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    <body>1. Leonardo Sciascia no era el tipo de escritor que me interesaba. Me quedaban a&#250;n muchos kerouacs y rimbauds y scotts fitzgeralds que recorrer antes que llegar a las playas del severo escritor siciliano. Pero sab&#237;a que tarde o temprano llegar&#237;a su hora, que Sciascia me estaba esperando en alg&#250;n recodo del camino, y por eso fui acumulando libros suyos en esas baratas ediciones de bolsillo de Bruguera y Alianza (en esas sobrias traducciones de Joaqu&#237;n Jord&#224; y Esther Ben&#237;tez), sin importarme si los hojeaba y abandonaba con la misma rapidez.

2. A Sciascia no le gustaba la m&#250;sica. Ten&#237;a un aspecto r&#237;gido, una rigidez de juez de guardia o de notario, dulcificada por una tristeza machadiana de maestro de escuela (fue maestro de escuela: c&#243;mo debieron de aburrirse aquellos ni&#241;os). En su rostro destacaban los ojos inteligent&#237;simos y el rictus t&#237;mido y amargo de los labios apretados (Juan Garc&#237;a Hortelano ten&#237;a un aire parecido al suyo, pero en bonach&#243;n). 

3. La literatura ten&#237;a para &#233;l una funci&#243;n moral: Sciascia detestaba la "decoraci&#243;n" y el "entretenimiento". Todas sus obras abordan con seriedad absoluta grandes temas, a menudo de manera aleg&#243;rica, simb&#243;lica, metaf&#243;rica, y todos los grandes temas de Sciascia terminan en el fondo siendo dos, o quiz&#225; uno, el mismo: la injusticia de la Justicia, la perversidad del ejercicio del poder, de cualquier clase de poder.

4. Sciascia fue un intelectual en toda la extensi&#243;n de la palabra. No rehuy&#243; participar en cuantas espinosas pol&#233;micas p&#250;blicas se plantearan en Italia durante toda la segunda mitad del siglo XX (la mafia, la Iglesia, el fascismo, el terrorismo, la corrupci&#243;n gubernamental, la venalidad de la Justicia. Austero, abstemio (su &#250;nico vicio fue el tabaco), conservador en sus costumbres (se cas&#243; con su primera novia, una buena chica, una maestra de escuela que se puso a su disposici&#243;n y con la que convivi&#243; fielmente hasta su muerte), tuvo una independencia y un coraje c&#237;vico asombrosos. Como si hubiera necesitado procurarse una vida personal ordenada, intachable, aburrida, regulada, carente de sobresaltos, para poder volcar sus energ&#237;as en sus implacables novelas de denuncia.

5. Sciascia no era un biempensante hip&#243;crita; padec&#237;a m&#225;s bien un intransigente prurito de honestidad que lindaba con lo religioso. No se adhiri&#243; sin reflexi&#243;n a las f&#225;ciles buenas causas de sus compa&#241;eros de viaje, no perteneci&#243; a bandos ni se crey&#243; en el lado correcto de las cosas por el hecho de autoproclamarse de determinada ideolog&#237;a, sino que repensaba cada una de sus tomas de posici&#243;n para asegurarse de no ser injusto o insincero, hasta el punto de acabar peleado con muchos de sus amigos y de quedarse a menudo aislado y solo. No abus&#243; de su prestigio, no fue nepotista, no pidi&#243; prebendas, no llam&#243; a amigos jurados de premios literarios para sugerir o dictar los nombres de los ganadores. Fue concejal en Palermo por el Partido Comunista y diputado por el Partido Radical, pero su independencia lo termin&#243; expulsando de la pol&#237;tica. Sin esa intransigencia suya no hubiera podido ser capaz de adoptar el papel del aguafiestas, del hereje, del que lleva la contraria. Hab&#237;a que tener valor para decir ciertas cosas. Prefer&#237;a perder un amigo antes que aceptar una mentira. Pier Paolo Pasolini fue uno de sus mejores amigos.

