08Sep, 2011
Armonía interior, éxito y felicidad
La armonía interior es el resultado espontáneo de una forma de vivir y no un objetivo que se pretende y busca. Los ambiciosos de triunfos y los inconformes con su tedio anhelan dinero, romance, amigos o grados académicos como instrumentos o puentes para lograr el éxito o la felicidad que tanto ansían. No es así con la armonía interior y no se corre detrás de ella. Quien persigue la armonía interior, se está alejando de ella. La armonía interior, el éxito y la felicidad son cosas muy diferentes; la primera es la menos visible de las tres. Mientras que la armonía interior no puede cuantificarse, los ingredientes del éxito y la felicidad —las riquezas, las relaciones amorosas, las redes sociales, los estudios académicos— son bastante medibles. También en la forma de actuar para permitir su manifestación, la armonía interior es bien distinta del éxito y de la felicidad. La búsqueda de bienes, parejas, amistades o conocimientos involucran perseverancia y decisiones, y necesitan respectivamente de adquisiciones, comparaciones, conexiones o información. Todo esto demanda dedicación y paciencia. No es así con la armonía interior. Para su surgimiento, ésta requiere de una apertura pasiva en la cual lo que cuenta no es lo que hacemos sino lo que dejamos de hacer. Las abstenciones requeridas son más fáciles de listar que de convertir en hábitos. Para que nos llegue la armonía interior, tenemos que suspender opiniones y juicios sesgados, evitar pensamientos y palabras perjudiciales, y abstenernos de actos y trabajos dañinos. Es esta pasividad la que aplaca el fanatismo, las adicciones, los odios y la violencia; cuando ello ocurre se acaban entonces la ansiedad, el estrés y el sufrimiento y florece por sí sola la armonía interior. El éxito —en particular el éxito financiero— es evidente y medible; la felicidad, en cambio, es un poco más difusa. La felicidad se encuentra entre el éxito y la armonía interior, más cercana eso sí de esta última. La felicidad y la armonía interior son ambos estados de bienestar que, no obstante su proximidad, no son palabras sinónimas. Aunque quienes disfrutan de la armonía interior siempre son felices, no todo el que parece o dice ser feliz disfruta de armonía interior. Según la Real Academia, la felicidad es un estado del ánimo que se complace en la posesión de bienes. La felicidad involucra satisfacción con nuestra situación; la armonía interior, por el contrario, demanda el desapego de todo. La felicidad conlleva la presencia explícita de la alegría; la armonía interior resulta de la ausencia de ansiedad, estrés o sufrimiento. El número de investigaciones sobre la felicidad —qué es y cómo podemos alcanzarla— ha literalmente explotado en las décadas recientes. Como no hay centímetros ni gramos para medirla, los estudios del tema sólo pueden evaluar la felicidad a través de los indicadores sociales y psicológicos que son comúnmente asociados a ella. Los datos encuestados entre millares de personas incluyen, entre otras medidas, la frecuencia del regocijo experimentado, los ingresos promedios, la satisfacción de las necesidades básicas, la salud y el acceso a la asistencia médica, la confianza en las autoridades, y el clima de seguridad en el sitio de residencia. Estas variables son en general gratificaciones o beneficios tangibles que, sin embargo, tienen poca o ninguna relación con la armonía interior. Por otra parte, los estudios sobre armonía interior son escasos, tal vez por su misma invisibilidad. Hay un viejo retruécano —la inversión en los términos de dos cláusulas para contrastar sus sentidos— que viene bien al tema: Éxito es tener lo que uno quiere; felicidad es querer lo que uno tiene. No siendo ni lo uno ni lo otro ¿cómo amarramos a la armonía interior con este refrán? Mi profesor de literatura diría que ésta es tarea imposible porque los retruécanos sólo funcionan para parejas de frases. A sabiendas de que la adición es forzada, cierro esta nota con mi propuesta: Armonía interior es la aceptación serena de lo que se tiene y de lo que se carece. La definición no es ni pegajosa ni nemotécnica; distorsiona el flujo del adagio original y, como si fuera poco, a la mayoría de la gente no le gusta: “¿Conformarme con mis carencias? ¡Ni loco!” Su aplicación, sin embargo, bien podría abrirnos el espacio para que la armonía interior toque a nuestra puerta y, sin invitarla, entre. De repente —¿por qué no?— detrás de ella se cuelan la felicidad y el éxito. Hay muchos exitosos felices y muchos felices que viven armoniosamente. Gustavo Estrada Autor de Hacia el Buda desde el occidente
20Abr, 2011
¿Cuál es el sufrimiento que sí podemos eliminar?
