20 Ene 2009
De sudacas europeos a receptores de sudacas latinoamericanos
Tiempo atrás y cuando me tocó vivir en Suiza, España aún era la Cenicienta de Europa
Recuerdo, cuando yo vivía en un hotel en Ginebra, el pavor que tenían los españoles que trabajaban allí por la súbita llegada de la Policía migratoria, el temido Control de l’habitant helvético.
Agustín Saavedra Weise*
El término “sudaca” ya tiene ingreso en el Diccionario de la Real Academia Española como adjetivo despectivo orientado a los sudamericanos, en particular a los inmigrantes en el país ibérico.
No recapitularé sobre las tristes escenas, cuando cientos de compatriotas procuraban el último vuelo a Madrid antes del requisito del visado previo. Recordaré —más bien— las épocas en que los “sudacas” eran los mismos españoles, hoy soberbios por su nueva riqueza y que con tanto racismo nos menosprecian hoy a los bolivianos.
Tiempo atrás y cuando me tocó vivir en Suiza, España aún era la Cenicienta de Europa, medio africana, pobre y subdesarrollada. Sus más avanzados vecinos franceses acuñaron la expresión: “Europa termina en los Pirineos”, esto es, sin considerar a las dos naciones atrasadas allende las montañas: España y Portugal.
En ese entonces, España era exportadora neta de gente. Millones de españoles, particularmente oriundos de Galicia, partieron en busca de oportunidades desde principios del Siglo XX. Hasta hoy, a los hispanos en general se los denomina “gallegos” en Argentina y se hacen innumerables chistes con ellos. También se los llama un poco despreciativamente “gaitas”, por su afición a tocar ese instrumento.
En Europa, los españoles del pasado reciente se desplazaron en busca de trabajo hacia las zonas de altos ingresos, particularmente Alemania y Suiza. Recuerdo, cuando yo vivía en un hotel en Ginebra, el pavor que tenían los españoles que trabajaban allí por la súbita llegada de la Policía migratoria, el temido Control de l’habitant helvético. Si los suizos pillaban a un español sin papeles, lo ponían de patitas en la frontera; aunque sea pleno invierno y con 20 grados bajo cero. Los españoles eran los indeseables; vivían desesperados por no perder su trabajo o porque no descubran su situación ilegal. Lo vi.
En medio de ese panorama, un viejo colega de la Cancillería me aconsejaba, mitad en broma y mitad en serio, no hablar español en locales públicos de Suiza para evitarse inconvenientes gratuitos y que mejor era chapurrear un mediocre inglés o francés para pasar desapercibido. En la Europa Occidental de los 70 y principios de los 80 del siglo pasado, los españoles eran sudacas “sui generis”.
Pero las cosas cambiaron. España pasó a formar parte de la Unión Europea juntamente con Portugal. Llegaron las inversiones, vino el progreso, se redujo el desempleo, se crearon nuevas fuentes de trabajo y se incrementó el ingreso por habitante. El crecimiento posibilitó mejores oportunidades, y aquellos españoles que realizaban tareas menores pasaron a realizar tareas mayores o, simplemente, no quisieron más “humillarse” con labores menudas. Los sudacas de Bolivia y de otras partes cubrieron ese espectro laboral.
Con el boom español, los sudacas ibéricos pasaron a ser europeos de pleno derecho, ganaron respetabilidad y muchos retornaron a sus regiones. Esos discriminados de ayer ahora hacen escarnio de nuestros sudacas. En apenas 25-30 años, han adquirido comportamiento de nuevos ricos y petulancia.
Así están las cosas en 2009. Distinto era el panorama de los que hoy protestan por la llegada de nuestra gente, cuando la propia era arrastrada por pasillos de hoteles...
Sudacas españoles de ayer, poderosos de hoy: recuerden y reflexionen; siempre hay —y habrá— un corsi ricorsi.
*Ex canciller de la República de Bolivia
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