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    <body>Los novelistas conviven &#237;ntimamente con sus personajes de ficci&#243;n durante el tiempo que dura la escritura de la novela. Las relaciones que se establecen entre una y otra parte son de una inextricable complejidad. Pero &#191;qu&#233; sucede cuando el personaje de la novela es un hombre de carne y hueso, un asesino, y la novela se est&#225; escribiendo mientras los tribunales deciden su vida y su muerte? &#191;Y si el escritor, que sabe que tiene entre manos la posibilidad de una obra maestra, necesita pasar cientos de horas en la c&#225;rcel con su personaje para extraer de &#233;l la materia necesaria? &#191;Hasta d&#243;nde debe seducir, enga&#241;ar o desnudar su alma para conseguir que el personaje hable? &#191;Y si el escritor se encari&#241;a de &#233;l? &#191;Y si se enamora? &#191;Y si la obra exige para su terminaci&#243;n precisamente la muerte del personaje? Perry Smith, el asesino de cuatro personas en un pueblo de Kansas, deb&#237;a morir para que una novela de no-ficci&#243;n llamada &lt;EM&gt;A sangre fr&#237;a &lt;/EM&gt;terminara como lo hacen las novelas de verdad. &#191;A qu&#233; precio moral escribi&#243; Truman Capote su libro, de cuyo &#233;xito no se repondr&#237;a, y tras el cual no volver&#237;a a escribir nada relevante durante el resto de su vida? &#191;Qu&#233; hubiera sucedido de haber podido elegir (en la realidad, pues en el deseo eligi&#243;) entre salvar una vida o terminar &lt;EM&gt;A sangre fr&#237;a?&lt;/EM&gt; De todo esto y algo m&#225;s trata &lt;EM&gt;Historia de un crimen (Infamous)&lt;/EM&gt;, una pel&#237;cula opacada injustamente por la famosa &lt;EM&gt;Capote&lt;/EM&gt;, en tantos aspectos tan buena como esta y, en lo que respecta al asunto que voy a abordar, m&#225;s profunda y compleja.

&lt;EM&gt;Historia de un crimen &lt;/EM&gt;y &lt;EM&gt;Capote&lt;/EM&gt; basan su gui&#243;n en dos biograf&#237;as distintas, la primera de George Plimpton, la segunda de Gerald Clarke. Este dato no dice nada sobre la calidad de cada una, salvo que el texto de Plimpton es una biograf&#237;a coral hecha de entrevistas a m&#225;s de cien personas, y esta multiplicidad de miradas la recoje con acierto la pel&#237;cula. Si &lt;EM&gt;Capote&lt;/EM&gt; tiene m&#225;s empaque y est&#225; mejor construida, &lt;EM&gt;Historia de un crimen &lt;/EM&gt;es mucho m&#225;s sutil y polis&#233;mica. Los Truman Capote encarnados respectivamente por Philip Seymour Hoffman y Toby Jones son tan veros&#237;miles como diferentes, pues cada actor compone su retrato a partir de una elecci&#243;n distinta de matices psicol&#243;gicos. Pero enfrentados a la dif&#237;cil escritura del libro, Capote-Hoffman no deja de parecerme en todo momento el irritante demiurgo creador, el genio superior a sus personajes, implacable y certero en la construcci&#243;n de la obra maestra, mientras que en Capote-Jones contemplo su sufrimiento, sus grietas, sus defectos, sus vacilaciones. De las dos pel&#237;culas, en fin, la celebrada &lt;EM&gt;Capote&lt;/EM&gt; no resulta ser sino otro ejemplo m&#225;s de la cl&#225;sica hagiograf&#237;a del gran hombre, mientras que &lt;EM&gt;Infamous&lt;/EM&gt; cuenta algo m&#225;s: c&#243;mo se escribi&#243; &lt;EM&gt;A sangre fr&#237;a&lt;/EM&gt;.

(...)

Una de sus exc&#233;ntricas amigas, Babe Paley, le suelta al final la pregunta &#233;tica que sobrevuela toda la pel&#237;cula: "&#191;Crees que tu libro vale una vida humana?". Pregunta que ampliada resulta: &#191;vale todo el arte una sola vida humana?

(...)

