18 Nov 2011

Presentación del cuaderno "En cuerpo y alas" en Granada.(Hurano).-

Escrito por: hurano el 18 Nov 2011 - URL Permanente

Tengo el placer de invitaros el próximo día 15 de diciembre en Granada, a la presentación del libro "En cuerpo y alas" a cargo de la editorial Musa Ebria, en un alarde de valentía por su parte.
Me encantaría poder contar con vuestra presencia en La brújula de Momo a partir de las 21 horas.
No espero nada en absoluto, aunque me encuentre inmerso en esta hemorragia de placer que significa ponerse en la palestra de uno y cada uno de vuestros criterios. Asumiendo con cierto nerviosismo dicho evento.
Para los que no podáis acudir, se intentará repetir en Madrid pasados unos días.
En mi vida me he visto en tal aprieto, pero lo deseo a fin de cuentas.
Andy Warhol lo dijo" todos tenemos nuestros quince minutos de gloria"
A ver si ocurre.

Seguiré informando.

gracias a los que se puedan permitir perder horas de su vida en esta empresa.

Salud.-

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09 Ene 2008

La nube.-

Escrito por: hurano el 09 Ene 2008 - URL Permanente

La nube.

-

Las innecesarias gotas que le sobran a una nube, se traducen en lluvia al llegar su cansancio al punto de saturación.

Escurriendo el agua sobrante con más o menos rabia, según el frío que haga.

Convirtiendo en granizo sus sobrantes, y lanzando hirientes sus pedradas blanquecinas, contra un mundo postrado a sus pies.

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La misma nube que husmea en las mañanas mortecinas,

el tránsito cansado de los hombres

que se funden en su traje de agua diluida.

Y tapa con su gasa bien tupida, cielo y horizonte,

impidiendo ver más allá de sus ínfimas partículas acuosas.

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Separando los colores de la mañana en apenas una gama

más o menos amplia de blancos y degradados cromatismos.

Ni siquiera blanco y negro. Tan sólo claridad que nos deslumbra.

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Igual que cuando sus copos convierten el suelo en un enorme folio en blanco donde escribimos nuestras vidas con huellas de diverso contenido.

Sin advertir que al derretirse, vuelven por sus cauces a los ríos y a las fuentes.

Vuelven al calor cuando no hay nube, y se evaporan sin apenas percibirlo. Sin ni siquiera darnos cuenta.

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Y así de nuevo regresan a la nube, que acoge a las moléculas disueltas.

Escondidas en el aire transparente, disfrazadas de bochorno.

Y mientras tanto, hay otras despistadas que embotellan

Para servirnos e hidratarnos en verano. Son nubes capturadas.

.

Y dicen que de noche, no se acuestan

Pues tapan a la luna. Yo lo he visto.

Aunque otras veces lloran a escondidas

Creyendo que no hay nadie que las vea.

.

Sólo quiero contaros que las veo

Y no es porque me aburra y las espíe

Tan sólo es el insomnio, que me deja…

…mirarlas por la noche y divertirme.

.

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12 Dic 2007

Yo, lobo. Cuento para todos los públicos(y 2ª parte).Fin capítulo 1.

Escrito por: hurano el 12 Dic 2007 - URL Permanente

Merdento, dada su juventud y vitalidad, emprendió el camino hacia un exilio elegido al otro lado del valle. Esto planteó no pocos problemas, ya que nuestras familias estaban todas relacionadas y resultaba complicado separarlas. Pero era más que necesario ampliar el territorio.

Así, recuperábamos antiguas zonas de caza que nos fueron usurpadas tiempo atrás. Los lobos nos dispersábamos de nuevo.

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No era una guerra, tan sólo tratábamos de sobrevivir. Teníamos que alimentar a nuestros cachorros. Pero los hombres nunca comparten. Nunca lo hicieron en el pasado y no iban a cambiar ahora.

