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    <body>Desde que el Lazarillo de Tormes alcanzase la c&#250;spide del &#233;xito social como pregonero malcasado, y sobre todo desde que un cincuent&#243;n loco y su gordo ayudante salieran por la Mancha a buscar aventuras y hacer el rid&#237;culo, la literatura castellana dej&#243; establecidas algunas de las coordenadas impostergables de su tradici&#243;n. Algunas de ellas -incluso desde antes, desde siempre- son el inveterado realismo (el terrenal Cid Campeador frente al m&#225;gico rey Arturo), el costumbrismo (el busc&#243;n Pablos con su vestido de escupitajos) y la s&#225;tira social (del Arcipreste de Hita a Rafael Azcona: la risa amarga que se&#241;ala los vicios y distingue entre verdad y mentirosa apariencia, entre lo que se es y lo que se pretende ser). 

Luego el pa&#237;s se quedar&#237;a dos siglos rezagado del capitalismo triunfante. En los a&#241;os en los que Edgar Allan Poe inventaba el g&#233;nero polic&#237;aco, Seraf&#237;n Est&#233;banez Calder&#243;n describ&#237;a toreros y aguadores en sus &lt;EM&gt;Escenas andaluzas&lt;/EM&gt;. Y como guinda del retraso, los cuarenta a&#241;os de ese siniestro caudillo de bigote y voz aflautada. Por eso nuestros detectives idiosincr&#225;sicos no han sido Sherlock Holmes o Sam Spade, sino Mortadelo y Filem&#243;n, y nuestros ladrones gente tan naif e inofensiva como Jos&#233; Luis L&#243;pez V&#225;zquez y Alfredo Landa en &lt;EM&gt;Atraco a las tres&lt;/EM&gt;. Luego llegar&#237;an Plinio, la democracia, Pepe Carvallo y el hilarante detective sacado del psiqui&#225;trico de las novelas de Eduardo Mendoza. Y Torrente, el brazo posmoderno de la ley.

En &lt;EM&gt;El detective del Zaid&#237;n &lt;/EM&gt;Alfonso Salazar juega l&#250;cida y l&#250;dicamente con toda esta tradici&#243;n, adem&#225;s de tener en cuenta -por supuesto- a los maestros de la novela negra con ribetes de cr&#237;tica social (de Dashiell Hammett a Petros M&#225;rkaris) que tan bien conoce. Parodia festiva y grotesca, salpicada de un humor entre ir&#243;nico y hosco que algunos llaman "mala foll&#225;", &lt;EM&gt;El detective del Zaid&#237;n&lt;/EM&gt; tiene un don maravilloso del que carece la mayor&#237;a de la literatura que se escribe actualmente en Espa&#241;a: sabe hacer re&#237;r. En las primeras p&#225;ginas comienzas a soltar carcajadas (y a dibujar sonrisas) y ya no puedes parar hasta el final. Desde Eduardo Mendoza (y quiz&#225; F&#233;lix de Az&#250;a y Rafael Reig) no me re&#237;a tanto.

De modo que, entre lo esperp&#233;ntico y lo escatol&#243;gico, entre la flatulencia y lo entra&#241;able, vemos desfilar una mugrienta panoplia de perdedores, excrecencias de la modernidad, viejas glorias del subdesarrollo que se pasan toda la novela pimplando l&#237;quidos espirituosos m&#225;s bien baratos, vino, cerveza, brandys peleones, cubatas variopintos, sin descartar alg&#250;n que otro bourbon (cuando invita el ricach&#243;n). A todos les huele el aliento, andan medio borrachos de un lado para otro, pero no &lt;EM&gt;bajo el volc&#225;n&lt;/EM&gt;, sino entre la Sevilla de la Exposici&#243;n Universal de 1992 y la Granada provinciana del Palacio de Congresos, por donde les va llevando la trama de cr&#237;menes y misterios que tratan de esclarecer. La pareja protagonista es ejemplar: el barrigudo Mat&#237;as Verd&#243;n, hijo y nieto de perdedores de la guerra civil, quien para poder sentirse detective (como Humphrey Bogart interpretando a Philip Marlowe) "ech&#243; de m&#225;s la pobre cazadora azul marino que le vest&#237;a: una gabardina, le faltaba una gabardina", y su socio Desastres, un cartero vago y borrach&#237;n cuyo destino individual anda parejo con el del equipo de f&#250;tbol de la ciudad: no saber escapar nunca de la Segunda Divis&#243;n B. A su alrededor pululan otros personajes estrafalarios bajo la luz cruda de la s&#225;tira y los trazos nerviosos de la caricatura: el subinspector Dom&#237;nguez, un polic&#237;a facha de la vieja escuela, de cuando no ped&#237;an una altura m&#237;nima para entrar y a quien las academias le parecen un nido de izquierdistas. O la bodeguera y exprostituta Trini, list&#237;sima, comprensiva con los pecados ajenos y muy poco dada a remilgos: "Trini dej&#243; la botella pringosa de brandy... entrecerr&#243; los ojos, sac&#243; la dentadura postiza con la lengua, le dio una vuelta acrob&#225;tica en la boca y la volvi&#243; a encajar en su sitio". El retablo contiene muchos m&#225;s personajes. Todos ellos, sin excepci&#243;n (excepto los c&#237;nicos y desalmados que pertenecen a las clases altas), evolucionan desde el chafarrin&#243;n inicial a una suerte de po&#233;tico ennoblecimiento, que tiene tambi&#233;n su origen en la novela cervantina y que delata la piedad y la ternura con que el autor/narrador contempla a los perdedores: aunque vulgares, intentan (como pueden y a su manera) escapar de la chapuza y hacer bien las cosas.

