14 Jul 2008
Turquía, impresiones de un País. 2ª parte
La propiedad intelectual, tanto de los textos como de las fotos, pertenecen al autor, por lo que está prohibida la reproducción total o parcial sin expresa autorización.

El acceso está configurado por medio de largos túneles, muy estrechos y bajos, por los que hay que andar agachados y en fila india, lo que dificultaba el asalto y facilitaba la eliminación del enemigo desde unos orificios practicados en la parte superior por donde golpeaban con facilidad con lanzas hasta disuadir al intruso, especialmente al llegar a un estrechamiento taponado con unas grandes piedras circulares de hasta

Las viviendas desarrolladas en las zonas altas de las masas volcánicas, son confortables y constan de varias habitaciones, incluso algunas con balcón o terraza, recubiertas en su interior, por alfombras multicolores, tanto las paredes, como los asientos o mesas excavados en la roca,

y como muestra de la hospitalidad de este pueblo, a nuestra visita a una de estas viviendas, lo primero que hicieron fue agasajarnos ofreciéndonos un reconfortable té turco, mientras se nos empapaban nuestros sentidos de un sentimiento de paz y soledad que nos traslada en el tiempo y produce una extraña sensación de tranquilidad y melancolía, tal vez por el cansancio o por lo desolado de una zona tantos siglos habitada por personas que tantas dificultades y persecuciones padecieron.

Los sistemas de almacenamiento de agua se solucionaron mediante pozos artesianos, tallados literalmente en la roca, y con hasta
El paisaje exterior, todo nevado con apariencia de ser una gran alfombra blanca, se tiñe de un color rojizo por los rayos del sol, cuando con la intención de reponer fuerzas, accedemos a una antigua Posada, convertida hoy en un buen restaurante mediante la reconstrucción de la primitiva de épocas pasadas, situada y usada en

Los techos de vigas de madera tallada, la configuración de los elementos nos recuerdan los numerosos mercaderes que la habitaron y que tantas aventuras protagonizaron en su época.
El servicio es eficaz y nos sirven en unos grandes platos de cerámica, con dibujos clásicos de Iznik (Nicea) tan delicados y artísticos que no nos resistimos a fotografiar.

Terminada la reposición de fuerzas culminando el almuerzo con un buen café turco, nos encontramos al salir con un paisaje rojizo, que se pierde en el horizonte, inmenso.

A pocos metros de nosotros, unas mujeres sentadas rodeadas de nieve, hacían labores confeccionando paños y tapetes para su venta. Próximos, unos cobertizos aguantando la inclemencia del tiempo, se presentan repletos de recuerdos para llevar, manualidades, trozos de minerales, pieles, etc.
Algo más tarde pudimos apreciar la destreza, la creatividad y la belleza, tanto en una factoría de joyas y trabajos con minerales y piedras preciosas, como en la fabricación manual de ricas alfombras, y de la propia seda, desde la cría de los gusanos, hasta el triste proceso para la obtención de la seda mediante la inmersión en agua hirviendo de los capullos con la crisálida viva dentro.
En fecha tan especial como es el fin de año, ignorantes de la cultura y costumbres locales, dudamos de cómo entraríamos en el nuevo año, pero nos sorprendió la organización de la celebración especial, para los occidentales, que también fue secundada por las gentes locales de la región de Capadocia. El lugar, una gran superficie circular culminada con una gran bóveda excavada en la roca volcánica a la que confluían ocho bóvedas o salones abovedados que, formando una planta estrellada, sirvieron para acomodarnos siendo los asientos y las mesas también de roca tallada, tapizados con cojines, manteles y alfombras,.

Sobre los manteles de telas hechas a mano, decenas de platos llenos de comidas locales cubrían las mesas junto a cuencos llenos de distintos frutos secos, destacando los conocidos pistachos, aquí de gran tamaño y buen sabor. Unos originales vasos sobre platitos de colores salpicaban de color las mesas, dispuestos para recibir el vino, el té, el café turco, o el raki, un aguardiente de fuerte sabor y graduación que sirve para acompañar las comidas agregándole agua, lo que le da apariencia de líquido lechoso de muy agradable paladar. La temperatura muy agradable en el interior, contrastaba con la nieve almacenada en el exterior que llevaba le termómetro hasta los 15 grados centígrados bajo cero.
El ambiente se animaba por momentos cuando los músicos comenzaron con el repetitivo ritmo de la música turca, seguida de todos los ritmos que tantas veces habíamos oído en los documentales de lugares remotos. Pronto, grupos de bailarines tomaron su turno con música del Cáucaso, después otros nos deleitaron con los bailes de los cosacos Rusos, dejándonos atónitos por su destreza y agilidad, posteriormente, también con ritmo trepidante, una bailarina nos mostró la famosa danza del vientre, compartiéndola con algunos de los asistentes, entre la simpatía del resto del público.

El raki localmente se bebe como acompañante de las comidas, pero en la fiesta lo tomamos sin limitaciones, la animación subía e incitaba al baile de las danzas de fuerte ritmo, a nuestro sentimiento, y que estremecían nuestros cuerpos y, unidos de las manos bailábamos al unísono sintiendo el sonido de los tambores en nuestro pecho mientras la danza repetitiva nos hacía caer en una especie de trance feliz.

Una interrupción nos sosegó y preparó para una exhibición especial, de tipo religioso, realizada por miembros de una congregación llamada de Los Derviches que, desde tiempos inmemoriales, realizan unas danzas en círculos, alrededor de una piel de cordero, girando también sobre sí mismo , con vestimentas blancas tras despojarse de unas túnicas negras representativas del mal, todo ello cargado de una fuerte simbología representando la piel de cordero al sol, los giros son los de traslación y rotación de los planetas, el blanco simboliza la pureza y el negro al mal que, tras despojarse de él, queda lo puro.
Casi a media noche vimos como alguien había conseguido unas cestas de uvas y las distribuía por las mesas, lo que nos produjo gran nostalgia a la vez que alegría.
Como deferencia a los occidentales, cuando en España eran las 11 aún, sonaron las campanadas y, todos de pié, cumplimos con el rito y brindamos una vez más con el famoso raki, lo que nos ayudó para salir al exterior para, entre gran alegría, risas y algo de nostalgia, asistimos a unos fuegos artificiales en conmemoración del año nuevo, lo cual no consiguió calentar el ambiente lleno de blanca nieve y brillante noche.
La fiesta siguió hasta altas horas de la noche, entonces ya cansados y embriagados de música y bailes, nos desplazamos a nuestros respectivos hoteles, de amplias habitaciones y confortables calefacciones, televisión vía satélite y el máximo de comodidades.

A nuestro regreso hacia Estambul, hicimos una visita general a

En un lujoso hotel céntrico, tomamos el almuerzo que, como siempre, terminamos con un exquisito café turco en la sobremesa, café finamente molido y hervido en cazo de cobre al que se le añade el azúcar que el interesado ha indicado previamente por lo que no debe moverse una vez servido ya que deja una buena capa de residuo que debe asentarse antes de su degustación. A continuación seguimos el viaje en autobús durante varias horas, entre nieve, para llegar atravesando el gran puente colgante sobre el Bósforo, con sus
El cansancio empieza a desaparecer a la vista de tanta actividad, coches, tiendas, luces...tras un breve descanso en el hotel, el tiempo necesario para tomar una reparadora ducha y poco más, tomamos un taxis que, en unos cuarenta minutos, nos lleva a las puertas del lujoso hotel Mármara, lugar de cita con otras personas del grupo. Este hotel está situado en una zona céntrica y alta de
del Bósforo y El Cuerno de Oro, así de la misma zona donde está emplazado, la plaza de Taksim, donde confluyen calles peatonales, llenas de luces, de tiendas, de multitud de personas en todas direcciones, algunas de estas calles cubiertas como el conocido Pasaje de las Flores, formando un Centro lleno de restaurantes que intentan atraer a sus locales a los clientes ofreciéndoles vinos, postres o golosinas gratis hasta que al final, se sucumbe a alguno para tomar un exquisito Kebak de cordero con abundantes verduras y algún pescado local de fuerte sabor a mar.
Recorriendo estas calles, llenas de tiendas, fruterías repletas de verduras y frutas de gran tamaño, granadas como pequeños melones, puerros de más de un metro de longitud, castañas del doble tamaño de las que tenemos costumbre de ver, ect. comentándonos que las tierras comprendidas entre los ríos Tigris y Eufrates fertilizadas por el limo de los desbordamientos de ambos ríos, producen tres cosechas al año.