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En cuanto descubrieron nuestra olvidada existencia, volvieron las tropelías, las persecuciones y las trampas. Las nuevas generaciones de hombres, habían crecido rápido y se afanaban en descubrir nuestros santuarios. Primero nos cazaban y después, en vez de matarnos, nos utilizaban de brújula persiguiéndonos a distancia mediante mágicos aparatos que nos localizaban incluso en la oscuridad de la noche. De nuevo, el exilio, forzado. Habían dado con nosotros.

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Estos nuevos cazadores en miniatura, eran mucho más implacables que sus padres. Eran incluso capaces de quemar, controladamente, pequeñas extensiones que nos servían de escondite, para conseguir que saliéramos a campo abierto, donde nos disparaban con gran precisión. Por supuesto, nada que ver con el miedo que mostraban sus progenitores. Sus cachorros no tenían miedo alguno en adentrarse en los pliegues que Lomapelada brindaba a nuestra especie. Buscando, removiendo y quemando de nuevo nuestro itinerante hogar, consiguieron que saliéramos a campo abierto.

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Murieron muchos, casi todos. Era una lucha en la que no existía oponente alguno. Sólo unos críos que correteaban tras nuestros pasos, matándonos cada vez que nos poníamos a tiro. Fue horrible. Vi caer a muchos compañeros.

Mi forma física en lo que a juventud se refiere, me ayudó a evitar situaciones en las que hubiera podido morir. Sin embargo, escapé varias veces de la muerte.

Y escapé bien lejos, aunque no solo. Merdento acompañó mi huída hasta llegar a un sitio que nunca habíamos pisado. Incluso los días duraban más o menos que el lugar que dejábamos atrás.

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Teníamos hambre y las costillas asomaban a ambos lados de nuestros cuerpos, como si nos quisieran abrazar con sus huesos. El pobre de mi pulgoso compañero llevaba tres días de sol sin comer nada. Yo había conseguido dar caza a un ridículo ratón de campo que apenas me quitó el hambre.

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Los lobos, cuando tenemos hambre, somos muy peligrosos. Eso escuché una noche, saliendo de la boca de uno de mis perseguidores. Pobres, ninguno llegó a cogerme.

Después de haber pasado el sol otras cinco veces sobre nuestras orejas, no veíamos ni por donde pisábamos, por lo que nos hicimos alguna que otra herida y magulladuras al tropezar o caer por cuantas laderas y barrancos encontrábamos.

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Entonces fue cuando Merdento (nunca le vino mejor el nombre), reconoció entre todos esos nuevos sonidos, uno, que con sólo escuchar, podías oler a comida. Era un cascabel. Si, de esos que les ponen los pastores a los corderitos cuando apenas son más altas que las hierbas, cuando nacen.

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Ese sonido certificaba que estábamos llegando al sitio. Un cascabel. Era como eso que escuchaban los hombres en sus cabañas, ¿música… creo.

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Al fin íbamos a mover nuestras desentrenadas dentaduras. Empezamos a salivar como no recordaba haber salivado nunca antes. El corazón latía mientras movía nuestra sangre a gran velocidad por todo el cuerpo.

Tan sólo siguiendo el ruidito del cascabel, logramos localizar un gran rebaño. Pero había un pequeño problema: los perros.

Sí, los perros escoltaban, a ambos flancos del rebaño, una innumerable cantidad de ovejitas, blancas y relucientes. No iba a ser tarea fácil sacar al corderito de semejante protección.

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Pero el hambre agudiza el ingenio y lo tuvimos claro desde un principio. Merdento corría más que yo y además daba algo de lástima, por lo que no fue extraño que los tres perros que cuidaban del rebaño salieran corriendo tras él cuando intentaba escamotear una gran oveja que, en situaciones normales, ni siquiera podríamos cargar con ella.