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&lt;STRONG&gt;(MATTEO COLLURA, &lt;EM&gt;Sciascia. El maestro de Regalpetra&lt;/EM&gt;. Madrid, Alfaguara, 2001. Traducci&#243;n de Mar&#237;a Josefa Palomero)&lt;/STRONG&gt;

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    <title>La hora de Leonardo Sciascia (I)</title>
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    <body>Hay escritores que, aun teniendo una conciencia literaria muy exigente (o quiz&#225; precisamente por eso), no llegan a escribir nunca, o escriben uno o dos libros y luego renuncian a la escritura, o tras poner en marcha una obra en progreso quedan un d&#237;a paralizados para siempre. Son los escritores que "preferir&#237;an no hacerlo", es decir, que hacen suyo el lema de Bartleby, el silencioso y renuente personaje de Melville. Los bartlebys. Los escritores que no escriben; descubiertos, explicados e inventariados por Enrique Vila-Matas en su imprescindible &lt;EM&gt;Bartleby y compa&#241;&#237;a&lt;/EM&gt;.

Uno de los bartlebys c&#233;lebres de la literatura hispanoamericana es Juan Rulfo. Escribi&#243; dos obras maestras, una novela y un libro de cuentos, y dej&#243; para siempre de escribir. Se dec&#237;a que el peso de haber escrito &lt;EM&gt;Pedro P&#225;ramo &lt;/EM&gt;result&#243; terriblemente inhibitorio para su escritura, tal vez porque Rulfo pensaba haberlo escrito "por casualidad" o haciendo de "m&#233;dium" de una misteriosa voz externa a &#233;l, y no se sent&#237;a capaz de responder a las expectativas creadas. Rulfo se invent&#243; al t&#237;o Celerino para justificar su silencio. "&#191;Que por qu&#233; no escribo?, sol&#237;a decir. Pues porque se me muri&#243; el t&#237;o Celerino, que era el que me contaba las historias. Siempre andaba platicando conmigo. Pero era muy mentiroso. Todo lo que me contaba eran puras mentiras, y entonces, naturalmente, lo que escrib&#237; eran puras mentiras..."

Hay otro bartleby amigo de Rulfo que Vila-Matas no incluye en su libro. Me refiero a Edmundo Valad&#233;s, cuyo primer libro de cuentos, &lt;EM&gt;La muerte tiene permiso &lt;/EM&gt;(1955) fue mejor que el segundo (&lt;EM&gt;Las dualidades funestas&lt;/EM&gt;, 1967), y el segundo mejor que el tercero, as&#237; hasta dejar finalmente de escribir. Creo que Valad&#233;s es uno de esos casos en los que primero el periodista y luego el editor se comieron al escritor. Es decir, el escritor Valad&#233;s sucumbi&#243; ante los oficios relacionados con la literatura que parecen ser la literatura pero que no lo son. Fundador en 1964 de la m&#237;tica revista "El Cuento", la dirigi&#243; hasta su muerte, con m&#225;s de 110 n&#250;meros y 1300 cuentos publicados. Si la vida literaria precisa de creadores, tambi&#233;n necesita lectores e impulsores generosos. Valad&#233;s sacrific&#243; su propia obra para alentar la de los dem&#225;s, pues acab&#243; empleando menos energ&#237;a en sus propios cuentos que en leer y publicar los cuentos de otros cuyas carreras literarias deben su primer impulso a Valad&#233;s. 

Edmundo Valad&#233;s, bartleby por generosidad.

En &lt;EM&gt;As&#237; se escribe un cuento &lt;/EM&gt;(Suma de Letras, 2003) Mempo Giardinelli incluye una entrevista al "maestro Valad&#233;s" realizada en 1985, es decir, cuando el escritor mexicano ten&#237;a setenta a&#241;os. Valad&#233;s se confiesa:

"Tengo que admitir que desaprovech&#233; mucho el tiempo. Yo soy escritor de un cuento por a&#241;o, f&#237;jese, cosa que ni me halaga ni me gusta. Me embarqu&#233; en proyectos de novelas que jam&#225;s termin&#233;... le confieso que en cierto sentido me siento un escritor in&#233;dito. Pero eso s&#237;: de lo que tengo consciencia plena es de que soy escritor, de que tengo muchas cosas por decir y que tal vez pueda decirlas bien... Tengo algunas notas, ambientes, papeles inconclusos, ladrillos, digamos, pero falta la casa. Y me duele mucho, Mempo. Usted lo sabe. Pero tengo el gran consuelo: mi revista es muy apreciada y yo lo s&#233;."

