11 Ago 2011
Adicciones y amores: Por una cabeza
De tiempo atrás la biología del amor ha sido del mayor interés para los científicos. ¿Qué ocurre en la cabeza de los enamorados? Aunque las respuestas definitivas están aún pendientes, algunos estudios recientes han concluido que los flechazos de Cupido no son otra cosa más que una adicción —una vulgar adicción que, como tal, complace y duele—, idéntica al vicio de jugar o a la necesidad de consumir drogas. ¡Qué frustración para los románticos! Ocho décadas atrás, Carlos Gardel y Alfredo Le Pera, los dos célebres tangueros del sur, habían llegado ya a una conclusión similar y así lo escribieron en una de sus más recordadas canciones.
El asunto está ahora bien claro: Las obsesiones del romance implican la producción de los mismos neurotransmisores que aparecen en las adicciones corrientes y en ambos eventos intervienen los mismos circuitos neuronales. Las neuronas son las células del sistema nervioso que se comunican entre sí mediante unas sustancias denominadas neurotransmisores; la programación cerebral de todo lo que hacemos ocurre en millones de circuitos neuronales —agrupaciones de neuronas— mediante un lenguaje químico que todavía nadie comprende.
Gardel, músico y cantante, fue recalcitrante apostador en los hipódromos; Le Pera, poeta y periodista, escribió la letra de varios de los tangos más conocidos de aquél. Para la canción que nos interesa, Gardel compuso la música y definió el tema —el cantante asoció su adicción a los caballos con las obsesiones románticas— y Le Pera se encargó de la letra. ¿El resultado? “Por una cabeza”, una cumbre musical, el celebérrimo tango que ha sido bailado en varias famosas películas —La lista de Schindler, Perfume de mujer, Mentiras verdaderas— e interpretado en muchas más.
Volvamos a la parte científica de las adicciones y el amor. En las adicciones comunes el factor enviciador aparece en la satisfacción de la urgencia o demanda de turno, sea bebida, droga o juego. En los idilios amorosos, la zanahoria obsesionante la provee el placer sexual, sea la experiencia ya consumada que busca repetirse o la posibilidad de la primera conquista. Vicio o amorío, la dopamina, una sustancia encargada de controlar los centros cerebrales del placer y de las gratificaciones, es el neurotransmisor principal que entra en acción en ambos casos.
Gracias a la tecnología de los escáneres, con la que están a punto de escudriñarnos hasta la consciencia, los neurólogos sabían de tiempo atrás que en los cerebros de los adictos la dopamina inunda unos sectores denominados el área tegmental ventral, el núcleo accumbens y la corteza orbito-frontal. La doctora Helen E. Fisher, bióloga y antropóloga de la Universidad de Rutgers en New Jersey, resolvió hacer comparaciones y estudiar los cráneos de unos cuantos enamorados frustrados.
Para tal propósito, la doctora Fisher se levantó quince voluntarios jóvenes (diez hombres, cinco mujeres), tan trastornados por el amor como Romeo y Julieta, que recién habían sido despedidos por su correspondientes parejas. Mientras les mostraba fotos de sus ex novios, la sádica investigadora les escaneó sus cerebros y ¡bingo! encontró que el “tegmental”, el “accumens” y el “orbito-frontal” se activaban tal cual como ocurre en los adictos a la nicotina o a la cocaína. (Con los nombres tan extraños que tienen esas regiones cerebrales, es apenas natural que el amor resulte una cosa complicadísima).
El tango del cual venimos hablando compara la frustración en las apuestas hípicas que se pierden “por una cabeza de un noble potrillo que afloja al llegar” con el amor ardiente de una “risueña mujer, que al jurar sonriendo el amor que está mintiendo, quema en una hoguera” toda la pasión del enamorado. Ni el apostador renuncia a los caballos a pesar de que así lo promete (“Basta de carreras, se acabó la timba” —el garito—) ni el enamorado al objeto del amor que le traiciona (“Por una cabeza, todas las locuras. Su boca que besa, borra la tristeza, calma la amargura”).
La comprensión de la naturaleza humana que este tango ofrece no proviene del análisis o la investigación. A diferencia del estudio de la doctora Fisher, aquí la similitud entre amoríos y apuestas es fruto de la intuición, la facultad de comprender las cosas sin necesidad de razonamiento. El filósofo Baruch Spinoza se refiere a la intuición como la capacidad de tener una visión de las cosas que va “más allá de los sentidos y la razón, no en su dimensión temporal sino a la luz de la eternidad”. Es de esta intuición, característica de los grandes artistas, que Gardel y Le Pera hacen generosa gala en “Por una cabeza”.
Gustavo Estrada
Autor de Hacia el Buda desde el occidente
11 Ago 2011
Adicciones y amores: Por una cabeza
De tiempo atrás la biología del amor ha sido del mayor interés para los científicos. ¿Qué ocurre en la cabeza de los enamorados? Aunque las respuestas definitivas están aún pendientes, algunos estudios recientes han concluido que los flechazos de Cupido no son otra cosa más que una adicción —una vulgar adicción que, como tal, complace y duele—, idéntica al vicio de jugar o a la necesidad de consumir drogas. ¡Qué frustración para los románticos! Ocho décadas atrás, Carlos Gardel y Alfredo Le Pera, los dos célebres tangueros del sur, habían llegado ya a una conclusión similar y así lo escribieron en una de sus más recordadas canciones.
El asunto está ahora bien claro: Las obsesiones del romance implican la producción de los mismos neurotransmisores que aparecen en las adicciones corrientes y en ambos eventos intervienen los mismos circuitos neuronales. Las neuronas son las células del sistema nervioso que se comunican entre sí mediante unas sustancias denominadas neurotransmisores; la programación cerebral de todo lo que hacemos ocurre en millones de circuitos neuronales —agrupaciones de neuronas— mediante un lenguaje químico que todavía nadie comprende.
