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17Mar, 2008
Las ong´s y los vulnerables. La alianza de los perdedores.
Me han pedido desde la Fundación por el Progreso de Andalucía, que desarrolle una intervención
sobre lo que de un tiempo a esta parte hemos bautizado como cuarto mundo. Me pidieron
igualmente que eligiera un titulo para la misma que fuera ilustrativo del contenido. El mejor que
he encontrado es este que propongo, porque, sin lugar a dudas, de lo que voy a hablar en el día
de hoy es, incuestionablemente, de perdedores.
Recuerdo que en mi infancia existía una palabra que reflejaba las situaciones de necesidad de una manera diáfana para todos; esta palabra era "pobre". Decíamos que alguien era pobre cuando no tenía sus necesidades básicas cubiertas a diferencia de todos los que sí las teníamos. En una época en que todos teníamos grandes carencias que cubrir, aquellos que no podían cubrir sus necesidades más perentorias eran pobres. Recuerdo además como se hablaba de los pobres de solemnidad para distinguir a estas personas, que tenían un espacio claro en una sociedad culturalmente católica, que hacía de la Caridad uno de sus valores fundamentales.
Hoy la historia ha cambiado y ya no existe ninguna solemnidad en el hecho de ser pobre. Hoy asistimos a un proceso de dualización de la sociedad que nos lleva a que cada vez exista mayor número de personas que no cubren sus necesidades y que cada vez la riqueza se reparta entre menor número de personas, que se sitúan así en lo que llamamos la elite.
Junto a estos dos grupos existe una inmensa mayoría de ciudadanos en nuestro país, y en los países de nuestro entorno, que tienen un nivel de renta y de vida aceptable y mal que bien llegan, llegamos, sin grandes esfuerzos, a cubrir cuantas necesidades, ya sean reales o sentidas, tenemos. Somos lo que el economista Norteamericano John Kenneth Galbraith nombra como la cultura de la satisfacción: ciudadanos que estamos satisfechos con nuestra realidad y que deseamos más el que esta no cambie a que exista un mejor reparto y una clara justicia social.
Sin lugar a dudas España es un país privilegiado en el mundo. Sus cifras macroeconómicas la sitúa entre los diez países más ricos del planeta y como miembro de la Unión Europea está definitivamente situada en el Norte Desarrollado del Mundo. Pero esta realidad no puede ocultar otra, también característica del Norte Desarrollado y es la existencia de bolsas de miseria sin precedentes en nuestra historia reciente. Nuestra privilegiada situación nos ha hecho, nos está haciendo, cada vez más duales. En un país claramente desarrollado y económicamente envidiable existen ocho millones de pobres y esa estadística no para de crecer al igual que la del Producto Interior Bruto, por lo que es lógico concluir que cada vez la riqueza está más desigualmente repartida.
Si unimos los dos desarrollos que he hecho, el del sentido clásico de la pobreza y la actual situación macroeconómica de nuestro país, veremos que hoy la pobreza tiene claras diferencias con esa otra pobreza de solemnidad a la que antes hacíamos referencia. Hoy tenemos que hablar no ya de pobres, sino de vulnerables.
Ya no solo quien no tiene las necesidades básicas cubiertas está desprotegido, las precarias condiciones de trabajo de la actualidad hacen que multitud de personas queden excluidas del sistema, incluso disponiendo de un trabajo y, por tanto, de un salario. La mujer es constante víctima de situaciones de vulnerabilidad en su trabajo o en su casa (violencia doméstica, acoso sexual...). Nunca antes la infancia ha estado tan explotada y desprotegida. La población envejece a pasos agigantados y nuestros mayores están cada vez más desatendidos. A estas situaciones le podemos añadir un largo etcétera. Por todo esto hoy no podemos hablar sólo de pobreza sino que a este término le debemos añadir los dos que antes he citado; hoy tenemos que hablar de exclusión y de vulnerabilidad.
Además de los tipos de problemas sociales que he enunciado antes, creo que existe un tipo de exclusión nueva para nuestro país y que debemos mencionar aparte y es que fruto de nuestra privilegiada situación económica estamos asistiendo a una explosión de la inmigración a nuestro país.
España, que siempre ha sido, y aún lo sigue siendo, país de emigración se está transformando en un país receptor de inmigrantes, motivado por las expectativas de mejora que para cualquier ciudadano del Sur supone el trasladar su residencia al Norte Desarrollado. Esta masa de mano de obra viene a realizar trabajos que los españoles ya no queremos realizar y por los que les pagamos salarios de miseria obligándoles además a vivir en condiciones infrahumanas.
Si a esto le unimos la peculiar característica de nuestro país, el de menor tasa de nacimientos del mundo, nos encontraremos que en los próximos años deberá venir un número de inmigrantes significativamente importante para cubrir las necesidades de mano de obra futuras que nos llevará, ya nos está llevando, a que existan brotes de racismo y xenofobia desconocidos para nosotros hasta ahora.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí?. Pienso que a pesar de que las estadísticas reflejan claramente la situación en la que nos encontramos y que cualquiera de nosotros puede corroborar con un simple recorrido por nuestras ciudades, el grueso de los ciudadanos, los que hemos citado antes como la cultura de la satisfacción, además de estar satisfechos con nuestra particular situación en un mundo cada vez más endogámico, tenemos un tremendo pánico a traspasar la cada vez más nítida frontera entre nuestra clase media satisfecha y el mundo de los excluidos del sistema. Este peligro es cada vez más real y no es extraño conocer a alguien que ha traspasado esa frontera. El miedo nos hace egoístas y nos hace también conservadores.
