19 Dic 2007
Cinco cuentos para Nochebuena
Os deseo a todos unos días de navidad gratos y alegres, y un año 2008 lleno de ventura. Y si os apetece leer, ahí van cinco cuentecillos para nochebuena
UNO
Mi madre está sentada en la cama y mi padre está a su lado, un poquito incorporado sobre la almohada. Me han llamado para que vea lo que me han dejado los Reyes en los zapatos, que había colocado la noche anterior junto al balcón de la sala. Algo nervioso los recojo y pongo los paquetes encima de la cama. Voy abriéndolos con ilusión: caramelos, calcetines, dos naranjas, un parchís y ¡un libro con dibujos de colores! Enseguida lo abro, leo su título en alto- “El flautista de Hamelín”- y miro las primeras páginas, embelesado con los dibujos del músico que engatusaba a los ratones.
-¿Te gusta lo que te han traído los Reyes?- me pregunta mi madre.
-Sí, mucho- le contesto mientras me abraza.
Me fui a mi alcoba y allí leí de cabo a rabo aquel cuento, que me hablaba de un músico seductor y de unos ingenuos ratones que amaban la música. Cuando lo terminé, no sabía qué me había gustado más, si la historia que había leído o la música que creí oír al leerlo.
Igual que los ratones seguían al flautista por las calles del pueblo, camino del río, así iba yo detrás de los músicos cuando venían a la función de Aravalle e iban tocando por las calles para animar a la gente. Me gustaba ver la precisión con la que Ligero tocaba el tamboril, los platillos y el bombo para marcar el ritmo de las canciones. Y la de Telesforo, el trompeta del pelo rizado, que obtenía de su instrumento melodías armoniosas con sólo apretar las teclas. Pero quien sin duda captaba mi atención más que ninguno era Amadeo, el del saxofón, que arrancaba de aquel sinuoso aparato desde el sonido más vivo hasta la pasión más desgarradora. Lo peor era cuando acababa la función y los músicos se iban de Aravalle. Durante varios días yo seguía oyendo sus canciones en mi cabeza hasta que poco a poco, todos los sonidos volvían a su cauce y ya sólo sonaría la música en la radio de tío Saturnino.
DOS
Un día de verano subió por la carretera un coche de color negro y paró en el Corralillo. Llevaba en las dos puertas un dibujo de una máquina y un rótulo que decía “Cine Sonoro Moreno”. Lo guiaba un hombre con bigote, y le acompañaba un mozo que se bajó enseguida y preguntó por el alcalde. Al cabo de un rato, ya tenían colocada una sábana blanca muy grande en el hastial de tío Anacleto. Después sacaron la máquina pintada en la puerta del coche, la montaron en una mesa, colocaron “un rollo de película” y la enchufaron en la taberna de tío Jacinto. La probaron y, al ver que todo iba bien, la taparon con una lona negra. Por la tarde, tío Ángel, el alguacil, recorrió todo el pueblo echando un pregón que decía: “Se hace saber a todos los vecinos que esta noche, en el Corralillo, a las diez en punto, se va poner la película “Héroes de tachuela”, por el módico precio de una perra gorda los muchachos y dos los mayores”.
Y allí estábamos todos, un rato antes de las diez, cada uno con nuestra silla. El señor del bigote ya tenía enchufada la máquina, así que la impaciencia por empezar iba aumentando según se acercaba la hora señalada. Tío Armando, el alcalde, mandó a tío Ángel aflojar la bombilla del Corralillo, el hombre del bigote apretó un botón y al momento empezamos a ver al Gordo y al Flaco subiendo por el hastial de tío Anacleto como si fueran de verdad. Nos reímos mucho, sobre todo cuando al bajar por una chimenea, se pusieron de hollín hasta los topes y sólo se les veía el blanco de los ojos. Y se nos saltaban las lágrimas cuando el Flaco recibía un mamporrazo de su amigo y lloraba con un llanto que te encogía. Y al final, aplaudimos mucho y le preguntamos al señor Moreno que cuándo iba a echar otra película.
Me lo pasé tan bien que aquella noche soñé que el Flaco se reía sin parar del Gordo, después de haberle atizado unos buenos puñetazos. Pero tuve que esperar algunos años hasta ver otra película, pues nunca más vimos aparecer por la “cimerá” de la calle Real el coche negro de “Cine Sonoro Moreno”.