Hay otro aspecto relevante de la novela que pasar&#225; desapercibido (o no molestar&#225;, supongo) al lector de Girona o Albacete: lo estrictamente granadino. Aqu&#237; la s&#225;tira se aguza y se multiplican las oportunidades de re&#237;rse: una mir&#237;ada de gui&#241;os par&#243;dicos que van desde el peculiar humor local lindante con el resentimiento (la mala foll&#225;) a la sempiterna rivalidad acomplejada con Sevilla. Y por encima de todo, un homenaje al barrio popular del Zaid&#237;n, un barrio esforzado y sincero, donde nadie se disfraza de lo que no es, como tantos que pululan por los extrarradios de las ciudades espa&#241;olas: 

 &lt;BLOCKQUOTE&gt;El barrio granadino del Zaid&#237;n era una aglomeraci&#243;n de gente, m&#225;s perteneciente a un pasado de estrecheces que al futuro glorioso, que se levantaba sobre parte de la antigua Vega granadina. All&#237; llegaron en los a&#241;os cincuenta trabajadores de toda la provincia -"trabajadores de toda la provincia, un&#237;os", dec&#237;a en el Bar Gabriel el Sandok&#225;n, sindicalista persistente-, lo que provoc&#243; alta demanda inmobiliaria: cuchitriles donde criar a cinco churumbeles renegridos, y luego, qu&#233; remedio, reclamaron asfalto y hasta bibliotecas y carriles bici. H&#237;brido cruce, en fin, de un ambiente parecido al que a&#250;n ten&#237;an los pueblos del cintur&#243;n, con veta de suburbio.&lt;/BLOCKQUOTE&gt;

La mayor&#237;a de las novelas ambientadas en Granada recurren a historicismos nazar&#237;es y moriscos y a palabras como "embrujo" o "sue&#241;o". Una ciudad de s&#225;ndalo y callejuelas rom&#225;nticas que van a dar a la Alhambra bajo la luna. Alfonso Salazar elige otra perspectiva. Quiz&#225; porque, como dice Andr&#233;s Neuman en uno de sus aforismos, no escribimos sobre un lugar porque procedamos de &#233;l, sino &lt;EM&gt;para&lt;/EM&gt; pertenecer a &#233;l. 


.

&lt;STRONG&gt;&lt;FONT color=#cc0000&gt;[ ALFONSO SALAZAR, &lt;EM&gt;El detective del Zaid&#237;n&lt;/EM&gt;. Barcelona, Ediciones B, 2009 ]&lt;/FONT&gt;&lt;/STRONG&gt;

.

&lt;STRONG&gt;&lt;FONT color=#3333ff&gt;[ Novelas ] [Cr&#237;tica ] [Contempor&#225;neos ]&lt;/FONT&gt;&lt;/STRONG&gt;

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    <title>Alfonso Salazar: El detective del Zaid&#237;n</title>
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    <body>Un ingeniero de cuarenta y seis a&#241;os est&#225; en pleno proceso de descomposici&#243;n y reconstrucci&#243;n tras a&#241;os de no poder superar una traum&#225;tica ruptura sentimental y una larga y destructiva adicci&#243;n al alcohol. Alfredo Fortes interpreta su vida en clave de fracaso: fracaso afectivo, fracaso profesional. Trabaja de ingeniero como podr&#237;a trabajar en cualquier otra cosa, es considerado en la Compa&#241;&#237;a casi como un cero a la izquierda y si no lo han despedido a&#250;n es porque su jefe y amigo Meneses (un viejo compa&#241;ero escolar que s&#237; ha triunfado hasta trepar a los puestos altos del escalaf&#243;n) lo sostiene y protege. 

 La Compa&#241;&#237;a (con siniestra may&#250;scula) manda al ingeniero Fortes a unas sierras de Teruel a supervisar la construcci&#243;n de unos t&#250;neles para un futuro proyecto hidr&#225;ulico. El campo, las monta&#241;as, el cielo, el aire puro aumentan su melancol&#237;a y su introspecci&#243;n y lo contactan con otras personas de la comarca, tan aisladas -a su manera- como &#233;l: una anciana frutera y vidente que se comunica con el m&#225;s all&#225;, la discreta due&#241;a del hotel que guarda un secreto sexual, el muchacho torturado y roto que sobrevivi&#243; a un accidente de autom&#243;vil en el que murieron sus tres amigos, el pastor de ovejas filos&#243;fico y metaf&#237;sico que reflexiona sobre la vida y la muerte y a cuya mirada no se escapa nada de lo que sucede en la comarca: &#233;l es el Narrador, el Ojo que todo lo ve, el que sabe todas las historias, historias que son como cuentos hermosos y terribles intercalados en la novela: la historia del ni&#241;o y el pozo, la historia de la abeja que fue a posarse en la frente del muerto, la historia del hombre que sobrevivi&#243; a una m&#225;quina aserradora, la historia del que fue electrocutado por un rayo...

