Yo, lobo.-
Eran dos bellos animales, aunque sus nombres desmerecían tanta nobleza. Estas son algunas de las aventuras que tuvieron que sortear para poder sobrevivir en un mundo en la que el único enemigo, era el hombre.
Merdento tenía el lomo pelado en la parte más alta debido a una huída inesperada de un corral de gallinas cercano. La larga cicatriz que surcaba su espalda, le delataba en las noches de luna llena. Su aspecto lastimero adjudicó su nombre.
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Pesadelo, sin embargo, era otra cosa. Su porte no distaba tanto como parecía de la de Merdento. Pero su brillo le otorgaba rango de líder. Eso, y el gesto de su rostro, agresivo y amenazante hacían de él un perfecto compañero para andar al acecho a las mansas presas, que quedaban petrificadas ante su figura.
Era entonces cuando Merdento se dejaba ver. Aparecía despacio, de entre las brumas, resoplando una nube de aliento que disimulaba sus rasgos. Esos rasgos malévolos, si es que un lobo puede serlo. Elegía su presa implacablemente, husmeando y olisqueando mientras Pesadelo sembraba de pánico los ojos de sus víctimas. Estas, inmóviles, contemplaban cómo de su rebaño desaparecía algún miembro.
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Eran buenos tiempos. Los rebaños de ovejas eran transportadas a través de sus pequeñas extensiones. Mientras, desde lo alto de Lomapelada, gestionaban con los ojos futuras cacerías aquí o allá.
Este estratégico puesto de vigilancia, había tenido un pasado más glorioso que lo pelado que ahora se mostraba. Pero el incendio arrasó todo. Tanto, que después de estos años, aún no ha crecido nada.
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Dicen los pastores, mientras cuidan de los rebaños, que cuando cayó el rayo que provocó el incendio, se reunían en los altos de la loma las doncellas de la región en torno a una gran hoguera. Sólo una noche al mes, las de luna llena. Pero sus cantos mientras bailaban, atravesaban aquellas tierras de norte a sur, y de este a oeste, sembrando temores ancestrales.
Las jóvenes doncellas desaparecieron todas y nunca nadie volvió a subir a lo que se pasó a llamar: Lomapelada. La región se sumió en una profunda tristeza. Todo normal.
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Nosotros, los lobos, pasamos a representar tanta desdicha. Se nos perseguía por toda la comarca. Incluso a regiones colindantes llegó tal injusticia. Nos acorralaban en desfiladeros por los que se despeñaban docenas de compañeros de manada. Nuestra población se vio diezmada en sólo meses. Había preocupación, y fue en ese momento cuando me convertí casi sin querer, en el líder de lo que podría ser algún día, una manada.
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Me encontraba en la parte alta del monte, cuando escuché un aullido lastimero de un lobo muy cerca de allí. Fue fácil dar con él a pesar de la noche, ya que sus quejidos eran de lo menos discreto para los tiempos que corrían.
En efecto, cuando llegué era demasiado tarde. Un pastor había acudido ya a revisar una de sus trampas para lobos, que estaban repartidas por todo el bosque. Era muy difícil descubrirlas antes de que ellas te encontraran a ti. Ibas deambulando por los caminos de siempre y de repente, ¡zap! , uno de esos cepos horribles se aferraba a alguna de nuestras delicadas patas y quebraban nuestros huesos como si fueran ramitas secas. Así, pude ver como daban caza a Huyelejos.
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Huyelejos había sido uno de mis mejores amigos cuando era tan sólo un cachorrito. Su timidez y el paso de los años, le habían convertido en un lobo solitario, esquivo y peligroso, ya que su avinagrado carácter era reflejo de puro miedo, y el miedo siempre es peligroso porque te llena de un valor imprevisible.
Impasible, el pastor cazador, descerrajó un tiro con su brillante escopeta de cartuchos en la cabeza de Huyelejos. Aquella imagen ronda aún hoy en mi memoria provocando un miedo que sólo yo conozco y disimulo. Aunque creo que a estas alturas, todos disimulamos.
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En ese momento, pasamos a rehacer la manada y establecer una jerarquía como siempre la habíamos tenido. Rehicimos todas nuestras rutas para escapar de la sabiduría y experiencia de los pastores, que conocían nuestros caminos, plagándolos de trampas y extraños artilugios que nos atrapaban en agujeros, o cepos, o lazos hechos con ramas que nos elevaban por los aires dejándonos suspendidos de algún árbol.
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Nos alejamos de caminos y cañadas para no tener la tentación de los rebaños ante nuestros hocicos. Abandonamos nuestros territorios de caza entregándolos por completo a aquellos absurdos animales de los que nos alimentábamos, para que campasen y pastasen de una forma relajada.
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Un día escuché a unos cazadores, hablar de lo rica que estaba la carne de sus ovejas desde que nosotros cedimos los territorios. Menos correosa, comentaban, y mucho más tierna, dónde iba a parar. La ausencia de miedo obraba el milagro.
Aquel comentario me hizo comprender que hacía falta un verdadero líder, que sacara a la manada de aquella racha oscura y de hambre.
Lo primero que hicimos fue buscar un lugar dónde establecer nuestras guaridas, pero antes, había que resolver un par de asuntos.