TRES
Me recogía mi padre en la escuela de doña Sofía, si hacía mucho frío o si nevaba, me montaba a costillas y me tapaba con el capote verde que le había dado tío Fabio, el guardia civil. Aún recuerdo el sudor seco del capote, el olor a heno de padre, mi cabeza bajo el gorro reposada en su hombro, la nieve cayendo fuera, el viento soplando furioso y sus botas chapoteando al andar. Enseguida, mucho antes de que yo lo desease, llegábamos a casa, mi padre se arrimaba de espaldas al umbral y me decía: “baja”. Se sacudía la nieve del capote y yo salía corriendo escaleras arriba en busca de mi madre, que solía estar en la cocina si era mediodía, y en la sala si era por la tarde.
Y era allí, en la mesa camilla, junto a las ventanas del balcón, donde mi madre me hablaba de Plasencia y de mis abuelos, me enseñaba las fotos familiares y me preguntaba por las tareas en la escuela de doña Sofía. También me hablaba de cuando ella era niña, y de cuando abuela Ana le contaba historias de su infancia al lado de la ventana del balcón en la casa del Corral del Payo. Y a veces yo, mientras la oía, pegaba mi nariz a las ventanas del balcón y veía caer, alborotados por el fuerte viento, densos copos de nieve que se fundían al caer en la calle, sin poder cuajar aún, debido al paso de los coches y de las personas, mientras otros muchos caían en los tejados y formaban una gruesa capa blanca. Los prados, las huertas, los montes y los caminos se cubrían con aquel largo manto de frío y hielo. Sólo la carretera y el río se libraban de la blancura, por ser hondos surcos de comunicación y de drenaje.
CUATRO
Ayer, cuando mi madre se iba a Plasencia al médico de la tuberculosis, me dijo que esa noche mi padre me traería a dormir a casa de abuela Amparo. Me acostaron temprano, en la cama de tío Satur, siempre duermo con él cuando me traen a esta casa. Ayer cumplí cuatro años y mi madre me regaló unos lapiceros de colores; los estrené por la tarde haciendo un dibujo de Canelo, el gato de abuela, que siempre está durmiendo debajo del escaño grande de la cocina.
Tío Saturnino acaba de despertarse y corre las cortinas; la luz me da en los ojos y me despierto. Me estiro y miro su barba blanca de tres días. Con un gesto me pide un beso y cuando me acerco a su cara, me aprieta contra la barba, me rasponea hacia un lado y hacia otro y luego me pregunta: “¿Pica? ”.
Mi tío-abuelo Saturnino se incorpora en su cama y me hace la pregunta que ya hizo en su día a mis primos mayores, cuando durmieron alguna vez con él en aquella alcoba de la casa de mi abuela Amparo.
- Muchacho, ¿ te han contado alguna vez los perrillos?
- ¿Eh?- le contesto.
- Que si ya te han contado alguna vez los perrillos.
- No sé que es eso.
-Ay, este Antoñito. Mira que no saberlo.
- Y ¿ qué es, tío?- pregunto contrariado.
- Pues que algunos muchachos cogen a otro, más pequeño, le bajan las calzonas y le pegan un tirón del pito por cada perro que hay en el pueblo.
- No, a mí nunca me han hecho eso- le contesto algo aturdido.
- Pues, muchacho, ten cuidado y nunca te dejes tocar los perendengues.
CINCO
Un día del mes de septiembre fui a la escuela por primera vez ¡Qué recuerdo tan imborrable! Con una cartera recién comprada, el pizarrín, la pizarra y la cartilla, voy de la mano de mi madre por el Camino del Barrio. Al entrar, doña Sofía me pregunta si estoy contento por venir ya a la escuela y le digo que sí. Mientras la señorita habla con mi madre, me voy fijando en la inmensidad de la clase, en la luminosidad de los ventanales y en los niños y niñas que ya están sentados en sus pupitres. Mi madre me despide y doña Sofía me coge de la mano y me dice dónde tengo que sentarme. Van llegando más niños- Ernesto, Dimas, Álvaro, Adolfo, Engracia, Linda, Ariadna- y casi todos lloran cuando se marchan sus madres. Yo me quedo extrañado, porque a mí no me da por llorar cuando se va la mía; ¿será que no les gusta la escuela?.