 Una llamada telef&#243;nica de su jefe Meneses lo obligar&#225; a dejar el pueblo por unos d&#237;as, viajar a Valencia y participar en un turbio asunto de maletines secretos llenos de fajos de billetes. Billetes de quinientos euros. De pronto a Fortes se le concede una oportunidad de rehabilitaci&#243;n profesional por la v&#237;a del discreto encargo ilegal, tan as&#233;ptico en su superficie como peligroso en el fondo: la oportunidad de penetrar en el "coraz&#243;n oscuro" de la Compa&#241;&#237;a. Durante los d&#237;as que dura el encargo Fortes se ve encuelto por una trama de corrupci&#243;n en un escenario de restaurantes de lujo, guardaespaldas, coches blindados, prostitutas que trabajan en tiendas de moda, l&#237;neas telef&#243;nicas seguras, encuentros furtivos en los muelles del puerto, cajas fuertes que ocultan sorpresas. Fortes se dar&#225; de bruces por primera vez en su vida con el Gran Dinero (el dinero sucio que se mira y no se toca y que las empresas respetables trasladan de manera limpia e invisible a otras empresas igualmente respetables); pero tambi&#233;n con el dinero como tesoro, como hallazgo m&#225;gico y fortuito que puede cambiar el destino de una vida individual. La cantidad de dinero que har&#237;a a cualquiera so&#241;ar con islas paradis&#237;acas donde huir y comenzar una nueva vida. El hallazgo del dinero-tesoro ser&#225; fuente de fantas&#237;as pero tambi&#233;n de grandes angustias y peligros. Fortes tendr&#225; entonces que tomar decisiones de car&#225;cter moral que acelerar&#225;n su duelo y su transformaci&#243;n en otro hombre (en la posibilidad de ser otro): para ello tendr&#225; que elegir en qu&#233; clase de islas tratar de recomenzar su vida.

 Novela potente, seria, rigurosa, de pulso narrativo y estil&#237;stico indesmayable. Novela entretenida aunque no de entretenimiento: m&#225;s bien novela de indagaci&#243;n. Tras su lectura uno cree saber algo m&#225;s sobre algunas experiencias comunes y sobre c&#243;mo las encaran determinados personajes: la soledad, el dinero, el amor, la muerte, el poder, el destino y el azar, el &#233;xito y el fracaso. 

 Lo que me interesa sobremanera es la maestr&#237;a de Manuel de Lope en las descripciones, en la construcci&#243;n de escenas y espacios f&#237;sicos donde suceden las cosas. Desde la voladura de una monta&#241;a al despacho donde tiene lugar una transacci&#243;n discreta con dinero que no existe y del que nadie habla; desde el filo luminoso que el atardecer pone en las monta&#241;as hasta la manera en que se apagan los filamentos de una estufa el&#233;ctrica. Aqu&#237; hay mucho que aprender. La panoplia de descripciones es ampl&#237;sima. De Lope es preciso y certero en la pincelada descriptiva. No pierde jam&#225;s el pulso. Matizado pero firme, carece de florituras y alharacas, no incurre en cursiler&#237;as, no es en absoluto literaturoso. Su estilo puede parecer seco y desabrido (si lo comparas con la blanda delicuescencia al uso) pero en realidad es rigor, es una mirada acerada, es intensidad que no flaquea. Ni una sola cacofon&#237;a, ni una sola rima escondida de mala prosa, ni una sola ca&#237;da en la desgana o en la resoluci&#243;n r&#225;pida o en la facilidad de brocha gorda. No es un narrador perezoso. No se deja llevar. 

 Tambi&#233;n me interesa mucho la ductilidad de su voz narrativa, la manera como el narrador omnisciente desaparece en las voces de los personajes, antena articulada y flexible que se mueve sin transici&#243;n de una voz a otra, de lo pensado a lo dicho, del pasado al presente, de lo enso&#241;ado a lo real. Su prosa es un curso de navegaci&#243;n por los estilos directo, indirecto e indirecto libre sin cambiar de frase. De resultas de todo ello las escenas, las atm&#243;sferas, los mon&#243;logos y las reflexiones se integran en un conjunto luminoso, lleno de plasticidad y de reflexi&#243;n, tan complejo como f&#225;cil de desentra&#241;ar, de un realismo que permite con la mayor verosimilitud que los muertos hablen a los vivos o que un mont&#243;n de dinero resplandezca de energ&#237;a ante la mirada de la vidente:

 &lt;BLOCKQUOTE&gt;"...sinti&#243; que en alg&#250;n lugar, dentro del hotel, hab&#237;a una enorme cantidad de energ&#237;a. Todo el hotel estaba caliente. Era el mismo calor que desped&#237;an sus ahorros, pero en una enorme cantidad. Era un calor inmenso, concentrado en un pu&#241;o. Hay personas que miran a una roca y saben d&#243;nde hay un manantial y personas que pasean por un p&#225;ramo y saben d&#243;nde hay que cavar un pozo. Hay personas que recoren una casa en ruinas y saben d&#243;nde hay un tesoro escondido. Mar&#237;a Antonia miraba al hotel y sab&#237;a que all&#237; hab&#237;a una gran cantidad de dinero".&lt;/BLOCKQUOTE&gt; .

