26 Jul 2008

Levante la mano el prejuicioso

Escrito por: hilomentalblog el 26 Jul 2008 - URL Permanente

Prejuicio es una palabra con mala reputación. Casi todas las definiciones, académicas o no, reconocen una connotación negativa. Prejuzgar es preconcebir, pero con mala leche. Es pensar mal de antemano, dicen. Suspicacia antes que perspicacia.

Personalmente, creo que el problema con los prejuicios no es tenerlos. Necesitamos formar juicios previos porque no podemos saberlo todo. ¿Cómo daríamos el siguiente paso si no juzgáramos antes que el suelo está firme y no caerá un rayo en el lugar preciso hacia el que vamos?

Lo bueno de los prejuicios es que son anteriores a eso que no conocemos, o conocemos en parte, de modo que (muchas veces) tenemos la posibilidad de confrontarlos con la realidad. Y reforzarlos, cambiarlos, atenuarlos, compartirlos, eliminarlos.

¿Y los prejuicios del otro, ese diferente a mí? Nada más interesante que observar cómo cambian los prejuicios desde las distintas perspectivas. Fascinante rompecabezas del mundo que cobra forma cuando algún medio nos da la oportunidad de la mirada omnisciente.

El prejuicio es un atributo humano, la evidencia de que hay un límite y que queremos atravesarlo, al menos con una idea.

Si no quisiéramos, todo sería mucho más aburrido. Más chiquito. Más oscuro. O seríamos dioses, infinitos y omnipotentes.

¿Dije Dios? Mi prejuicio favorito.

13 Jun 2008

¿En cuántas maletas cabe tu vida?

Escrito por: hilomentalblog el 13 Jun 2008 - URL Permanente

Lo sabe tanto el que ha hecho viajes largos como el que ha cambiado de domicilio: armar la maleta es un ejercicio de lo esencial. El momento en que nos disponemos a hacerlo implica una contundencia incuestionable: necesitamos determinar qué poner y qué dejar, ser más o menos prácticos, más o menos sentimentales. Los rasgos más fieros de nuestra personalidad se revelan en el acto de elegir según el tiempo que le dedicamos, si nos domina el orden o el caos, la ansiedad, el entusiasmo, el fastidio o la indiferencia.
Recuerdo un slogan de una publicidad en Argentina que decía “Lleva lo imprescindible”, una frase que también podemos escuchar a la hora de juntar nuestros bártulos y largarnos hacia alguna parte. Como si lo imprescindible, aquello sin lo cual no podemos vivir, fuera tan fácil de determinar. Como si uno pudiera prever con certeza de qué irá nuestro futuro, como si todo se redujera a mirar cuál es el pronóstico meteorológico de nuestro destino y seleccionar más o menos abrigo.
Por supuesto, a veces se reduce a eso. Quien viaja seguido sabe que no puede permitir que el momento de la maleta se vuelva una crisis existencial cada vez que lo hace, pero aún él, seguramente, ya sabe que hay ciertos objetos sin los cuales no despega, no zarpa, no arranca. Objetos inútiles pero plenos de significado, a veces. Cosas a las que estamos o nos sentimos atados donde quiera que estemos.
En mi caso, a veces maldigo las tarifas por recargo de equipaje de las compañías aéreas, que me obligan a ejercitar un desapego que no es natural en mí, y sin embargo, me parece interesante este entrenamiento casi franciscano, porque al reducir la carga física que me llevo, a veces, curiosamente, se alivianan otros pesos menos tangibles. Y me gusta pensar que el momento de la maleta define de alguna manera el momento de la vida que atravieso, en el que elijo ese libro y no otro, por ejemplo, para que vaya conmigo, para que sea mi compañero en este tramo del camino. Lo que elijo es lo que tengo; el resto se pierde o queda y se reencontrará después.
Algún día, cuando no haya más viajes ni mudanzas, quizás podré mirar hacia atrás y ver en cuántas maletas cupo mi vida, y qué fue lo que quedó de todo ese equipaje.

