26 Feb 2008

Mis hermanos: Una educación sentimental

Escrito por: jbberm el 26 Feb 2008 - URL Permanente

Desde que tengo memoria, he oído hablar del otro Emilio, mi primer hermano, del que no guardo ningún recuerdo porque nació un año y medio después que yo y sólo vivió tres meses. Eran los tiempos sombríos de la tuberculosis de mi madre, enfermedad que la atacó profundamente cuando ya estaba encinta de mi hermano. Empezó a adelgazar y a vomitar sangre y el embarazo se le complicó sobremanera. No obstante el niño nació, pero mermado de salud, tanto que a los pocos meses una meningitis se lo llevó.

Aunque quedó desconsolada por la muerte de mi hermano, mi madre se propuso sacar fuerzas de flaqueza para vencer aquel mal y logró salir adelante, gracias a la profesionalidad y el buen hacer de don Melchor y mediante la intercesión de la Virgen del Puerto, quien, según ella, atendió sus ruegos en las novenas que le ofreció para poder sanar. Fue así como Plasencia, la ciudad de su vida, se convirtió en lugar de peregrinación y amargura, pues durante varios años tuvo que ir una vez por semana, para pasar sus revisiones en la consulta de aquel buen médico.

Si en Plasencia el lugar de referencia para mi familia era la casa de tía Asunción, en Ávila cumplía esa función la de tía Beatriz, donde mi padre estuvo de joven. Y allí me llevaron cuando fui a esa ciudad por primera vez. Recuerdo una noche en vela, por un tremendo dolor de oídos, en aquella casa fría y algo avejentada. Lloraba desconsolado y le decía a mi madre: “ Primero los ojos, luego los oídos, vaya por Dios, cuánto nos toca” y le pedía que me los apretase con fuerza para menguar el sufrimiento.

Aprovechando la espera para operarme de anginas, una mañana me llevaron a un médico, para que averiguase por qué me dolía tanto el pito al hacer pis. Tendido en la camilla, el médico examinaba atentamente mis partes cuando, sin aviso previo, un hilo de orín salió disparado hacia las gafas del doctor. Hízose el silencio, el médico se lavó y se secó, y luego recetó el remedio para mi dolencia, mientras mis padres no sabían dónde mirar, avergonzados por aquel descontrol de esfínteres.

Y unos días después, la operación de amígdalas. Me llevaron al hospital y llené una sábana de sangre, una sábana que se iba haciendo grande, grande, cuando contaba a mis amigos del pueblo aquella operación aparatosa. Operación que luego muchos sufrirían, pues no sé a qué ton parecía obligatorio operarse de anginas por entonces.

Antes de volver al pueblo, mis padres me llevaron a montar en los caballitos de la feria de la Santa, y a ver salir el tren hacia Madrid. Aquel extraño ruido de la locomotora, el entrechocar de los vagones, las despedidas de la gente y el lento avanzar, me llamaron la atención mucho más que el soso girar del tiovivo, un pequeño juguete en comparación con el caballo de verdad de mi tío Ginés.

...

La tristeza que dejó en mis padres la muerte de mi hermano Emilio sólo quedó aliviada cuando dos años después nació mi segundo hermano, al que mi madre se empeñó en llamar también Emilio, quizá por enmendar la plana a la muerte. En ese tiempo, ella ya había mejorado bastante de la tuberculosis, pero aún no podía hacer tareas como ir a la poza, razón por la que venía tía Edeldrida y se llevaba la ropa sucia para lavarla a cambio de algún dinero semanal.

Cuando mi hermano Emilio cumplió los dos años, lo pasaron a mi alcoba y en una cama de plaza y media dormimos juntos durante varios años. ¡Cuántas risas en aquella cama, cuántas meadas- primero sientes calentita la orina, luego se va enfriando de madrugada- cuántas confidencias y, también, cuántos sufrimientos!

Alguna vez, por culpa de las dichosas meadas, mi madre no tenía hecha la cama al irnos a acostar. Nos tumbábamos Emilio y yo, ya con el pijama puesto, y madre nos echaba la sábana de arriba, luego la manta y la colcha, después recogía el embozo, lo alisaba, nos daba un beso y empezaba el “Jesusito de mi vida”. Al terminar de rezar, nos recordaba dónde estaba el orinal y apagaba la luz en la perilla, por si la necesitábamos en la noche.

