24 Dic 2007

Nochebuena, 1957

Escrito por: jbberm el 24 Dic 2007 - URL Permanente

Mi abuela Amparo era una señora seria y enérgica, siempre vestida de negro y con un pañuelo anudado al cuello cubriendo su cabeza calva. En su juventud fue pretendida por mi abuelo Antonio, un mozo de posición social más baja; como ella le dijo que no, aquel mozo despechado cogió el portante y se marchó a Buenos Aires y allí estuvo trabajando algunos años, hasta que un buen día recibió carta de mi abuela, en la que le pedía perdón y le rogaba que, si seguía pretendiéndola, regresase a Aravalle en cuanto pudiera. Mi abuelo le contestó a vuelta de correo aceptando las excusas pero le pedía tiempo para arreglar los papeles del retorno. Junto con la carta, le envió una foto que se había hecho en un estudio de la calle Rivadavia, para que viese qué buena pinta tenía y cómo había progresado.

De Buenos Aires regresó mi abuelo con algunos dineros y la experiencia de una vida distinta de la que había llevado en Aravalle. A su vuelta al pueblo, se le veía pasear con mi abuela haciendo planes, y al cabo de medio año de preparativos se casaron. Fueron naciendo, una tras otra, hasta cinco hijas y, por fin, les llegó el niño que estaban buscando, mi padre, el benjamín de la casa, a quien pusieron el nombre de su abuelo materno, David.

Abuelo era un hombre muy emprendedor. Como no le gustaba vivir sólo del campo y de las vacas, aprovechó los conocimientos adquiridos en tierras argentinas y puso un salón de baile y un café en la parte trasera de la casa. Era un salón grande y en él se bailaba al ritmo de la música que salía del manubrio, una especie de organillo cuya manivela hacían girar tío Satur o tía Berta. Y a aquel negocio se unió otro, el estanco, que obligaba a ir todos los lunes al Barco, por las labores de tabaco, y a tener una persona despachando cigarros y sellos en la salilla que daba a la calle Real.

En la planta baja, debajo del salón de baile, abuelo preparó una habitación con ventana al corral, para que le sirviera como sala de despiece en el tiempo de la matanza, y otra contigua, más pequeña, para la salazón del tocino y del adobo y para la cura de los jamones. Allí abría los cerdos en canal, después del ritual de matarlos y socarrarlos en el corral contiguo, desprendía con primor sus vísceras, sacaba con esmero los lomos y los jamones y troceaba al animal con la precisión adquirida en sus años de trabajo en el matadero de Buenos Aires. Y allí siguen aún, varados en el techo, los ganchos de los que colgaban los cochinos sacrificados, y también las morcillas y los chorizos recién embutidos, para que escurrieran y se airearan antes de pasarlos al calor de la cocina.

Me gustaba mucho subir a la sala de abuela y pasar las yemas de los dedos por la tapa del manubrio, mientras imaginaba cómo sonaría su música. Cuando abuela cerró el salón de baile, mandó trasladar aquel aparato a la sala y prohibió colocar la manivela mientras durase el luto por abuelo. El espacio del salón quedó vacío pero en su quietud aún flotaban confidencias y canciones de otros tiempos. Y la sala, con aquel organillo mudo, era un imán que me atraía poderosamente.

Pero un día, después de muchos años de luto y silencio, llegó el momento largamente esperado. Cuando ya había terminado la cena de Nochebuena y todos estábamos en la sala tan contentos, abuela mandó a tía Berta que trajese la manivela del manubrio y se la diese a tío Satur. En cuanto éste la tuvo en su mano, nos miró a todos y se hizo un silencio complaciente que él alargó buscando el rollo de música. Lo colocó en el aparato, se echó el sombrero para atrás, giró la manivela y sonó aquella canción: “Niña Isabel, ten cuidado, donde hay amor, hay pecado...” A medida que avanzaba, se iban uniendo voces a la música hasta que todos terminaron a coro: “...niña Isabel, azucena”.

La alegría que vi entonces en aquella casa sólo una vez se repitió. Fue el día de mi primera comunión, cuando mi madre me llevó a ver a abuela, que ya no podía ir a la iglesia porque estaba bastante delicada. Me pidió que le echase el verso y después me miró con cierta ternura, me besó y me dio cinco pesetas. Yo aproveché para pedirle algo que nunca hubiera osado en otro momento. “ Abuela, ¿ me deja que le toque la calva?”. Mi madre protestó por mi atrevimiento pero ella, que siempre llevaba el pañuelo negro en la cabeza, se lo bajó sin desanudarlo y me indicó con un gesto que podía hacer lo que le había pedido. Y así fue como le toqué la calva a aquella mujer distante, que aguantó bien mi capricho y se enterneció sin mostrar apenas su emoción. Mi madre me quiso retirar enseguida pero abuela, matriarcal y poderosa, me dejó hacer allí, en medio de su sala, lo que a nadie, ni antes ni después, consintió. Éste es el último recuerdo que tengo de ella, pues su muerte se me desvanece en la memoria de aquel año, entre los recuerdos de mi primera comunión y la muerte de mi abuelo Fernando.

Al morir abuela Amparo, mi padre, uno más en el reparto de la herencia, pudo ver cómo las huertas que él mejoró con su esfuerzo pasaban a otras manos después de las particiones. Lo que más le dolió fue que la Cerraílla, la huerta en la que tanto trabajó haciendo zanjas y saneando trampales, no le correspondió a él sino a su hermana Victoria. Lo que sí le tocó, menos mal, fue la parte de atrás de la vivienda, el corral contiguo, la teña y la huerta Marialba. Todo se repartió salvo el manubrio, que quedó en casa de tía Pilar, con los demás muebles de la sala de abuela. Algunos años después, cuando mi padre, enfermo y necesitado de dinero, quiso disponer de su parte del organillo, nadie le dijo “yo compro tu parte”, así que decidieron venderlo. Aquella caja de música cargada de recuerdos se la llevaría algún buhonero espabilado.Y con ella se fue también el símbolo de la alegría de aquella Nochebuena, cuando todos cantaron al unísono “Niña Isabel, ten cuidado”.


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