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    <body>&lt;DIV class=snap_preview&gt; No maldecir&#233; tu nombre en vano
aunque me arrojes en la fosa
de los d&#237;as y las horas que pasan
con la indeferencia castradora
de toda sonrisa y trato.

 No maldecir&#233; tu nombre en vano
aunque el exilio de tu cuerpo
sea devastador como un fuego
que no cesa de consumir el amor
de los que m&#225;s me amaron.

 No maldecir&#233; tu nombre en vano
en este exilio moribundo del despreciado
por tu boca y por tus manos,
sumisas aves que se posaron
en un ayer no muy lejano.

 Maldecir&#233; mi tiempo.
Maldecir&#233; mi cuerpo.
Mi desamor, mis manos.
Maldecir&#233; mi boca.
No tu nombre. Nunca en vano.

&lt;/DIV&gt;</body>
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    <body>&lt;DIV class=snap_preview&gt; Me escriben y no respondo,
me comentan y no doy bola.
Hilvano pensamientos, escribo
algo as&#237; como versos
para la red sideral de los sin rostro,
de los sin amor propio, sin amigos
ni admiradores, ni perro que les ladre.
Hambrientos de atenci&#243;n y fama
vamos por los agujeros
de los pixeles haciendo y rehaciendo
y volviendo a rehacer;
una entrada lleva a la otra,
una palabra amable y un insulto
hacen subir el arco de las estad&#237;sticas
y de pronto somos felices un d&#237;a,
una semana, un mes,
un breve a&#241;o y podemos decir
que tuvimos cientos de visitas
y el contador colaps&#243; por un momento
igual que nuestro ego,
en el rostro de nuestra soledad.

 Recibo llamadas de atenci&#243;n
de los que siempre esperan atenci&#243;n
y un recado despu&#233;s de la se&#241;al.
Pero no pesco porque no me da la gana,
porque soy un miserable malagradecido
que s&#243;lo sabe escribir y escribir y escribir.
Porque me quedo esperando para recibir
y nunca dar porque es tan tedioso
decir mentiras, agradecer porque
la norma virtual lo estipula.
&#191;Y qu&#233; si s&#243;lo son sombras
que bailan detr&#225;s de unos Nicks
puestos sobre la hoja de un formulario,
inventos sonoros y poco creativos,
alternativas dadas por la p&#225;gina de turno?
&#191;Y qu&#233; si son una excusa m&#225;s
para llenar esta nueva p&#225;gina,
escribir un par de l&#237;neas
y decir lo que hay que decir
de una vez por todas
aunque duela en el alma del monstruo
lascivo de la egoman&#237;a.com?

 &#191;Y qu&#233;?

&lt;/DIV&gt;</body>
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    <title>&#191;Y QU&#201;?</title>
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    <body>&lt;DIV class=snap_preview&gt; La Muerte es una vieja raqu&#237;tica
negra y afanosa que va por la tierra
y los campos blandiendo su guada&#241;a
a diestra y siniestra, cortando y segando.
Siega ciega los tiempos de los mortales,
los d&#237;as, las horas, los meses, los a&#241;os,
uno por uno van cayendo bajo su ala
tr&#225;gica los minutos como gavillas
que se pegan al melodrama de la vida,
sacudidas por el viento en vana
esperanza de inmortales sue&#241;os.

 Pero la antigua voz del poeta
resuena sobre la rosa lozana
que se ufana en sus espinas:
&lt;EM&gt;Inmortalia ne speres&lt;/EM&gt;, sentencia,
y la guada&#241;a de la Muerte inicia
su siega ciega de cuanto florece,
sorda de cuanto tintinea y canta,
muda deja o&#237;r el susurro del filoso
metal rebanando certero, justo
y conciliador de todos los seres.
Un guada&#241;azo murmura: &lt;EM&gt;Por ser hombre&lt;/EM&gt;.
Otro jadea: &lt;EM&gt;Por ser mujer&lt;/EM&gt;.
El tercero vibra rumoroso: &lt;EM&gt;Por ser ni&#241;o&lt;/EM&gt;.
Uno m&#225;s sopla inmisericorde: &lt;EM&gt;Por ser&lt;/EM&gt;.

