05 Jun 2008
Jorge Manrique nunca dijo que el tiempo pasado fuera mejor
En este post y en algunos más, voy a intentar poner en cuestión ciertos topicazos que suelta la gente creyendo interpretar bien lo que algunos autores famosos nunca dijeron. Hoy le toca el turno a "Cualquier tiempo pasado fue mejor", de Jorge Manrique.
(Podéis buscar esta frase en Google y veréis el éxito del tópico).
Otro día caeremos sobre "Antes entrará un camello en el ojo de una aguja..." del Evangelio, un tópico que nunca se podrá testimoniar; el evangelista se refería a "un cabo de cuerda". En fin, otro día.
Muy a menudo se publican en los periódicos artículos y cartas que hacen referencia a la famosa estrofa del poeta Jorge Manrique en la que se señala que “Cualquier tiempo pasado fue mejor”, interpretando que el poeta piensa que el pasado es lo glorioso, lo óptimo, mucho mejor que el presente.
En los años de universidad, cayó en mis manos un libro de Jean Cohen en el que éste especialista analizaba las diversas interpretaciones que se han hecho de la famosa estrofa manriqueña, y venía a decir que el autor de las famosas Coplas, nunca quiso afirmar que el tiempo pasado fuera mejor que el presente.
Algún tiempo después, buscando y buscando, di con un libro que recogía esa interpretación de los famosos versos. Ese libro, Poesía, de Jorge Manrique, es una edición de Jesús Manuel Alda Tesán, publicado en la editorial Cátedra, Letras Hispánicas, en 1992. En la página 51 del prólogo afirma el editor:
“Otro punto controvertible es la equivocada interpretación del “Cualquiere tiempo pasado fue mejor”. Manrique no se refiere a una calidad superior de lo que ocurrió en el pasado; afirma que es mejor ver las cosas como ya pasadas, puesto que tienen tal inestabilidad en el presente. Gran poeta el que así comunica esta sensación trágica de la vida que pasa, con el dolor de recordar en un futurible el placer del momento presente convertido en pretérito. Esta interpretación se reafirma ya en la estrofa segunda, continuación de los versos comentados: “Si juzgamos sabiamente/ daremos lo non venido/ por pasado”.
Por otro lado, en la edición del libro de Jorge Manrique Poesías completas ( Col. Austral, nº 132, Ed. Espasa Calpe, Madrid, 2007), en su nota 12, de la p. 154, se puede leer lo siguiente:
“…Acerca de las excelencias del tiempo pasado sobre el presente, desde los glosadores antiguos se viene sañalando como fuente el Ecclesiastés, 7, 11, ¨Quod priora tempora meliora fuere quam nunc sunt?"
Pues si vemos lo presente La estrofa citada, según Santiago Amón, lejos de encubrir una actitud nostálgico-conservadora, Así que lo manriqueño no es considerar mejor el pasado que el presente; lo manriqueño es tener claro que sólo podemos analizar con rigor el tiempo cuando ya es pasado, que sólo podemos tener una visión adecuada de una época cuando ya ha acabado y, por tanto, hay suficiente distancia para poder juzgar los hechos.
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera
más que duró lo que vio,
pues que todo ha de pasar
por tal manera."

26 May 2008
La edad de la inocencia
En mi relato Robles Amarillos cuenta el protagonista cómo fue poco a poco descubriendo el mundo del sexo, cómo era la sociedad de aquellos años cincuenta y qué poder tenía la iglesia católica en aquellos menesteres. Y termina mostrando cómo la evidencia de la naturaleza se encarama sobre las ideologías y abruptamente muestra su cara más oculta.
“En mi infancia, uno iba descubriendo, poco a poco, que el mundo no era exactamente como aparentaba aquella rueda de rutinas, aquel girar de las estaciones y aquella inamovilidad de las costumbres. Ése parecía ser el escenario de la obra, pero detrás del telón de cada casa, se movía una vida rica y compleja, llena de dolores cotidianos, de pequeños placeres, de susurros insistentes. A algunos le abrían los ojos sus padres, a otros, sus hermanos mayores o sus primos. Pero la mayoría teníamos que abrirnos camino por aquellas veredas desconocidas, envueltos en medias palabras, que nada explicaban y mucho aturdían.
De todas las evidencias de la vida, ninguna se nos ocultaba más que el sexo, tan sombrío y reprimido en aquel tiempo de mi infancia. La permanente obsesión de don Beltrán, el cura, era hablar del sexto mandamiento, de los tocamientos y los actos impuros, de la vida de María Magdalena, de los deseos insanos y de la condenación eterna. Todo lo que pensabas o hacías, tenías que confesárselo: mirar a una muchacha, imaginar a un hombre y a una mujer juntos, hablar de estas cosas con los amigos... El ojo de Dios, que pintaba don Beltrán en la pizarra de la catequesis de cada domingo, nos veía, y no podíamos mentirle ni ocultarle nada.
Una vez alguien quiso gastarme una broma que afectaba a mi inocencia. Decían que yo había tocado el sexo a una prima mía. Junto a la chimenea, mis padres me preguntaban, con una mezcla de escándalo y asombro. A mí me daba vergüenza, mucha vergüenza, que mis padres me hablasen de aquel asunto y me molestaba un ligero retintín acerca del alcance de lo que yo conocía y de la extensión de mi inocencia.
-Y ¿qué dicen que le has tocado a tu prima?
-La chucha.
-Ah. ¿Y qué más dicen por ahí?
-Que se la he metido.
-¿Qué le has metido qué?
-El pito en la chucha.
Yo quería morirme antes que seguir con aquel interrogatorio, pero me negaba a confesar como cierto lo que no lo era. Me defendí y les dije que no, que era mentira, que aquello lo había dicho alguien para fastidiarme. Mis padres parecieron quedar convencidos pero yo me quedé como anonadado y vacío, ignorante y absurdo. Nadie me había hablado abiertamente de sexo hasta la mañana en que nació mi hermana, y lo que me dijo entonces Mamerto me sumió brutalmente en un mar de dudas, en un pudor exagerado de ansias contenidas, en una necesidad vital de conocer cómo era todo aquello, cómo se nacía, cómo se hacía...Únicamente me era familiar mi propio cuerpo de niño de ocho años y el de otros muchachos, cuando nos bañábamos desnudos en el pozo del Venero, todos con el pito parecido, salvo algunos, a los que ya les apuntaba el vello y bien que presumían de ello.
