12 Abr 2008

Tiempo de infancia

Escrito por: jbberm el 12 Abr 2008 - URL Permanente

Aquel de mi infancia era un tiempo lento, parsimonioso y cíclico. Las estaciones marcaban el ritmo de aquella noria, que casi nunca se salía de su rutinario girar: inviernos largos y fríos, de sabañones, braseros, cabrillas y matanzas; primaveras discretas y tardías, de aguas abundantes y olores intensos; veranos cortos, de siestas silenciosas y noches frescas; y otoños apacibles y lentos, con la fragancia de la naturaleza en declive y las lluvias y la niebla invadiendo el tiempo. Todo parecía fruto de un engranaje celeste y natural, y hasta parecía predestinado que tus amigos fueran los de tu quinta, con los que entraste en la escuela, con los que hiciste la primera comunión.

Tan inamovibles como las sierras de Aravalle eran las costumbres que había por aquellos años. Como a todo niño, a mí me parecía que en todos los pueblos las cosas serían igual que en el mío. Nada podía cambiarse, todo estaba establecido, y vivir consistía en perdurar dentro de la rueda del tiempo. En esa concepción del mundo y de las cosas, todos los gobernantes serían como Franco, gordito, militar y eterno; todos los maestros, como don Diego, que a veces pegaba con una vara y otras nos enseñaba con esmero; todos los curas, como don Beltrán, intimidador, inquisidor y metemiedos; todos los alcaldes, como tío Armando, ricos y bien relacionados; todos los pobres, como tía Raquel, humildes y serviles; todos los taberneros, como tío Jacinto, despachados y parlanchines; todos los médicos, como don Alfonso, sordos, asmáticos y de pulso tembloroso; todos los sacristanes, como tío Matías, viejos, sordos y cascarrabias; todos los alguaciles, en fin, como tío Angel, picarones, borrachines y juguetones.

Invariablemente, al llegar a los siete años, don Beltrán elegiría a los muchachos que deberían prepararse para ser monaguillos, aprender rezos en latín y dominar el lenguaje de las vinajeras, de las campanas y de las velas. Sin duda don Diego pronto tomaría nota de quienes destacasen en el estudio, y recomendaría a sus padres que, cuando cumplieran los diez años, los mandasen fuera a estudiar. El pobre seguiría siendo pobre y el rico lo sería de por vida; algunos saldrían del pueblo para mejorar, pero no azuzados por un futuro prometedor, sino por su presente de penuria y de miseria.

En aquellos veranos eternos, cuando mi padre se echaba la siesta un rato, mi madre nos obligaba a recogernos en nuestro cuarto para no molestarlo. Tumbados sobre una manta vieja, encima de la cama, Emilio y yo colocábamos una pila de tebeos en la mesilla y nos poníamos a leer. Eran series del Capitán Trueno, El Jabato y Pulgarcito, que devorábamos en el silencio fresco de nuestra alcoba. A veces nos quedábamos dormidos leyendo, y el Capitán Trueno entraba en nuestros sueños y vivíamos con él las aventuras en las sierras y los prados de Aravalle, donde Goliath sabía moverse con la alegría y el humor de siempre.

Todos los tebeos nos los daba Leví, un amigo que a su vez los recibía, ya leídos, claro, de un primo suyo de Madrid. Algunos días nos íbamos con sigilo hasta el umbral de la puerta, y allí seguíamos leyendo hasta que llegaba el correo, que era la señal para acabar la siesta, aunque no era raro prolongar la lectura durante toda la tarde, si no nos llamaban para hacer algo. Me gustaba mucho leer tebeos, pero a veces sucedía lo peor, cuando en el cuento que estaba leyendo ponía “Continuará en el próximo número” y ese número no estaba en el rimero de tebeos apilados, pues me quedaba sin saber cómo terminaría la aventura. Eso nunca pasaba cuando tío Ismael nos contaba sus historias; bueno, casi nunca, porque algunas veces le fallaba la memoria y nos quedábamos al verlas venir. De estas experiencias viene mi aversión a los fascículos, a las novelas por entregas y a los libros mal encuadernados. Y también mi interés por los relatos bien hechos, con tipos buenos, malos inconfesables, el peligro flotando en el ambiente y un fondo de armonía, que en aquellos cuentos siempre aparecían en los finales melancólicos de ríos al atardecer y lagos en calma.