Gardel, músico y cantante, fue recalcitrante apostador en los hipódromos; Le Pera, poeta y periodista, escribió la letra de varios de los tangos más conocidos de aquél. Para la canción que nos interesa, Gardel compuso la música y definió el tema —el cantante asoció su adicción a los caballos con las obsesiones románticas— y Le Pera se encargó de la letra. ¿El resultado? “Por una cabeza”, una cumbre musical, el celebérrimo tango que ha sido bailado en varias famosas películas —La lista de Schindler, Perfume de mujer, Mentiras verdaderas— e interpretado en muchas más.
Volvamos a la parte científica de las adicciones y el amor. En las adicciones comunes el factor enviciador aparece en la satisfacción de la urgencia o demanda de turno, sea bebida, droga o juego. En los idilios amorosos, la zanahoria obsesionante la provee el placer sexual, sea la experiencia ya consumada que busca repetirse o la posibilidad de la primera conquista. Vicio o amorío, la dopamina, una sustancia encargada de controlar los centros cerebrales del placer y de las gratificaciones, es el neurotransmisor principal que entra en acción en ambos casos.
Gracias a la tecnología de los escáneres, con la que están a punto de escudriñarnos hasta la consciencia, los neurólogos sabían de tiempo atrás que en los cerebros de los adictos la dopamina inunda unos sectores denominados el área tegmental ventral, el núcleo accumbens y la corteza orbito-frontal. La doctora Helen E. Fisher, bióloga y antropóloga de la Universidad de Rutgers en New Jersey, resolvió hacer comparaciones y estudiar los cráneos de unos cuantos enamorados frustrados.
Para tal propósito, la doctora Fisher se levantó quince voluntarios jóvenes (diez hombres, cinco mujeres), tan trastornados por el amor como Romeo y Julieta, que recién habían sido despedidos por su correspondientes parejas. Mientras les mostraba fotos de sus ex novios, la sádica investigadora les escaneó sus cerebros y ¡bingo! encontró que el “tegmental”, el “accumens” y el “orbito-frontal” se activaban tal cual como ocurre en los adictos a la nicotina o a la cocaína. (Con los nombres tan extraños que tienen esas regiones cerebrales, es apenas natural que el amor resulte una cosa complicadísima).
El tango del cual venimos hablando compara la frustración en las apuestas hípicas que se pierden “por una cabeza de un noble potrillo que afloja al llegar” con el amor ardiente de una “risueña mujer, que al jurar sonriendo el amor que está mintiendo, quema en una hoguera” toda la pasión del enamorado. Ni el apostador renuncia a los caballos a pesar de que así lo promete (“Basta de carreras, se acabó la timba” —el garito—) ni el enamorado al objeto del amor que le traiciona (“Por una cabeza, todas las locuras. Su boca que besa, borra la tristeza, calma la amargura”).
La comprensión de la naturaleza humana que este tango ofrece no proviene del análisis o la investigación. A diferencia del estudio de la doctora Fisher, aquí la similitud entre amoríos y apuestas es fruto de la intuición, la facultad de comprender las cosas sin necesidad de razonamiento. El filósofo Baruch Spinoza se refiere a la intuición como la capacidad de tener una visión de las cosas que va “más allá de los sentidos y la razón, no en su dimensión temporal sino a la luz de la eternidad”. Es de esta intuición, característica de los grandes artistas, que Gardel y Le Pera hacen generosa gala en “Por una cabeza”.
Gustavo Estrada
Autor de Hacia el Buda desde el occidente
13 May 2011
Ciencia, cine y sexo
En las múltiples emociones generadas por el sexo y sus secuaces —amor, celos, tristezas, fanfarronerías— siempre sobrarán aflicciones en espera de investigación y vanidades en busca de artistas. Los misterios del sexo, la fascinación de las ciencias, y sus mitos, la inspiración de las artes, son canteras inagotables para la imaginación. Veamos dos ejemplos de lo que estamos hablando, uno tomado de una revista científica y otro de una galardonada película.
Comencemos con la nota científica y las aflicciones. Nuestras lágrimas corrientes son de flujo continuo para limpieza y lubricación de los ojos; cuando allí nos cae una partícula extraña, las glándulas lacrimales emanan unas cuantas goteras adicionales y éstas se encargan de enjuagar la suciedad. Casi ni cuenta nos damos. Los mamíferos, al igual que los humanos y por las mismas razones, también elaboran lágrimas de aseo y mantenimiento.
Los ojos se nos aguan por otra variedad de circunstancias, en muchas de las cuales las lágrimas parecen inútiles. Los llantos emocionales, los torrentes que brotan de la tristeza y el desengaño y que ocurren solamente en los humanos (los animales no lloran), son un ejemplo de las lágrimas que parecían no tener propósito fisiológico alguno. Esto cambió hace poco tiempo. Según un estudio del Instituto Weizmann de Ciencia en Rehovot, Israel, las lágrimas sentimentales de las mujeres podrían ser portadoras de señales químicas cuyo objetivo primario sería la reducción de la excitación sexual de los hombres que se encuentren cerca. ¿Se les había ocurrido pensar en tal artimaña de la naturaleza?
Para efectuar su estudio el Instituto consiguió unas cuantas voluntarias lloronas (que lagrimaran a chorros viendo películas tristes) y otros cuantos voluntarios machotes (a quienes pudiera medírseles su nivel de excitación sexual tras olfatear alternativamente algodones humedecidos con lágrimas naturales o con soluciones salinas artificiales).
Con la inhalación de las lágrimas femeninas la excitación sexual de los varones evaluados —medida por el nivel de testosterona en la saliva, por la actividad en regiones cerebrales asociadas con la libido, y por sus propias declaraciones— quedó por el suelo, en comparación con la reacción neutra a las soluciones salinas de control. Las conclusiones de estos hallazgos no son todavía concluyentes. Algunos expertos consideran que las lágrimas podrían ser una evolución milenaria para disminuir la agresión de los violentos, en general, y no exclusivamente para aplacar las exigencias sexuales, garrote en mano, de nuestros ancestros cavernícolas.