Un día vi algo inmenso y espectacular. Habían llegado al pueblo unos hombres con un semental para cubrir las vacas, tal y como hacían todos los años. Lo más común era que los dueños de los animales llevasen éstos a la Parada de tío Armando, pero otras veces era el toro el que visitaba a las hembras que debían quedar preñadas, yendo a las cuadras donde se alojaban. Los padres solían ocultarnos estos encuentros pero nosotros imaginábamos que el toro metía su pito en la chucha de la vaca, estaba allí un poco y después se acababa todo.
De sopetón, lo que yo vi aquél día fue tremendo y descomunal, tan fuerte que, a la vez, me atraía con fuerza y me resultaba repulsivo y abrasador. Al acercarme a la casa de ganado, observé movimiento pero me di cuenta de que estaba cerrada la puerta. Fui por detrás y, mirando por entre los tablones, vi que el semental, con un miembro gigantesco, retorcido como un berbiquí, tanteaba torpemente hasta que, oportunamente ayudado por el veterinario, lo hundió en la vaca Jardinera. Ésta protestaba pero el toro bramaba, echaba espuma por la boca y se movía con estrépito, hasta que hizo tres o cuatro movimientos espasmódicos, se bajó y luego resopló sin cesar y fue cayendo en el abandono. Después de su recuperación, lo sacaron de la cuadra y se fueron hacia otra casa, pero yo seguía allí clavado, detrás de las tablas del payo, junto a la pella del heno, conmocionado por lo que acababa de ver.
Pensé entonces que eso no sería igual entre los hombres y las mujeres, que lo que yo había presenciado sería sólo cosa de animales. La educación sentimental en la sociedad en la que yo fui creciendo, no consistía en conocer, dominar y encauzar los instintos desde la infancia sino en negarlos sin más; era la impostura de la sinrazón contra la naturaleza de las cosas, que sólo podía traer como consecuencia la hipocresía o la angustia.
Aquella educación hacía agua por todas partes: se imponía el silencio oficial junto al chiste morboso, la inquietud y los interrogantes frente a la doctrina de todos los Beltranes. Se castró la naturalidad de la gente, se invadió su conciencia, se reprimió su vida y se fulminó cualquier atisbo de naturalidad. No obstante los adultos burlaban aquella moral inquisidora, unos con astucia y otros desde el atrevimiento de la heterodoxia. Pero nosotros, los niños, ¡ay de nosotros! ¡Qué dolor empezar a descubrir el sexo sintiendo en la nuca la mirada intimidadora del cura y el temor a caer en pecado! ¡Qué pena que, viniendo de un acto de placer, se nos negase el gozo de conocer con naturalidad de dónde venimos!
A todos los de mi edad nos hubiera gustado una educación sexual que fuera respondiendo poco a poco a nuestras preguntas, que nos permitiera avanzar en nuestros titubeos y que nos diera posibilidades de conocer los entresijos de la vida, tan lejos la lascivia de los curas zafios como de la rijosidad de los babosos. Pero ¡ay! ni en esto ni en otras cosas nuestra educación fue así. Además, si así hubiera sido, entonces nosotros no seríamos los mismos.”
24 May 2008
La emoción de un comentario
Ana Belén, hija y nieta de vecinos de Puerto Castilla (Ávila), mi pueblo, ése que en mis relatos llamo Aravalle, escribió ayer un comentario en el segundo post de este blog. Por lo emocionante que es todo lo que dice Ana Belén, lo traigo aquí, porque son unas palabras de inmediata y rotunda afectividad.
“He visto tu blog y me he emocionado. Yo soy nieta de dos personas del pueblo, Domingo y María. Mi madre y mi tío nacieron allí, en Puerto Castilla. Sólo conservan un prado por la salida hacia Barco de Ávila. En ese pueblo guardo muchos recuerdos de infancia. Ahora, al ver las fotos no he podido evitar llorar. Gracias.
Ya más tranquila, puedo comentarte algo más de mis recuerdos de Puerto Castilla. Mis abuelos vivían en el barrio de abajo, en un callejón que daba a una plaza con una cruz de piedra. Me acuerdo de sus vecinos: Alejandra, Jesús, María, Martina... También me viene a la cabeza Longina, buena amiga de mi abuela María. Supongo que la mayoría habrán fallecido, como mis abuelos, Domingo y María.
De pequeña pasaba los veranos en ese pueblo al que hace muchos años que no voy. Recuerdo su río, las treinta pasaderas, los renacuajos, la moras, los castaños, los nogales, los avellanos... Recuerdo a mi abuelo en su caballo, y cómo me subía sin esfuerzo a su montura, y el vértigo que me daba mirar hacia abajo... Ahora también siento vértigo y la necesidad de volver, aunque la casa en la que tengo mis recuerdos sea ajena.
De nuevo te doy las gracias por haberme abierto ese huequecito que nunca ha estado cerrado del todo.”
Cuando leí esta mañana tu comentario, Ana Belén, sentí una alegría contenida. Una alegría que unía la satisfacción de saber que este blog puede ser útil, y la sincera emoción de sentir también esa melancolía que tus palabras muestran.
Sí, por mi edad conocí a tus abuelos, tío Domingo Biviano y tía María, y a sus hijos, tu tío Paco, algún año mayor que yo, y tu madre, cuyo nombre no recuerdo, pero a quien tuve la satisfacción de saludar en la feria de san Miguel, en el ventorro Zamarro, a finales de septiembre del año pasado.
Sí, recuerdo aquel callejón junto a la plazuela, y a todos sus vecinos; algunos de los mayores ya han fallecido pero otros siguen viviendo, ya con muchos años, claro.
