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02 Ago 2009

India, impresiones de un Pais. Agra

Escrito por: j-enrique el 02 Ago 2009 - URL Permanente

India, impresiones de un País.

AGRA.

Agosto 1.983. AUTOR: José Enrique González Palma (www.JoseEnriqueGonzalez.com)

La propiedad intelectual, tanto de los textos como de las fotos, pertenecen al autor, por lo que está prohibida la reproducción total o parcial sin expresa autorización.

Hacer clic sobre una foto para ver de mayor tamaño.

E

n el camino hacia Agra hicimos una parada de unas tres horas con el fin de conocer una reserva natural muy interesante, realizamos un recorrido a pié entre la frondosa vegetación, los cantos de los pájaros y el creciente calor.

Bordeamos un lago de grandes proporciones y avistamos una de las aves mas extrañas y escasas, y que por la configuración de su cuello es llamada el ave culebra. También tuvimos la oportunidad de gozar con la visión de varias especies de coloridos loros, otras aves denominadas sarass y multitud de mariposas y otros insectos, y así disfrutar de la naturaleza en su estado más puro.

Ya por la tarde continuamos el viaje visitando en las proximidades de la Ciudad las ruinas de Fatehpur Sikri, que fue una suntuosa ciudad mogol, mandada a construir por Akbar el grande, tardando 8 años en su terminación, y que la disfrutó con su corte durante 16 años.

La historia que se cuenta al respecto es que la mujer del emperador no tenía descendencia, por lo que acudió en ayuda al santo Salim Cristie, él le aconsejó que se bañara en el lago de la Ciudad (¡puede que tuviera motivos para tal recomendación!), lo que hizo y tuvo descendencia, tres hijos, y vivieron en esta ciudad hasta que se secó el lago y se vieron obligados a trasladar la capital a Agra. El santo murió y le levantaron un espléndido y majestuoso mausoleo que aún hoy se conserva.

En el camino hacia el hotel no vimos ningún edificio, sólo chozas y pequeñas construcciones rudimentarias de tablones de madera y cobertizos hechos con materiales de desecho. Los mercadillos de verduras y frutas son frecuentes, con sus vivos colores y pintorescas vestimentas de sus visitantes, y se suceden a lo largo del recorrido.

El descanso nocturno sirve para paliar los efectos de la fiebre, mitigada a base de analgésicos, y darnos fuerzas para continuar con ilusión el recorrido por el exótico País multicultural que es India.

Agra, Ciudad fundada por el sultán Sikander Lodi en 1.505, se sitúa en las orillas del río Yamuna que es afluente del Gran Ganges, en el estado de Uttar Pradesh, y llegó a ser capital imperial hasta que se trasladó a Delhi en 1.648.

Por la mañana, al igual que en toda la India, se observa que muchas personas están en cuclillas en los descampados, en los caminos o en las calles, que suelen ser terrizas, con una escudilla con agua en las manos. Por un momento pensamos en algún rito o rezo al comenzar el día, pero pronto se nos revela que tanta sincronía se debe a realizar las deposiciones diarias, y que el recipiente con agua es para su aseo personal, siempre con la mano izquierda pues la derecha está destinada para tomar los alimentos, lo que nos dejó perplejos y confusos hasta asimilar la realidad de los medios disponibles para la inmensa mayoría de la población.

Por la tarde nos trasladan, atravesando la ciudad, hasta una zona de la orilla derecha del rio Yamuna, en el lugar donde describe el río una curva para tomar dirección este, y donde sus aguas reflejan la perla blanca de la India, el colosal monumento al amor llamado Taj Mahal, que es un mausoleo mandado a construir por el emperador Shah Jahan para reposo de los restos de su esposa, que fue conocida por el nombre de Mumtaz-i Mahal, y que fue su favorita casi desde que alcanzó el trono.

La construcción de este mausoleo se comenzó después de la muerte de la emperatriz y como prueba de amor, lo construyeron 22.000 obreros, los que trabajaban por la comida, y duraron las obras 22 años, contándose que para que no repitieran tan magnifico monumento, les cortaron las manos a los obreros, cosa que deseamos pertenezca a la mas fantástica leyenda.