Hasta aquí la nota científica y la tristeza; vamos ahora al cine y a las vanidades. En “El secreto de sus ojos”, la excelente cinta de suspenso galardonada con el Oscar 2010 a la mejor película extranjera, es la vanidad sexual la que descubre al asesino. Con indicios muy débiles, el principal sospechoso de la violación y del crimen en la trama es un hombre pequeño, de contextura insignificante. Entre el asesino y su víctima, una bella y alta mujer, hubo lucha ardua antes del homicidio.
Cuando la juez penal a cargo del caso percibe las miradas lascivas que el sospechoso le lanza, ella le atiza su vanidad varonil: “Este enclenque no puede haber matado a esa mujer tan grande, ni el minúsculo órgano sexual que debe tener puede haber causado las heridas que la autopsia íntima reveló”. Ante tal reto, el diminuto afectado se baja con ira sus pantalones y exhibe con orgullo, en explícita aunque involuntaria confesión, una “masculinidad inconcebible”, como la del último Aureliano en “Cien años de soledad”. La vanidad sexual del inculpado predominó sobre una deseable absolución; la secuencia de estos eventos hace en verdad tragicómica la confesión del inculpado.
La hipótesis científica para explicar el llanto emocional femenino es tan curiosa como nuestros escondidos orgullos sexuales. Quedan aún abundantes aflicciones por aclarar y aparecerán muchas nuevas vanidades para dramatizar. Atemos los dos cabos de esta nota con una sugerencia final.
La próxima vez que usted, señor, llegue entusiasmado sexualmente a su casa y encuentre a su pareja sollozando sin razón evidente, no se le ocurra pensar que ella estuvo viendo “El secreto de sus ojos” y está ahora mismo haciendo comparaciones odiosas que a todas luces le resultarán desfavorables. No, mi amigo, de ninguna manera. Ella simplemente está dejando brotar de sus ojos el lenguaje natural que le enseñó la evolución darwiniana y que, traducido al idioma corriente, es una súplica sencilla: “Esta noche no, por favor”.
Gustavo Estrada
Hacia el Buda desde el occidente
12 Abr 2011
¿Qué tan largos son sus telómeros?
Los telómeros son una porcioncita de algo nuestro —enseguida les diremos de qué cosa— cuya extensión, según prominentes investigadores, es la mejor medición de la rapidez con la cual estamos envejeciendo. La doctora María Antonia Blasco, una científica del Centro Español de Investigaciones del Cáncer, sostiene que “conocer la longitud de nuestros telómeros nos da una indicación del estado de nuestra edad fisiológica aún antes de enfermarnos”. En otras palabras, los telómeros nos informarían por dónde vamos en nuestro recorrido biológico y qué tan pronunciado es nuestro descenso. Como el asunto suena interesante, vamos al grano.
Los telómeros —el término proviene del griego: telos, fin; meros, parte— son los extremos, las partes finales, de los cromosomas, unas especies de puntas de cordones que evitan que estos (tanto los cromosomas como los cordones) se despelucen y pierdan funcionalidad. Los cromosomas, cuarenta y seis en las células humanas, son las bodegas de nuestros genes; allí reside nuestro código genético.
¿Cuál es el ruido creciente del tema? Cada vez que una célula nuestra se reproduce partiéndose en dos, todos sus cromosomas —y todos los genes que estos contienen— se duplican; si no fuera por los telómeros, las copias serían perfectas e idénticas al original. Así no sucede, sin embargo. En cada fraccionamiento, las punticas de los cordones se nos van acortando y después de unas 50-70 repeticiones, la célula deja de reproducirse y eventualmente desaparece. Cada vez que esto sucede, nosotros sus dueños poquito a poquito nos vamos arrugando y muriendo.
La bióloga Elizabeth Blackburn, Premio Nobel de Medicina en 2009, dice que la longitud de los telómeros es la medición más integral de los tres factores críticos del envejecimiento: la genética, la influencia del medio ambiente y el estilo de vida. La comprensión del efecto de los telómeros en la reproducción de las células es pues esencial en los estudios tanto del envejecimiento como del cáncer. En esta enfermedad, por sí misma un desbarajuste mayor del sistema de copiado, las células parecen perder el control contable de sus duplicaciones y no paran de multiplicarse desordenadamente hasta cuando se controla el cáncer o nos mata.
El número de veces que una célula puede copiarse antes de llegar a su senectud se conoce como límite de Hayflick, denominado así en honor a Leonard Hayflick, su descubridor en 1961. Como era de esperarse, el interés académico en los telómeros va más allá de medir su longitud y de calcular cuántos ciclos vitales les quedan a nuestras células. La pregunta clave es averiguar cómo se puede parar y ojalá retroceder el nefasto taxímetro antes de que llegue a su tope.
La respuesta a tal pregunta parece ser afirmativa —sí se puede controlar el taxímetro— pero, innecesario decirlo, no a punta de silicona. Un grupo de la Universidad de California en Irvine, dirigido por el doctor Edward Nelson, sugiere que las técnicas de manejo de estrés (terapia psicológica, meditación, yoga…) no solo detienen sino que además revierten el acortamiento de los telómeros. De igual manera, la doctora Blackburn ha encontrado que los telómeros de los leucocitos o glóbulos blancos son más largos en las personas que hacen ejercicio con regularidad.
El territorio es interesante y promisorio. Es probable que aquellos que desconocían el vocablo “telómero”, cuando leyeron el comienzo de esta nota, hayan mandado su maliciosa imaginación a cierta parte de su anatomía. Los malpensados no están del todo incorrectos. La parte masculina que seguro se imaginaron, como es de conocimiento general, también se encoge bastante con el paso del tiempo. En este campo, por supuesto, hay igualmente mucha investigación y excesivo interés comercial; no es osado pronosticar que, como resultado de los estudios paralelos, el alargamiento de los telómeros también ayude en la solución de este otro problema de acortamiento.
Gustavo Estrada
Autor de Hacia el Buda desde el occidente y de
17 Mar 2011
¿Cómo deben ser los objetivos de un proyecto?