 Como dice Alfredo Fortes, el sentimental perdedor que protagoniza &lt;EM&gt;Otras islas&lt;/EM&gt;: "despu&#233;s del erotismo y la muerte, la tercera verdad era el dinero". 

 &#191;Qu&#233; es lo que creo? Que es muy buena. Que quiz&#225; no vaya a venderse mucho. Que se merece lectores atentos. 

 .

 &lt;STRONG&gt;&lt;FONT color=#ff0000&gt;[MANUEL DE LOPE, &lt;EM&gt;Otras islas&lt;/EM&gt;. Barcelona, RBA, 2009]&lt;/FONT&gt;&lt;/STRONG&gt;

 .

 &lt;STRONG&gt;&lt;FONT color=#3333ff&gt;[Novelas] [Cr&#237;tica] [Contempor&#225;neos]&lt;/FONT&gt;&lt;/STRONG&gt;

  

      

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    <title>Manuel de Lope: Otras islas</title>
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    <body>Un escritor que sabe c&#243;mo se llaman las cosas tiene salvada la mitad del alma. Eso dec&#237;a Garc&#237;a M&#225;rquez hablando de Merc&#232; Rodoreda y eso digo yo de V&#237;ctor Garc&#237;a Ant&#243;n, pues sus cuentos est&#225;n llenos de cosas y &#233;l sabe los nombres, bastoncillos de algod&#243;n, hilos dentales, muros de carga, vigas maestras, tomas de luz, chalecos reflectantes, marmolistas, arboladuras, volquetes, pastillas de freno, curvas de nivel: en sus cuentos hay un peso y un amor de las palabras, como un paladeo respetuoso de las palabras que nombran las cosas, y eso me gusta.

&lt;EM&gt;Nosotros, todos nosotros&lt;/EM&gt; (Gens, 2008) se llama su &#250;ltimo y recomendable libro de cuentos. Es un libro tan ligero como s&#243;lido, tan flexible como contundente. Como esos jugadores que lo apuestan todo sin levantar demasiado la voz, el autor ha compuesto un libro que creo personal, valiente, humilde, serio. Contiene cuentos memorables, pero por encima de las individualidades me queda la sensaci&#243;n de haber asistido al despliegue modesto y firme de eso que llaman "mirada", "mundo narrativo".

&#191;C&#243;mo construye Garc&#237;a Ant&#243;n sus relatos? A partir de una imagen y a partir de una voz. Nada m&#225;s. Sus cuentos no tienen apenas argumento, no hay tramas ni trucos ni puntos de giro ni sorpresas retrospectivas. El tiempo es el de la mente de los narradores: o est&#225; detenido o gira sobre s&#237; mismo. Las cartas se ponen sobre la mesa desde el principio. Se juega limpio. A partir de una imagen surge una met&#225;fora, la met&#225;fora es masticada, hipertrofiada, abordada repetida y obsesivamente por la voz narrativa en su intento de explicaci&#243;n, en espiral, en c&#237;rculos, en oleadas, una y otra vez, hasta que todas las preguntas han sido planteadas y ninguna respondida, y entonces termina el cuento. 

Queda del lado del lector averiguar qu&#233; metaforizan (de qu&#233; son metonimia) las im&#225;genes sobre las que se construyen estos cuentos. Pero no se apure el lector: como son sencillos y sin trampas, contienen cada uno su propio mecanismo de interpretaci&#243;n. 

Sin estar ubicados ni en el realismo ni en lo fant&#225;stico, los cuentos de Garc&#237;a Ant&#243;n exploran las posibilidades narrativas de im&#225;genes cercanas a lo absurdo o bien son la exacerbaci&#243;n de una determinada voz interior, una voz que en cualquiera de sus modulaciones (sarc&#225;stica o tierna) experimenta siempre alguna clase de desamparo, de fragilidad, de anhelo de fusi&#243;n con el mundo a la vez que un rechazo del mundo. En el relato que da t&#237;tulo al libro el narrador teme haber dejado de ser imprescindible para la mujer con la que convive, pero este temor est&#225; concretado en im&#225;genes: unas tijeras de cortar el pelo, una puerta cerrada, un grifo abierto; en "La estela de las mujeres" es la imagen deliciosa de las bicicletas recorriendo, o m&#225;s bien volando por las calles de la ciudad, la que concreta las vagas e inaprensibles relaciones entre las mujeres y los hombres; en "En lo alto de la higuera" el &#225;rbol metaforiza la dif&#237;cil comunicaci&#243;n entre los seres humanos, la necesidad de no estar solo, las soledades contiguas de los que conviven; y en "&#218;ltimas palabras a mi padre" el narrador homenajea a su padre muerto con lo &#250;nico que puede regalarle, lo &#250;nico de lo que est&#225; orgulloso, su talento para escribir, para escribirle un epitafio, y se pregunta angustiosamente si lo habr&#225; escrito bien.