Pero los canes no repararon en el engaño y salieron a toda prisa tras mi pobre y cansado amigo. Si le daban alcance, lo matarían. Acabarían con él en el segundo mordisco. No obstante, pude ver a Merdento como se adentraba en la maleza con ventaja suficiente para que un lobo de su experiencia, tuviera tiempo de esconderse.

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Mientras esto ocurría, corrí lo mas sigilosamente que pude en dirección al cascabel. No tardé en encontrar lo que buscaba. En una rápida maniobra, fruto de una depurada técnica y un entrenamiento constante, me encontraba inmerso en mitad de semejante rebaño, que huía de mí como si fuese a comerme a todas.

Pero yo sólo quería una, y ahí estaba, sin saber a dónde iba o tan siquiera por qué corría, salto en un descuido a mis fauces. No tuve la menor duda. Con mis colmillos aún en buen uso, arranqué de un solo movimiento el sufrimiento que pudiera ocasionar a tan delicioso bocado, nadie quería que su carne se convirtiese en correosa y dura como de la que hablaban los pastores. No debía sufrir más de lo necesario.

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Con tan fabuloso botín, corrí bajo los últimos rayos de sol del día con la brevedad que nos caracteriza. El pastor, dueño de tanta comida, apenas pudo verme mientras desaparecía con mi presa tras los matorrales. Por fin.

Me dirigí al punto de encuentro que, al no conocer la zona, me costó algo de esfuerzo encontrar, y como Merdento no aparecía, pensé que también se habría perdido.

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El hambre, llegó antes que mi amigo de cacería, y me puse a comer. Pero el delicioso manjar se terminó antes de que llegase. No lo podía creer, me había comido todo sin darme cuenta. No quedaban ni los huesos. Merdento me mataría.

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Pasado un buen rato, apareció jadeando, cansado. Me contó que los perros se abrieron en abanico, y rastrearon el bosque, dónde encontró refugio, hasta que dieron con él. Entonces, tuvo que emprender de nuevo la huída, algo mas cansado. Relató como notaba el aliento de los perros en su rabo mientras escapaba. Al fin, creo, se dieron por vencidos debido a la falta de orientación que estos parientes nuestros tienen con respecto a nosotros. Dejaron de correr y, simplemente, se dieron la vuelta.

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Llegaba el momento de la verdad, el de repartir la comida que yo me había comido. Así que, más que la hora de la verdad, iba a ser la hora de mentir.

Porque eso fue lo que hice. Todavía hoy, no sé por qué, pero le mentí a mi amigo. Y fue un gran error del que aún me arrepiento. Además, me pilló de la manera más increíble.

Resulta que, después de un par de días más, las tripas empezaron a sonar por el hambre, otra vez. Sólo que las mías no sonaban como las de Merdento. No.

Las mías tenían el acompañamiento… del cascabel. Que vergüenza. Estuvo sin hablarme días. Deambulábamos juntos por los nuevos territorios sin dirigirnos ni un gruñido.

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Pero… ¿habría más lobos en la zona? ¿Serían hospitalarios? No íbamos a tardar mucho en descubrirlo.

Debían de haber transcurrido un par de días, cuando un largo aullido sesgó en la noche la mismísima luz de la luna.

Fue Merdento el que me despertó.

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-Pesadelo, despierta-murmuró en mi oreja-escucha.

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Entre sueños pude distinguir claramente aquel majestuoso grito de algún lobo cerca de allí.

Los lobos, cuando la luna se llena redonda, tenemos la costumbre de escalar a la loma más alta, y aullar.

-¡Auuuuuuuuuuuu! – podía oírse a lo lejos.

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No sé porqué lo hacemos, pero siempre fue así. Aunque esto nos ha ocasionado, no pocos problemas. En cuanto saben de nuestra presencia, los hombres, nos persiguen.

Hasta en los cuentos que escuchan los niños antes de dormir, los lobos somos malos. Los tres cerditos, caperucita roja, el lobo y los siete cabritillos. Si hasta tienen un dicho que dice: ¡cuidado que viene el lobo!

