04 Dic 2007
Aravalle
Éste es mi pueblo, Puerto Castilla (Ávila), el pueblo donde nací y al que regreso todos los años. Quiero que en esta segunda entrega para el blog aparezca aquí, pero con el nombre que yo le doy en mis escritos: Aravalle.
"Aravalle era un pueblo pequeño pero tenía tres barrios. El de abajo decían que tenía más categoría, quizá porque en él estaban la iglesia, el ayuntamiento y la taberna, o tal vez debido a que allí residían los ricos y quienes aspiraban a serlo. El correo paraba solamente en este barrio, pues era el único cruzado por la carretera nacional, y aquello, bien mirado, más que regalo parecía un peligro, aunque, a decir verdad, no pasaban tantos coches como para alarmar al vecindario. En el barrio de abajo tenían los camioneros sus casas y sus cocheras y en él vivían los maestros, el médico, el cura y el secretario. También allí habitaban personas menos señaladas pero ya se sabe que, a la hora de valorar, la gente se fija más en los que tienen mando o una buena cartera, qué se le va a hacer.
En los dos barrios había hornos, para que cada vecino cociese su pan, sus mantecados o sus perrunillas, y los dos tenían fuente pública y varias regaderas, por las que discurrían aguas transparentes y rumorosas camino de las huertas. También en los dos existían ciertas zonas en las que sólo había casas de vacas, medida higiénica quizá promovida por algún ilustrado vuelto de América con ganas de cambiar Aravalle.
Entre un barrio y otro había ido creciendo un variopinto caserío formado por una docena de viviendas, algunas casas de ganado, la fragua de tío Martín, las escuelas y el salón de concejo; era el barrio del medio, con su fuentecilla y su regadera, su pequeñez y su personalidad siempre ligada a las escuelas del pueblo.
La pertenencia a uno de los tres barrios marcaba profundamente las relaciones que cada vecino trababa con los demás y constituía una de sus señas de identidad más acusadas. Tal vez la razón de aquel vivo espíritu de barrio residía en cómo se había ido formando el pueblo, pues Aravalle era el resultado de la fusión de dos aldeas rivales atemperadas por el caserío del medio, que habría propiciado el encuentro.
Una de las cosas que más llamaba la atención de los forasteros era que mi pueblo no tuviera un continuo entramado de casas, sino tres minúsculos núcleos urbanos rodeados de huertas y unidos solamente por un camino de tierra, el Camino del Barrio. Pero a la gente de Aravalle esto le parecía la cosa más normal del mundo e incluso se extrañaban de que los demás pueblos no fuesen así.
Mis abuelos maternos, Fernando y Ana, vivían en el barrio de arriba, junto a una plaza de tierra, “El Corral del Payo”. Y los paternos, Antonio y Amparo, tenían su casa en la calle Real del barrio de abajo, muy cerca de la plaza principal, “El Corralillo”.
Cuando mis padres decidieron casarse, se fueron a vivir al barrio del medio, no se sabe si por no querer contrariar a ninguna de las dos familias o si tal vez fue porque había pocas viviendas libres en Aravalle. Allí empezaron su nueva vida, en aquella casa pequeña y luminosa, “la casa azul”, que así la llamaban por el color de los frisos, de las ventanas, de la puerta y de la barandilla del balcón. Cerca de ella estaban las escuelas y la fuente y un poco más lejos, un huerto donde crecían patatas, alubias y maíces. Allí nací yo.
Pasadas unas semanas y ya recuperada de aquel parto primerizo y difícil, mi madre me cogió en brazos y salió al balcón. Mi mirada vagaba vacía pero el olor intenso y primoroso de las chiribitas, el borboteo del agua de la fuente, el sabor dulce del chupete y los besos y arrullos de mi madre componían un tranquilo paraíso de calma y de placer.
El misterio de la vida, mi voz, mi lengua, mi savia, la luz que mis ojos filtran, la forma de oír las risas, los miedos, las miradas, mis manos haciendo palmas, el dedo índice zurdo señalando hacia la nada, el olor de la mañana, los orines, la almohada, la caca, la leche agria, el sonido de la lluvia, las manos que me abrazan, el llanto en la noche larga, la voz suave de mi madre, mi padre que se enfada, mi ronroneo, mi ansia, los ruidos de aquella cama... Todo comenzó en aquella casa azul."

Sobre este blog
Robles Amarillos
jbbermHola a todos. Me llamo Jesús. La curiosidad me ha llevado a iniciar un blog. Me gusta escribir, y creo que aquí voy a dar a conocer algunas cosas que tengo ya terminadas. También compartiré fotos, ideas sobre cine, educación y libros. Me gusta la red; permite relacionar ideas y conceptos basándose en multitud de criterios.