&lt;STRONG&gt;&lt;FONT color=#cc0000&gt;Mi art&#237;culo completo, bajo el t&#237;tulo de "Matar al personaje", se acaba de publicar en el n&#250;mero 2 de &lt;EM&gt;Metakinema. Revista de Cine e Historia&lt;/EM&gt;, dirigida por el profesor de la UGR Francisco Salvador Ventura. 
&lt;/FONT&gt;
&lt;/STRONG&gt;Si lo quer&#233;is leer:

&lt;A href="http://www.metakinema.es/metakineman2s2a1.html"&gt;http://www.metakinema.es/metakineman2s2a1.html&lt;/A&gt;

.

 











 

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    <title>&#191;Crees que tu libro vale una vida humana?</title>
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    <body>Aquellos domingos por la tarde, en Coney Island, Nueva York, me deslumbraba ver c&#243;mo un grupo de desharrapados, pobres entre los m&#225;s pobres, buscaba un hueco en la playa donde ponerse a tocar, a cantar y a bailar lo que llaman salsa, jazz, funk o rap, hasta que desaparec&#237;an tragados por la madrugada en una combusti&#243;n de caderas, culos, piernas y manos cocinada a fuego lento en el delirio de la m&#250;sica. 

La m&#250;sica, "el arte de construir el tiempo mediante sonidos no ling&#252;&#237;sticos", celestinea los cuerpos, los traspasa, los arrebata, los libera y los empuja al encuentro. La m&#250;sica resulta, entonces, un inesperado aliado que la carne halla en el esp&#237;ritu. Al maltrecho lumpen que esos domingos por la tarde celebraba seguir vivo bailando en Coney Island le hubiera tra&#237;do sin cuidado saber que protagonizaba un caso claro de ebriedad dionis&#237;aca. Poco les importar&#237;a a ellos si hac&#237;an o escuchaban buena o mala m&#250;sica, en qu&#233; lugar entre lo culto y lo popular o entre lo popular-puro y lo popular-degradado se hallaban. 

Bailaban, beb&#237;an, se abrazaban. Seguramente nunca supieron que la m&#250;sica simboliz&#243; alguna vez el lenguaje primitivo de las pasiones, la traducci&#243;n no corrompida del fondo oscuro del alma. A ellos, como a nosotros, la m&#250;sica los acercaba, los estrechaba, los descoyuntaba, los hac&#237;a gritar, los llevaba al amor. Su manera de sentir la m&#250;sica no pasaba por armon&#237;a pitag&#243;rica alguna. El jazz y la salsa exaltaban la carne y buscaban en la comunicaci&#243;n entre los cuerpos su raz&#243;n de ser. 

En &lt;EM&gt;Rayuela&lt;/EM&gt;, Cort&#225;zar dej&#243; algunas de las m&#225;s influyentes analog&#237;as entre jazz y sexo que se han escrito: "muchachas que prefieren bailar mientras escuchan &lt;EM&gt;Star Dust&lt;/EM&gt;, y huelen despacio y dulcemente a perfume y a piel y a calor, se dejan besar cuando es tarde y alguien ha puesto &lt;EM&gt;The blues with a feeling &lt;/EM&gt;y casi no se baila, solamente se est&#225; de pie, balance&#225;ndose, y todo es turbio y sucio y canalla y cada hombre quisiera arrancar esos corpi&#241;os tibios mientras las manos acarician una espalda y las muchachas tienen la boca entreabierta y se van dando al miedo delicioso y a la noche, entonces sube una trompeta posey&#233;ndolas por todos los hombres, tom&#225;ndolas con una sola frase caliente que las deja caer como una planta cortada..."

Nadie discute que la palabra jazz tiene su origen en el sexo, en la fuerza vital. Para los negros del sur de Estados Unidos, &lt;EM&gt;jass&lt;/EM&gt; pd&#237;a querer decir danza, vitalidad, copulaci&#243;n, vagina, esperma. Los franceses la hicieron derivar de un vocablo del &lt;EM&gt;patois&lt;/EM&gt; criollo que ten&#237;a el sentido de excitar, estimular. Dizzy Gillespie insist&#237;a en que &lt;EM&gt;jasi&lt;/EM&gt;, en un dialecto africano, quer&#237;a decir "vivir a ritmo acelerado". Para el escritor y saxofonista checo Josef Skvorecky, autor de un hermoso relato llamado &lt;EM&gt;El saxof&#243;n bajo&lt;/EM&gt;, la esencia &#250;ltima del jazz reside en algo tan elemental como "la vitalidad, una explosi&#243;n de energ&#237;a creativa tan impresionante como la de cualquier otra forma de arte verdadero".