En la India, el Buda habló de “dukkha” en idioma maghadi hace veinticinco siglos; en Sri Lanka, la misma palabra fue transcrita a hojas de palma en lenguaje pali cuatro siglos después. “Dukkha” vino a traducirse a idiomas europeos hace apenas unos ciento cincuenta años y entonces se convirtió, con tantos defensores como detractores, en el sufrimiento del budismo occidental. Entre los labios del Buda y esta nota se han atravesado, además de dos milenios y medio, unos cuantos diccionarios, formales (los más recientes) o solo en la cabeza de los traductores (los más antiguos). Según Jorge Luis Borges, “los diccionarios son repertorios artificiosos, muy posteriores a las lenguas que ordenan. El danés que articulaba el nombre de Thor o el sajón que articulaba el nombre de Thunor no sabía si esas palabras significaban el dios del trueno o el estrépito que sucede al relámpago”. ¿Qué quiso decir entonces el Buda con “dukkha”? ¿Cuál sufrimiento? ¿Sus causas de afuera? ¿Sus consecuencias adentro? Como resulta difícil contradecir a Borges y evitando terciar en polémicas, prefiero acudir a tres metáforas de fuentes budistas para proveer alguna luz sobre el vocablo en cuestión. Vamos con la primera. El Buda consideraba que en el mundo hay gente de mente ecuánime (los que han seguido las enseñanzas del Sabio) y gente de mente condicionada (aquellos que sólo viven desde su ego). Unos y otros enfrentan por igual adversidades y contratiempos pero sus reacciones son bien diferentes. Dijo el Buda: “Los condicionados, cuando tropiezan con alguna desgracia, experimentan pena y dolor, como es natural e inevitable, y después se afligen, se lamentan y se obsesionan con la tragedia que les ha golpeado. Su reacción es como si inicialmente se les clavara una flecha corporal seguida luego por otra flecha mental; esta segunda flecha, más duradera y punzante, termina haciéndoles esclavos del sufrimiento. Los ecuánimes, por su parte, también sienten la pena y el dolor de las desgracias pero, sin afligirse ni lamentarse, pasan de largo por ellas. Ellos también sienten el dolor y la pena de la primera flecha y corrigen las cosas que sean remediables. A diferencia de los condicionados, la segunda flecha no hace blanco en ellos y los ecuánimes nunca se convierten en esclavos del sufrimiento”. La segunda flecha incluye todas las insatisfacciones humanas, desde las preocupaciones imaginarias y los bajones de ánimo hasta las amarguras más intensas y dañinas. Ajaan Maha Bua, un monje budista tailandés, lo expresa bellamente en nuestra segunda metáfora: “Sufrimiento es todo lo que nos arruga el corazón”. La opresión que nos ponen las cosas “arrugadoras” determina la intensidad de nuestro sufrimiento. Hay segundas flechas que parecen carecer de dardo previo o lo tienen escondido. De aquí surge la tercera metáfora cuyo origen se pierde en el tiempo: “En su peregrinación dos monjes Zen llegan a algún sitio empantanado donde una bella joven no se atreve a cruzar por no ensuciar su traje de seda. El monje mayor, sin pensarlo dos veces, levanta a la mujer en sus brazos y la baja tan pronto alcanzan la otra orilla. Tras varias horas de caminar sin pronunciar palabra alguna, el monje más joven rompe su silencio: ‘¿Cómo se atrevió usted a tocar a esa mujer tan hermosa?’ ‘Yo la solté tan pronto crucé el pantano’, respondió el veterano monje. “Usted todavía la lleva cargada’”. La segunda flecha que nos pincha, el apremio que nos arruga el corazón y la carga que no logramos soltar son el sufrimiento del budismo. Si la palabra “sufrimiento” no la encontramos suficientemente descriptiva de los estados mentales allí asociados pues utilicemos entonces… “dukkha”. Su denominación es secundaria, diría Borges; su eliminación es lo verdaderamente importante, diría el Buda.
Gustavo Estrada
Autor de Hacia el Buda desde el occidente y de
01Feb, 2011
¿Cuál es la técnica apropiada para meditar?
¿Por qué la denominada meditación de consciencia plena (mindfulness meditation, en inglés), una técnica desarrollada por el Buda hace veinticinco siglos, está ahora convirtiéndose en la favorita de los meditadores de occidente? ¿Por qué esta misma técnica también es el foco de atención de prestigiosos centros de investigación neurológica? Las respuestas son inmediatas: Por su sencillez y porque está conduciendo a resultados promisorios en el tratamiento de problemas de ansiedad, depresión, estrés, fobias y adicciones, tan comunes en el mundo moderno
La filosofía y los métodos de la meditación de consciencia plena resultan particularmente atractivos al pragmatismo y el escepticismo occidentales que no le comen cuento a los rituales y los misterios inherentes a muchas otras modalidades de meditación. Hay tres características de esta “novedosa” milenaria técnica que vale la pena resaltar: La simplicidad de sus ayudas para concentrar la atención, el reconocimiento de la meditación en todas sus formas como un fenómeno cerebral ajeno a cualquier experiencia ultramundana, y el predominio de la armonía interior y el bienestar como expectativas indirectas de la práctica.
Comencemos por la simplicidad. Meditar es aquietar el cuerpo y la mente. La quietud física, la parte sencilla, requiere únicamente sentarse en una posición cómoda. El apaciguamiento de las divagaciones permanentes, la parte complicada, se logra mediante ayudas mentales en las cuales el meditador focaliza su atención durante la práctica. Las reglas son elementales; su destreza demanda mucha disciplina.
La variedad de las ayudas que los gurúes se han ingeniado a través del tiempo (mantras, cánticos, música de fondo, sonidos, rosarios, figuras, rituales, colores, llamas, inciensos…) es tan grande como la confusión que con ellos han generado en los principiantes. Cada nueva secta define sus propias ayudas, le asigna un nuevo nombre a la técnica (generalmente en un idioma oriental) y publica varios libros. La meditación de consciencia plena, en cambio, focaliza la atención exclusivamente en eventos corporales y, más específicamente, en la observación desprevenida e imparcial de la respiración y las sensaciones.
El segundo punto es el carácter terrenal de la meditación de consciencia plena. El practicante no busca contactos con planos metafísicos, no necesita divagar acerca de ángeles, dioses o profetas, y no requiere de guías iniciados que le apoyen en su práctica. Las experiencias mentales —las percepciones, las emociones y los sentimientos— ocurren, como bien lo saben los neurólogos, en el cerebro del meditador. Este reconocimiento, este aterrizaje de la meditación, ha desplazado su estudio del dominio de las especulaciones esotéricas y las teorías ocultas hacia el territorio de las ciencias cognitivas y la investigación científica.
