16 Oct 2009
¿Quiénes creen hoy en Chávez?
Los pobres y marginados de la democracia, los que quedaron fuera de la prosperidad de la Gran Venezuela y luego sufrieron de manera desproporcionada durante la crisis de los 80 y 90. Por eso, del pasado, no quieren saber nada, no tienen “nada que perder sino sus cadenas”. Parafraseando a Chesterton, como no creen en nada, creen en todo: Algunos creen por ejemplo en cosas como que “Chávez pagó la deuda externa”, o “Chávez acabó con el analfabetismo”, o en las denuncias sobre planes de magnicidio que periódicamente presentan el Diputado Mario Isea o José Vicente Rangel. Por supuesto que nos son ni brutos ni ignorantes, y muchos ven esas cosas como lo que son: mentiras y propaganda política, pero no ven alternativa y ven en la oposición a Chávez la vuelta a un tiempo que les tocó amargo. Por eso están dispuestos a suspender el escepticismo y a seguir a un mesías carismático que ofrece la utopía. Esa utopía es pospuesta y frustrada una y otra vez, pero en vez de culpar al líder carismático que los ha engañado, prefieren seguir creyendo en él y en las teorías de la conspiración según las cuales la verdadera culpa de que aún sean pobres la tienen paramilitares, agentes de la CIA, contra-revolucionarios infiltrados y otros saboteadores de profesión. Es un esquema clásico de creencia que tiene muchos referentes históricos, cuando la colectivización forzada del campo en la Unión Soviética produjo espantosas hambrunas, Stalin culpo a campesinos saboteadores y a agentes extranjeros. Para Stalin la enormidad de la tragedia solo podía ser explicada por la complicidad contra revolucionaria y criminal de millones de campesinos. Casi todos pagaron con sus vidas.
Los “socialistas buenos”, por lo general intelectuales de clase media, utópicos, gente con consciencia social, pero también con avanzados y aburguesados ideales democráticos. Para ellos los valores del clásicos de la izquierda: igualdad, solidaridad, justicia social y progreso, no están reñidos con las conquistas políticas de la democracia liberal: libertad, pluralismo y tolerancia. Creen en un Chávez que les ha prometido la “superación de los límites de la democracia representativa meramente formal” y que abre el camino a la verdadera democracia popular. Se sienten frustrados y preocupados por lo que ven como inclinaciones autoritarias e intolerantes dentro del Chavismo y en el mismo Chávez, pero están dispuestos a disculpar esas tendencias como comprensibles errores de camino de un proyecto nuevo y necesariamente imperfecto. Son etiquetados como los “socialistas ingenuos” por los “revolucionarios verdaderos”.
Los “revolucionarios verdaderos” no creen en pajaritos preñados, pero creen en Chávez. Se sienten la vanguardia revolucionaria que tiene como misión histórica radicalizar el proceso. Creen en un Chávez que, piensan, es tan radical como ellos pero que está condenado por circunstancias históricas a maniobrar con habilidad entre el proyecto de una revolución radical y los límites impuestos por la democracia burguesa y un sistema económico que, al menos formalmente, es aún capitalista. No creen que la revolución verdadera deba respetar las instituciones de la democracia formal. Cosas como la división de poderes, los derechos humanos, el respeto a la disidencia, etc. son todas instituciones puestas allí por la clase opresora para conjurar el avance de la revolución. Para ellos la construcción de la utopía socialista es un fin que justifica todos los medios. Su modelo del verdadero revolucionario es el Che, a quién no le tembló el pulso a la hora de matar cuando así se lo exigió la Historia (así, con mayúscula). Se sienten frustrados porque la revolución ha llegado al poder de la mano de un líder democráticamente electo y no de una ruptura violenta (como pudo haber sido el caso si el golpe estado que intentó Chávez en 1992 hubiera triunfado). La ruptura violenta les habría dado la oportunidad de, como en Cuba, “fusilar a 800 traidores en el primer año”. No pierden la esperanza de que aún el proceso se radicalice hasta el punto en que sea inevitable la aniquilación física de los enemigos de la revolución. La utopía final justificaría incluso el genocidio o el exilio masivo.
Creen también en Chávez aquellos que han sido maliciosamente llamados los “boliburgueses”. Probablemente el grupo más fácilmente reconocible en las calles de Caracas: carros nuevos, cirugías plásticas que harían palidecer (aún más) al extinto (y ex-tinto) Michael Jackson y con resultados a veces tan o más estéticamente desastrosos, compras compulsivas en las tiendas de productos importados (cuando no en viajes a Madrid o a Miami). Creen en Chávez como antes otros grupos creyeron en los Adecos o Copeyanos, sólo que Chávez les ha dado aún más libertad para enriquecerse que los gobiernos anteriores. En los “treinta años de democracia corrupta y copulera” que precedieron a la llegada de Chávez al poder, los controles eran pobres e ineficaces, pero existían. Chávez los ha eliminado por completo e inaugurado una nueva forma de control según la cual sólo son procesados por corrupción sus oponentes políticos o aquellos de sus seguidores que cometan el error de “saltar la talanquera” es decir, pasarse a la oposición. Por lo que el boliburgués sabe que mientras “crea” en Chávez, sus enormes ganancias y vida de lujo están seguras. Y sin embargo debe guardarse continuamente de la presión de los otros grupos que creen en Chávez: una radicalización exagerada del proceso podría resultar en una purga de elementos corruptos en el gobierno. También puede darse el caso de que Chávez escoja a algún boliburgués para un castigo ejemplar o para dar una lección de “autocrítica revolucionaria” a sus seguidores.