Bueno, que se sepa que a partir de aquí, iba a ser la segunda parte...pero se le ha ido la olla al "control+c" y ha salido sin querer. Como J.Ignacio ya lo ha visto...ya no la quito (espero que no se haga largo. Odio los tochacos)
. (intermedio)
Los otros machos de la manada, veían en mi actitud un plan para hacerme con el liderazgo de la región. Nada más lejos de la realidad.
Primero tuve que limar diferencias con un lobo de pelo encrespado llamado Muelas. Era ridículo, tener que pelear para poder salvarnos. Pero tenía que hacerlo, es nuestra ley. Mediante una pelea, a veces a muerte, decidíamos un vencedor que pasaba a ser, automáticamente, el líder.
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Pero eran malos tiempos en el mundo nuestro, el de los lobos. Cuando terminó aquella batalla, hubo otro lobo que me hizo frente: Merdento.
Al principio pensé que se trataba de una broma de mal gusto, dadas las circunstancias. Pero enseguida comprendí que otra encarnizada lucha se avecinaba.
Con el viejo Muelas llegó a resultar relativamente sencillo vencerle sin poner en peligro su vida, pero con Merdento se antojaba que no sería tan fácil. La lucha habría de ser a muerte. Pero en ese instante tuve una idea que lo cambió todo.
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Después de una gran reunión con toda la manada, incluidos los cachorros, que no eran muchos, decidimos compartir liderazgo y repartir el nuevo territorio en dos partes. Una sería la dedicada a la caza, que era una gran extensión localizada a mucha distancia de las guaridas, con objeto de no ser descubiertos fácilmente. Harían falta al menos dos cuadrillas de caza para ser eficaces a la hora de alimentar a una mermada manada.
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La otra, debía ser por necesidad, la zona de ocultamiento. Sí, los lobos nos tenemos que ocultar de los ojos de los hombres que nos persiguen. Siempre fue así. Y el sitio perfecto era Lomapelada. Una pequeña elevación en mitad de un valle enorme, salpicado de pequeñas poblaciones y aislados bosques a los que resulta muy difícil llegar en sigilo.
Lomapelada sembraba el desconcierto entre los hombres, que ni siquiera se acercaban a ella. Tenían miedo…oíamos decir de sus bocas.
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Por el contrario, para nosotros resultaban perfectas las cicatrices que el incendio dejó años atrás en el pequeño altiplano. Grutas y piedras servían de guarida para amamantar a una nueva generación de cachorros que estaba por venir. Si todo salía bien, nuestra mermada población crecería notablemente en los próximos años de prosperidad.
Resultó ser todo un acierto compartir tan ardua tarea con Merdento. Su linaje era de una nobleza excelente. Y su sabiduría crecía por días en el fantástico caldo de cultivo que resultaba de tanta precariedad. 
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Yo por mi parte, patrullaba casi siempre solo, ante la incapacidad de otros miembros de la manada para seguirme el paso. Eran tiempos difíciles y no había lugar para contemplaciones. O seguías el ritmo o tu vida corría serio peligro.
En esta labor de vigilancia y patrullaje, era el mejor. Está mal que sea yo el que lo diga, pero era así. Mi función era importante ya que de mi éxito, dependía gran parte de las capturas que Merdento llevaba a cabo con su manada de cazadores.
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A veces, cuando teníamos que ser invisibles, me hacían participar en sus cacerías ya que mi sola presencia, convertía en corderitos a las ovejas, y no eran capaces de emitir el más mínimo balido. Esta era una de nuestras mejores armas, ya que podíamos entrar en establos y corrales sin que las presas nos delatasen. Cuando el pastor descubría la falta de una de sus ovejas, era demasiado tarde para encontrar huellas que delatasen nuestro escondite. Cosa que no pasaba con la dirección que escogíamos en nuestra huida. Esta, era seguida por nuestros captores, lo que en ocasiones convertía nuestro regreso a casa, en un enorme rodeo de varios días. Pero el resultado era obvio, no daban con nuestro escondite.
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En medio de este aparente estado de relajación, la vegetación regresaba poco a poco a Lomapelada. Primero fueron pequeños arbustos que lindaban a ambos lados de las rutas por las que avanzábamos casi siempre a hurtadillas. Luego una capa verde de algo parecido a la hierba que comían las ovejas y que tan ricas las hacía resultar a nuestros licántropos paladares. Por fin, aparecieron aquellas varas que despuntaban por encima de los arbustos y que muy pronto, darían sombra a los ya no tan polvorientos caminos.
Los esqueletos de árboles centenarios, que antes culminaban la cima de la loma, mostraban ahora sus nuevos ropajes de hiedras y helechos. Las ardillas de los bosques cercanos, atraídas por tanto recoveco, ocupaban literalmente los troncos de los árboles, y toda oquedad, quedó así, de repente, habitada.
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Pronto se dieron cita en Lomapelada, animales de más entidad. Pequeños cérvidos, y mamíferos de menor tamaño, compartían rutas de viaje sobre nuestros propios pasos.
Esto facilitaba todo mucho más. Era como si la comida viniera a nosotros. Apenas nos teníamos que alejar de Lomapelada para llevar a cabo las ahora sencillas cacerías.
Nuestra manada creció hasta tal punto, que una parte de ella, casi la mitad, tuvo que emigrar a través de la frondosidad de los nuevos bosques, hacia la parte mas alejada del valle.
Continuará...