10 Jun 2008
El adiós a Aravalle
El último capítulo de mis Robles Amarillos nos muestra al protagonista despidiéndose de su pueblo, a la temprana edad de diez años, para ir a estudiar el bachillerato en Madrid, a principios de los sesenta. Desde entonces, Antonio dice sentirse, a la vez, madrileño y de Aravalle.
Un día de primavera aparecieron por la escuela dos frailes de Miranda de Ebro y preguntaron a don Diego por los muchachos que sobresalían en los estudios, con el fin de entrevistarse con sus padres e informarles acerca del centro que regentaban en aquella ciudad. El maestro les acompañó a mi casa y después les llevó a las de Ernesto y de Dimas. Aunque mi padre oyó con atención cuanto decían aquellos frailes, lo hizo más por cortesía que por necesidad de información, pues, en su opinión, si yo alguna vez salía del pueblo para estudiar, no sería para ir a un colegio así. Sin embargo a mi madre le gustaba la idea, pero le echaba para atrás lo lejos que quedaba Miranda de mi pueblo y el rigor de que hubiese un solo periodo de vacaciones en todo el curso. Por todo ello, a pesar de agotar el plazo que les dieron, tomaron la decisión de rechazar la oferta de aquellos frailes y respiraron con tranquilidad, si bien por motivos distintos.
Aprovechó don Diego la oportunidad y propuso a mis padres que en el mes de junio fuera a examinarme a Ávila para obtener una beca, que cubriría los gastos de mi estancia en un colegio interno, donde estudiaría el bachillerato. Mis padres vieron buena la propuesta y empezaron a hacerse a la idea de que pronto tendría que irme de Aravalle para seguir los estudios, con lo que aquello significaba de sacrificio y de pena.
Llegó el mes de junio y la fecha del examen. Se formó una pequeña comitiva, integrada por don Diego, doña Aurora, Matilde- que también iba a examinarse- su padre, el mío y yo. Salimos temprano de Aravalle, en el taxi de Tiburcio, y llegamos a las nueve, con tiempo suficiente para las pruebas, que tendrían lugar en el Instituto de Ávila. Legiones de muchachos y muchachas de toda la provincia, con los ojos bien abiertos, íbamos siendo repartidos por las aulas del inmenso centro. Nos dieron las hojas de exámenes y empezamos a rellenarlas. Eran unos tests de inteligencia, que para mí resultaban novedosos pero facilísimos. Había preguntas como “ Si vivieran todas, ¿cuántas bisabuelas tendrías?” o “Duero, Guadalquivir, Júcar, Guadiana, ¿ Cuál de estos ríos no desemboca en el Atlántico? ” Terminado este examen hubo uno de Lengua y otro de Cálculo y para las doce y media ya estábamos fuera del Instituto.
Como era la hora de comer, los mayores decidieron que lo mejor era ir a comer a Piquío, cerca del Mercado Grande. Fue así como entré por primera vez en un restaurante. Mi padre, don Diego y yo estábamos contentos; no así doña Aurora, Matilde y tío Narciso, pues al ir paseando por las callejuelas, camino del Grande, les habíamos contado cómo eran nuestros exámenes, y por los gestos y comentarios de los maestros, todo parecía indicar que sólo yo obtendría la beca. Así podría irme a estudiar sin recurrir a un colegio de curas o de frailes, que al ser casi gratuitos, constituían la salida habitual de bastantes muchachos pobres pero dotados para el estudio. Aquella comida en el restaurante tuvo un sabor agridulce, como los platos chinos, pues uno no podía exteriorizar la alegría que bullía por dentro sin señalar, por contraste, la tristeza y el abatimiento de los otros comensales.
El retorno al pueblo marcó el inicio de un cambio en mi vida, pues durante el verano mi padre tuvo que hacer gestiones para formalizar la matrícula en un colegio de Madrid, el Divino Pastor, cuando nos comunicaron que tenía concedida la beca. A mediados de agosto llegó, por fin, la carta en la que me consideraban admitido para cursar, interno, primero de bachillerato, con el número doscientos treinta y seis. Mi madre, ayudada por hermanas y cuñadas, marcó toda la ropa y objetos personales con aquel número y, siguiendo las instrucciones que enviaron, compró lo necesario para mi incorporación al centro: maleta, colchón, sábanas, mantas, colcha, almohada, fundas, toallas, bolsas para la ropa sucia, objetos de aseo, zapatos mudas, calcetines, pantalones, jerseis, camisas, prendas de abrigo...