Para su diseño, el emperador realizó un concurso entre los arquitectos de todo el mundo, y le fue adjudicado a un arquitecto turco, pues se dice que comprendió muy bien los sentimientos del emperador por las decepciones amorosas propias.

El 4º Maraha tuvo cinco hijos que, al alcanzar la edad de gobernar, provocaron una guerra de sucesión por la que, el mayor, mató a sus hermanos y encerró a su padre en un palacete relativamente cerca del Taj Mahal y desde el que, a través de una bella celosía realizada con gruesas piezas de mármol y valiéndose de un pequeño espejo, podía contemplar el mausoleo de su esposa. Murió 8 años más tarde y su hijo quiso que descansara junto a su esposa, ocupando un lugar al lado del de la emperatriz, que se sitúa en el centro geométrico del edificio, ambos se encuentran rodeados por una celosía octogonal de mármol perforado, de gran belleza, aunque parece ser que los cuerpos se encuentran en sarcófagos situados exactamente debajo de los que se visitan.

Resalta sobre el inmaculado mármol blanco, las incrustaciones en mármol negro de distintos versículos del Coran, así como de muchas piedras preciosas en su magnífica cúpula que protege el mausoleo, y que se sitúa a 27 metros encontrándose entre cuatro altos minaretes cuya verticalidad fue forzada concientemente, pues se construyeron ligeramente inclinados hacia fuera previniendo la posible caída por algún motivo, como un terremoto, evitándose así el deterioro del edificio principal.

En realidad no se puede hablar de un solo edificio, sino de una zona bastante extensa, donde se encuentran varias construcciones, y que se encuentran cercadas por altas murallas de arenisca roja, donde se sitúa una gran puerta de acceso rodeada de jardines y que dan paso al interior a un gran patio de 300 metros de ancho donde lo primero que vemos, es un inmenso estanque construido con mármol blanco, con fuentes, y rodeado de jardines, en cuya lámina de agua se refleja el impresionante mausoleo que se encuentra flanqueado por dos edificios simétricos.

A ambos lados de la puerta de entrada, así como en interior, hay otros arcos mas pequeños dispuestos en dos alturas. La piedra arenisca roja, se combina con el mármol blanco incrustado de piedras preciosas formando motivos florales y con signos en mármol negro que son los versículos. A los lados de los arcos laterales, por ambas caras, hay unas torres colmatadas por cúpulas, y sobre el arco central, hay una especie de galería que está cubierta por 22 cúpulas y que simbolizan los años de duración de las obras.

La gran perla blanca, como se le denomina coloquialmente, está situado sobre una plataforma de mármol blanco a la que sólo se puede pasar descalzo o con los zapatos dentro de unas bolsas de tela o plástico. El calor es sofocante y el suelo quema nuestros pies, pero no es comparable con el ambiente húmedo y fortísimo calor de la parte baja, donde están los sepulcros, acrecentado por la multitud de personas que lo visitan.

Los edificios situados a los lados del Taj Mahal, se tratan de una mezquita en arenisca roja y mármol blanco, rematada con tres cúpulas, y al otro lado, otro edificio idéntico pero que no se usa para el culto debido a la orientación, por lo que se cree que se construyó para guardar la simetría del conjunto.

Los guías nos cuentan que las intenciones del emperador eran construir en la orilla opuesta un edificio exacto al Taj Mahal, pero de mármol negro, y unir ambos con un puente de oro, no llegando a conseguirlo por recluirlo en prisión su hijo hasta su muerte.

La tarde avanza y el sol quiere descansar en el horizonte y es, en estos momentos, cuando surge la magia del monumento. Nos tendemos sobre el fresco césped de los jardines, nos relajamos y dejamos libre la imaginación y comienza el mágico cambio de color de la gran cúpula al enrojecer el cielo, comenzando el espectáculo de reflejos y brillos sobre el blanco del mármol, de las piedras incrustadas en él. En un día despejado, la cúpula luce blanca brillante recortándose sobre el cielo azul con todo su esplendor, si el día está nublado, llega a confundirse con el cielo, y se tiñe del color de la tierra que la rodea al atardecer, bajo el rojizo cielo de la tarde en la calurosa India.