Curioso se nos presenta la forma de asar las castañas, de gran tamaño y semi peladas, de aspecto muy atractivo y de olor irresistible. Otros puestos, a pesar de ser medianoche, venden pescado fresco y reluciente, procedente del Bósforo. Otros presentan la multicolor combinación de los compartimentos de las especias, desprendiendo un peculiar olor que se dispersa por el entorno produciendo una sensación de exotismo oriental.
A pesar de la hora y del frío, es imposible resistirse a la tentación de adquirir algún reloj de marca famosa, algún perfume o algún bolso de alta gama, todos ellos perfectamente falsificado y a precios que no admitían discusión.
Para terminar la noche, nada más confortable que acudir a la sala de fiestas del hotel antes mencionado, de nombre Mármara, y a su planta 20ª desde donde es sobrecogedora la panorámica nocturna de
La noche se acaba y el agotamiento invita a tomar una ducha para relajarnos unas horas y levantarnos temprano para continuar conociendo esta apasionante Ciudad.
Por la mañana nos recoge una guía con un coche y su chofer, y comenzamos visitando el Mercado de las Especias, lleno de color y de olores exóticos ¡un espectáculo! En las proximidades se encuentra

Seguidamente tomamos un barco para hacer un micro crucero por el Bósforo, lleno de personas y también de vendedores, nos acomodamos protegidos del viento y vemos pasar antes nuestros ojos la ciudad, mezquitas, palacios como el de Dolmabahce,

de mediados del XIX dando al Bósforo una fantástica fachada de

La mesa se llenó de multitud de platitos cada uno con una especialidad distinta que, pronto empezaron a circular entre los comensales. Los sabores agri-dulces se mezclaban con los ácidos o casi agrios de los quesos o las ensaladas con yogur. Los colores de las presentaciones forman un conjunto armónico que tapizan el blanco mantel de alegres variedades que son un gozo para la vista y un deleite para el paladar. El vino, blanco, suave y transparente es un buen acompañante de la dorada que, seguidamente, nos ponen, de carne tersa y blanca y de muy agradable sabor a mar. Los postres, de frutas naturales exquisitamente combinadas, aligeran un poco la ingesta y preceden al esperado café turco, dulce y fuerte y con un dedo de pozo que garantiza un aroma especial y un sabor muy estimulante.
Para hacer más fácil la digestión, nos trasladamos a la zona más alta del entorno, desde donde nos quedamos impresionados al ver una panorámica de la ciudad, el Bósforo, las edificaciones más emblemáticas, los minaretes, las mezquitas y algún cementerio de pequeñas dimensiones y pocas tumbas observando que proliferan este tipo de enterramientos por muchos jardines y colinas, justificado por no poder enterrar a los muertos en diferentes planos verticales, por cuestiones religiosas, y por no practicar las cremaciones por el mismo motivo.

El chofer, atendiendo una orden dada en turco por nuestra guía, nos condujo hasta una zona bajo el gran puente colgante entre Europa y Asia en la que se encuentra el Palacio de Beylerbeyi y a cuyos jardines accedemos pasando por un largo y húmedo túnel abovedado que, frecuentemente, es utilizado para exposiciones aprovechando las hornacinas laterales empotradas en los gruesos muros de ladrillos rojizos. Rodeado de jardines con multitud de magnolias y justo al borde del mar, se presenta majestuoso y espléndido, de sólida construcción en mármol y perfecta conservación.
Tras una breve conversación de Ozgül, nuestra guía, con los responsables del acceso, nos abren el palacio y nos hacen una seña para que accedamos a él en una visita privada y, nada más entrar, al acceder al recibidor, quedamos atónitos por su tamaño, por la majestuosa escalera, las gruesas alfombras sobre las que se hunden nuestros pies al andar y una espectacular lámpara de ricos cristales que, colgada de la bóveda central, preside la entrada.
La visita es una continua admiración, tanto por la edificación, como por el mobiliario, las alfombras, las lámparas todas de cristal tallado y, en algunos casos, con llamativos colores que a no ser por el entorno resultarían “chillones”, y que en su emplazamiento armonizan con el resto de los elementos. Se suceden salas, habitaciones y salones suntuosos, de gusto oriental y gran tamaño que se ambientan en la época y que, junto con las explicaciones que recibimos, nos trasladamos en la historia y percibimos las vivencias de los ocupantes de antaño.
Concluida la visita, estrechamos nuestra amistad con Ozgül intercambiando experiencias personales, familiares, religiosas, etc. y prometiendo volver a vernos, bien en nuestra casa, bien en Estambul donde nos es imprescindible volver algún día para vivir otra vez entre estas maravillosas gentes llenas de amabilidad y de bulliciosa vida.
El auto nos esperaba para trasladarnos dirección Europa, ya de noche, por lo que pedimos nos dejaran en el Gran Bazar, visita obligada de cualquier turista en Estambul, para hacer algunas compras y perdernos en sus calles cubiertas con bóvedas ricamente decoradas y repletas de tiendas y mercancías.
Nos despedimos con cierta tristeza y caminamos relajadamente en dirección al gran Centro de Compras compuesto por unas 5.000 tiendas en su interior, y por innumerables en el exterior, en el camino buscamos una oficina de cambio de moneda e hicimos una parada en unos aseos públicos “turísticos”, creemos que por estar empotrados en una antigua muralla, sucios, mal olientes, descuidados y donde nos cobraron 500.000 liras turcas por persona, por su uso.
La entrada al Gran Bazar aparece ante nosotros como si de un Arco del Triunfo se tratara, majestuosa y rodeada de cientos de vendedores, en puestos provisionales unos y ambulantes otros, todos intentando vender las mercancías antes de que las personas accedan al recinto, retícula de calles cubiertas donde se hacen competencia las miles de tiendas establecidas, llenas de géneros de multitud de colores y de gran variedad de especies, desde ropas, latón o especias.

A los lados de la gran puerta por la que accedemos, dos guardias, provistos de detectores de metales, custodian por la seguridad del recinto, al menos de una forma disuasoria, pues se limitan a mirar discretamente y pasar desapercibidos sin otro tipo de intervención.
Paraíso para algunos y martirio para otros es lo que supone el Bazar, con abrumadoras ofertas e innumerables, repetitivas y continuas preguntas como: ¿Italianos?...¿Españoles?...¿Quieres ver...? y ofrecimientos de descuentos fabulosos, de vasitos de té o de aromático café turco.
Las calles, cruzándose perpendicularmente las principales con las secundarias, con dibujos policromados en las paredes y en los techos, están clasificadas por tipo de mercancías, así en la principal están las joyerías con diseños de gran fantasía y originalidad, verdaderas obras de arte en plata, oro y piedras preciosas. Adquirimos varias piezas, siendo muy original y propia de la zona de Anatolia, una pulsera de unos
El regateo es obligado tras la degustación de té turco, de manzana o café ofrecido por cada comerciante, después de una relajada y amable conversación, llena de simpatía y cordialidad, preámbulo de la transacción comercial que interesa en ese momento.
Un sin fin de objetos de regalos, bolsos de grandes marcas, prendas, degustaciones de pastelillos, venta de té, café, especias...oro, plata, antigüedades, ect. colapsan nuestros sentidos que no saben donde mirar ni qué hacer. Legados al agotamiento, buscamos una puerta concreta para salir en la dirección que nos interesa y, al salir, descubrimos que en los alrededores se encuentran instalados un número impensable de tenderetes con todo tipo de cosas, artesanos trabajos en cobre, bronce, móviles, artículos de electrónica, prendas de marcas conocidas, colonias de altos precios en ofertas irresistibles, todas evidentemente muy bien falsificadas.
El paseo hacia el hotel ¡una liberación! La temperatura baja, la calle de ancha acera, relajada, el aire puro y libre de la opresión de las ofertas, nos serena y complace.
A la llegada, el conserje de puerta, con librea y chistera negra que le dá una apariencia como tenebrosa, se apresura a abrirnos la puerta y, solícito, nos alivia del peso de las compras, apreciando entonces el esfuerzo realizado.
Descansamos algo mientras mirábamos las tragedias que ponían en la televisión pero, como la vida del turista es dura, a la hora acordada acudimos a la cita con unas compañeras de viaje para cenar juntos y explorar una zona de restaurantes que se asoman al llamado Cuerno de Oro. La zona en sí ya constituye una atracción, las calles iluminadas por miles de pequeñas bombillas, dan un ambiente navideño a estas calles peatonales, repletas de restaurantes cuyos representantes ofrecen gratis bebidas, postres, café, etc. para que acceda a su local, con amplias marquesinas y ambiente festivo. Tras rechazar cientos de invitaciones, accedimos a uno, conocido por nuestras amigas, y que, como los turcos, en general, cuando has sido cliente anteriormente, te tratan de una forma más amable y especial, con precios más ajustados que ya no hacen necesario el regateo tan exhaustivo, siendo objeto de múltiples atenciones y de detalles especiales. Curioso fue que nos quitaron los abrigos y se los llevaron al guardarropas, casi en contra de nuestros deseos, por agradar, claro, y nos colocaron las servilletas a cada comensal en la forma que tiene costumbre el restaurante. Nos obsequiaron con una botella de vino blanco frío, bastante bueno, mientras nos llenaron la mesa de entremeses de todo tipo, mientras degustábamos aquella variedad gastronómica, casi toda aderezada con salsa de yogur, seleccionamos el plato principal entre varias especialidades casi todas compuestas por pescados del Bósforo, casi vivo y de delicioso paladar.

