15 Jul 2008

Mi nuevo blog: Robles Amarillos II

Escrito por: jbberm el 15 Jul 2008 - URL Permanente

Dirección del nuevo blog:

http://lacomunidad.elpais.com/jss-brmj/posts

Para los que soléis pasar por aquí de vez en cuando, os diré que el disco duro que destinan a cada uno de los blogs tiene una determinada capacidad para almacenar imágenes, y que en estos días me han avisado de que está casi lleno. Si siguiera publicando en este blog sería sin añadir fotos, y, la verdad, es más interesante poder incluir todo tipo de archivos. Por ello, voy a crear un nuevo blog, continuación de éste, al que voy a llamar Robles Amarillos II.

Éste va a ser el último capítulo en este blog. Desde aquí os reenvío al nuevo. Aprovecho para desearos a todos un buen verano. Hasta septiembre, y gracias por entrar.



13 Jul 2008

Boda con vísperas

Escrito por: jbberm el 13 Jul 2008 - URL Permanente

A Sheila y Miguel Ángel

Habían decidido casarse, y su juventud les aventuró hacia la originalidad. ¿Dónde mejor que en el pueblo de sus veranos de infancia y adolescencia? Se imaginaron una boda en El Puerto, en verano, descubriendo con los demás jóvenes las bodas de antes y las costumbres tradicionales, pero en el tiempo de ahora mismo. Y lo que comenzó siendo una idea singular, pero algo ensoñadora, fue poco a poco madurando en un proyecto consistente, que contaba además con el apoyo y la ayuda de las familias y los amigos.

Y llegó la víspera y decidieron preparar un casillo, colocar mesas corridas y sillas, y agasajar a los invitados con una merienda por todo lo alto. Los convidados de más edad, sentados en la parte alta del casillo, rememoraban otras vísperas, en las que ellos eran jóvenes; sus bodas, las de sus hermanos, las de sus primos y las de sus amigos venían a la memoria, y pasaban a las conversaciones, y todas se mezclaban en aquella merienda que suspendía momentáneamente su régimen de comidas. Otra parte de los invitados, a la vera de las mesas del zaguán del casillo, alcanzaban aún a recordar bodas de las de antes, cuando en el fondo de su infancia asistieron a alguna en la que aún había antevísperas, vísperas, boda y tornaboda. Pero casi la mitad de los asistentes a la merienda eran jóvenes y niños, acostumbrados a bodas parecidas unas a otras, marcadas todas ellas por el patrón que cortan los empresarios del ramo.

Sheila y Miguel Ángel, jóvenes y enamorados, pasaban junto a las mesas y hablaban con los invitados. Se les veía desenvueltos y relajados, no en vano las vísperas dan tranquilidad, rebajan las barreras, abren las conversaciones y facilitan la espontaneidad.

Poco a poco se fue pasando del rumor de las conversaciones a los chistes y a los chascarrillos, y de ahí a los cantes y los bailes, primero canciones antiguas y de boda, y luego bailes y congas. En un descanso, Sheila y Miguel Ángel fueron sorprendidos en un gesto de mirada complacida, y entonces sonaron aires que llevaban lejos en la memoria de losa mayores, y sorprendían en su mudez a los más jóvenes

Urí, urí, urí,

los de la boda,

los de la boda,

Urí, urí, urí,

los de la boda

estamos aquí

A los padres de los novios se les veía contentos, y disfrutaban al comprobar que la decisión que habían tomado sus hijos había sido acertada. Y más acertada aún la idea de preparar una merienda de vísperas, sin el envaramiento de los trajes de boda ni los protocolos de los banquetes nupciales.

La madrina es una rosa

El padrino es un clavel

y la novia es un espejo

y el novio se mira en él

Al día siguiente, radiante de luz de verano, se formó una comitiva que desde la casa del novio fue pausadamente desfilando hasta la de la novia. Después de los saludos de rigor, se retomó el camino, y aquel desfile de gentes trajeadas caminó lentamente hacia la iglesia, mientras eran observados detenidamente por los demás vecinos del pueblo, pues nadie se quería perder la novedad de una boda en Puerto Castilla después de muchos años.

Ya dentro de la iglesia, en la que no cabía un alma, se celebró la misa y se dijeron "sí" los novios, entre un mar de abanicos y un sinfín de rumores. Terminada la ceremonia, y mientras los esposos firmaban y se hacían fotos con los familiares más allegados, los convidados y el reto de los vecinos del pueblo se repartieron por la explanada cercana a la puerta. Al salir los novios, una lluvia de arroz y de pétalos de rosa les iba cayendo encima, mientras se oía gritar "vivan los novios" con fuerza y con alegría. Y mientras se acercaba la gente para felicitar a los nuevos esposos, sonó de nuevo la canción del fondo de los tiempos.

Sheila y Miguel Ángel subieron a un carromato florido y fueron paseados por las calles del pueblo, mientras solteros y casados se preparaban para correr la espalda, una costumbre antigua, con su ritual y sus ritmos, que permitían en otros tiempos, y esta vez también, que los no convidados a la boda pudieran comerse un buen cordero después de una competida carrera de solteros contra casados.

Poco a poco los invitados a la boda se fueron desplazando hasta El Barco, donde tendría lugar el almuerzo y el baile. Y ya avanzada la noche, y de nuevo en el casillo de la víspera, la madrina agasajaría a los asistentes con chocolate y bizcochos.

De ese día, a muchos les quedará en la memoria el momento solemne y ruidoso de la salida de los novios de la iglesia, entre nubes de arroz y pétalos de rosa. Pero algunos guardaremos más adentro aquellos instantes de mirada limpia de Miguel Ángel y Sheila, y aquel beso espontáneo que se dieron cuando, en los preparativos de "la carrera de la espalda", todo el mundo miraba hacia los competidores mientras los novios se quedaron un ratito solos en el carromato florido.

Jesús Bermejo

2003

22 Jun 2008

La villa de Azaña y Numancia de la Sagra

Escrito por: jbberm el 22 Jun 2008 - URL Permanente

1980: UN ARTÍCULO EN EL PAÍS

Cuando don Manuel Azaña era innombrable, la II República algo lejano y oscuro, la memoria un obstáculo y el olvido un objetivo inmediato, allá por 1980, estando yo destinado como maestro en el pueblo de Numancia de la Sagra (Toledo), apareció en el periódico El País del día 8 de febrero de ese año un artículo titulado “Una villa borrada: Azaña, en la provincia de Toledo”, que estaba firmado por Jaime Ferrero Alemparte, correspondiente de la Real Academia de la Historia en Frankfort del Men. Contaba el articulista que hay un poema épico alemán escrito hacia 1250, titulado Biterolf y Dietleib , en el que se narra el viaje del protagonista desde España a la corte de Atila, y de cómo su hijo va en su busca y cómo regresaban a Toledo, donde viven con sus familiares y sus ocho mil caballeros. La espada del protagonista, nos sigue contando Ferrero, fue forjada por Mime el Viejo, que residía en Azzaria, a veinte millas de Toledo.