Como si hiciera suyas las terribles palabras de Rilke en sus &lt;EM&gt;Cartas a un joven poeta&lt;/EM&gt;, Valad&#233;s advierte: "El oficio de escritor exige una disciplina, exige un arrojo, exige una entrega... Una decisi&#243;n total: decirse soy escritor y tengo el uso de la palabra, pues voy a usarla. Puedo hacer una obra importante o no hacerla, pero eso no importa... No permite evasivas, no permite excusas... Hay que atreverse a todo eso. Pero uno tiene muchas resistencias &#237;ntimas. Una flojera mental, una carencia de disciplina... Yo creo que el camino de un escritor es descubrir su voz interior. Es un minero decidido a encontrar la mina de oro, lo que cuesta un esfuerzo enorme. Que es lo que debe hacer un escritor, &#191;verdad? Un escritor debe dejar todo con tal de no perder esa voz. Porque esa voz se va gastando in&#250;tilmente... por flojera, por falta de disciplina, falta de pasi&#243;n, de coraje, lo que sea... de eso yo tengo conciencia. La va usted conteniendo, la va secando, y esa voz pierde caudal..."

"Le aseguro qe me hago esa pregunta muchas veces, por qu&#233; hace quince a&#241;os que no escribo. Porque cada vez adquiero m&#225;s conciencia de que soy un escritor, de que puedo decir cosas por medio de la palabra. Y no hacerlo, pues... Ah, no se imagina cu&#225;nto me duele... Ese es el drama de tantos escritores: cancelan esa voz interior, la clausuran..."













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    <title>El bartleby Edmundo Valad&#233;s</title>
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    <body>Reci&#233;n vuelto de Grecia, decidido a quitarme la melancol&#237;a y a saber qu&#233; clase de viajero soy seg&#250;n Laurence Sterne, releo el &lt;EM&gt;Viaje sentimental por Francia e Italia&lt;/EM&gt;, en una nueva (2006) y hermosamente editada traducci&#243;n de Max Lacruz Bassols para su fina editorial Funambulista. (Esta es la edici&#243;n que recomiendo y no la mala traducci&#243;n que le&#237; hace a&#241;os y que todav&#237;a veo dando tumbos en ediciones de bolsillo por ferias y librer&#237;as de viejo. La traducci&#243;n de Alfonso Reyes est&#225; reeditada -y lejos- en M&#233;xico, Fondo de Cultura Econ&#243;mica.)

Escrito poco antes de que los rom&#225;nticos empezaran a hacer turismo masivo por toda Europa (se public&#243; en 1768), el &lt;EM&gt;Viaje sentimental &lt;/EM&gt;sigue siendo ese texto inteligente, ligero y encantador, ese texto presidido por el humor y la iron&#237;a cuya estructura es una deliciosa miscel&#225;nea ensay&#237;stico-novel&#237;stica que contiene parodias de cartas, fragmentos narrativos, retratos de personajes, pintura de escenas, reflexiones, aforismos, miniaturas. Viaje ficcionalizado, novela-ensayo, ejemplar inaugural de su especie: el moderno libro de viajes. 