 &#191;C&#243;mo huir de su arrebatado vuelo?
Inclinarse no basta, ni morder el polvo
para evitar el roce de su media luna afilada.
Ni el m&#225;s rastrero de los mortales
alcanzar&#237;a a plegarse sobre la tierra
para no ser barrido de ella para siempre.
O para nunca.
Porque la Segadora viene y pasa, silvando
una canci&#243;n de cuna para recordarnos
que nacemos carne de su guada&#241;a.
&#191;Qui&#233;n recoge los miembros repartidos sobre el campo?
&#191;Qui&#233;n los guarda del penoso invierno de la Muerte?
Porque los vemos caer unos sobre otros y sabemos,
m&#225;s all&#225; de toda intuici&#243;n, que quiz&#225;s eso es todo,
lloramos la partida del que jam&#225;s parte,
del que se queda segado al comienzo,
en mitad o al final de la vida
o al principio de la Muerte.

&lt;/DIV&gt;</body>
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    <title>LA MUERTE ES UNA VIEJA RAQU&#205;TICA...</title>
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    <body>&lt;DIV class=snap_preview&gt; &lt;P style="TEXT-ALIGN: right"&gt;&lt;EM&gt;Para JC, con toda la amistad de la que soy capaz.&lt;/EM&gt;

 &lt;P style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;Su boca era carnosa, y cuando re&#237;a el aire se cargaba de cristales temblando, jubilosos, detr&#225;s de una puerta. As&#237; era entonces, como su mirada, una honda negrura sedosa que se posaba sobre cada cosa, sobre cada gesto, igual que sus tenues y blancas manos, generosas a la hora de sostener otra distinta de la suya, de dibujar se&#241;ales que se desplegaban en la distancia para llamar a la c&#225;lida reuni&#243;n alrededor del fuego, en los albores del tiempo y la vida.

 &lt;P style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&#191;Qui&#233;n hubiera sospechado que la flor que se le abr&#237;a en el pecho, reconcentrada en su diminuta forma escarlata, imperceptible, tenue, ser&#237;a esa yaga abierta sobre el coraz&#243;n? &#8220;No s&#233; &#8211;dijo de pronto&#8211;. Otro d&#237;a tal vez.&#8221; Y el tiempo se eterniz&#243; sobre sus palabras, sobre sus manos que se volvieron aves escurridizas en medio del espanto, sobre sus ojos abiertos hacia pozos de tristezas y temores indecibles. Entonces su risa fue una campana sonora, anunciando la nostalgia de alegr&#237;as que ya no eran o que nunca hab&#237;an sido.

 &lt;P style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&#8220;Estoy bien. &#8211;repet&#237;a, con una voz solitaria, m&#225;s all&#225; de s&#237; mismo&#8211;. Todav&#237;a soy yo.&#8221; Pero no era. La primera mancha roja e informe sobre su camisa amarilla fue la se&#241;al, indeleble, qued&#243; all&#237; para siempre, lo mismo sobre los caprichosos rombos de su chaleco, o la fibra negra y gris de su best&#243;n. Se esparc&#237;a sobre ese espacio d&#237;a con d&#237;a, hora tras hora, incontenible, poderosa e implacable. &#8220;No &#8211;dec&#237;a, sin dejar de sonre&#237;r&#8211;. No duele.&#8221; Pero dol&#237;a. Con un dolor silencioso, amordazado por cadenas que jam&#225;s supo describir ni quiso pronunciar con su propia voz.

 &lt;P style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&#8220;D&#233;jenlo &#8211;dijeron un d&#237;a, casi en el paroxismo de su agon&#237;a&#8211;. Ya no hay nada que hacer.&#8221; Pero no muri&#243;, o si lo hizo nadie supo, ni &#233;l mismo. O algo de vida subsisti&#243; en &#233;l bajo la yaga abierta que es, caminando, sonriendo, hablando, como hablan los muertos en la fr&#237;a fosa de sus d&#237;as.