07 Jun 2008

El color de la tristeza

Escrito por: hilomentalblog el 07 Jun 2008 - URL Permanente

En estos días estoy rumiando una tristeza. “I’m feeling blue”, diría en inglés. Traducida, la asociación entre el color y el estado de ánimo suena casi poética. “Feeling blue” es, literalmente, sentirse azul.
Mi tristeza nunca podría ser azul. Azul me suena a calmo, limpio, profundo, silencioso. Me gusta mucho el azul, pero no va con mi tristeza. Para expresarla necesito más bien un rojo febril, un escarlata doloroso que avance hacia un amarillo melancólico a través de los ocres y los naranjas de un atardecer, por ejemplo. Si no, podría ser una tristeza oscura y sucia, la tristeza de la tierra y de los hombres, de la pérdida y el enojo, de lo oculto y de lo enfermo. Una tristeza implacable que de a poco se vuelva gris, hasta desaparecer.

04 Jun 2008

Evolución o variantes de un antiguo proverbio

Escrito por: hilomentalblog el 04 Jun 2008 - URL Permanente

Escribir un blog.
Evitar concebir un hijo no deseado.
Evitar que se tale un árbol.

o

Parir un libro.
Sembrar un hijo.
Escribir un árbol.

Cada uno sabrá a cuál suscribe.

A propósito: estuve buscando el autor u origen del famoso proverbio y encontré diferentes versiones: que es español, que es chino, que es hindú... Si alguien tiene más información, será bienvenida.

04 Jun 2008

Un blog en busca de identidad

Escrito por: hilomentalblog el 04 Jun 2008 - URL Permanente

El tíulo de mi blog está inspirado en –o robado de, vamos a confesarlo- una revista norteamericana llamada Mental Floss. Me gustan los juegos de palabras y éste me dejó pensando en las connotaciones de su traducción al español. ¿Qué es un hilo mental? ¿El curso de los pensamientos? ¿Una finísima línea que ingresa por los recovecos de la razón? ¿Hacia dónde va, debe ir, quiero que vaya ese hilo? ¿A quién le interesará, además de a mí misma, seguirlo?

Mi blog todavía está en búsqueda de una identidad. Lleva poco tiempo de haber nacido y aún no sabe cuál es su vocación, su género, con quiénes va a encontrarse a lo largo de su vida, dure lo que dure.

Armar un blog es como lanzar una palabra al vacío, como salir del closet con miedo e incertidumbre. Escribir y publicar un post es como tantear en la oscuridad. En la mía, primero, para ver qué digo, en la infinitud del ciberespacio, después, donde los móviles e intereses son tantos y tan variados que abruman.

Pero ya está, el blog ha sido parido. Para encontrale un sentido, tendré que dejarlo ser.

29 May 2008

Esquizofrenia virtual

Escrito por: hilomentalblog el 29 May 2008 - URL Permanente

No es que uno tenga personalidades ocultas; que de día sea, por ejemplo, un abnegado padre de familia y de noche un pedófilo que navega compulsivamente por sitios ilegales. Hay de esos en la red, ya sabemos, pero no me refiero a ellos. Hablo de cualquiera de ustedes, que quizás todavía recuerden la época en que tenían un solo nombre, una sola dirección, un solo número telefónico y en apenas diez años –o menos- se acostumbraron a convivir con diversas identidades virtuales, claves, alias o nicknames, números, dominios y un sinfín de aplicaciones que produjo Internet.

Nunca me voy a olvidar del día en que abrí mi primera cuenta de correo electrónico. Tenía una amiga del secundario que había emigrado de Buenos Aires a New York con quien nos escribimos regularmente durante varios años, hasta que llegó un momento en que ella me dijo: “mejor usemos e-mail, ¿no?”. “Claro, es lo mejor”, le contesté en mi última carta de papel, sin decirle que no sabía bien de qué me estaba hablando. Yo ni siquiera tenía Internet en casa, y en mi trabajo había pero nadie tenía demasiado interés ni demasiada paciencia como para investigar de qué se trataba. Había que ocupar la línea telefónica –cuya función principal entonces era permitir hablar con otra persona en tiempo real, ¿recuerdan?- y escuchar el odioso chirrido del discado, esperar unos minutos, navegar lentamente, todo lo cual parecía una pérdida de tiempo. Y conste que estoy hablando de la división de noticias de un canal de televisión. Pero estábamos a mediados de los 90 y en Argentina.