En aquella sala no olía a orines ni a caca como en casa de tía Ofelia, pues ya nos habían enseñado a controlar nuestras necesidades. Era un espacio grande e inundado de luz, en el que estaban sabiamente dispuestos todos los elementos de la clase. La mesa de la maestra estaba situada enfrente del amplio ventanal, y a derecha e izquierda de la misma había varios bancos corridos para todos nosotros. Detrás de la silla de doña Sofía había una encerado de color verde y encima, un crucifijo y los retratos de unos señores muy serios de los que la maestra nunca nos habló. Cerca de la mesa, sujeto en un trípode, estaba el mapa de España, en el que muy pronto aprendimos a situar Aravalle. Al fondo, había un armario con libros, muchos libros, y algunos cuadernos.
Allí fue donde doña Sofía nos descubrió la magia de las letras, que se juntaban unas con otras para formar palabras, y éstas ponían por escrito lo que nuestros padres nos habían enseñado a decir con la lengua. Allí nos enseñó a contar, a escribir los números, a sumar y restar y multiplicar. Allí aprendimos a copiar poesías en el cuaderno, pintando de colores las letras y los dibujos. Allí, en fin, fuimos acostumbrándonos a hacer otras muchas cosas: cantar, jugar, callarnos cuando lo indicaba la señorita, pedir permiso para ir a hacer pis, rezar a la Virgen, pintar un caballo, contar un cuento, oír una historia, estar juntos sin pegarnos, colocar el gorro y el abrigo en la percha, recoger las cosas con orden, salir en fila, jugar en el recreo, aburrirnos, dormitar... ¡Ah, doña Sofía, nos quería tanto!
Aún recuerdo la mañana en que nos dijo: “Tenéis que decir en vuestra casa que os laven muy bien la cabeza, porque hay pipis en clase.” Al salir al recreo les propuse a mis amigos que fuéramos a la regadera y nos laváramos la cabeza. Dicho y hecho. Salimos, nos mojamos y, con el pelo revuelto, fuimos a la clase y le dijimos: “¡Ya no tenemos piojos, señorita!”. Todavía recuerdo la cara que puso al vernos. O aquélla otra, cuando iba yo, camino de la escuela, con tres pesetas que me había dado mi madre para la mutualidad infantil. Me las metí en la boca con el fin de que no se me perdieran y me las tragué. Al llegar a la clase, se lo dije a la maestra, y me cogió de la mano y me llevó a casa. Me prohibieron salir y llamaron al médico, y éste dijo que sólo era cuestión de esperar. Fue angustioso, y a la vez divertido, que toda la familia estuviera pendiente de mis deposiciones, hasta que, al tercer día, un sonido metálico estremeció el silencio, al chocar contra el orinal una peseta rubia, y luego otra, y otra, que llegaban a su destino después de un largo viaje por mi vientre. Al oír aquellos ruidos, mi madre, que estaba expectante, pasó de la preocupación a la alegría y poco le faltó para aplaudir. Y lo mismo le sucedió a mi padre cuando se enteró, y a doña Sofía y mis amigos, que, en alegre algarabía, me felicitaban por haber conducido las tres monedas a un lugar seguro, lejos de los recovecos de mis tripas. “Bien, por Antonio, bien, ya cagó las tres”, decían entre aplausos, mientras yo regresaba triunfante a la escuela.
Sobre este blog
Robles Amarillos
jbbermHola a todos. Me llamo Jesús. La curiosidad me ha llevado a iniciar un blog. Me gusta escribir, y creo que aquí voy a dar a conocer algunas cosas que tengo ya terminadas. También compartiré fotos, ideas sobre cine, educación y libros. Me gusta la red; permite relacionar ideas y conceptos basándose en multitud de criterios.
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3 comentarios · Escribe aquí tu comentario
Rosa rosae dijo
hola jesus, que nombre tan navideño tienes :-) espero que te traigan muchisimas cosas los reyes y que tengas un venturoso 2008
un beso
janpuerta dijo
Una manera muy bonita de acercar esta s fechas a todas las personas de buena voluntad.
Desde aquí también te deseo lo mejor.
Un fuerte abrazo.
jbberm dijo
Gracias, Rosa y Janpuerta, por vuestros comentarios. Feliz navidad y un buen año 2008.
Jesús
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