26 May 2008

La edad de la inocencia

Escrito por: jbberm el 26 May 2008 - URL Permanente

En mi relato Robles Amarillos cuenta el protagonista cómo fue poco a poco descubriendo el mundo del sexo, cómo era la sociedad de aquellos años cincuenta y qué poder tenía la iglesia católica en aquellos menesteres. Y termina mostrando cómo la evidencia de la naturaleza se encarama sobre las ideologías y abruptamente muestra su cara más oculta.




“En mi infancia, uno iba descubriendo, poco a poco, que el mundo no era exactamente como aparentaba aquella rueda de rutinas, aquel girar de las estaciones y aquella inamovilidad de las costumbres. Ése parecía ser el escenario de la obra, pero detrás del telón de cada casa, se movía una vida rica y compleja, llena de dolores cotidianos, de pequeños placeres, de susurros insistentes. A algunos le abrían los ojos sus padres, a otros, sus hermanos mayores o sus primos. Pero la mayoría teníamos que abrirnos camino por aquellas veredas desconocidas, envueltos en medias palabras, que nada explicaban y mucho aturdían.

De todas las evidencias de la vida, ninguna se nos ocultaba más que el sexo, tan sombrío y reprimido en aquel tiempo de mi infancia. La permanente obsesión de don Beltrán, el cura, era hablar del sexto mandamiento, de los tocamientos y los actos impuros, de la vida de María Magdalena, de los deseos insanos y de la condenación eterna. Todo lo que pensabas o hacías, tenías que confesárselo: mirar a una muchacha, imaginar a un hombre y a una mujer juntos, hablar de estas cosas con los amigos... El ojo de Dios, que pintaba don Beltrán en la pizarra de la catequesis de cada domingo, nos veía, y no podíamos mentirle ni ocultarle nada.

Una vez alguien quiso gastarme una broma que afectaba a mi inocencia. Decían que yo había tocado el sexo a una prima mía. Junto a la chimenea, mis padres me preguntaban, con una mezcla de escándalo y asombro. A mí me daba vergüenza, mucha vergüenza, que mis padres me hablasen de aquel asunto y me molestaba un ligero retintín acerca del alcance de lo que yo conocía y de la extensión de mi inocencia.

-Y ¿qué dicen que le has tocado a tu prima?

-La chucha.

-Ah. ¿Y qué más dicen por ahí?

-Que se la he metido.

-¿Qué le has metido qué?

-El pito en la chucha.

Yo quería morirme antes que seguir con aquel interrogatorio, pero me negaba a confesar como cierto lo que no lo era. Me defendí y les dije que no, que era mentira, que aquello lo había dicho alguien para fastidiarme. Mis padres parecieron quedar convencidos pero yo me quedé como anonadado y vacío, ignorante y absurdo. Nadie me había hablado abiertamente de sexo hasta la mañana en que nació mi hermana, y lo que me dijo entonces Mamerto me sumió brutalmente en un mar de dudas, en un pudor exagerado de ansias contenidas, en una necesidad vital de conocer cómo era todo aquello, cómo se nacía, cómo se hacía...Únicamente me era familiar mi propio cuerpo de niño de ocho años y el de otros muchachos, cuando nos bañábamos desnudos en el pozo del Venero, todos con el pito parecido, salvo algunos, a los que ya les apuntaba el vello y bien que presumían de ello.

Un día vi algo inmenso y espectacular. Habían llegado al pueblo unos hombres con un semental para cubrir las vacas, tal y como hacían todos los años. Lo más común era que los dueños de los animales llevasen éstos a la Parada de tío Armando, pero otras veces era el toro el que visitaba a las hembras que debían quedar preñadas, yendo a las cuadras donde se alojaban. Los padres solían ocultarnos estos encuentros pero nosotros imaginábamos que el toro metía su pito en la chucha de la vaca, estaba allí un poco y después se acababa todo.