La presentación perfecta y los sabores peculiares y muy agradables. A continuación, los postres, con una presentación estética impecable, compuestos con frutas naturales para cada comensal, y una fuente común para todos por gentileza del propietario del local.
Junto a nuestra mesa, seis hombres turcos degustaban gigantescas “bocas rusas” dispuestas en una formación con apariencia de fuente, entre verduras y cascadas de grandes langostinos, que al principio confundimos con un centro de mesa para pasar a la admiración al ver que se trataba de un plato elaborado como una verdadera obra de arte. Para acompañar estas delicias, la bebida popular llamada raki, servida en vasos largos presentando un líquido de apariencia lechosa resultado de mezclar el aguardiente con agua fría, de agradable sabor dulzón que ayuda a digerir los alimentos. La noche se animó y llamaron a unos músicos que amenizaron la cena con extraños instrumentos y fuertes cánticos locales.
El público, terminando sus cenas, fueron abandonando el local en el que quedaron sólo dos mesas ocupadas, la de los turcos y la nuestra. Los primeros, animados por el raki, empezaron a bailar sosteniendo en la cabeza uno de los vasos con la bebida incluida, sin derramarla, mientras que los músicos, que tomaron asiento entre los lugares libres de nuestra mesa y la de ellos, subían de tono sus cánticos que nos inundaban y contagiaban de ritmo y música, trasladándonos en nuestra imaginación al sitio donde se encontraban nuestros cuerpos, recordándonos que ese sueño lo vivíamos en la realidad, aunque se nos hacía difícil comprender tanta fantasía hecha realidad.
Al té de manzanas también fuimos invitados y, cuando salimos de nuestra fantasía, fuimos vestidos y preparados amablemente, entre frases de agradecimiento y de buenos deseos, para afrontar la lluvia que caía en la noche iluminada por cientos de bombillitas, alegría y admiración. Iniciamos un paseo bajo los paraguas, cuesta arriba y sorteando los ríos de agua que bajaban desde el comienzo de la calle, dirigiéndonos hacia el hotel donde, a nuestra llegada, el conserje repite otra vez el rito de cortesía y amabilidad, con su levita, chistera negra, sonrisa abierta...
Así sentí Turquía.
10 Jul 2008
Egipto, impresiones de un País. Parte 2ª
Egipto, impresiones de un Pais.
2ª Parte
La propiedad intelectual, tanto de los textos como de las fotos, pertenecen al autor, por lo que está prohibida la reproducción total o parcial sin expresa autorización.
En el camino miramos la franja cultivada a las orillas del río, con grandes palmerales y cultivos de coles de gran tamaño. La circulación es caótica para nosotros, y nos cruzamos con varias furgonetas, que hacen de taxis y que, además de las personas que van dentro, llevan otras que se sujetan en la parte trasera en el exterior, al aire libre.
Llegamos a Luxor y nos trasladan a un Hotel céntrico para estar allí hasta la hora de partida hacia el aeropuerto. En pocos minutos, localizamos los equipajes y quedamos libres para caminar. Comenzamos por una avenida importante donde se ubican muchas tiendas en las que adquirir aquellos regalos y recuerdos que teníamos pendientes.
Pasadas las 7 de la tarde pensamos en cenar y, no viendo ningún establecimiento adecuado, nos ponemos de acuerdo e inspeccionamos el hotel.
Es bastante grande, con cómodos salones, jardines y varios restaurantes, en uno de ellos ofrecen buffet libre, muy bien instalado y con gran variedad de alimentos para escoger. Concertado el precio verbalmente, accedimos al comedor y repusimos fuerzas y calmamos el apetito.
El traslado al aeropuerto se hizo corto, tomamos nuestros numerosos y pesados equipajes y, haciéndonos un grupo compacto, intentamos acceder al recinto.
Una gran masa de personas nos empujábamos las unas a las otras, las maletas se quedaban trabadas, las voces y la impaciencia era el sentir general. Unos ejecutivos intentaron acceder antes que los demás, pero la vociferante multitud se lo impidió.
El avance era milimétrico y se estrechaba hacia una sola puerta equipada con un escáner y donde se procedía al cacheo y revisión de bolsos de mano. El interminable camino de
Al fin pasamos nuestras pertenencias por la cinta transportadora que las introduce en el escáner de equipajes, en su salida no aparece todo lo que entró, lo que provoca reclamaciones, preguntas, desinterés, etc. hasta que aparece un canuto de cartón de un metro de longitud, contenedor de varios papiros que, al parecer, no tenían mucho interés en devolver.
Nos entregan varios billetes de embarque en los que da igual los nombres que figuran, ni el número de vuelo es el definitivo, ni tiene porqué ser el vuelo que anuncian las pantallas informativas, etc. por lo que optamos por preguntar a unas personas del servicio que nos indican la puerta de embarque.
Los intentos de salir al exterior para coger el autobús que nos llevará al avión, son numerosos. Cada rumor, todo el mundo se pone de pié intentando salir sin éxito, por lo que teníamos que volver a nuestros asientos hasta el nuevo intento.
En las pantallas informativas se proyectaban capítulos de una novela interminable, en árabe, ambientada en época antigua y con precarios actores y con muy mala interpretación.
Cuando ya habíamos perdido las esperanzas, se nos invitó a pasar al exterior, por una puerta distinta, para conducirnos hasta el avión. Entramos por una única puerta situada en la parte trasera y, a duras penas, pudimos acomodarnos.
El avión estaba sucio, y no todo en él funcionaba. Algunos asientos estaban bloqueados y no era posible desplazarlos, algunas bandejas para apoyar las comidas, tampoco.
El vuelo no se hizo esperar más y partimos, entre nuestra admiración y duda, hacia El Cairo. La comida que nos ponen no es de nuestro total agrado y, en una hora llegamos al gran aeropuerto de
Nuevamente empieza el caos y la búsqueda de nuestros equipajes. Todo aparece y comienza la búsqueda del autobús que nos trasladará al hotel,
El guía desaparece entre la multitud que impide el paso normal de las maletas y relentiza el caminar. Entre un centenar de autobuses, gritos, maleteros que intentan ayudarte por 1 euro, vemos a algunas personas del grupo, lo que nos tranquiliza en algo y nos hace más pacientes hasta el total embarque de las maletas.
Es de madrugada y tenemos que esperar la aprobación, para continuar, por los militares del aeropuerto. Al fin partimos y empezamos a ver una gran ciudad que no descansa, se ve viva, con gran circulación a pesar de la hora, y las plazas y los mercados, llenos de gentes y de brillantes luces. La temperatura ya no es la del sur, hace mucha humedad y se llega a tener 1 o 2 º C por la noche, aunque por el día se llega a 25º C.

El hotel aparece ante nuestros ojos con su gran fachada frontal constituida por un palacio construido en el siglo XIX para albergar a Eugenia de Montijo cuando acudió a la inauguración del canal de Suez y, en los laterales dos edificios de 20 plantas apoyan un gran semicírculo donde se sitúan los jardines, comedores bajo carpas, piscinas, etc. Con casi 1.200 habitaciones y 14 restaurantes y una decoración palaciega, nos encanta el aspecto y, en pocos minutos, nuestros equipajes aparecen en la habitación, mientras tomamos una reconfortante ducha y miramos el paisaje a través del frente de cristal que da acceso a la terraza y que nos deja contemplar desde la planta 7ª, un Cairo distinto de nuestra concepción previa, lleno de rascacielos, jardines, luces y, en primer plano, la torre de comunicaciones con sus
Pocas horas tenemos para descansar, pues estamos citados a las 7,30 para visitar las pirámides, en el distrito de Gizeh.
El hotel es una pequeña ciudad y nos cuesta algún tiempo el llegar al restaurante donde estaba previsto nuestro desayuno. El ambiente es fantástico y muy dinámico, la decoración y el lujo hacen un perfecto marco para el gran buffet preparado, con todo lo imaginable en gran abundancia. Nos llama la atención la preparación de gruesos y apetecibles filetes de ternera a la plancha, a petición del comensal, huevos preparados de diferentes formas, frutas, cremas, fiambres, mermeladas, etc.
Nos apresuramos para cumplir con el horario, caminamos hasta el autobús que nos conducirá hasta los monumentos y nos situamos en él, acto seguido se nos presenta el guía que nos acompañará a las pirámides, con un buen Castellano, con voz femenina graciosa y exagerados gestos. Nos cae simpático y comienza explicándonos la ciudad donde se mueven 21 millones de personas y 4 millones de coches, normalmente muy viejos y con pocos elementos en funcionamiento, y que circulan sin tener en cuenta los semáforos, ni los pasos para peatones, ni encender las luces de noche, ni los sentidos de la circulación....en un caos que dominan tras años y años de experiencias y vivencias en el que no vimos ni un solo atasco ni accidente.
Como todo es a lo grande, nos concreta que el paso elevado por el que circulamos, constituye un puente de
Delante de nosotros aparece la silueta de una pirámide que se nos hace de mayor tamaño conforme nos aproximamos.
Al llegar se hace famosa la frase del guía pronunciada con tono forzado y con mucho deje: ¡vamos todos y todas...! Con regocijo bajamos y, estupefactos, no podíamos dejar de levantar nuestra vista para contemplar tan majestuosa obra.