 &lt;P style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;Porque su boca era carnosa, y cuando re&#237;a el aire se cargaba de cristales sonoros y dulces, s&#243;lo por eso, esperar&#233; justo aqu&#237;, en la entrada y salida de su diario ir y venir, con una flor roja en la mano, para mostrarle que su pecho florece, que es una flor lista para ser entregada y, s&#243;lo entonces, volver a re&#237;r.

&lt;/DIV&gt;</body>
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    <title>LA FLOR ENTREGADA</title>
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    <body>&lt;P style="TEXT-ALIGN: right"&gt;&lt;EM&gt;En recuerdo de Oscar Castro.&lt;/EM&gt;

  

 No hablar&#233; de las penas hoy.
Dir&#233; que el tiempo amanece
y el junco de la ribera vuelve a ondear
sobre la superficie temblorosa del agua.

 De un lado a otro zumban breves
insectos en mensajes alados
sin destino preciso y sin horarios.
Es la hora de la delicia espumosa
que bordea los labios en dulces sabores.

 Y el tiempo se alarga, y el sol se estira,
dice mi nombre como una letan&#237;a
que dormita en la calidez de la tarde.
Y sopla su gozo sobre la tierra una vez m&#225;s.

 &#191;D&#243;nde est&#225;n las penas que s&#243;lo ayer
me abr&#237;an hondos senderos de desesperanza?
&#191;D&#243;nde los dolores que d&#237;a a d&#237;a
me deparaba la rutina de los meses
que nunca acaban?

 Se marchitan sus rescoldos, tenaces,
moribundos, all&#237; donde quemaron
mi alma, ignorantes de su zarpa
feroz y extenuante, pavorosa.

 Lo s&#233;. Bastar&#237;a un leve soplo
para levantar las cenizas y agitar
sus candentes brasas: tan fr&#225;gil
es el coraz&#243;n del que a&#250;n convalece.

 Pero miro desde mi ventana, en la distancia,
y la dulce agon&#237;a retrocede ante el paisaje
de mis ojos abiertos al mundo, devueltos
a las cosas que crecen, poderosas
y crepitantes de cantos y esperanzas.

 &#191;Qu&#233; importa si no brot&#243; el amor
donde puse la caricia plena de afectos?
&#191;Qu&#233; si el vendaval de la pasi&#243;n
fue m&#225;s fuerte que la fe de mi alma?

 Me abrazo de nuevo al amor, implacable,
m&#225;s all&#225; del gesto o la palabra
que jam&#225;s llega.
Y acaricio, furtivo, la espalda del amigo
que se va y me deja, porque es tiempo
de volver al agua mansa, luminosa,
al junco que se mece, jubiloso, solitario,
en la ribera temblorosa del agua.

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    <title>ROMANCE DE JUNCO Y AGUA</title>
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    <body>&lt;DIV class=snap_preview&gt; El huev&#243;n m&#225;s grande del mundo
sale de su casa cada ma&#241;ana
como quien va a un matinal de circo;
lleva su traje de payaso, y sus l&#225;grimas
pintadas en grandes gotas rojas.
A veces sonr&#237;e m&#225;s de la cuenta
al amigo que le tiende su mano
por compasi&#243;n de ver aquel
rictus pat&#233;tico que es su rostro:
mendigo un poco del amor
o la amistad regateada a mansalva.

 &#191;No le dijeron que tres son multitud?
&#191;No le ense&#241;aron que ser
el tercero de la mesa y un mero espectador
de la felicidad de otros
es digno de l&#225;stima?
&#8220;Vuelva ma&#241;ana&#8221;, le dicen siempre
y siempre vuelve.
&#8220;Hoy no se f&#237;a, ma&#241;ana s&#237;&#8221;,
lee infinidad de veces,
pero no termina de pedir
cr&#233;dito apenas le preguntan
c&#243;mo est&#225; y qu&#233; ha hecho.