Desafortunadamente muchos proyectos, ya sea la adición de una alcoba a una casa, la implantación de un sistema de información o la construcción de una obra mayor de ingeniería, terminan entre un descalabro mayor y una catástrofe completa. Éxito total parece ser una expresión rara en gerencia de proyectos. En unos casos (1) el presupuesto se excede varias veces; en otros (2) el proyecto no se completa a tiempo; en muchos más (3) la cosa no funciona como se esperaba. Descalabro es cualquiera de los tres problemas; catástrofe, los tres juntos.
¿Cuál es la causa principal de tanto fracaso? En casi todas las situaciones, los que ponen el billete (los dueños) y los encargados de ejecutarlo (el equipo) no definen bien qué es lo que quieren e inician la marcha sin saber hacia dónde van. En términos gerenciales, los objetivos del proyecto quedan mal definidos. ¿Qué es un buen objetivo?
Los gringos —unas hachas obsesivas con las siglas nemotécnicas— dicen que un buen objetivo tiene que ser SMART: (1) Specific, (2) Measurable, (3) Achievable, (4) Relevant, (5) Time-bound. ¿Cómo se cocina esto en español? Mi respuesta es el tema de esta nota.
Para cuadrar la traducción y generar una palabra llamativa en español (SMART es inteligente en inglés) tengo que cambiarle el orden a los adjetivos sajones. Comencemos por el quinto. “Time-bound” significa que todo proyecto debe tener una fecha de entrega y fechas intermedias de resultados parciales, esto es, tiene que tener un calendario, tiene que estar FECHADO. Así el nuevo puente de la entrada del pueblo quede perfecto, no es lo mismo terminarlo en los doce meses del plan original que con varios años de retraso, como frecuentemente ocurre en Latinoamérica.
“Relevant” quiere decir pertinente, aplicable, útil para quienes están pagando, IMPORTANTE. Cambiarle la nomenclatura de las calles a una ciudad es una idea interesante que puede resolver diversos problemas puntuales pero un país tercermundista siempre tiene prioridades más “importantes” en salud, educación o seguridad ciudadana.
“Achievable” es REALIZABLE, esto es, que un proyecto, en vez de ser un conjunto de irreales intenciones y buenos deseos, es algo que puede completarse con los recursos técnicos, logísticos y humanos disponibles, así como a tiempo y dentro del presupuesto asignado.
“Measurable” es MEDIBLE, o sea que a cualquier proyecto, cuando ya está en camino, tenemos que poderle calcular adecuadamente su progreso y compararlo contra el calendario y el presupuesto originales con el propósito de saber cómo vamos y de corregir oportunamente cualquier desviación.
Por último y por fortuna, “specific” es una palabra que, por ser casi igual en ambos idiomas, requiere poca explicación. ESPECÍFICO quiere decir que el objetivo descrito no da margen para ambigüedades, que es concreto y que todos los involucrados entienden de la misma forma su dimensión y su significado.
En resumen, un buen objetivo deber ser FIRME, esto es, FECHADO, IMPORTANTE, REALIZABLE, MEDIBLE y ESPECÍFICO. Si le falta una de esas cualidades, a cualquiera de los objetivos centrales de un proyecto, pues preparémonos para enfrentar dificultades.
Por supuesto que la sigla SMART no es la causa que lleva a los norteamericanos a ser más exitosos que los hispanoamericanos en la ejecución de proyectos (que lo son). Existen, por supuesto, muchos otros factores, más allá del alcance de este escrito. Pero una sigla como FIRME, mi conversión de SMART al español, es una buena ayuda en la planeación inicial de cualquier proyecto, sin importar cuál sea su tamaño.
¿Cómo nos puede servir esta “almidonada” nemotecnia? De varias formas. De la manera positiva, unos objetivos FIRMEs colocan en la misma página a todos los participantes —generales, capitanes y soldados— del nuevo desarrollo. De la manera negativa, si en un proyecto que a usted le asignaron recientemente sus objetivos eran verdaderamente FIRMEs —Fechados, Importantes, Realizables, Medibles, Específicos— y el resultado final fue desastroso, pues no mire para otros lados. La mala ejecución fue culpa suya, exclusivamente suya. Y salga a buscar empleo.
Gustavo Estrada
Autor de Hacia el Buda desde el occidente y de
28 Feb 2011
Un trasplante insólito y novedoso
Entre bacterias, virus y hongos unicelulares, nuestros intestinos contienen unos cien billones —un uno más catorce ceros— de microorganismos, que pesan casi dos kilogramos. Los tales microorganismos, de unas mil variedades, también abundan en el pelo, la lengua, la piel… y su gran conjunto conforma la denominada flora humana. Casi todas estas “criaturitiquiticas” son parásitas —no pagan arriendo ni alimentación—, algunas son definitivamente dañinas, y de la gran mayoría desconocemos su oficio, si es que lo tienen.
Unos cuantos de los colonos intestinales, sin embargo, son vitales para nuestra salud. Si nos abandonan, nos morimos; si nos disminuyen su ayuda, nos enfermamos. Recientemente, mediante una intervención tan curiosa como esperanzadora, un equipo de la Universidad de Minnesota ha logrado controlar a los microorganismos que se han desordenado mediante el trasplante de unos cuantos benignos conquistadores desde un estómago saludable hasta el estómago con deficiencias bacterianas. El inmunólogo y gastroenterólogo Alexander Khoruts ha sido el líder de este desarrollo.
¿Qué enfermedades provienen de los desbalances de la flora intestinal? De acuerdo con el doctor Patrick Seed de la Universidad de Duke en Carolina del Norte, el síndrome del colon irritable es el primer candidato. (Este genérico desorden se denomina “irritable”, creo yo, no solo por las inflamaciones intestinales que le causa a los pacientes sino también por el mal genio que les produce). Otros tres padecimientos —alergias, diabetes y obesidad— podrían también relacionarse con los desajustes “florales”. El tratamiento de estos cuatro grandes males de la humanidad, no solo ofrece un potencial impresionante para la salud humana sino que el procedimiento de ataque a la causa es “nobelesco” (merece el Nobel) y novelesco (por lo increíblemente insólito).