Por último, los beneficios físicos y mentales —el bienestar corporal y la armonía interior— que resultan de la meditación de consciencia plena son indirectos; estos beneficios no se persiguen, ellos ocurren. De esta forma, el afán de reproducir experiencias ajenas —la mejoría que alguien más tuvo— desaparece. La observación de los movimientos de la respiración y de las sensaciones se vuelve el propósito central de la práctica. Así se aplaca la mente y esto ya es un logro; el bienestar físico y la armonía interior son subproductos del ejercicio.
Lo que pasa en nuestro cerebro mientras meditamos y la ubicación de las áreas en las cuales aumenta o disminuye la actividad neuronal —el qué y el dónde del asunto— están cada vez más claros, gracias a las modernas tecnologías de imágenes computarizadas. Las explicaciones del funcionamiento —el cómo y el porqué— aún se desconocen.
Yo he desarrollado mi propia teoría (que anda en busca de patrocinador académico): La meditación de consciencia plena es un ejercicio intensivo de los circuitos inhibitorios de nuestro sistema nervioso. Al igual que cualquier función del organismo, las neuronas inhibitorias se debilitan por falta de uso o por uso indebido; la meditación disciplinada restablece y fortalece sus capacidades deterioradas de inhibición.
La verdad, dice la filosofía pragmática, es lo que produce resultados positivos así no se comprendan sus mecanismos. Debemos ser pragmáticos con relación a la meditación de consciencia plena y no necesitamos esperar las respuestas de las universidades para comenzar a disfrutar de los beneficios que resultan de su práctica.
Gustavo Estrada
Autor de Hacia el Buda desde el occidente
11Ene, 2011
De Dios, física y entendimiento incompleto
San Agustín, filósofo y Padre de la Iglesia, se devanó los sesos por años —su conversión le llegó a los treinta y tres—, tratando de entender los enredos del cosmos. Según la leyenda, mientras deambulaba por una playa y siendo aún un rebelde escéptico, un niño le dijo al futuro santo que era más fácil vaciar el mar dentro de un hoyo en la arena que comprender los misterios de Dios. La complejidad es el océano; la mente humana, el pequeño agujero, le dio a entender el muchacho. En el terreno material, la frase del niño podría también ser para mí. Tras leer la parte que logré asimilar de “El tejido del cosmos”, un best-seller de Brian Greene, el destacado científico norteamericano, la física moderna tampoco encuentra espacio suficiente para acomodarse dentro mi cabeza. Y ahora Stephen Hawking, el cosmólogo británico, sacude a los medios intelectuales, para complacencia de los ateos, con una sucinta declaración. “Yo no digo que Dios no existe. Dios es el nombre que le asigna la gente a la razón por la cual estamos aquí. Esa razón —un Dios impersonal— son las leyes de la física y no alguien con quien podamos conversar”, dijo el genio en una reciente entrevista acerca de “El gran diseño”, su más reciente libro. Dios y la física moderna son impenetrables por igual. Permítanme darle algunos ejemplos de las masas de agua que no caben en los hoyos craneales del la gente común. La ciencia ignora por completo la naturaleza tanto de la materia oscura (un algo que no genera ni absorbe ni refleja luz) como de la energía oscura (un desconocido efecto global que está homogéneamente distribuido por todo el espacio y todo el tiempo). Estos dos entes fantasmagóricos ocupan en conjunto ni más ni menos que el 95% del universo. Los astrofísicos, en otro caso raro, tampoco tienen idea alguna del origen de los rayos cósmicos, unas partículas de elevada energía, que proceden del espacio exterior y que bombardean y atraviesan permanentemente la Tierra. Por aquí pasan, todo el mundo habla de ellos, pero nadie sabe de dónde vienen. En la mecánica cuántica también abundan las cosas extrañas. Solo una muestra: Un electrón dizque puede pasar simultáneamente por dos rendijas diferentes; este evento, verificado experimentalmente, no cuadra dentro de la lógica convencional de ningún cerebro. “Quien no se asombra con la mecánica cuántica es porque no ha entendido sus ecuaciones”, dijo Niels Bohr, uno de sus pioneros. Nunca lo entenderemos todo. Nuestro cerebro no evolucionó para comprender el cosmos, sus orígenes o su destino, sino para favorecer la supervivencia de su dueño. Aunque la ciencia me fascina, prefiero caminar sobre tierra firme. Estoy de acuerdo con el Buda cuando recomienda prestar atención solo a las cosas que conducen a la armonía interior y a la disminución del sufrimiento. Y con San Pablo en la frase que convirtió a San Agustín y que bien podría haber sido pronunciada por el sabio de la India: “Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia.” Soy agnóstico, aclaro. Y pragmático. Mi armonía interior o mi sufrimiento están dentro de mi territorio de influencia donde puedo tomar acción; ellos no dependen del Dios Omnipresente de los religiosos, ni de la física de Stephen Hawking. Si usted, estimado lector, es creyente y su fe le proporciona tranquilidad, refúgiese en ella; no arme explicaciones descabelladas y no permita que su paz sea perturbada por el fanatismo. Su convicción le sirve a usted pero puede resultarle inútil a otros. Si, por otra parte, es incrédulo y respalda su ateísmo en la física y en una posible teoría aclaratoria de todas las cosas, pues entreténgase con las satisfacciones intelectuales pero sepa que la ciencia nunca le va a dar respuestas definitivas. Más le vale comenzar desde ya a rezar… O quizá a meditar y a estudiar las enseñanzas del Buda.
