18 Oct 2008

Edmundo Valadés: La muerte tiene permiso

Escrito por: Jesús Ortega el 18 Oct 2008 - URL Permanente

Sobre el estrado, los ingenieros conversan, ríen. Se golpean unos a otros con bromas incisivas. Sueltan chistes gruesos cuyo clímax es siempre áspero. Poco a poco su atención se concentra en el auditorio. Dejan de recordar la última juerga, las intimidades de la muchacha que debutó en la casa de recreo a la que son asiduos. El tema de su charla son ahora esos hombres, ejidatarios congregados en una asamblea y que están ahí abajo, frente a ellos. "Sí, debemos redimirlos. Hay que incorporarlos a nuestra civilización..."

Así comienza "La muerte tiene permiso" (1955), obra maestra del cuento mexicano y latinoamericano, sin duda el cuento más famoso de Edmundo Valadés.

Y sigue el cuento: sobre el estrado, los ingenieros miran de reojo y peroran con insultante suficiencia sobre qué estilo de gobierno aplicar a estos campesinos a los que la revolución mexicana dice defender, entre el despotismo ilustrado y la mano dura, y gastan bromas antes de dar comienzo a la asamblea.

Los de abajo están callados, "con el recogimiento del hombre campesino que penetra en un recinto cerrado: la asamblea o el templo". En el estrado el presidente se atusa los bigotes, agita la campanilla y anima a los campesinos a que hablen. "Queremos ayudarlos, pueden confiar en nosotros". Los campesinos levantan poco a poco las manos y hablan tímidamente de sus problemas, el cacique, el agua, la escuela. Pero al fondo hay un grupito que cuchichea. Son del mismo pueblo y no se atreven a hablar. Por fin eligen a un representante, el más decidido, el más concernido por aquello que los ha traído hasta allí. Es un campesino llamado Sacramento.

"Queremos hablar por los de San Juan de las Manzanas, dice. Traemos una queja contra el Presidente Municipal".

Y empieza a desgranar el rosario de agravios infringidos por el alcalde. Habla sin énfasis, como si estuviera arando la tierra. Habla de arbitrariedades sin cuento, de latrocinios, de usura, de la violación de unas muchachas, del asesinato de su propio hijo a manos de los sicarios del cacique: "me lo devolvieron difunto, con la cara destrozada". Y Sacramento concluye: "Ya nos cansamos de estar a merced de tan mala autoridad. Y como nadie nos hace caso, queremos tomar aquí providencia. A ustedes, que nos prometen ayudarnos, les pedimos su gracia para castigar al Presidente Municipal de San Juan de las Manzanas..."

El estrado se agita. Los ingenieros discuten. Por un lado tienen miedo de los campesinos, de su reacción oscura y violenta si no se hace justicia ante lo que parece el abuso criminal de uno de los suyos. Pero son los garantes de la ley, y no deben -no deberían- sancionar la barbarie campesina del ojo por ojo. Al final deciden no decidir, sino someter la decisión a la asamblea. El presidente de la mesa se levanta:

"Los que estén de acuerdo en que se les dé permiso para matar al Presidente Municipal que levanten la mano..."

Todos sin excepción levantan la mano. Los ingenieros también.

El presidente habla: "La asamblea da permiso a los de San Juan de las Manzanas para lo que solicitan".

Entonces Sacramento dice:

"Pos muchas gracias por el permiso, porque como nadie nos hacía caso, desde ayer el Presidente Municipal de San Juan de las Manzanas está difunto."

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[Fin del cuento]

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Si lo queréis leer entero:

http://www.juridicas.unam.mx/publica/librev/rev/derhum/cont/35/pr/pr34.pdf

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De todas las lecciones incluidas en "La muerte tiene permiso" (no hablo ahora de las otras), la creación sostenida y equilibrada de la intensidad dramática es una de las que más me maravillan. Hay que notar que en el tiempo del cuento no sucede nada, el cuento no es más que una escena en la que unas personas hablan. Todo aquello de lo que trata el cuento sucede o ha sucedido ya en otra parte. Comienza pues en un apacible llano (la descripción del estrado, los ingenieros, la asamblea de campesinos), a partir del cual la tensión no podrá hacer otra cosa que ascender (como en curvas, como en oleadas, con cada nuevo giro de la conversación) hasta llegar al clímax ("la asamblea da permiso para matar al presidente"), clímax que tiene una coda en forma de sorpresa burlona y congruente: como nadie nos hacía caso, nosotros ya lo matamos.