Toda este cúmulo de situaciones esta generado también otro fenómeno característico de nuestro fin de siglo, la violencia. Cada día más cotidiana, más presente, la violencia está condicionando como nada nuestras actitudes y nuestra vida cotidiana. A este respecto me gustaría reflexionar sobre las palabras de Gandhi "Son violentos porque están desesperados". La violencia a la que asistimos en nuestro entorno, es, sin duda alguna, la violencia de la vulnerabilidad.
Aquí me interesa citar las premisas que la Fundación Argentina Generación 2000 utiliza en su cotidiano trabajo con los excluidos de Buenos Aires; y es que ellos parten del principio de que el hombre no es un ser peligroso. Aseguran que no existe peligrosidad en las personas si antes no han sido vulnerables. Cada día estoy más de acuerdo con esta premisa de ellos que me lleva a concluir que si atacamos las causas que provocan la vulnerabilidad de las personas, habremos acabado no sólo con la mayoría de los problemas sociales que tenemos sino además con la mayor parte de la violencia en el mundo.
Pero a estas alturas de mi intervención más de uno de los presentes se extrañará de que en el título de mi ponencia hablo también de las ONG's y aún no he hecho mención a ellas. Dije al comienzo que esta es una historia de perdedores y también a más de uno le sorprenda que las haya incluido también en este bando.
Pienso que desde las ONG's no hemos sabido implementar acciones que realmente intervengan en la denuncia y la solución de los problemas de la gente. Hemos hecho menos de lo que se esperaba de nosotros y nos hemos convertido, sobre todo, en piezas del sistema que permitimos lavar las conciencias de los ciudadanos satisfechos. En contadas ocasiones hemos facilitado la solución plena de problemas que afectan a ciudadanos vulnerables.
Las ONG's han entrado además en el juego de las complicidades del poder, que es quien ha establecido las prioridades y las actuaciones que se debían realizar, con qué presupuestos y en qué sectores. Esto que puede no tener gran importancia cuando los gobiernos son sensibles a los problemas sociales, es trágico cuando las políticas sociales se deciden desde la sede de la Agencia Tributaria.
Hemos adoptado un discurso fácil; el de que en la actualidad, la era de la globalización, todos los problemas son mundiales. La situación de nuestros barrios y ciudades no es muy distinta a la de otras ciudades de los países de nuestro entorno. Pero esto, que es un planteamiento sin lugar a dudas correcto, no deja de ser una excusa desmovilizadora para que la mayoría se desentienda de la responsabilidad que a cada uno de nosotros nos cabe en este asunto.
Creo que la solución de los problemas de nuestra sociedad pasa por tres espacios que debemos de reivindicar en este nuevo siglo que comienza. El primero de estos espacios tiene que ver con la vecindad. Debemos recuperar la palabra vecino en su sentido más clásico. Sólo desde la proximidad a los problemas se pueden plantear las soluciones a los mismos y sólo desde la implicación de los protagonistas el trabajo que hagamos será fructífero, por ello debemos reivindicar la proximidad, la vecindad. Las ONG's deben buscar ese espacio de vecindad para conseguir una mayor eficacia en su acción. Sólo desde la confianza de quien está próximo se puede intervenir en la solución de los problemas.
Hay un segundo espacio en el que debemos de actuar. El espacio que Eduardo Galeano nombró como el de "las cosas chiquitas". La solución de los problemas de la humanidad no pasa probablemente por nuestra calle, pero no me cabe duda de que si somos capaces de solucionar los pequeños, o grandes, problemas que se plantean en nuestro entorno estaremos colaborando en la solución de los problemas de la humanidad. Las grandes estadísticas, en definitiva no son más que el resultado de la suma de múltiples pequeños números.
El último espacio a reivindicar es el que Joaquín García Roca nombra como el de lo inédito viable. El dice que la historia está preñada de gérmenes y de posibilidades, cree que hay que romper con esas cosas que hoy se llevan tanto como son: la incapacidad, la geopolítica, la impotencia... Y esto puede conseguirse por dos vías: la del suicidio que es la de quien dice "me he enamorado de las estrellas" y se desengancha de la realidad o la de los neoliberales que se enganchan a lo que hay. Cuando se pregunta ¿cuál es la salida?, Nos dice " lo que tenemos de estrella es lo inédito y lo que tenemos de pies en la tierra es lo viable. Lo inédito viable sería el lugar donde la estrella y el fango se juntan.
Pienso que sólo conseguiremos convertir esta historia en la de los ganadores cuando seamos capaces de transforma nuestra cultura de la satisfacción en reivindicación firme de lo inédito viable, cuando recuperemos el valor del término vecino y cuando seamos conscientes del valor de las "cosas chiquitas".
Me gusta leer, pero no todo; me gusta la música, pero no toda; me gusta el mundo, pero no todo; me gustan las personas, pero no todas. Me gustan ‘las cosas chiquitas’ que me cambian y cambian. Me gusta equivocarme y empezar de nuevo. Por todo ello, me apasiona elegir el camino para avanzar en el conocimiento transformador, el mío y el colectivo, que busco y encuentro en los libros, en la música, en mis amigos, en mis viajes, que desvían mi mirada etnocentrista y me ayudan a entender el mundo.
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