De sopetón, lo que yo vi aquél día fue tremendo y descomunal, tan fuerte que, a la vez, me atraía con fuerza y me resultaba repulsivo y abrasador. Al acercarme a la casa de ganado, observé movimiento pero me di cuenta de que estaba cerrada la puerta. Fui por detrás y, mirando por entre los tablones, vi que el semental, con un miembro gigantesco, retorcido como un berbiquí, tanteaba torpemente hasta que, oportunamente ayudado por el veterinario, lo hundió en la vaca Jardinera. Ésta protestaba pero el toro bramaba, echaba espuma por la boca y se movía con estrépito, hasta que hizo tres o cuatro movimientos espasmódicos, se bajó y luego resopló sin cesar y fue cayendo en el abandono. Después de su recuperación, lo sacaron de la cuadra y se fueron hacia otra casa, pero yo seguía allí clavado, detrás de las tablas del payo, junto a la pella del heno, conmocionado por lo que acababa de ver.

Pensé entonces que eso no sería igual entre los hombres y las mujeres, que lo que yo había presenciado sería sólo cosa de animales. La educación sentimental en la sociedad en la que yo fui creciendo, no consistía en conocer, dominar y encauzar los instintos desde la infancia sino en negarlos sin más; era la impostura de la sinrazón contra la naturaleza de las cosas, que sólo podía traer como consecuencia la hipocresía o la angustia.

Aquella educación hacía agua por todas partes: se imponía el silencio oficial junto al chiste morboso, la inquietud y los interrogantes frente a la doctrina de todos los Beltranes. Se castró la naturalidad de la gente, se invadió su conciencia, se reprimió su vida y se fulminó cualquier atisbo de naturalidad. No obstante los adultos burlaban aquella moral inquisidora, unos con astucia y otros desde el atrevimiento de la heterodoxia. Pero nosotros, los niños, ¡ay de nosotros! ¡Qué dolor empezar a descubrir el sexo sintiendo en la nuca la mirada intimidadora del cura y el temor a caer en pecado! ¡Qué pena que, viniendo de un acto de placer, se nos negase el gozo de conocer con naturalidad de dónde venimos!

A todos los de mi edad nos hubiera gustado una educación sexual que fuera respondiendo poco a poco a nuestras preguntas, que nos permitiera avanzar en nuestros titubeos y que nos diera posibilidades de conocer los entresijos de la vida, tan lejos la lascivia de los curas zafios como de la rijosidad de los babosos. Pero ¡ay! ni en esto ni en otras cosas nuestra educación fue así. Además, si así hubiera sido, entonces nosotros no seríamos los mismos.”

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Ana Belén Hernando

Ana Belén Hernando dijo

Acabo de leer tu pensamiento y me ha gustado cómo lo expresas. Tengo 37 años y yo no he vivido una educación tan extrema sexualmente. Ahora tengo dos hijos, uno chico de 14 años (el día 8 de junio hace 15), y una niña de 10. Con ellos he seguido siempre dos máximas. La primera es que el mundo ya está inventado y no voy a crear un mundo paralelo para ellos; y la segunda es que si tienen capacidad para hacer una pregunta (sea la que sea), yo tengo el deber de responderles y no aplazar la respuesta.
Los humanos nos empeñamos muchas veces en rechazar, frenar, y racionalizar nuestra parte animal, y pienso que en lo relativo al sexo eso es dañino. El sexo debe ser sinrazon y así, aunque se intente ocultar, ha sido siempre. Como en otros muchos campos, no se puede luchar contra la naturaleza, aunque la educación sea importante sobre todo para comprender.

Halblando de otra cosa, te he mandado por correo electrónico dos cuentos que tienen que ver de una u otra forma con mi abuelo. Como te digo en el mail, en uno de ellos tiene algo que ver este encuentro virtual que hemos tenido.

Un abrazo también virtual de la nieta del tío Mingo el aceitero.

mari dijo

Esto es como leer un libro que te llama desde la primera página, haces sentir como si estubieras en ese momento, con todos los personajes, a sido maravilloso viajar en el tiempo.Un beso te quiere Mari, tu hada.

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Robles Amarillos

Hola a todos. Me llamo Jesús. La curiosidad me ha llevado a iniciar un blog. Me gusta escribir, y creo que aquí voy a dar a conocer algunas cosas que tengo ya terminadas. También compartiré fotos, ideas sobre cine, educación y libros. Me gusta la red; permite relacionar ideas y conceptos basándose en multitud de criterios.

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