Tenemos delante
En un lateral, una construcción auxiliar da cobijo a una de las barcas encontrada en las inmediaciones, de gran tamaño, que transportaría el alma a través de la muerte.
En un segundo plano y con la apariencia de ser más alta, sin serlo, se levanta la pirámide de Kefrén, caracterizada por ser la única que conserva en la zona de la cúspide, el recubrimiento original. Esta pirámide tiene las primeras filas de bloque de piedra, tallados en granito rojo. En algunos casos, las uniones entre los bloques son perfectas, pero no siempre, pues hay zonas en que la colocación parece que no guarda un orden, por el deterioro padecido a lo largo del tiempo.
Unos policías, montados en camellos, custodian estos lugares, además de otros a pie, todos ellos mostrando sus generalizadas ametralladoras.
Uno se nos acerca y, con simpatía, entabla conversación y se ofrece a que nos hagamos fotos junto a él, ante las pirámides. Accedemos y después nos invita a que paseemos por el perímetro de la gran base sin problemas, lo que agradecemos con caramelos y unos bolígrafos, por lo que nos muestra su agradecimiento.
Al retirarnos para obtener mejor perspectiva, aparece en un tercer plano una pirámide más del grupo, la de Micerinos. Igualmente majestuosa y estática pero de menor altura, se alza recortándose en el azul cielo y completa el conocido conjunto monumental. Pequeñas pirámides de personas próximas al faraón, se aprecian en las cercanías de las mayores.
De nuevo suena la voz: “ ¡vamos todos y todas...!” convocándonos para desplazarnos a ver

El cielo se nubla parcialmente, lo que confiere una gran belleza añadida al conjunto monumental. Recorremos varios puntos de vista a lo largo de la gran escultura, guardiana del valle, y visitamos el templo del Valle de Kefrén, así como la zona donde se realizaban las momificaciones, no dando crédito a estar in situ, pareciendo que hemos sido transportados en el tiempo a tan sobrecogedor lugar.
Son múltiples las fotografías que tomamos desde distintos puntos y ángulos, mientras unos pequeños niños se nos acercan, insistentes, vendiéndonos pañuelos, postales, figurillas, etc. esquivando las miradas de los militares que, de verlos, los expulsan de malas maneras para que no molesten a los turistas y por temor a un posible atentado, tal como ocurrió en 1.997 en el templo de la reina Hatshepsut, próximo a Luxor, que produjo 59 muertos y que mermó considerablemente la afluencia de turismo y, en consecuencia, los ingresos económicos del país.
A la vos de ¡ vamos todos y todas...! partimos hacia el hotel y, en el camino, nuestro guía para las pirámides, se despide muy educadamente mientras pasamos por barriadas periféricas con edificaciones sin terminar, ya que es costumbre vender los pisos o casas en los ladrillos, sin enfoscar ni enlucir ni pintar, y cuando los compradores van pudiendo, los van terminando o no en el caso de ser inquilinos, con ello se consigue un bajo precio de coste del inmueble y los hacen asequibles a un mayor número de población que, en otras circunstancias no podrían adquirirlos.
Debido a la pobreza, casi nada se tira si tiene alguna posibilidad de futuro uso, por lo que se suele ver grandes masas de muebles en desuso y otros utensilios, amontonados en las azoteas, lo que también sirve para cobijo de aves y roedores. En el camino también vemos viejas tiendas de animales vivos, con altas jaulas de madera con pavos y gallinas en su interior, y carnicerías que muestran su género, corderos recién sacrificados, colgados de las marquesinas en plena calle.

Ya en el hotel, nos hace ilusión el comer en un restaurante de grandes lámparas de cristal, ricos artesonados policromados espléndidamente restaurados, lujosas cortinas, muebles de marquetería y brillantes suelos de mármoles de colores. La comida está en sintonía con el entorno y es muy buena, tanto en calidad como en presentación, y hasta conseguimos que nos hicieran un buen café spresso después de tantos días sin saborearlo.
Aprovechamos el tener algún tiempo libre para cambiar algo de dinero a moneda local (libras egipcias) en el banco abierto 24 horas dentro del mismo hotel, y para pasar la memoria de la maquina de fotos a cd , como seguridad, en una tienda de la galería comercial situada en la planta baja.
Al oscurecer salimos para hacer una visita general de la ciudad en autobús, parando para ver el gran monumento erigido para señalar y recordar la muerte en atentado, mientras presidía un desfile militar, de Mubara, continuando hasta la zona medieval de Khan El Khalili, bajando en la puerta de una mezquita que con las puertas abiertas, lucía un suelo armónicamente alfombrado con colores predominantes como el rojo y el marrón y, colgando de sus bóvedas, cientos de relucientes y brillantes lámparas de cristal. Los fieles oraban en el interior.

Khan el Khalili es un inmenso zoco de estrechas calles, miles de pequeñas tiendas atestadas de mercancías multicolores, zapatillas, pañuelos, pipas de cristal, especias, etc. se sitúan unas junto a otras y miles de personas fluyen por las angostas calles, entre los gritos de los vendedores y los de aviso por llevar pesadas mercancías. Parece imposible el acceder o el trasladarse en tal aglomeración, el asedio de los vendedores de todo tipo de cosas entre miles de luces sobre nuestras cabezas , sin embargo todo fluye armónicamente y, además de todo ello, se encuentran instalados veladores de forja y mármol, en las puertas de los cafés, en plena calle, con sus correspondientes sillas, casi unas encima de otras y donde parece que es imposible hasta respirar.
El acoso por vender cualquier cosa prosigue, mientras ocupamos varias de las mesas de uno de los cafés, entre las que aún caben unas pipas de agua, fabricadas en cristal, muy decoradas con motivos florales, sobre las que guardan equilibrio las brasas, que ponen a menudo, y sobre las que sitúan un recipiente por el que se expone el tabaco al fuego, y cuyo humo es conducido hasta un depósito inferior que contiene agua, a través de la cual, el humo circula tomando humedad y suavizándose, llegando por una larga goma hasta el fumador.

También queda espacio para situarnos una mesa auxiliar, con tapa circular de bronce repujado, sobre la que pronto nos sirven casi una docena de viejas teteras, desconchadas, unas blancas, otras rojizas, algunas decoradas con pinturas, algunas con alambres sujetando las tapaderas, en su interior un oloroso té esperaba en maceración. Sobre la mesa, unos vasos llenos de ramas de hierbabuena y unos cuencos con azúcar, completan el espacio de la pequeña mesa.
Como por milagro, una gran paz se sentía en aquel café y empezamos a gozar contemplando el entorno desde nuestra posición, todo lo que acontecía a nuestro alrededor, sin sentir la estrechez ni el agobio. Era una fantasía lo que contemplaban nuestros ojos, niños con grandes jaulas llenas de panes recién hechos, personas portando en sus manos animales para vender, vendedores de juguetes que se empujaban con otros de joyas o relojes, tal vez de collares, o amuletos, zapatillas o pañuelos.
Nuestra posición pasiva nos permitía empaparnos de tanta vida, color y luz, sin interferir en ello, sintiéndonos como en una burbuja relajante que nos aislaba de tan frenética actividad.
Como si todo fuera normal, vertimos el té sobre las ramas de hierbabuena y azúcar que contenían las vasos, y saboreamos el perfumado líquido, sorbo a sorbo, deleitándonos en el momento que vivíamos, mientras otros fumaban el aromático tabaco con sabores a frutas, y cuyo humo aportaba un dulzón olor al entorno.

Nos levantamos del café El Fishawy, el café de los espejos, miramos hacia su interior para admirar los numerosos espejos, enmarcados en tallados marcos de madera obscura y vieja, y nos llevamos la imagen en nuestras mentes para no olvidar aquel inigualable lugar.
Seguimos caminando por las angostas y concurridas calles, mirando a uno y otro lado, admirando el colorido y la variedad de las mercancías expuestas.

Ya en el autobús, nos dirigimos hasta un local donde, además de cenar, contemplaríamos bailes típicos. En la entrada, una mujer con pañuelo en la cabeza yace sentada ante un horno artesano. Con sus manos amasa una pequeña torta que introduce en el caliente horno para, en unos instantes, sacarla dorada, crujiente y apetecible, es el pan sin levadura, ácimo, que es consumido en todo el mundo árabe, y que nos sirven recién echo en la cena. Los entrantes están compuestos por ensaladas de varios tipos y sopas diversas. Seguidamente carnes al carbón con guarnición de verduras cocinadas y arroz

La exhibición acompaña a los postres, iniciándose con un grupo provistos de tambores y panderetas que, al son de alegres músicas, hacen las delicias de los asistentes. Les siguen los bailes, acompañados de unos pequeños platillos metálicos que tintinean entre los dedos de los bailarines que dan paso al baile de Los Derviches, con trajes multicolores que se levantan al son de los giros continuados, hasta alcanzar posiciones más altas de la cabeza del bailarín
Los giros y los sonidos de tambores, se prolongan durante más de 30 minutos, pareciendo imposible que una persona pudiera seguir guardando el equilibrio y tener tanto dominio de sus movimientos. A continuación actúa la bailarina con la danza del vientre, que es muy aplaudida por su actuación y por las bromas con el público.
Cansados por el ajetreado día y por la avanzada hora de la noche, marchamos hacia el hotel pasando con el autobús por iluminadas calles llenas de tiendas y de gentes, por plazas muy concurridas, llenas de vida.
Impresionante fue la visita al exterior de
El siguiente día en El Cairo queremos dedicarlo para visitar el famoso Museo de Arqueología Egipcia para lo que, tras el abundante desayuno, acordamos ir caminando.
La temperatura es bastante más baja que en días anteriores, y la niebla da un toque misterioso a los contornos de los edificios de la ciudad.
Para cruzar el brazo del río Nilo que nos separa del barrio donde se encuentra el Museo, accedemos a un puente elevado por unas escaleras metálicas que nos conducen a una avenida que necesitamos cruzar, lo cual parece una tarea fácil, pero no es así. Los pasos de cebra no se suelen usar ni respetar, los semáforos están para iluminar, pues no se tienen en cuenta, los coches no se paran cuando tienen delante un peatón, lo bordean y los coches próximos bordean al que cambió de dirección, tocando el claxon casi constantemente para hacerse notar, constituyendo el sonido un elemento de control, además del visual. Hicimos el intento de cruzar sin éxito, pues nuestros esquemas de comportamiento no son tan fáciles de sustituir. Pensamos que un grupo de personas juntas harían más masa y sería más fácil, esperamos a los demás pero, viendo los resultados, empezamos a vociferar para llamar la atención de alguno de los muchos militares que patrullan por todos los lugares. Nos comentaron que algunos se limitaban a reír asombrados por el comportamiento de los extranjeros.
Con alguna ayuda y mucha decisión, conseguimos nuestras intenciones y aparecimos en las inmediaciones del edificio de color rosa que alberga el museo.
Las calles son un hervidero de personas que circulan en todos los sentidos. Cientos de tenderetes presentan sus mejores mercancías y todo el conjunto causa fascinación mientras, a nuestro paso, vendedores ambulantes intentan colocarnos los más diversos géneros.