 &#8220;Sean honestos&#8221;, suplica,
&#8220;d&#237;ganme la verdad, &#191;acaso molesto?&#8221;
Pero la verdad es relativa
y m&#225;s cuando se anhela el calor
de alguien en quien confiar,
y el amor es ciego,
ciego como un topo,
sordo como una tapia,
y la honestidad es un baile
pasado de moda, un dolor
en el costado de la humanidad,
molesto y aberrante, del que nadie
quiere saber un comino.
Por eso le sonr&#237;en y le dicen
que no, que est&#225; bien, que todo
est&#225; bien, que otro d&#237;a ser&#225;,
y el huev&#243;n vuelve
una y otra vez.

 El huev&#243;n m&#225;s grande del mundo
cree en la amistad pura,
en las buenas intenciones
y en la Virgen Mar&#237;a.
Lee a S&#233;neca y a Plutarco
y cree que la sal de la vida
es el amor que entrega a otros
y que otros devuelven por ley natural.
No sabe concebir el enga&#241;o y la desidia,
ni calcula el mal que otros podr&#237;an hacerle.
Se siente culpable porque no le aman
como les ha ense&#241;ado a amar con su amor,
porque no quieren su amistad
con la intensidad de su fuerza.
Insiste y se arrastra ante la puerta
que se cierra en su cara y piensa:
&#8220;Tal vez fue el viento&#8221;, &#8220;Quiz&#225;s no es
un buen momento&#8221;, &#8220;Deb&#237;
llamar antes&#8221;.

 El huev&#243;n m&#225;s grande el mundo
se detiene ante el amigo
que lo ignora y piensa que algo
ha hecho mal, y que la amiga
que lo busca para hablar
se preocupa de su amistad
tanto como &#233;l de ella.
Pero no sabe que &#233;l y ella
est&#225;n en la otra l&#237;nea de juego,
y aunque &#233;l desee entrar
en el partido est&#225; outside
porque el tiempo de los huevones
pas&#243; como pasa la vida y la humanidad.

&lt;/DIV&gt;</body>
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    <title>ODA AL REY DE LOS HUEVONES</title>
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    <body>No te vayas. Qu&#233;date.
La noche es m&#225;s profunda
cuando tu voz subsiste dentro de la m&#237;a
y nuestros ojos escrutan
a los demonios que acechan, sigilosos,
en mitad de la bruma.

 No te vayas. Qu&#233;date.
&#191;Por qu&#233; ceder a la rosa del d&#237;a
este territorio abierto a fuerza
de negras espinas?
&#191;Qu&#233; queda despu&#233;s de la huida?
&#191;D&#243;nde est&#225;n los que ven&#237;amos,
abiertas las fauces, rugientes las venas,
sobre un mar de palabras
hechas de carne y sangre?

 No te vayas. Qu&#233;date.
Mira que es doloroso el silencio
m&#225;s que esta estridencia
de voces muertas,
decolorando cada entrada
obstruida de tantas
flores secas como la muerte.

 No te vayas. Qu&#233;date.
Y sabr&#225;n que el cielo
puede arder a pesar de la lluvia,
a pesar del fr&#237;o,
a pesar de tanta palabra
derramada sin sentido,
derramada,
sin sentido,
de tanta palabra
sin voz
que la sustente.