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9 comentarios · Escribe aquí tu comentario
casaruralelcapricho dijo
muy bonita historia, un saludo desde el mundo rural. otro pueblo precioso..las navillas
Manuel Barranco Roda dijo
es un pueblo de cuento
jbberm dijo
Gracias a los dos por vuestra visita y por vuestra opinión. He visitado vuestros blogs y los visitaré a menudo. Un saludo, y hasta pronto.
NANCY dijo
PRECIOSA EVOCACIÓN!! Me ayuda a imaginar lo que sentia y pensaba mi abuela quien vino de dicho pueblo, junto a sus padres y hermanos, a la edad de 11 años...
Saludos y sigue así!
NANCY -amadonancy@hotmail.com
jbberm dijo
Gracias, Nancy por tu comentario elogioso. Lo que más me gusta es que mi descripción te haya ayudado a imaginar lo que sentiría y pensaría tu abuela y sus hijos cuando evocasen Aravalle desde lejos...¿Quizá desde Argentina?
Un abrazo, y hasta pronto.
mari dijo
Tu descripción de esta villa, me transporta a otras villas en la provincia de Lleida, donde pase algunos buenos momentos de mi infancia. Leyéndolo es como si caminase por sus calles y plazas y subir hasta la ermita de la L’Aguda en Tora y San Marti (Lleida). Gracias entrañable profesor por tus vivencias; y digo profesor por que creo que lo eres y si me lo permites así también doy las gracias a otros profesores que he tenido.
Por cierto, Aravalle, me recuerda el nombre de mi mujer Maria Del Valle y Ara le pone usted una n queda Aran que también significa Valle, se lo explico por que mi mujer tiene un ahijado que le impusieron el nombre de Arán y después de muchos años su madre pregunto cual era su significado, siendo este también Valle.
Un saludo cordial de Vicenç y Maria Del Valle
jbberm dijo
Gracias a los dos, Vicenç y María del Valle, por vuestro elogioso comentario.
Efectivamente, desde el punto de vista filológico, 'ara' significa valle, en vasco y en las lenguas iberas. Decir Valle de Arán es una repetición, muy usual por otra parte en la toponimia y en la lengua común; significaría valle valle, es decir valle grande, valle ancho. (Por cierto, no conozco esa zona, pero se que es preciosa).
El nombre de mi pueblo es Puerto Castilla, y está en la provincia de Ávila, entre el macizo occidental de la sierra de Gredos y la sierra de Béjar; al lado, está el puerto de Tornavacas. El río se llama Aravalle, y el pueblo anejo al mío se llama Santiago de Aravalle. Mi pueblo se denominaba antes de la guerra Casas del puerto de Tornavacas, pero después cambió de nombre. A mí me gusta mucho el nombre del río, así que en mis relatos siempre uso ARAVALLE para denominar a mi pueblo.
Aravalle es, también una redundancia, una repetición. 'Ara' (valle) + valle = valle ancho, valle grande. Efectivamente, es un valle ancho el del río Aravalle, sobre todo si lo comparamos con el valle del río Jerte, tan cercano: un valle cortado y encajonado, precioso, por otro lado, por sus cerezos y sus castaños.
Don Rafael Lapesa, en su Historia de la Lengua Española, explicaba todo lo del topónimo 'ara' muy bien, y siempre unía en sus ejemplos, en este caso, Valle de Arán y Aravalle: son la misma cosa y se refieren, parece ser, a un espacio similar.
María del Valle, ya me pasaré por tu blog.
Un abrazo a los dos, desde Madrid, que es donde vivo.
Ana Belén dijo
He visto tu blog y me he emocionado. Yo soy nieta de dos personas del pueblo, Domingo y María. M madre y mi tío nacieron allí, en Puerto Castilla. Sólo conservan un prado por la salida hacia Barco de Ávila. En ese pueblo guardo muchos recuerdos de infancia. Ahora, al ver las fotos no he podido evitar llorar. GRACIAS.
Ana Belén dijo
Ya más tranquila, puedo comentarte algo más de mis recuerdos de Puerto Castilla. Mis abuelos vivían en el barrio de abajo, en un callejón que daba a una plaza con una cruz de piedra. Me acuerdo de sus vecinos: Alejandra, Jesús, María, Martina... También me viene a la cabeza Longina, buena amiga de mi abuela María. Supongo que la mayoría habrán fallecido, como mis abuelos, Domingo y María. De pequeña pasaba los veranos en ese pueblo al que hace muchos años que no voy. Recuerdo su río, las treinta pasarelas, los renacuajos, la moras, los castaños, los nogales, los avellanos... Recuerdo a mi abuelo en su caballo, y cómo me subía sin esfuerzo a su montura, y el vértigo que me daba mirar hacia abajo... Ahora también siento vértigo y la necesidad de volver, aunque la casa en la que tengo mis recuerdos sea ajena. De nuevo te doy las gracias por haberme abierto ese huequecito que nunca ha estado cerrado del todo.
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