Accedemos a los jardines del museo reuniéndonos alrededor de una lámina de agua donde lucen erguidos verdes tallos de la flor de loto, como preludio del rico contenido del famoso museo.
El idioma hace difícil comprender las indicaciones pero, al final, conseguimos las entradas y nos obligaron a dejar depositadas todas las cámaras fotográficas
.
Antes de contemplar los vestigios físicos que contiene el museo, recordamos que los egipcios, ya en el siglo IV aC., tenían consolidada una organización social encabezada por el faraón, como mediador entre los hombre y Dios, y encargado del control de las crecidas del Nilo y, en consecuencia, de las cosechas que constituían la base de la vida del pueblo, así como también era el responsable de la seguridad del estado frente a posibles invasores, jerarquizando el ejercito y a los políticos encargados de la custodia de las leyes y orden. Ya, 700 años aC. Herodoto visitó Egipto y trajo a occidente el actual y vigente, Derecho Romano. Así mismo, inventaron y pusieron en practica, el derecho fiscal, y también fueron pioneros en el trabajar con la medicina, la astrología y las matemáticas.
La decadencia de este imperio se inició con Teodosio que, en el siglo VI dC. prohibió el culto en todos los templos paganos lo que, junto a la persecución de la religión egipcia y sus dioses por parte de los cristianos, y posteriormente por el Islam, hizo inevitable la decadencia extrema. En el ocaso del esplendor egipcio, los griegos fueron a recoger sabiduría de los templos de las orillas del Nilo, constituyéndose la base cultural de occidente, lo que nos identifica como la continuidad de esta antigua civilización. El estudio metódico de esta civilización (Egiptología) se inició en la época de Napoleón (1.798) y, con los datos obtenidos por las embajadas de estudiosos y las reproducciones de
El museo está organizado por periodos, y cada pieza causa admiración por su antigüedad y valor histórico. Hay mucho público y las piezas más conocidas son de difícil acceso. En general, el aspecto y la situación de todos los tesoros dan la sensación de almacenamiento, mas que de exposición. Las etiquetas están en papel de color marrón por el paso del tiempo, y muchas solo están escritas en árabe. Las vitrinas, bastantes antiguas, almacenan piezas valiosísimas unas pegadas a las otras, sin espacio ni separaciones. Sería deseable un museo 10 veces más extenso para albergar tantos tesoros y que se mostraran dignamente.
Impresionante es la sala dedicada a Tutankhamon , iluminada tenuemente, y con fondo negro, realza los preciosos tesoros de esta tumba y resalta la valiosa máscara de oro policromado de
Todo el recinto está lleno de joyas arqueológicas que necesitarían mucho tiempo para su contemplación, las momias, los sarcófagos, las esfinges, los adornos, los jeroglíficos...interminables.
Tras adquirir en la tienda de recuerdos un cd sobre la historia local, decidimos buscar un restaurante del que nos llegaron buenas referencias, de nombre Falfelá. El día era diferente, hoy una suave llovizna limpia el aire da un matiz distinto a toda la ciudad. Plano en mano, cruzamos las calles con más soltura que en ocasiones anteriores, aparte de que también se tratan de calles más estrechas, ya que son calles secundarias, lo que no implica que no hubiera riesgo ni emoción en tan osada acción.
Sin demasiados problemas encontramos el rótulo del nombre del restaurante, pero se trataba de un pequeño local de comidas para llevar, pero esa no era la información que poseíamos, por lo que preguntamos y lo encontramos a pocos metros. Amplio, bien decorado y con mucho público, nos acogen recibiéndonos amablemente y orientándonos para que la estancia fuera satisfactoria.

La comida fue servida en un comedor exclusivo para el pequeño grupo, en unas robustas y rusticas mesas de madera y bancos del mismo material, y estuvo compuesta por sopas, servidas en unas cacerolas de cobre brillantes y que, en realidad, eran guisos, pescados a la plancha y distintos tipos de carnes a la brasa, muy bien especiadas, y unos postres muy elaborados y con mucho sabor, predominando los sabores a leche y yogur. El café turco y el té cerraron el agradable almuerzo, propicio para estrechar amistades al amparo de buen sabor de la cocina egipcia.

Para pasar la tarde-noche quedamos citados en la entrada de la zona del mercado de Khan el Khalili para recorrer nuevamente sus calles llenas de tiendas, vendedores, mercancías y una multitud de personas comprando. En esta ocasión descubrimos nuevas calles donde adquirimos algunos recuerdos y nos empapamos de la vitalidad de aquellas gentes, de los olores a especias, a te, a café, a tabaco aromatizado, del colorido y del bullicio ambiente que envolvía todo nuestro entorno.
Agotados de tanta actividad, discutimos con varios taxistas el precio del trayecto hasta nuestro hotel, observando que era bastante superior al del mismo trayecto en sentido contrario, descubriendo que el precio se fija en función del lugar en el que se toma el taxi, dependiendo de la categoría de la zona, el precio será mayor. Una vez concretado los honorarios, circulamos deprisa, tocando el claxon del viejo coche casi constantemente, lleno de polvo, con el volante amarrado con unas cuerdas y con los asientos “ventilados” y móviles.
Al día siguiente, tras el desayuno, partimos en taxis, previo regateo del importe, dirección hacia
El aspecto de

En el interior de esta mezquita resaltan las contrastantes ondulaciones del alabastro que recubre todo, el suelo totalmente alfombrado predominando el color rojo, las altas cúpulas ricamente decoradas y las enormes lámparas concéntricas que nos recuerdan el interior de la de Santa Sofía en Estambul.

Con los zapatos en unas bolsas, y sintiendo el frío en nuestros pies del mármol situado bajo las alfombras, recorremos la gran mezquita, su altar, sus capillas y su púlpito al que se accede por una suntuosa escalera recubierta de rojizas alfombras y con artística balaustrada dorada.

En un patio interior, se puede contemplar la restauración de un reloj que nunca funcionó, regalo de Francia a Egipto por la sesión de piezas arqueológicas de gran valor.
Ya en el exterior se puede contemplar una espléndida vista de la gran ciudad y, en la lejanía entre la bruma, la silueta de las pirámides, símbolo de una civilización. Recorriendo
El regreso al hotel lo hacemos, tras el rito del regateo, en taxi, igualmente sucio, sin instrumento alguno funcionando y pareciendo un milagro el que aquello funcionara.

En el hotel recorremos diversos salones, todos palaciegos, con techos de maderas policromados o dorados, espléndidos candelabros y lámparas, así como suelos de brillantes mármoles haciendo geométricos dibujos, muebles de época y tapizados de paredes y cortinas a juego. En uno de estos salones, se encuentra uno de los restaurantes, en el que decidimos almorzar, pasando la sobremesa en una confitería donde tomamos café y pasteles locales, situada en una de las galerías del hotel.
Hasta las 6 de la tarde, nos permitimos un descanso en nuestra habitación, para después salir andando para conocer el entorno próximo al hotel, no sin antes abonar las deudas contraídas durante la estancia, para lo que tenemos que cambiar a moneda local (libras egipcias) en el banco, abierto las 24 horas y situado dentro del hotel.
A pocos metros del recinto ocupado por el hotel Marriott, comienza una avenida repleta de tiendas en ambas aceras, no son comercios turísticos, sino locales y habituales para los residentes, contemplándose la venta de aves vivas, pollos, pavos, palomas, etc. en unas altas, artísticas y viejas jaulas.

En otros comercios se presentaban filas de recién sacrificados corderos, colgados en las fachadas como si de una macabra exposición se tratase.
Las tiendas se sucedían las unas a las otras, y las calles transversales seguían presentándose llenas de joyerías, librerías, bares, comestibles, fruterías con cestas llenas de grandes y apetecibles dátiles rojos, así como alguna mezquita, a la que sólo se puede acceder por puertas y a partes distintas, para los hombres y mujeres.
En un comercio, encontramos sustitutas a nuestras maltratadas maletas, y adquirimos dos de gran tamaño y que, no de muy buena gana, nos cobraron en euros. En una joyería compramos recuerdos propios del país y, en una tienda especializada en antigüedades de una de las calles transversales a la avenida, unos bonitos papiros pintados a mano y firmados por sus autores, para regalar, y nos obsequian con ¡agendas magnéticas!
Muy relajante resulta el paseo por las calles y tiendas que se encuentran fuera del circuito turístico, pues se aprecia la diferencia en los géneros y en sus precios, así como la ausencia de los vendedores ambulantes y del acoso constante, pudiéndose pasear y contemplar el verdadero ambiente local.
La temperatura es agradable y en el claro cielo, luce una luminosa luna y cientos de brillantes estrellas que nos acompañan hasta que, de vuelta, recogemos las maletas adquiridas en nuestro regreso al hotel para pasar la última noche en Egipto
.
Al entrar pasamos nuevamente por el escáner y nos revisan las nuevas adquisiciones.
Esta noche tenemos previsto cenar en un restaurante, en el interior del hotel, bajo una gran jaima decorada al gusto local, y en cuya entrada hay instalada una barbacoa que propaga exquisitos olores producidos por la preparación de los kebak y otras carnes.