Skvorecky vivi&#243; en la Praga ocupada por los nazis la persecuci&#243;n que sufr&#237;a esa m&#250;sica que Goebbels llam&#243; "judeonegroide". Se preguntaba Goebbels, el ministro de propaganda de Hitler, si la radio alemana deb&#237;a o no emitir tal m&#250;sica, y emiti&#243; su veredicto: "Si por jazz nos referimos a aquella m&#250;sica que se basa en el ritmo y prescinde por completo o incluso muestra desprecio por la melod&#237;a, aquella m&#250;sica en la que se se&#241;ala el ritmo de un modo primario mediante los horribles sonidos de ciertos instrumentos quejumbrosos que tan insultantes resultan para el esp&#237;ritu, en ese caso &lt;EM&gt;debemos responder de modo negativo&lt;/EM&gt;". 

El tambi&#233;n jazzista Boris Vian advert&#237;a en 1949: "Padres, desconfiad del jazz. Produce una reacci&#243;n gen&#233;sica violenta: &lt;EM&gt;pubertas precox&lt;/EM&gt;". Era la misma &#233;poca en que el primer ministro franquista de Informaci&#243;n y Turismo, Arias-Salgado, quer&#237;a castellanizar a Thelonious Monk convirti&#233;ndolo en Celedonio el Monje y llamaba personalmente a las emisoras de radio para ordenar la entrega y destrucci&#243;n de discos de jazz. Y Skvorecky, que sobrevivi&#243; a los nazis, se qued&#243; en Praga el tiempo suficiente para comprobar que las nuevas autoridades estalinistas ten&#237;an por el jazz la misma desconfianza y le aplicaban denominaciones muy parecidas: arte "pervertido", "decadente", "degradante", "falso", "degenerado", "hipidos de borracho", "m&#250;sica de can&#237;bales".

Quiz&#225; el jazz no apelaba a lo sublime sino a lo bello. &#191;Y qu&#233; puede haber m&#225;s bello que un cuerpo liberado por la m&#250;sica (aunque no sea jazz)?

Hoy nos burlamos de aquellas prohibiciones. Elegimos una banda sonora distinta para cada d&#237;a, y si pese a todo nos sigue faltando vitalidad entonces vamos a la tienda o entramos en Internet y compramos o descargamos una met&#225;fora: un disco, por ejemplo. Dicen que estamos saciados, y que eso es malo. Cuando se trata de m&#250;sica no lo creo. Nunca se sabe si ma&#241;ana no nos la prohibir&#225;n, y por experiencia propia y ajena s&#233; que cuando en la vida parecen haber fracasado todos los remedios, a veces acude la m&#250;sica con la soluci&#243;n escondida en una nota. Como en Coney Island.











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    <title>Hipidos de borracho, m&#250;sica de can&#237;bales</title>
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    <body>En sus casas coleccionan todos los agravios que les hicieron. Cada agravio est&#225; plantado en una maceta de la que cuelga un cartelito con la fecha, el causante del agravio y una premiosa descripci&#243;n del mismo. Hay agravios muy antiguos, de cuando eran ni&#241;os, y con los a&#241;os han trepado por las paredes y cubren habitaciones por entero. Los Pollock riegan cada d&#237;a las macetas de sus agravios y leen los carteles correspondientes, ritual que les permite no olvidar nunca nada de lo que les hicieron.

Los Pollock no pierden oportunidad para recordar a quienes los rodean que ellos son grand&#237;simas v&#237;ctimas.

Viven solos, aunque a rachas comparten su casa con alg&#250;n incauto al que han convencido de que los agravios de Pollock tambi&#233;n son los suyos. Los incautos van y vienen y nunca duran mucho, pues suelen escapar corriendo en el momento en que se ven a s&#237; mismos regando alguna maceta, y Pollock vuelve a estar solo una y otra vez. A veces Pollock da con Pollock y se convierten en una larga pareja estable, pues juntos alimentan felizmente su resentimiento. 

Pollock odia. Su rencor no se sacia con nada. Se siente universalmente justificado para sacar ventaja en todos los asuntos, aqu&#237; y all&#225;, aun del modo m&#225;s artero, pues el mundo le debe algo, y no hay nada ni nadie que no sea susceptible de personificar alguno de los agravios padecidos. 

Todos los que se acercan a alg&#250;n Pollock acaban sinti&#233;ndose horriblemente culpables. Para evitarlo toman una infusi&#243;n de hibisco, salvia de los prados y l&#237;quen de Islandia, que tambi&#233;n puede ingerirse en c&#225;psulas o ponerse en el cutis como emulsi&#243;n.