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    <title>RUEGO POR ALGUIEN QUE SE FUE</title>
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    <body>El ni&#241;o que hay en m&#237; quiere hacer
una declaraci&#243;n de &#250;ltimo minuto:
no estaba del todo bajo mi control
el arma que dispar&#233; de repente a quemarropa,
esparciendo los sesos de los que m&#225;s amaba;
ni el cuchillo que agujere&#243; un par
de corazones de forma descuidada;
ni la espada con que cercen&#233; los brazos
de los amigos que me quisieron bien.
No era yo, no era.
Fue este ni&#241;o que a&#250;n habita en alg&#250;n
rinc&#243;n perdido de esta miseria
humana de cuatro d&#233;cadas
que apenas se sustentar&#237;a por s&#237; mismo
si no fuera por sus certeras estocadas,
por sus correr&#237;as de loco dentro
de mi cerebro hecho a la medida
de la raz&#243;n universal y ecum&#233;nica
de un estoicismo pregonado
a diestra y siniestra,
pero plagado de ret&#243;rica ignorante
de s&#237; misma.
Fue este ni&#241;o que nunca muri&#243;
a pesar de las sentencias le&#237;das,
aprendidas a la lumbre
casi m&#237;stica que apenas cubr&#237;a
las sombras m&#225;s all&#225; de la arter&#237;a
central que irrigaba las venas del alma:
triste fantasma de una pretendida
sabidur&#237;a, madurez y calma perfectas.
Este ni&#241;o que sobrevivi&#243; a la debacle
de toda una vida buscando el recto sendero,
con la fe puesta en antiguas voces
que hablaban de lo que es y lo que no es.
Este ni&#241;o fue, no yo.
Yo s&#243;lo fui el pobre paria de las letras,
de los pensamientos bien hilados
cuando la ocasi&#243;n lo ameritaba y hac&#237;a falta.
De los textos rezumando una
apariencia de belleza y lozan&#237;a,
de terrores literarios puestos a la orden
de la met&#225;fora que calzara mejor.
Perdonen al ignorante de s&#237; mismo
si a&#250;n es el tiempo del perd&#243;n;
ignorante de su propia naturaleza,
asumi&#243; m&#225;s de lo que en realidad pod&#237;a;
perd&#243;nenlo aunque no sea m&#225;s
que por consideraci&#243;n a ese ni&#241;o
que nunca lo abandon&#243; del todo,
a pesar de s&#237; mismo,
que nadie vio por temor a que su propia
expectativa de un ser casi perfecto
fuera defraudada en su centro m&#225;s &#237;ntimo.
Perd&#243;nenlo aunque no sea m&#225;s
que por compasi&#243;n de verlo padecer
como un ni&#241;o.

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    <body>Injusta sentencia es la que se escribe
a la orilla del camino, sentado
como un paria vac&#237;o de abrazos
y manos amigas que alimenten.
Y sin embargo, qu&#233; dulce
es el fruto de la soledad mal habida,
el silencio incoloro de la pena y la rabia
cuando nadie palpita
al extremo de una mirada.
&#191;Por qu&#233; siempre unos ojos, unos labios,
el deseo de otra piel, el vac&#237;o
de otras manos?
No quiero frutos maduros
destilando su pulpa tibia
en la gruta de esta boca.
No quiero.
S&#243;lo un roce leve, una p&#225;lida
apariencia de amor,
de alegr&#237;a compartida,
suficiente para ir por la vida
y luego olvidar, simplemente,
si la situaci&#243;n lo requiere.
No es mucho pedir ser un poco
de piel, un poco de manos,
un poco de de esto y lo otro,
ir en un tour de corazones y vidas
que se celebran y se tocan sin dejar
m&#225;s huella que un recuerdo de proyecci&#243;n
cinematogr&#225;fica: un dulce escozor,
un breve dolor por la historia compartida
y luego a lo propio, al quehacer cotidiano
y el comentario sentido pero ya otro.
No es mucho pedir.
Que esta sensaci&#243;n de soledad
se trice en su fundamento m&#225;s hondo:
en el amor de otros, en la profunda
huella de su anhelo y la indiferencia
acechando en la palabra que nunca llega.