Es notable la cantidad de ideas que aparecen aqu&#237; por primera vez. Conceptos invisibles para nosotros de puro metabolizados. Por ejemplo, la idea de la bondad del viaje como aprendizaje de la tolerancia: "los viajes nos permiten conocer hombres y costumbres distintos y nos ense&#241;an la mutua tolerancia. Y la mutua tolerancia nos ense&#241;a la mutua estimaci&#243;n". O la idea del viaje "vital" y no "cultural". Yorick no va en busca de ruinas e iglesias sino que quiere "experiencias", emociones, mezclarse con la gente, con "la vida": "y por esta raz&#243;n no he visto el Palais Royal, ni el Luxembourg, ni la fachada del Louvre, ni me he preocupado de aumentar los cat&#225;logos que ya poseemos de cuadros, estatuas e iglesias de Francia... mi viaje es en realidad un viaje del coraz&#243;n en busca de emociones."

El viajero sentimental es el viajero de la aventura individual y subjetiva. Ha descubierto que el viaje agudiza sus sentidos y lo predispone a abrirse confiado a las novedades. Una mezcla de curiosidad, buen humor y atenci&#243;n a los detalles ser&#225; su estilo viajero. Saludar&#225; las contingencias, por min&#250;sculas o fastidiosas que sean, que le pueda deparar el viaje. Estar&#225; atento a ellas. Su fantas&#237;a har&#225; engrandecer e intensificar las an&#233;cdotas (a veces irrisorias) que van saliendo a su paso. Una historia galante, por ejemplo. S&#237;: es el primer texto moderno en que se habla de la actitud espiritual en que nos sumerje el viaje. "&#161;Qu&#233; gran volumen de aventuras puede captar en tan breve espacio de vida el que se interesa en todas las cosas, y con los ojos bien abiertos a lo que el tiempo y azar siempre le ofrecen, no desperdicia en su viaje nada de lo que sus manos pueden asir!"

Sterne (que redact&#243; el &lt;EM&gt;Viaje sentimental &lt;/EM&gt;bajo el influjo del loco enamoramiento de una mujer casada, y que morir&#237;a solo y abandonado a los dos meses de su publicaci&#243;n) rechaza a esos amargados que pretenden haberlo visto todo, que todo lo critican y que anuncian la esterilidad de las cosas, a los que viajan en l&#237;nea recta, a esos pedantes que no ven m&#225;s que incomodidades y que pretenden trasladar su propio mundo a los mundos que visitan. Pues el viajero sentimental est&#225; siempre de buen humor, dispuesto a tomar las cosas como vienen. Va en alegre y confiada busca de &lt;EM&gt;lo otro&lt;/EM&gt;: "un ingl&#233;s no viaja para ver ingleses", dice. Observa minucias, por ejemplo minucias ling&#252;&#237;sticas: una expresi&#243;n cazada a un peluquero le sirve para abordar una breve y aguda reflexi&#243;n sobre las diferencias entre la lengua inglesa y francesa, entre el sensato empirismo ingl&#233;s y la gala tendencia a lo sublime "que promete m&#225;s que da."

El viajero sentimental es tambi&#233;n el primer mir&#243;n, el primer &lt;EM&gt;fl&#226;neur&lt;/EM&gt;: "permanec&#237; alg&#250;n tiempo a la puerta del hotel mirando a la gente que pasaba y haciendo conjeturas acerca de ella". El primer aventurero: "el hombre que teme o desde&#241;a entrar en un sitio oscuro podr&#225; ser una excelente persona, capaz de cien cosas, pero nunca ser&#225; un perfecto viajero sentimental". Y un lig&#243;n que se pasa todo el viaje intentando seducir a damiselas de los lugares por donde va. Y, por supuesto, llevar&#225; consigo la vieja fascinaci&#243;n de los ingleses por Francia, llena de resquemor y suspicacias, creadora de t&#243;picos: "los franceses conciben mejor que perciben". "Los franceses son leales, galantes, generosos, ingeniosos y de buen car&#225;cter... si alg&#250;n defecto tienen, es el de ser demasiado serios". 