Una noche, después de mi jornada laboral, me quedé un rato más y registré mi primera dirección de e-mail en Latinmail, el único sitio que conocía hasta el momento. Fue como un juego: inventé un nombre ininteligible combinando letras de mi apellido y no ingresé ningún dato verdadero. Esto último fue una precaución que mantuve durante bastante tiempo, creía que con eso reducía la posibilidad de que mi vida fuera parte de enormes bases de datos utilizadas por empresas, hackers y quién sabe cuántos más.

Hoy mi información personal real está en mi blog, en mi currículum online, en mis álbums de fotos online, en sitios de redes sociales como Facebook o Linkedin y en cualquier registro con mi nombre susceptible de ser googleado. Hubo un punto donde decidí, como todos o como muchos, ser parte del sistema y hacer uso de él para llevar adelante mis diversos intereses.

Que conste: celebro la llegada de Internet a mi vida y aprovecho cada una de las numerosas posibilidades de comunicación que la tecnología digital me da. Pero hay días en que no puedo con mis múltiples identidades virtuales. Me olvido los passwords, el usuario que corresponde a esa aplicación, no alcanzo a responder todos los e-mails, a actualizar lo que necesita ser actualizado, a revisar las configuraciones y los filtros de seguridad (no todos los espacios merecen el mismo nivel de acceso público, eso está claro), a leer todos los feeds, blogs, newsletters, a comentar todos los posts que me gustaron… La enumeración nomás ya me abruma.

Es verdad que nadie nos obliga a incorporar tantos servicios, como hacemos en general los que nos desempeñamos en el área de la comunicación social o la tecnología. Pero aún el usuario promedio de Internet suele tener más de una cuenta de e-mail, otra para mensajería instantánea, otra para el banco o el cajero automático, otra para el servicio de televisión por cable o satélite y otra para ingresar en la red laboral, por ejemplo.

¿Cómo será la evolución de Internet capaz de devolvernos una única identidad virtual? ¿De qué manera confluirán factores como la tecnología, el mercado y los usos sociales para ello? La tecnología es la que pronto hará que tipear un password se convierta en una antigüedad, al permitir que una computadora personal nos reconozca al apoyar la yema del dedo sobre un lector de huellas digitales, por ejemplo, o que un cajero automático no nos deje operar con nuestro banco si no puede leer nuestras pupilas. Los movimientos en el mercado están dando como resultado que casi todos los servicios de la red queden en manos de unos pocos gigantes, lo cual tiende a unificar las aplicaciones que usamos a diario bajo un mismo proveedor (ejemplo: con una misma cuenta de Gmail tienes acceso a tu correo, álbum de fotos, cuenta de Youtube, bitácora en Blogger, etc). ¿Y los usuarios qué, mientras tanto?

Un programador, un experto en IT (tecnología de la información) me pediría que tenga paciencia, seguramente. Me responderían que gurúes como Steve Jobs, el creador y dueño de Apple, entre otros, ya están procurando nuevos sistemas con una interfaz más intuitiva, más simple, menos alienante, más “humana”. Ojalá que todo eso llegue pronto y sea accesible para muchos y no para unos pocos. Porque yo quiero juntar todos los pedacitos de mí desparramados por la web en un solo lugar. Quiero volver a ser una. Con diferentes facetas, diversos intereses y ámbitos de acción, pero una sola persona. Así en Internet, como en la vida.

24 May 2008

El dios más vendido

Escrito por: hilomentalblog el 24 May 2008 - URL Permanente

Marquesinas luminosas como las de los teatros. Avisos publicitarios en la vía pública y en periódicos. Slogans que pretenden atraer nuevos fieles y demoler a la competencia. Iglesias norteamericanas.

El país del "llame ahora" no parece tener límites a la hora de vender. Viendo el despliegue publicitario de las organizaciones cristianas en Texas, es evidente que la fe se considera un producto más.