El interior del recinto está iluminado por guirnaldas de luces, y el color rojo predomina en el ambiente. Sobre un escenario, una pareja de cantantes entonan canciones árabes para amenizar la velada.
Con la sensación de estar en una gran tienda alfombrada en el desierto, nos acomodamos y pedimos la cena y, al poco tiempo, nos sirven los platos pedidos, entre los que destacan grandes bandejas con frutas variadas, peladas y puestas artísticamente, otras portan vistosas ensaladas en las que se juega con la colocación de los ingredientes por sus colores, bonitos tazones con calientes sopas y platos con kebab de cordero acompañados de arroz y ensaladas.
A los postres, por sorpresa, se improvisa una tarta con velas y se le celebra el cumpleaños a la menor del grupo que, sorprendida, recibe los regalos y apaga la vela entre canciones egipcias, platos multicolores en la bruma del rojizo color dominante bajo la carpa, probablemente un cumpleaños tan inolvidable como la noche fin de año.
Pasó el tiempo y nos fuimos retirando, dejando detrás nuestros sillones de mimbre, los cantantes, la gran carpa...
La luna desde su posición más alta y el entorno que nos rodea, parecen querer impedir que nuestro sueño se acabe en esta última noche en Egipto, despertando a la realidad, pero no se nos borraran las sensaciones vividas, los olores, la paz del deslizarse sobre las tranquilas aguas del Nilo, las aglomeraciones, los colores del cielo, la arena, los espectáculos, las vibraciones percibidas en las colosales obras, las emociones, sus gentes, sus gestos, sus miradas...ninguna de las vivencias.
Así sentí Egipto.
06 Jul 2008
Turquía, impresiones de un País. Parte 1 de 2

Turquía Impresiones de un País
Reservados todos los derechos. La propiedad intelectual tanto de los textos, como de las fotos, pertenecen al autor, por lo que está prohibida la reproducción total o parcial sin expresa autorización
AUTOR: José Enrique González Palma ( www.JoseEnriqueGonzalez.com )
Turquía, país pequeño, árabe, hosco, de gentes rudas, hostil, poco hospitalario, salpicado de pequeñas ciudades y desiertos, improductivo y seco.
Nada más lejos de la realidad. El primer contacto visual desde el aire con Istambul, es una visión impresionante, apareciendo una Ciudad sin límites, única en el Mundo edificada sobre dos continentes, compuesta por siete suaves cadenas de montañas recubiertas de miles de casas con un color ocre predominante, casi perdiéndose en el infinito, mostrándose así una Urbe de unos


La actividad en los mercados y en las calles y la propia configuración urbanística abruma a primera vista , desconcertando al forastero y dando la impresión de ser de imposible comprensión, pero en poco tiempo, dicha configuración penetra y encaja en nuestros esquemas, haciéndose una ciudad agradable, comprensible y de visita relajada.
Llama la atención que, en invierno, a las 4,40 de la tarde, empieza a oscurecer y la noche toma su sitio, aunque la actividad continúa como siempre, adquiriendo otro aspecto, luminoso, festivo y con multitud de coches en todas direcciones, haciendo sonar sus claxon casi constantemente.
Casi desde cualquier perspectiva aparecen innumerables minaretes de las mezquitas, sobresaliendo de los edificios circundantes, esbeltos y todos espectaculares a la vista del viajero, perteneciendo a edificios tan conocidos como a


La construcción de esta magnífica mezquita se comenzó en 1.550 siendo su arquitecto el famoso Sinan del que se recuerda que no usaba planos en sus proyectos, concibiéndolos y materializándolos en su mente. Esta mezquita presenta cuatro estilizados minaretes.

Santa Sofía, Basílica convertida hoy en museo, construida por Constantino el Grande con una gran cúpula de

Cuando se decide entrar en algunas de ellas, llama la atención algunos vendedores que tejen y venden unos gruesos “patucos” de lana, para aislar del frío los pies desprovistos de los zapatos, por respeto, para acceder al interior. Una vez dentro se hecha de menos el constante y reiterativo acoso de los vendedores ambulantes, preguntando por la nacionalidad del turista, estado, profesión, ect. todo aquello que facilite un conato de amistad y confianza para ofrecer unas postales, libros, trompos, ropas... La luz, tenue, acompaña al silencio e invita al recogimiento, mientras, nuestros pies, cubiertos por el zapato de lana, se hunden en el suelo recubierto, más bien tapizado, de primorosas alfombras de dibujos repetitivos, orientativos del espacio a ocupar por cada persona en su momento de oración.

Las lámparas, generalmente grandes circunferencias concéntricas colgadas de las altas cúpulas, están salpicadas de pequeñas vasijas de cristal que antaño, con aceite, iluminaban el gran espacio definido por los ricos paramentos y las grandes cúpulas, espacio presidido por grandes medallones, gruesos muros y sobrecogedora decoración de dibujos que denotan una creatividad y fantasía inigualables, muchos de ellos propios de Nicéa, con sus azules intensos y fineza de trazos.
Derroche de fantasía y esplendor, mármoles, patios, dibujos en azulejos y jardines se perciben en el palacio de Topkapi, palacio de Sultanes Otomanos, cuyo imperio llegó hasta Occidente, construyéndose en el siglo XV y acoge el pabellón del Manto Sagrado que alberga distintas reliquias del Profeta Mahoma, en dicha sala siempre hay un muecín cantando relajados versos del Corán que presentan un gran parecido, o mejor dicho, similitud, con el cante flamenco.

El palacio refleja en su configuración las características del pueblo nómada que fue el pueblo Turco, salpicando una gran extensión de terreno de edificaciones palaciegas o militares, entre patios y jardines acogedores de aves, cuyos graznidos nos recuerdan el ambiente oriental y exótico que rodea el Gran Palacio que se asoma al Bósforo para recibir los últimos rayos de sol al atardecer, acogiendo en sus árboles a miles de pájaros que buscan refugio en ellos para pasar la noche. ¡Tanta historia se respira por todos sitios!, en la calle, en los palacios, en las mezquitas, en los nombres...incluso en algún hotel, como el nuestro, en cuyo emplazamiento, al construirse, aparecieron restos arqueológicos del año
Muy temprano es necesario levantarse para partir hacia la región de

Es necesario hacer algunas paradas técnicas en el trayecto que se aprovechan para degustar un exquisito y caliente café turco o bien un té rojizo de agradable sabor, servido en pequeños vasos con idéntica forma que las lucernárias que iluminaban en otras épocas, con aceite, las mezquitas.

Capadocia es una extraña región comprendida entre dos líneas montañosas y volcánicas, una con su máxima elevación de