Ya en el centro de la ciudad, en la orilla opuesta del río, está la llamada Fortaleza Roja (1.570), construida por Akbar y dentro de la que se encuentra un único edificio importante, coronado en sus extremos por orientales cúpulas (chattris), y una gran puerta de entrada, en arco, coronada por paneles de mosaicos geométricos.

En el complejo del palacio se encuentra un gran patio llamado el jardín de la Uvas, de trazado geométrico y que está dividido en cuatro partes por dos paseos de mármol blanco y, en su centro, un gran estanque del mismo material. A su lado está el palacio privado, igualmente de mármol blanco, magnifica construcción bellamente decorada y a cuyos lados se alzan dos pabellones con tejados recubiertos de cobre.

En una esquina del Anguri Bagh, está el llamado Palacio de Cristal, nombre tomado debido a una serie de habitaciones cuyas paredes están decoradas con espejos.

Otro edificio que nos llama la atención, es el de la Sala de Audiencia Pública, que es un gran salón porticado con columnas dobles, de techo plano y rodeado de verdes jardines. Su utilidad fue la que le confiere su nombre, y tiene una puerta especial por la que entraba el emperador para asistir a las audiencias, protegido por ricos arcos de mármol decorado con incrustaciones de piedras semipreciosas.

Próximo a la ciudad se encuentra un mausoleo no muy grande, el de Itimad-ud-daulah, constituido por un edificio de mármol blanco con incrustaciones de piedras semipreciosas formando dibujos de flores y geométricos, rodeado de jardines y que es una de las tumbas mogoles mas bellas que existen.

El cansancio es agotador, la fiebre asoma entre analgésicos, la noche empieza a caer y los brillos de las incrustaciones de la gran cúpula blanca emiten cientos de destellos mientras nos dirigimos, en el autocar, hacia el hotel para descansar después de hacer el equipaje que nos acompañará hacia el próximo destino en el País de la belleza y la imaginación, del exotismo y la fantasía, de la pobreza y la opulencia.

Así sentí India, así sentí Agra.

Autor:
Autor: José Enrique González Palma

14 Sep 2008

India, impresiones de un país. Delhi. Parte II

Escrito por: j-enrique el 14 Sep 2008 - URL Permanente

India, impresiones de un Pais.

Delhi. Parte 2

Agosto 1.983.

AUTOR: José Enrique González Palma (www.JoseEnriqueGonzalez.com)

La propiedad intelectual, tanto de los textos como de las fotos, pertenecen al autor, por lo que está prohibida la reproducción total o parcial sin expresa autorización.

Unos pasos más adelante, un pequeño y destartalado carrito de madera, pintado con dibujos que parecían ser de épocas muy anteriores, presentaba un recipiente empotrado en la superficie superior que sobresalía de ella, en el que se encontraba un revoltijo de amarillo arroz de dudoso aspecto y que con un cucharón, algo desgastado y amarillento, era repartida a los compradores que hacían cola alrededor en unos originales platos: trozos de hojas de un árbol llamado betel. Los comensales, tras degustar su cena que, por supuesto era cogida con los dedos de la mano derecha, a modo de cuchara, se limpiaban en un trozo de paño que, próximo al improvisado y móvil restaurante, colgaba de una oxidada puntilla clavada en un árbol cercano, tenía aspecto como de paño almidonado y su color no se apreciaba bajo la capa de grasa acumulada.

Observando con curiosidad tienda tras tienda, cruzamos unas calles y regateamos en una de mejor aspecto, por unas camisas de algodón puro bordado y, después de unos 20 minutos, las adquirimos por un importe aproximado equivalente a 450 pesetas cada una.