En su famosa y graciosa lista, tantas veces citada y todav&#237;a vigente, Sterne agrupa las clases de viajeros seg&#250;n viajen por necesidad, por enfermedad del cuerpo o por imbecilidad de la mente. Est&#225;n los viajeros simples, los viajeros ociosos, los viajeros curiosos, los viajeros mentirosos, los viajeros orgullosos, los viajeros vanidosos, los viajeros melanc&#243;licos, los viajeros delincuentes, los viajeros malvados, los viajeros desgraciados, los viajeros inocentes, los viajeros simples y, por &#250;ltimo, los viajeros sentimentales. El autor de Tristram Shandy engrosa &#233;l mismo otra lista, la de los conspicuos escritores tard&#237;os, pues empez&#243; a publicar a los cuarenta y cinco a&#241;os. Siempre que alg&#250;n amigo escritor que a&#250;n no ha publicado me dice "pero ad&#243;nde voy yo a mi edad con mi manuscrito" le contesto: acu&#233;rdate de Sterne. 









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    <body>Hay una clase de biograf&#237;as que no empiezan por los bisabuelos, los t&#237;os y los primos de los biografiados. Suelen estar bien escritas y tener pocas p&#225;ginas. Omiten las notas explicativas, los ap&#233;ndices bibliogr&#225;ficos, los frescos de &#233;poca. Me refiero a esos libros que un escritor decide escribir sobre la vida de otro escritor al que admira. Textos intensos, escuetos, inolvidables, como el que Nuria Amat dedic&#243; a Juan Rulfo, Natalia Ginzburg a Ch&#233;jov o Juan Eduardo Z&#250;&#241;iga a Turgu&#233;niev, por ejemplo. 

&lt;EM&gt;Joseph Conrad. El hombre de ninguna parte&lt;/EM&gt; pertenece a esta estirpe. No es una biograf&#237;a de Conrad, sino la biograf&#237;a de Conrad que ha escrito Juan Gabriel V&#225;squez. Y cuidado con este narrador colombiano: no se trata de ponerlo a la altura del biografiado, v&#225;lgame dios, pero quien haya le&#237;do su &lt;EM&gt;Historia secreta de Costaguana&lt;/EM&gt; (donde, por cierto, Conrad es un personaje principal) o su libro de cuentos &lt;EM&gt;Los amantes de Todos los Santos &lt;/EM&gt;sabr&#225; que se trata de un escritor grande. 

De modo que por el mismo precio tenemos a dos autores. En poco m&#225;s de cien p&#225;ginas asistimos al doble espect&#225;culo de la vida de Conrad y de la tersa prosa de V&#225;squez, que a fuerza de s&#237;ntesis, de ritmo narrativo y de inteligencia logra contar los sucesivos exilios del autor de &lt;EM&gt;Nostromo&lt;/EM&gt; (unos exilios, por lo dem&#225;s, bastante conocidos y estudiados) como si de un relato de ficci&#243;n se tratase. Lo de menos es si los datos aportados por el colombiano (pobres bi&#243;grafos, llega a decir) tienen o no su origen en hallazgos propios. Adem&#225;s de su profundo conocimiento de Conrad y de su elegante estilo invisible, lo interesante del libro es d&#243;nde pone V&#225;squez el foco, qu&#233; elige contar. 

Se trata de un escritor que observa a otro escritor. Quiere saber qu&#233; decisiones y azares llevaron a un capit&#225;n polaco de la marina mercante inglesa a ponerse a escribir a los treinta y dos a&#241;os en una lengua de adopci&#243;n, c&#243;mo tuvo que haber vivido intensamente primero para poder escribir despu&#233;s &lt;EM&gt;El coraz&#243;n de las tinieblas &lt;/EM&gt;o &lt;EM&gt;La l&#237;nea de sombra&lt;/EM&gt;, c&#243;mo extra&#237;a de su memoria y su imaginaci&#243;n los temas para sus libros, c&#243;mo sus inseguros textos iniciales dependieron, para decantar su destino, de los comentarios elogiosos o desde&#241;osos de sus primeros lectores serios, c&#243;mo eligi&#243; una aburrida vida familiar (luna de miel incluida) que lo distrajera lo menos posible del trabajo, c&#243;mo fue incapaz de sucumbir como autor al s&#237;ndrome del segundo libro, c&#243;mo acudi&#243; constantemente a personas-apoyo: lectores c&#243;mplices, mecenas, amigos que ejercieron de psic&#243;logos. 

