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12Jul, 2008
De vacunas y países
Iba a emprender mi viaje a Angola y ya me habían hecho mi chequeo médico, me habían vacunado de la fiebre amarilla, como es preceptivo, llevaba en mi botiquín la profilaxis contra la malaria y sabía cómo tenía que dosificar las pastillas, que debía de tomarme religiosamente cada semana, de hecho ya había ingerido mi primera dosis de ellas. También llevaba mi repelente de insectos adecuado para esas latitudes y hasta pastillas potabilizadoras de agua. Cuando ya creía que todo estaba controlado y cuando restaban apenas 72 horas para mi partida al continente, descubro que no estaba vacunado de tétanos. En realidad creo que desde mi infancia no había vuelto a revacunarme de nada y mucho menos de tétanos.
Como mi partida era inminente ya no tenía tiempo de hacerlo, ya que ésta es una vacuna que necesita ser inyectada en dos dosis y entre ambas debe transcurrir un mes; por tanto, me iría a África sin poder ponérmela. Acudí a la farmacia del hospital de
Con mi surtido de gammaglobulina y un cuidado botiquín personal emprendí viaje hacia Luanda donde, después de interminables horas de vuelo y esperas, me recogieron en el aeropuerto para llevarme a casa. En el trayecto me informaron de mi agenda de trabajo para los siguientes días y me indicaron que podía dedicar mis primeras horas en la ciudad para descansar y reponerme del fatigoso viaje. Al fin y al cabo la mayor parte del personal de la oficina iría esa mañana a un entierro de un bebé, hijo de un colaborador. Por cortesía me interesé por las circunstancias de la muerte del niño, a lo que me contestaron con un lacónico “ha muerto de tétanos”.
27Jun, 2008
La caída de la noche en Angola
Aunque sabíamos que Benguela se encontraba cerca, aún nos quedaba algo más de media hora para llegar y no nos daría tiempo a hacerlo con la luz del día. Todos nuestros viajes por la provincia estaban minuciosamente organizados para realizarlos de día, pero en éste la comida se había demorado más de la cuenta e irremediablemente se nos haría de noche en la carretera.
En un país con una escuálida tregua y donde la red de carreteras no estaba especialmente protegida, aventurarse a transitar de noche por ellas era lo más parecido a un último viaje. Pero allí estábamos; éramos una caravana formada por cuatro toyotas blancos de naciones unidas y de la Federación de
Todos éramos conscientes de
Cuando ya la noche había caído y aún necesitaríamos unos veinte minutos para cruzar el control de acceso a la ciudad, nuestro coche pinchó. Nunca he visto mayor sincronización sin decir una sólo palabra, los cuatro vehículos se pararon como si de uno sólo se tratara y de todos ellos salieron sus ocupantes. Sin que nadie organizara el trabajo todos nos repartimos las tareas, los escoltas protegiendo la delantera y la retaguardia, yo me hice cargo del gato para elevar el vehículo y nuestro conductor comenzó a aflojar los tornillos que soltarían la rueda pinchada al tiempo que otros dos compañeros sacaban la rueda de repuesto. Los demás observaban la escena y los alrededores.
Aunque sólo fueron unos minutos, no más de cinco, fueron los más largos de nuestras vidas, los más silenciosos que jamás viví, los de más tensión. Tensión reflejada en los rostros, tensión en los músculos que respondieron eficazmente de puro miedo.
Con el mismo silencio y rapidez con los que habíamos bajado de los coches, volvimos a ellos, una vez acabado el trabajo, y a la máxima velocidad que nos permitían los caminos que transitábamos emprendimos nuestro último tramo hasta una Benguela, donde la noche había encerrado a sus habitantes en sus casas.
04Jun, 2008
Las monjas de Cubal
Tardamos más de 9 horas en recorrer los
Tras más de veinte años de guerra no esperábamos encontrarnos un hospital que respondiera a los cánones acostumbrados en Europa. Pero la primera impresión fue desalentadora. El hospital se encontraba a dos kilómetros de la ciudad y su entorno parecía un nuevo poblado. Nos explicaron que el área de influencia de este centro era muy extensa y que los familiares que acompañaban a los enfermos se quedaban en los alrededores acampados mientras estuviera hospitalizada la persona a la que habían traído. El hospital contaba con unas 1000 camas y en los alrededores estaban acampadas más de dos mil personas que sólo esperaban la recuperación del enfermo para regresar a su localidad de origen.
El hospital esta dirigido por las Hermanas de Santa Teresa de Jesús, que llevan allí desde 1973, en una misión que trabaja en distintos ámbitos, aunque el sanitario es el más destacado de todos. Durante la guerra el hospital ha atendido a heridos de ambos bandos, con lo que han conseguido tener el respeto de toda la población y ha sido el único edificio de la zona que nunca fue atacado.
El motivo de nuestra visita allí era entregarles unas cartas de España a las 5 monjas gallegas responsables de aquel centro y de aquella misión. El embajador nos había pedido el favor al saber que pasaríamos por esa ciudad. Ellas no nos esperaban y tampoco las noticias que le llevábamos.
Nos recibieron como agua de Mayo, nos mostraron su trabajo, el hospital, nos hablaron de sus necesidades de sus proyectos y de la esperanza en que las hostilidades que estaban suspendidas en ese momento -tras la firma del protocolo de Lusaka de 1994- no se reanudaran nunca (unos meses después volvieron y continuó la violencia hasta el año 2002).
