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01 May 2009

..A propósito del Día del Trabajo, hablemos del derecho al ocio

Escrito por: ivette-duran el 01 May 2009 - URL Permanente


Ivette Durán Calderón

Ocho serán las horas de trabajo, ocho las de expansión y ocho las horas de reposo”.

La ley no obliga a trabajar, ni prohíbe dedicarse al ocio

Mientras el ocio no sea ociosidad, quien lo practique no estará incurso en la ley que sanciona la vagancia.

Desde la antigüedad hasta la edad media el hombre era esclavizado en función de la producción, muchas fueron las rebeliones y las jornadas de lucha de los obreros para conseguir la reducción de sus horas de trabajo a niveles humanos.

Hasta que el 1º de Mayo de 1886 la Federación Obrera de los Estados Unidos y del Canadá implantaron la jornada laboral de 8 horas aprobada dos años antes por el Congreso Obrero de Chicago “Ocho serán las horas de trabajo, ocho las de expansión y ocho las horas de reposo”. Finalmente en 1889 el Congreso Internacional Obrero, acordó asimilar el 1º de Mayo como “El Día Internacional del Trabajo”.

Sin embargo, la lucha de los explotados contra la explotación continúa y aún hoy se derrama sangre de nuestros mártires que luchan por un justo salario.

Me remito a lo expuesto por el ilustre laboralista peruano Teodocio Palomino quien sostiene que “el ser humano – no el animal ni la máquina - es el único ser que trabaja como una actividad voluntaria, inteligente, lícita y moral , su trabajo no puede equipararse con la mercancía, energía o fuerza natural o artificial, ya que son las cosas las que tienen precio , las personas tienen dignidad”.

El hombre mientras no atente contra la ley, puede hacer lo que le venga en gana porque “tiene derecho”. Y ese “tener derecho” puede referirse a una acción u omisión inmediata o mediata. En cuanto a la omisión o “acción por omisión”, vamos a valernos de casos específicos; por ejemplo: yo tengo derecho de no ir al cine o de no comer en mi casa.

La Constitución Peruana de 1933 y de 1979 dice: “ nadie está obligado a hacer lo que la ley no manda ni impedido de hacer lo que ella no prohíbe” repitiendo la máxima de la Declaración Francesa de 1879, enfatizando que “a nadie puede obligarse a prestar trabajo personal sin su libre consentimiento y sin la debida retribución”.

De esa manera, es que llega al ocio (de ociosidad, no de esparcimiento), pero al ocio como derecho, ya que la ley no obliga a trabajar, ni prohíbe dedicarse al ocio. Por lo dicho, el ocio es un derecho, pero dentro de ciertos límites. Mientras el ocio no sea ociosidad, quien lo practique no estará incurso en la ley que sanciona la vagancia.

Para que el ocio sea un derecho, no debe ser consecuencia de la falta de trabajo, sea porque no se ha conseguido aún una ocupación o porque se perdió la que se tenía. De todas maneras la ociosidad no es un derecho, sino un vicio, porque atenta contra la moral y las buenas costumbres.

San Pablo de Tarso dijo: “qui non laborat, nec manducet (quien no trabaja, que no coma).

El ocio como descanso reparador para constituir un derecho presupone dos cosas: a) que sea precisamente un descanso reparador y b) que esté remunerado.

Cualquier otra clase de ocio, obviamente no es un derecho, por ejemplo: el que es consecuente de la falta de trabajo , sería absurdo pensar que alguien crea que perder o no encontrar trabajo es un derecho; o que el lapso en el que alguien no tiene trabajo es “ocio”, siendo simple desempleo, desocupación o “paro”.

El ocio tampoco es el deseo inveterado de no trabajar, es decir, ponofobia (miedo a trabajar en exceso) o parasitismo profesional, que no es otra cosa que ociosidad.

Entonces, debemos entender el ocio como un periodo de descanso, después de un prolongado trabajo agotador o extenuante. De hecho, el derecho al ocio podría ser una tentadora y remota solución de remunerar el ocio creativo, entonces el ocio se convertiría en un trabajo como cualquier otro.

San Pablo de Tarso dijo: “qui non laborat, nec manducet (quien no trabaja, que no coma).