Grandes masas de piedra volcánica se alzan en el paisaje, como montañas, las cuales fueron esculpidas interiormente hasta formar ciudades completas, de difícil acceso, como defensa contra los árabes que perseguían a los primeros cristianos. En la actualidad se han encontrado unas cien de estas originales ciudades, y una treintena de ellas se puede explorar. Causa gran admiración, en el valle de Göreme, unas pequeñas cuevas, excavadas igualmente en la roca, ricas en dibujos policromados bien conservados, que constituyen las primeras Iglesias Cristianas y que datan del año 70 de nuestra era, las cuales irradian fervor y relajan el espíritu al contemplarlas en un ambiente relajado, oscuro y con recogimiento.
En las ciudades excavadas, parte de ellas con zonas subterráneas, convivían personas y animales, a veces en número próximo a los 15.000 personas, y las usaban por largos periodos de tiempo, sin salir al exterior, hasta que los enemigos desistían de su asedio. Llegan a tener hasta 12 niveles alcanzando hasta
06 Jul 2008
Turquía, impresiones de un País. Parte 2 de 2
La propiedad intelectual, tanto de los textos como de las fotos, pertenecen al autor, por lo que está prohibida la reproducción total o parcial sin expresa autorización.
El acceso está configurado por medio de largos túneles, muy estrechos y bajos, por los que hay que andar agachados y en fila india, lo que dificultaba el asalto y facilitaba la eliminación del enemigo desde unos orificios practicados en la parte superior por donde golpeaban con facilidad con lanzas hasta disuadir al intruso, especialmente al llegar a un estrechamiento taponado con unas grandes piedras circulares de hasta
Las viviendas desarrolladas en las zonas altas de las masas volcánicas, son confortables y constan de varias habitaciones, incluso algunas con balcón o terraza, recubiertas en su interior, por alfombras multicolores, tanto las paredes, como los asientos o mesas excavados en la roca,
y como muestra de la hospitalidad de este pueblo, a nuestra visita a una de estas viviendas, lo primero que hicieron fue agasajarnos ofreciéndonos un reconfortable té turco, mientras se nos empapaban nuestros sentidos de un sentimiento de paz y soledad que nos traslada en el tiempo y produce una extraña sensación de tranquilidad y melancolía, tal vez por el cansancio o por lo desolado de una zona tantos siglos habitada por personas que tantas dificultades y persecuciones padecieron.
Los sistemas de almacenamiento de agua se solucionaron mediante pozos artesianos, tallados literalmente en la roca, y con hasta El paisaje exterior, todo nevado con apariencia de ser una gran alfombra blanca, se tiñe de un color rojizo por los rayos del sol, cuando con la intención de reponer fuerzas, accedemos a una antigua Posada, convertida hoy en un buen restaurante mediante la reconstrucción de la primitiva de épocas pasadas, situada y usada en
Los techos de vigas de madera tallada, la configuración de los elementos nos recuerdan los numerosos mercaderes que la habitaron y que tantas aventuras protagonizaron en su época. El servicio es eficaz y nos sirven en unos grandes platos de cerámica, con dibujos clásicos de Iznik (Nicea) tan delicados y artísticos que no nos resistimos a fotografiar.
Terminada la reposición de fuerzas culminando el almuerzo con un buen café turco, nos encontramos al salir con un paisaje rojizo, que se pierde en el horizonte, inmenso.
A pocos metros de nosotros, unas mujeres sentadas rodeadas de nieve, hacían labores confeccionando paños y tapetes para su venta. Próximos, unos cobertizos aguantando la inclemencia del tiempo, se presentan repletos de recuerdos para llevar, manualidades, trozos de minerales, pieles, etc. Algo más tarde pudimos apreciar la destreza, la creatividad y la belleza, tanto en una factoría de joyas y trabajos con minerales y piedras preciosas, como en la fabricación manual de ricas alfombras, y de la propia seda, desde la cría de los gusanos, hasta el triste proceso para la obtención de la seda mediante la inmersión en agua hirviendo de los capullos con la crisálida viva dentro. En fecha tan especial como es el fin de año, ignorantes de la cultura y costumbres locales, dudamos de cómo entraríamos en el nuevo año, pero nos sorprendió la organización de la celebración especial, para los occidentales, que también fue secundada por las gentes locales de la región de Capadocia. El lugar, una gran superficie circular culminada con una gran bóveda excavada en la roca volcánica a la que confluían ocho bóvedas o salones abovedados que, formando una planta estrellada, sirvieron para acomodarnos siendo los asientos y las mesas también de roca tallada, tapizados con cojines, manteles y alfombras,. Sobre los manteles de telas hechas a mano, decenas de platos llenos de comidas locales cubrían las mesas junto a cuencos llenos de distintos frutos secos, destacando los conocidos pistachos, aquí de gran tamaño y buen sabor. Unos originales vasos sobre platitos de colores salpicaban de color las mesas, dispuestos para recibir el vino, el té, el café turco, o el raki, un aguardiente de fuerte sabor y graduación que sirve para acompañar las comidas agregándole agua, lo que le da apariencia de líquido lechoso de muy agradable paladar. La temperatura muy agradable en el interior, contrastaba con la nieve almacenada en el exterior que llevaba le termómetro hasta los 15 grados centígrados bajo cero. El ambiente se animaba por momentos cuando los músicos comenzaron con el repetitivo ritmo de la música turca, seguida de todos los ritmos que tantas veces habíamos oído en los documentales de lugares remotos. Pronto, grupos de bailarines tomaron su turno con música del Cáucaso, después otros nos deleitaron con los bailes de los cosacos Rusos, dejándonos atónitos por su destreza y agilidad, posteriormente, también con ritmo trepidante, una bailarina nos mostró la famosa danza del vientre, compartiéndola con algunos de los asistentes, entre la simpatía del resto del público.
El raki localmente se bebe como acompañante de las comidas, pero en la fiesta lo tomamos sin limitaciones, la animación subía e incitaba al baile de las danzas de fuerte ritmo, a nuestro sentimiento, y que estremecían nuestros cuerpos y, unidos de las manos bailábamos al unísono sintiendo el sonido de los tambores en nuestro pecho mientras la danza repetitiva nos hacía caer en una especie de trance feliz.
Una interrupción nos sosegó y preparó para una exhibición especial, de tipo religioso, realizada por miembros de una congregación llamada de Los Derviches que, desde tiempos inmemoriales, realizan unas danzas en círculos, alrededor de una piel de cordero, girando también sobre sí mismo , con vestimentas blancas tras despojarse de unas túnicas negras representativas del mal, todo ello cargado de una fuerte simbología representando la piel de cordero al sol, los giros son los de traslación y rotación de los planetas, el blanco simboliza la pureza y el negro al mal que, tras despojarse de él, queda lo puro. Casi a media noche vimos como alguien había conseguido unas cestas de uvas y las distribuía por las mesas, lo que nos produjo gran nostalgia a la vez que alegría. Como deferencia a los occidentales, cuando en España eran las 11 aún, sonaron las campanadas y, todos de pié, cumplimos con el rito y brindamos una vez más con el famoso raki, lo que nos ayudó para salir al exterior para, entre gran alegría, risas y algo de nostalgia, asistimos a unos fuegos artificiales en conmemoración del año nuevo, lo cual no consiguió calentar el ambiente lleno de blanca nieve y brillante noche. La fiesta siguió hasta altas horas de la noche, entonces ya cansados y embriagados de música y bailes, nos desplazamos a nuestros respectivos hoteles, de amplias habitaciones y confortables calefacciones, televisión vía satélite y el máximo de comodidades. A nuestro regreso hacia Estambul, hicimos una visita general a
En un lujoso hotel céntrico, tomamos el almuerzo que, como siempre, terminamos con un exquisito café turco en la sobremesa, café finamente molido y hervido en cazo de cobre al que se le añade el azúcar que el interesado ha indicado previamente por lo que no debe moverse una vez servido ya que deja una buena capa de residuo que debe asentarse antes de su degustación. A continuación seguimos el viaje en autobús durante varias horas, entre nieve, para llegar atravesando el gran puente colgante sobre el Bósforo, con sus El cansancio empieza a desaparecer a la vista de tanta actividad, coches, tiendas, luces...tras un breve descanso en el hotel, el tiempo necesario para tomar una reparadora ducha y poco más, tomamos un taxis que, en unos cuarenta minutos, nos lleva a las puertas del lujoso hotel Mármara, lugar de cita con otras personas del grupo. Este hotel está situado en una zona céntrica y alta de del Bósforo y El Cuerno de Oro, así de la misma zona donde está emplazado, la plaza de Taksim, donde confluyen calles peatonales, llenas de luces, de tiendas, de multitud de personas en todas direcciones, algunas de estas calles cubiertas como el conocido Pasaje de las Flores, formando un Centro lleno de restaurantes que intentan atraer a sus locales a los clientes ofreciéndoles vinos, postres o golosinas gratis hasta que al final, se sucumbe a alguno para tomar un exquisito Kebak de cordero con abundantes verduras y algún pescado local de fuerte sabor a mar.
Recorriendo estas calles, llenas de tiendas, fruterías repletas de verduras y frutas de gran tamaño, granadas como pequeños melones, puerros de más de un metro de longitud, castañas del doble tamaño de las que tenemos costumbre de ver, ect. comentándonos que las tierras comprendidas entre los ríos Tigris y Eufrates fertilizadas por el limo de los desbordamientos de ambos ríos, producen tres cosechas al año.
Curioso se nos presenta la forma de asar las castañas, de gran tamaño y semi peladas, de aspecto muy atractivo y de olor irresistible. Otros puestos, a pesar de ser medianoche, venden pescado fresco y reluciente, procedente del Bósforo. Otros presentan la multicolor combinación de los compartimentos de las especias, desprendiendo un peculiar olor que se dispersa por el entorno produciendo una sensación de exotismo oriental. A pesar de la hora y del frío, es imposible resistirse a la tentación de adquirir algún reloj de marca famosa, algún perfume o algún bolso de alta gama, todos ellos perfectamente falsificado y a precios que no admitían discusión. Para terminar la noche, nada más confortable que acudir a la sala de fiestas del hotel antes mencionado, de nombre Mármara, y a su planta 20ª desde donde es sobrecogedora la panorámica nocturna de La noche se acaba y el agotamiento invita a tomar una ducha para relajarnos unas horas y levantarnos temprano para continuar conociendo esta apasionante Ciudad. Por la mañana nos recoge una guía con un coche y su chofer, y comenzamos visitando el Mercado de las Especias, lleno de color y de olores exóticos ¡un espectáculo! En las proximidades se encuentra