"Un tigre de Bengala" es un cuento ejemplar, por s&#237; mismo y en tanto que ep&#237;tome del mundo narrativo de su autor. El narrador se pregunta una y otra vez qu&#233; le falta para ser un verdadero tigre de Bengala. Le dicen que &#233;l ya lo es, que es igualito a ese tigre pero &#233;l sabe que no es verdad, lo imita muy bien pero a&#250;n le falta para serlo verdaderamente. No est&#225; seguro y le pregunta a su padre, el patr&#243;n del circo, si lo hace bien. Necesita la aprobaci&#243;n del padre y sabe al mismo tiempo que su padre no le va a ayudar nunca a ser lo que quiere ser. "He resuelto abandonarlo todo y hacer de los tigres mi &#250;nica familia", dice el narrador. "Me he dado cuenta de que bajo esta carpa, con este patr&#243;n que tenemos, no iba yo a conseguir nunca ser un verdadero tigre de Bengala". De modo que se escapa a la casa de las fieras, donde est&#225;n los verdaderos tigres, "sin dejar ni un instante de aprender y de mirarlos, porque lo &#250;nico que quiero es que me acepten". Pero ay, los verdaderos tigres, los que mejor y m&#225;s convincentemente rugen, tambi&#233;n resultan ser unos impostores, y este descubrimiento hace del aspirante a tigre un poco m&#225;s tigre... La met&#225;fora resulta encantadora y se explica por s&#237; sola. Cada lector podr&#225; particularizarla a su gusto (a m&#237; me gusta pensarla en t&#233;rminos de &lt;EM&gt;convertirse uno en escritor&lt;/EM&gt;). 

Una &#250;ltima apreciaci&#243;n: el t&#237;tulo del libro se condice muy bien con todo lo expuesto. Es un t&#237;tulo fuerte, no complaciente. Por un lado apela a los lectores mediante una f&#243;rmula inclusiva, una f&#243;rmula p&#250;blica que rechaza el yo solipsista y apuesta por el "nosotros" colectivo, y por otro habla de esa multitud que cada uno somos, de todos los yoes que tenemos escondidos y que pululan equ&#237;vocamente bajo esa precaria m&#225;scara que llamamos identidad. 

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&lt;STRONG&gt;(V&#237;ctor Garc&#237;a Ant&#243;n, &lt;EM&gt;Nosotros, todos nosotros&lt;/EM&gt;. Madrid, Gens, 2008. Pr&#243;logo de Medardo Fraile) 
&lt;/STRONG&gt;




















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    <title>V&#237;ctor Garc&#237;a Ant&#243;n y nosotros</title>
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    <body>No hay esperanza. Los hombres est&#225;n muertos o van a morir o est&#225;n muri&#233;ndose. Los deseos se frustran, pero peor es su cumplimiento, pues se convierten en pesadillas. El sentimiento m&#225;s ligero y cordial es el de la decepci&#243;n. Teolog&#237;a negativa. Buscamos a Dios (o a los dioses), pero no existe, o est&#225; loco, o ya es tarde y alguien nos ha llevado al infierno. Incluso la contemplaci&#243;n apacible de las nubes deviene una imagen (deshilachada) de la destrucci&#243;n. 

El &#250;nico consuelo es el arte. La literatura. M&#225;s concretamente, la ficci&#243;n narrativa. Pero construir no catedrales (las novelas, el realismo), sino objetos m&#225;s peque&#241;os y humildes, de belleza intemporal, m&#225;quinas in&#250;tiles como las espadas de Akiburo, donde sea posible la perfecci&#243;n artesana y la imaginaci&#243;n pueda tallarse y pulirse sin descanso: los cuentos. Cuentos que sirvan para so&#241;ar y para matar. Que no est&#233;n sujetos a ninguna moda. Que no hablen del presente. Que no envejezcan. Tallados al fuego por el procedimiento de ejecutar cada golpe con sumo cuidado y concentraci&#243;n.

En "Las manos de Akiburo" (&lt;EM&gt;Los demonios del lugar&lt;/EM&gt;), Olgoso expone su idea de construcci&#243;n del relato como una espada artesana hecha al fuego de pinaza por un maestro armero. Arcilla, carb&#243;n y polvos de afilar para endurecer el filo. Agua del r&#237;o Katsura en una tina de cedro donde se enfr&#237;a la hoja. Empu&#241;adura engastada con hierro y laca, incrustada de n&#225;car y gemas; estuche de brocado, cord&#243;n de oro, etc&#233;tera. Y una dedicaci&#243;n absoluta y humilde a la tarea. 

Hay quien dice que los cuentos de Olgoso abruman, que aturden por lo densos y recargados. Que son esteticistas. Que hay que ir constantemente al diccionario. A m&#237; me gustan. En ellos fondo y forma est&#225;n tan ligados como en los cuentos de Bukovski. Esa apabullante variedad de matices de lo fant&#225;stico excluye palabras desva&#237;das, t&#243;picas, inertes. (Creo que muchos de ellos son a&#250;n mejores de lo que parecen. Como sucede con la buena literatura, uno no tiene por qu&#233; compartir determinada est&#233;tica para poder apreciarla. Me gustan Aldecoa, Qui&#241;ones, Alice Munro, Juan Eduardo Z&#250;&#241;iga, Denevi, Kawabata: &#191;qu&#233; tienen en com&#250;n?)

