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    <body>&lt;p style="text-align: justify;"&gt;Aquel verano fue intenso. Hab&#237;a comenzado con d&#237;as apacibles, agradablemente soleados; pero poco a poco se fueron transformando en ma&#241;anas y tardes de irritante sofocaci&#243;n, suelo ardiente y un halo entrecortado de brisa quemante. Para aquel mi&#233;rcoles la condensaci&#243;n del ambiente hab&#237;a llegado a su punto culminante: el r&#237;o comenz&#243; a filtrarse entre las fisuras de su lecho agrietado y reseco, hasta absorber los &#250;ltimos residuos. Entonces la gente comenz&#243; a mirar hacia el centro de aquel cielo, defendi&#233;ndose con una mano de los hostiles rayos del sol, molestos por la presencia irritante de esa bola de fuego que no parec&#237;a querer moverse de aquel lugar, pregunt&#225;ndose cu&#225;ndo la ver&#237;an desaparecer, cuando se ocultar&#237;a, cu&#225;ndo ser&#237;a cubierta por el milagro de una nube pasajera, dos nubes, un nubarr&#243;n, o la maravilla imposible en aquellos parajes: una llovizna. Pero para entonces hasta el viento hab&#237;a dejado de batir su esencia ardiente, y el cielo continuaba a&#250;n m&#225;s azul y l&#237;mpido. Nadie hab&#237;a sospechado que aquel verano ser&#237;a tan intenso; ni siquiera el viejo Gumercindo, que de vez en cuando se sentaba en su banca chata junto al marco de la puerta de su casucha y observaba desfilar figuras cansinas que arrastraban los pies, levantaban polvo blanco que, apenas revoloteaba a unos cent&#237;metros del suelo, ca&#237;a silenciosamente, con una pesadez exasperante. Ni siquiera &#233;l, que apenas ol&#237;a el aire, vaticinaba: va a llover, va a temblar, va a calentar; y as&#237; era.
 

&lt;p style="text-align: justify;"&gt;Al mediod&#237;a de aquel mi&#233;rcoles, don Gumercindo a&#250;n ten&#237;a la vaga esperanza de que hubiera un cambio brusco en el clima; pero pasadas las cuatro las hab&#237;a perdido todas. El sol continuaba ah&#237;, implacable, sin moverse, en el centro. A&#250;n a las cinco de la tarde. Todav&#237;a a las seis. Tambi&#233;n a las siete y a las ocho. Y toda la noche y el d&#237;a siguiente: ah&#237;, sin moverse. Entonces la gente ya no sal&#237;a a la calle, se quedaban en sus casas, llorando sin l&#225;grimas, gimiendo: va a temblar, se va a acabar el mundo, Dios se olvid&#243; de nosotros. Y se tend&#237;an en las camas jadeando, tratando de absorber a bocanadas el poco aire que a&#250;n quedaba en el pueblo. Los hombres ya no iban a las faenas, las Plantas de Salitre ya no produc&#237;an. Las mujeres ya no lavaban, ya no tend&#237;an porque las telas de la ropa terminaban resquemadas de calor y se rasgaban al solo tacto. Los ni&#241;os ya no jugaban ni corr&#237;an por las calles. Ya nadie sonre&#237;a con somnolencia, gru&#241;endo entre dientes: &#8220;est&#225;n cayendo los jotes asados&#8221;, desde que el primer gallinazo, como presagio de malamuerte, se hab&#237;a estrellado contra el techo blanquecino de la Iglesia: una bola de plumas y cuero chamuscados, boqueando por la insolaci&#243;n y el delirio de la muerte, ante la mirada espantada de todos, que vieron caer al siguiente horas despu&#233;s con el mismo desconcierto, y al tercero a&#250;n con asombro, y con cansancio al cuarto, hasta que los colm&#243; la indiferencia y desistieron de retirarlos de las calles y de arrojarlos a la pampa cuando comenzaron a caer en una lluvia intermitente y molesta. Y las calles fueron un reguero de jotes, palomas dom&#233;sticas, t&#243;rtolas, perdices que aleteaban en un &#250;ltimo boqueo y se paralizaban sobre el suelo bajo un sol incandescente, eternamente pegado al centro del cielo, que iba convirtiendo en cenizas sus plumas y sus fr&#225;giles huesos.


&lt;p style="text-align: justify;"&gt;Entonces fue cuando los hombres enloquecieron, cuando los ni&#241;os se quedaron dormidos sobre sus camas y, repentinamente, dejaron de respirar. Porque ya no hab&#237;a aire. El silencio lo inund&#243; todo. Los ojos de todos se abrieron como platos, fijos en la nada. Nadie se asomaba a la calle a mirar si la bola de fuego segu&#237;a all&#237;. S&#243;lo un perro cruzaba de vez en cuando la calle con su esqueleto forrado en una piel seca y sin pelos que se adher&#237;a a sus huesos, se acercaba a alg&#250;n ave muerta para olerla apenas, y luego ca&#237;a de bruces con un gemido inaudible, mitigado por la sequedad del d&#237;a interminable, y mor&#237;a en silencio.
 