Los despertares solían ser tranquilos y apacibles en los primeros años, pero algún tiempo después, ¡qué distintos! Madre se levantaba y se iba a la cocina y padre, después de desayunar, entraba en nuestra alcoba y, con un empujón, leve pero brusco, me despertaba y me decía: “Venga, levanta”. Después, metía la mano entre las sábanas y palpaba donde dormía Emilio; si había humedades, echaba para atrás la ropa, bajaba un poco el pijama a mi hermano y le daba tres o cuatro azotes en el culo, que servirían, decía él, para que cogiera miedo y no se meara. Cuando se percataba de la situación, Emilio levantaba un poco la cabeza, la giraba y miraba a mi padre con la inmensidad de sus ojos castaños, sin soltar una sola lágrima. Nunca le oí protestar ni quejarse en su presencia; pero en cuanto él salía de la alcoba, se daba media vuelta en la cama y echaba unas lágrimas muy grandes. Yo le abrazaba un ratito, y después me levantaba, para que mi padre no volviera a subir.
...

Cuando estaba acabando el otoño de aquel año, una mañana fría entró mi padre en la alcoba y nos despertó muy contento: “Levantáos- dijo- que habéis tenido una hermana. Luego nos cogió de los hombros y nos llevó a la sala, donde estaba mi madre, sonriente y feliz, con una niña recién nacida en sus brazos, que tenía los ojos cerrados y parecía muy dormida. “Venid, dadle un beso, es vuestra hermana”, dijo y así hicimos, le dimos un beso a Estrella, que ése iba a ser su nombre, y otro a ella, que parecía muy cansada. Después las tías nos llevaron a la cocina y nos dieron de desayunar. Padre nos dijo que se había encontrado a la niña por la mañana, junto a la casa de las vacas. “¿Tenía frío?” “¿Estaba desnuda o vestida?”; padre iba contestando y yo no quedaba muy convencido, pero no dije nada.

Esa mañana, cuando iba a la escuela- ya era la de los mayores- me paré, como casi todos los días, en el hastial de tía Dolores, donde estaban algunos muchachos. Uno de ellos, mayor que yo, mirándome a los ojos me dijo resabiado: “Tu madre ha parido esta noche”. Herido, le contesté:” Tú eres tonto, Mamerto, a mi hermana se la ha encontrado mi padre esta mañana en la casa de las vacas”, le dije de carrerilla. Todos se rieron pícaramente, y yo me sonrojé mientras un sofoco grande me invadía. Yendo por el Camino del Barrio, me contaron que era mentira eso de que los padres se encontraban a los niños, que eran las madres las que los parían. “Y ¿ cómo los hacen?”, les pregunté. “Pues que los padres meten el pito en la chucha de las madres y les echan la leche, y después eso crece y paren, so bobo”- dijo Mamerto, procurando escandalizarme.

Al llegar a la escuela, me felicitó don Diego, el maestro, por lo de mi hermana pero yo seguía dándole vueltas a lo que me habían dicho poco antes. En aquella sociedad pacata y reprimida de los cincuenta, con tanta confesión, comunión, adoración nocturna, misiones, novenas y flores a María, yo me enteré de cómo venimos al mundo el día en que nació mi hermana. La ocultación de todo lo relacionado con el sexo- procreación, placer, deseo- fue la causa de que lo tuviera que descubrir con vergüenza y con desaire, como si fuera una desgracia y no una realidad cotidiana. En Aravalle, y en toda España por entonces, se vivía con vergüenza el sexo, se manifestaba con malicia y se interiorizaba con remordimiento.

Pocos meses antes había descubierto que los Reyes Magos no existían. Mi prima Rosalía me lo dijo: “Son los padres, Antonio”. “¡Son los Reyes!”, le decía yo, pero mi venda iba cayendo ante la evidencia de las demostraciones de mi prima. Lloraba de rabia y no me lo quería creer, pues me parecía un engaño sin sentido. “Madre, ¿verdad que es mentira que los Reyes son los padres?” Mi madre se limitó a decir que quién decía eso. No me hizo falta más, le di la razón a Rosalía.