Seguidamente tomamos un barco para hacer un micro crucero por el Bósforo, lleno de personas y también de vendedores, nos acomodamos protegidos del viento y vemos pasar antes nuestros ojos la ciudad, mezquitas, palacios como el de Dolmabahce,
de mediados del XIX dando al Bósforo una fantástica fachada de
La mesa se llenó de multitud de platitos cada uno con una especialidad distinta que, pronto empezaron a circular entre los comensales. Los sabores agri-dulces se mezclaban con los ácidos o casi agrios de los quesos o las ensaladas con yogur. Los colores de las presentaciones forman un conjunto armónico que tapizan el blanco mantel de alegres variedades que son un gozo para la vista y un deleite para el paladar. El vino, blanco, suave y transparente es un buen acompañante de la dorada que, seguidamente, nos ponen, de carne tersa y blanca y de muy agradable sabor a mar. Los postres, de frutas naturales exquisitamente combinadas, aligeran un poco la ingesta y preceden al esperado café turco, dulce y fuerte y con un dedo de pozo que garantiza un aroma especial y un sabor muy estimulante. Para hacer más fácil la digestión, nos trasladamos a la zona más alta del entorno, desde donde nos quedamos impresionados al ver una panorámica de la ciudad, el Bósforo, las edificaciones más emblemáticas, los minaretes, las mezquitas y algún cementerio de pequeñas dimensiones y pocas tumbas observando que proliferan este tipo de enterramientos por muchos jardines y colinas, justificado por no poder enterrar a los muertos en diferentes planos verticales, por cuestiones religiosas, y por no practicar las cremaciones por el mismo motivo.
El chofer, atendiendo una orden dada en turco por nuestra guía, nos condujo hasta una zona bajo el gran puente colgante entre Europa y Asia en la que se encuentra el Palacio de Beylerbeyi y a cuyos jardines accedemos pasando por un largo y húmedo túnel abovedado que, frecuentemente, es utilizado para exposiciones aprovechando las hornacinas laterales empotradas en los gruesos muros de ladrillos rojizos. Rodeado de jardines con multitud de magnolias y justo al borde del mar, se presenta majestuoso y espléndido, de sólida construcción en mármol y perfecta conservación. Tras una breve conversación de Ozgül, nuestra guía, con los responsables del acceso, nos abren el palacio y nos hacen una seña para que accedamos a él en una visita privada y, nada más entrar, al acceder al recibidor, quedamos atónitos por su tamaño, por la majestuosa escalera, las gruesas alfombras sobre las que se hunden nuestros pies al andar y una espectacular lámpara de ricos cristales que, colgada de la bóveda central, preside la entrada. La visita es una continua admiración, tanto por la edificación, como por el mobiliario, las alfombras, las lámparas todas de cristal tallado y, en algunos casos, con llamativos colores que a no ser por el entorno resultarían “chillones”, y que en su emplazamiento armonizan con el resto de los elementos. Se suceden salas, habitaciones y salones suntuosos, de gusto oriental y gran tamaño que se ambientan en la época y que, junto con las explicaciones que recibimos, nos trasladamos en la historia y percibimos las vivencias de los ocupantes de antaño. Concluida la visita, estrechamos nuestra amistad con Ozgül intercambiando experiencias personales, familiares, religiosas, etc. y prometiendo volver a vernos, bien en nuestra casa, bien en Estambul donde nos es imprescindible volver algún día para vivir otra vez entre estas maravillosas gentes llenas de amabilidad y de bulliciosa vida. El auto nos esperaba para trasladarnos dirección Europa, ya de noche, por lo que pedimos nos dejaran en el Gran Bazar, visita obligada de cualquier turista en Estambul, para hacer algunas compras y perdernos en sus calles cubiertas con bóvedas ricamente decoradas y repletas de tiendas y mercancías.
Nos despedimos con cierta tristeza y caminamos relajadamente en dirección al gran Centro de Compras compuesto por unas 5.000 tiendas en su interior, y por innumerables en el exterior, en el camino buscamos una oficina de cambio de moneda e hicimos una parada en unos aseos públicos “turísticos”, creemos que por estar empotrados en una antigua muralla, sucios, mal olientes, descuidados y donde nos cobraron 500.000 liras turcas por persona, por su uso. La entrada al Gran Bazar aparece ante nosotros como si de un Arco del Triunfo se tratara, majestuosa y rodeada de cientos de vendedores, en puestos provisionales unos y ambulantes otros, todos intentando vender las mercancías antes de que las personas accedan al recinto, retícula de calles cubiertas donde se hacen competencia las miles de tiendas establecidas, llenas de géneros de multitud de colores y de gran variedad de especies, desde ropas, latón o especias.
A los lados de la gran puerta por la que accedemos, dos guardias, provistos de detectores de metales, custodian por la seguridad del recinto, al menos de una forma disuasoria, pues se limitan a mirar discretamente y pasar desapercibidos sin otro tipo de intervención. Paraíso para algunos y martirio para otros es lo que supone el Bazar, con abrumadoras ofertas e innumerables, repetitivas y continuas preguntas como: ¿Italianos?...¿Españoles?...¿Quieres ver...? y ofrecimientos de descuentos fabulosos, de vasitos de té o de aromático café turco. Las calles, cruzándose perpendicularmente las principales con las secundarias, con dibujos policromados en las paredes y en los techos, están clasificadas por tipo de mercancías, así en la principal están las joyerías con diseños de gran fantasía y originalidad, verdaderas obras de arte en plata, oro y piedras preciosas. Adquirimos varias piezas, siendo muy original y propia de la zona de Anatolia, una pulsera de unos El regateo es obligado tras la degustación de té turco, de manzana o café ofrecido por cada comerciante, después de una relajada y amable conversación, llena de simpatía y cordialidad, preámbulo de la transacción comercial que interesa en ese momento. Un sin fin de objetos de regalos, bolsos de grandes marcas, prendas, degustaciones de pastelillos, venta de té, café, especias...oro, plata, antigüedades, ect. colapsan nuestros sentidos que no saben donde mirar ni qué hacer. Legados al agotamiento, buscamos una puerta concreta para salir en la dirección que nos interesa y, al salir, descubrimos que en los alrededores se encuentran instalados un número impensable de tenderetes con todo tipo de cosas, artesanos trabajos en cobre, bronce, móviles, artículos de electrónica, prendas de marcas conocidas, colonias de altos precios en ofertas irresistibles, todas evidentemente muy bien falsificadas. El paseo hacia el hotel ¡una liberación! La temperatura baja, la calle de ancha acera, relajada, el aire puro y libre de la opresión de las ofertas, nos serena y complace. A la llegada, el conserje de puerta, con librea y chistera negra que le dá una apariencia como tenebrosa, se apresura a abrirnos la puerta y, solícito, nos alivia del peso de las compras, apreciando entonces el esfuerzo realizado. Descansamos algo mientras mirábamos las tragedias que ponían en la televisión pero, como la vida del turista es dura, a la hora acordada acudimos a la cita con unas compañeras de viaje para cenar juntos y explorar una zona de restaurantes que se asoman al llamado Cuerno de Oro. La zona en sí ya constituye una atracción, las calles iluminadas por miles de pequeñas bombillas, dan un ambiente navideño a estas calles peatonales, repletas de restaurantes cuyos representantes ofrecen gratis bebidas, postres, café, etc. para que acceda a su local, con amplias marquesinas y ambiente festivo. Tras rechazar cientos de invitaciones, accedimos a uno, conocido por nuestras amigas, y que, como los turcos, en general, cuando has sido cliente anteriormente, te tratan de una forma más amable y especial, con precios más ajustados que ya no hacen necesario el regateo tan exhaustivo, siendo objeto de múltiples atenciones y de detalles especiales. Curioso fue que nos quitaron los abrigos y se los llevaron al guardarropas, casi en contra de nuestros deseos, por agradar, claro, y nos colocaron las servilletas a cada comensal en la forma que tiene costumbre el restaurante. Nos obsequiaron con una botella de vino blanco frío, bastante bueno, mientras nos llenaron la mesa de entremeses de todo tipo, mientras degustábamos aquella variedad gastronómica, casi toda aderezada con salsa de yogur, seleccionamos el plato principal entre varias especialidades casi todas compuestas por pescados del Bósforo, casi vivo y de delicioso paladar.
La presentación perfecta y los sabores peculiares y muy agradables. A continuación, los postres, con una presentación estética impecable, compuestos con frutas naturales para cada comensal, y una fuente común para todos por gentileza del propietario del local. Junto a nuestra mesa, seis hombres turcos degustaban gigantescas “bocas rusas” dispuestas en una formación con apariencia de fuente, entre verduras y cascadas de grandes langostinos, que al principio confundimos con un centro de mesa para pasar a la admiración al ver que se trataba de un plato elaborado como una verdadera obra de arte. Para acompañar estas delicias, la bebida popular llamada raki, servida en vasos largos presentando un líquido de apariencia lechosa resultado de mezclar el aguardiente con agua fría, de agradable sabor dulzón que ayuda a digerir los alimentos. La noche se animó y llamaron a unos músicos que amenizaron la cena con extraños instrumentos y fuertes cánticos locales. El público, terminando sus cenas, fueron abandonando el local en el que quedaron sólo dos mesas ocupadas, la de los turcos y la nuestra. Los primeros, animados por el raki, empezaron a bailar sosteniendo en la cabeza uno de los vasos con la bebida incluida, sin derramarla, mientras que los músicos, que tomaron asiento entre los lugares libres de nuestra mesa y la de ellos, subían de tono sus cánticos que nos inundaban y contagiaban de ritmo y música, trasladándonos en nuestra imaginación al sitio donde se encontraban nuestros cuerpos, recordándonos que ese sueño lo vivíamos en la realidad, aunque se nos hacía difícil comprender tanta fantasía hecha realidad. Al té de manzanas también fuimos invitados y, cuando salimos de nuestra fantasía, fuimos vestidos y preparados amablemente, entre frases de agradecimiento y de buenos deseos, para afrontar la lluvia que caía en la noche iluminada por cientos de bombillitas, alegría y admiración. Iniciamos un paseo bajo los paraguas, cuesta arriba y sorteando los ríos de agua que bajaban desde el comienzo de la calle, dirigiéndonos hacia el hotel donde, a nuestra llegada, el conserje repite otra vez el rito de cortesía y amabilidad, con su levita, chistera negra, sonrisa abierta... Así sentí Turquía.



















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