Si vuelves algún día al pueblo (Junio es un mes estupendo para ello), podrás seguir viendo el río Aravalle, con sus treinta pasaderas, sus renacuajos, las moras, los avellanos, los nogales… Teniendo en cuenta lo que ha cambiado el paisaje en España en los últimos treinta años, en El Puerto se puede decir que salvo ciertos cambios menores, todo sigue igual, pues coinciden dos circunstancias, una buena y otra mala. La buena: Que está dentro del parque Regional de Gredos, y hay una aceptable protección del medio natural. La mala: Que apenas viven allí unas cien personas todo el año, debido a lo duro del clima y a las pocas posibilidades de desarrollo.
¡Qué hermoso lo que dices del caballo y de tu abuelo, y del vértigo que te daba mirar hacia abajo! ¡Qué verdad eso del vértigo del tiempo al querer regresar a un lugar en el que está instalada parte de la infancia!
No lo dudes, prepara tu viaje y regresa. Y mientras tanto, si no conoces las páginas del pueblo, aquí te las dejo escritas sus direcciones:
Gracias, Ana Belén, por tus palabras y por hacer que sienta que este blog te ha sido útil.
Jesús
18 May 2008
Un blog desde Cuba: Generación Y
Existe en Internet un blog llamado Generación Y, escrito por una mujer cubana de 32 años, que se ha hecho famoso en muy pocos meses. Ha sido galardonado con el premio Ortega y Gasset de la comunicación de este año. Su autora no pudo venir a recogerlo a Madrid; la administración cubana no se lo permitió.
La dirección del blog es:
http://www.desdecuba.com/generaciony/
Ayer introduje un comentario en dicho blog, comentario que traigo aquí:
“Querida Yoani:
Lo primero que quiero decirte, desde Madrid, es que me enteré de tu blog por El País hace ya bastantes meses. Desde entonces lo he leído a menudo.
Te felicito por el premio Ortega y Gasset; creo que te lo mereces, porque eres un símbolo de algo nuevo: En este mundo global, las fronteras ya no son lo que eran, afortunadamente. Hoy son más permeables, y las dictaduras no pueden controlar Internet y las nuevas tecnologías como controlan las fronteras físicas.
Tu blog simboliza lo nuevo en este aspecto, y también una rebeldía juvenil pasada por cierta ironía melancólica de alguien que estuvo fuera de Cuba y quiere vivir en su país, pero en una Cuba libre. Ésa es la clave del éxito de tu blog.
Que algunos te halagan para enfervorizar sus políticas...allá ellos. Que otros te mortifican desde el poder y desde el anonimato...pobrecitos. Las dictaduras caen, antes o después. Y la vuestra, perdón la que hay en vuestro país, ya hace mucho tiempo que perdió cualquier prestigio entre la gente ilustrada y progresista de Occidente.
Ánimo y "Hasta la victoria de la libertad en vuestro país", hasta que puedas tener tu pasaporte, decir lo que quieras, optar por la política que desees: eso, entre otras cosas, es la libertad.
Mucho ánimo, prudencia reflexiva y hasta el próximo post.”
El País. Mauricio Vicent “No se considera disidente, aunque administra un blog contestatario en Cuba y es miembro del consejo de redacción de Consenso, una revista digital que crítica al Gobierno desde la izquierda. Yoani Sánchez, habanera, 32 años, se clasifica como "electrón libre" y parte de la generación Y. "Nuestros padres nos pusieron nombres con y -Yanisleidi, Yoandri, Yusimí, Yuniesky-. La generación Y nacimos en la Cuba de los setenta y ochenta, estamos marcados por el racionamiento, las escuelas en el campo, los muñequitos rusos, el paternalismo, las salidas ilegales, la frustración; debíamos haber sido el hombre nuevo, pero no lo fuimos...". Creadora de un 'blog' contestatario, busca "abrir grietas" en el muro castrista Su historia no es común. Está casada con el periodista Reynaldo Escobar, y su hijo Teo es un ciclón de 12 años. "La de mis padres fue la generación del desencanto, la mía es la del cinismo y la de Teo trae la doble moral codificada genéticamente". Yoani estudió Filología Hispánica. "Éramos unos veinte en el aula. De aquel grupo quedamos en Cuba menos de la mitad. Yoani y Teo también emigraron a Suiza, pero decidieron regresar. La vida fuera de Cuba fue más dura de lo que creían, y la reunificación con su esposo resultó imposible. "Pero volver fue un problema. Como las autoridades nos consideraban quedados sólo podíamos entrar de turistas". En un viaje familiar, hace tres años, rompió el pasaporte y se presentó en Inmigración. "Tremenda sorpresa cuando me dijeron: 'Pida el último en la cola de los que regresan". En marzo, poco después de un plante de intelectuales conocido como la guerra de los e-mails, Yoani creó Generación Y, su blog. "Aquella protesta fue importante: por primera vez un dedo acusador señaló directamente al poder, y demostró que Internet era un soporte incontrolable". Generación Y comenzó como una "terapia personal", después de que no le resultaran "el silencio ni la evasión". "Hice yoga, practiqué taichi y hasta probé con el gimnasio, pero nada". Poco a poco, colgar en la Red sus "desencantadas viñetas de la realidad" se convirtió en una razón para existir, en un pequeño piolet "para tumbar los muros" y edificar el país en el que le gustaría vivir. Pide una botella de ron Havana Club. En la etiqueta dice "Bienvenido a Cuba". "¡Compadre! ¡Cómo que bienvenido a Cuba, si ya estamos aquí!". Se confiesa pesimista. "Este sistema está agotado; ha demostrado su imposibilidad de proveernos si no de sueños, al menos de realidades concretas mínimamente reconfortantes". Hace dos meses, Reuters la entrevistó y habló de su blog . Desde entonces, el sitio ha registrado medio millón de entradas y ha recibido cientos de mensajes. De momento no ha tenido problemas. "Si mañana me dicen que o dejo el blog o voy a la cárcel, lo dejaría... Pero inventaría otra cosa para seguir abriendo grietas al muro". Irse no es una opción, pues ya ha regresado: "La vida no está en otra parte, está en otra Cuba".
Comemos en El Aljibe, restaurante criollo que sirve pollo en salsa, arroz, frijoles, plátano frito y ensalada, a 10 euros el menú, aproximadamente la mitad del sueldo de un académico. "¡Imagínate! ¡Vengo aquí por primera vez!". Los frijoles negros le encantan, pero, confiesa, "no fue por nostalgia" que regresó a Cuba.