El doctor Khoruts quien, por fortuna, compartía la teoría del doctor Seed, es el cerebro detrás de la idea. En el verano pasado, una de sus pacientes estaba amenazada de muerte por una infección denominada Clostridium difficile, una enfermedad inflamatoria del colon que, con semejante nombre, tiene que ser gravísima. La señora, en un estado lamentable, había perdido veintisiete kilogramos y ningún antibiótico lograba detener su diarrea. En una acción desesperada, el doctor Khoruts obtuvo una muestra de las materias fecales del esposo de la enferma, la mezcló con una solución salina, y la inyectó en el colon de la sufrida doliente. En veinticuatro horas la diarrea se había detenido y en pocos días todos los demás síntomas eran historia.
Evaluando el asombroso progreso, el doctor Khoruts encontró que la flora microbiana de la señora había sido reemplazada casi completamente por los microbios sanos de su cónyuge. “Desde esta experiencia”, agrega el gastroenterólogo, “hemos tratado exitosamente otros veintitrés pacientes, todos ellos con dramáticas hojas clínicas”.
La anterior noticia científica no puede ser menos que extraordinaria y con un impacto social impredecible. ¿Quién iba a pensar que las materias fecales podrían resultar medicinales? ¿Y a quién se le iba a ocurrir que no todas las cacas son iguales? El impacto social (no solo científico) de este tratamiento es impredecible. ¡Imagínense la competencia que le está apareciendo a las compañías farmacéuticas! Se abre con este invento un potencial increíble de negocios personales que catalizará un cambio notable en los hábitos alimenticios. Si los lectores aspiran a valorizar sus residuos sanitarios tienen pues que cuidar muy bien lo que comen y lo que beben.
No me sorprenderá que pronto empiecen a aparecer avisos por Internet con especificaciones concretas: “Se necesita con urgencia popó de persona vegetariana, abstemia, y con alto contenido de Lactobacillus plantarum; se exige certificación autenticada de un laboratorio clínico y de un supermercado naturista”. Así que, si ustedes aspiran a beneficiarse de este desarrollo, que veo inminente, pues comiencen a vivir lo más sanamente posible. De lo contrario, sus materias fecales valdrán m…
Gustavo Estrada
Autor de Hacia el Buda desde el occidente
10 Dic 2010
De chismes y correos electrónicos
¿Recuerdan ustedes el viejo cuento de la niña de algún pueblo que fue a confesarse? “Mi único pecado es venial, padre”, aseveró la niña. “Yo soy chismosa”, agregó. “Como penitencia”, repuso el sacerdote, “me debes traer una gallina ahora mismo”. “En el camino hacia la iglesia, le vas tirando al aire todas sus plumas; la gallina ha de estar pelada a tu regreso”, explicó el cura sin dar aún la absolución.
Ya de vuelta en la iglesia, el padre le hizo a la niña una nueva solicitud: “Ahora, por favor, tráeme todas las plumas que has esparcido”. La chica protestó enérgicamente, alegando que esa parte era imposible. “De la misma forma”, contestó el prelado, “los chismes que lanzas al aire, jamás podrás recogerlos”.
A pesar de su introducción, esta nota tiene muy poco de cuentos provincianos y sí mucho de difamaciones mundiales. En los años sesenta y setenta estuvo de moda la frase “aldea global” para referirse al achicamiento percibido en el planeta de entonces como consecuencia de los avances notables en las telecomunicaciones. El académico canadiense Marshall McLuhan, acuñador de la famosa expresión, nunca se imaginó que su metáfora de “aldea global” habría de quedarse corta, muy corta, cuatro décadas después. El planeta moderno se convirtió, casi que de repente, en un villorrio pequeñísimo. Las habladurías de mi Cartago de infancia jamás volaron con la velocidad que hoy lo hacen las mentiras contemporáneas a través de Internet. Veamos algunos ejemplos de calumnias extendidas.
Que Tommy Hilfiger, el diseñador y fundador de la marca de ropa del mismo nombre, ultrajó a afroamericanos, hispanos, judíos y asiáticos en el show de Oprah. Que el tratamiento para la extraordinaria recuperación de una grave leucemia padecida por el tenor español José Carreras fue pagado por una ficticia Fundación Hermosa de su “enemigo” Plácido Domingo. Que el certificado de nacimiento en Hawái que presentó Barack Obama durante su campaña presidencial en 2008 resultó fraudulento. Que Sarah Palin retiró “Cien años de soledad” y otros cuantos títulos ilustres de la biblioteca pública de Wasilla, Alaska, cuando ella era la alcaldesa de ese pueblo. Que Gabriel García Márquez escribió hace algunos años, ya “moribundo” entonces, un poema de despedida denominado “La marioneta”. Etc., etc., etc.
Todas las noticias anteriores, y muchas más incluidas en los etcéteras, son falsas. ¿Por qué las inventan unos cuantos y por qué las circulan otros tantos? No tengo la respuesta. Sin embargo, cuando un personaje nos disgusta, sus cuentos siempre podrán ser ciertos mientras que, sí es de nuestros afectos, lo más probable es que sean mentira.
¿La frecuencia de distribución de estos embustes? Altísima. He recibido cada uno de los cinco engaños o bulos anteriores en numerosas ocasiones, provenientes de personas correctas. Pero frecuencia alta y remitentes honestos no son causa suficiente para cruzarnos de brazos. “No mentir” es mandamiento de todas las religiones. Al menos dos cosas sencillas podemos hacer.
En primer término, las gallinas digitales se pueden verificar antes de desplumarlas. Existen varios sitios en la Red, www.snopes.com es el más conocido, que cumplen la loable labor de resolver las leyendas urbanas—las leyendas aldeanas, diría Marshall McLuhan—. Para ayudar a controlar las explosiones calumniosas, debemos constatar todos los correos electrónicos deshonrosos que queramos repartir, absteniéndonos de hacerlo cuando no logramos confirmar su veracidad. (Y aun cuando el contenido sea confiable, vale la pena pensar dos veces en el daño que estamos ocasionando).