Magistral.

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[ Edmundo Valadés, La muerte tiene permiso, México, Fondo de Cultura Económica, 1969 ]

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[ contar el cuento ]

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9 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Daniel Yáñez González-Irún dijo

Jesús, gracias por habernos presentado a este autor mejicano. Desconocía ese cuento y al autor.
Yo estoy por esa "intensidad" escénica, las descripciones de paisajes o personas me aburren. ¡La culpa la tiene el ruso de El Idiota!
Un abrazo y suete con todo.
Paz y libertad.
Daniel.

isaperezdelpulgar dijo

Maravilloso y magistral.
Jesús, ¿no crees que no basta con la precisión, el conocimiento técnico, la habilidad para jugar con la sintáxis para que una obra sea magistral? ¿ Que vaya mucho más allá de su estructura y atraviese la emoción del lector?
Hay libros, poemas, cuentos...............bien escritos, con buen armazón pero tan frios que solo provocan indiferencia............igual ocurre con las demás manifestaciones artísticas.
¿Qué nombre darías a eso? ¿ como lo definirías? y ¿ de donde crees que sale?.
Calurosos saludos

Jesús Ortega dijo

¡Hola, DANIEL!
Sí, el ruso de El idiota tiene la culpa de muchas cosas, ja ja ja
(un abrazo, gracias y ya sabes que te deseo toda la suerte a ti también)

ISABEL... qué nombre daría a eso... a esa fría perfección técnica que no nos emociona... pues la llamaría tal cual: fría perfección técnica.

Más allá de las modas y los esnobismos (que hacen creer a mucha gente que le gustan cosas que en realidad no le gustan), lo que tiene que tener una obra de arte para emocione es algo indefinible, distinto para cada persona...

Lo que a mí me emociona a ti te puede dejar fría, y al revés.

Esto es lo grande y hermoso de las manifestaciones artísticas humanas, que no hay reglas ni verdades inmutables...

Por supuesto, calurosos.
J.

LU

LU dijo

Si...lo que tiene que tener una obra de arte para emocionar es algo indefinible, distinto para cada persona...eso es lo grande y hermoso, que no hay reglas ni verdades inmutables...
Jesus..que puedo decirte....Gracias. Tambien desconocia al autor y al cuento..y eso que esta
ahisitonomas...tan cerca y tan lejos, pero con tu post por medio muchas cosas van siendo posibles. LU

rafaelcanaris dijo

Desde luego, Jesús, la escena elegida está llena de cinematografía litararia, parece que hay una cámara que se mueve de aquí allá mostrándonos el espacio, los personajes y hasta el ambiente de la sala. Tiene mucha intensidad, parece que se atrapa al lector con una soga y ya no se le suelta. Denota autenticidad.

Una buena elección. No leí este libro. Apuntado queda.

Valdemar Canaris

Angel Pasos dijo

Saludos, Jesús. Te leo. Gracias por compartir.

Jesús Ortega dijo

Sí, Lu, Valadés es de ahísito nomás... Esa marea brown que amenaza con reconquistar por completo los EE UU...

Gracias a vosotros, Ángel y Valdemar...

Abrazos y abrazos
J.

bla bla bla

bla bla bla dijo

bla bla bla mejor vayanse a dormir
sip

chinguen su madre
bye

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Sobre este blog

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El clavo en la pared

Jesús Ortega (Melilla, 1968) es autor de los libros de cuentos "El clavo en la pared" (Cuadernos del Vigía, 2007) y "Calle Aristóteles" (Cuadernos del Vigía, 2011), y está incluido en las antologías "Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual" (Menoscuarto, 2010) y "Pequeñas resistencias 5. Antología del nuevo cuento español" (Páginas de Espuma, 2010).
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