En cuanto a Olgoso, lo puedo leer una y otra vez y siempre encuentro detalles inesperados. Siempre aprendo. Su idea del cuento es una miniatura taraceada, una filigrana, una espada como las de Akiburo. Olgoso est&#225; en las ant&#237;podas de Hemingway. La intensidad y la tensi&#243;n las logra no por sustracci&#243;n sino precisamente mediante la adici&#243;n po&#233;tica de elementos preciosos. Cada palabra cuenta por s&#237; misma. En el universo ins&#243;lito de sus cuentos los demonios no pueden ser otra cosa que "patihendidos".









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    <title>Astrolabio. Acercamiento a Olgoso</title>
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    <body>En los cuentos de &#193;ngel Olgoso la gente no toma caf&#233; ni se divorcia ni decide empezar de cero en otro lugar. No encontrar&#233;is las palabras mierda, &#233;xito, jodido o estr&#233;s, ni la expresi&#243;n "ya te vale". Sus protagonistas no se quedan callados frente a la ventana mientras reflexionan sobre la vida que huye: que yo sepa no termina as&#237; ning&#250;n cuento de Olgoso.

En &lt;EM&gt;Astrolabio&lt;/EM&gt; lo que hay son ristras de palabras sonoras y desusadas, como en Poe, Cunqueiro o Lovecraft. Vastedad, dulcedumbre, escalofr&#237;o, legua, esas cosas. Pero Olgoso no es un &lt;EM&gt;poseur&lt;/EM&gt;. No creo que lo suyo sea presumir de l&#233;xico ni hacerse el rancio para protestar contra el vulgo. En el sistema narrativo que ha inventado y que llamo los cuentos-taracea, las palabras resuenan extra&#241;amente apropiadas: marfiles incrustados en &#233;bano. Refulgen como piedras preciosas al tiempo que cumplen cada una su funci&#243;n en el mecanismo. Solo un tipo como &#233;l puede abarrotar un cuento de adjetivos o llamar a las nubes "almiares a&#233;reos" sin que resulte chocante o se resientan la tensi&#243;n o la intensidad de lo narrado. 

Hay en este libro una variedad ampl&#237;sima de situaciones maravillosas. No se abordan desde la orilla de la realidad o en contraposici&#243;n a ella, sino desde el cor&#225;z&#243;n mismo de la extra&#241;eza, all&#237; donde se encuentra la verdad de cada historia, como ped&#237;a Quiroga en su dec&#225;logo. Ocurre que para Olgoso solo lo excepcional es digno de ser contado. El arco de lo excepcional es ampl&#237;simo, casi interminable, y abarca inventos imposibles, desv&#237;os b&#237;blicos, historias de fantasmas, la reencarnaci&#243;n, dinosaurios, una mujer desnuda o el vuelo del p&#225;jaro elefante. 

Una de su mayores virtudes es que no exige necesariamente lectores familiarizados con las tradiciones de la literatura fant&#225;stica. Exige lectores atentos, eso es todo. Como dice F&#233;lix de Az&#250;a, todo artefacto literario es artificioso, pero no tiene por qu&#233; ser complejo. Es complejo aquello que requiere un conocimiento de c&#243;digos previos a su significado, y es sencillo aquello que lleva incorporado su propio c&#243;digo de descifrado, su manual de instrucciones. Creo que los cuentos de Olgoso son sencillos.

Olgoso pertenece a la rara estirpe literaria de los &#193;lvaro Cunqueiro, N&#233;stor Luj&#225;n o Joan Perucho, solo que m&#225;s especializado, m&#225;s obsesionado que ellos con las formas narrativas breves; y tambi&#233;n m&#225;s delgado (en esto se parece a Jos&#233; Mar&#237;a Merino), menos bebedor y menos viajado. La &#250;ltima maravilla salida de su gabinete se llama &lt;EM&gt;Astrolabio&lt;/EM&gt;: un fest&#237;n de literatura. Haceos con un ejemplar. Rechazad imitaciones. 

 .

 &lt;STRONG&gt;(&#193;NGEL OLGOSO, &lt;EM&gt;Astrolabio&lt;/EM&gt;, Granada, Cuadernos del Vig&#237;a, 2008)
&lt;/STRONG&gt;


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    <title>Los cuentos-taracea de &#193;ngel Olgoso: Astrolabio</title>
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    <body>&#193;ngel Olgoso present&#243; ayer en Granada su &#250;ltimo libro de cuentos, &lt;EM&gt;&lt;/EM&gt;&lt;EM&gt;Astrolabio&lt;/EM&gt;, editado por Cuadernos del Vig&#237;a. Hab&#237;a en la sala un ambiente de acontecimiento y confabulaci&#243;n, una atm&#243;sfera de primeros cristianos. Entre el p&#250;blico cund&#237;a la expectaci&#243;n de estar a las puertas de algo que alg&#250;n d&#237;a ser&#237;a recordado como importante. Abarrotada la sala, con gente de pie y sentada en el suelo, lejos quedaban las modestas sillas semivac&#237;as de la presentaci&#243;n de su anterior libro el a&#241;o pasado. Algo est&#225; sucediendo o est&#225; a punto de suceder en torno a este escritor. 