En segundo lugar, si ya le dimos “enviar” al cuento —si ya el mal está hecho—, es posible reparar parcialmente el perjuicio causado. Una vez nos percatemos de una falacia a la cual le hicimos eco, debemos mandar las correcciones pertinentes tanto a quienes distribuimos originalmente la mentira como a la persona que nos la remitió, a esta última con la instrucción explícita de recorrer su cadena en reversa. Y si a alguien le extraña nuestra quijotesca conducta, solo digámosle que la circulación de los correos correctivos fue la penitencia que nos impuso la decencia para recoger las plumas digitales que habíamos echado al viento.
Gustavo Estrada
Autor de Hacia el Buda desde el occidente
16 Nov 2010
¿Se acabará el mundo el año entrante?
Según las interpretaciones que algunos hacen del calendario maya —unos por falta de oficio, la mayoría por simple negocio—, el 21 de diciembre de 2012 ocurrirá una tragedia descomunal que podría destruir el planeta. ¡Ni más, ni menos! ¿Qué va a suceder ese día? Como todos los años, ese 21 de diciembre será solsticio de invierno en el hemisferio norte y dizque se alinearán, como también lo hacen todos los años, la Tierra, el Sol y el centro de la Vía Láctea. Entre los diversos calendarios mesoamericanos, el maya no es el más antiguo aunque sí el más sofisticado; todos los anteriores o paralelos —el zapoteca, el olmeca, el mixteca y el azteca— tuvieron importantes influencias sobre el calendario maya. La palabra “maya” parece originarse del nombre “Mayapán”, una ciudad que estuvo ubicada en las cercanías de la actual Mérida mexicana. (No sé porque los mayas se llaman así y no “mayapanecas” o “mayecas”; alguien se les comió el “pan” y se les voló la “eca”). Los mayas tenían dos calendarios, uno corto de 260 días, para la planeación de las cosechas, y otro largo de 365 días, para registrar las estaciones y llevar las fechas históricas. Las señoras mayas, para efectos de decir sus años, siempre utilizaban el calendario largo, pues les daba, lógicamente, una edad bastante menor.
Así como el calendario gregoriano tiene milenios y siglos, el maya tenía katunes (veinte años solares) y baktunes (144.000 días, casi 400 años). Al inicio del primer baktún, exactamente el 11 agosto de 3114 a.C., ocurrió la creación del mundo. Los judíos, considerando que en ningún caso los dioses mayas podían ser más antiguos que Jehová, sostuvieron que la creación fue en realidad unos seiscientos años antes, el 22 de septiembre de 3760 a.C. (Ojalá los científicos tomen nota de esta proximidad de fechas en dos culturas tan diferentes y paren de insistir en el cuento de que el universo comenzó con el big bang hace 13.700 millones de años. Y ni siquiera dan el día).
Proyectándose hacia el futuro, los mayas esculpieron almanaques hasta el último día del decimo tercer baktún. ¡Qué desocupados! En ese momento, quizás se les dañaron los cinceles, les cayó una invasión o una peste, o se les acabó la paciencia. En todo caso, el 21 de diciembre de 2012 corresponde al primer día del décimo cuarto baktún. Y de allí nació el cuento: Si los astrónomos de la época solo llegaron hasta esa fecha pues, por lógica comercial, allí se tenía que terminar todo.
Los avispados, los ambiciosos y los negociantes, en otro tipo de alineación, se inventaron entonces la célebre idea del gran cataclismo. El único propósito de tan ingeniosa confabulación no fue otro que la producción de rentables películas y la venta de millones de libros. Cualquier tema de curiosidad y miedo se vende por sí solo y la codicia jamás desperdicia una oportunidad.
¿Será el fin de todo en el 2012? Apuesto un millón contra cien a que no; bueno, yo gano de todas formas porque, si el mundo se acaba, no tendré que pagar. Las revistas científicas contienen todo un catálogo de eventos aterrorizadores acerca de cómo puede ser el final planetario. Dos son mis “favoritos”, ambos con poca posibilidad de culminación pero con una buena dosis de lógica. El primero sería un asteroide que, dependiendo del tamaño y del sitio donde le dé a la Tierra, acabaría con la cuarta parte o con toda la civilización; el segundo, una súper-tormenta solar. En el primer caso, la destrucción total requeriría de un asteroide con unos diez kilómetros de diámetro; la probabilidad de que aparezca uno así durante el próximo siglo es apenas de una en un millón (¡ojo! Esto es más probable que sacarse un lotto). La catástrofe parcial, en cambio, necesita de un asteroide menor, de unos tres kilómetros, cuyos chances para los próximos cien años —preocúpense los adolescentes que llegarán a centenarios— son de uno contra doscientos mil. ¡Mmmmmm! Ojalá Bruce Willis, el protagonista de la película Armagedón, esté todavía activo para entonces.
El segundo acontecimiento grave pero no fulminante podría ser una súper-tormenta solar que alteraría completamente todas las redes eléctricas y todos los sistemas de comunicaciones de la Tierra. ¿Probabilidad? Altísima, una entre veinte en los próximos quince años, según Daniel N. Baker, científico espacial de la Universidad de Colorado. ¿Será Baker de las FARC o de Al Qaeda? El mundo moderno, que tanto depende de la tecnología, entraría en una crisis indescriptible. Los menos afectados serían, por supuesto, los habitantes de las regiones remotas que todavía vivan lejos de la civilización. ¡Cómo irán a gozar estos pobres primitivos si esta catástrofe ocurre!
¿Va a suceder una tragedia el año entrante? Una no, ¡muchísimas! Van a morir, según cálculos estadísticos sencillos, 57.000.000 de personas, 200.000 de ellas asesinadas. Para sus familias, la desaparición de los seres queridos será eso, una dolorosa tragedia. Y para quienes fallezcan en ese año —confío no estar en la lista— la profecía maya les va a resultar bastante precisa. Gustavo Estrada
Autor de Hacia el Buda desde el occidente
30 Oct 2010
¿Promueve el idioma español el “yo no fui”?
