16 Dic 2007

Plasencia, la ciudad primera

Escrito por: jbberm el 16 Dic 2007 - URL Permanente

La primera vez que salí de Aravalle fue cuando mi madre me llevó a ver Plasencia. Bueno, más que a ver Plasencia, me llevó al médico, y de paso conocí la ciudad, otro mundo. He de confesar que me gustó conocer esa otra forma de vida, lo que significaba la ciudad, el bullicio, los edificios...

Con cinco años, aquella visita dejó en mí una honda huella, y aunque luego he ido muchas veces, aquella primera vez representa lo primigenio; por eso Plasencia y ciudad son para mí sinónimos. Muchos años después, aquella impresión la plasmé en mis “Robles Amarillos”, un capítulo que me apetece traer aquí hoy.



“Desde que tengo memoria, he oído hablar del otro Emilio, mi primer hermano, del que no guardo ningún recuerdo porque nació un año y medio después que yo y sólo vivió tres meses. Eran los tiempos sombríos de la tuberculosis de mi madre, enfermedad que la atacó profundamente cuando ya estaba encinta de mi hermano. Empezó a adelgazar y a vomitar sangre y el embarazo se le complicó sobremanera. No obstante el niño nació, pero mermado de salud, tanto que a los pocos meses una meningitis se lo llevó.

Aunque quedó desconsolada por la muerte de mi hermano, mi madre se propuso sacar fuerzas de flaqueza para vencer aquel mal y logró salir adelante, gracias a la profesionalidad y el buen hacer de don Melchor y mediante la intercesión de la Virgen del Puerto, quien, según ella, atendió sus ruegos en las novenas que le ofreció para poder sanar. Fue así como Plasencia, la ciudad de su vida, se convirtió en lugar de peregrinación y amargura, pues durante varios años tuvo que ir una vez por semana, para pasar sus revisiones en la consulta de aquel buen médico.

Se levantaba a las seis de la mañana, preparaba las cosas de casa y se arreglaba deprisa, pues a las siete y media cogía el coche de línea que llamábamos “La empresa”, para distinguirlo del correo, que hacía el mismo recorrido pero a horas menos intempestivas. Algunas veces me llevaba con ella, casi siempre para que el médico me revisara los oídos o la garganta. Era en esos viajes cuando me daba cuenta de su sufrimiento y de su tesón para salir adelante.

Conducía aquel autobús un individuo bronco aunque bueno, un hombre delgado y con bigote al que llamaban “El legionario”.

-Hola, Emilia- saludaba- hoy toca ir a don Melchor.

-Así es, qué le vamos a hacer- le respondía mi madre mientras pagaba su billete.

Se sentaba con rapidez, pues era propensa a los mareos, pero antes de llegar al Puerto de Tornavacas ya había echado su café en la toalla que siempre llevaba preparada, por si acaso. Cuando la acompañaba, yo también arrojaba mi desayuno, contagiado del olor acedo que impregnaba el ambiente y los asientos. Aquellas vueltas y revueltas bajando el puerto eran insufribles, sobre todo en invierno, cuando el autobús se deslizaba, imponente, por curvas tan peligrosas e inacabables, sin que siquiera tuviéramos el alivio de ver el campo a través de los cristales.

Al llegar a Tornavacas, el coche se llenaba de viajeros que iban a Plasencia a comprar, a vender, a los médicos o a ver a algún pariente. A la alegría del amanecer y del final de tanta curva peligrosa, se unía el placer de oír hablar a aquella gente, entonando las frases de otra manera y haciendo las lles como yes. Se creaba en mi interior una emoción singular, pues era la primera vez que oía hablar de forma distinta, sin que por ello dejase de entender lo que decían.

Después de vadear el río una y otra vez, aquella carretera experta en curvas se enderezaba y atravesaba el Jerte por un puente noble que llevaba hasta las puertas del recinto amurallado de Plasencia. A sólo sesenta kilómetros de Aravalle, por fin la ciudad estaba ante nuestros ojos después de tres horas de pesadilla, cuando el autobús ya estallaba de personas y de olores. Algo mareados aún, entrábamos por la Puerta del Sol, camino de la Plaza Mayor. Mi madre caminaba tranquila, con la seguridad que da la familiaridad, pero yo, sin soltarme de su mano, miraba aquí y allá, asombrado y confundido, descubriendo aquel espacio nuevo que me llenaba de gozo y de frescura: calles pavimentadas con losas de granito y adoquines, olores a profundidades de tiendas de ultramarinos y de comercios de ropa recién barridos, esencia de azahar que llegaba de los naranjos y los limoneros de los patios y huertos cercanos, toques de campanas de iglesias recoletas y conventos antiguos, bares llenos de gente que conversaba entre olores de café y tabaco, quioscos de periódicos con los expositores llenos de tebeos y revistas, puestos de chucherías y calvotes atendidos por viejecitas de manos sarmentosas, ciegos que pregonaban la rifa diaria, bullicio del mercado de abastos repleto de olores y sabores, palacios de ventanas ovaladas y balcones esbeltos, catedrales de torres afiladas y puertas magníficas, murallas defensivas horadadas de puertas... Y en medio de la ciudad, la Plaza Mayor, una anchura de luz y soportales umbríos, con puestos de fruta y de verdura ocupando el espacio central y gente en corros llenando el corazón de Plasencia de acentos y de voces de todos los valles. Y en lo alto de la torre del Ayuntamiento, el Mayorga, un muñeco grande que parecía sacado de un libro de cuentos, daba la hora golpeando con su maza de hierro una campana.