En primavera íbamos a nidos y cogíamos todos los huevos que en ellos encontrábamos, todos menos uno, que solíamos dejar para que enhuerase. Con ellos nos hacía la madre de Ernesto una tortilla, en la que se mezclaban aquellos sabores dispares con el los huevos de gallina, que inevitablemente había que añadir para que la tortilla diera de sí.

Cuando llovía, jugábamos en las casas, siguiendo un turno, que nos permitía ver cómo era la familia de cada uno, su permisividad y sus costumbres. Nos entreteníamos con la oca, el parchís y las cartas pero si nos juntábamos en alguna casa de ganado, solíamos jugar a rondaúna y, si había muchachas, también a las prendas.

(Niebla, nieve, lluvia, viento, breve sol, nieve, frío, mucho frío. ¡Qué inviernos crudos, de lumbres de leña de roble y braseros de cisco! ¡Qué sábanas heladas como témpanos adheridos a la piel!)

Ayudábamos algo en las tareas de casa, llevando agua a la tinaja, dando de comer a las gallinas y a los cochinos, partiendo leña y cachando escobas. También echábamos una mano en las tareas del campo, escardando, regando, cogiendo patatas y manzanas o riciando los prados cuando íbamos a heno. En las casas de las vacas ayudábamos a ordeñar, echábamos pienso en los gamellones y los poníamos en los pesebres, pelábamos con el garabato el heno de las pellas, arreglábamos la cama de los animales poniendo helechos secos u hojas de roble, llevábamos las vacas al prado o dirigíamos la yunta con la ahijada. Todas estas tareas las íbamos haciendo de la mano de nuestros padres, en un aprendizaje imitativo basado en la observación y la tutela.

La recogida de la fruta me gustaba especialmente, pero la recolección de las patatas me resultaba ingrata y dura. En la segunda semana de septiembre, días de sol y cielos despejados, subíamos a los árboles y empezábamos a recoger las manzanas verdedoncella y reineta, mientras contemplábamos el pueblo desde perspectivas singulares y desconocidas. El olor de las cajas, las cestas y los ganchos para sujetarlas en las ramas, las cuerdas para bajarlas desde la altura de las copas, y el gesto casi iniciático de desprender cada pieza de su rama eran experiencias gratificantes. Pero la recogida de las patatas, en días de grisura otoñal y viento fuerte, me trae recuerdos desagradables. La humillada postura para recoger los frutos que iban dejando los mayores sobre la tierra abierta y fría de los surcos, la aspereza de la piel de cada pieza recogida y el dolor de uñas, de tanto contacto con el hielo de la tierra, aún permanecen almacenados en el desván de las cosas quietas.


Algunos parajes de Aravalle me atraían como un imán, unos por desconocidos y otros por apacibles y emotivos. El más misterioso de todos era el paraje en el que asomaban las bocas de las minas de wolframio, cerca del Venero. Explotadas durante la segunda guerra mundial, fueron abandonadas al terminar ésta, y quedaron como si el tiempo se hubiese parado allí el día en que salió de ellas el último minero. Algunos domingos, al acabar el rosario, quedábamos en El Corralillo después de coger la merienda, y subíamos al Venero. Adolfo solía encabezar la excursión, que comenzaba en alguna de las bocas de la mina y siempre terminaba junto a los pinos de tío Isaac, los más altos del pueblo.

Apacibles, como la mansedumbre de los bueyes y el mamar de los terneros, eran las cuatro fuentes del pueblo, de cuyos caños manaba un agua fría y limpia, transparente como la verdad. En la víspera de San Juan, eran adornadas por las mozas del pueblo, repitiendo un año tras otro el rito de la fecundidad de la primavera, que acababa en aquella noche corta de ronda y misterio.

Aquellos pilones, que saciaban la sed de las vacas en invierno, servían en tiempo de calor para ver nuestra figura reflejada en el agua, una figura desdibujada a veces, cuando un empujón o un traspiés desequilibraba a alguno y caía dentro, con el consiguiente enfado del alguacil, tío Angel. Pero había otras fuentes en los campos de Aravalle, unas con propiedades medicinales, otras que curaban el mal de amores y la melancolía; fuentes de la Cañaílla, de la Hoyuela, del Pezuelo, todas lejos de las casas, pero con pilas de granito que recogían sus aguas benéficas y limpias.