Conrad necesitaba trabajar bajo presi&#243;n, aunque se volviera loco de ansiedad. Super&#243; un peligros&#237;simo bloqueo creativo gracias a la milagrosa invenci&#243;n de Marlow, lo que le permiti&#243; descargarse de responsabilidad narrativa y adjudic&#225;rsela a su personaje, y los relatos y las novelas entonces empezaron a fluir. Y una curiosa constante que revela que el novelista casi nunca tuvo alma de escritor de cuentos: muchos de sus textos breves destinados a la publicaci&#243;n remunerada en revistas y peri&#243;dicos acabaron convirti&#233;ndose en novelas de centenares de p&#225;ginas. 

Conrad quer&#237;a escribir cuentos, le era muy rentable, pero se equivocaba a menudo en sus pretensiones, y lo que iban a ser treinta p&#225;ginas terminaban siendo trescientas, nunca al rev&#233;s. Hay muchos autores que dicen saber desde el principio qu&#233; extensi&#243;n conviene a determinada idea, esto un cuento, esto una novela corta, esto un novel&#243;n. Si el n&#250;mero de p&#225;ginas no se ajusta a lo intuido inicialmente, la idea se echa a perder, dicen. Cuentos hipertrofiados, novelas resumidas, dicen. No fue el caso de Conrad: el cuento "Tuan Jim" se alarg&#243; y alarg&#243; hasta acabar convirti&#233;ndose en la obra maestra &lt;EM&gt;Lord Jim&lt;/EM&gt;, "Razumov" se transform&#243; meses despu&#233;s en &lt;EM&gt;Bajo la mirada de Occidente&lt;/EM&gt;, y de otros cuentos perezosos surgieron &lt;EM&gt;Con la soga al cuello&lt;/EM&gt;, &lt;EM&gt;El agente secreto &lt;/EM&gt;y &lt;EM&gt;Victoria&lt;/EM&gt;. Conrad se equivocaba no para condensar la materia narrativa que se traia entre manos, sino para expandirla. Si err&#243; a menudo su intuici&#243;n de lo que habr&#237;an de prolongarse esos textos, no fue para empeorar su calidad. 

 A V&#225;squez le fascina esta peculiaridad conradiana, este equivocarse una y otra vez con la extensi&#243;n inicial del texto, este dejarse llevar por lo que dicten las propias palabras, como si supiera que el escritor no escribe lo que quiere sino lo que quieren &lt;EM&gt;ellas&lt;/EM&gt;, como si supiera que su talento narrativo flu&#237;a mejor, no en la c&#225;psula del relato breve, sino en el mar abierto de la novela. Tambi&#233;n en eso Conrad fue ejemplar.



(Juan Gabriel V&#225;squez, &lt;EM&gt;Joseph Conrad. El hombre de ninguna parte&lt;/EM&gt;, Barcelona, Belacqva, 2007)









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    <body>El destino es un encadenamiento de los sucesos considerado necesario y fatal. El azar es una combinaci&#243;n de circunstancias que no se pueden prever ni evitar. Eso dice el diccionario. 

Recuerdo una frase o una escena de &lt;EM&gt;Vacaciones permanentes&lt;/EM&gt;, la primera pel&#237;cula de Jim Jarmusch. John Lurie dec&#237;a algo as&#237; como que mientras vivimos vamos trazando una l&#237;nea en un papel en blanco, pero estamos tan cerca de nuestra mano que no podemos ver el dibujo, s&#243;lo la l&#237;nea. Al morir se nos concede poder ver completo el papel, y es entonces cuando logramos ver la figura y el dibujo de nuestra vida.

Me pareci&#243; una buena imagen, pero una imagen consoladora. Tendemos a convertir el azar en destino. Quiz&#225; por miedo, quiz&#225; por necesidad y ansia de comprender. 