De la plaza salía una calle, la Rúa Zapatería, por la que íbamos caminando hasta llegar al número diez, donde había un zaguán de suelo enrollado al que llegaba un intenso olor de geranios. Aquel remanso de paz nos daba sosiego y fuerzas para subir las escaleras. En el segundo piso había un letrero que rezaba así: “Viuda de Portalatín. Se admiten huéspedes”.

Mi madre llamó al timbre y abrió, guapa y risueña, la prima Flora. Dio dos besos a mi madre y a mí me cogió en brazos y me dijo: “Antoñito, ¿Te gusta Plasencia? ”. Yo le contesté que sí y después de darle un beso me refugié en mi madre y le dije que me orinaba. Me llevó al cuarto de baño y yo me quedé mirándola, hasta que me indicó dónde tenía que hacerlo. Al terminar, tiré de la cadena y salió agua de un depósito que estaba en lo alto, y limpió los orines, llevándoselos a las profundidades de una tubería. Después miré el lavabo, el espejo, la bañera y la ducha. Y me dije “¡ qué bien, agua en casa!”

Satisfecha aquella urgencia incontrolable, mi madre me llevó a la sala para que saludase a tía Asunción, quien, con sus risueños ojos, sus pliegues elegantes, sus pendientes largos y sus alargadas manos, me decía: “Así que tú eres Antoñito, el niño de quien tanto habla Ginés, ven, dame un beso”. Cuando oí cómo hablaba, me quedé prendido en su voz y se convirtió para mí en el símbolo de Plasencia. Al momento mandó preparar desayuno para mi madre y para mí, y allí, en la cocina, entre fuentes y pucheros, empecé a conocer los olores de la casa, los de la cocina, los de las alcobas, los del salón... Cada vez que me llevaba mi madre a Plasencia, tía Asunción me preguntaba si quería quedarme con ella, y le contestaba, temeroso: “ Yo me quiero ir con mi padre”, y me ponía a llorar, hasta que me decían que era de broma, que no me retendrían. Otras veces me preguntaban que qué quería ser de mayor, y si me tendría que ir de Aravalle, a lo que yo contestaba con decisión: “Nosotros no nos movemos del pueblo”, lo que les hacía reír a carcajadas.

Cuando acompañaba a mi madre a la consulta de don Melchor, solía quedarme en una salita mientras ella pasaba su revisión. Terminada ésta, el médico me llamaba y me inspeccionaba las anginas y los oídos. Era la consulta una sala ordenada y limpia, y el doctor, un señor tranquilo y riguroso. Allí vi por primera vez un aparato de rayos X, a través del cual se podían ver los huesos y las interioridades del cuerpo, igualitas que las que venían pintadas en “El Parvulito”, el libro que dábamos con doña Sofía.”



2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

perezbarrero dijo

Esas primeras visiones del mundo jamás se olvidan y el tiempo las engrandece dentro de nuestras mentes.
Un saludo

jbberm dijo

Hola, Pérezbarrero:
Gracias por leer mi post sobre Plasencia, y por tu comentario.
Sí, efectivamente,esas primeras visiones del mundo jamás se olvidan. Y el tiempo, que coloca en su lugar cada cosa (Por ejemplo, aquella cocina que nos parecía grande, ¡qué pequeña es cuando la vemos años más tarde!), con los recuerdos primigenios se comporta de otra manera, de tal forma que la visión que nos emocionó una vez se convierte en símbolo.El concepto de ciudad lo aprendí yo al ver Plasencia por primera vez: ésa es la importancia de la memoria. El recuerdo es anecdótico, la memoria es primigenia, es categórica.
Me gusta esa descripción de las cosas, los olores, los colores, las voces:

..."calles pavimentadas con losas de granito y adoquines, olores a profundidades de tiendas de ultramarinos y de comercios de ropa recién barridos, esencia de azahar que llegaba de los naranjos y los limoneros de los patios y huertos cercanos, toques de campanas de iglesias recoletas y conventos antiguos, bares llenos de gente que conversaba entre olores de café y tabaco, quioscos de periódicos con los expositores llenos de tebeos y revistas, puestos de chucherías y calvotes atendidos por viejecitas de manos sarmentosas, ciegos que pregonaban la rifa diaria, bullicio del mercado de abastos repleto de olores y sabores"...

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Robles Amarillos

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