Jaime Ferrero quiso saber qué villa era esa de Azzaria; consultó el Madoz y resultó ser Azaña. El sabio Asín Palacios le dio la pista del origen del topónimo, en su libro Contribución a la toponimia árabe de España: Azaña procede de “al-sâniya”, que significa la aceña, la noria. Aparece este topónimo en varios documentos históricos: Azania (Sancho III) y Fazaniam( Alfonso VIII) entre otros.

Siguió consultando Ferrero y el topónimo Azaña desaparece misteriosamente en el Diccionario geográfico de España, dirigido por Rafael Sánchez Mazas entre 1956 y 1961. En su lugar aparece Numancia de la Sagra:

“El misterio me lo reveló inmediatamente el historiador Julio González en Cuenca, donde nos conocimos personalmente con motivo de un congreso de medievalistas. La villa de Azaña existe, claro que sí, pero en la guerra civil española, al ser tomada por las tropas de Franco, se le borró el nombre por coincidir con el de don Manuel Azaña, presidente de la Segunda República española desde 1936 a 1939, y se le impuso el del regimiento que la ocupó, llamándose desde entonces Numancia de la Sagra. Y, en efecto, este es el nombre con el que figura en el diccionario ofrecido al general Franco por los editores, bajo los auspicios del secretario general del Movimiento, José Solís Ruiz. Pero -oh, asombro- en el artículo dedicado a la nueva Numancia (vol. 13, página 21 l), muy flojito por otra parte y sin firma del autor, se silencia el nombre primitivo y verdadero. Sin duda se le quiso borrar del mapa. Y así tampoco figura en el Indice toponímico del atlas nacional de España, publicado por el Instituto Geográfico y Catastral, de 1965. Si identificamos, como parece lo más verosímil, la Azzaria del poema épico alemán con nuestra Azaña, es evidente que la villa, hacia 1250, tenía su importancia como asiento de una familia de herreros productores de espadas bien templadas. Las famosas armas toledanas no se forjarían tan sólo en la capital, sino también en otros puntos de su territorio, como este de la villa de Azaña. Se dice que hay allí actualmente una herrería. Ojalá pudiéramos asociarla con la tradición de Mime el Viejo, forjador de la espada que blandiera Biterolf. De todos modos, la mención de la villa de Azaña en el «epos» alemán del siglo XIII es testimonio claro de una fama que bien desearan para sí muchas ciudades.”

Para terminar su artículo, Ferreiro propone, ya en 1980, que se le devuelva a la villa de Azaña su nombre, injustamente usurpado en 1936, y que se haga precisamente en el I Centenario del nacimiento de Manuel Azaña, porque “a tal señor, tal honor”.


1990: UNA EXPOSICIÓN

En la exposición celebrada en el Cincuentenario de la muerte de Manuel Azaña, preparada a iniciativa del Ministerio de Cultura, en noviembre de 1990, conocí un dato más relacionado con el topónimo Azaña. En un panel de dicha exposición aparecía una fotografía de Numancia de la Sagra, y un pie de foto que decía:

“De la antigua Azaña procedían los antepasados de don Manuel, que se trasladaron a Alcalá de Henares…”

¡Qué curioso! Ese dato no aparecía en el artículo de Ferrero. Después de diez años todo casaba: No era el topónimo un homenaje al político, como pensaban los militares que borraron el nombre a la villa y la rebautizaron; era el político el que había heredado su apellido del topónimo, como tantas veces sucede. Mucho tiempo después, en un artículo de Isabelo Herreros, publicado en El Digital de Castilla- La Mancha, el 22 de agosto de 2006, refiriéndose a este asunto, informa de cómo en un mítin en Toledo, Manuel Azaña decía:

"Ciudadanos de Toledo, diría, si me lo permitís, amigos y coterráneos de Toledo, porque yo soy un poco y hasta un mucho toledano".

Y, sigue Herreros, de una forma más literaria, unos años antes, en 1923, y en un artículo titulado "Una constitución en busca de autor", Manuel Azaña comenzaba con la siguiente declaración:

“El reino de Toledo (donde era hace tres siglos la policía del bien hablar), mis abuelos, posesionados en la Sagra o en las vegas que se abren al Tajo, ascienden en derechura hasta el carpetano idólatra, anterior a la venida de las legiones; con un cuarterón de sangre vascongada (la raiz en Elgoibar) y un entronque en Arenys de Mar, soy español como el que más lo sea.”



1936: UN ACTA

En el Catálogo de la exposición del Cincuentenario aparece una interesante nota en la página 302 en la que se da cuenta de los pormenores del acta del cambio de nombre de la villa, y se describe el escudo, que era, y sigue siendo, la suma de las armas del arzobispado de Toledo, antiguo propietario de la comarca de la Sagra, y de una aceña o noria para extraer agua. Como curiosidad, he de contar que en el acta que se conserva en el Ayuntamiento acerca del cambio de nombre, de fecha 19 de octubre de 1936, se da cuenta de que el Comandante militar del Numancia recibe de una comisión gestora, nombrada y presidida por él mismo, la solicitud al Jefe del Estado, Franco, de que en lo sucesivo la villa lleve el nombre de Numancia de la Sagra. A pesar de que el secretario encabeza el acta, como es costumbre:

“En la villa de Azaña…”

y se sella con un tampón que dice:

“Alcaldía de Azaña”

se cierra el acta con: “Numancia de la Sagra, a 19 de octubre de 1936”.

Es decir, que la petición surte efectos inmediatos, sin esperar a que nadie de más arriba conteste nada. Así se escribe la historia. Así se apañó el arreglo jurídico del cambio de nombre de Azaña: Sin el menor rubor.


2009: ¿RESTITUCIÓN DEL NOMBRE DE AZAÑA?

Desde hace más de 28 años, que yo sepa, se viene reivindicando la restitución del nombre histórico para la villa de Azaña. Podría hacerse por simple solicitud del Ayuntamiento de Numancia de la Sagra a las autoridades correspondientes. Parece ser que en 2006 se estudiaba convocar un referéndum entre los vecinos, pero no sé en qué ha quedado el asunto. Yo creo que deberían hacerse ya los trámites correspondientes, y aprovechar los eventos del 70 aniversario del final de la guerra, en 2009, para devolver a la villa su nombre.

La historia es tozuda, y la verdad, al final, resplandece. Muchas personas mayores, cuando yo estuve trabajando como maestro en Numancia, seguían llamando a su pueblo Azaña, en voz baja. De entre ellos recuerdo especialmente a dos: el señor Lázaro, que se sabía el Tenorio completo, y una señora que me refirió cómo en el Ayuntamiento había dos sellos, uno que rezaba “Ayuntamiento Constitucional de Azaña”, y otro que decía “Alcaldía de …….” con la palabra Azaña borrada. En su memoria, en memoria de los antepasados de la villa, se debería devolver a Azaña su nombre. ¡Ojalá se haga, por fin!

