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17 Jul 2008
Existe un lugar en el Caribe
Me gusta viajar a sitios donde nunca estuve sin saber nada de ellos previamente. No llevar ninguna guía ni haber leído nada, perderme paseando y descubrir aquellos rincones o paisajes sin tener siquiera idea de su existencia. Cada vez es más difícil hacerlo en un mundo en el que sólo con un clic de ratón obtienes miles de resultados al buscar cualquier palabra; pero aún así, a veces ocurre y entonces lo disfrutas como nada en el mundo. Como si hubieses descubierto una pequeña joya de la que sólo hablas con tus más íntimos, como si al explicarlo a alguien más, piensas que tu consejo violará la tranquilidad del sitio y hará que desaparezca de pronto todo su encanto.
Algunas veces lo he hecho, conocer un sitio sin saber nada de él previamente, sin guías, sin cicerones; y el resultado ha sido alentador. Lo he saboreado como un adolescente, me he entretenido como si temiera que desapareciera el hechizo y luego me lo he callado en un intento de que jamás nadie lo encontrara y siguiera siendo el mismo rincón agradable por el resto de los tiempos. Así encontré lugares únicos en África y, sobre todo, en América.
Uno de esos lugares es las Bahamas. Lo desconocía absolutamente todo de éste país cuando llegué a Nassau. Todo excepto que era un paraíso fiscal y que es muy requerido por los buceadores. Como el buceo no es algo que practique y nunca necesité de lugares donde refugiar mi dinero, no reparé más en este país caribeño de bonitas playas y gente amable.
Llegué a la capital en las vísperas de la fiesta nacional y la pequeña ciudad lucía en todas sus calles la colorida bandera nacional. Los barcos atracados en el mismo centro de la ciudad (curiosa la perspectiva que produce un barco atracado en lo que parece una calle más del centro) arrojaban cientos de turistas que tenían tomados los mercadillos, restaurantes y los escasos lugares de cierto interés turístico. Tenías que salir de allí, alejarte unos kilómetros en cualquier dirección para disfrutar de solitarias playas de arenas blancas y aguas cristalinas con temperatura de bañera infantil.
Como a veinte minutos de allí encontré el rincón que me cautivó, Orange Hill Beach, interesante playa donde pude disfrutar de una tranquilidad desconocida y donde los días parecían no transcurrir, alargados por amenas veladas con esos “locos que el mundo no traga” a los que se refería Ana Belén en su canción.
En esas tertulias nocturnas sostuve tesis imposibles y defensas vehementes de la cultura europea, en veladas que se alargaban hasta bien entrada la madrugada, con desconocidos compañeros de hotel, que parecían varados, más que alojados, en aquel lugar. Allí tropecé con la Norteamérica más interesante (la mayoría de los turistas eran de éste país) y allí también se quedó parte de un corazón algo maltrecho ya de tanto trajín.
Definitivamente los lugares son las experiencias vividas en ellos y el tiempo en el que se vivieron. Las mías en este alejado lugar del Caribe harán que intente volver por allí a recuperar algo que definitivamente no estará ya.
Me gusta leer, pero no todo; me gusta la música, pero no toda; me gusta el mundo, pero no todo; me gustan las personas, pero no todas. Me gustan ‘las cosas chiquitas’ que me cambian y cambian. Me gusta equivocarme y empezar de nuevo. Por todo ello, me apasiona elegir el camino para avanzar en el conocimiento transformador, el mío y el colectivo, que busco y encuentro en los libros, en la música, en mis amigos, en mis viajes, que desvían mi mirada etnocentrista y me ayudan a entender el mundo.
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Los nadies
Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos: que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos, que no profesan religiones, sino supersticiones. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folclore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local. Los nadie, que cuestan menos que la bala que los mata.
EDUARDO GALEANO


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