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Pero la verdad, es que ellos son mucho peores. Nosotros no les matamos, nunca les perseguimos, ni robamos a sus bebés cuando están recién nacidos para amaestrarlos, como hacen con nuestros cachorros. Tampoco les tendemos trampas ni quemamos sus poblados. Pero es así. Siempre fue así.

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Os contaré, como hemos llegado hasta aquí, poco a poco, territorio a territorio y generación tras generación.

FIN CAPÍTULO 1º.

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09 Dic 2007

Yo, lobo.- Cuento para todos los públicos. (parte 1)

Escrito por: hurano el 09 Dic 2007 - URL Permanente

Yo, lobo.-

Eran dos bellos animales, aunque sus nombres desmerecían tanta nobleza. Estas son algunas de las aventuras que tuvieron que sortear para poder sobrevivir en un mundo en la que el único enemigo, era el hombre.

Merdento tenía el lomo pelado en la parte más alta debido a una huída inesperada de un corral de gallinas cercano. La larga cicatriz que surcaba su espalda, le delataba en las noches de luna llena. Su aspecto lastimero adjudicó su nombre.

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Pesadelo, sin embargo, era otra cosa. Su porte no distaba tanto como parecía de la de Merdento. Pero su brillo le otorgaba rango de líder. Eso, y el gesto de su rostro, agresivo y amenazante hacían de él un perfecto compañero para andar al acecho a las mansas presas, que quedaban petrificadas ante su figura.

Era entonces cuando Merdento se dejaba ver. Aparecía despacio, de entre las brumas, resoplando una nube de aliento que disimulaba sus rasgos. Esos rasgos malévolos, si es que un lobo puede serlo. Elegía su presa implacablemente, husmeando y olisqueando mientras Pesadelo sembraba de pánico los ojos de sus víctimas. Estas, inmóviles, contemplaban cómo de su rebaño desaparecía algún miembro.

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Eran buenos tiempos. Los rebaños de ovejas eran transportadas a través de sus pequeñas extensiones. Mientras, desde lo alto de Lomapelada, gestionaban con los ojos futuras cacerías aquí o allá.

Este estratégico puesto de vigilancia, había tenido un pasado más glorioso que lo pelado que ahora se mostraba. Pero el incendio arrasó todo. Tanto, que después de estos años, aún no ha crecido nada.

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Dicen los pastores, mientras cuidan de los rebaños, que cuando cayó el rayo que provocó el incendio, se reunían en los altos de la loma las doncellas de la región en torno a una gran hoguera. Sólo una noche al mes, las de luna llena. Pero sus cantos mientras bailaban, atravesaban aquellas tierras de norte a sur, y de este a oeste, sembrando temores ancestrales.

Las jóvenes doncellas desaparecieron todas y nunca nadie volvió a subir a lo que se pasó a llamar: Lomapelada. La región se sumió en una profunda tristeza. Todo normal.

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Nosotros, los lobos, pasamos a representar tanta desdicha. Se nos perseguía por toda la comarca. Incluso a regiones colindantes llegó tal injusticia. Nos acorralaban en desfiladeros por los que se despeñaban docenas de compañeros de manada. Nuestra población se vio diezmada en sólo meses. Había preocupación, y fue en ese momento cuando me convertí casi sin querer, en el líder de lo que podría ser algún día, una manada.

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Me encontraba en la parte alta del monte, cuando escuché un aullido lastimero de un lobo muy cerca de allí. Fue fácil dar con él a pesar de la noche, ya que sus quejidos eran de lo menos discreto para los tiempos que corrían.

En efecto, cuando llegué era demasiado tarde. Un pastor había acudido ya a revisar una de sus trampas para lobos, que estaban repartidas por todo el bosque. Era muy difícil descubrirlas antes de que ellas te encontraran a ti. Ibas deambulando por los caminos de siempre y de repente, ¡zap! , uno de esos cepos horribles se aferraba a alguna de nuestras delicadas patas y quebraban nuestros huesos como si fueran ramitas secas. Así, pude ver como daban caza a Huyelejos.