En un cobertizo próximo confeccionaban Kurtas en algodón puro (especie de traje ancho muy apropiado para soportar el fuerte calor), todo a medida y por el módico precio equivalente a unas 400 pesetas.

Al otro lado de la calle había un grupo de frágiles locales atestados de público y, aunque su aspecto algo occidental nos desilusionó, entramos en una pequeña tienda donde se vendía de todo y nos interesamos por un perfume y, al instante, sonó una canción interpretada por el famoso cantante español, Julio Iglesias como signo de bienvenida al conocer nuestra procedencia.

Nos atendieron con simpatía vendiéndonos algo poco habitual, tanto por el precio, como por la cantidad de venta, un frasco de perfume de caballero, todo ello mientras intentábamos bebernos unos linkas (especie de Fanta a lo hindú) entre la multitud que nos rodeaba.

Unas voces y un gran revuelo se produjo en las inmediaciones, lo que se tradujo en una gran sensación de inseguridad en un lugar tan apartado y lejano, y sin entender el lenguaje local.

Hicimos tiempo dentro de una pequeña tienda de bolsos hasta que se aproximaron unos policías en viejas motos y un coche patrulla, que restablecieron el orden alterado por un pequeño robo en uno de los comercios devolviendo la normalidad en la calle, y las personas con sus coloridos saris o con los sucios kurtas y lucidos turbantes, volvieron a entrelazarse en sus caminos dando un aspecto caótico a una multitudinaria masa humana en continua ebullición.

En nuestro paseo, nos abrumaban vendedores empeñados en admirarnos con unas agujas que, picoteando una tela, hacía bonitos bordados de vivos colores, o lo barato que eran unas rudimentarias marionetas. Otros insistían incansables, sobre todo chicos de corta edad, en limpiar nuestros zapatos, y para provocar la necesidad, observamos que algunos portaban en su mano izquierda, oculta en su espalda, excrementos de vaca que de manera imperceptible, colocaban sobre los zapatos para ofrecerse a limpiarlos y dejarlos brillantes por unas cuanta rupias.

Se hizo tarde y emprendimos el regreso al hotel pasando por rudimentarios puestos ambulantes que vendían frutas tropicales.

Nuestra cámara captaba las coloristas escenas que nos rodeaban y, en el camino, nos cruzamos con un compañero de viaje, Fernando, algo trastornado pues contó que unos hindúes le ofrecieron fumar en una gran pipa, lo que hizo y, posteriormente, lamentó. También nos comentó que adquirió varias piezas de mango a 2 rupias, pero al intentarlo nosotros no bajaron de 3 por pieza, por lo que rehusamos de comprar.

Una amplia puerta daba paso a los jardines del hotel y, tras cruzarlos, nos facilitó la entrada el respetuoso, servicial y gentil portero de lujosa indumentaria y rojo turbante.

Recorrimos los alfombrados pasillos que discurrían entre tiendas hasta la zona próxima a nuestra estancia, en cuya puerta nos esperaba un empleado con colorido turbante y rojas vestimentas, que nos solicitó las llaves para facilitarnos la entrada, cambiar el agua hervida por otra fría, destapar las camas, conectar el aire acondicionado y encender el lento ventilador del techo para difundir el fresco.

Respiramos hondo al quedarnos solos y poder aliviarnos del sofocante calor, con una buena ducha, y relajar nuestros castigados músculos por unos instantes en las confortables camas y el susurro de la música ambiental, hasta que nos volvió a la realidad la implacable alarma del reloj de pulsera.

Repuestos y con mejor aspecto, nos dirigimos al gran salón con pórticos de columnas, y donde el monótono susurro del girar de unos ventiladores semiocultos, crean un ambiente relajado y agradable, para esperar a algunos compañeros de viaje, tomar alguna copa, cambiar impresiones y contarnos experiencias, hasta la temprana hora de la cena .

Unos camareros lucían llamativas y exóticas vestimentas, sus grandes turbantes rojos que resaltaban sobre el blanco inmaculado de la ropa.

