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11Sep, 2009

El último poema de Victor Jara

Escrito por: javier-polo el 11 Sep 2009 - URL Permanente

Somos cinco mil
en esta pequeña parte de la ciudad.
Somos cinco mil
¿Cuántos seremos en total
en las ciudades y en todo el país?
Solo aquí
diez mil manos siembran
y hacen andar las fábricas.

¡Cuánta humanidad
con hambre, frío, pánico, dolor,
presión moral, terror y locura!

Seis de los nuestros se perdieron
en el espacio de las estrellas.

Un muerto, un golpeado como jamás creí
se podría golpear a un ser humano.
Los otros cuatro quisieron quitarse todos los temores
uno saltó al vacío,
otro golpeándose la cabeza contra el muro,
pero todos con la mirada fija de la muerte.

¡Qué espanto causa el rostro del fascismo!
Llevan a cabo sus planes con precisión artera.
Sin importarles nada.
La sangre para ellos son medallas.
La matanza es acto de heroísmo
¿ Es este el mundo que creaste, dios mío ?
¿Para esto tus siete días de asombro y trabajo ?
en estas cuatro murallas sólo existe un número
que no progresa,
que lentamente querrá más muerte.

Pero de pronto me golpea la conciencia
y veo esta marea sin latido,
pero con el pulso de las máquinas
y los militares mostrando su rostro de matrona
llena de dulzura.
¿Y México, Cuba y el mundo?
¡Que griten esta ignominia!
Somos diez mil manos menos
que no producen.

¿Cuántos somos en toda la Patria?
La sangre del compañero Presidente
golpea más fuerte que bombas y metrallas
Así golpeará nuestro puño nuevamente!

Canto que mal me sales
Cuando tengo que cantar espanto!
Espanto como el que vivo
como el que muero, espanto.
De verme entre tanto y tantos
momentos del infinito
en que el silencio y el grito
son las metas de este canto.
Lo que veo nunca vi,
lo que he sentido y que siento
hará brotar el momento…

(escrito en el Estadio Nacional de Chile, donde fue torturado y asesinado)

10Sep, 2009

Retornarán los libros y las canciones

Escrito por: javier-polo el 10 Sep 2009 - URL Permanente

Por fin paseo por las amplias alamedas de una ciudad que siempre me sedujo y no porque sea bonita, que lo es y mucho, o porque esté vinculada a mí, que no lo está. Tampoco me seduce por lo omnipresencia de la cordillera de los Andes -nevada en este invierno austral- que tanto me gusta y que me recuerda en cada esquina lo lejos y, a la vez, lo cerca que estoy de mi tierra.

Paseo por Santiago de Chile, ciudad que me evoca recuerdos de mi infancia en la que mis hermanos mayores me explicaban lo que ocurrió allí un once de septiembre (muy anterior al único que parece existir ahora) y la dictadura tan feroz que le siguió. Ellos me hablaron de Víctor Jara, de Violeta Parra, de Quilapayun y me hicieron escuchar sus canciones en unos años en los que tampoco era muy recomendable escucharlas en una España inmersa, ella también, en una dictadura, en este caso en sus últimos días. En esos años me aficioné también a Soledad Bravo, a Nacha Guevara, a Silvio y a Pablo y a tantos otros.

Y así fui conociendo la realidad, no sólo de Chile, sino de Latinoamérica, en unos años en los que las dictaduras campaban a lo largo y ancho del continente con el beneplácito de los vecinos del norte, que preferían que su patio trasero estuviera tranquilo, aunque fuera a costa de la libertad y de la vida de otros.

Bastante después de todo aquello vinieron mis viajes a Latinoamérica, ya habían acabado formalmente la mayoría de las dictaduras y a pesar de ello descubrí que seguían vigentes las reivindicaciones, ya que la democracia no trajo necesariamente el bienestar para todos y sí mucho olvido. Por otro lado, el encuentro con la realidad me hizo perder ese romanticismo que me transmitían mis hermanos, abanderados de las utopías de los sesenta. La realidad se impuso sobre los ideales.

En este, mi primer viaje a Chile (¿porqué la aplacé tanto?) camino sin pensar, sin saber muy bien a donde voy, o quizás sabiéndolo perfectamente. Mi primer paseo me llevó a La Moneda y a la estatua de Salvador Allende. Después recorrí otros lugares como Villa Grimaldi, La Chascona y en días sucesivos viajé a Valparaíso, a Isla Negra; Lugares todos protagonistas de un tiempo y de un país. Lugares que tienen que ver con la violencia, con el cinismo, con el olvido, con el recuerdo.

Durante mi primera noche en Santiago transito por el barrio de Bellavista, múltiples bares repletos de estudiantes al abrigo de la intemperie de este suave invierno; en uno de esos sitios entramos, un joven cantaba acompañado de su guitarra; tócanos algo de Víctor Jara y allí nos dio casi el alba, y de allí salimos con los recuerdos a flor de piel, las certezas más sólidas y sobre todo, con la esperanza de que mientras no perdamos la memoria, algunas cosas no volverán a ocurrir.

En cualquier caso sigo pensando en ese otro mundo posible, sigo pensando en la vigencia de las luchas, de las utopías, de las pequeñas transformaciones que cambian el mundo y de la necesidad de los compromisos individuales y colectivos.

Me gusta leer, pero no todo; me gusta la música, pero no toda; me gusta el mundo, pero no todo; me gustan las personas, pero no todas. Me gustan ‘las cosas chiquitas’ que me cambian y cambian. Me gusta equivocarme y empezar de nuevo. Por todo ello, me apasiona elegir el camino para avanzar en el conocimiento transformador, el mío y el colectivo, que busco y encuentro en los libros, en la música, en mis amigos, en mis viajes, que desvían mi mirada etnocentrista y me ayudan a entender el mundo.

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