16 Jun 2008

Los Navalmorales

Escrito por: jbberm el 16 Jun 2008 - URL Permanente

En tres ocasiones he traído Los Navalmorales a este blog. En una describía a una buena amiga, Gregoria, que tristemente ya no está con nosotros.

“Gregoria tiene 87 años, varios hijos y nietos, dos perros, un gato y una casa de pueblo, con un patio alegre y fresco y una huerta verde al lado. En cuanto apunta la primavera, deja la ciudad y se viene a vivir a su aire hasta que llegan la primeras heladas. Aquí cuida de sus plantas y de sus animales, come lo que le gusta, habla con quienes la visitan y escribe cuando le llega la inspiración.

La casa es su vivo retrato. La hicieron entre ella y su marido, y aún se ve la ilusión sembrada en los rincones. Entras en el portal y te transportas a su edad joven, los baldosines de los cincuenta, las paredes jalbegadas, las puertas de gris, los cuartones sujetando el techo de ladrillos rojos... Es una casa de jornaleros.”



En otro post mostraba El patio de la casa, un resumen de mis sensaciones y sentimientos hacia el pueblo.

Recuerdo los primeros membrillos cogidos con la luz de noviembre resbalando por la copa del árbol; la alegría de las primeras flores del almendro, que cada febrero anuncian la futura primavera venciendo el frío; los higos de septiembre, que la generosa higuera ofrece en demasía hasta sembrar el suelo; el roble que se secó un verano excesivo; el jazmín de invierno amarilleando los leves días; los pericones, o dondiegos, llenando el olfato en las noches de verano; la permanente madreselva, mansa y poderosa como la lavanda; las flores malvas del árbol del amor que nos regaló Chicho; la oliva lenta y mineral, que cada año va creciendo y dándonos unos puñados de aceitunas; el cerezo que secó después de tres cosechas…”



Y en una tercera entrega hacía una breve semblanza del pueblo, su paisaje y su paisanaje.

“Los Navalmorales, un pueblo al que me unen muchos afectos, la amistad dulce y duradera, el amor de la edad madura, unas gentes que me recibieron bien, una naturaleza rojiza y verde, y unos árboles que van tejiendo mi amistad año tras año. Olivas y almendros, membrillos y albaricoques, naranjos y limoneros, higueras, cerezos, encinas, madroños...”


Me parece oportuno recordar algunas direcciones, que están en Enlaces, y traer otras, por si os sentís interesados en entrar en ellas. Merecen todas la pena. Y en ellas encontraréis informaciones muy variadas.

http://www.esmipueblo.com/navalmorales/default.htm

http://www.losnavalmorales.net/

http://www.losnavalmorales.com/mesa/

http://www.ieslosnavalmorales.net/

http://aba-arquitectura.com/blog/?p=4


10 Jun 2008

El adiós a Aravalle

Escrito por: jbberm el 10 Jun 2008 - URL Permanente

El último capítulo de mis Robles Amarillos nos muestra al protagonista despidiéndose de su pueblo, a la temprana edad de diez años, para ir a estudiar el bachillerato en Madrid, a principios de los sesenta. Desde entonces, Antonio dice sentirse, a la vez, madrileño y de Aravalle.


Un día de primavera aparecieron por la escuela dos frailes de Miranda de Ebro y preguntaron a don Diego por los muchachos que sobresalían en los estudios, con el fin de entrevistarse con sus padres e informarles acerca del centro que regentaban en aquella ciudad. El maestro les acompañó a mi casa y después les llevó a las de Ernesto y de Dimas. Aunque mi padre oyó con atención cuanto decían aquellos frailes, lo hizo más por cortesía que por necesidad de información, pues, en su opinión, si yo alguna vez salía del pueblo para estudiar, no sería para ir a un colegio así. Sin embargo a mi madre le gustaba la idea, pero le echaba para atrás lo lejos que quedaba Miranda de mi pueblo y el rigor de que hubiese un solo periodo de vacaciones en todo el curso. Por todo ello, a pesar de agotar el plazo que les dieron, tomaron la decisión de rechazar la oferta de aquellos frailes y respiraron con tranquilidad, si bien por motivos distintos.

Aprovechó don Diego la oportunidad y propuso a mis padres que en el mes de junio fuera a examinarme a Ávila para obtener una beca, que cubriría los gastos de mi estancia en un colegio interno, donde estudiaría el bachillerato. Mis padres vieron buena la propuesta y empezaron a hacerse a la idea de que pronto tendría que irme de Aravalle para seguir los estudios, con lo que aquello significaba de sacrificio y de pena.

Llegó el mes de junio y la fecha del examen. Se formó una pequeña comitiva, integrada por don Diego, doña Aurora, Matilde- que también iba a examinarse- su padre, el mío y yo. Salimos temprano de Aravalle, en el taxi de Tiburcio, y llegamos a las nueve, con tiempo suficiente para las pruebas, que tendrían lugar en el Instituto de Ávila. Legiones de muchachos y muchachas de toda la provincia, con los ojos bien abiertos, íbamos siendo repartidos por las aulas del inmenso centro. Nos dieron las hojas de exámenes y empezamos a rellenarlas. Eran unos tests de inteligencia, que para mí resultaban novedosos pero facilísimos. Había preguntas como “ Si vivieran todas, ¿cuántas bisabuelas tendrías?” o “Duero, Guadalquivir, Júcar, Guadiana, ¿ Cuál de estos ríos no desemboca en el Atlántico? ” Terminado este examen hubo uno de Lengua y otro de Cálculo y para las doce y media ya estábamos fuera del Instituto.

Como era la hora de comer, los mayores decidieron que lo mejor era ir a comer a Piquío, cerca del Mercado Grande. Fue así como entré por primera vez en un restaurante. Mi padre, don Diego y yo estábamos contentos; no así doña Aurora, Matilde y tío Narciso, pues al ir paseando por las callejuelas, camino del Grande, les habíamos contado cómo eran nuestros exámenes, y por los gestos y comentarios de los maestros, todo parecía indicar que sólo yo obtendría la beca. Así podría irme a estudiar sin recurrir a un colegio de curas o de frailes, que al ser casi gratuitos, constituían la salida habitual de bastantes muchachos pobres pero dotados para el estudio. Aquella comida en el restaurante tuvo un sabor agridulce, como los platos chinos, pues uno no podía exteriorizar la alegría que bullía por dentro sin señalar, por contraste, la tristeza y el abatimiento de los otros comensales.