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Huyelejos había sido uno de mis mejores amigos cuando era tan sólo un cachorrito. Su timidez y el paso de los años, le habían convertido en un lobo solitario, esquivo y peligroso, ya que su avinagrado carácter era reflejo de puro miedo, y el miedo siempre es peligroso porque te llena de un valor imprevisible.

Impasible, el pastor cazador, descerrajó un tiro con su brillante escopeta de cartuchos en la cabeza de Huyelejos. Aquella imagen ronda aún hoy en mi memoria provocando un miedo que sólo yo conozco y disimulo. Aunque creo que a estas alturas, todos disimulamos.

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En ese momento, pasamos a rehacer la manada y establecer una jerarquía como siempre la habíamos tenido. Rehicimos todas nuestras rutas para escapar de la sabiduría y experiencia de los pastores, que conocían nuestros caminos, plagándolos de trampas y extraños artilugios que nos atrapaban en agujeros, o cepos, o lazos hechos con ramas que nos elevaban por los aires dejándonos suspendidos de algún árbol.

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Nos alejamos de caminos y cañadas para no tener la tentación de los rebaños ante nuestros hocicos. Abandonamos nuestros territorios de caza entregándolos por completo a aquellos absurdos animales de los que nos alimentábamos, para que campasen y pastasen de una forma relajada.

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Un día escuché a unos cazadores, hablar de lo rica que estaba la carne de sus ovejas desde que nosotros cedimos los territorios. Menos correosa, comentaban, y mucho más tierna, dónde iba a parar. La ausencia de miedo obraba el milagro.

Aquel comentario me hizo comprender que hacía falta un verdadero líder, que sacara a la manada de aquella racha oscura y de hambre.

Lo primero que hicimos fue buscar un lugar dónde establecer nuestras guaridas, pero antes, había que resolver un par de asuntos.



Bueno, que se sepa que a partir de aquí, iba a ser la segunda parte...pero se le ha ido la olla al "control+c" y ha salido sin querer. Como J.Ignacio ya lo ha visto...ya no la quito (espero que no se haga largo. Odio los tochacos)

. (intermedio)

Los otros machos de la manada, veían en mi actitud un plan para hacerme con el liderazgo de la región. Nada más lejos de la realidad.

Primero tuve que limar diferencias con un lobo de pelo encrespado llamado Muelas. Era ridículo, tener que pelear para poder salvarnos. Pero tenía que hacerlo, es nuestra ley. Mediante una pelea, a veces a muerte, decidíamos un vencedor que pasaba a ser, automáticamente, el líder.

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Pero eran malos tiempos en el mundo nuestro, el de los lobos. Cuando terminó aquella batalla, hubo otro lobo que me hizo frente: Merdento.

Al principio pensé que se trataba de una broma de mal gusto, dadas las circunstancias. Pero enseguida comprendí que otra encarnizada lucha se avecinaba.

Con el viejo Muelas llegó a resultar relativamente sencillo vencerle sin poner en peligro su vida, pero con Merdento se antojaba que no sería tan fácil. La lucha habría de ser a muerte. Pero en ese instante tuve una idea que lo cambió todo.

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Después de una gran reunión con toda la manada, incluidos los cachorros, que no eran muchos, decidimos compartir liderazgo y repartir el nuevo territorio en dos partes. Una sería la dedicada a la caza, que era una gran extensión localizada a mucha distancia de las guaridas, con objeto de no ser descubiertos fácilmente. Harían falta al menos dos cuadrillas de caza para ser eficaces a la hora de alimentar a una mermada manada.

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La otra, debía ser por necesidad, la zona de ocultamiento. Sí, los lobos nos tenemos que ocultar de los ojos de los hombres que nos persiguen. Siempre fue así. Y el sitio perfecto era Lomapelada. Una pequeña elevación en mitad de un valle enorme, salpicado de pequeñas poblaciones y aislados bosques a los que resulta muy difícil llegar en sigilo.