29 Abr 2008
Mi hermano y el Maratón de Madrid
Era emocionante verlos correr, en una templada mañana de primavera, por las calles vacías de la ciudad. Por unas calles cuyas aceras estaban salpicadas de grupos de personas -amigos, familiares, vecinos, turistas- que animaban a seguir adelante, ganándole kilómetros a la meta, una meta lejana y temida, allá en los verdes jardines de El Retiro.
Javier quedó en el puesto 504, y tardó 3 horas, 8 minutos y 49 segundos en recorrer los 42,195 km. de rigor. El esfuerzo diario, una exhaustiva preparación, un estado de ánimo moderadamente optimista y una cierta dosis de autoironía han sido los mejores ingredientes para esta buena carrera que ha hecho.
Cuando terminó su maratón, y ya recuperado del esfuerzo realizado, se tomó una cerveza mientras lo felicitábamos y nos contaba los pormenores de las tres horas de carrera. Luego tuvo humor para, después de descansar, escribir, con un estilo de marcado carácter irónico, un estupendo relato de su singular mañana, que os ofrezco íntegro a continuación.
¡Aúpa, Javier!
¡Otro maratón más para tu lista!
Ascenso a los infiernos
Lo bueno de las matemáticas es que dan confianza. Pase lo que pase, dos más dos suelen ser cuatro, y esto, quieras que no, viene a ser un buen antídoto contra la incertidumbre. Con el maratón de Madrid ocurre algo parecido, máxime cuando tiene a bien darse una vuelta por la Casa de Campo, ese espacio mítico antaño reservado a los Reyes, hoy morada transitoria de africanas ocupadas en labores mercenarias. Y lo que digo de la campestre casa se lo aplico también al parque del Retiro, tras cuya valla se ha reñido hoy 'la más descomunal batalla que vieron los antiguos tiempos ni esperan ver los venideros', que dijo el manco.
Y es que, te pongas como te pongas, al maratón de Madrid le salen siempre diez km (que hayan de ser siempre los últimos habrá que agradecérselo a los organizadores, tan exquisitos con las exigencias del tráfico rodado) que siembran de cadáveres el asfalto. Dicho de otro modo, Menéndez Pelayo vino a ser esta mañana una franquicia del infierno. Vaya, que, puestos a elegir, casi prefiero una de polinomios. Porque eso de instalar el infierno junto al cielo (la meta, claro), pues como que no se compadece con las teologías, sean del rango que fueren.
Pero es que Madrí es mucha Madrí.
Teologías aparte, el día salió bueno, templadito y algo gris, lo que prometía calorcete, pero no solazo.
Cumplido el ritual del afeitado purificador, y llegado que hube a Recoletos, emotivo encuentro con Equis, Urukbu, Javi-Irún, Teosbardera, PacoJó, Manuel, Muri e Isa, Yudus, Enki, CyT, Fernando e tutti quanti. Ambiente de fiesta y caras radiantes, como el día.
Enseguida salimos y, de memoria, me pongo al ritmo previsto: 4.25. en el km.2 se me une Ripiau, cuya pista había perdido desde San Sebastián. Un alegrón, claro: de ir tirando sólo 42 km a compartir la carrera en tan buena compañía va un abismo. Son ya cuatro maratones juntos, casi siempre al azar, y eso une mucho. Y da confianza.
Con el recuerdo donostiarra inscrito en las patas, nos ponemos a 4.15, una vez coronada la plaza de Castilla, y a ese ritmo tiraremos ya de memoria hasta el km. 22. Es la parte bonancible de la carrera: trazado favorable, toda la energía intacta y mucha-mucha animación: en Cuatro Caminos, en Filipinas, en Bilbao, en Sol (¡qué potencia de tambores!). Mientras, hemos ido a la familia (las respectivas-chicas, los hermanos, cuñados y cuñadas, los padres de Ripiau), que nos han ido prestando las vituallas para aguantar el trance.
Y entre los dulzores de este largo tramo, la energía de Carros de Fuego, gentileza de Guille) y los ánimos de tantos amigos (Nervios y Maituki, Mecenas, Qnk y su grupo, Porfirio y Ana, Sonia y Benigno, y los que olvido, con esta cabeza de alcornoque), cuyo impagable apoyo pone alas en las suelas.
Dicho lo cual, y una vez traspuesta la glorieta de San Vicente, hétenos aquí la barranquera municipal, indigno preludio, portal infame y grotesco frontispicio de la bucólica Casa de Campo. Aquello semejaba más un invernal cross que un maratón sobre asfalto. Y para más INRI, se me despertó la liebre: quiere decirse que mi querido flexor, que tan calladito había estado, se puso a pedir árnica entre las torrenteras aludidas.
Pues menudo plan. La perspectiva de 20 km. con el pie a rastras, moraíto de martirio, como que me descolocó. Esperaba yo noticias del pie allá por el km.28, ¡pero tan pronto! Fuera por ese motivo, o quizá por el semi-parón de dos semanas a cuenta del dolorcillo podal (más la consiguiente supresión de series el último mes, por aquello de no acabar de estropearlo todo), el caso es que la que iba a ser triunfal entrada en el campestre recinto vino a quedar en antesala de los dominios de Pedro Botero. 'Infernillo tenemos, señoría', he querido mascullar entre dientes, más que nada por ver si a base de sarcasmos entretenía el calvario.
'Ni modo', que diría Zapata. 'Para mí que las vamos a pasar de a kilo'. 'Pues paciencia y barajar', para responder al quijotesco modo. Y mira que tendría que haberlo sabido. De hecho lo sabía: si mismamente el domingo pasado hicimos 16 km. siguiendo el mismo camino, y los números no mentían. Íbamos Galerna, Juanagus, Matraco y servidor el día 20 de abril (y no del 90 ni fumando celtas sino hace una semana), y, aunque parezca mentira, no éramos capaces de bajar de 4.40 (con el pulso alborotao) por el paseo de los Castaños. Pegaba el viento, bien es verdad, pero estábamos a diez grados, vaya lo uno por lo otro.