&lt;p style="text-align: justify;"&gt;Aquel domingo a&#250;n se pod&#237;a esperar que en el pecho est&#225;tico y r&#237;gido de los hombres, en su mirada perdida y vidriosa, quedara un h&#225;lito de vida titilando, latiendo en alg&#250;n lugar muy dentro de sus cuerpos. Sin embargo, para ese lunes no hab&#237;a un s&#243;lo murmullo, ni un s&#243;lo mecanismo vivo removi&#233;ndose o luchando en ning&#250;n cuerpo, con excepci&#243;n del de don Gumercindo. S&#243;lo &#233;l continu&#243; con la mirada fija en ese astro encendido e inexorable que lo devoraba y pulverizaba todo con sus rayos. S&#243;lo &#233;l, sentado en su banca, los ojos sali&#233;ndose de sus &#243;rbitas, la boca entreabierta, los labios agrietados y p&#225;lidos, esper&#243; inm&#243;vil con las pupilas en blanco, laceradas por la luz act&#237;nica del sol. Hasta que al fin logr&#243; ver c&#243;mo un estremecimiento acompasado y lento bat&#237;a los matorrales de las afueras de la Salitrera, los remec&#237;a con un ulular suave que se fue expandiendo hacia el poblado, hasta transformarse en un viento que barri&#243; con el polvo blanco de las calles, deshizo los cuerpos amontonados y repartidos sobre ellas, convirtiendo plumas, huesos y pellejos en mont&#237;culos informes de arena. Se filtr&#243; entre las rendijas de las caba&#241;as, se escurri&#243; dentro de las casas, a trav&#233;s de los vidrios rotos y hurg&#243; sobre los cuerpos est&#225;ticos, que ya no eran humanos, sino formas disecadas, y los devolvi&#243; a la tierra&#8230; Levant&#243; los min&#250;sculos granos que cubr&#237;an los techos de las caba&#241;as y los elev&#243; hacia el cielo&#8230; Entonces el sol comenz&#243; a moverse lentamente, como si despertara de un pesado sue&#241;o invernal. Y don Gumercindo sinti&#243;, desde el fondo de su alma, la caricia del viento que azotaba la puerta de su casa, chocaba contra ella, contra sus facciones, contra sus ojos y su cuerpo. Sinti&#243; el latido de su coraz&#243;n: una imperceptible vibraci&#243;n que lo llamaba a la vida. Quiso despertar, ponerse de pie, mover la cabeza, los p&#225;rpados, pero no pudo. El insistente e invisible temblor de su vida comenz&#243; a apagarse. El viento azot&#243; su figura con furia, carcomi&#243; sus facciones silenciosas, su cuerpo viejo, barrio con sus &#243;rganos disecados y los tritur&#243; lentamente, como a los de una esfinge el tiempo, grano a grano, part&#237;cula a part&#237;cula, hasta que lo redujo a un polvo blanco como el del pueblo y lo llev&#243; a trav&#233;s de las calles, por entre las casas vac&#237;as, llenas de polvo blanco y soledad&#8230;





&lt;p style="text-align: right;"&gt; &lt;strong&gt;&lt;em&gt;(1988)&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;






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    <body>&lt;div class="entry"&gt; &lt;div class="snap_preview"&gt;&lt;p style="text-align: justify;"&gt;&lt;em&gt;Y me mir&#233; las manos&lt;/em&gt;, &#211;scar Castro. Y no vi nada. Una l&#237;nea de la vida demasiado larga cuando m&#225;s, y esa especie de brotes en que la piel de la palma parece resquebrajarse indefinidamente. Y una piel reseca, y unos dedos largos, grumosos, demasiado nervudos y atacados por breves explosiones de padastros. Mis manos.

 &lt;p style="text-align: justify;"&gt;Y es que aparte de los signos at&#225;vicos de una cultura pretenciosamente formalizada por la educaci&#243;n e idiotizada por la tecnolog&#237;a: el callo en el borde superior del dedo medio (huella hereditaria del l&#225;piz presionado en horas interminables de c&#237;rculos y l&#237;neas aprendiendo a escribir para seguir escribiendo toda la vida, en el sentido m&#225;s lato de la palabra) y el de la esquina inferior de la palma izquierda o derecha, seg&#250;n sea su cari&#241;o (de tanto buscar apoyo para arrastrar el mouse en vistas al control), &#191;qu&#233; m&#225;s? Ning&#250;n vestigio de nada que hable de la vida pasando, con su movimiento perpetuo, con su perpetuo padecimiento de alegr&#237;as y penas, a trav&#233;s de ellas. Alguna vez las yemas de mi derecha brillaron con otro tipo de callosidad, la de las cuerdas de la guitarra, antes, cuando a&#250;n dedicaba tiempo y esfuerzo, alguna que otra tarde, a ese pasatiempo; a&#250;n puedo sentir la diferencia de textura entre esas yemas y las de la otra mano, si las acaricio un poco, pero eso es todo: los vestigios de esa tard&#237;a afici&#243;n no parecen haber persistido mucho m&#225;s que mi entusiasmo inicial. De tarde en tarde, cuando la nostalgia me empuja y me vienen ganas (qui&#233;n sabe de d&#243;nde), vuelvo a sentarme y tocar, pero la presi&#243;n de las cuerdas duele un poco, como en los tiempos de aprendizaje.