En las novelas de Maqroll el Gaviero de &#193;lvaro Mutis (sobre todo en &lt;EM&gt;La nieve del almirante &lt;/EM&gt;y en &lt;EM&gt;La &#250;ltima escala del Tramp Steamer&lt;/EM&gt;) se aprende mucho sobre el azar y el destino. 

"El azar es siempre sospechoso, son muchas las m&#225;scaras que lo imitan".

"Hay coincidencias que, al violar toda previsi&#243;n posible, pueden llegar a ser tan intolerables porque proponen un mundo donde rigen leyes que ni conocemos ni pertenecen a nuestro orden habitual". 

"Dios m&#237;o, qu&#233; caminos escoge la vida. Y uno que piensa tenerlos a su arbitrio. Qu&#233; inocentes somos. Vamos siempre tanteando en la oscuridad". 

"Uno tiene que estar siempre preparado para esas sorpresas que suelen madurar y saltar a la superficie sin que hayamos percibido su proceso. Son cosas que han empezado tiempo atr&#225;s". 

Son cosas que han empezado tiempo atr&#225;s, dice. Maqroll (porque es Maqroll quien narra, y no Mutis) adopta en el fondo la doctrina de Schopenhauer, que dice que el azar lo mueve siempre el dedo de la providencia. En todo caso, alg&#250;n tipo de providencia. Una providencia juguetona que cambia las reglas a cada paso. Una providencia que, como en el accidente de Spanair, ha repartido los papeles (vivir, morir) de manera absurda y caprichosa.











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    <title>El azar, Jim Jarmusch y Maqroll el Gaviero</title>
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    <body>"El diablo de la botella" aborda el viejo sue&#241;o humano de la omnipotencia. Si Prometeo fue castigado por atreverse a robar el fuego de los dioses y Mefist&#243;feles envi&#243; a Fausto al infierno tras el trato que le otorg&#243; una larga vida de juventud y excesos, este hermoso cuento de Stevenson le da al tema un tono menor, encantador, ligero, como no pod&#237;a ser de otra manera trat&#225;ndose de Tusitala, el contador de historias.

"El diablo en la botella" no renuncia a su origen oral y folcl&#243;rico: el h&#233;roe se salva y al final es feliz. Pero las pasa canutas. La maravilla de los relatos de Stevenson consiste sobre todo en la creaci&#243;n de im&#225;genes inolvidables: ese diablo movi&#233;ndose como una lagartija dentro de la botella y clavando sus malignos ojos en nosotros, los lectores. El sonriente objeto cotidiano convertido en siniestro. 

El artilugio m&#225;gico es un viejo motivo de los cuentos tradicionales. La varita del hada buena o la l&#225;mpara de Aladino, por ejemplo, son manifestaciones cl&#225;sicas de este motivo. O el genio de la amanita muscaria de ese inolvidable cuento de Quim Monz&#243; que es "Micolog&#237;a". Estoy seguro de que todas las culturas tienen su equivalente. Lo caracter&#237;stico aqu&#237; es el diablo, es decir, el castigo eterno asociado a las artes del aprendiz de brujo, la condena final para todo aquel que se atreva a exceder los l&#237;mites del poder asignado a los humanos. Una aportaci&#243;n judeocristiana. Si ya fuimos una vez expulsados del para&#237;so por comer los frutos del &#225;rbol de la ciencia del bien y el mal, &#191;qu&#233; hacemos aceptando otra vez la tentaci&#243;n de la omnipotencia que nos pone delante el demonio, aunque sea un diablillo encerrado en un cristal? 

Keawe pide al diablo un palacio junto al mar, y el diablo mata a sus seres queridos para proporcionarle el deseo a trav&#233;s de la herencia. Es decir, el precio del deseo es la muerte. Es lo mismo que sucede en ese otro grand&#237;simo cuento que es "La pata de mono" de W. W. Jacobs. El se&#241;or White, m&#225;s en broma que en serio, le pide a ese extra&#241;o talism&#225;n que ha tra&#237;do un soldado de la India que le conceda doscientas libras; al d&#237;a siguiente le traen la noticia de que su hijo ha muerto en la f&#225;brica, y la empresa le paga la cantidad estipulada en el seguro: doscientas libras.