Aún recuerdo el ensayo general que hice en la cocina con el cepillo y la pasta de dientes. Como mis amigos o mis familiares, yo no sabía qué era eso de lavarse la boca, pues en Aravalle nadie tenía tan higiénica costumbre. Por un lado, sentí cierto desgarro, cuya muestra evidente era un hilillo de sangre escandaloso, y por otro, un sabor agradable y un descanso intenso.
La fecha de mi partida iba acercándose y, por si acaso lo olvidaba, se encargaban de recordármelo mis tíos y primos, como sucede con los avisos anticipados del almanaque, que impiden que demos cobijo al olvido. Toda la casa estaba en danza; por aquí y por allá ropa doblada o dispuesta para la plancha, zapatos, toallas, sábanas, la bolsa de aseo, la maleta nueva, chucherías, un chorizo, varias latas de conservas, por si no nos daban bien de comer en el colegio. Todo aquello les estaba costando un ojo de la cara a mis padres, un dinero del que no disponían y que habían buscado para la ocasión. Pero lo que les dolía de verdad era enviarme con tan sólo diez años a un colegio interno, del que no regresaría ya más que para las vacaciones.
La víspera, me dijo mi madre que fuese a despedirme de todos mis tíos, y así lo hice, empezando por el barrio de arriba. Entraba en casa de cada uno -tío Gonzalo, tío Emilio, tío Ginés, tía Genoveva, tía Gertrudis, tía Diana, tía Berta, tía Pilar- y todos me decían lo mismo, me daban ánimos, ponderaban el esfuerzo de mis padres -“Este sacrificio sólo se hace por los hijos”- me daban alguna propina y varios besos, unos más sonoros, otros más opacos. También me fui a despedir del maestro; su mujer me dio más besos y algunas pesetas, y don Diego me abrazó y me dijo: “Ánimo, Antonio, ya verás cómo lo consigues”. En cada casa se me saltaban las lágrimas pero sólo llegaban a humedecer mis ojos, no dejaba que fluyeran libremente. Sin embargo al pasar por delante de la casa de mi abuelo Fernando se me escaparon unos breves gemidos, que ahogué acordándome de su sombrero y de sus rezos. Y al ver el manubrio en casa de tía Pilar, me acordé de aquella Nochebuena en la que lo oí sonar por primera y última vez, y rememoré la voz de mi abuela Amparo, su seriedad y su profunda calva. Antes de acostarme, me despedí de mi hermana Estrella, tan pequeñita aún, y, ya en la cama, comenté con mi hermano las cosas que me habían dicho en la despedida.
Mi madre apenas durmió aquella noche, pues estuvo preparando el equipaje. Y yo tampoco dormí, ya que el desasosiego me quitó el sueño y me hizo recordar el pasado, mientras daba vueltas en la cama, con los ojos llenos de lágrimas y algún suspiro ahogado para no despertar a mi hermano.
La siete de la mañana llegaron muy pronto y mi padre me llamó. Enseguida me arreglé, me lavé y desayuné. Emilio también se levantó, para despedirme, y con sus profundos ojos miraba la maleta, abierta aún y preparada con primor. Mi madre me explicaba con ternura: aquí llevas los pañuelos, ahí las mudas, allí los jerseis, debajo los pantalones... Yo la oía pero apenas podía ver lo que iba señalando, pues mis ojos, llenos de lágrimas, iban vaciándose en el suelo de la cocina, hasta que me abracé a ella y terminé de llorar en su regazo. En cuanto pude, me recuperé y le dije: “¡Qué bonitos los números de este pañuelo!” “Los ha marcado tu prima Ángela”, me contestó. Después cerró la maleta, mi padre la cogió y salimos a la calle, camino del Corralillo, donde Tiburcio, el del taxi, había quedado en llegar hacia las ocho. Tiburcio hacia diariamente un viaje a Madrid, ida y vuelta, y llevaba en su coche a seis personas, que le pagaban un precio fijo, algo superior a la suma del importe del correo y del tren, pero que tenía la comodidad de ir de puerta a puerta.