Pasamos al comedor acompañados por dos jóvenes hindúes amigos de nuestro guía, y que esta noche cenaran con nosotros.

Ceremoniosamente, somos atendidos y servidos, comenzando la cena con unos entremeses muy picantes que nos induce a tomar la mala, pero refrescante cerveza fabricada en Bombay.

La cena fue exquisita, abundando las ensaladas, vegetales cocinados acompañando a carnes, brochetas de langostinos, como es habitual, muy picantes, postres compuestos por frutas y helados, y al final, el delicioso te indio servido en la artística vajilla de plata.

Hablamos con los acompañantes sobre las costumbre y riquezas de la India, sus negocios, sus familias, pero todo su interés se centraba en leer el porvenir a las chicas, tocándoles las manos con la excusa de la lectura. A continuación pasamos a un salón más pequeño, profusamente decorado y con suelo de blanco mármol, situado en alto respecto al restaurante, con mesas redondas sobre vástagos metálicos. Nos volvieron a servir te y café mientras los invitados hindúes estrechaban amistad con algunas componentes del grupo, mientras aumentaba el brillo de sus ojos, y sus manos se alargaban.

La sobre mesa se prolongó un par de horas, manteniendo las conversaciones con los invitados parte hablada y parte mediante gestos, lo que hace divertida la noche hasta que Leny, mi esposa, leyó las manos de los hindúes adivinándoles su condición de comerciantes y otras interioridades familiares que dejaron perplejos a ambos y, un poco aturdidos, nos invitaron a una sala de fiestas , a la que rehusamos de ir agotados por el intenso día y el sofocante calor de Delhi.

Al siguiente día hicimos una visita panorámica de toda la ciudad, tras la cual, cuatro personas fuimos otra vez al Fuerte Rojo para adquirir algunos regalos y seguir interesándonos por los marfiles pintados, lo que nos costó hasta el medio día sin llegar a un acuerdo.

Por la tarde decidimos volver para terminar con las negociaciones, para lo que discutimos el precio con un taxista y, junto con Fernando que se ofreció a acompañarnos, indicamos al chofer y su acompañante que nos llevara a Red Fort. En el viejo vehículo recorrimos las calles conocidas, barrios nuevos, zonas más inhóspitas, hasta que nos paró en un barrio de chabolas enclavadas en una zona terriza apartada de la parte urbana, indicándonos que aquello era Red Fort, lo que negamos como podíamos, pero al parecer, no nos entendían.

Una multitud curiosa rodeó el taxi, mirando por los cristales al interior. Cientos de niños muy sucios y casi desnudos acudieron al espectáculo y algunas jóvenes madres con los niños apoyados en las caderas, nos miraban con extrañeza e inquietante curiosidad.

Bastantes asustados pero con voz alta y firme, ordenamos en ingles que nos llevaran a la policía en repetidas ocasiones y, algo entendieron que, poniendo en marcha el vehículo, comenzamos a recorrer los caminos hasta que, delante de nosotros, reconocimos la silueta del Fuerte Rojo que buscábamos y, nada más estar próximos a los guardias de la gran puerta de entrada, abandonamos el vehículo para sentirnos seguros y poder gozar del espectáculo que es este gran bazar.

El cuadro sobre marfil firmado en el reverso por su autor, un conocido pintor hindú, aún estaba en el establecimiento y, como ya teníamos avanzadas las negociaciones sobre su precio, llegamos a un acuerdo en poco tiempo y, junto a unos llaveros de palo rosa, lo adquirimos para disfrute de su arte y recuerdo de un viaje por el país de las mil y una noche.

La programación para la noche incluía una representación de danzas y cantes típicos, a las que nos llevaron en un confortable y muy frío autocar.

La representación teatral y las danzas, se realiza en un amplio local donde la temperatura es elevadísima, moviéndose el aire con unos grades y potentes ventiladores situados a ambos lados del escenario, lo que sólo producía una corriente de aire caliente, y debido a la hora que era, a la digestión del almuerzo y la temperatura, además de las ininteligibles danzas y canciones, nos vence el sopor e incluso creo que llegamos a dormirnos en algún momento.