Creo que hoy hay un equivalente laico de este sue&#241;o turbador y prohibido: la loter&#237;a. Hay mucha gente que no quiere que le toque una cantidad exorbitante, por el temor de que traiga desgracias inconcebibles, como la propia locura o la muerte de seres queridos. 



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    <title>Robert Louis Stevenson: El diablo de la botella (II)</title>
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    <body>Un hawaiano llamado Keawe viaja a San Francisco, en donde un triste millonario le propone venderle por cincuenta d&#243;lares el m&#225;gico hacedor de su riqueza y su pena: una botella de vidrio blanco como la leche, con vetas tornasoladas, en cuyo interior se agita un diablo "como una sombra en un fuego". 

Quien la compre podr&#225; obtener todo lo que desee. La botella no puede romperse ni abrirse de ninguna de las maneras, y si su poseedor muere antes de venderla ir&#225; derecho al infierno. Esa es la raz&#243;n de que el millonario quiera venderle la botella a Keawe: ya ha conseguido todo lo que so&#241;aba y ahora no desea otra cosa que quit&#225;rsela de encima. La &#250;nica manera de desprenderse de su diablo es vender la botella a otro por un precio inferior al de su adquisici&#243;n, y le advierte a Keawe que si la compra y, una vez conseguidos sus deseos, pretende esquivar la condenaci&#243;n eterna, deber&#225; a su vez vender la botella lo m&#225;s r&#225;pido que pueda. 

Keawe acepta. En el barco de regreso a Hawai le pide al diablo una gran mansi&#243;n junto al mar. Al llegar a Honolul&#250; le dan a Keawe la noticia: su t&#237;o acaba de morir y el &#250;nico hijo de su t&#237;o tambi&#233;n: &#233;l es el &#250;nico heredero de una gran extensi&#243;n de terreno id&#233;ntica a la que Keawe hab&#237;a so&#241;ado para construir su casa. La construye y logra deshacerse de la botella vendi&#233;ndosela a otro. Poco despu&#233;s se enamora de una muchacha llamada Kokua, y cuando ya han decidido casarse Keawe descubre que ha contra&#237;do la lepra. Para quitarse la lepra y poderse casar viaja a Honolul&#250; en busca de la botella, y va siguiendo su rastro en todas las mansiones reci&#233;n construidas y en todos los millonarios que encuentra a su paso. Por fin da con el &#250;ltimo de sus due&#241;os, un joven atolondrado que la hab&#237;a comprado por dos centavos y que, incr&#233;dulo de su buena suerte y cuando ya se cre&#237;a condenado, se la vende a Keawe por uno. 

Ahora est&#225;n casados, pero una pena los atormenta: tendr&#225;n que vender la botella por menos de un centavo, si no Keawe acabar&#225; en el infierno. Para ello viajan a Haiti, donde un centavo vale cinco c&#233;ntimos franceses. Pero nadie la quiere comprar, porque nadie quiere arriesgarse a no poder venderla luego a un precio tan peligrosamente peque&#241;o. Kokua, enamorada, decide entonces autoinmolarse para salvar a su amado, y convence a un mendigo para que le compre la botella a Keawe por cuatro c&#233;ntimos y se la venda luego a ella por tres. Keawe descubre el trato, y tambi&#233;n por amor decide condenarse &#233;l y salvar a su amada. Le propone a otro marino el mismo negocio: comprarle a su mujer la botella por dos c&#233;ntimos y vend&#233;rsela a &#233;l por uno. Pero el avaricioso marino no cumple la segunda parte del trato y, sin importarle el infierno, se queda con la botella. Keawe y Kokua regresan a su mansi&#243;n, donde ser&#225;n felices y comer&#225;n perdices hasta el fin de sus d&#237;as. 



(En Robert Louis Stevenson, &lt;EM&gt;El diablo de la botella&lt;/EM&gt;, Madrid, Espasa Calpe, 1983. Traducci&#243;n de Jos&#233; Luis Izquierdo.) 







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