Y sin embargo, en mis cálculos había previsto hacer ese tramo a 4.25. ¿Basado en qué criterios? Pues en los de la zoquetería mayúscula, porque otra cosa... Y ése ha sido mi error este año (el pasado fue en Arturo Soria, y el que viene en cualquier sitio: siempre hay un error en este negocio, cuyo precio suele ser casi siempre alto). Así pues, se me ha venido abajo el cielo y he llegado a temerme lo peor: 'Si en el km. 24 pierdo 15 seg. por km, la que me espera es buena, si a la pájara le sumo el dolor del pie, que necesariamente tendrá que ir a más'.
Iba yo centrado en estos alegres, estimulantes y positivos pensamientos, cuando en lo alto de un cerrete he querido vislumbrar la silueta de dos mercenarias del amor, ya de retirada, absortas y divertidas en la contemplación del reguero de corredores que a sus pies iban avanzando en desordenada fila. La bucólica escena me ha reconciliado con la condición humana, más exactamente con mi propia estupidez, y como que me he ido olvidando de mi error (que no era un error matemático sino pura obcecación) y me he dispuesto a recomponer la situación lo mejor posible, dadas las circunstancias.
En dos palabras, me he reñido una buena riña (yo mismo a mí mismo) y he ido saliendo del pasmo en que me hallaba. A todo esto, Ripiau se iba descolgando, cosa natural, habida cuenta de los palizones que se ha dado en el trabajo últimamente (ayer plegó a la una de la mañana, que dirían en Marnresa, y eso pasa factura). De modo que, llegados al km. 27, me he visto de pronto más solo que la una. 'Así es el maratón, majete', me he dicho, 'al final te lo juegas tú solo, y nadie te va a sacar las castañas del fuego'.
Pero no estoy dispuesto a caer de nuevo en esa trampa de la autocompasión. Pasamos el MP (los jueves de verano ya a las puertas) con el viento a favor, e incluso la subida del Lago se me hace liviana. Estoy recuperado.
Entramos en las fase más difusa de la carrera: poco ambiente, calles solitarias, muro al acecho... Afortunadamente, voy bien hidratado, he tomado un par de geles en el momento justo, el Calderón está ahí mismo, incluso el Rodilla donde suelo ir a comprar sangüis? con estas y otras triquiñuelas, a lo tonto modorro, me he plantado en el km. 35, sin mayores agobios. A estas alturas ya sé que no voy a mejorar mi marca en Madrid, pero tampoco era el objetivo hoy. Si caía, pues encantado. Pero no entraba en mis cálculos, de modo que ese asunto no me afecta. Ahora voy bien, y quiero acabar así.
Además, empiezo a pasar corredores que he tenido delante toda la carrera, y eso quieras que no te acelera, por más que sea una maldad; pero no todo va a ser buen rollito, que aquí se viene a sufrir.
Mi temor ahora es quedarme solo, correr sin referencia, justo cuando se avecina lo peor. Unos treinta metros delante llevo una muy buena: un alemán (que lo mismo es de Linares, vaya usted a saber), que tiene pinta de llamarse Helmut, alto y fibroso, que he tenido siempre cerca desde el km. 7. Su zancada es sólida, eficaz y muy económica, gasta lo justo, apenas bracea, corre erguido pero relajado, ¿no se descompone nunca? Todo un lujo para ponerse a su rueda, si pudiera. Pero se me va. Irremisiblemente. Y me quedo a ciegas en el km. 36, a puntito de llegar al infierno.
Es en esos momentos cuando conviene no descomponerse en un maratón. Hay que acoplarse a la realidad, ajustarse a tus opciones y ser flexible. Me ha costado muchos disgustos en carrera, pero creo haberlo aprendido: en maratón hay que ser flexible, ningún plan es sagrado, hay que leer la carrera metro a metro, si lo que pretendes es conseguir lo máximo. Y lo máximo se mide siempre en segundos. Pero un esfuerzo inadecuado, que puede darte ahora diez segundos, te puede acabar quitando tres minutos si no has sabido interpretar las señales.
Y esa es la gracia del maratón: en el km. 36 calibrando las opciones, sopesando las circunstancias para decidir si sigues tu referencia de carrera (el alemán citado) o te aquilatas a tu estado general y esperas a ver qué pasa.
Decido esperar, y acierto. En ese momento me pasa un grupo de cuatro que avanza a un ritmo seguro, constante y no demasiado alto para mí. Durante los próximos km van a ser mi particular 'banda de los cuatro' (Deng Xiao Ping me perdone, allá donde se encuentre). Me pego descaradamente a su espalda, sin importarme que me miren como a un intruso. Pero oye, aquí nadie es dueño del asfalto, y cada uno hace lo que puede. Así pasamos Ferrocarril y nos plantamos en Méndez Álvaro, cuya cuesta me conozco de memoria. Ahora no me voy a despistar, sé muy bien que debo ir a 4.45, y ése es el ritmo de los cuatro, con lo cual me doy por satisfecho.
Atocha está ahí mismo, y enseguida Mª Cristina. El cuarteto se descompone, pierde dos unidades, y veinte metros después paso a los otros dos. Ya sólo pienso en aguantar lo que queda sin descomponerme, así que enfilo M.Pelayo como si me fuera la vida en ello. El reguero de corredores andando es fantasmagórico, pero eso es algo que tengo claro: nunca he hecho un solo metro andando en maratón, y hoy no va a ser la primera vez, por descontado.
Pasado la iglesia del Niño Jesús, surge por la izquierda la figura amigable de Malagueta, y me calienta los cascos de tal modo que pego un cambio de ritmo evidente, así que pasamos el 41 a buena marcha. Tanto que de pronto de me dibuja ahí mismo la sombra de mi viejo Helmut. Decido cazarlo, pero sin asfixiarme, paso a paso. Malagueta me lleva en volandas (gracias, tío, y le dices a Soy Maratoniano que va a palmar el desafío, cambio mi a puesta), pasamos al alemán y coronamos.
El resto, como siempre, puede suponerse.