Pollock necesita tener cerca a alguien a quien motejar de malvado. Necesita malos oficiales para que su resentimiento tenga una apariencia p&#250;blica razonable. Suele necesitar de peque&#241;os agravios ciertos para justificar los otros, los inventados. Pollock se alegra cuando las cosas van mal, pues es un gran augur de la desgracia. Dif&#237;cilmente se le escuchar&#225; hablar bien de alguien, salvo que se alinee ciegamente con &#233;l. Lleva muy mal la contradicci&#243;n, que en el acto toma por agresi&#243;n. Llevar la contraria a un Pollock es convertirse en su enemigo.

Si Pollock se siente d&#233;bil, utilizar&#225; el victimismo. Si se siente fuerte, se convertir&#225; en un s&#225;dico. Pollock tiende a la paranoia y le encantan las teor&#237;as conspirativas. 

Pollock puede adscribirse a ideolog&#237;as y opiniones pol&#237;ticas que le sirvan de cortina de humo para ocultar la verdadera naturaleza de su resentimiento, aunque no necesariamente.

Para detectar a un Pollock basta con modificar el paisaje donde se agitan sus resentimientos. Si hay personas distintas, situaciones distintas y relaciones distintas y sin embargo Pollock sigue odiando, &#161;cuidado!: ah&#237; hay un Pollock. Eso en la vida.

En literatura el resentimiento es un maravilloso mecanismo de penetraci&#243;n en lo que los cl&#225;sicos llamaban el alma humana. Hay resentidos mezquinos y grandiosos, y todos nos retratan. Antes de incorporar a uno a tu ficci&#243;n narrativa, recomiendo, adem&#225;s de la observaci&#243;n de la vida alrededor, la lectura de &lt;EM&gt;Otelo&lt;/EM&gt;, &lt;EM&gt;Michael Kohlhaas&lt;/EM&gt;, &lt;EM&gt;Sobre h&#233;roes y tumbas&lt;/EM&gt;, &lt;EM&gt;Los hermanos Karamazov&lt;/EM&gt;, &lt;EM&gt;Yerma&lt;/EM&gt; y &lt;EM&gt;En busca del tiempo perdido&lt;/EM&gt;. 
.

 &lt;STRONG&gt;&lt;FONT color=#3333ff&gt;[Art&#237;culos]&lt;/FONT&gt;&lt;/STRONG&gt;

 .












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    <title>Pollock el resentido</title>
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    <body>El destino es un encadenamiento de los sucesos considerado necesario y fatal. El azar es una combinaci&#243;n de circunstancias que no se pueden prever ni evitar. Eso dice el diccionario. 

Recuerdo una frase o una escena de &lt;EM&gt;Vacaciones permanentes&lt;/EM&gt;, la primera pel&#237;cula de Jim Jarmusch. John Lurie dec&#237;a algo as&#237; como que mientras vivimos vamos trazando una l&#237;nea en un papel en blanco, pero estamos tan cerca de nuestra mano que no podemos ver el dibujo, s&#243;lo la l&#237;nea. Al morir se nos concede poder ver completo el papel, y es entonces cuando logramos ver la figura y el dibujo de nuestra vida.

Me pareci&#243; una buena imagen, pero una imagen consoladora. Tendemos a convertir el azar en destino. Quiz&#225; por miedo, quiz&#225; por necesidad y ansia de comprender. 

En las novelas de Maqroll el Gaviero de &#193;lvaro Mutis (sobre todo en &lt;EM&gt;La nieve del almirante &lt;/EM&gt;y en &lt;EM&gt;La &#250;ltima escala del Tramp Steamer&lt;/EM&gt;) se aprende mucho sobre el azar y el destino. 

"El azar es siempre sospechoso, son muchas las m&#225;scaras que lo imitan".

"Hay coincidencias que, al violar toda previsi&#243;n posible, pueden llegar a ser tan intolerables porque proponen un mundo donde rigen leyes que ni conocemos ni pertenecen a nuestro orden habitual". 

"Dios m&#237;o, qu&#233; caminos escoge la vida. Y uno que piensa tenerlos a su arbitrio. Qu&#233; inocentes somos. Vamos siempre tanteando en la oscuridad". 

"Uno tiene que estar siempre preparado para esas sorpresas que suelen madurar y saltar a la superficie sin que hayamos percibido su proceso. Son cosas que han empezado tiempo atr&#225;s". 