El descubrimiento de la verdad en ambos asuntos –el nacimiento, los reyes magos- me dolió en lo más profundo, pues no llegaba a entender la razón de tanta reserva, pero me hizo madurar de golpe. Aquel año en que vi de cerca el nacer y el morir, marcó para siempre el final de mi inocencia, y aunque la ingenuidad nunca me ha faltado a lo largo de la vida, ésta ya nunca más volvería a tener el sabor a paraíso que hasta entonces casi siempre tuvo.

...

Después del reparto de la herencia familiar, mi padre decidió convertir la parte trasera de la vivienda de abuela Amparo en nuestra nueva casa. Así fue como, en menos de un año, aquel espacio alicaído y mortecino cobró vida y dinamismo. En donde un día estuvo la sala de despiece y matanza, mi padre mandó hacer una cocina y una despensa, y lo que un día fue salón de baile y lugar de confidencias, dejó paso a una sala y dos alcobas. Para unir ambas plantas, abrieron un hueco por el que subiría la escalera, y para que tuviera luz este espacio nuevo, hicieron una claraboya en el tejado.

En el corral de la casa vi cómo mi padre y los albañiles amasaban el agua, la arena, el cemento y, cuando procedía, la cal. El maestro oficial era tío Fortunato y los peones, su hijo Melecio y el señor Silvestre; los tres eran de Solana y con ellos había apalabrado mi padre hacer la obra a jornal. En una libreta llevaba apuntados los días que venían a trabajar y los materiales que iba comprando. Aún recuerdo los primeros renglones, escritos con esmero y pulcritud: “Octubre, 20: Fortunato, Melecio y Silvestre. Octubre, 21: Melecio y Silvestre. Octubre, 21: Mil rasillas, diez sacos de cemento y cinco de yeso.”

En la libreta estaba apuntado: el tres de noviembre vino a trabajar solamente Melecio. En mi memoria también: fue el día en el que mataron al gato pardo, un gato de ojos verdes, altivo y esbelto, que tenía la fea costumbre de hacer sus necesidades encima de las camas. Había nacido de la gata blanca y negra y fue el único que quedó de una camada numerosa y variopinta. Aquel día, cuando al volver de la escuela le pregunté a mi madre por el gato, me dijo que no sabía dónde estaba. Pero yo me olí algo malo al ver los arañazos que Melecio y mi padre tenían en los brazos. Andando el tiempo, me enteré de que unos días antes lo habían cogido y habían rebozado su hocico en la propia caca. Como no cejaba en su empeño de ensuciar las camas, decidieron acabar con aquella gallardía. Nunca olvidaré el misterio de sus ojos verdes.

Según iba avanzando la reforma, yo iba conociendo mejor a mi padre; se manifestaba nervioso, vigilante en exceso, muy trabajador, envenenado por la parsimonia de los albañiles e inquieto por el dinero que aquella obra se iba llevando. Frecuentemente tenía cefaleas, que le llevaban a la cama sin comer; entraba en casa y, sin apenas saludar, se iba a su alcoba, cerraba puertas y ventanas, tomaba dos optalidones y, sosegado en aquella oscuridad completa, dormía y se le pasaba la jaqueca. Después se levantaba y comía algo. Mi padre hablaba poco, refunfuñaba mucho y recriminaba a mi madre que fuese dadivosa. Ella- que para entonces ya se había curado de la tuberculosis- no le contestaba, se callaba. Sabía que aquel reproche era fruto de los dolores de cabeza que sufría; pero también sabía que su carácter había cambiado desde hacía algún tiempo.

...