PD's
Enhorabuena a todos los que han cumplido objetivos, pero sobre todo a Josero y a Equis, porque los dos han sido hoy dos héroes absolutos.
Ripiau, con el barullo de la llegada me despisté y no te vi. Ya contarás cómo te ha ido. Al final hice 3h08, un minuto más que en 2007, pero mejoré puesto: 504 de la general y 26 de mi categoría. El pie, al final se portó, así que lo mimaré un poco y descansaré unas tres semanas. Lo de Florencia tiene buena pinta, pero ya veremos.
Como siempre, gracias a todos los voluntarios, cuya labor es impagable. Y en particular a Alberto, que se ha pegado un buen madrugón para darnos agua y apoyar a su tío.
26 Abr 2008
25 de abril siempre
Una canción fue la contraseña que puso en marcha la revolución encabezada por los militares portugueses que acabó con la dictadura salazarista. Eran las 0.20 del 25 de abril de 1974 y por una emisora sonó Grândola, vila morena, que ha quedado inmortalizada como un símbolo del restablecimiento de la democracia en el país vecino. Su autor, José Afonso (1929-1987), popularmente conocido por el sobrenombre de Zeca, compuso el tema cautivado por el ambiente de fraternidad que saboreó durante una actuación en esta villa del Alentejo.
24 Abr 2008
Juan Gelman, el "Cervantes" de la firmeza ética
Juan Gelman: “Mi Buenos Aires querido”
Sentado al borde de una silla desfondada,
mareado, enfermo, casi vivo,
escribo versos previamente llorados
por la ciudad donde nací.
Hay que atraparlos, también aquí
nacieron hijos dulces míos
que entre tanto castigo te endulzan bellamente.
Hay que aprender a resistir.
Ni a irse ni a quedarse,
a resistir,
aunque es seguro
que habrá más penas y olvido.
Él mismo, Juan Gelman, fue uno de esos flacos y menesterosos a los que ayudó el Quijote. Le abrió, ahí en el exilio, cuando nada sabía de tantos de los que iban cayendo víctimas del horror, "manantiales de consuelo". La dictadura acabó con su hijo, acabó con su nuera, y le perdieron a la nieta que ésta había concebido antes de que la mataran. Gelman la buscó hasta encontrarla -seguramente con desesperación-. Mientras tanto, la voz del poeta se mantuvo siempre firme contra la muerte." (José Andrés Rojo, El País)
Discurso de Juan Gelman
"Deseo, ante todo, expresar mi agradecimiento al jurado del Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes, a la alta investidura que lo patrocina y a las instituciones que hacen posible esta honrosísima distinción, la más preciada de la lengua, que hoy se me otorga. Mi gratitud es profunda y desborda lo meramente personal. En el año 2006 se galardonó con este Premio al gran poeta español Antonio Gamoneda y en el 2007 lo recibe también un poeta, esta vez de Iberoamérica. Se premia a la poesía entonces, "que es como una doncella tierna y de poca edad y en todo extremo hermosa" para don Quijote, doncella que, dice Cervantes en "Viaje del Parnaso",
"puede pintar en la mitad del día
la noche, y en la noche más escura
el alba bella que las perlas cría...
Es de ingenio tan vivo y admirable
que a veces toca en puntos que suspenden,
por tener no se qué de inescrutable".
A la poesía hoy se premia, como fuera premiada ayer y aun antes en este histórico Paraninfo donde voces muy altas resuenan todavía. Y es algo verdaderamente admirable en estos "Dürftiger Zeite", estos tiempos mezquinos, estos tiempos de penuria, como los calificaba Hölderin preguntándose "Wozu Dichter", para qué poetas. ¿Qué hubiera dicho hoy, en un mundo en el que cada tres segundos y medio un niño menor de 5 años muere de enfermedades curables, de hambre, de pobreza? Me pregunto cuántos habrán fallecido desde que comencé a decir estas palabras. Pero ahí está la poesía: de pie contra la muerte.
Safo habló del bello huerto en el que "un agua fresca rumorea entre las ramas de los manzanos, todo el lugar sombreado por las rosas y del ramaje tembloroso el sueño descendía", Mallarmé conoció la desnudez de los sueños dispersos, Santa Teresa recogía las imágenes y los fantasmas de los objetos que mueven apetitos, San Juan bebió el vino de amor que sólo una copa sirve, Cavalcanti vio a la mujer que hacía temblar de claridad el aire, Hildegarda de Bingen lloró las suaves lágrimas de la compunción, y tanta belleza cargada de másvida causa el temblor de todo el ser. ¿No será la palabra poética el sueño de otro sueño?
Santa Teresa y San Juan de la Cruz tuvieron para mí un significado muy particular en el exilio al que me condenó la dictadura militar argentina. Su lectura desde otro lugar me reunió con lo que yo mismo sentía, es decir, la presencia ausente de lo amado, Dios para ellos, el país del que fui expulsado para mí. Y cuánta compañía de imposible me brindaron. Ese es un destino "que no es sino morir muchas veces", comprobaba Teresa de Avila. Y yo moría muchas veces y más con cada noticia de un amigo o compañero
asesinado o desaparecido que agrandaba la pérdida de lo amado. La dictadura militar argentina desapareció a 30.000 personas y cabe señalar que la palabra "desaparecido" es una sola, pero encierra cuatro conceptos: el secuestro de ciudadanas y ciudadanos inermes, su tortura, su asesinato y la desaparición de sus restos en el fuego, en el mar o en suelo ignoto. El Quijote me abría entonces manantiales de consuelo.
Lo leí por primera vez en mi adolescencia y con placer extremo después de cruzar, no sin esfuerzo, la barrera de las imposiciones escolares. Me acuciaba una pregunta: ¿cómo habrá sido el hombre, don Miguel? Conocía su vida de pobreza y sufrimiento, sus cárceles, su cautiverio en Argel, su Lepanto, los intentos fallidos de mejorar su suerte. Pero él, ¿quién era? Releía el autorretrato que trazó en el prólogo de las Novelas Ejemplares: "Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada", que nada me decía, salvo la mención de sus "alegres ojos". Comprendí entonces que él era en su escritura. Me interno en ella y aún hoy creo a veces escuchar sus carcajadas cuando acostaba al Caballero de la Triste Figura en el papel. Sólo quien, desde el dolor, ha escrito con verdadero goce puede dar a sus lectores un gozo semejante. Cómico es el rostro de la tragedia cuando se mira a sí misma.