Son cosas que han empezado tiempo atr&#225;s, dice. Maqroll (porque es Maqroll quien narra, y no Mutis) adopta en el fondo la doctrina de Schopenhauer, que dice que el azar lo mueve siempre el dedo de la providencia. En todo caso, alg&#250;n tipo de providencia. Una providencia juguetona que cambia las reglas a cada paso. Una providencia que, como en el accidente de Spanair, ha repartido los papeles (vivir, morir) de manera absurda y caprichosa.











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    <title>El azar, Jim Jarmusch y Maqroll el Gaviero</title>
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    <body>La posibilidad de morir en un avi&#243;n es m&#225;s peque&#241;a que la de que te toque la loter&#237;a. A&#250;n m&#225;s inconcebible es encontrarte entre los pocos que salvan la vida en un avi&#243;n que cae, estalla y se incendia, o salvar la vida precisamente porque llegaste tarde (t&#250; que nunca llegas tarde) a ese avi&#243;n que era el tuyo. 

En sus &lt;EM&gt;Parerga y paralip&#243;mena &lt;/EM&gt;Schopenhauer import&#243; y publicit&#243; con gran &#233;xito una vieja creencia de las filosof&#237;as hind&#250;es, la de que no hay nada fortuito. Lo que creemos casual es causal. Cada acontecimiento es el eslab&#243;n individual de una cadena de causas y efectos que avanza muy atr&#225;s en la l&#237;nea del tiempo. "Todo tiene lugar de modo necesario, e incluso el propio car&#225;cter simult&#225;neo de aquello que no est&#225; relacionado por una explicaci&#243;n causal, y a lo que se le da el nombre de &lt;STRONG&gt;azar&lt;/STRONG&gt;, supone una vinculaci&#243;n sellada por la necesidad, por ciertas causas ubicadas en un pasado muy remoto..."

El narrador de &lt;EM&gt;Sobre h&#233;roes y tumbas &lt;/EM&gt;de Ernesto S&#225;bato es un seguidor de Schopenhauer, si es que no lo era el propio autor. No hay casualidades sino destinos. No se encuenta sino lo que se busca, y "se busca lo que en cierto modo est&#225; escondido en lo m&#225;s profundo y oscuro de nuestro coraz&#243;n". Raz&#243;n por la cual parece como que uno termina por encontrarse al final con las personas que debe encontrar. 

El destino es algo confuso y equ&#237;voco, no se manifiesta en abstracto sino que elige sus instrumentos. A veces es un cuchillo, una sonrisa, el motor incendiado de un avi&#243;n. "Esos encuentros en la vida de cada uno que nos parecen asombrosos, no son otra cosa que la consecuencia de esas fuerzas desconocidas. &#191;Por qu&#233; no suponer que todo lo que nos sucede obedece a causas finales?"

&#191;No ser&#225; que los humanos tendemos a interpretar en clave finalista lo que no tiene ning&#250;n sentido? El amor, por ejemplo. 

Leo en Paul Auster (&lt;EM&gt;El arte del hambre&lt;/EM&gt;): "el azar es parte de la realidad. Continuamente nos vemos transformados por las fuerzas de la coincidencia, lo inesperado ocurre en nuestras vidas con una regularidad casi paralizante. Me refiero a la presencia de lo imprevisto. De un momento a otro puede suceder cualquier cosa. Las convicciones de toda una vida pueden desaparecer en un segundo. Nuestras vidas no nos pertenecen, pertenecen al mundo, y a pesar de nuestros esfuerzos por comprenderlo, el mundo va m&#225;s all&#225; de nuestra capacidad de comprensi&#243;n..." 

Me pregunto qu&#233; pensar&#225;n estas personas que se han librado de morir en una ceremonia que parec&#237;a, o bien un latigazo del Destino, o bien una ciega y absurda jugada de dados. Si se sentir&#225;n culpables de estar vivas. Si creer&#225;n que "se merec&#237;an sobrevivir". Si pensar&#225;n que tienen una extraordinaria "buena estrella". Si no entender&#225;n nada, si se alegrar&#225;n sin m&#225;s de estar vivos y continuar&#225;n su existencia como barcas a la deriva, tomando lo que encuentren, con la conciencia l&#250;cida de que el presente es lo &#250;nico que cuenta, y que cada instante puede ser el &#250;ltimo.







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    <title>Auster, S&#225;bato, Schopenhauer y el accidente de Spanair</title>
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