Entre los muchachos del barrio de abajo, había uno que destacaba por su diablura y su crueldad: era Marcial. Te veía junto a la fuente, se ponía a hablar contigo y, de repente, le daba la vena y te tiraba al pilón o te arreaba una paliza. Cuando yo llegaba a casa sangrando por la nariz, debido a algún puñetazo de Marcial, mi padre me reñía por no saber defenderme. En ciertas ocasiones Marcial parecía hasta amigo, te invitaba a una pera, de las que robaba en las huertas de la Raya, o a cerezas, que cogía de los camiones que venían del Valle. En otras, sin embargo, te daba un tortazo sin posibilidad de respuesta o creaba una situación violentísima, como aquel día en que, rabioso porque iba perdiendo al juego del clavo, cuando le correspondía tirar el suyo, que era el gajo de una horca de hierro, se lo clavó a su contrincante en la pantorrilla derecha. También había momentos de humor en sus travesuras, como cuando doña Magdalena, la mujer del maestro, iba a la escuela a sustituir a su marido los días en que éste visitaba al habilitado. Marcial se acercaba encogido y fingiendo tiritera, y le pedía permiso a doña Magdalena para calentarse las manos junto al brasero.

-Doña Magda, ¿ Puedo calentarme?

-Sí, Marcial, majo.

-Gracias, doña Magda. ¿Puedo desborrajar un poco?

-Sí pero ten cuidado, hijo.

Marcial, acurrucado junto al brasero, miraba las cabrillas de doña Magdalena, que iban subiendo por sus piernas y avanzaban poco a poco casi hasta las profundidades de las bragas, en las que se deleitaba la mirada pícara de Marcial, hasta que un movimiento de incomodidad de doña Magda le ponía en guardia y se levantaba.

-Ya me he calentado, gracias.

-No hay de qué, majo. Ahora pórtate bien, ¿eh?

...

Marcos era otro muchacho de armas tomar. Un día reñí con él cerca de su casa y nos empezamos a pegar. Tía Simona, su madre, vino pero no nos separó sino que se alió con su hijo, y entre los dos me dieron una buena tunda. Me fui a mi casa con algunos arañazos y mi padre me dijo:

-Pareces medio bobo, dejarte pegar así, ¿es que no sabes defenderte?

Me propuse en ese mismo instante que nunca más me volvería a repetir esa cantinela, así que pensé en cómo actuaría cuando alguien me fuera a pegar. Y la ocasión no tardó en llegar. Fue el día en que él mismo me regaló un aro, que sonaba excelentemente al rodar, y un guía para llevarlo, que había hecho para mi mano en la fragua de tío Evaristo. Radiante con tan espléndido regalo, salí a estrenarlo por el Camino del Barrio. Iba tan contento, disfrutando del sonido y de la precisión del guía recién modelado al fuego por mi padre, cuando me encontré con Angelillo. Y ¡zas! sin más ni más empezó a tirar piedras a mi rodancha, para fastidiarme. Varias veces le dije que se estuviera quieto, pero no sólo no hizo caso sino que tiró otra y me alcanzó en el brazo. Yo le devolví la pedrada y acerté a darle justo entre la nariz y la boca. De su herida manaba sangre sin parar, y Angelillo lloraba y lloraba pero yo no me amedrenté. Acudió su madre y se lo llevó al médico; yo me fui a casa y no comenté el incidente con nadie. Al poco rato, llegó mi padre y me dijo que se había enterado de todo al venir de la casa de las vacas. Yo le dije la verdad y él me contestó:

-Le han tenido que dar tres puntos por tu culpa.

-Pues que se fastidie, que no hubiera empezado- dije yo.

Mi padre cogió la marra, colocó el aro entre dos piedras de la teña y, de un golpe, lo aplastó. Yo miraba aquel juguete recién estrenado, y ya destrozado, mientras él me decía:

-¡Que nunca se te vuelva a ocurrir hacer una cosa así!

No le contesté, me volví de espaldas y me puse a llorar en cuanto se fue.

...

Todos los lunes había mercado en El Barco y mi padre iba muy a menudo; tenía esa costumbre desde que mis abuelos abrieron el estanco y le encomendaron a él la compra de las labores de tabaco y de los sellos de correos. Un buen día apareció con una maquinilla y nos dijo a mi hermano y a mí: “ A partir de ahora os voy a cortar el pelo yo, así nos ahorraremos algún dinero”. Mi madre, que estaba presente, no dijo nada pero Emilio y yo nos miramos sorprendidos y algo inquietos.