Declaro que, en verdad. quise recorrer ante ustedes, con ustedes, los trabajos de Persiles y Sigismunda, o la locura quebradiza del licenciado Vidriera, o compartir la nueva admiración y la nueva maravilla del coloquio de los perros, o el combate verdaderamente ejemplar entre los poetas malos y los buenos que tiene lugar en "Viaje del Parnaso" y en el que cualquier buen poeta podía caer herido por un pésimo soneto bien arrojado. Pero tal como la lámpara alimentada a querosén que los campesinos de mi país encienden a la noche y alrededor de la cual se sientan a cenar, cuando hay, y luego a leer, cuando hay y cuando hay ganas, y a la que mosquitos y otros seres alados acuden ciegos de luz y la calor los mata, así yo, encandilado por don Alonso Quijano, no puedo sustraerme a su fulgor.
Muchas plumas hondas y brillantes han explorado los rincones del gran libro. Por eso, parafraseando al autor, declaro sin ironía alguna que, con seguridad, este discurso carece de invención, es menguado de estilo, pobre de conceptos, falto de toda erudición y doctrina. Sólo hablo como lector devoto de Cervantes, pero quién puede describir los territorios del asombro. Con mucha suerte y perspicacia, es posible apenas sentarse a la sombra de lo que siempre calla.
Cervantes se instala en un supuesto pasado de nobleza e hidalguía para criticar las injusticias de su época, que son las mismas de hoy: la pobreza, la opresión, la corrupción arriba y la impotencia abajo, la imposibilidad de mejorar los tiempos de penuria que Hölderlin nombró. Se burla de ese intento de cambio y se burla de esa burla porque sabe que jamás será posible terminar con la utopía, recortar la capacidad de sueño y de deseo de los seres humanos. Cervantes inventó la primera novela moderna, que contiene y es madre de todas las novedades posteriores, de Kafka a Joyce. Y cuando en pleno siglo XX Michel Foucault encuentra en Raymond Roussel las características de la novela moderna, éstas: "el espacio, el vacío, la muerte, la transgresión, la distancia, el delirio, el doble, la locura, el simulacro, la fractura del sujeto", uno se pregunta ¿qué? ¿No existe todo eso, y más, en la escritura de Cervantes?
Su modernidad no se limita a un singular universo literario. La más humana es un espejo en el que podemos aún mirarnos sin deformaciones en este siglo XXI. Dice Don Quijote: "Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala (disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar la maldita máquina) y corta y acaba en un instante los pensamientos y la vida de quien la merecía gozar luengos siglos".
Desde el lugar de presunto caballero andante quejoso de que las armas de fuego hayan sustituido a las espadas, y que una bala lejana torne inútil el combate cuerpo a cuerpo, Don Quijote destaca un hecho que ha modificado por completo la concepción de la muerte en Occidente: es la aparición de la muerte a distancia, cada vez más segura para el que mata, cada vez más terrible para el que muere. Pasaron al olvido las ceremonias públicas y organizadas que presidía el mismo agonizante en su lecho: la despedida de los familiares, los amigos, los vecinos, el dictado del testamento ante los deudos. La muerte hospitalizada llega hoy con un cortejo de silencios y mentiras. Y qué decir de los 200.000 civiles de Hiroshima que el coronel Paul Tobbets aniquiló desde la altura apretando un simple botón. Piloteaba un aparato que bautizó con el nombre de su madre, arrojó la bomba atómica y después durmió tranquilo todas las noches, dijo. Pocos conocen el nombre de las víctimas cuya vida el coronel había segado. La muerte se ha vuelto anónima y hay algo peor: hoy mismo centenares de miles de seres humanos son privados de la muerte propia. Así se da en Irak.

Creo, sin embargo, como el historiador y filósofo Juan Carlos Rodríguez, que el Quijote es una gran novela de amor. Del amor imposible. En el amor se da lo que no se tiene y se recibe lo que no se da y ahí está la presencia del ser amado nunca visto, el amor a un mundo más humano nunca visto y torpemente entrevisto, el amor a una mujer que no es y a una justicia para todos que no es. Son amores diferentes pero se juntan en un haz de fuego. ¿Y acaso no quisimos hacer quijotadas en alguna ocasión, ayudar a los flacos y menesterosos? ¿Luchando contra molinos de aspas de acero, que ya no de madera? ¿Despanzurrando odres de vino en vez de enfrentar a los dueños del dolor ajeno? ¿"En este valle de lágrimas, en este mal mundo que tenemos -dice Sancho-, donde apenas se halla cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería"?
He celebrado hace dos años, con ocasión de la entrega del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, mi llegada a una España que no acepta las aventuras bélicas y que rompe clausuras sociales que hieren la intimidad de las personas. Hoy celebro nuevamente a una España empeñada en rescatar su memoria histórica, único camino para construir una conciencia cívica sólida que abra las puertas al futuro. Ya no vivimos en la Grecia del siglo V antes de Cristo en que los ciudadanos eran obligados a olvidar por decreto. Esa clase de olvido es imposible. Bien lo sabemos en nuestro Cono Sur.
Para San Agustín, la memoria es un santuario vasto, sin límite, en el que se llama a los recuerdos que a uno se le antojan. Pero hay recuerdos que no necesitan ser llamados y siempre están ahí y muestran su rostro sin descanso. Es el rostro de los seres amados que las dictaduras militares desaparecieron. Pesan en el interior de cada familiar, de cada amigo, de cada compañero de trabajo, alimentan preguntas incesantes: ¿cómo murieron? ¿Quiénes lo mataron? ¿Por qué? ¿Dónde están sus restos para recuperarlos y darles un lugar de homenaje y de memoria? ¿Dónde está la verdad, su verdad? La nuestra es la verdad del sufrimiento. La de los asesinos, la cobardía del silencio. Así prolongan la impunidad de sus crímenes y la convierten en impunidad dos veces.