Lomapelada sembraba el desconcierto entre los hombres, que ni siquiera se acercaban a ella. Tenían miedo…oíamos decir de sus bocas.

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Por el contrario, para nosotros resultaban perfectas las cicatrices que el incendio dejó años atrás en el pequeño altiplano. Grutas y piedras servían de guarida para amamantar a una nueva generación de cachorros que estaba por venir. Si todo salía bien, nuestra mermada población crecería notablemente en los próximos años de prosperidad.

Resultó ser todo un acierto compartir tan ardua tarea con Merdento. Su linaje era de una nobleza excelente. Y su sabiduría crecía por días en el fantástico caldo de cultivo que resultaba de tanta precariedad.

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Yo por mi parte, patrullaba casi siempre solo, ante la incapacidad de otros miembros de la manada para seguirme el paso. Eran tiempos difíciles y no había lugar para contemplaciones. O seguías el ritmo o tu vida corría serio peligro.

En esta labor de vigilancia y patrullaje, era el mejor. Está mal que sea yo el que lo diga, pero era así. Mi función era importante ya que de mi éxito, dependía gran parte de las capturas que Merdento llevaba a cabo con su manada de cazadores.

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A veces, cuando teníamos que ser invisibles, me hacían participar en sus cacerías ya que mi sola presencia, convertía en corderitos a las ovejas, y no eran capaces de emitir el más mínimo balido. Esta era una de nuestras mejores armas, ya que podíamos entrar en establos y corrales sin que las presas nos delatasen. Cuando el pastor descubría la falta de una de sus ovejas, era demasiado tarde para encontrar huellas que delatasen nuestro escondite. Cosa que no pasaba con la dirección que escogíamos en nuestra huida. Esta, era seguida por nuestros captores, lo que en ocasiones convertía nuestro regreso a casa, en un enorme rodeo de varios días. Pero el resultado era obvio, no daban con nuestro escondite.

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En medio de este aparente estado de relajación, la vegetación regresaba poco a poco a Lomapelada. Primero fueron pequeños arbustos que lindaban a ambos lados de las rutas por las que avanzábamos casi siempre a hurtadillas. Luego una capa verde de algo parecido a la hierba que comían las ovejas y que tan ricas las hacía resultar a nuestros licántropos paladares. Por fin, aparecieron aquellas varas que despuntaban por encima de los arbustos y que muy pronto, darían sombra a los ya no tan polvorientos caminos.

Los esqueletos de árboles centenarios, que antes culminaban la cima de la loma, mostraban ahora sus nuevos ropajes de hiedras y helechos. Las ardillas de los bosques cercanos, atraídas por tanto recoveco, ocupaban literalmente los troncos de los árboles, y toda oquedad, quedó así, de repente, habitada.

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Pronto se dieron cita en Lomapelada, animales de más entidad. Pequeños cérvidos, y mamíferos de menor tamaño, compartían rutas de viaje sobre nuestros propios pasos.

Esto facilitaba todo mucho más. Era como si la comida viniera a nosotros. Apenas nos teníamos que alejar de Lomapelada para llevar a cabo las ahora sencillas cacerías.

Nuestra manada creció hasta tal punto, que una parte de ella, casi la mitad, tuvo que emigrar a través de la frondosidad de los nuevos bosques, hacia la parte mas alejada del valle.

Continuará...

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¿La soledad de una isla?...

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Hurano

La soledad del viento sí que suena de lo más sublime.
Ese viento recorriendo el mundo.
Extinguiendo cada hueco en nuestro cuerpo y llenándolo todo con su vida.
Y con su ruido.
Porque el viento, puede hacer mucho ruido...pero a mí no me asusta.
Tan sólo es su presencia entre mis poros, la que redunda entre mis carnes descarnadas.

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