El Houston Chronicle, diario principal de esta región y uno de los líderes a nivel nacional, suele presentar una sección con propaganda del estilo de "Iglesia del calvario... una iglesia equipada" (¿equipada con qué? ¿con aire acondicionado? ¿con una banda musical que anima las celebraciones? ¿a qué más se considera "equipamiento" dentro de una congregación religiosa?). Otras promocionan su servicio de cuidado de niños o su sector de juegos infantiles para que nadie ponga como excusa que los más chicos se aburren. Muchas remarcan la presencia de traductores o pastores bilingües como anzuelo para los inmigrantes que aún no incorporaron la lengua inglesa.

¿A qué juegan católicos y protestantes con todo esto? ¿Será que, acostumbrados a las listas de best sellers para todo, compiten por ver quién es el dueño del dios más vendido?

Sin meterme a analizar el trasfondo político y económico -lo cual excede el espacio de este blog-, comparto mi perplejidad, y un pequeño ensayo fotográfico, a continuación:

¿Qué dios compras?

20 May 2008

Acerca del delgado límite entre el recuerdo y la ficción

Escrito por: hilomentalblog el 20 May 2008 - URL Permanente

"La cuestión con las memorias es que no se trata del estenógrafo de la corte, y no debería tratarse de eso tampoco. (...) No entiendo la crítica. Esto no es un juicio, donde estoy relatando un crimen y cada acción debe ser fotografiada, documentada, medida a través de un registro. Es la vida." Así se defiende en un artículo de la New York Magazine (palabras más, palabras menos, la traducción es mía) Augusten Burroughs, autor de cinco best sellers, cuando se lo acusa de falsificar ciertos pasajes de sus libros. Un hombre que se hizo famoso -y seguramente rico- contando su vida, ha sido acusado de inventarla. Un sector de la prensa norteamericana examina con fruición cada detalle en busca de incongruencias, lo interroga, lo confronta con otros testimonios en busca de la prueba de la farsa. El valor literario del trabajo de Burroughs está fuera de discusión. Al final de cuentas, la única verdad es la realidad, dicen, ¿no?

Particularmente, no puedo hacer mayores comentarios sobre la obra de Burroughs en cuestión porque no la he leído. El perfil que revela en su primera novela, Running With Scissors, como el hijo único gay de una familia disfuncional norteamericana me sonó a historia ya escuchada, y la adaptación cinematográfica (con un elenco de estrellas como Annette Benning, Alec Baldwin, Joseph Fiennes y Gwyneth Paltrow) me provocó un efecto similar.

Lo que realmente me llamó la atención fue esta avidez de la prensa por encontrar el límite exacto donde el recuerdo comienza a ser ficción, si acaso se pueda. En el recuerdo parece intervenir más que nunca esa misma dicotomía con la que el periodista debe convivivr a diario: la objetividad pretendida, la subjetividad inevitable. La diferencia quizás radique en que a quien escribe sus memorias el porcentaje de una y otra no le importa, mientras que el periodista -cuanto más fundamentalista, peor- busca en este equilibrio su razón de ser.

Soy periodista y cuando ejerzo como tal pongo la atención debida en la fidelidad a los hechos, su registro, el chequeo de las fuentes y otros elementos indispensables de nuestro canon. Pero como lectora de literatura no creo que me importe tanto si lo que me cuentan sucedió realmente o no, esto es algo que, en última instancia, me resulta anecdótico. No creo que la honestidad de un escritor pase por ahí. La literatura se alimenta, crece y se enriquece tanto con la memoria como con la imaginación, y sería tremendo que a la hora de escribir una novela hubiera que separar estos dos elementos de manera taxativa. Quizás, en última instancia, el caso Burroughs podría conducir a un análisis del género "Memorias" y, eventualmente, cuestionar el marketing de sus editores. Pero en este punto, yo dejaría en paz al pobre Burroughs. ¿Es verdad que el analista al que lo llevaban sus padres de adolescente tenía un cuarto para masturbarse al lado de su consultorio? No lo sé y no me importa porque, en definitiva, es un detalle de su libro que ni siquiera me resulta interesante. Y al que le divierta u horrorice, es posible que no le resulte menos divertido u horroroso por ser una ficción.

....