Autor de Hacia el Buda desde el occidente
29Dic, 2010
Felicidad, emociones y sentimientos
Baruch Spinoza fue un filósofo neerlandés del siglo XVII, descendiente de judíos sefarditas que cien años antes habían huido de Portugal para refugiarse en Ámsterdam. Antonio Damasio es un brillante neurólogo portugués radicado en Estados Unidos. Casi todo lo que sé del primero lo aprendí en ‘Buscando a Spinoza: Neurobiología de la emoción y los sentimientos’, un excelente libro del segundo. ‘Buscando a Spinoza’ es, entre otras cosas, un cuidadoso examen de la obra del filósofo, mirada a la luz de la extraordinaria comprensión de las ciencias cognitivas que posee el neurólogo.
Antonio Damasio afirma que nuestra actividad cerebral está primariamente dirigida hacia la supervivencia. Nada hay nuevo en esta aseveración pues así piensa buena parte del estamento científico del tercer milenio. La contribución de Damasio al asunto es la adición del bienestar físico y emocional como un ingrediente intrínseco a la supervivencia misma. En la premisa extendida, nuestro cerebro en su evolución ha programado a su dueño no solo para que sobreviva y dure sino para que subsista con bienestar y con calidad de vida. Antonio Damasio encuentra las raíces de su notable adición en Baruch Spinoza y sostiene que con ella su semi-compatriota se anticipó a la ciencia moderna en casi cuatro siglos.
Todos los organismos vivos, sin importar su tamaño o su complejidad, poseen por diseño genético una capacidad, denominada homeóstasis, que ajusta su estructura y composición internas para mantener un estado de equilibrio. La homeóstasis le permite a los seres vivos la resolución automática de sus problemas biológicos; cuando las dificultades exceden la capacidad correctiva de la homeóstasis, el organismo se deteriora y eventualmente muere.
Spinoza intuyó la homeóstasis y la denominó conatus en latín —él escribió sus libros en ese idioma— que significa esfuerzo, empeño o intención. Conatus es el conjunto de programas cerebrales que buscan tanto supervivencia como bienestar. Dice el filósofo: “Cada organismo, por su propia naturaleza, procura mantener su estabilidad; el esfuerzo o conatus para sostener tal estabilidad es la esencia misma del organismo”. Sin conatus no hay vida.
Antonio Damasio expresa una profunda admiración por Baruch Spinoza; el filósofo, según el neurólogo, intuyó muchos conceptos hoy de común aceptación por la ciencia. El sabio neerlandés postuló la noción de que el cuerpo y la mente son atributos o manifestaciones de una misma substancia, rehusó la existencia de propósito alguno en el diseño del universo, y anticipó de alguna forma la evolución darwiniana al sugerir que la “capacidad mental” puede manifestarse en proporciones variables en las distintas formas de vida.
No obstante la valiosa intuición de las ideas anteriores, el tema central del libro de Damasio son las emociones y los sentimientos, cuya importancia en la conducta humana también reconoció tempranamente Spinoza. Para el filósofo, las emociones negativas son reacciones de nuestro cuerpo a eventos internos o externos que están perturbando el equilibrio. Las emociones positivas son señales de bienestar, de que las cosas están bien; las negativas, son alarmas de desarmonía, de que algo está funcionando mal. La alegría y la tristeza —laetitia y tristitia— fueron conceptos prominentes en la intención de Spinoza para entender el ser humano y sugerir maneras de mejorar la vida.
En una mezcla de anticipación científica y sabiduría, Spinoza sugiere que las emociones y los sentimientos son los medios que debemos manejar para el cultivo fructífero de la experiencia vital. La alegría y la tristeza —felicidad-infelicidad, armonía interior-sufrimiento— son ideas primordiales para orientar nuestros procesos mentales hacia una supervivencia óptima.
Spinoza, además, asocia la supervivencia y el bienestar con las normas de conducta. Para él, los códigos morales resultan de las actividades que favorecen el conatus —la homeostasis—. El Buda también había expresado una idea similar milenios atrás: “Lo provechoso son las acciones que disminuyen el sufrimiento; lo perjudicial son aquellas que lo aumentan”.
Para respaldar a Spinoza, Damasio cita a Aristóteles, el ilustre griego: “Cuando somos inmorales, nos estamos negando la oportunidad de experimentar la armonía interior”. El neurólogo portugués lo pone en sus propias palabras: “La felicidad es el poder que nos libera de la tiranía de las emociones negativas”. Y el filósofo neerlandés lo dice aún más escuetamente: “La felicidad es una virtud por sí misma, no una recompensa”. A la mayoría de los seres humanos, agrego yo, nos toca ejercitar con disciplina esa virtud si aspiramos a que nos llegue la felicidad; otros pocos privilegiados, como Facundo Cabral —"Ser feliz es mi color de identidad", canta este argentino— parecen nacer con ella.
Gustavo Estrada
Autor de Hacia el Buda desde el occidente
24Sep, 2010
Sufrimiento, armonía y budismo pragmático
Sufrimiento emocional es el conjunto de sentimientos negativos producido por los deseos desordenados de lo que se carece (riquezas, sustancias estimulantes, prestigio…) y por las aversiones hacia lo que sí nos rodea (gente, hechos o cosas desagradables). Los miedos recíprocos –los temores a perder lo que ya se posee y los temores de que nos caiga lo que repudiamos– completan el portafolio de las causas para sufrir emocionalmente. Armonía interior es la ausencia de sufrimiento emocional.
El Buda diagnosticó hace veinticinco siglos que el sufrimiento emocional se podía eliminar mediante la supresión de sus causas e hizo de este mensaje el punto focal de sus discursos. Sus enseñanzas, por el fervor de sus seguidores, se desencaminaron hacia una religión, la cuarta más grande del mundo. El budismo pragmático, el subconjunto del budismo que excluye leyendas, ritos y renacimientos, se concentra en el objetivo original de acabar con el sufrimiento emocional, tal como lo propuso el gran Sabio.