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    <body>&lt;p style="text-align: justify;"&gt;Aquel verano fue intenso. Hab&#237;a comenzado con d&#237;as apacibles, agradablemente soleados; pero poco a poco se fueron transformando en ma&#241;anas y tardes de irritante sofocaci&#243;n, suelo ardiente y un halo entrecortado de brisa quemante. Para aquel mi&#233;rcoles la condensaci&#243;n del ambiente hab&#237;a llegado a su punto culminante: el r&#237;o comenz&#243; a filtrarse entre las fisuras de su lecho agrietado y reseco, hasta absorber los &#250;ltimos residuos. Entonces la gente comenz&#243; a mirar hacia el centro de aquel cielo, defendi&#233;ndose con una mano de los hostiles rayos del sol, molestos por la presencia irritante de esa bola de fuego que no parec&#237;a querer moverse de aquel lugar, pregunt&#225;ndose cu&#225;ndo la ver&#237;an desaparecer, cuando se ocultar&#237;a, cu&#225;ndo ser&#237;a cubierta por el milagro de una nube pasajera, dos nubes, un nubarr&#243;n, o la maravilla imposible en aquellos parajes: una llovizna. Pero para entonces hasta el viento hab&#237;a dejado de batir su esencia ardiente, y el cielo continuaba a&#250;n m&#225;s azul y l&#237;mpido. Nadie hab&#237;a sospechado que aquel verano ser&#237;a tan intenso; ni siquiera el viejo Gumercindo, que de vez en cuando se sentaba en su banca chata junto al marco de la puerta de su casucha y observaba desfilar figuras cansinas que arrastraban los pies, levantaban polvo blanco que, apenas revoloteaba a unos cent&#237;metros del suelo, ca&#237;a silenciosamente, con una pesadez exasperante. Ni siquiera &#233;l, que apenas ol&#237;a el aire, vaticinaba: va a llover, va a temblar, va a calentar; y as&#237; era.
 

&lt;p style="text-align: justify;"&gt;Al mediod&#237;a de aquel mi&#233;rcoles, don Gumercindo a&#250;n ten&#237;a la vaga esperanza de que hubiera un cambio brusco en el clima; pero pasadas las cuatro las hab&#237;a perdido todas. El sol continuaba ah&#237;, implacable, sin moverse, en el centro. A&#250;n a las cinco de la tarde. Todav&#237;a a las seis. Tambi&#233;n a las siete y a las ocho. Y toda la noche y el d&#237;a siguiente: ah&#237;, sin moverse. Entonces la gente ya no sal&#237;a a la calle, se quedaban en sus casas, llorando sin l&#225;grimas, gimiendo: va a temblar, se va a acabar el mundo, Dios se olvid&#243; de nosotros. Y se tend&#237;an en las camas jadeando, tratando de absorber a bocanadas el poco aire que a&#250;n quedaba en el pueblo. Los hombres ya no iban a las faenas, las Plantas de Salitre ya no produc&#237;an. Las mujeres ya no lavaban, ya no tend&#237;an porque las telas de la ropa terminaban resquemadas de calor y se rasgaban al solo tacto. Los ni&#241;os ya no jugaban ni corr&#237;an por las calles. Ya nadie sonre&#237;a con somnolencia, gru&#241;endo entre dientes: &#8220;est&#225;n cayendo los jotes asados&#8221;, desde que el primer gallinazo, como presagio de malamuerte, se hab&#237;a estrellado contra el techo blanquecino de la Iglesia: una bola de plumas y cuero chamuscados, boqueando por la insolaci&#243;n y el delirio de la muerte, ante la mirada espantada de todos, que vieron caer al siguiente horas despu&#233;s con el mismo desconcierto, y al tercero a&#250;n con asombro, y con cansancio al cuarto, hasta que los colm&#243; la indiferencia y desistieron de retirarlos de las calles y de arrojarlos a la pampa cuando comenzaron a caer en una lluvia intermitente y molesta. Y las calles fueron un reguero de jotes, palomas dom&#233;sticas, t&#243;rtolas, perdices que aleteaban en un &#250;ltimo boqueo y se paralizaban sobre el suelo bajo un sol incandescente, eternamente pegado al centro del cielo, que iba convirtiendo en cenizas sus plumas y sus fr&#225;giles huesos.