A los once años empecé a escribir un diario personal con una convicción: "escribo para ayudar a la memoria", me decía a mí misma. Dentro de mi ingenuidad, creía que lo que estaba viviendo a esa edad merecía ser recordado con el paso del tiempo, y confiaba en que el texto escrito vendría en mi ayuda cuando los años se acumularan y borraran episodios de mi "disco rígido" personal. Ahora, dos décadas después, es la memoria la que viene en mi ayuda cuando escribo, en imágenes con o sin sentido, deformadas por el tiempo, el dolor, el deseo. Cuando la memoria acude a la escritura, en principio, no le pido exactitud. Si ni bien llega intentara auscultarla con precisión forense estoy segura de que la ahuyentaría. Aunque recordar sea un ejercicio de la razón, la información que recoge la escritura literaria está más basada en las emociones y percepciones que en los datos fríos de una fórmula matemática.

Por eso, pensándolo bien, no estoy segura de que tuviera once años cuando empecé el diario. Quizás tenía 10, quizás doce. Era 1986, creo. Como Burroughs, quizás no podría declarar la fecha frente a una corte. Pero la intensidad del recuerdo no está ahí. Pregúntenme por el color y la textura de las hojas del cuaderno en el que escribía, por el olor de las uvas de la parra bajo la cual lo hacía a la hora de la siesta, pregúntenme qué día llené más páginas y por qué, pregúntenme qué me pasa hoy cuando leo ese diario de la infancia y ahí sí creo que podré responder. Sin pretensiones documentalistas. Si tuviera que rodar un documental -género en el que ya he incursionado, en muchos años de trabajo como productora de televisión- otra sería la cuestión.

Whatever, periodistas americanos, dejen en paz a Burroughs. A veces la verdad no se puede probar. Sólo se vive.

19 May 2008

Cómo viene la mano en Texas (*)

Escrito por: hilomentalblog el 19 May 2008 - URL Permanente

Al principio uno se confunde cuando ve flamear la bandera de Texas frente a casi cualquier edificio. Se parece mucho a la chilena, sólo que la franja azul de la izquierda no es un cuadrado sino un rectángulo y la estrella blanca se ubica en el centro. Para los texanos, el orgullo local es casi tan fuerte como el nacional, y les gusta lucir el símbolo del estado siempre que pueden, igual que los jeans, las archifamosas botas y el sombrero de cowboy. En eso Texas no defrauda: si al llegar uno espera encontrarse con todo lo que vio en las películas, no hace falta pagar por un tour. En los suburbios de Houston –la ciudad donde vivo desde hace casi un año-, sin ir más lejos, se puede ubicar un bar al costado de la autopista donde los vaqueros (traducción literal de “cowboy”) se acomodan en la barra a tomar cerveza mientras suena música country de fondo. No todos son auténticos “rancheros” pero con seguridad muchos de ellos están familiarizados con las armas y disfrutan de un buen espectáculo de rodeo, allí donde hombres ¡y mujeres! ponen a prueba su destreza en la doma de potros salvajes.
El rodeo anual es un evento que paraliza las ciudades, donde además del enfrentamiento hombre-bestia en la arena de los estadios, hay megaconciertos diarios (donde tocan desde el veterano John Fogerty hasta el elenco teen de la serie de Disney Hannah Montana), carreras de cerdos, exhibición de animales de granja, partidos de polo, todo accesible tras el pago de una entrada que puede ir desde los 16 hasta los 300 dólares.
Sin embargo, siempre hay un abuelo nostálgico que se queja de que ni el rodeo ni Texas son lo que eran antes. Algunos sólo hablan de “pérdida del espíritu tradicional”, otros, por lo bajo, protestan por la fuerte presencia mexicana, que cada vez ocupa más espacios y los obliga a adoptar el español casi como segunda lengua obligada. “Esto es increíble”, escuché decir hace poco, “ya no basta con hablar bien tu propio idioma para conseguir trabajo”. A los inmigrantes nos cuesta no responder irónicamente que, ups, lo que les pasa ya nos sucedía a todos los seres no-angloparlantes del planeta desde hace tiempo.
Mejor no comentar nada y sonreír complaciente. Nunca se sabe en qué momento un texano puede sacar la escopeta del placard. No hay que olvidar que estamos en la tierra de los Bush, de la mayor cantidad de ejecuciones por pena de muerte del país, la tierra donde mataron a JFK. En muchos negocios hay carteles en la puerta que indican la prohibición de ingresar armado. Y un slogan famoso, que se ve en los stickers pegados en los paragolpes de las enormes pickups, advierte, amenazante: “Don’t mess with Texas!” (No jodas con Texas…).
Pero los argentinos que estamos acá, antes de deprimirnos y huir hacia otros destinos más amigables y glamorosos, tratamos de convencernos de que no todo está perdido. De aquí no sólo saltó a la fama el malvado JR de la ochentosa serie Dallas, también hay otras celebrities nativas que entusiasman por diferentes razones, como la cantante Beyoncé o los cineastas super hip -aquí “hip” es más que “cool”- Richard Linklater y Wes Anderson y sus correspondientes actores-fetiche: Ethan Hawke, Owen y Luke Wilson. Y para los que, como yo, le gusta la vida urbana pero también necesitan espacios verdes cercanos, Houston tiene parques enormes, gratuitos y siempre limpios, donde uno puede encontrarse con texanos que sí se preocupan por tener una vida saludable (no como la mayoría, que parece pertenecer al club de Homero Simpson).
Quizás, sólo quizás, valga la pena quedarse un tiempo más.¨