Tras finalizar la función, recorrimos con el autocar varias calles y plazas repletas de una multitud de personas que se entremezclaban con otras en bicicletas, los taxis, las vacas andando o echadas en medio de la calzada, todo en un aparente desorden caótico que no evitaba la fluidez incomprensible de aquella informe multitud.

Un agente de tráfico intentaba alternar el paso de los vehículos y personas con amplios gestos como de danza, haciendo sonar constantemente su silbato sin parar conjuntamente con sus movimientos coreográficos.

El atardecer enrojecía el cielo en el horizonte y en su contraluz, se dibujaban las siluetas de los grandes pájaros que regresaban a sus árboles, con un clamor de graznidos ensordecedor, para pasar la calurosa noche.

Los grandes templos hindúes se abarrotan de fieles al atardecer, y cientos de guirnaldas repletas de pequeñas luces multicolores, cuelgan desde las cúspides de sus cúpulas hasta las balaustradas de sus cerramientos, creando un ambiente festivo y multicolor que favorece la magia de la oración.

En poco llegamos a una calle principal, en la que se encuentra el lugar donde cenaremos. Se trata de un restaurante al aire libre, llamado Moti Majal, en el que sobre la tierra apisonada y regada para refrescarla, se encuentran unas mesas para ocho personas, con unos bancos de madera como asientos.

No hay carta para solicitar la comida, es un menú previamente diseñado y que incluye la especialidad de la casa, que es el pollo, muy pequeño, hecho al horno tradicional hindú, tandoori, aparte las ensaladas y brochetas de langostinos.

La forma de preparar el pollo es con abundantes especias como el comino, y cilantro, jengibre, limón, cúrcuma, así como el famoso curry, y al tener un sabor bastante picante, da la impresión de que satisface poco, además de ser piezas de pequeño tamaño, por lo que para los dos, pedimos ¡ocho pollos!

Como segunda parte tomamos unas brochetas de langostinos de carne muy tersa y de aspecto poco reconocible como tal, por lo que sospechamos que era serpiente, ya nos aseguraron que tienen un agradable sabor con similitud al pollo en su textura, y dudando sobre la procedencia la pusimos en duda a un camarero que, amablemente nos condujo hasta una zona trasera, donde nos enseñó que los enormes langostinos eran cortados longitudinalmente debido a su grosor, y despojados de la cabeza y cola una vez pelados, perdían la apariencia de marisco, después eran ensartados en una caña y entregados a un cocinero casi desnudo y de rodillas en el suelo, para que lo introdujera con su mano, en el tandoori, horno compuesto por una especie de tinaja enterrada en el suelo, en la que mediante las brasas en él depositadas, hornean los alimentos de una forma lenta y a una temperatura constante que tan buenos resultados culinarios reporta. El cocinero presentaba un brazo claramente tostado de introducirlo en el horno, donde además se depositaban en su lateral las tortas resultantes de amasar y estirar una masa de pan, para dar lugar al nan, pan ácimo, y que hacen de uno en uno para que se consuma caliente recién echo.

Aún no teniendo sensación de saciedad, la cantidad de alimentos ingerida era importante, para lo que pusieron varios recipientes conteniendo semillas de matalahúvas y azúcar en cristales del tamaño de caramelos y que, masticados juntos, tienen un agradable e intenso sabor a anís siendo muy digestivo.

La noche empieza a cubrir con su negro manto el cielo de Delhi, ya no se oyen los graznidos de los pájaros, el murmullo de la ciudad comienza a menguar y unos cables con bombillas equidistantes se cruzan sobre nuestras cabezas, iluminando el recinto y evitando la espectacular vista de un cielo poco contaminado, donde brillan parpadeantes, miles de estrellas e irradia paz y tranquilidad espiritual en el País de los gurús y santones, del yoga y la magia, que es India.

Así sentí India, así sentí Delhi.

Autor: José Enrique González Palma

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