El retorno al pueblo marcó el inicio de un cambio en mi vida, pues durante el verano mi padre tuvo que hacer gestiones para formalizar la matrícula en un colegio de Madrid, el Divino Pastor, cuando nos comunicaron que tenía concedida la beca. A mediados de agosto llegó, por fin, la carta en la que me consideraban admitido para cursar, interno, primero de bachillerato, con el número doscientos treinta y seis. Mi madre, ayudada por hermanas y cuñadas, marcó toda la ropa y objetos personales con aquel número y, siguiendo las instrucciones que enviaron, compró lo necesario para mi incorporación al centro: maleta, colchón, sábanas, mantas, colcha, almohada, fundas, toallas, bolsas para la ropa sucia, objetos de aseo, zapatos mudas, calcetines, pantalones, jerseis, camisas, prendas de abrigo...

Aún recuerdo el ensayo general que hice en la cocina con el cepillo y la pasta de dientes. Como mis amigos o mis familiares, yo no sabía qué era eso de lavarse la boca, pues en Aravalle nadie tenía tan higiénica costumbre. Por un lado, sentí cierto desgarro, cuya muestra evidente era un hilillo de sangre escandaloso, y por otro, un sabor agradable y un descanso intenso.

La fecha de mi partida iba acercándose y, por si acaso lo olvidaba, se encargaban de recordármelo mis tíos y primos, como sucede con los avisos anticipados del almanaque, que impiden que demos cobijo al olvido. Toda la casa estaba en danza; por aquí y por allá ropa doblada o dispuesta para la plancha, zapatos, toallas, sábanas, la bolsa de aseo, la maleta nueva, chucherías, un chorizo, varias latas de conservas, por si no nos daban bien de comer en el colegio. Todo aquello les estaba costando un ojo de la cara a mis padres, un dinero del que no disponían y que habían buscado para la ocasión. Pero lo que les dolía de verdad era enviarme con tan sólo diez años a un colegio interno, del que no regresaría ya más que para las vacaciones.

La víspera, me dijo mi madre que fuese a despedirme de todos mis tíos, y así lo hice, empezando por el barrio de arriba. Entraba en casa de cada uno -tío Gonzalo, tío Emilio, tío Ginés, tía Genoveva, tía Gertrudis, tía Diana, tía Berta, tía Pilar- y todos me decían lo mismo, me daban ánimos, ponderaban el esfuerzo de mis padres -“Este sacrificio sólo se hace por los hijos”- me daban alguna propina y varios besos, unos más sonoros, otros más opacos. También me fui a despedir del maestro; su mujer me dio más besos y algunas pesetas, y don Diego me abrazó y me dijo: “Ánimo, Antonio, ya verás cómo lo consigues”. En cada casa se me saltaban las lágrimas pero sólo llegaban a humedecer mis ojos, no dejaba que fluyeran libremente. Sin embargo al pasar por delante de la casa de mi abuelo Fernando se me escaparon unos breves gemidos, que ahogué acordándome de su sombrero y de sus rezos. Y al ver el manubrio en casa de tía Pilar, me acordé de aquella Nochebuena en la que lo oí sonar por primera y última vez, y rememoré la voz de mi abuela Amparo, su seriedad y su profunda calva. Antes de acostarme, me despedí de mi hermana Estrella, tan pequeñita aún, y, ya en la cama, comenté con mi hermano las cosas que me habían dicho en la despedida.

Mi madre apenas durmió aquella noche, pues estuvo preparando el equipaje. Y yo tampoco dormí, ya que el desasosiego me quitó el sueño y me hizo recordar el pasado, mientras daba vueltas en la cama, con los ojos llenos de lágrimas y algún suspiro ahogado para no despertar a mi hermano.

La siete de la mañana llegaron muy pronto y mi padre me llamó. Enseguida me arreglé, me lavé y desayuné. Emilio también se levantó, para despedirme, y con sus profundos ojos miraba la maleta, abierta aún y preparada con primor. Mi madre me explicaba con ternura: aquí llevas los pañuelos, ahí las mudas, allí los jerseis, debajo los pantalones... Yo la oía pero apenas podía ver lo que iba señalando, pues mis ojos, llenos de lágrimas, iban vaciándose en el suelo de la cocina, hasta que me abracé a ella y terminé de llorar en su regazo. En cuanto pude, me recuperé y le dije: “¡Qué bonitos los números de este pañuelo!” “Los ha marcado tu prima Ángela”, me contestó. Después cerró la maleta, mi padre la cogió y salimos a la calle, camino del Corralillo, donde Tiburcio, el del taxi, había quedado en llegar hacia las ocho. Tiburcio hacia diariamente un viaje a Madrid, ida y vuelta, y llevaba en su coche a seis personas, que le pagaban un precio fijo, algo superior a la suma del importe del correo y del tren, pero que tenía la comodidad de ir de puerta a puerta.

Allí, junto a los sifones, estábamos los cuatro, aguantando el frío de octubre, mientras esperábamos la llegada del coche; mi padre cogía con sus brazos los hombros de mi hermano y mi madre me echaba un chaquetón por encima y me abrazaba. Mientras colocaban el equipaje en la baca, mi madre me estrechaba sobre su pecho y me daba besos largos y sonoros en las dos mejillas, sin mostrarse cohibida por la mirada de los que estaban dentro del coche. El sonido del chorro del caño de la fuente cayendo en el eterno pilón, el olor a la gasolina del taxi, los besos de mi madre y de mi hermano, y el susurro de las voces tenues de los otros viajeros, eran el escenario de aquella despedida singular.

Montamos en el coche mi padre y yo, y el vehículo arrancó; por la ventanilla lateral, mi madre y mi hermano me mandaban besos y yo me sentía cohibido y ahogaba mi llanto. Atrás se quedaban diciendo adiós como una sirena varada y el taxi enfilaba la carretera hacia las Umbrías, donde otros viajeros esperaban para subir al coche y completar el cupo. Luego Tiburcio puso rumbo a Ávila y después de cinco largas horas llegamos a Madrid. Desde mi asiento apenas pude ver algo de la capital, pues iba bastante mareado y triste por aquel viaje que me separaba de lo mío.

Sacaron mi maleta, mi padre pagó a Tiburcio y subimos las escaleras hasta llegar al vestíbulo del colegio. Un portero calvo y bajito se dirigió a mi padre con afectación: “¿ Qué desean?” Mi padre le explicó que yo tenía reservada plaza para primero de bachiller, así que nos hizo pasar a la Secretaría, donde el señor Diosdado abrió unas fichas de gastos e ingresos y rellenó otros documentos, que dio a firmar a mi padre. Uno de ellos decía así: “Permisos otorgados por los padres del alumno”. En él se hacían cuatro preguntas, a las que mi padre contestó sin titubear:

- ¿Puede salir solo por Madrid?

- No- dijo mi padre.

- ¿Puede irse a dormir con sus familiares en días de fiesta?

- No.

- ¿Puede irse solo de vacaciones?

- No.

- ¿Puede ir a excursiones?

- No.

