15 Jul 2008
La audiencia ( 1 )
Hace seis años escribí un relato que hoy traigo a estas páginas. La acción se desarrolla hacia 1970 en Madrid. Es la primera vez que lo publico. Lo pondré en tres capítulos. Espero que os agrade leerlo.
“Y ya tenemos al Indio González Lobo en compañía de la enana doña Antoñita camino del Alcázar.”
F. Ayala: El Hechizado

-Toma, Aravalle, un telegrama.
Mis compañeros de mesa enmudecieron mientras yo abría el sobre azul y leía con ansiedad: “Concedida audiencia Jefe del Estado próximo veintiséis abril para entregar premios fin de carrera ruego persónese en esta dirección general día veintiuno diez mañana”. Lo leí otras dos veces, con la respiración contenida, y después lo doblé y me lo guardé en el bolsillo. Levanté la vista y me encontré con los ojos de Heredia.
-¿Qué pasa, Aravalle?- me preguntó inquieto.
-Que el miércoles próximo me llevan a ver a Franco.
-¡Pero bueno, eso es que te han dado el premio!- dijo Benjamín.
-¡Enhorabuena, Antonio!- añadió Paco.
Los tres se levantaron de sus asientos y, mientras me abrazaban, una y otra vez corearon mi nombre. Los demás comensales nos miraron con curiosidad, preguntando con su gesto por la razón de nuestro pequeño alboroto. Heredia, resuelto, se adelantó hacia la mesa del estrado, embridó sus nervios y se dirigió al director de la residencia.
-Don Manuel, que a Aravalle le han dado el premio nacional de magisterio, y se lo va a entregar Franco en El Pardo dentro de una semana.
Echando su silla hacia atrás, don Manuel mandó que me llamaran. En cuanto llegué a su vera, me buscó al tacto, me cogió las manos y las apretó. Luego elevó su rostro, carraspeó varias veces y me dijo:
-Querido, me alegro mucho de que te hayan dado ese premio, es un honor para la Institución. Año tras año has ido superándote y has logrado un buen expediente, a pesar de las dificultades que el destino ha puesto en tu camino. Pero el Señor te ha iluminado y te ha guiado con su amparo. Enhorabuena, querido, enhorabuena.
Mientras, los demás profesores, que estaban sentados a la misma mesa que don Manuel, dejaban de masticar para enterarse mejor de la noticia, don Ramón, el secretario, me pidió el telegrama y, engolando la voz, se lo leyó de cabo a rabo a los comensales, que hasta entonces se habían hecho lenguas acerca de lo que estuviera pasando. Cuando terminó, muchos aplaudieron con ganas, pero algunos miraron hacia otro lado, quizá por indiferencia o por envidia.
-Aravalle, ahora tienes que decir algo- me espetó al oído.
-No, don Ramón, yo creo que ya es suficiente- contesté.
Pero el auditorio esperaba en silencio y me vi obligado a decir unas palabras. Tragué saliva y les hablé desde un lateral del estrado.
-Como veis, me han concedido el premio nacional de magisterio. Os doy las gracias por compartir conmigo esta alegría, una alegría que quiero dedicar a mis padres y a mis hermanos.
De nuevo sonaron aplausos. Yo me retiré de la mesa presidencial y, algo abrumado, retorné a la mía. Mientras tomaba el postre, mis amigos empezaron a cavilar acerca de cómo iba a ir vestido el día de la audiencia.
Salimos del comedor y nos encaminamos a nuestro cuarto, con el fin de coger los libros y marcharnos a la facultad, pues asistíamos a clase en el turno de tarde. Con el telegrama en el bolsillo, firmemente agarrado con mi mano izquierda, subí las escaleras. Ya en la habitación, lo puse encima de la cama.
-Tocadlo vosotros también, yo aún no me lo creo.
-“Concedida audiencia Jefe del Estado...”- leía Paco en voz alta, mientras Benjamín y Heredia también lo cogían, cada uno de una esquina.
-¡ Joder, macho, qué potra! – dijo Heredia.
-De potra nada, Antonio se lo merece- replicó Benjamín.
-Pues claro, hombre, es broma- añadió Heredia.
-No, también es suerte, podrían habéroslo dado a cualquiera de vosotros, al fin y al cabo también os presentasteis al premio.
-Nada, nada, aquí pone Antonio Aravalle, así que fuera esa pelusilla- terció Paco.
Nos miramos con complicidad y nos fundimos los cuatro en un abrazo. Preparamos nuestras carpetas y nos marchamos a clase. A la vuelta pasaríamos por el Uruguay, el bar donde íbamos abriéndonos un hueco, y allí les convidaría a una ración de calamares. Y desde el teléfono de fichas, pondría una conferencia a casa de Sebastián, el hijo del encargado de la granja, para que avisaran a mis padres y les informaran de todo.
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Robles Amarillos
jbbermHola a todos. Me llamo Jesús. La curiosidad me ha llevado a iniciar un blog. Me gusta escribir, y creo que aquí voy a dar a conocer algunas cosas que tengo ya terminadas. También compartiré fotos, ideas sobre cine, educación y libros. Me gusta la red; permite relacionar ideas y conceptos basándose en multitud de criterios.
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