(*) Artículo publicado originalmente en el número de mayo de la revista argentina La Mano.

18 May 2008

Todos somos escritores

Escrito por: hilomentalblog el 18 May 2008 - URL Permanente

¿Dónde escribía la gente antes de que existieran los blogs? O mejor, ¿escribía?

Como lectora y escriba pre-Internet, siempre pensé que lo peor de los blogs es que cualquiera cree que tiene algo para decir, y que ese algo es interesante para otros. Un desparpajo envidiable, por cierto. A los que nos importa la calidad y la pertinencia de un texto, nuestra autocrítica y pretensiones pueden terminar sepultando la libertad y el goce de expresarnos, atributos de los que parecen disfrutar estos bloggers impunes.

Evidentemente, los blogs e Internet en general son un democrático canal de expresión para escritores, periodistas o personas que aspiran a integrar alguna de estas categorías. Pero este grupo no puede sino representar a una minoría de la población del planeta. ¿O acaso todos somos escritores desde que nacemos y los blogs sólo llegaron para revelarnos esta verdad oculta?

En algún momento de la historia, no todos podían escribir. En otro momento de la historia, no todos podían hacer público y/o masivo lo que escribían. Ahora ya no existen esas barreras. Para celebrarlo, está el ama de casa con su blog de recetas, el oficinista que opina sobre la inseguridad y la discriminación, la divorciada que cuenta detalles de sus encuentro sexuales, el fanático de Star Wars que descarga su obsesión, el inmigrante que comparte su vida en el extranjero. ¿Qué hubiera sido de todas sus palabras antes de que existiera el blog? Habrían naufragado en otros canales de comunicación más o menos eficaces, o nunca hubieran sido pronunciadas, probablemente.

¿Qué fue primero: la necesidad de escribir o el medio? No me queda claro si toda esta gente que “bloguea” sentía que tenía algo para decir desde antes y sólo decidió hacer uso de la herramienta que se le ofrecía o si la herramienta misma creó la necesidad de decir. Tengo mis dudas, pero me inclino por esta última opción, donde la gratuidad es un factor clave. En una sociedad de consumo donde casi todo producto o servicio tiene su precio, no tener que pagar puede resultar un atractivo muy poderoso ("No importa si me hace falta, ¡es gratis!").

Como sea, la blogosfera no para de expandirse. Con gente que registra un blog, descubre que la cosa no era tan interesante y lo abandona. Con el que publica durante un tiempo y lo abandona. Con el que no para de publicar. Con el que, además de publicar, lee compulsivamente lo que escriben otros. Con el que tiene faltas de ortografía y construcciones gramaticales espantosas pero es el más popular de su comunidad virtual. Con el literato obsesivo al que siguen unos pocos. Con el que publica para sí mismo, el que publica para los amigos y el que quiere ser famoso.

Porque sí, con todo y pese a todo, la web fabrica lectores y escritores. Ahora mismo, en este instante, deben estar naciendo unos cuantos.

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