 &lt;p style="text-align: justify;"&gt;Vean. Ahora son m&#225;s grandes, m&#225;s extra&#241;as. Abiertas hacia m&#237;, parecen mirarme, aqu&#237; est&#225;n las se&#241;ales, dicen, aqu&#237; est&#225;n. &#191;Las se&#241;ales de qu&#233;? Yo no veo nada. &lt;em&gt;Y me mir&#233; las manos&lt;/em&gt;. Claro que te las miraste, &#211;scar, &#191;c&#243;mo no te las ibas a mirar si te sobraba tiempo? Si estaban vac&#237;as del mundo que contemplabas y que pasaba ante tus ojos. Por eso te las mirabas. Porque eran extra&#241;as, incluso para ti. Escriben. Es lo &#250;nico que hacen medianamente bien. Escribir. Y me miran. Distantes.

 &lt;p style="text-align: justify;"&gt;&#191;De qui&#233;n ser&#225;n en realidad? Ni siquiera el rastro de la pasi&#243;n, o de otra piel, ni de las caricias, han logrado grabarse en ning&#250;n rinc&#243;n de ellas. Casi en la l&#237;nea de los cuarenta deber&#237;an ser la ruina de algo o el recuerdo de una que otra noche perdida en el tiempo. Pero no. Aunque si se las mira bien, as&#237; tal cual, casi inmaculadas de rastros vitales (esos que duelen o laceran), tal vez sean el corolario de toda una ruina, la ruina de un vac&#237;o mudo, eso, y sea esa extra&#241;a mudez la que d&#233; cuenta de lo otro, de lo que no fue, de lo que ya no es. &#191;Qu&#233; peor ruina que aquello que nunca logr&#243; siquiera ser algo? La ruina absoluta. S&#237;. Si se las mira con atenci&#243;n, si se detiene uno en su vacuidad de manos que no dicen nada. &lt;em&gt;Aqu&#237; est&#225;n las se&#241;ales, aqu&#237; est&#225;n&lt;/em&gt;.

 &lt;p style="text-align: justify;"&gt;Aqu&#237;. &#191;En esta breve mancha, como una l&#237;nea en forma de hoja oto&#241;al? Una leve quemadura de hace unas semanas, nada m&#225;s, que desaparecer&#225; sin dejar rastro. &#191;En su palidez, su fina rugosidad y resequedad? Pero &#191;d&#243;nde est&#225;n las se&#241;ales de las agobiantes &lt;em&gt;quinientas horas semanales&lt;/em&gt;, Nicanor?   &#191;D&#243;nde est&#225;n las manos que tengo que &lt;em&gt;observar&lt;/em&gt;?  &#191;Son estas?  &#191;&lt;em&gt;Estas&lt;/em&gt;? Los rastros de tiza no las encanecieron, demasiado breve fue su affair con ellas. Para qu&#233; hablar de las pizarras acr&#237;licas y las manchas de plumones, demasiado endebles, fugaces, no dejan marcas de ning&#250;n tipo. Ni una z&#237;ngara podr&#237;a leer nada en ellas, Nicanor, date con una piedra en el pecho buf&#243;n pretencioso, estas no califican ni para un autorretrato. &lt;em&gt;Observad estas manos&lt;/em&gt;.  Claro.  Observad.

 &lt;p style="text-align: justify;"&gt;Si olieran a algo, al menos. A algo menos mustio que su propia palidez. Decoloradas de toda sustancia olfativa, parecieran ser un residuo permanente de s&#237; mismas y de este cuerpo, que se niega a reconocer su propio aroma. Siempre es as&#237;, en realidad. &#191;Qui&#233;n reconoce su propio olor al fin y al cabo? &#191;El olor de un jab&#243;n, de una colonia? No. Ni siquiera ese lujo han sido capaz de darse a s&#237; mismas. &#191;Para qu&#233;? Cuando la vida pasa sin dejar rastro, la huella del propio olor es intrascendente, as&#237;, literalmente intrascendente, una vacuidad impensable. Un solo aroma se ha definido en el transcurso de los a&#241;os en ellas, poderoso, inconfundible, &#237;ntimo: el olor del propio sexo. En las noches, en la soledad de las ma&#241;anas o en las calurosas tardes de verano, cuando el viento hace sonar el follaje de los &#225;rboles en el patio y la casa est&#225; casi en completo silencio, ellas han buscado ese aroma. Es el &#250;nico aroma que parecen distinguir de este cuerpo. Enervante, tibio e insidioso, se abre paso hacia ellas que lo toman y se hunden en &#233;l, exprimiendo su dolorosa vitalidad con dulce cautela o furiosa desesperaci&#243;n para poder decir que estuvieron all&#237; alguna vez. Y escribir que el aroma de la vida pas&#243; por ellas, que qued&#243; en ellas para siempre.

 &lt;/div&gt;   &lt;/div&gt;</body>
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