Olgoso ley&#243; un magn&#237;fico ensayo sobre el cuento rebosante de pasi&#243;n y erudici&#243;n. Entre otras cosas dec&#237;a: "Creo que se puede contar una historia con palabras que tengan peso espec&#237;fico, con una prosa cuidada, exigente, depurada. Creo que se pueden conseguir resultados de una aterradora econom&#237;a y, a la vez, de una m&#225;gica fulguraci&#243;n. Si se hace bien, la extensi&#243;n breve magnifica las cosas peque&#241;as, las dota de un inmenso poder, hasta el punto de lograr que las historias m&#237;nimas puedan dilatarse y desbordar la p&#225;gina. Y este libro ecl&#233;ctico es fruto de ello y de una mirada hecha de inocencia y extra&#241;eza..."

El acto concluy&#243; entra&#241;ablemente como una celebraci&#243;n de la amistad: uno tras otro, media docena de amigos del autor acudieron a la mesa a leer cuentos de &lt;EM&gt;Astrolabio&lt;/EM&gt; y a dedicarle palabras cari&#241;osas y admirativas.

Recomiendo el emocionante texto que sobre &lt;EM&gt;Astrolabio&lt;/EM&gt; publica Miguel &#193;ngel Mu&#241;oz en su blog El s&#237;ndrome de Ch&#233;jov. La secta de los olgosianos no para de crecer. Y eso que "Cunqueiro ten&#237;a la impresi&#243;n de que durante mucho tiempo ha prevalecido entre los escritores espa&#241;oles un miedo paralizante a abordar lo fant&#225;stico, y el lector se ha ido desacostumbrando a que los acontecimientos fabulosos puedan ocurrir". Sucede que Olgoso nos ha devuelto el gusto (que nunca hab&#237;amos perdido) por la literatura fant&#225;stica a fuerza de filigranas del cuento en dosis homeop&#225;ticas. Hace bien en citar a &#193;lvaro Cunqueiro, a Joan Perucho, a Jos&#233; Mar&#237;a Merino, pues es con ellos con quienes debe medirse; es en ese contexto donde sus libros ser&#225;n estudiados. 

Una &#250;ltima reflexi&#243;n: la obra de Olgoso despide el aroma y el sabor de esa f&#243;rmula que cre&#237;amos perdida: la felicidad de la pura literatura. Un sabor ingenuo que hemos experimentado muchas veces en nuestra infancia y adolescencia y que luego pasamos toda la vida intentando revivir. Toparse con &#233;l genera en sus lectores la equ&#237;voca sensaci&#243;n de &lt;EM&gt;descubrimiento de un tesoro&lt;/EM&gt;. La sensaci&#243;n es hiriente, epif&#225;nica, provoca codicia e impaciencia y se despliega en dos movimientos: uno de apropiaci&#243;n del autor (es m&#237;o, yo lo descubr&#237;) y otro de adhesi&#243;n y protecci&#243;n (nosotros, los olgosianos) tan t&#237;pica de los grupos peque&#241;os y fanatizados. 

Hay autores de prestigio inmediato y autores cuya obra viaja lenta antes de ser descubierta y apreciada. Creo que en lo que respecta a la recepci&#243;n de la obra de Olgoso debemos dejar atr&#225;s la &#233;poca de los ditirambos y entrar en la de la normalidad lectora. Auguro que el descubrimiento masivo de Olgoso est&#225; al caer. Todo lo masivo que en Espa&#241;a pueda ser el de alguien que se dedica no a jugar al f&#250;tbol ni a hacer negocios sino a escribir relatos fant&#225;sticos. Con "masivo" quiero decir "normalizado": un viaje desde la periferia al &lt;EM&gt;mainstream&lt;/EM&gt;, desde el boca a boca provinciano a los suplementos literarios de referencia, desde las ediciones de serie B a los libros cuidados y bien promocionados. Es cuesti&#243;n de meses, quiz&#225; de a&#241;os, un suspiro en la historia de la literatura. La edici&#243;n de &lt;EM&gt;Astrolabio&lt;/EM&gt; por Cuadernos del Vig&#237;a va en la direcci&#243;n adecuada. Que no se preocupe &#193;ngel Olgoso: llegar&#225; joven y con salud. Cuando el &#233;xito suceda, nosotros, los olgosianos de diversas corrientes y tendencias, los de primera hora y los de aluvi&#243;n, habremos perdido una causa por la que luchar. Nos felicitaremos sinceramente, aunque puede que alg&#250;n nost&#225;lgico desde&#241;e entonces esa popularidad ante cuya ausencia se lamentaba; pero nos quedar&#225; para siempre la emoci&#243;n de haber sido de los primeros. Y sus cuentos. 