Terminados los trámites burocráticos, el portero indicó a un chico veterano que nos acompañase al dormitorio de los pequeños, a donde habían subido ya el colchón, que mi padre había facturado una semana antes. Aquel cicerone nos conducía por el tercer piso, atravesando habitaciones repletas de literas, hasta que, por fin, llegamos a la última, que era la asignada a los de primero. Me indicaron cuál era mi cama y dónde estaba mi armario, una taquilla estrecha en la que fui colocando la ropa, ayudado por mi padre. Luego él sacó de su cartera cien pesetas y me dijo: “Ten cuidado y adminístralas bien”. En las habitaciones, muchos novatos como yo, con cara de susto y desorientación, éramos observados por resabiados veteranos, que se movían por aquellos territorios con miradas altivas y comentarios irónicos.

Bajamos a la portería y el señor Alejo le dijo a mi padre que pasara a la sala de visitas, un espacio contiguo al vestíbulo. Allí estaba la prima Beatriz, que nos recibía con una gran sonrisa y nos hablaba alto, debido sin duda a su sordera acusada y creciente.

- Bueno, David, tú te vienes a casa, y mañana volvemos aquí a ver este jovencito. Toma- me dijo- cómete este bollo, se llama milhojas.

- Gracias- le contesté.

- De nada, Antonio. Mañana venimos. Hala David, que nos queda mucho camino hasta Los Carabancheles.

Mientras se entretenían hablando con el portero, yo le di un mordisco al milhojas, y su polvillo blanco fue nevando mi jersey azul marino, recién estrenado, y mis pantalones largos. Unos minutos después se cerraba la puerta y bajaban hacia la calle. El señor Alejo me indicó que pasase hacia una galería junto al patio, donde varios chicos hablaban a voces. Al fondo había un muchacho que parecía estar solo, como yo, en la inmensidad de aquel espacio. Me acerqué a él y me presenté; él me dijo que se llamaba Ventura Santos y que era de un pueblo de Toledo. Ventura, más alto que yo, rollizo de bollos de chocolate, como tendría ocasión de comprobar muy pronto, tenía once años y fue mi primer amigo en el Divino.

Como ese día no había clase aún, los internos que ya habíamos llegado, vagábamos por las galerías y por el patio, descubriéndolos unos, reconquistándolos otros, pero todos cabizbajos por la dureza del tiempo que se nos venía encima. Nos mandaron subir al comedor, y nos acomodamos en una mesa de cuatro Ventura Santos, Casimiro López, Rosendo del Valle y yo, todos de primero, y todos tristes y abatidos, menos Rosendo, que se mostraba bromista e irónico, quizá porque tenía dos años más que nosotros, o tal vez porque su familia vivía en Guadarrama, y eso le iba a permitir marcharse a su pueblo todos los sábados. Nos dieron de comer judías pintas, filete ruso con escarola y melón. Aparentemente todo parecía bueno, pero cuando Rosendo fue a servirse las judías, sacó de la fuente una cabeza de ajos sin pelar, echada a aquel rancho sin esmero ni miramientos. Nos dio tal repugnancia que sólo manchamos el plato, mientras poníamos cara de circunstancias. El filete no estaba mal pero la escarola amargaba excesivamente; y el melón era insípido del todo. Por un momento nos preguntamos, en silencio, si siempre sería así la comida o si aquello habría sido una casualidad, pero enseguida apartamos de nuestra mente aquel presagio; tiempo tendríamos de descubrirlo, de mirar a otra parte, de no querer saber qué comíamos mientras comíamos.

Don Tomás, el jefe de estudios, nos abrió la clase de primero y nos dejó algunos libros para que los fuéramos viendo. La tarde transcurría lenta y parsimoniosa. Por una rendija de dos palmos, entre la persiana bajada y clavada sobre el marco y el alféizar de cada ventana, veíamos minúsculos fragmentos de la calle y algunos detalles de la casa de enfrente. Tuvimos de inmediato la sensación de haber ingresado en una cárcel, con barrotes en forma de persiana y vigilantes de mirada algo cruzada.

Después de rezar el rosario, nos dieron de merendar café con leche y un bollo de pan- ¡qué café inolvidable! agua de fregar lo llamaríamos pronto- y luego nos dejaron bajar al patio hasta la hora de cenar. Ya en los dormitorios, me lavé los dientes, guardé mi ropa, estrené el pijama y me acosté; pero no pude meterme en la cama, pues a los novatos nos habían hecho la petaca. Los veteranos se partían de risa viéndonos luchar absurdamente contra nuestras sábanas, así que nos levantamos, las rehicimos y aceptamos en silencio el impuesto rigor de los necios. Volvimos a acostarnos y cada uno se consoló en su intimidad como mejor pudo. Bajo las sábanas, yo lloré en silencio lágrimas amargas, y después me dormí.

Aquella noche soñé con la escuela de doña Mari y con la sierra de Robles Amarillos, con la fragüilla y con la fuente del barrio del medio, con la vaca Jardinera y con la suiza Mixta, con mi padre atareado y con mi madre peinándome. Me desperté en plena madrugada, desorientado, fui al servicio y regresé por aquellas oscuridades, algo confundido por el olor de la multitud infantil allí aparcada.

Me acosté de nuevo, consolado porque aún me quedaban algunas horas de refugio antes de empezar las clases. Me acordé de mi madre y de mi hermano, cuando por la mañana me mandaban besos y me decían adiós desde el Corralillo. Lloré y lloré, porque desde el fondo de mis diez años, sentía que el precio que tenía que pagar por prepararme para el futuro, aquella privación diaria del afecto de mi familia, me parecía injusto y excesivo. Aquella primera noche en el Divino Pastor, desvelado entre docenas de literas, que acogían niños de diversas procedencias, lloré y lloré, dolorido por aquella separación, tan brusca y tan dura. Lloré porque el cariño y el amor del que se me privaba, nadie me lo iba a devolver nunca. Lloré porque sentía que algo profundo había acabado.

En el frío de la madrugada me dormí con los ojos hinchados, pero sentía mi boca dulce. Por la tarde vendrían a verme mi padre y la prima Beatriz, y me traerían un milhojas nevado y grande.

09 Jun 2008

El camello y la aguja

Escrito por: jbberm el 09 Jun 2008 - URL Permanente

Es muy frecuente leer artículos en los que sus autores sacan a relucir la famosa frase del Evangelio acerca del camello y la aguja.

“…Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos. Os lo repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de los Cielos”.(Mateo, c. 19, vs. 23 y 24)

Siempre me llamó la atención lo estrambótico de la metáfora, y mucho más las elucubrantes explicaciones al respecto, incluidas las que hizo don Francisco de Quevedo.