&lt;p style="text-align: justify;"&gt;Entonces fue cuando los hombres enloquecieron, cuando los ni&#241;os se quedaron dormidos sobre sus camas y, repentinamente, dejaron de respirar. Porque ya no hab&#237;a aire. El silencio lo inund&#243; todo. Los ojos de todos se abrieron como platos, fijos en la nada. Nadie se asomaba a la calle a mirar si la bola de fuego segu&#237;a all&#237;. S&#243;lo un perro cruzaba de vez en cuando la calle con su esqueleto forrado en una piel seca y sin pelos que se adher&#237;a a sus huesos, se acercaba a alg&#250;n ave muerta para olerla apenas, y luego ca&#237;a de bruces con un gemido inaudible, mitigado por la sequedad del d&#237;a interminable, y mor&#237;a en silencio.
 

&lt;p style="text-align: justify;"&gt;Aquel domingo a&#250;n se pod&#237;a esperar que en el pecho est&#225;tico y r&#237;gido de los hombres, en su mirada perdida y vidriosa, quedara un h&#225;lito de vida titilando, latiendo en alg&#250;n lugar muy dentro de sus cuerpos. Sin embargo, para ese lunes no hab&#237;a un s&#243;lo murmullo, ni un s&#243;lo mecanismo vivo removi&#233;ndose o luchando en ning&#250;n cuerpo, con excepci&#243;n del de don Gumercindo. S&#243;lo &#233;l continu&#243; con la mirada fija en ese astro encendido e inexorable que lo devoraba y pulverizaba todo con sus rayos. S&#243;lo &#233;l, sentado en su banca, los ojos sali&#233;ndose de sus &#243;rbitas, la boca entreabierta, los labios agrietados y p&#225;lidos, esper&#243; inm&#243;vil con las pupilas en blanco, laceradas por la luz act&#237;nica del sol. Hasta que al fin logr&#243; ver c&#243;mo un estremecimiento acompasado y lento bat&#237;a los matorrales de las afueras de la Salitrera, los remec&#237;a con un ulular suave que se fue expandiendo hacia el poblado, hasta transformarse en un viento que barri&#243; con el polvo blanco de las calles, deshizo los cuerpos amontonados y repartidos sobre ellas, convirtiendo plumas, huesos y pellejos en mont&#237;culos informes de arena. Se filtr&#243; entre las rendijas de las caba&#241;as, se escurri&#243; dentro de las casas, a trav&#233;s de los vidrios rotos y hurg&#243; sobre los cuerpos est&#225;ticos, que ya no eran humanos, sino formas disecadas, y los devolvi&#243; a la tierra&#8230; Levant&#243; los min&#250;sculos granos que cubr&#237;an los techos de las caba&#241;as y los elev&#243; hacia el cielo&#8230; Entonces el sol comenz&#243; a moverse lentamente, como si despertara de un pesado sue&#241;o invernal. Y don Gumercindo sinti&#243;, desde el fondo de su alma, la caricia del viento que azotaba la puerta de su casa, chocaba contra ella, contra sus facciones, contra sus ojos y su cuerpo. Sinti&#243; el latido de su coraz&#243;n: una imperceptible vibraci&#243;n que lo llamaba a la vida. Quiso despertar, ponerse de pie, mover la cabeza, los p&#225;rpados, pero no pudo. El insistente e invisible temblor de su vida comenz&#243; a apagarse. El viento azot&#243; su figura con furia, carcomi&#243; sus facciones silenciosas, su cuerpo viejo, barrio con sus &#243;rganos disecados y los tritur&#243; lentamente, como a los de una esfinge el tiempo, grano a grano, part&#237;cula a part&#237;cula, hasta que lo redujo a un polvo blanco como el del pueblo y lo llev&#243; a trav&#233;s de las calles, por entre las casas vac&#237;as, llenas de polvo blanco y soledad&#8230;





&lt;p style="text-align: right;"&gt; &lt;strong&gt;&lt;em&gt;(1988)&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;






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