El sufrimiento emocional es un sentimiento que, si bien resulta de emociones, no es una emoción. El neurólogo Antonio Damasio hace una distinción sutil entre emociones y sentimientos. Emociones son las reacciones del organismo a ciertos estímulos externos (por ejemplo, una amenaza) o internos (por ejemplo, un recuerdo). Sentimientos son las percepciones de una emoción, esto es, el registro consciente que hace el cerebro de tales reacciones. Aunque pueden ser casi simultáneos, las emociones anteceden a los sentimientos; nosotros nos percatamos de los sentimientos, no de las emociones.
Los sentimientos derivados tienen con frecuencia denominaciones similares a las emociones asociadas pero no es así siempre; una emoción de ira puede convertirse en un sentimiento de euforia. De igual forma, las emociones se “alían” para generar “especies” de sentimientos unificados. El doctor Damasio llama sentimientos de trasfondo (‘background feelings’ en inglés) a los sentimientos que resultan de la percepción de emociones y que producen el tono general de nuestra vida.
Muchos de los sentimientos de trasfondo se manifiestan en dúos opuestos no directamente conectados con las emociones originales: desasosiego, bienestar; tensión, calma; inestabilidad, estabilidad; discordia, concordia. Los primeros rasgos de cada pareja (desasosiego, tensión…) caracterizan el sufrimiento emocional; los segundos (bienestar, calma…), a la armonía interior. Los sentimientos de trasfondo ayudan a definir nuestro estado mental; ellos decoloran o colorean nuestra existencia.
El sufrimiento emocional proviene de toda la gama de insatisfacciones humanas, comenzando con las simples preocupaciones imaginarias, pasando por depresiones y bajones de ánimo, y llegando hasta las amarguras más intensas y dañinas. Allí se encuentran muchas de las emociones nocivas incluyendo, entre otras, ansiedad, angustia, desesperación, odio, celos y envidia. El potencial de cortar el sufrimiento emocional se encuentra en la interfaz de las emociones a sentimientos de trasfondo.
La palabra “sufrimiento”, por sí sola, se refiere tanto a causas físicas como mentales; de ahí proviene la necesidad del calificativo “emocional”. El dolor es sufrimiento físico y es algunas veces inevitable; su tratamiento puede requerir drogas. El sufrimiento emocional es mental, casi siempre opcional y eliminable sin necesidad de medicamentos (excepto en las enfermedades psiquiátricas con una clara base orgánica). El dolor no está en la mira del budismo pragmático; el sufrimiento emocional, sí.
A la armonía interior se llega aplacando deseos y aversiones. “Cuando los deseos desordenados y las aversiones están ambos ausentes, todo se vuelve perfectamente claro”, dijo Seng-Tsan, tercer patriarca chino del Zen. A la armonía interior se arriba indirectamente mediante “la extinción del fuego de los deseos y las aversiones”. (Ésta es la definición budista de “nirvana”). La armonía interior nos surge desde adentro y no depende de factores externos; si así fuera, hablaríamos de armonía exterior.
La eliminación del sufrimiento emocional es pues una tarea personal, sin intervención de maestros o colectividades. La armonía interior no se alcanza mediante la adhesión a ningún credo, la afiliación a ninguna doctrina o el procedimiento de ningún ritualismo. La armonía interior no se persigue; a la armonía se llega espontáneamente después de arrancar las raíces –de silenciar los orígenes– del sufrimiento emocional. Cuando alguien busca la armonía interior en sectas, grupos o ceremonias, podría sin darse cuenta estar renunciando a ella… O, cuando menos, se está arriesgando a hipotecarla.
Gustavo Estrada
Autor de Hacia el Buda desde el occidente
26Abr, 2010
Confesión de un ateo budista
El título del libro Confesión de un ateo budista (Confession of a Buddhist Atheist, en inglés; aún no traducido al español) resume tres aspectos de su vida que Stephen Batchelor, el autor, quería compartir con sus lectores: su religiosidad —la confesión es una declaración de creencias religiosas—, su adhesión al Buda, y su ateísmo con el sentido de no-teísmo.
La "confesión" como tal, es un registro detallado de su evolución espiritual, que le lleva a una iluminación de un carácter muy diferente del de "las experiencias místicas ‘estándar’ de inmersión y unificación con el universo". Tal como la relata Batchelor, esta confesión, sincera y casi ingenua, que incluye diez años de vida monástica en la India, Corea y Suiza, describe vívidamente la viabilidad de aceptar la religiosidad de las Enseñanzas del Buda, sin suscripción a los dogmas religiosos de reencarnación y karma y sin renunciar a las cosas buenas y bellas de la vida
En cuanto al segundo punto del título, el “ista” del budista en el cual se convirtió el escritor está mucho más cerca del “ista”" de quienes tocan un instrumento (pianista, violinista) que del “ista” de los seguidores de una doctrina (socialista, comunista) o de los fanáticos de opiniones sesgadas (racista, machista). Usted no necesita de opiniones sectarias para ejecutar el piano o el violín, usted simplemente, si sabe hacerlo, los toca; no es necesario tener un credo especial para ser budista porque ser budista es una experiencia, una forma de vida, una “interpretación musical”. En este libro, el autor, un erudito impresionante, narra su proceso personal y reconstruye la evolución del Buda; ambas travesías son descritas con abundancia de detalles espirituales, históricos y geográficos.