Leí algo recientemente que me llevó a pensar que la gramática española fomenta de cierta forma la irresponsabilidad personal, el “yo no fui” que hizo famoso una canción mexicana hace años. Según el artículo, en el idioma coreano las terminaciones verbales conllevan tanta información que las madres, cuando se dirigen a sus bebés, necesitan usar pocos sustantivos mientras que en el inglés, al igual que en otros idiomas occidentales, las mamás utilizan más sustantivos que verbos. ¿Resultado? Los niños coreanos terminan hablando con más verbos que los niños anglosajones.
Ahí no termina la cosa. En un estudio de la Universidad de Berkeley en California, los investigadores encontraron que los niños coreanos empiezan a resolver algunos problemas motrices (como alcanzar un objeto distante con una herramienta improvisada) a una edad mucho más temprana que los niños de habla inglesa. Los muchachos cuyos padres hablan inglés, en cambio, reconocen más rápido el concepto de categoría o grupo (animal para referirse a perro y gato) posiblemente como consecuencia del énfasis idiomático en los sustantivos. En resumen, hay una conexión de causa a efecto entre el lenguaje y la conducta. Y lo que es aún más serio, entre nuestro idioma nativo y nuestra cultura.
Mi respuesta afirmativa a la pregunta del encabezamiento proviene del uso excesivo en el idioma español de voces pasivas, modos reflejos e imprecisiones en el sujeto. Los hispanos, desde los Pirineos hasta la Patagonia, eludimos de manera curiosamente consistente la responsabilidad de la primera persona. Veamos unos cuantos ejemplos.
¿Con qué frecuencia decimos “se me olvidó tu nombre”, en vez de “olvidé tu nombre”, o “se me quedó el libro”, en vez de “dejé el libro”? ¿Cuántas veces escuchamos “se me pegaron las cobijas”, “se me perdieron las llaves” o “me dejó el avión” y no, como sería más apropiado, “estoy retrasado”, “extravié las llaves” o “perdí el avión”?
En los ejemplos anteriores el ejecutor de las cosas no soy “yo” —el sujeto de “pienso luego existo”— la persona que se equivocó, se englobó o se descuidó sino el nombre tuyo que se fue de mi cerebro, el libro que resolvió quedarse en la casa, las cobijas que no me dejaron levantar, las llaves que se escabulleron o el avión que no quiso esperarme. ¿No son todos estos giros una forma sutil de sacarle el cuerpo a nuestros actos? ¿Será que en nuestro subconsciente somos irresponsables y no nos gusta comprometernos? ¿No estamos diciendo soterradamente “yo no fui”?
La explicación gramatical parece sencilla. Las difíciles conjugaciones verbales del español hacen que podamos prescindir del sujeto, sin dejar campo para confusión alguna. “Tengo” sabemos que se refiere a quien está hablando y “tienen” a ellos. No sucede así con los idiomas anglosajones, en los cuales el pronombre debe utilizarse pues los verbos tienen conjugaciones muy simples. Voltear las frases en español resulta sencillo como en “se me complicaron las cosas” (en vez de “estoy fregado o confundido”) y “me dio una furia horrorosa” (en vez de “estoy iracundo”). Con estos giros eliminamos, sin darnos cuenta, la responsabilidad de nuestra conducta.
Aquí abunda material de interés para lingüistas, sociólogos y psicólogos. Hay mucho más por investigar y no quiero concluir que este juego idiomático sea la causa de la falta de compromiso y puntualidad de latinoamericanos y españoles. En cualquier caso, nada perderíamos si conversáramos en primera persona cuando somos los actores y los directamente responsables de los hechos.
Si en verdad hay fundamento científico para la teoría aquí planteada, entonces todos nos volveremos más conscientes de nuestras acciones. Y si, por el contrario, estas son puras especulaciones sin fundamento alguno, los nervios al menos van a dejar de atacarnos; las luces, de írsenos; los asuntos, de complicársenos. Por supuesto que de vez en cuando “yo” me pongo nervioso, “yo” me ofusco y “yo” me enfrento con dificultades. Y, en definitiva, todos, los que hablamos y los que nos escuchan, tendremos claridad meridiana acerca de quién hizo las cosas o a quién fue que le sucedieron.
Gustavo Estrada
Autor de Hacia el Buda desde el occidente
Glosario de “sacaculismos” o “yo-no-fui-ismos” del idioma español
Giro impersonal
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Forma activa en primera persona
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Esa cosa es complicada
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Encuentro complicada esa cosa
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Esa historia me pone los nervios de punta
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Me pongo nervioso con esa historia
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Ese ruido me molesta
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Me molesto con ese ruido
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Ese tipo me saca de casillas
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Pierdo el control con ese tipo
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Me agarró una gripa
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Agarré (me enfermé de) una gripa
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Me chocaron el carro
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Me choqué
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Me cogió la tarde
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Estoy atrasado
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Me cuesta trabajo entender
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No entiendo esa cosa
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Me dejó el avión
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Perdí el avión
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Me dio rabia (furia, ira)
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Me enojé, me puse furioso (iracundo)
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Me dio un ataque de nervios
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Me puse nervioso
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Me dio un dolor de cabeza
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Tengo dolor de la cabeza
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Me enredaste con tus cuentos
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Me enredé con tus cuentos
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Me gusta esa persona
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Estimo (aprecio) esa persona
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Me han hecho creer que...
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Creo que...
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Me impacienta la demora
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Me impaciento con la demora
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No me han hecho caso
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No les he convencido
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Se me complicaron las cosas
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Tengo (tuve) problemas
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Se me escapó (zafó) un comentario de mal gusto
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Expresé algo de mal gusto
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Se me fracturó (quebró) un brazo
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Me fracturé (quebré) un brazo
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Se me fueron las luces
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Me ofusqué (obnubilé)
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Se me fueron las patas
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Metí la pata
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Se me hizo tarde
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Estoy retrasado
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Se me manchó la corbata
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Manché la corbata
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Se me olvidó su nombre
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Olvidé su nombre
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Se me paso el día sin hacer nada
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No hice nada en todo el día
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Se me pasó llamarte ayer
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No te llamé ayer
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Se me pegaron las cobijas
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Me levanté tarde
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Se me perdió la llave
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Perdí mi llave
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Se me perdió tu número telefónico
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No guardé (anoté) tu número telefónico
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Se me quedó el libro en la casa
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Dejé el libro en la casa
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Se me salió de las manos
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Perdí el control
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Se sabe que es así
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Sé que es así
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Uno no recuerda (sabe) esas cosas
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Yo no recuerdo (sé) esas cosas
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Uno se siente mal cuando...