Hasta entonces, siempre nos había cortado el pelo tío Filiberto, en su zaguán cuadrado y amplio, fresco en verano y gélido en invierno. En el centro de aquel espacio había un sillón grande y en él se sentaban, por riguroso turno, quienes iban a ser atendidos. Tío Filiberto manejaba con soltura sus herramientas- las tijeras, el peine, la navaja y la maquinilla- pero también la lengua, pues sabía dar conversación a la parroquia y crear un clima de confianza a su alrededor. No obstante, aquel sillón era temido aún por los mayores, pero no por los trasquilones o por miedo a la navaja de afeitar, sino porque allí mismo, a tirón limpio y sin ningún calmante, tío Filiberto les había arrancado dientes y muelas con unas temibles tenazas. Aunque de ello hacía ya mucho tiempo, el dolor y los ayes seguían prendidos en las paredes y en los espejos, en las manos y en los ojos de tío Filiberto y hasta en su forma de hablar y consolar a la clientela.

Ahora el pelo nos lo iba a cortar mi padre. Confieso que desde un principio no me gustó la idea pero, qué hacer, ya estaba decidido. Me sentaba en una silla, vuelta del revés, y mi padre comenzaba a mover la maquinilla por mi cabeza. Al poco tiempo, por efecto del sudor del cuero cabelludo, aquel artefacto patinaba y patinaba, y mi padre se iba poniendo nervioso, se enfadaba y me ordenaba que me estuviera quieto. Cuando quería apurar los remolinos del cuello o los de la coronilla, yo empezaba ya a incomodarme y él me soltaba una galleta para que no me moviera. Pero no lo lograba y entonces se enfadaba más, aceleraba sus movimientos y terminaba precipitadamente. Después hacía una señal a mi hermano para que ocupara mi puesto, mientras yo iba hacia mi madre, que me esperaba en el poyo con un frasco de alcohol ya abierto. Echaba un poco en sus manos y me frotaba en la cabeza, con el fin de que no me acatarrase; yo no sé si de verdad el alcohol cumplía esa misión, pero era reconfortante estar en manos de mi madre después de haber pasado por las de mi padre. Emilio se revolvía en la silla mucho más que yo, se quejaba, protestaba, le arreaba mi padre un sopapo en el cuello y siempre le dejaba con el pelo al uno, pues se sentía incapaz de arreglarle todas las escaleras ocasionadas por lo mucho que se había movido.
...

Este viacrucis no lo tuvo que sufrir mi hermana Estrella, aunque sí la tortura de las trenzas y la manía de las coletas, hasta que un día mi madre se rebeló contra la imposición de aquella moda, cogió unas tijeras y le dejó el pelo a lo garçon. Es así como recuerdo a mi hermana de niña, siempre con el pelo corto o, como mucho, con media melena.

Estrella era una niña tranquila y pacífica a la que cuidábamos todos con primor. En sus primeros meses de vida, “la niña”- así era como la llamábamos en casa- se alimentaba de la leche de mi madre, pero sobre todo de la que ordeñaba mi padre de una vaca suiza que teníamos ¡Cuántos biberones de leche calentita vi tomar a mi hermana! Chupaba y respiraba con ansia y no paraba hasta acabar; luego eructaba con regularidad y se dormía al instante. Un rato antes, mi madre la había limpiado hábilmente entre arrumacos, y después le ponía los pañales, dándole besitos y diciéndole retahílas que procuraban su risa y le daban bienestar.

Estrella comía y dormía, dormía y comía; nunca lloraba ni daba problemas. Cuando me fui a Madrid a estudiar, ya no pude observar a diario su crianza. Sí, es verdad que al volver al pueblo, en vacaciones, seguía disfrutando al ver cómo iba cambiando, pero aquello ya no era el día a día de satisfacción y sosiego de los primeros años sino un tiempo distinto hecho de renglones intermitentes. “La niña” se estaba haciendo mayor y atrás iban quedando, para siempre, aquellos años de crianza y de contemplación que nunca olvidaré.


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Hola a todos. Me llamo Jesús. La curiosidad me ha llevado a iniciar un blog. Me gusta escribir, y creo que aquí voy a dar a conocer algunas cosas que tengo ya terminadas. También compartiré fotos, ideas sobre cine, educación y libros. Me gusta la red; permite relacionar ideas y conceptos basándose en multitud de criterios.

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