Es bien sabido que en el Canon Pali no aparecen fechas. Sin embargo el autor propone una secuencia cronológica muy interesante de diversos eventos en la vida de Buda; ésta es la primera vez que he leído una propuesta de esta naturaleza. A pesar de que la tarea implica detallado análisis y mucho conocimiento, Stephen Batchelor es lo suficientemente humilde como para decir que la fuente de los datos en bruto ya existía en el Diccionario de términos pali (Dictionary of Pali Terms, en inglés) y que su papel consistió simplemente "la conexión de los puntos". En la realidad, este trabajo fue mucho más que eso y sólo podía ser ejecutado por alguien tan conocedor de las escrituras sagradas budistas como Batchelor.
Para describir sus puntos de vista cosmológicos y teológicos, la última porción del nombre del libro, Stephen Batchelor parece preferir el término "ateísmo" (como no-teísmo, repito), en contraposición a "agnosticismo" (la imposibilidad de conocer la realidad última), y evita utilizar (probablemente a propósito) la palabra "espiritualidad". Encuentro el punto de vista del autor muy cercano a la espiritualidad atea que el filósofo francés André Comte-Sponville define como "nuestra apertura y nuestra conexión con el infinito, lo eterno y lo absoluto." Sea como no-teísmo o como espiritualidad atea, estos planteamientos, renovados y renovadores, tanto de Batchelor y como de Comte-Sponville, son muy necesarias en el confuso mundo moderno que, aunque más secular todos los días, necesita ciertamente alguna forma de espiritualidad. Estos no-teísmos intelectuales conllevan un antiautoritarismo similar al del filósofo indio J. Krishnamurti (que rechaza dogmas y maestros y que Stephen Batchelor de cierta forma considera autoritario) y excluyen el anti-teísmo radical e intransigente de los “richarddawkinses” y los samharrises".
Hay abundancia de anécdotas interesantes y eventos históricos en el libro de Batchelor; ellos cubren desde los tiempos remotos del Buda y de su época (que provienen de los conocimientos y las investigaciones del autor) hasta la era moderna del Dalai Lama (que son el fruto de experiencia directa de Batchelor y de sus interacciones personales).
El entusiasmo del autor por la belleza y la racionalidad de las Enseñanzas le lleva a algunas exageraciones. Dice, por ejemplo, que "aún no encuentra un fragmento del Canon Pali que no agregue luz al conjunto." (Esto me parece exagerado; muchas partes del Canon no sólo son repetitivas y aburridas sino también oscuras y con observaciones en contradicción con otras secciones). Estos son, sin embargo, inconvenientes de menor importancia que de ninguna manera reducen la calidad general de la Confesión de un ateo budista. El libro es excelente no sólo para los recién llegados a las Enseñanzas en busca de direcciones sin afiliación y para los ya religiosos budistas de mentalidad abierta, sino también para agnósticos, ateos, pragmáticos, escépticos y mentes independientes e inquisitivas de todo tipo, a quienes Batchelor ofrece una perspectiva intelectual novedosa.
Autor de Hacia el Buda desde el occidente
31Mar, 2010
Rama y Alá
Cuando vemos de nuevo una excelente película, descubrimos en ella sutilezas que antes habíamos pasado por alto. Así me ocurrió recientemente cuando disfruté por segunda vez ¿Quiere usted ser millonario? (Título original en inglés: Slumdog Millionaire), la muy galardonada cinta británica. Comedia y tragedia reunidas, ¿Quiere usted ser millonario? narra las aventuras y desventuras de Jamal, un joven musulmán de las barriadas de Mumbai, desde su temprana y paupérrima niñez hasta su exitosa participación en un adinerado concurso de conocimientos de una cadena de televisión india. El comentario que hace Jamal cuando la pregunta de turno es acerca de Rama, el dios más popular de la religión hinduista, fue el motivador de esta nota.
En Mumbai, la tercera urbe de nuestro planeta, viven casi veinte millones de habitantes, la mayoría de los cuales (68%) son hinduistas con un importante segundo lugar (25%) para los seguidores del islam. Al igual que en otras ciudades de la India, esta pronunciada polarización conduce frecuentemente a violentas luchas religiosas. En nuestra película, durante una asonada hinduista en la barriada donde subsiste Jamal, aún niño entonces, es asesinada su joven madre.
Mientras que los musulmanes adoran a Alá como su único Dios, los hinduistas, más polifacéticos, tienen centenares de deidades; Vishnú, el Omnipresente, con sus numerosas expresiones y reencarnaciones, representa el nivel cumbre de la jerarquía divina. El renombrado Rama, su más importante reencarnación, es siempre caracterizado en sus imágenes sosteniendo en sus manos un arco con sus flechas como armas simbólicas del adiestramiento permanente para batallas campales.
Una de las preguntas que Jamal debe responder durante el concurso es justamente acerca de esos objetos, del arco y de las flechas, que exhibe el Rama mitológico en sus pinturas y estatuas. Tras formular el interrogante correspondiente, el animador del programa indaga cauteloso: “¿Conoce usted la respuesta?”. El comentario de Jamal fue lo que no discerní la primera vez que vi la película: “No podría jamás olvidarla, señor; si Alá y Rama no existieran, mi madre estaría viva”. ¡Hay tanta profundidad en el dolor y en la sencillez de esta frase!
Los conflictos de las culturas lejanas —hinduistas y musulmanes en la India, hinduistas y budistas en Sri Lanka, la religión gubernamental de Beijing y todas las demás religiones en China— tienen la misma raíz de las pugnas que están a la vuelta de nuestra esquina; la misma copa aunque con distinto contenido. En aquéllos, en los problemas lejanos, dado que ambas partes nos son ajenas, permanecemos indolentes y neutros. En los del mundo cercano, en cambio, tomamos posición inmediata y calificamos de fanáticos e intolerantes a los otros, a quienes no comparten nuestro punto de vista.