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Yo me siento mal cuando...
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Usted me confundió
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Yo me confundí
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Ya se me acabó el dinero de la quincena
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Ya me gasté la quincena
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15 Oct 2010
¿De quién es su cadáver?
Recientemente doné mi cadáver a la ciencia. Corrijamos esto; alguien va a donar un cadáver a la ciencia —ojalá se demore un buen tiempo— porque cuando esté disponible, yo ya no seré. Si no pienso, no existo. Y si no soy ni estoy ¿quién es el dueño del cadáver? ¿Quién es el donante?
Yo firmé una carta de intención (eso fue lo que en verdad hice), con testigos formales y aprobación de mi cónyuge, en la cual dejo instrucciones para que, una vez el Árbitro Supremo le dé su pitazo final a mi partido, el cuerpo sea entregado a una universidad. Allí entonces, en “muerto” y en directo, unos cuantos estudiantes de medicina se instruirán conmigo, bueno, no conmigo sino a través de lo que fue mío. Yo no estaré intentando aprender fisiología con unos cuantos extraños (ya es muy tarde, siempre confundí las trompas de Eustaquio con las trompas de Falopio); “yo” (?) sí, en cambio, les estaré enseñando anatomía y, más exactamente, la anatomía que albergó mi vida.
¿Por qué decidí hacer esto? Por dos razones. En primer lugar, un motivo altruista, porque en Estados Unidos, donde resido, al igual que en otras regiones desarrolladas, los cadáveres están escaseando. ¡Cómo voy a permitir que incineren uno sobre el cual tengo algunos derechos! La gente en los países ricos está durando más y más —el promedio de vida aumenta cuatro horas por día— y se está muriendo menos y menos. Las facultades de medicina disponen escasamente de un difunto para toda una clase y, si alguien quiere palpar un órgano ajeno, le toca acudir a los estudiantes vecinos.
En los países pobres, en contraposición, hay restos mortales de sobra. Nadie reclama los cuerpos de los NN’s que fallecen en riñas callejeras, crímenes, desastres, accidentes o indigencia. En consecuencia, cada aprendiz de galeno tercermundista puede disponer de su propio material de estudio.
Hay pues contrastes. Los países del primer mundo tienen un excelente nivel de vida para alargar y disfrutar pero un deficiente nivel de muerte para estudiar e investigar. Yo quise pues poner mi grano de arena —mi bulto de huesos y músculos— en la resolución de esta disparidad.
En segundo lugar, un motivo financiero, porque los funerales, todo incluido, sea entierro o cremación, cuestan un ojo de la cara. Si fuera de la cara del muerto, pues no importaría. Pero si es del bolsillo de la viuda, allí sí habrá dificultades. Tras condolida (eso creo) por mi desaparición y confusa (no sabrá qué parroquia ni funeraria contratar para las honras fúnebres), tendrá que rebuscarse los fondos para cubrir unos sustanciales gastos.
Cuando se dona el cadáver, por el contrario, no hay velación, ni misa, ni flores, ni vestido negro… No hay tampoco comida formal (¿Sabían ustedes que en los sepelios de Estados Unidos es costumbre ofrecer cena?). La velación misma dura hasta nueve días. La única acción a tomar, según las instrucciones de la universidad, es el despacho del difunto en ambulancia expresa hasta la Facultad de Medicina, tan pronto como ocurra el deceso. Los cadáveres tienen que estar “frescos” (para que sean útiles) y enteritos para que la lecciones sean completas (no puede haber donación de órganos).
Esta aproximación a mi muerte será mi última oportunidad para simultáneamente ayudar a la humanidad y ahorrarle dinero a mi esposa. Le vi tanto sentido a todo esto que quise venderle la idea a otras cuantas personas. En una reunión con un grupo grande de amigos, decidí motivarles para que copiaran mi estrategia mortal.
¡Oh sorpresa! Tan solo dos personas expresaron algún interés en renunciar al ritual tradicional. Los demás asistentes guardaron silencio; por razones religiosas, presumo, ellos respetan el espíritu que les ha de sobrevivir y confían en la resurrección de su carne.
En un intento final, desde mi incrédula posición, hice al grupo la pregunta que encabeza esta nota: “¿De quién es su cadáver?” Nuevo silencio. Solo una recatada señora, tras rechazar enfáticamente cualquier posibilidad de ceder su organismo, opinó: “¡Yo no puedo hacer eso!”. Su argumento, sin embargo, no estuvo apoyado en razones espirituales de ninguna clase; por el contrario, sus pretextos fueron bien corporales. Agregó luego tímidamente: “Me da mucha pena que me vean en pelota. Y yo sin siquiera poderme tapar el c… O, al menos, la cara.”
Gustavo Estrada
Autor de Hacia el Buda desde el occidente
Sobre este blog
HECHOS CON HUMOR
gustrada1
Este blog contiene algunos escritos sobre temas de actualidad —HECHOS— presentados de una manera chistosa —CON HUMOR—. Siguiendo con el juego de palabras, los artículos han sido trabajados —HECHOS— con la intención de hacer reír al lector —CON HUMOR—. Si no lo logran, no se lo cuente a nadie, por favor.
GUSTAVO ESTRADA, autor...
...de este blog, es ingeniero químico de la Universidad Nacional de Bogotá (Colombia) y de la Universidad Tecnológica Chalmers de Gotemburgo (Suecia), consultor empresarial y escritor sobre temas administrativos, sociales y filosóficos. Ha publicado dos libros HACIA EL BUDA DESDE EL OCCIDENTE y LA RIQUEZA DE LA INFORMACIÓN.








