula para cambiar el statu quo. Ese autoritarismo no es más que un derivado del principio monárquico que los conservadores defendían.

Rudolf Rocker es claro en decir: "Es un hecho significativo que los representantes del socialismo autoritario, en la lucha contra el liberalismo, tomaran prestadas sus armas, a menudo, del arsenal del absolutismo, sin que este fenómeno haya sido ni tan sólo advertido por la mayoría de ellos".

En ese proceso: “La mayoría de los Socialistas (fabianos, lassalleanos, incluso los marxistas) se volvió bruscamente hacia la derecha, abandonado completamente los viejos ideales y objetivos libertarios de la revolución y la extinción del Estado; y se convirtieron en conservadores permanentemente reconciliados con el Estado, elstatu quo, y todo el aparato del neo-mercantilismo, el capitalismo monopolista de Estado, el imperialismo y la guerra”.

Eso en parte explica la influencia del marxismo entre los socialistas, en desmedro de otras corrientes libertarias como el anarquismo individualista de Tucker y el mutualismo de Proudhon, que fueron perseguidas en la URSS.

COMUNISMO Y FASCISMO

Como habíamos dicho, una vez derribado el antiguo régimen y agotado el liberalismo radical, surgió el socialismo libertario que luego terminó cooptado por el marxismo.

Por otro lado, algunos libertarios comenzaron a ver con desconfianza los nuevos nexos entre el conservadurismo de derechas y algunos vulgos liberales (en respuesta al marxismo), que estaban dando paso a una nueva plutocracia, al militarismo, el chauvinismo y el imperialismo. Así, Rothbard explica por ejemplo que: “En Inglaterra, los liberales clásicos comenzaron su giro desde el radicalismo al cuasi-conservadurismo en el siglo XIX” debido a la actitud británica hacia la lucha de liberación nacional en Irlanda.

Esas condiciones marcadas por el militarismo, el corporativismo, la reglamentación, el chovinismo nacionalista, una plutocracia populista en apariencia, la apelación a líderes fuertes (elementos a los que los liberales radicales se oponen), cimentaron el auge del autoritarismo de derecha e izquierda durante el siglo XX, reflejados en el surgimiento del comunismo en la URSS, el fascismo en Italia y el nazismo en Alemania.

Por lo mismo, Murray Rothbard plantea que “el fascismo y el nazismo fueron la culminación lógica en los asuntos internos de la corriente moderna hacia elcolectivismo de extrema derecha. Se ha hecho habitual entre los defensores de las libertades, considerar el fascismo y el comunismo como fundamentalmenteidénticos. Pero si bien ambos sistemas fueron indudablemente colectivistas, diferían mucho en su contenido socio-económico”. Rothbard.

Como dice Roderick Long “hay una diferencia en el énfasis y en la estrategia entre el fascismo y el comunismo. Cuando se enfrentan con las instituciones existentes que amenazan el poder del Estado - ya se trate de corporaciones, las iglesias, la familia, la tradición - el impulso comunista es por lo general a suprimir ellos, mientras que el impulso fascista es en gran medida a la absorción de ellos”.

Rothbard agrega que por lo mismo, “el fascismo fue un movimiento contra-revolucionario que congeló una serie de privilegios monopólicos en la sociedad, en suma, el fascismo era la apoteosis del capitalismo monopolista de Estado moderno. [11] He aquí la razón por la que el fascismo fue más atractivo (que el comunismo, por supuesto, nunca lo hizo) a los intereses de las grandes empresas”.

Como explica Sheldom Richman, en ese contexto se profundizó la confusión entre mercado libre con el Capitalismo de Estado imperante, lo que terminó por diluir los viejos principios libertarios radicales a favor del conservadurismo autoritario vulgo liberal, y por eso indica que en la actualidad algunos seudo liberales “con demasiada frecuencia defienden acciones particulares de empresas privadas (empresas petroleras, por ejemplo), olvidando que las empresas de hoy son el producto de muchos años de corporativismo…El ejemplo clásico es Ayn Rand en su muy ridiculizado ensayo, "Las Minorías Perseguidas de América: las Grandes Empresas."

Por eso, para Karl Hess consideraba que: “Tanto Joseph Stalin como Adolf Hitlerpresidieron regímenes de derecha, políticamente, a pesar de las trampas socialistas con que ambos adornaron sus regímenes…”.

Lecturas recomendadas:

  1. La influencia de las ideas absolutistas en el Socialismo. Rudolf Rocker.
  2. Left and right, the prospects for Liberty. Murray Rothbard.
  3. The left-right spectrum. Karl Hess.
  4. Libertarismo ¿De Izquierda o Derecha?. Sheldon Richman.

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