Un buen día, sin buscarlo, encontré en un libro de don Miguel de Unamuno una referencia a a la citada frase. Se trataba del libro El Caballero de la Triste Figura. En la col. Austral, 417, página 93, en nota, dice el autor a propósito de La reforma de la ortografía:

“A veces esas divergencias [entre lengua oral y lengua escrita] pueden ocasionar interpretaciones erróneas. Vaya de ejemplo: la eta griega [ η ] leíase ya en la época clásica lo mismo que la iota [ ι ], por manera que escribiéndose de distinto modo los vocablos κ α μ η λ ο ζ (c á m e l o s, camello) y κ α μ ι λ ο ζ (c á m i l o s, calabrote, cable, cabo de cuerda) , ambos se leían del mismo modo, c á m i l o s. Y esta confusión hizo que por una falta de ortografía se tradujera un famoso pasaje del Evangelio: “Es más difícil que entre un rico en el Reino de los Cielos, que el que pase un calabrote por el ojo de una aguja”, haciendo del calabrote, camello, y resultando así una metáfora disparatada por lo incongruente. Y una vez cometido el error, no han faltado interpretaciones ingeniosas a lo del camello”.

Nada se hace tan famoso como lo falso, si se repite machaconamente. Y pica todo el mundo. Debe residir ahí el éxito de la publicidad, tan imposible pero tan atractiva como la metáfora del camello y la aguja.


Si queréis divertiros, buscad en Google camello+aguja.

Espero que paséis un rato agradable.

07 Jun 2008

La escuela pública en peligro

Escrito por: jbberm el 07 Jun 2008 - URL Permanente

La periodista Sol Alameda publicó en el periódico EL PAÍS de ayer, seis de junio, un artículo titulado "Asuntos por los que votamos". Por su interés quiero traerlo aquí para reflexionar sobre su contenido y como motivo de debate.

"¿Tiene el Gobierno de la nación alguna responsabilidad en el mantenimiento de la escuela pública como factor de vertebración social y cultural del país? Una cosa es que las comunidades autónomas tengan un amplio margen en el desarrollo curricular de las enseñanzas y otra que puedan cambiar el carácter de la escuela pública convirtiéndola en subsidiaria de la privada concertada, como está ocurriendo en la de Madrid, y como empieza a calar incluso en ayuntamientos socialistas.

Una cosa es que la escuela pública no sea una escuela "nacional", en el sentido de ignorar las diferencias territoriales o lingüísticas o de imponer criterios políticos, y otra que pueda convertirse en escuelas "nacionalistas", excluyentes de todo lo que ayude a consolidar un Estado común al servicio de los ciudadanos. ¿Puede hacer algo el Gobierno para impedir esos peligros? Mejor aún, ¿quiere hacer algo al respecto? ¿Ha renunciado ya al concepto de escuela pública y se limita a garantizar una enseñanza gratuita? Conste que no es lo mismo, en absoluto, y que con excepción de Bélgica y Holanda, todos los países de nuestro entorno, Estados Unidos incluido, dan prioridad al cuidado de su red de escuelas públicas, sin renunciar nunca a vertebrar el país a partir de ese concepto.

En España, los expertos advierten de que uno de los mayores peligros que afronta la escuela pública es su marginalización, su conversión en el lugar donde se escolariza a los alumnos con especiales necesidades educativas: inmigrantes, gitanos, y en definitiva los más pobres e ineducados de la escala social. Un reciente y gran estudio del Colectivo Lorenzo Luzuriaga advierte de que ese fuerte proceso de deterioro está poniendo claramente en entredicho el futuro de la red.

¿Es esto asunto del Gobierno de la nación o no? El artículo 87 de la LOE dice que serán las "administraciones educativas" las que garantizarán la equilibrada escolarización del alumnado con necesidades de apoyo educativo. Es, se dice, una competencia transferida. La Generalitat de Cataluña está negociando en estos momentos una ley para asegurar ese equilibrio, pero en la Comunidad de Madrid se está llevando a cabo desde hace años una política completamente contraria, que convierte a la escuela pública en subsidiaria de la privada concertada. En Madrid, según van llegando alumnos inmigrantes a la escuela pública, se impulsa la creación de escuelas concertadas a donde se van trasladando los alumnos españoles, o con familias que tienen mayores recursos y mayor nivel educativo.

Eso pasa por votar en Madrid al PP, alegan en los partidos de izquierda. Pero los ciudadanos han votado al PSOE para el Gobierno de la nación y si algo tan básico como la existencia de la escuela pública no es asunto suyo, los ciudadanos podemos terminar preguntándonos para qué otros importantes asuntos queremos votar en las elecciones generales.

El Colectivo Lorenzo Luzuriaga propone que el Gobierno rompa su silencio y recurra a las medidas legislativas necesarias para, entre otras cosas:

1) Preservar el carácter público de la red de centros transferidos a las comunidades autónomas.

2) Prohibir que, por vía directa o indirecta, se privaticen los centros públicos.

3) Exigir que el dinero destinado a creación de nuevos centros docentes y el suelo público destinado al mismo fin se utilicen exclusivamente para la creación de centros docentes públicos. (CC OO ha denunciado que muchos ayuntamientos madrileños han cedido o van a ceder 40 solares a particulares para construir centros docentes privados y que no es algo que esté ocurriendo solamente en municipios regidos por el PP. El resultado es que en los cursos 2005-2006 y 2006-2007 el crecimiento comparativo del alumnado en Madrid ha sido de 5.957 alumnos en la escuela pública y de 15.694 en la privada concertada).

El colectivo recuerda también que para defender a la escuela pública hay que mejorar la enseñanza y los servicios que presta: horarios escolares que tengan en cuenta la vida familiar, oferta de comedor, transporte escolar en ciudades y no sólo en el medio rural, actividades complementarias y mejora de instalaciones. (El estudio llega a la desagradable conclusión de que en España los mejores edificios escolares públicos son, todavía, los construidos antes del franquismo).

Dos comentarios más. La realidad demuestra en España que la red de escuelas concertadas es fundamentalmente una red de centros con ideario católico. Es decir, el Estado está abandonando la escuela pública en favor de la escuela confesional. Y segundo: el INE acaba de publicar una encuesta según la cual el 81% de los inmigrantes que trabajan legalmente en España y que tiene hijos prevé acogerse al reagrupamiento familiar. Quiere decirse que la escuela pública puede hacer frente en pocos años a la llegada de más de 500.000 menores extranjeros. ¿A qué espera el Gobierno para preparar a la sociedad y para obligar a reequilibrar las matriculaciones? Luego algunos dirán que el problema es la inmigración ilegal. El problema, como siempre, es la falta de seriedad a la hora de afrontar los derechos ciudadanos."

05 Jun 2008

Jorge Manrique nunca dijo que el tiempo pasado fuera mejor

Escrito por: jbberm el 05 Jun 2008 - URL Permanente

En este post y en algunos más, voy a intentar poner en cuestión ciertos topicazos que suelta la gente creyendo interpretar bien lo que algunos autores famosos nunca dijeron. Hoy le toca el turno a "Cualquier tiempo pasado fue mejor", de Jorge Manrique.

(Podéis buscar esta frase en Google y veréis el éxito del tópico).