Enterrar a sus muertos es una ley no escrita, dice Antígona, una ley fija siempre, inmutable, que no es una ley de hoy sino una ley eterna que nadie sabe cuándo comenzó a regir. "¡Iba yo a pisotear esas leyes venerables, impuestas por los dioses, ante la antojadiza voluntad de un hombre, fuera el que fuera!", exclama. Así habla de y con los familiares de desaparecidos bajo las dictaduras militares que devastaron nuestros países. Y los hombres no han logrado aún lo que Medea pedía: curar el infortunio con el canto.
Hay quienes vilipendian este esfuerzo de memoria. Dicen que no hay que remover el pasado, que no hay que tener ojos en la nuca, que hay que mirar hacia adelante y no encarnizarse en reabrir viejas heridas. Están perfectamente equivocados. Las heridas aún no están cerradas. Laten en el subsuelo de la sociedad como un cáncer sin sosiego. Su único tratamiento es la verdad. Y luego, la justicia. Sólo así es posible el olvido verdadero. La memoria es memoria si es presente y así como Don Quijote limpiaba sus armas, hay que limpiar el pasado para que entre en su pasado. Y sospecho que no pocos de quienes preconizan la destitución del pasado en general, en realidad quieren la destitución de su pasado en particular.
Pero volviendo a algunos párrafos atrás: hay tanto que decir de Cervantes, de este hombre tan fuera del uso de los otros. De sus neologismos, por ejemplo. Salvo él, nadie vio a una persona caminar asnalmente. O llevar en la cabeza un baciyelmo. O bachillear. Don Quijote aprueba la creación de palabras nuevas, porque "esto es enriquecer la lengua, sobre quien tienen poder el vulgo y el uso". Hace unos años ciertos poetas lanzaron una advertencia en tono casi legislativo: no hay que lastimar al lenguaje, como si éste fuera río coagulado, como si los pueblos no vinieran "lastimándolo" desde que empezaron a nombrar. Cuando Lope dice "siempre mañana y nunca mañanamos" agranda el lenguaje y muestra que el castellano vive, porque sólo no cambian las lenguas que están muertas. La lengua expande el lenguaje para hablar mejor consigo misma.
Esas invenciones laten en las entrañas de la lengua y traen balbuceos y brisas de la infancia como memoria de la palabra que de afuera vino, tocó al infante en su cuna y le abrió una herida que nunca ha de cerrar. Esas palabras nuevas, ¿no son acaso una victoria contra los límites del lenguaje? ¿Acaso el aire no nos sigue hablando? ¿Y el mar, la lluvia, no tienen muchas voces? ¿Cuántas palabras aún desconocidas guardan en sus silencios? Hay millones de espacios sin nombrar y la poesía trabaja y nombra lo que no tiene nombre todavía.
Esto exige que el poeta despeje en sí caminos que no recorrió antes, que desbroce las malezas de su subjetividad, que no escuche el estrépito de la palabra impuesta, que explore los mil rostros que la vivencia abre en la imaginación, que encuentre la expresión que les dé rostro en la escritura. El internarse en sí mismo del poeta es un atrevimiento que lo expone a la intemperie. Aunque bien decía Rilke: "[...] lo que finalmente nos resguarda/es nuestra desprotección". Ese atrevimiento conduce al poeta a un más adentro de sí que lo trasciende como ser. Es un trascender hacia sí mismo que se dirige a la verdad del corazón y a la verdad del mundo. Marina Tsvetaeva, la gran poeta rusa aniquilada por el estalinismo, recordó alguna vez que el poeta no vive para escribir. Escribe para vivir. "
21 Abr 2008
Viaje a Sicilia
Mi amigo Graham me pregunta desde Inglaterra, mediante un comentario en el post anterior, si voy a contar algo de mi viaje a Sicilia. Bueno, pues sí, accedo a su sutil insinuación y aquí van algunas pinceladas.
Fue un viaje organizado para profesores de mi instituto, y para los familiares y amigos que quisieran unirse al mismo, y se desarrolló a lo largo de una semana, en julio de 2005.

Un vuelo nocturno directo desde Madrid nos dejaba en Palermo al amanecer.
Por la ventanilla
se ve el alba clara
que en el cielo limpia
la noche cerrada.

Después de un día en la capital, seguimos ruta en un autobús, pasando por ciudades cuyos nombres retumbaban en nuestra memoria: Segesta, Selinunte, Agrigento, Siracusa, Ortigia, Acireale, Catania, Taormina, Cefalú, Messina...
bajando del teatro, un templo inacabado de columnas dóricas en medio del campo... y, entre sus columnas, el mar azul bañándolo.
Agua, tierra, mar y cielo, mercados, templos, ruinas, gentes diversas, misterio.
Mares
celestes, grises, turquesas
azules, verdes, granates.
Mares de nombres rotundos,
nombres bellos y diáfanos,
Tirreno, Jónico, Mediterráneo,
bañando tierras muy fértiles
y secarrales escuálidos.

Impresionante y misterioso, el Etna se nos presenta en todo su esplendor.
Etna gigante De vuelta a Palermo, otro día de propina, un recorrido por su centro histórico y algunas sorpresas que surgían en el paseo.
en la última guerra. Palacetes e iglesias arrumbados, tiestos y ropas tendidas. La gente camina y mira en este barrio de un alma viva y frágil, pobre y cálida. Mercado de Ballerò, Un alma palermitana. Sicilia, tierra muy codiciada a lo largo de la historia, por su situación estratégica en medio del Mediterráneo, ofrece al viajero innumerables muestras del paso de los más diversos pueblos: griegos, romanos, árabes, normandos, aragoneses, españoles. Todos nos sentíamos sorprendidos de la diversidad cultural que enriquece la identidad de la isla,; tanto, que nos parecía inaceptable y simplón preguntar por la consabida mafia, como si Sicilia y mafia fueran uno y lo mismo.
Sicilia, Etna, Palermo, Agrigento, Siracusa, Catania, Tirreno, Jónico,
en mi memoria escolar. sus gente, sus afanes, su mirada, el mar azul y el cotidiano vivir.