Los extranjeros solidarios con América Latina. Parte de la izquierda intelectual Europea, los que creen en revoluciones y utopías, siempre que sean en exóticos escenarios tropicales y no en su piso de Barcelona o París. Los que están dispuestos a creer en simplificaciones blanco y negro de la historia latinoamericana: los pobres contra los ricos, los revolucionarios contra el imperio, los buenos contra los malos. Los que apoyan a cualquier déspota de moda siempre que gobierne en el tercer mundo y que se declare anti-yanki. Los que desde la ilustración siguen creyendo en el mito del buen salvaje o del paraíso comunitario en la selva húmeda. Algunos incluso hacen turismo revolucionario en Venezuela y “viven” el proceso en persona. Hay los más jóvenes que se alojan solidariamente en modestas casas en la barriadas populares de Caracas, ayudando a construir comunidad y a colaborar en programas sociales. Son los mejores de este grupo y a veces incluso en verdad ayudan a esas comunidades. Cuando crecen o se aburren, se vuelven a Barcelona o a Berlín y participan en foros sobre Venezuela o en tertulias comprometidas con el proceso en bares y tascas. Después estudian, se casan y trabajan en un banco, pero siempre conservan con nostalgia y cariño el recuerdo de la aventura juvenil trópico-idealista. Hay también los más académicos y famosos que vienen becados por el gobierno venezolano. Se alojan en el antiguo Caracas Hilton, hoy Alba, y se pasean por los logros de la revolución de la mano de guías calificados (necesitan de esos guías pues muchos, como Oliver Stone, Noam Chomsky o Tariq Ali, no hablan español y sólo pueden hacer sus entrevistas, que luego presentan como “first hand accounts of the revolution”, a través de intérpretes) Luego regresan a sus cátedras en Boston o Londres a dar conferencias como expertos latinoamericanistas y a escribir libros sobre la historia de América Latina en los que ni por equivocación se cita la historiografía latinoamericana, escrita por latinoamericanos (poco pueden si no leen español). Son los peores y más cínicos.
Hay muchos que creen en Chávez. Algunos justificados, todos equivocados.
Mina Tobler
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Hugo Antonio Pérez HernáizTodavía en Caracas, y aún entre los exiliados, hay quienes recuerdan ese botiquín señorial: El Club Vathek. A esas almas perdidas está dedicado este blog.
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7 comentarios · Escribe aquí tu comentario
Anónimo dijo
Oh Mina, todo lo ves , todo lo sabes.
chamán Urbano dijo
¿Desde donde miras Mina, que miras tan bien? Te leo y sólo atino a pensar que Venezuela es una herida traumática capaz de disociarnos, desdoblarnos en dos personalidades como estrategia para hacer frente a la impotencia y la frustración.
Así aparece esa parte sabia, que de quedarse pegada al cuerpo nos haría vivir con el ostracismo del filósofo que ha salido de la cueva.
Sí, a la lucidez acerca de lo que pasa en Venezuela hay que mantenerla lejos. Son tantas justificaciones y tantos equivocados, que el reto se convierte en una lucha espiritual: una mente tan amplia, un cuerpo tan corto.
Lo bueno es que tendremos Mina para rato.
¡Mis respetos!
Juan Ignacio dijo
Querida Mina...
En nuestro último chat te noté algo desesperada. Claro, acababas de usar el metro de Caracas y no es difícil comprender que realmente acababas de pasear por las entrañas de la decadencia.
Me gusta leerte y descubrir que tus palabras han recuperado ese pulso fotográfico que siempre me ha sorprendido.
Ya nos tomaremos una birra. Besos a Max.
Juan
Mina dijo
Gracia Juan, tu siempre tan bello. De Max hace tiempo que no se nada, Miriam se ha puesto algo celosa por nuestra relación, ahora estoy de amiga de su hermano Alfred.
Juan Ignacio dijo
¿Alfred? ¿Y sabe hablar de alguna cosa que no sea economía?
Mina dijo
El muchacho Alfred es muy bueno en lo que llaman "historia de las civilizaciones"
internauto dijo
A mí lo que me resulta difícil de entender es cómo puede haber alguien que puede creer en un personaje como Chávez.
Claro que aquí, en Europa, hay quien cree en Berlusconi.
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