Ciertos espacios desconocidos me atraían con fuerza, como las lagunas del Barco y de la Nava, de Solana y del Trampal, de las que hablaban los excursionistas en verano, cuando bajaban de la Urralea o de Robles Amarillos, tan cansados por la caminata como tostados por el sol.

Lugares sobrecogedores que me inquietaban, como la Tejonera, me parecían propios del fin del mundo, casi un valle de Josafat anticipado que acogiera a todos los fugitivos de la tierra. Tanta era la soledad cuando allí pasábamos una tarde escardando, que salir de aquella huerta era para mí una liberación tan grande como retirarme del confesonario, una vez absuelto por el terrible don Beltrán.

Sitios emotivos eran la calle de la Fuente y el camino de los prados del Monte. Y también, los puentes- de la Varacolcha, de los Castaños, de la Pedrosa, de los Recueros, del Andrinal, de las Casas, del Molino, del Alunado, de San Julián- lugares de encuentro o de soledad, que ofrecían sus pretiles para descanso y ensoñación de caminantes.

Rincones recoletos, de confidencias y de chismes, eran los sifones del Corralillo, el poyo de tía Isidora, el casillo de tía Dolores, la calle del Hornillo y la vecindad del Pozo, todos en el barrio de abajo; el poyo de tía Primitiva, la vecindad de tío León y la calle del Sol, en el barrio de arriba; y en el del medio, los muros del patio de la escuela y la vecindad donde nací, protegida de los vientos por un estupendo hastial de piedra seca.

En verano escaseaba el agua y se organizaban las regaderas según costumbre antigua. Había un pozo por cada arroyo y una persona encargada de ir avisando a los dueños de las huertas cuando, por riguroso orden, les tocaba regar. Esos encargados cobraban un tanto por cada fanega regada, asegurando así la buena organización, el aprovechamiento del agua represada en el pozo correspondiente y el cuidado de posibles desvíos de los veneros hacia otros pozos. Un verano mi padre fue el encargado de la regadera del Regajo, y recuerdo cómo anotaba cada noche en un cuaderno de rayas el nombre y apellidos de los dueños de las huertas, el nombre de éstas y la fecha de cada riego. Recuerdo también mi asombro al ver el nombre oficial de muchos hombres, a quienes yo sólo conocía por su mote. Había algunos muy curiosos, unos fruto de la casualidad o de la ironía y otros, de la maldad o de la afrenta. Eran el nombre familiar, el patronímico por excelencia, mucho más que el apellido de los abuelos. Todavía hoy seguimos siendo Calvotes, Capotes, Golíos, Gutos, Calostros, Naíllas, Rojillas, Cojetes, Perrines, Veratos, Regalados, Cachorros, Morcillas, Porras, Trigueros, Montas, Rabúos, Pelones...

Los nombres de las huertas, precisos y sonoros, hoy duermen olvidados en las oficinas del catastro, y sólo siguen vivos en la memoria de nuestros mayores, quienes desde la mesa camilla de sus cuartos de estar, lejos de aquel Aravalle del que emigraron en los sesenta, cuando la tierra no daba para más, miran la misma foto aérea del pueblo y repasan en silencio los nombres de las huertas de su juventud: Marialba, Cerraílla, de la Raya, de la Fuente, de la Calzada, de la Cañada, del Molino, de la Alquería, de los Pozos, del Chorrillo, del Lomo, del Corral de Concejo, de la Calle Abajo, de Gesón, de Maripedro, de la Cañaílla, de la Fragua, de las Escuelas, del Río, de la Vega, del Alamillo, de la Carrera... Hoy tienen las paredes divisorias en el suelo, no producen nada y apenas nada valen, salvo las que lindan con el perímetro urbano. Todas duermen el sueño de los justos y recuerdan, en su barbecho permanente, aquella posguerra, cuando las gentes de Aravalle trabajaban duramente su tierra, e incluso arañaban unos centímetros a las paredes medianeras para sembrarlos también de patatas ¡Tanta era el hambre y tanta la necesidad!




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Hola a todos. Me llamo Jesús. La curiosidad me ha llevado a iniciar un blog. Me gusta escribir, y creo que aquí voy a dar a conocer algunas cosas que tengo ya terminadas. También compartiré fotos, ideas sobre cine, educación y libros. Me gusta la red; permite relacionar ideas y conceptos basándose en multitud de criterios.

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