Allí, junto a los sifones, estábamos los cuatro, aguantando el frío de octubre, mientras esperábamos la llegada del coche; mi padre cogía con sus brazos los hombros de mi hermano y mi madre me echaba un chaquetón por encima y me abrazaba. Mientras colocaban el equipaje en la baca, mi madre me estrechaba sobre su pecho y me daba besos largos y sonoros en las dos mejillas, sin mostrarse cohibida por la mirada de los que estaban dentro del coche. El sonido del chorro del caño de la fuente cayendo en el eterno pilón, el olor a la gasolina del taxi, los besos de mi madre y de mi hermano, y el susurro de las voces tenues de los otros viajeros, eran el escenario de aquella despedida singular.
Montamos en el coche mi padre y yo, y el vehículo arrancó; por la ventanilla lateral, mi madre y mi hermano me mandaban besos y yo me sentía cohibido y ahogaba mi llanto. Atrás se quedaban diciendo adiós como una sirena varada y el taxi enfilaba la carretera hacia las Umbrías, donde otros viajeros esperaban para subir al coche y completar el cupo. Luego Tiburcio puso rumbo a Ávila y después de cinco largas horas llegamos a Madrid. Desde mi asiento apenas pude ver algo de la capital, pues iba bastante mareado y triste por aquel viaje que me separaba de lo mío.
Sacaron mi maleta, mi padre pagó a Tiburcio y subimos las escaleras hasta llegar al vestíbulo del colegio. Un portero calvo y bajito se dirigió a mi padre con afectación: “¿ Qué desean?” Mi padre le explicó que yo tenía reservada plaza para primero de bachiller, así que nos hizo pasar a la Secretaría, donde el señor Diosdado abrió unas fichas de gastos e ingresos y rellenó otros documentos, que dio a firmar a mi padre. Uno de ellos decía así: “Permisos otorgados por los padres del alumno”. En él se hacían cuatro preguntas, a las que mi padre contestó sin titubear:
- ¿Puede salir solo por Madrid?
- No- dijo mi padre.
- ¿Puede irse a dormir con sus familiares en días de fiesta?
- No.
- ¿Puede irse solo de vacaciones?
- No.
- ¿Puede ir a excursiones?
- No.
Terminados los trámites burocráticos, el portero indicó a un chico veterano que nos acompañase al dormitorio de los pequeños, a donde habían subido ya el colchón, que mi padre había facturado una semana antes. Aquel cicerone nos conducía por el tercer piso, atravesando habitaciones repletas de literas, hasta que, por fin, llegamos a la última, que era la asignada a los de primero. Me indicaron cuál era mi cama y dónde estaba mi armario, una taquilla estrecha en la que fui colocando la ropa, ayudado por mi padre. Luego él sacó de su cartera cien pesetas y me dijo: “Ten cuidado y adminístralas bien”. En las habitaciones, muchos novatos como yo, con cara de susto y desorientación, éramos observados por resabiados veteranos, que se movían por aquellos territorios con miradas altivas y comentarios irónicos.
Bajamos a la portería y el señor Alejo le dijo a mi padre que pasara a la sala de visitas, un espacio contiguo al vestíbulo. Allí estaba la prima Beatriz, que nos recibía con una gran sonrisa y nos hablaba alto, debido sin duda a su sordera acusada y creciente.
- Bueno, David, tú te vienes a casa, y mañana volvemos aquí a ver este jovencito. Toma- me dijo- cómete este bollo, se llama milhojas.
- Gracias- le contesté.
- De nada, Antonio. Mañana venimos. Hala David, que nos queda mucho camino hasta Los Carabancheles.
Mientras se entretenían hablando con el portero, yo le di un mordisco al milhojas, y su polvillo blanco fue nevando mi jersey azul marino, recién estrenado, y mis pantalones largos. Unos minutos después se cerraba la puerta y bajaban hacia la calle. El señor Alejo me indicó que pasase hacia una galería junto al patio, donde varios chicos hablaban a voces. Al fondo había un muchacho que parecía estar solo, como yo, en la inmensidad de aquel espacio. Me acerqué a él y me presenté; él me dijo que se llamaba Ventura Santos y que era de un pueblo de Toledo. Ventura, más alto que yo, rollizo de bollos de chocolate, como tendría ocasión de comprobar muy pronto, tenía once años y fue mi primer amigo en el Divino.