Otro día caeremos sobre "Antes entrará un camello en el ojo de una aguja..." del Evangelio, un tópico que nunca se podrá testimoniar; el evangelista se refería a "un cabo de cuerda". En fin, otro día.


Muy a menudo se publican en los periódicos artículos y cartas que hacen referencia a la famosa estrofa del poeta Jorge Manrique en la que se señala que “Cualquier tiempo pasado fue mejor”, interpretando que el poeta piensa que el pasado es lo glorioso, lo óptimo, mucho mejor que el presente.

En los años de universidad, cayó en mis manos un libro de Jean Cohen en el que éste especialista analizaba las diversas interpretaciones que se han hecho de la famosa estrofa manriqueña, y venía a decir que el autor de las famosas Coplas, nunca quiso afirmar que el tiempo pasado fuera mejor que el presente.

Algún tiempo después, buscando y buscando, di con un libro que recogía esa interpretación de los famosos versos. Ese libro, Poesía, de Jorge Manrique, es una edición de Jesús Manuel Alda Tesán, publicado en la editorial Cátedra, Letras Hispánicas, en 1992. En la página 51 del prólogo afirma el editor:

“Otro punto controvertible es la equivocada interpretación del “Cualquiere tiempo pasado fue mejor”. Manrique no se refiere a una calidad superior de lo que ocurrió en el pasado; afirma que es mejor ver las cosas como ya pasadas, puesto que tienen tal inestabilidad en el presente. Gran poeta el que así comunica esta sensación trágica de la vida que pasa, con el dolor de recordar en un futurible el placer del momento presente convertido en pretérito. Esta interpretación se reafirma ya en la estrofa segunda, continuación de los versos comentados: “Si juzgamos sabiamente/ daremos lo non venido/ por pasado”.

Por otro lado, en la edición del libro de Jorge Manrique Poesías completas ( Col. Austral, nº 132, Ed. Espasa Calpe, Madrid, 2007), en su nota 12, de la p. 154, se puede leer lo siguiente:

“…Acerca de las excelencias del tiempo pasado sobre el presente, desde los glosadores antiguos se viene sañalando como fuente el Ecclesiastés, 7, 11, ¨Quod priora tempora meliora fuere quam nunc sunt?"

Es hora de traer aquí las propias palabras del poeta:


"Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera
más que duró lo que vio,
pues que todo ha de pasar
por tal manera."

Pues si vemos lo presente




La estrofa citada, según Santiago Amón, lejos de encubrir una actitud nostálgico-conservadora, viene a advertirnos de cómo cualquier tiempo es mejor si lo consideramos como pasado, es decir, en cuanto que recordado o sometido a la duración sin fronteras que es la vida misma.

Así que lo manriqueño no es considerar mejor el pasado que el presente; lo manriqueño es tener claro que sólo podemos analizar con rigor el tiempo cuando ya es pasado, que sólo podemos tener una visión adecuada de una época cuando ya ha acabado y, por tanto, hay suficiente distancia para poder juzgar los hechos.




26 May 2008

La edad de la inocencia

Escrito por: jbberm el 26 May 2008 - URL Permanente

En mi relato Robles Amarillos cuenta el protagonista cómo fue poco a poco descubriendo el mundo del sexo, cómo era la sociedad de aquellos años cincuenta y qué poder tenía la iglesia católica en aquellos menesteres. Y termina mostrando cómo la evidencia de la naturaleza se encarama sobre las ideologías y abruptamente muestra su cara más oculta.




“En mi infancia, uno iba descubriendo, poco a poco, que el mundo no era exactamente como aparentaba aquella rueda de rutinas, aquel girar de las estaciones y aquella inamovilidad de las costumbres. Ése parecía ser el escenario de la obra, pero detrás del telón de cada casa, se movía una vida rica y compleja, llena de dolores cotidianos, de pequeños placeres, de susurros insistentes. A algunos le abrían los ojos sus padres, a otros, sus hermanos mayores o sus primos. Pero la mayoría teníamos que abrirnos camino por aquellas veredas desconocidas, envueltos en medias palabras, que nada explicaban y mucho aturdían.

De todas las evidencias de la vida, ninguna se nos ocultaba más que el sexo, tan sombrío y reprimido en aquel tiempo de mi infancia. La permanente obsesión de don Beltrán, el cura, era hablar del sexto mandamiento, de los tocamientos y los actos impuros, de la vida de María Magdalena, de los deseos insanos y de la condenación eterna. Todo lo que pensabas o hacías, tenías que confesárselo: mirar a una muchacha, imaginar a un hombre y a una mujer juntos, hablar de estas cosas con los amigos... El ojo de Dios, que pintaba don Beltrán en la pizarra de la catequesis de cada domingo, nos veía, y no podíamos mentirle ni ocultarle nada.

Una vez alguien quiso gastarme una broma que afectaba a mi inocencia. Decían que yo había tocado el sexo a una prima mía. Junto a la chimenea, mis padres me preguntaban, con una mezcla de escándalo y asombro. A mí me daba vergüenza, mucha vergüenza, que mis padres me hablasen de aquel asunto y me molestaba un ligero retintín acerca del alcance de lo que yo conocía y de la extensión de mi inocencia.

-Y ¿qué dicen que le has tocado a tu prima?

-La chucha.

-Ah. ¿Y qué más dicen por ahí?

-Que se la he metido.

-¿Qué le has metido qué?

-El pito en la chucha.

Yo quería morirme antes que seguir con aquel interrogatorio, pero me negaba a confesar como cierto lo que no lo era. Me defendí y les dije que no, que era mentira, que aquello lo había dicho alguien para fastidiarme. Mis padres parecieron quedar convencidos pero yo me quedé como anonadado y vacío, ignorante y absurdo. Nadie me había hablado abiertamente de sexo hasta la mañana en que nació mi hermana, y lo que me dijo entonces Mamerto me sumió brutalmente en un mar de dudas, en un pudor exagerado de ansias contenidas, en una necesidad vital de conocer cómo era todo aquello, cómo se nacía, cómo se hacía...Únicamente me era familiar mi propio cuerpo de niño de ocho años y el de otros muchachos, cuando nos bañábamos desnudos en el pozo del Venero, todos con el pito parecido, salvo algunos, a los que ya les apuntaba el vello y bien que presumían de ello.

Un día vi algo inmenso y espectacular. Habían llegado al pueblo unos hombres con un semental para cubrir las vacas, tal y como hacían todos los años. Lo más común era que los dueños de los animales llevasen éstos a la Parada de tío Armando, pero otras veces era el toro el que visitaba a las hembras que debían quedar preñadas, yendo a las cuadras donde se alojaban. Los padres solían ocultarnos estos encuentros pero nosotros imaginábamos que el toro metía su pito en la chucha de la vaca, estaba allí un poco y después se acababa todo.