En una parcela cercana, retirada del resto de las instalaciones se encontraba la iglesia y la casa de ellas, allí nos ofrecieron una modesta merienda y mantuvimos una larga conversación sobre Angola, España y sobre las esperanzas de cada uno y de las incertidumbres del momento que vivíamos. La casa era muy modesta y acogedora, con una tranquilidad desconocida en unos momentos tan convulsos y en un lugar como aquel que a lo largo de los interminables años de guerra fue cambiando de manos, primero el MPLA luego UNITA, otra vez el gobierno; así hasta ese momento en que la inestable paz la controlaban tropas indias y uruguayas, que cubrían su cabeza con cascos azules.
Fue uno de los momentos más entrañables que nos dio ese viaje por el interior de la Provincia de Benguela.
27May, 2008
Los cuerpos de nuestros muertos asesinados en Luanda
Hace más de diez años que la vi y aún hoy me sigue machacando su recuerdo. Era una pintada, sólo eso, una pintada de las muchas que podemos ver en cualquier muro de cualquier ciudad. Sin embargo esa en concreto estaba en un muro frente a un puesto de observadores de Naciones Unidas en Chongoroi, poblado angoleño donde se encontraba el, en ese momento, inactivo frente de combate entre las tropas del gobierno y las del grupo rebelde UNITA.
La pintada estaba en lo que fue un obrador de panadería y rezaba en portugués: “queremos los cuerpos de nuestros muertos que fueron asesinados en Luanda”. Sólo eso y nada más que eso. Aquel día, en el ajetreo del trabajo que nos llevó hasta allí, casi ni reparé en ella, sin embargo, al caer la noche ya me atormentaba la cabeza y, como digo, aún hoy sigue viniendo a mí en cada desvelo, o cada vez que asaltan mi televisión imágenes de otros lugares, de otras guerras, pero de las mismas victimas.
Es la pintada de la rendición, de la desesperanza, del “todo se ha acabado”. Cuanto dolor habita el corazón de cualquier persona que escribe eso en una pared, amparada en las sombras de
El pueblo intentaba recomponerse tras décadas de conflicto; los observadores de la ONU garantizaban la estabilidad de la zona y la seguridad de los que allí estábamos, a pesar de que las bases de UNITA estaban a sólo cinco kilómetros de allí. Mamadu de Guinea-Bisau y Rostam de Malasia, oficiales de los casco azules desplegados en la zona, nos hicieron de anfitriones en un poblado que, a pesar de todo, permanecía casi desierto y donde sus pocos habitantes seguían desconfiando de cualquier acuerdo de paz.
Angola hoy vive en paz, en paz de guerra, que no en paz social. Los fusiles callaron y hoy es uno de los países con mayor crecimiento económico de África. Es un país que intenta mirar al futuro cara a cara, pero que, me temo, sigue sin poder enterrar los cuerpos de sus muertos.
10May, 2008
10 de Mayo de 1973
Creación del Frente Polisario en el que participa El Uali Mustafa Sayed, que será el primer Presidente de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD).
17Mar, 2008
Saint Louis de Senegal
Hay sitios especialmente evocadores cuando viajas, sitios que te transforman o que te hacen sentir sensaciones nuevas. Saint Louis de Senegal es uno de esos lugares que me atrae poderosamente por la serenidad que transmite. Esta ciudad que se expande a lo largo de las orillas del río Senegal y que incorpora a su mapa una Isla central unida por puentes a estas, emana en cada esquina presencia colonial francesa. Sabe a África, a negritud, a jazz; pero sobre todo sabe a la Francia de ultramar.
La ciudad entera es especialmente atractiva, aunque quizás tiene dos construcciones que destacan especialmente y que hoy me llaman la atención. Son además los dos más claros ejemplos de esa Francia colonial.
La primera de estas construcciones-símbolo es el Puente Faidherbe cargado de todo tipo de leyendas. Dicen en la ciudad que el puente es de Eiffel y que se construyó para que cruzara el Danubio y que un error a la hora del embarque lo trajo a estas tierras. Para mí es más creíble la opinión de que es una obra de la escuela de Eifell y que aunque originariamente fue diseñado para el Danubio, finalmente se reconvirtió para instalarlo aquí en el río Senegal sin que mediara ningún error. Esta versión es quizás menos romántica pero no le quita belleza a una obra de ingeniería digna de su época. Hoy están restaurando este interesante puente de siete arcos y gracias a eso me permito pasear tranquilamente por él sin la presencia de coches.
El otro símbolo de la ciudad es el Hotel de La Poste. Este es el hotel que utilizaban las tripulaciones de aquellos aviones correo que surcaban los cielos desde París hasta Casablanca y Dakar para luego continuar hasta Natal, al otro lado del Atlántico. Jean Mermoz fue el primero que cruzó el Océano y desde la habitación 219 de este hotel se preparó infinidad de veces para hacer esas travesías hasta que, como no podía ser de otra manera, una de ellas fue trágicamente la última. Hoy he tenido la oportunidad de dormir en su habitación, que se conserva tal y como él la dejó, y he recordado esa época. También me acordé de Antoine de Saint-Exupéry su compañero de vuelo en tantas ocasiones y autor de El Principito. Él nos dejó como legado todas las narraciones de esos viajes precursores de la aviación moderna hasta que, de la misma manera que Mermoz, desapareció en uno de esos viajes. Hoy no tengo dudas, Saint Louis es, para mí, una de las ciudades más interesantes de África.
Me gusta leer, pero no todo; me gusta la música, pero no toda; me gusta el mundo, pero no todo; me gustan las personas, pero no todas. Me gustan ‘las cosas chiquitas’ que me cambian y cambian. Me gusta equivocarme y empezar de nuevo. Por todo ello, me apasiona elegir el camino para avanzar en el conocimiento transformador, el mío y el colectivo, que busco y encuentro en los libros, en la música, en mis amigos, en mis viajes, que desvían mi mirada etnocentrista y me ayudan a entender el mundo.
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