Como ese día no había clase aún, los internos que ya habíamos llegado, vagábamos por las galerías y por el patio, descubriéndolos unos, reconquistándolos otros, pero todos cabizbajos por la dureza del tiempo que se nos venía encima. Nos mandaron subir al comedor, y nos acomodamos en una mesa de cuatro Ventura Santos, Casimiro López, Rosendo del Valle y yo, todos de primero, y todos tristes y abatidos, menos Rosendo, que se mostraba bromista e irónico, quizá porque tenía dos años más que nosotros, o tal vez porque su familia vivía en Guadarrama, y eso le iba a permitir marcharse a su pueblo todos los sábados. Nos dieron de comer judías pintas, filete ruso con escarola y melón. Aparentemente todo parecía bueno, pero cuando Rosendo fue a servirse las judías, sacó de la fuente una cabeza de ajos sin pelar, echada a aquel rancho sin esmero ni miramientos. Nos dio tal repugnancia que sólo manchamos el plato, mientras poníamos cara de circunstancias. El filete no estaba mal pero la escarola amargaba excesivamente; y el melón era insípido del todo. Por un momento nos preguntamos, en silencio, si siempre sería así la comida o si aquello habría sido una casualidad, pero enseguida apartamos de nuestra mente aquel presagio; tiempo tendríamos de descubrirlo, de mirar a otra parte, de no querer saber qué comíamos mientras comíamos.
Don Tomás, el jefe de estudios, nos abrió la clase de primero y nos dejó algunos libros para que los fuéramos viendo. La tarde transcurría lenta y parsimoniosa. Por una rendija de dos palmos, entre la persiana bajada y clavada sobre el marco y el alféizar de cada ventana, veíamos minúsculos fragmentos de la calle y algunos detalles de la casa de enfrente. Tuvimos de inmediato la sensación de haber ingresado en una cárcel, con barrotes en forma de persiana y vigilantes de mirada algo cruzada.
Después de rezar el rosario, nos dieron de merendar café con leche y un bollo de pan- ¡qué café inolvidable! agua de fregar lo llamaríamos pronto- y luego nos dejaron bajar al patio hasta la hora de cenar. Ya en los dormitorios, me lavé los dientes, guardé mi ropa, estrené el pijama y me acosté; pero no pude meterme en la cama, pues a los novatos nos habían hecho la petaca. Los veteranos se partían de risa viéndonos luchar absurdamente contra nuestras sábanas, así que nos levantamos, las rehicimos y aceptamos en silencio el impuesto rigor de los necios. Volvimos a acostarnos y cada uno se consoló en su intimidad como mejor pudo. Bajo las sábanas, yo lloré en silencio lágrimas amargas, y después me dormí.
Aquella noche soñé con la escuela de doña Mari y con la sierra de Robles Amarillos, con la fragüilla y con la fuente del barrio del medio, con la vaca Jardinera y con la suiza Mixta, con mi padre atareado y con mi madre peinándome. Me desperté en plena madrugada, desorientado, fui al servicio y regresé por aquellas oscuridades, algo confundido por el olor de la multitud infantil allí aparcada.
Me acosté de nuevo, consolado porque aún me quedaban algunas horas de refugio antes de empezar las clases. Me acordé de mi madre y de mi hermano, cuando por la mañana me mandaban besos y me decían adiós desde el Corralillo. Lloré y lloré, porque desde el fondo de mis diez años, sentía que el precio que tenía que pagar por prepararme para el futuro, aquella privación diaria del afecto de mi familia, me parecía injusto y excesivo. Aquella primera noche en el Divino Pastor, desvelado entre docenas de literas, que acogían niños de diversas procedencias, lloré y lloré, dolorido por aquella separación, tan brusca y tan dura. Lloré porque el cariño y el amor del que se me privaba, nadie me lo iba a devolver nunca. Lloré porque sentía que algo profundo había acabado.
En el frío de la madrugada me dormí con los ojos hinchados, pero sentía mi boca dulce. Por la tarde vendrían a verme mi padre y la prima Beatriz, y me traerían un milhojas nevado y grande.