En toda creencia desprovista de respaldo racional se encuentran las semillas del fanatismo y, por ende, del conflicto y de la violencia. Sólo quienes carecen de creencias emotivas e infundadas pueden aseverar que no son sectarios. Por supuesto que las religiones no son el único territorio donde se trazan rayas limítrofes y donde se toma partido aunque, eso sí, ellas conforman el dominio más metafísico y etéreo. Pero los otros fanatismos —los raciales, los partidistas, los patrióticos, los deportivos— son igualmente dañinos tanto para el individuo como para toda la sociedad.
Ciertamente siempre es y siempre será demasiado difícil lidiar con cualquier forma de fanatismo, particularmente cuando nosotros creemos tener la verdad revelada. ¿Estaríamos dispuestos a agregar en la frase de Jamal, además de Alá y Rama, a todos nuestros propios dioses, celestiales y terrenales por igual, que si no existieran dejarían de causar tantas muertes y conflictos? Bien dice Thich Nhat Hanh, el monje vietnamita de budismo Zen: “Recta opinión es la ausencia de opiniones”.
Gustavo Estrada
Autor de Hacia el Buda desde el occidente
22Feb, 2010
Ego, grego y necesidades humanas
Las necesidades humanas —agua, techo, sexo, prestigio, amistad, trascendencia...— son demasiadas para estructurarlas dentro de unas pocas categorías y, en consecuencia, es difícil construir teorías psicológicas serias que tengan respaldo razonable de las ciencias naturales y sociales. Por su complejidad, es apenas natural que no haya unanimidad acerca del tema. Las diversas teorías existentes discrepan en número, definición y categorías para agrupación. No obstante tales diferencias, hay dos características —la necesidad de logro y la necesidad de pertenencia— que figuran en la mayoría de las propuestas acreditadas.
La necesidad de logro, que proviene del sentido de identidad —el ego codificado en nuestro cerebro—, es la necesidad tanto de tener respeto y autoestima como de sobresalir y recibir reconocimiento. La necesidad de pertenencia, que se origina en lo que denomino “grego” —el instinto gregario genético—, es la necesidad de formar parte de algo, sean núcleos pequeños (pareja, familia, círculo de amigos, compañeros de estudios) o grupos numerosos (clubes, barras deportivas, iglesias, partidos políticos). Los animales, en general, tienen ego cero y grego elevado. El dualismo pertenencia-logro es curioso e interesante por la paradoja que implica. El ego (soy distinto) y el grego (soy igual) nos crean necesidades diferentes que van en contravía; todos sufrimos la tensión que tal dualismo genera. Dice el antropólogo Ernest Becker: “El comportamiento individual excluyente (del ego) se opone al resto de la naturaleza (del grego), generándole a la persona el aislamiento intolerable que justamente necesita para sobresalir”. El ego tiene un “tamaño” difuso pero real. Es cero cuando nacemos, sube en la niñez y la adolescencia, y alcanza un cierto nivel, más o menos estable pero no fijo, en la madurez. Como casi todo atributo en su expresión extrema, la inflación abultada del ego se convierte en defecto. Los problemas de un ego “crecido” van desde la antipática autoestima excesiva, pasando por la invasión abusiva de lo que no es nuestro y terminando en los terrenos de lo nocivo o lo ilícito. (A propósito, no existe ninguna relación idiomática entre auto-estima-grande y el viejo chiste de los carros gigantescos que compran algunos para poder transportar sus egos). El egoísmo daña inicialmente al individuo y en sus manifestaciones extremas afecta al conjunto social. Algo parecido puede suceder con el grego exagerado. La fidelidad desmedida a un grupo no ocasiona ningún daño social pero sí es un problema mayor cuando el grupo mismo o su líder transforman al sumiso seguidor en un agresivo fanático del equipo de futbol, de la causa religiosa o del partido político. Para complicar el asunto, los gregos anormalmente altos son excelentes marionetas de otros egos descomunales y manipuladores; la combinación de los dos resulta explosiva —literalmente— para toda la sociedad. ¿Dónde está la línea saludable que marca la satisfacción de las necesidades de logro y pertenencia, la luz roja que nos ordena detenernos? Siendo universales, todos tenemos nuestra cuota de ambas exigencias: pertenencia al grupo para igualarnos y logro individual para ser distintos. La raya no es tan definida como ocurre con las necesidades fisiológicas; bien sabemos cuando estamos saciados de comida o saturados de agua. Ego y grego comparten un territorio común saludable; si ambos se elevan fuera del rango, se excluyen y son perjudiciales. Los atributos que, como ego y grego, son simultáneamente contrapuestos y complementarios no tienen líneas divisorias claras que demarquen lo razonable. A manera de ejemplo, la firmeza y la tolerancia son ambas cualidades pero demasiada firmeza es terquedad y demasiada tolerancia es apocamiento. La definición de los límites de lo sano entre egos y gregos —entre logro y pertenencia— conlleva pues una dificultad mayor, complicada aún más por el carácter personal de las necesidades humanas (las mías son diferentes de las suyas). No hay respuesta concluyente; la resolución de esta dificultad —la aproximación al apropiado balance y a su vivencia permanente— es el fruto exclusivo de la muy esquiva sabiduría.
Gustavo Estrada
Autor de Hacia el Buda desde el occidente
08Feb, 2010
La fe salva aquí en la Tierra
El efecto placebo —la mejoría de un paciente cuando recibe un medicamento inerte o un tratamiento ajeno a la enfermedad— tiene en jaque a la farmacología. Cuando un enfermo se alivia, ¿curó la droga formulada? ¿El médico que la prescribió? ¿Ambas cosas? ¿O simplemente la fe? Hay buenas razones para creer que en cualquier tratamiento la expectativa positiva del paciente, generada por la fe que le inspira el facultativo, juega un papel fundamental en la recuperación; en algunos casos, el poder de convicción del recetador relega a segundo plano la acción curativa de la receta.