De sopetón, lo que yo vi aquél día fue tremendo y descomunal, tan fuerte que, a la vez, me atraía con fuerza y me resultaba repulsivo y abrasador. Al acercarme a la casa de ganado, observé movimiento pero me di cuenta de que estaba cerrada la puerta. Fui por detrás y, mirando por entre los tablones, vi que el semental, con un miembro gigantesco, retorcido como un berbiquí, tanteaba torpemente hasta que, oportunamente ayudado por el veterinario, lo hundió en la vaca Jardinera. Ésta protestaba pero el toro bramaba, echaba espuma por la boca y se movía con estrépito, hasta que hizo tres o cuatro movimientos espasmódicos, se bajó y luego resopló sin cesar y fue cayendo en el abandono. Después de su recuperación, lo sacaron de la cuadra y se fueron hacia otra casa, pero yo seguía allí clavado, detrás de las tablas del payo, junto a la pella del heno, conmocionado por lo que acababa de ver.

Pensé entonces que eso no sería igual entre los hombres y las mujeres, que lo que yo había presenciado sería sólo cosa de animales. La educación sentimental en la sociedad en la que yo fui creciendo, no consistía en conocer, dominar y encauzar los instintos desde la infancia sino en negarlos sin más; era la impostura de la sinrazón contra la naturaleza de las cosas, que sólo podía traer como consecuencia la hipocresía o la angustia.

Aquella educación hacía agua por todas partes: se imponía el silencio oficial junto al chiste morboso, la inquietud y los interrogantes frente a la doctrina de todos los Beltranes. Se castró la naturalidad de la gente, se invadió su conciencia, se reprimió su vida y se fulminó cualquier atisbo de naturalidad. No obstante los adultos burlaban aquella moral inquisidora, unos con astucia y otros desde el atrevimiento de la heterodoxia. Pero nosotros, los niños, ¡ay de nosotros! ¡Qué dolor empezar a descubrir el sexo sintiendo en la nuca la mirada intimidadora del cura y el temor a caer en pecado! ¡Qué pena que, viniendo de un acto de placer, se nos negase el gozo de conocer con naturalidad de dónde venimos!

A todos los de mi edad nos hubiera gustado una educación sexual que fuera respondiendo poco a poco a nuestras preguntas, que nos permitiera avanzar en nuestros titubeos y que nos diera posibilidades de conocer los entresijos de la vida, tan lejos la lascivia de los curas zafios como de la rijosidad de los babosos. Pero ¡ay! ni en esto ni en otras cosas nuestra educación fue así. Además, si así hubiera sido, entonces nosotros no seríamos los mismos.”

24 May 2008

La emoción de un comentario

Escrito por: jbberm el 24 May 2008 - URL Permanente

Ana Belén, hija y nieta de vecinos de Puerto Castilla (Ávila), mi pueblo, ése que en mis relatos llamo Aravalle, escribió ayer un comentario en el segundo post de este blog. Por lo emocionante que es todo lo que dice Ana Belén, lo traigo aquí, porque son unas palabras de inmediata y rotunda afectividad.



“He visto tu blog y me he emocionado. Yo soy nieta de dos personas del pueblo, Domingo y María. Mi madre y mi tío nacieron allí, en Puerto Castilla. Sólo conservan un prado por la salida hacia Barco de Ávila. En ese pueblo guardo muchos recuerdos de infancia. Ahora, al ver las fotos no he podido evitar llorar. Gracias.

Ya más tranquila, puedo comentarte algo más de mis recuerdos de Puerto Castilla. Mis abuelos vivían en el barrio de abajo, en un callejón que daba a una plaza con una cruz de piedra. Me acuerdo de sus vecinos: Alejandra, Jesús, María, Martina... También me viene a la cabeza Longina, buena amiga de mi abuela María. Supongo que la mayoría habrán fallecido, como mis abuelos, Domingo y María.

De pequeña pasaba los veranos en ese pueblo al que hace muchos años que no voy. Recuerdo su río, las treinta pasaderas, los renacuajos, la moras, los castaños, los nogales, los avellanos... Recuerdo a mi abuelo en su caballo, y cómo me subía sin esfuerzo a su montura, y el vértigo que me daba mirar hacia abajo... Ahora también siento vértigo y la necesidad de volver, aunque la casa en la que tengo mis recuerdos sea ajena.

De nuevo te doy las gracias por haberme abierto ese huequecito que nunca ha estado cerrado del todo.”



Cuando leí esta mañana tu comentario, Ana Belén, sentí una alegría contenida. Una alegría que unía la satisfacción de saber que este blog puede ser útil, y la sincera emoción de sentir también esa melancolía que tus palabras muestran.

Sí, por mi edad conocí a tus abuelos, tío Domingo Biviano y tía María, y a sus hijos, tu tío Paco, algún año mayor que yo, y tu madre, cuyo nombre no recuerdo, pero a quien tuve la satisfacción de saludar en la feria de san Miguel, en el ventorro Zamarro, a finales de septiembre del año pasado.

Sí, recuerdo aquel callejón junto a la plazuela, y a todos sus vecinos; algunos de los mayores ya han fallecido pero otros siguen viviendo, ya con muchos años, claro.

Si vuelves algún día al pueblo (Junio es un mes estupendo para ello), podrás seguir viendo el río Aravalle, con sus treinta pasaderas, sus renacuajos, las moras, los avellanos, los nogales… Teniendo en cuenta lo que ha cambiado el paisaje en España en los últimos treinta años, en El Puerto se puede decir que salvo ciertos cambios menores, todo sigue igual, pues coinciden dos circunstancias, una buena y otra mala. La buena: Que está dentro del parque Regional de Gredos, y hay una aceptable protección del medio natural. La mala: Que apenas viven allí unas cien personas todo el año, debido a lo duro del clima y a las pocas posibilidades de desarrollo.

¡Qué hermoso lo que dices del caballo y de tu abuelo, y del vértigo que te daba mirar hacia abajo! ¡Qué verdad eso del vértigo del tiempo al querer regresar a un lugar en el que está instalada parte de la infancia!

No lo dudes, prepara tu viaje y regresa. Y mientras tanto, si no conoces las páginas del pueblo, aquí te las dejo escritas sus direcciones:

www.puertocastilla.org

www.puertocastilla.es

Gracias, Ana Belén, por tus palabras y por hacer que sienta que este blog te ha sido útil.

Jesús

Sobre este blog

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Robles Amarillos

Hola a todos. Me llamo Jesús. La curiosidad me ha llevado a iniciar un blog. Me gusta escribir, y creo que aquí voy a dar a conocer algunas cosas que tengo ya terminadas. También compartiré fotos, ideas sobre cine, educación y libros. Me gusta la red; permite relacionar ideas y conceptos basándose en multitud de criterios.

JULIO DE 2008
Como este blog de
Robles Amarillos
ya está lleno, he comenzado otro cuyo título es
Robles Amarillos II
La dirección es :
http://lacomunidad.elpais.com/jss-brmj/posts

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