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Robles Amarillos
jbbermHola a todos. Me llamo Jesús. La curiosidad me ha llevado a iniciar un blog. Me gusta escribir, y creo que aquí voy a dar a conocer algunas cosas que tengo ya terminadas. También compartiré fotos, ideas sobre cine, educación y libros. Me gusta la red; permite relacionar ideas y conceptos basándose en multitud de criterios.
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4 comentarios · Escribe aquí tu comentario
mari dijo
Querido amigo e rrecorrido contigo este pueblo tan bello, e visto como te subias en el coche encuentro con tus amigos y tus pantalones cortos, me has hecho transladarme en el tiempo y además me a hecho tanta gracia el nombre del pueblo porque Aravalle es Valle dentro de un valle y mi nombre completo es María Del Valle y mi haijado se llama Aram, que después de mucho tiempo su madre descubrió que su definición era Valle y se lo puso sin saberlo, un placer leerte.Un petó t´estima Mari, la teva fada.
jbberm dijo
Querida amiga Mari:
Gracias por tu comentario, por tu amabilidad y tus detalles.
Ya comenté contigo hace tiempo lo relativo al nombre de Aravalle. Y aquí lo traigo de nuevo para cerrar esta serie sobre mi relato Robles Amarillos, dedicado a mi pueblo, Aravalle.
"El nombre de mi pueblo es Puerto Castilla, y está en la provincia de Ávila, entre el macizo occidental de la sierra de Gredos y la sierra de Béjar; al lado, está el puerto de Tornavacas. El río se llama Aravalle, y el pueblo anejo al mío se llama Santiago de Aravalle. Mi pueblo se denominaba antes de la guerra Casas del Puerto de Tornavacas, pero después cambió de nombre. A mí me gusta mucho el nombre del río, así que en mis relatos siempre uso ARAVALLE para denominar a mi pueblo.
Aravalle es una redundancia, una repetición. 'Ara' (que significa "valle" en ibero y en vasco) + valle = valle valle, valle ancho, valle grande. Efectivamente, es un valle ancho el del río Aravalle, sobre todo si lo comparamos con el valle del río Jerte, tan cercano, que es un valle cortado y encajonado, precioso, por otro lado, por sus cerezos y sus castaños.
Don Rafael Lapesa, en su Historia de la Lengua Española, explicaba todo lo del topónimo 'ara' muy bien, y siempre unía en sus ejemplos, en este caso, Valle de Arán y Aravalle: son la misma cosa y se refieren, parece ser, a un espacio similar."
Un abrazo.
Jesús
Eduardo Martín dijo
Bueno Jesús, si ya me emocionaste con lo anteriormente escrito, hoy ya no es para callarse, Puerto Castilla es así, y la despedida de Antonio de Aravalle me recuerda tanto a lo escuchado en casa sobre la partida de mi padre( al que probablemente conozcas e incluso al niño que iba con él en los veranos de los setenta) hacia Salamanca en los últimos cuarenta que se me han caído lagrimones de emoción...
Yo no se si volver, claro está que he vuelto, pero casi siempre a entierros, el último el de tía Petra. No se si volver porque conservo unos recuerdos tan buenos de los veranos con los amigos por ahí que temo que se borren con imágenes nuevas...
Bueno, sólo darte las gracias por remover esto que tenía casi olvidado, ahora que tengo niños me he trasladado a Segovia, y aquí la luz es muy parecida, la pena es que mis hijas no puedan vivir unos veranos como los que pasé yo con los abuelos en El Puerto.
Gracias de nuevo.
jbberm dijo
Eduardo:
Gracias por tu emocionado comentario; me gusta, porque veo la utilidad de la escritura: despertar la emoción en el lector. Y en este caso por partida doble, porque recuerdas las despedidas de tu padre hacia Salamanca, algo que te han contado pero que no has visto, obviamente, y la emoción de tus recuerdos del pueblo, de esos veranos de infancia.
Nada como los recuerdos de la infancia, ahí permanecen en lo más escondido de nosotros, como una patria querida y lejana, un territorio al que no se vuelve más que así, mediante la literatura, el cine, las fotos y el arte.
Un abrazo para ti y tus padres, y para tus niños.
Jesús
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