Y no falta quién sostiene: Si el trabajo es salud…entonces, que trabajen los enfermos.

¡¡¡¡Feliz día del trabajador!!!

23 Ago 2008

¿No produce, porque su edad no se lo permite?

Escrito por: ivette-duran el 23 Ago 2008 - URL Permanente

Ivette Durán Calderón

Los grandes hombres que iluminaron el camino de la humanidad con sus tareas y hallazgos, aquellos que lucharon por todos, probaron con su existencia gloriosa, que la resistencia humana es inagotable; jamás ni en la más avanzada edad, se sintieron agotados ni incapaces para la labor y mucho menos decrépitos.

Para producir la edad no es un límite, tomemos los siguientes ejemplos:

Moisés tenía ochenta años cuando llevó a su gente a la Tierra de Promisión.

San Juan era más que octogenario cuando escribió El Evangelio.

Julio César después de una vida de disipación y de vicio, venció a Pompeyo, cuando contaba cincuenta años.

Aristóteles escribió sus principales obras cuando pasaba ya de los cincuenta y cinco años.

Rogelio Bacon escribía a los ochenta años y sus obras son consideradas hoy como pozos verdaderos de ciencia, algunas de ellas las escribió en la cárcel.

Leonardo da Vinci, el monstruo del talento pictórico, empezó a los cuarenta años la famosísima “Cena”.

Copérnico terminó su obra “Revolutionibus orbium coelestium ” a los cincuenta y siete años, la siguió corrigiendo hasta la edad de setenta años en que la entregó a la imprenta.

Galileo no publicó su “Sidereus Nuncios” hasta los cuarenta y seis años; a los setenta y cuatro años, ciego en absoluto, seguía investigando en sus trabajos científicos. Fue a esa edad cuando publicó sus célebres “Diálogos” sobre el movimiento local.

Pierre Simon de Leplace, a los setenta años, llevó a cabo su inmensa tarea de investigación sobre matemáticas.

Michael Faraday, hizo sus trabajos asombrosos sobre electro-magnetismo a los setenta años.

Charles Darwin publicó a los sesenta años, su obra, “El origen de las especies”.

André Marie Ampere publicó a los cincuenta y un años, la “Teoría de los fenómenos electrodinámicos”.

A los cincuenta y siete años, Manuel Kant se dio a conocer con sus trabajos filosóficos y publicó “La Critica de la Razón Pura” a los sesenta y seis años.

Benjamín Franklin, a los setenta años, fue a Francia para solicitar ayuda para la independencia de su país.

Alessandro Volta descubre la famosa pila de su nombre a los cincuenta y seis años de edad.

Von Humboldt Fleisher emprendió su gran viaje de 4500 leguas, que tanto sirvió para rectificar la geografía de Asia, a los sesenta años.

Miguel de Cervantes
había cumplido los cincuenta y ocho años cuando publicó la primera parte de “El Quijote” y sesenta y ocho cuando se vio la luz de la segunda.

Victor Hugo escribió “Los Miserables” a los cincuenta y siete años.

Jonathan Swift publicó “Los viajes de Gulliver” a los sesenta años.

La mayor parte de las quinientas obras dramáticas de Pedro Antonio Calderón de la Barca de Henao y Riaño fueron escritas cuando el autor se hallaba entre los cincuenta y los ochenta años de edad.

Guillermo Prescot, ciego a los cincuenta años, publicó la “Historia del Perú”.

Bartolomé Esteban Murillo pintó su “San Antonio”, de la catedral de Sevilla, a los setenta y cuatro años.

Vecelio di GregorioTiziano trabajó incansablemente hasta ser centenario.

Charles Maurice de Talleyrand, a los ochenta y cinco era afamado como el mejor diplomático de su tiempo.

Thomas Alva Edison murió a los ochenta y cuatro años, trabajó hasta el último momento y durante muchos años no durmió más de seis horas.

Henry Ford, a los ochenta y cinco años dirigía sus producciones de automóviles y sus plantas constructoras.

¡Que nadie diga entonces, que está agotado a los treinta años, ni a los cuarenta, ni a los sesenta años de edad!
Diga mejor que no quiere trabajar y entonces creeremos su afirmación.

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