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    <body>&lt;EM&gt;La merienda de las ni&#241;as &lt;/EM&gt;es un excelente libro de cuentos. Me complace tener algo que ver con su salida a la plaza p&#250;blica, no solo por haber sido de los primeros en disfrutar de sus p&#225;ginas radiantes, sino porque las amistades que se fraguan en torno a experiencias tan intensas como la publicaci&#243;n de un primer libro son para siempre. Nunca olvidaremos, Cristinita, la luz cruda cayendo sobre la mesa del caf&#233;, aquellas disquisiciones tensas y jocosas en torno al gerundio rebelde mientras el escote de tu fotograf&#237;a nos miraba insolente desde la pantalla del port&#225;til...

&#191;Por qu&#233; es interesante &lt;EM&gt;La merienda de las ni&#241;as&lt;/EM&gt;? Porque sus cuentos rebosan humor, sarcasmo, atrevimiento. "De peque&#241;a la confundieron con una merluza y le clavaron un arp&#243;n. La rescat&#233;, s&#233; que me quiere. Le voy a comprar una cama de agua" (una sirena en "Caf&#233; aguado"). 

Porque abundan los cuentos crueles y perversos, y el tratamiento de la perversidad (en sus diferentes variantes y tonos) es en todos ellos matinal, inocente, juguet&#243;n, afrutado, lo que los convierte en mucho m&#225;s perversos: "El capit&#225;n Ad&#225;nez, que ha matado a una docena de sun&#237;es escuchando heavy metal en el blindado, est&#225; besando a la universitaria..." ("Los labios cortados").

Porque hay sexo y erotismo alegremente contados, entre el fetichismo y la displicencia, entre la palabra fuerte y el chicle de fresa, y una neutralidad descriptiva que resulta de lo m&#225;s morbosa: "Hay que reconocer que el que mejor folla es el fascista. El fascista te coge y te pone contra la pared..." ("Vocaci&#243;n"); "Estaba metiendo el brazo por uno de los tirantes del sujetador cuando repar&#233; en ellas: colgaban como las bolsas de la compra." ("Juguetito antiestr&#233;s"); "A ella se le han contra&#237;do los muslos, solo al principio, y ahora est&#225; mirando el brazo que termina en su ropa, que esconde la mano fea que se desquicia con las bragas baratas..." ("Las fotos perdidas").

Porque es un libro insolente, fresco, luminoso. Revela una voz original (Quim Monz&#243; en minifalda y taconazos) y est&#225; maravillosamente bien escrito. Insultante madurez. Tan ingenioso y brillante, tan sincero e ingenuo. Ingenuidad radical de quien se atreve. Ingenuidad del ni&#241;o que suplicia una lagartija o del adolescente que seduce a la profesora de ingl&#233;s. &lt;EM&gt;La merienda de las ni&#241;as &lt;/EM&gt;da qu&#233; pensar sobre lo que ser&#225; capaz de escribir Cristina Garc&#237;a Morales. Saldr&#225; al mercado dentro de un mes, y es de suponer que Cuadernos del Vig&#237;a cuidar&#225; la edici&#243;n como suele. 

                                                    .

&lt;STRONG&gt;(CRISTINA GARC&#205;A MORALES, &lt;EM&gt;La merienda de las ni&#241;as&lt;/EM&gt;, Granada, Cuadernos del Vig&#237;a, 2008)
&lt;/STRONG&gt;














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    <body>La editorial Cuadernos del Vig&#237;a va a publicar pr&#243;ximamente un libro de relatos llamado &lt;EM&gt;La merienda de las ni&#241;as&lt;/EM&gt;. Su autora tiene veintitr&#233;s a&#241;os, labios de carne de membrillo y un desparpajo hiriente. Se llama Cristina Garc&#237;a Morales. Atractiva, inteligente, zapatos rojos de tac&#243;n alto, chupa Harley Davidson. No tiene prejuicios ni miedos, no es mediocre, no est&#225; resentida, le gusta disfrazarse y jugar, va directa hacia lo que desea y lo que desea es escribir. Sus cuentos tienen algo de espumosidad shandy y est&#225;n poblados de chicos malos y chicas cantarinas que son una actualizaci&#243;n en clave perversa de aquellas pizpiretas flappers de Scott Fitzgerald. Mira que es dif&#237;cil narrar el sexo sin incurrir en el aburrimiento o en lo consabido, en la melindrosidad o la chabacaner&#237;a. Cristina Garc&#237;a Morales lo consigue. Cuentos como "Juguetito antiestr&#233;s", "Vocaci&#243;n" o "Puertas" ofrecen escenas er&#243;ticas que a&#250;nan un inocente fetichismo y una alegre crudeza, con narradores que viven las historias sin culpabilidad, de manera tan p&#237;cara como limpia. Rock and roll, minifaldas y diminutivos. &#161;Ah, los diminutivos! Recluidos durante d&#233;cadas entre lo cursi y lo infantil, Cristinita los ha sacado del armario, los ha limpiado de naftalina, les ha puesto en las manos un bote de spray y los ha lanzado a la ciudad. 

  

&lt;STRONG&gt; (CRISTINA GARC&#205;A MORALES, &lt;EM&gt;La merienda de las ni&#241;as&lt;/EM&gt;, Granada, Cuadernos del Vig&#237;a, 2008)

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