Seamos claros: Los placebos nunca le darán mate a los fármacos y la partida de ajedrez jamás se va a terminar; hay hoy y habrá siempre drogas sanando dolencias y salvando millones de vidas. Pero la extraña forma cómo funciona el efecto placebo está complicando sobremanera la verificación de la bondad de las drogas en desarrollo.
Una serie de análisis comparativos efectuados durante los últimos años pone ahora en entredicho la efectividad no de un nuevo producto, todavía en etapa de prueba, sino de uno de los desarrollos farmacológicos más exitosos de los tiempos recientes, los denominados inhibidores selectivos de la recaptura de serotonina (ISRS), que están en el mercado desde 1986. Antes de estas evaluaciones, nadie se había atrevido a cuestionar la acción benéfica de los ISRS —Prozac, Paxil y Zoloft, entre otros— en el tratamiento de la depresión, los pánicos, la ansiedad social y los desórdenes obsesivos compulsivos. Sólo en los Estados Unidos, unos veintiocho millones de personas utilizaron antidepresivos durante el año 2008 y generaron ingresos a la industria farmacéutica por 9.600 millones de dólares.
El primero de estos estudios fue realizado por los investigadores Irving Kirsch y Guy Saperstein de la Universidad de Connecticut en 1998. Para comenzar, los doctores Kirsch y Saperstein confirman que los antidepresivos sí producen resultados positivos, notables en muchos casos. Ellos, sin embargo, resolvieron profundizar en el cómo del éxito hurgando la documentación que respaldó la aprobación de los ISRS. En su exploración, Kirsch y Saperstein encontraron que los conejillos de control, quienes recibieron pastillas inertes durante los paralelos clínicos, también experimentaron mejoría en sus síntomas depresivos en el 75% de los casos. Dicho de otra forma, sólo un 25% del alivio de quienes tomaron la droga real es atribuible a los ISRS; ganan pues aquí los placebos por tres a uno.
Kirsch extrapola su escepticismo en los antidepresivos y su confianza en el efecto placebo para poner en duda el 25% que favorece a los ISRS. Según el psicólogo norteamericano, muchos fármacos tienen frecuentemente efectos colaterales negativos en tanto que las píldoras paralelas no hacen ni fu ni fa. Aunque ninguno de los voluntarios de los estudios sabe lo que le están dando, todos confían estar recibiendo la droga experimental y, en consecuencia, esperan mejorías a su problema. Cualquier malestar tolerable (náuseas, estreñimiento, disminución de libido) les anuncia su buena fortuna y, con un efecto placebo “de segundo nivel”, terminan experimentando el alivio deseado por la razón equivocada.
Por el “milagroso” efecto placebo, una droga “inútil” puede sanar en muchos casos y, así hubiera algo de brujería —de “placebería— en el asunto, mal harían los entes reguladores en retirarla del mercado. En el caso de los antidepresivos, llorarían los millones de beneficiados a quienes los ISRS les “han devuelto su vida normal”.
¿Qué pueden hacer los investigadores y los laboratorios ante estas paradójicas situaciones? La respuesta obvia —descubrir el funcionamiento del efecto placebo para activarlo a propósito— no es conducente y los científicos tienen pocas ideas acerca de cómo iniciar tal proyecto. Encontrar un algo del que se ignora todo —qué, cómo, dónde, cuándo, por qué— parece misión imposible.
Nuestro organismo posee unos mecanismos extraordinarios de recuperación y balance que retornan el equilibrio biológico normal cuando hay agentes externos que lo perturban. Por razones desconocidas, estos mecanismos dejan a veces de funcionar —se quedan en PAUSA— ante las amenazas que nos enferman y que deberían poder manejar. El efecto placebo, cuando de forma extraña entra en acción, vuelve a poner el proceso restaurador en marcha e inicia la curación. La fe —en la droga, en el agua bendita, en la poción mágica, en el médico, en el santo, en el curandero— es la que oprime el botón de “PLAY”. Desafortunadamente para la ciencia médica, ella, la invisible e inexplicable fe, es la única que tiene en sus manos un CONTROL REMOTO.
Gustavo Estrada Autor de Hacia el Buda desde el occidente
Gustavo Estrada, consultor empresarial, escritor y autor de Hacia el Buda desde el occidente, es ingeniero químico de la Universidad Nacional de Bogotá (Colombia) y de la Universidad Chalmers de Gotemburgo (Suecia). Adicionalmente Gustavo es estudioso de filosofía oriental y ciencias evolutivas así como practicante de yoga, de meditación y de las Enseñanzas del Buda. Aunque ha asistido a numerosos seminarios y retiros, Gustavo carece de algunos atributos que son comunes en el currículo de los orientalistas —no pertenece a ninguna tradición budista, no tiene un maestro espiritual, no se ha recluido en ningún monasterio, no ha sido rebautizado en los idiomas sagrados, no ha estado en Asia—. Estos faltantes, en vez de demeritar sus credenciales, apoyan al autor en su esfuerzo por retirar de las Enseñanzas del Buda el mito y el misterio que normalmente las rodean. Al igual que LA RIQUEZA DE LA INFORMACIÓN, su primer libro, HACIA EL BUDA DESDE EL OCCIDENTE también es un libro de gerencia. Pero, mientras aquel estuvo dirigido a la gerencia empresarial para reducir ineficiencias en los procesos administrativos, este último apunta a la gerencia individual para disminuir el sufrimiento en los procesos personales.
Informacion adicional en: http://pragmatic-buddha.com/default.aspx
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